domingo, 28 de junio de 2015

Gonzalo Arango, Los Nadaístas invadieron la ciudad como una peste


LOS NADAÍSTAS

Los Nadaístas invadieron la ciudad como una peste:
de los bares saxofónicos al silencio de los libros
de los estadios olímpicos a los profilácticos
de las soledades al ruido dorado de las muchedumbres
                     de sur a norte
al encenderse de rosa el día
hasta el advenimiento de los neones
y más tarde la consumación de los carbones nocturnos
                     hasta la bilis del alba.

Va solo hacia ninguna parte
porque no hay sitio para él en el mundo
                     no está triste por eso
                     le gusta vivir porque es tonto estar muerto
                     o no haber nacido.

Es un nadaísta porque no puede ser otra cosa
está marcado por el dolor de esta pregunta
                     que sale de su boca como un vómito tibio
                     de color malva y emocionante pureza:
                     “¿Por qué hay cosas y no más bien Nada?”
Este signo de interrogación lo distingue
de otras verdades y de otros seres.

El es él como una ola es una ola
lleva encima su color que lo define revolucionario
como es propia la liquidez del agua
                     del hombre ser mortal
                     del viento ser errante
                     del gusano arrastrarse a su agujero
de la noche ser oscura como un pensamiento
                     sin porvenir.

Ha teñido su camisa de revolución
en los resplandores de los incendios
en el asesinato de la belleza
en el suicidio eléctrico del pensamiento
en las violaciones de las vírgenes
o simplemente en el barrio pobre de los tintoreros.

Lleva su camisa roja como un honor
como un cielo lleva su estrella
como un semáforo produce su luz intermitente
                     de catástrofe
como una envoltura de “pall-mall”
perfumando su pecho de adolescente.

El Nadaísta es joven y resplandece de soledad
                     es un eclipse bajo los neones pálidos
                     y los alambres del telégrafo
                     es, en el estruendo de la ciudad
                     y entre sus rascacielos,
                     el asombro de una flor teñida de púrpura
                     en los desechos de la locura.

Tiene el peligro de los labios rojos y los polvorines
mira los objetivos con ojos tristes de aniversario
                     es el terror de los retóricos
                     y los fabricantes de moral
es sensitivo como un gonococo esquizofrénico
inteligente como un tratado de magia negra
ruidoso como una carambola a las dos de la mañana
amotinado como un olor de alcantarillo
                     frívolo como un cumpleaños
es un monje sibarita que camina sin temblor
                     a su condenación eterna
                     sobre zapatos de gamuza.

Sufre el vértigo de los sacudimientos
                     electrónicos del jazz
                     y las velocidades a contra-reloj
corazón de rayo de voltio que estalla
                     en el parabrisas de un Volkswagen
                     deseando la mujer de tu prójimo.
                    
                     Se aburre mortalmente pero existe.

No se suicida porque ama furiosamente fornicar
jugar billar-pool en las noches inagotables
                     brindar ron en honor a su existencia
estirarse en los prados bajo las lunas metálicas
                     no pensar
                          no cansarse
                                no morirse de felicidad
                                      ni de aburrimiento.

Es espléndido como una estrella muerta
      que gira con radar en los vagos cielos vacíos.
          No es nada pero es un Nadaísta
              ¡Y está salvado!


En “Obra negra. Contiene prosas para leer en la silla eléctrica y otras sillas”, Cuadernos Latinoamericanos, Ediciones Carlos Lohlé, 1974.
Gonzalo Arango (Colombia, 1931 – 1976).

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