viernes, 25 de mayo de 2018

Miguel Abuelo, Sólo por amor lo canto



HIMNO DE MI CORAZÓN


Sobre la palma de mi lengua
vive el himno de mi corazón
Siento la alianza más perfecta
que en justicia me une a vos

La vida es un libro útil
para aquel que puede comprender
Tengo confianza en la balanza
que inclina mi parecer

Nadie quiere dormirse aquí
algo puedo hacer
Tras haber cruzado la mar
te seduciré
por felicidad yo canto

Nada me abruma ni me impide
en este día que te quiera amor
Naturalmente mi presente
busca florecer de a dos

Nada hay que nada prohíba
ya te veo andar en Libertad
Que no se rasgue como seda
el clima de tu corazón

Nadie quiere dormirse aquí
algo debo hacer
Tras haber cruzado la mar
te seduciré

sólo por amor lo canto


La canción es de Miguel (letra) y Cachorro. En los coros, entre otros, están Kubero Díaz y Nito Mestre. En elepé editado en 1984 por Interdisc. Los Abuelos de la Nada en este disco son: Miguel Abuelo, Cachorro López, Guztavo Bazterrica, Andrés Calamaro, Polo Corbella y Alfredo Desiata.
Miguel Abuelo (Munro, Buenos Aires, 21 de marzo de 1946 – 26 de marzo de 1988).

lunes, 21 de mayo de 2018

César Vallejo, El primer sacudimiento creador



ESTADO DE LA LITERATURA ESPAÑOLA


          La juventud literaria de España y América carece en estos momentos de maestros. Ni Unamuno, el más fuerte de los viejos escritores, logra inspirar una dirección a los muchachos. Ningún joven le ama hasta erigirle en mentor. ¿Dónde se ha invocado siquiera una palabra de Unamuno, como pauta de generación? ¿Dónde están los dos apóstoles de Unamuno? ¿Dónde está ese Estado Mayor, que vea en él al orientador? Cuando habla, se le aplaude; cuando grita o blasfema o va a la cárcel, se le aclama y se le hecha flores, pero no suscita el hombre o los hombres que, bajo su contagio de iluminado, embracen todo el peso, toda la responsabilidad del porvenir. La propia admiración y entusiasmo que Unamuno despierta en la generalidad de las gentes, prueba su mediocridad. En cuanto a Ortega Gasset, creo no me equivoco si le niego el más mínimo adarme de maestro. Ortega Gasset, cuya mentalidad mal germanizada se arrastra constantemente por terrenos de mera literatura, es apenas un elefante blanco en docencia creatriz. En América hispana la falta de maestros es mayor.

     Ciertos hechos de feria y de guiñol, ocurridos últimamente entre Chocano, Lugones y Vasconcelos, demuestran palmariamente que nuestros mayores pretenden inspirarse ¡a estas horas! en remotos y fenecidos resortes de cultura. Unos, movidos por un neopuritanismo, con asomos de indudable tartufismo y otros, agitados de un nietzchieismo bastardo y en bruto y no primitivo, ―que es otra cosa― todos esos actores de idealismo van, cada cual por su vía, tras de métodos advenedizos, aparte de ser gastados y estériles. Además, nadie allá sabe lo que quiere, adonde va ni por donde va. Los más son unos magníficos arribistas. Los otros, unos inconscientes. En cada una de esas máscaras está pintado el egoísta, amarillo de codicia, de momia o de vesánico fanatismo.

          Los demás escritores de España y América se quedan en la novela naturalista, en el estilo castizo, en el verso rubendariano y en el teatro realista. Es curioso advertir que aún dentro de estas orientaciones de cliché, ninguno de esos escritores seduce a la juventud ni le señala un rumbo siquiera sólo fuese literario.

          En medio de esta falencia de comando espiritual, los nuevos escritores de lengua española no dejan mostrar su cólera contra un pasado vacío, al cual se vuelven en vano para orientarse. Tal cólera aparece en los más dotados, que casi nunca son los más espectaculares. Reniegan de sus mayores y otras veces los niegan de raíz.

     De la generación que nos precede no tenemos, pues, nada que esperar. Ella es un fracaso para nosotros y para todos los tiempos. Si nuestra generación logra abrirse un camino, su obra aplastará a la anterior. Entonces, la historia de la literatura española saltará sobre los últimos treinta años, como sobre un abismo. Rubén Darío elevará su gran voz inmortal desde la orilla opuesta y de esta otra, la juventud sabrá lo que ha de responder.

          Declaramos vacantes todos los rangos directores de España y de América. La juventud sin maestros, está sola ante un presente ruinoso y ante un futuro asaz incierto. Nuestra jornada será, por eso, difícil y heroica en sumo grado.

          Que esa cólera de los mozos, manifestada de hora en hora, por los más fuertes y puros vanguardistas, se convierta cuanto antes en el primer sacudimiento creador.


De revista Favorables París Poema, número 1, París, julio de 1926. Directores: César Vallejo y Juan Larrea. Facsímil en Vanguardistas en su tinta (Documentos de la Vanguardia en América Latina), Corregidor, Buenos Aires, 2008.
César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 16 de marzo de 1892 – París, Francia, 15 de abril de 1938). Foto: Jmp

viernes, 18 de mayo de 2018

Vicente Aleixandre, En la sombra absoluta sólo el beso de dos bocas entrelazadas existirá hasta las luces



EN LA AUSENCIA DE LA AMADA


Solitario está el ser que amó y vivió. Entro en el cuarto, y la sombra de amor, en la hora crepuscular, con el dedo en el inexistente labio me pide vivir: “Vive. Espera.” Qué largamente acaba la luz, qué interminablemente sigue la vida. Mientras, los seres que rodean a un hombre, a su sombra en la tierra, murmuran las convenidas palabras, los acentos gastados, y suenan desde unas colgadas telas iguales que rodean, agitan, dicen, engañan.

Alzar unos ojos en la soledad, en la falsa soledad, entre los fantasmas vestidos que con su nombre insisten, es mirar en el secreto rincón a la piadosa sombra adorada, resto de una luz que existió, y ver allí la turbia mancha clara, el ademán de hermosura, el entresoñado labio, el índice que sobre su casi carmín dice: “Silencio. Silencio; espera. Existo. Vuelvo.”

Vosotros, sombras impuras, flotantes, falsas, gruesas, pobres, que imitáis a los seres y que rodeáis a quien sueña y olvida: borrándoos vais con el último rayo de sol y en él escapáis con una muda algarabía de ademanes extintos. Solo estoy; solo contigo, amor, alma, sed. Soledad pura. Solo: avanza. Osténtate. Despliega tu dulce gracia. Tu dolorosa gracia ausente, y reina para mi sufrimiento. (Desnuda y dulce, te yergues. La noche empieza. En la sombra absoluta sólo el beso de dos bocas entrelazadas existirá hasta las luces.)



 
En Nuevos poemas varios, P&J, Barcelona, primera edición enero de 1987. Poema que pertenece a la etapa realista de VA, publicado en la revista Platero, número 11, Cáliz, noviembre de 1951.
Vicente Aleixandre (Vicente Pío Marcelino Cirilo Aleixandre y Merlo, Sevilla, España,  26 de abril de 1898 – Madrid, 14 de diciembre de 1984). Fotos: Jmp

martes, 15 de mayo de 2018

Antonio Machado, En este día triste






Y PODRÁS CONOCERTE RECORDANDO…


     Y podrás conocerte recordando
del pasado soñar los turbios lienzos,
en este día triste en que caminas
con los ojos abiertos. 


     De toda la memoria, sólo vale
el don preclaro de evocar los sueños.



En Caminante no hay camino. Los mejores poemas de Antonio Machado, Empresa Editora Nacional Quimantu Limitada, Santiago de Chile, marzo de 1973.
Antonio Machado (Sevilla, España,  26 de julio de 1875 – Colliure, Francia, 22 de febrero de 1939). Foto: Jmp

lunes, 14 de mayo de 2018

Fernando Pessoa, Voy a intentar escribir estos versos en que digo lo contrario




TABAQUERÍA

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo.


Ventanas de mi cuarto,
De mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(Y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
Dais hacia el misterio de una calle cruzada constantemente por la gente,
Hacia una calle inaccesible a todos los pensamientos,
Real, imposiblemente real, cierta, desconocidamente cierta,
Con el misterio de las cosas debajo de las piedras y de los los seres,
Con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
Con el Destino conduciendo la carroza de todo por el camino de nada.


Estoy vencido hoy, como si supiera la verdad.
Estoy lúcido hoy, como si estuviese por morir,
Y no tuviese más hermandad con las cosas
Que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
La hilera de carruajes de un convoy, y un silbato de partida
Dentro de mi cabeza,
Y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos al salir.


Estoy perplejo hoy, como quien pensó y halló y olvido.
Estoy dividido hoy entre la lealtad que debo
A la Tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
Y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.


Fracasé en todo.
Como no hice ningún propósito, tal vez todo fuese nada.
La enseñanza que me dieron,
Descendí de ella por la ventana de detrás de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Pero allí encontré sólo hierbas y árboles,
Y cuando había gente era igual a la otra.
Salgo de la ventana, me siento en una silla. ¿En qué he de pensar?


¿Qué sé yo lo que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pero pienso ser tantas cosas!
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se conciben en sueño genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe?, ni uno,
Ni habrá sino estiércol de tantas conquistas futuras.


No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas certezas!
¿Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?


No, ni en mí…
¿En cuántas bohardillas y no-bohardillas del mundo
No hay a esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas,
Y hasta realizables,
Nunca verán la luz del sol real ni hallarán oídos de gente?
El mundo es para quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He apretado a un pecho hipotético más humanidades que Cristo,
he hecho filosofías en secreto que ningún Kant escribió.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la bohardilla,
Aunque no viva en ella;
Seré siempre el que no nació para eso;
Seré siempre sólo el que tenía cualidades;
Seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta al pie de una pared sin puerta
Y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
Y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
Su sol, su lluvia, el viento que me busca el cabello,
Y el resto que venga si viniere, o tuviera que venir, o no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas,
Conquistamos todo el mundo antes de levantarnos de la cama;
Pero lo miramos y es opaco,
Nos levantamos y es ajeno,
Salimos de casa y es la tierra entera,
Más el sistema solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.


(¡Come chocolates, pequeña,
come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los chocolates,
Mira que las religiones todas no enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Pudiese comer chocolates con la misma verdad con que tú las comes!
Pero yo pienso y, al tirar el papel de plata, que es hoja de estaño,
Echo todo al suelo, como he echado la vida.)


Pero al menos queda la amargura de lo que nunca seré
La caligrafía rápida de estos versos,
Pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero al menos me consagro a mí mismo un desprecio sin lágrimas,
Noble al menos en el ademán ancho con que arrojo
La ropa sucia que soy, sin orden, para el decurso de las cosas,
Y quedo en casa sin camisa.
(Tú, que me consuelas, que no existes y por eso consuelas,
Diosa griega, concebida como estatua que fuese viva,
Patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
Princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
Marquesa del siglo dieciocho, escoltada y distante,
Cocotte célebre del tiempo de nuestros padres,
No sé qué moderno
no concibo bien qué,
Todo eso, sea lo que fuere, que seas, ¡si puede inspirar que inspire!
Mi corazón es un balde vaciado.
Como los que invocan espíritus me invoco
A mí mismo y no encuentro nada.
Llego a la ventana y veo la calle con una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo los paseos, veo los carros que pasan,
Veo los entes vivos vestidos que se cruzan,
Veo los perros que también existen,
Y todo esto me pesa como una condena a la deportación,
Y todo esto me es extraño, como todo.)


Viví, estudié, amé, y hasta creí,
Y hoy no hay mendigo a quien no envidie sólo por no ser yo.
Le miro a cada uno y los andrajos y las llagas y la mentira,
Y pienso: tal vez nunca vivieses ni estudiases ni amases ni creyeses
(Porque es posible hacer la realidad de todo eso sin hacer nada de eso);
Tal vez hayas existido apenas, como un lagarto a quien cortan la cola
Y que es cola para acá del lagarto revolviéndose.
Hice de mí lo que no supe,
Y lo que podía hacer de mí no lo hice.
El disfraz que vestí era equivocado,
Me tomaron luego por quien no era y no desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme el máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la tiré y me vi en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba ebrio, ya no sabía vestir el disfraz que no había tirado.
Acosté fuera la máscara y dormí en el guardarropas
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.
Esencia musical de mis versos inútiles,
Quien me diera encontrarte como algo que yo hiciese,
Y no quedarse siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Calcando a los pies la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete en que un ebrio tropieza
O una espuerta que los gitanos robaron y no valía nada.


Pero el Dueño de la Tabaquería llegó a la puerta y se quedó en la puerta.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza mal doblada
Y con la incomodidad del alma malentendiendo.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero y yo dejaré versos.
En determinado momento morirá también la muestra, y los versos también.
Después de ese momento, morirá la calle donde estuvo la muestra,

y la lengua en que fueron escritos los versos,
A cierta altura morirá el letrero también, y los versos también
Después de cierta altura morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto se dio.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de cosas como letreros,
Siempre una cosa enfrente de la otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra,
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño de misterio de la superficie,
Siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni otra.


Pero un hombre entró en la Tabaquería (¿para comprar tabaco?),
Y la realidad plausible cae de repente sobre mí.
Me yergo a medias enérgico, convencido, humano,
Y voy a intentar escribir estos versos en que digo lo contrario.
Enciendo un cigarro al pensar en escribirlos
Y saboreo en el cigarro la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como una ruta propia,
Y gozo, en un momento sensitivo y competente,
La liberación de todas las especulaciones
Y la conciencia de que la metafísica es una consecuencia de estar indispuesto.
Después me echo para atrás en la silla
Y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, continuaré fumando.


(Si yo me casase con la hija de mi lavandera
Tal vez fuese feliz.)
Visto esto, me levanto de la silla. Voy a la ventana.


El hombre salió de la Tabaquería (¿metiendo el cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco: es Esteves, sin metafísica.
(El dueño de la Tabaquería llegó a la puerta.)
Como por un instinto divino Esteves se volvió y me vio.
Me dijo adiós, le grité ¡Adiós, Esteves! , y el Universo
Se reconstruyó sin ideal ni esperanza, y el Dueño de la Tabaquería sonrió.




 
Alvaro de Campos en la mirada de Antonio Tabucchi (de su cuento “Los tres últimos días de Fernando Pessoa”): “Alvaro de Campos nació en Tavira, en el Algarve, el 15 de octubre de 1890. Se licenció en Glasgow en ingeniería naval. Vivió en Lisboa sin ejercer su profesión. Hizo un viaje a Oriente, en transatlántico, al que dedicó la composición Opiario. Fue decadente, futurista, vanguardista, nihilista. En 1928 escribió la poesía más hermosa del siglo, Tabaquería. Conoció un amor homosexual y se introdujo de tal manera en la vida de Pessoa que arruinó su noviazgo con Ophelia. Alto, con el cabello negro y liso y la raya a un lado, impecable y algo esnob, con su monóculo, Campos fue el típico representante de cierta vanguardia de la época, burgués y antiburgués, refinado y provocador, impulsivo, neurótico y angustiado. Murió en Lisboa el 30 de noviembre de 1935, día y año de la muerte de Pessoa.
En Fernando Pessoa Poemas, traducción Rodolfo Alonso, Los Poetas, colección dirigida por Aldo Pellegrini, Compañía General Fabril editora, Buenos Aires,  tercera edición 1978.
Fernando Pessoa (Lisboa, Portugal, 13 de junio de 1888 – 30 de noviembre de 1935). Foto: Jmp

martes, 8 de mayo de 2018

Alfonso Sola González, Solo, lejos, en otra noche estoy



POEMA

Y yo no podría decir que aquello fuera así
o tal vez como un sueño,
como una vieja melodía junto al fuego apagado
que alguien recuerda antes de partir.
Pero vi que mi mano caía sobre el rostro de los hombres
y ya no relucía su rubí codicioso
ni era mi mano aquella, sino el miedo
de otros dedos manchados que no eran los míos
y me acercaban otras manos que tampoco
conocían las gracias de la vida.
Y todo se movía o creía estar en un camino hacia los ángeles
y con temor amoroso de las jerarquías, ascendían
todos, despacio.

Sí, ellos también. Todo, todo se movía dichosamente.
Todo quiso decir: el hermano
y el amigo con su viejo sombrero de tiempo
y la casa con el pequeño llamador de hierro,
dulce para el perdido en la noche
entre las estrellas del jardín.

Y era saber cómo se enciende el fuego,
cómo se abre la puerta para el que sólo trae
lentas arcas de olvido.
Y era decir: Tú y yo, caminando por los viejos mercados,
junto a las bestias sacrificadas y los frutos que arden
entre los pobres y los ricos
y la hermosa moneda de impiedad que los separa.

Y todo quería decir ofrecerme a esta vida
que me ha dado estos ojos con que muero y te miro,
y herirte si descanso
con la resplandeciente mordedura del hombre
perdido, repartido bajo nubes feroces.

Y sin embargo ascendía entre infiernos, cantando.


ATAÚD PARA EL CONDE ORGAZ

Ya suenan los tambores enlutados.
Saldré a la calle
para que venga el animal de hierro y terciopelo.
Yo tengo el agua,
sólo yo tengo el agua
para que beban sus enormes fauces
donde crecen los árboles y el viento
que es la noche.

Saldré a la calle con las antorchas
del advenimiento. Lameré el fuego.
Tres veces haré la señal y tres veces
redoblarán los parches de tiniebla
para que cante el pájaro de plata.

Sólo yo tengo el agua
y la flor del rey.

Ya suenan los tambores y los huesos
floridos de la luna.
Saldré a la calle con los perros,
con las guirnaldas de empapado raso
en las sienes bordadas con espejos.
Caminaré hacia atrás teniendo entre los dientes
el bello aro de alambre.
Caminaré hacia atrás
hasta que mis espaldas
se hundan en las paredes del palacio
hasta que mis cabellos penetren en la piedra
y el aro ruede, inmortal, por la calle ruinosa.
Mis ojos
quedarán engarzados en las piedras del castillo,
dos veces y abiertos
y roerán los perros el hierro de la noche
con sus dientes partidos como estrellas.
Este es mi ataúd, mi bello jardín enjoyado.


CANTOS A LA NOCHE

I

Erraba yo por la ciudad oscura,
por calles y por rostros caídos a esa sombra
desde la vida o desde las estrellas;
erraba, viejo soñador, castigado
por la belleza que el amor del hombre no alcanza a conocer
y sabiendo
que el ensueño es vano y alejado como una música
detrás de una puerta que nadie abrirá nunca;
sabiendo
que antes que yo y los sueños de mi vida
rieron las hermosas muchachas
y por entonces amaron
y cantaba el ruiseñor y yo no era el amante;
sabiendo
que cuando yo no esté
otros muchachos buscarán mi rostro en el río de los sueño,
que Eurídice volverá de otros infiernos
con los ojos cubiertos por las aguas y la sombra
para escuchar la vieja melodía de Orfeo
y yo no seré nadie en esa música;
sabiendo
que amar es estar perdido
siempre, siempre, siempre desterrado
en un lento palacio.

Y así erraba yo y alcé los ojos, ¡noche!
para mirar tu gran viento quemado,
oh noche, madre inmensa
tendida en los callados arenales de ébano,
y sentí que la tristeza de amar en este mundo
sólo una fuente,
sólo el canto de un pájaro, sólo una gota de sangre,
no descendía de tu imperio ni de tu gran piedad
sino que aquí crecía,
en el jardín terrestre
donde los hombres y la luz combaten
entre ramas de mármol y pantanos.

Y así pensé en los dioses
que tú nutriste con tus ubres consteladas,
desdichadas criaturas hermosas en su fuego de piedra,
con sus coronas de carbón celeste,
con sus cabelleras de agua dulcemente tejida
para las abejas enloquecidas de amor;
pensé en los dioses de vellosos ijares ardientes
prisioneros de una garza del aire,
de una mejilla pastoral;
los bellos dioses que resplandecieron en la vastedad
y en la arena que flota sobre el mar, y en el viento
que sopla en los cóncavos espacios;
los dioses anteriores
que crearon la alabanza y la tragedia 
y los himnos que azotan la tierra y la devastan
con sus carros de hierro.
Pensé en los dioses hijos de tu amor, oh noche,
de tus majestuosos racimos genitales.
Pensé en los dioses
y no pude llorar por su insigne desgracia.
Perdidos en tu reino
se extinguieron como leños sagrados,
como ricas cenizas en el vasto
calor de la rosa lejana.

Pero nosotros,
pálidas criaturas,
pájaros de pelo delgado y frío,
animales de fina calavera,
delicada como pétalos de nácar;
nosotros,
herederos de la gran soledad, escombros del espacio
enterrado en tu gran vientre solemne,
nosotros, soñadores, hijos de la mujer,
engendrados en su luna caída,
nutrimos nuestros sueños con infieles palabras
que el diluvio arrastró como un bosque de arpas
y quisimos poblar la antigua soledad donde arde 
la médula brillante del vacío
donde alimentas, ¡vieja loba nevada!
la vasta creación.


II

En el mes de septiembre el hemisferio austral
ve llegar la engañosa primavera
con su espejo de almendra.
(¡Ofelia, Ofelia, olvida tu canción!).
Cantando nos perdemos en la oscura ciudad
entre los hombres y las muchachas
renacidos en el brillante pavor de sus cálidos cuerpos,
y los amantes queman la rosa del amor
junto al mar que golpea sus sienes inocentes.

(En Dakar es de noche.
Caminamos por la pista del aeropuerto,
viajeros hacia París o Londres,
indiferentes, sensatos, silenciosos
junto al ángel de plata que ha cruzado el mar.
Negros insomnes tallados como ídolos
en el azúcar caliente de la noche.
Solo. Cambiando dinero en el bar de otro continente,
sin preguntar por ti. Lejos
de nuestros países agrupados
en torno de las frutas.
Solo en la noche tórrida de espumas calcinadas
solo, como el nácar celeste de una vena
quemada por el aliento de ángeles impuros.
Solo en la noche de Dakar,
perdido en el plumaje de un pájaro de llama negra,
en la voz de los viajeros desconocidos,
en el ruido del mar que se levanta resonando
como un trueno de luto.
Solo, lejos de ti,
lejos de las maderas unidas de nuestra casa,
de una pesada pluma de piedra junto al cielo en Mendoza.
Solo, lejos,
en otra noche estoy).

En el mes de septiembre en nuestras tierras del oeste
reverdecen las viñas
y vienen desde lejos apasionadas noches
en los carros espumosos del agua.

Tú cantas y te pierdes en la oscura ciudad,
sonriendo, mi amor,
sollozando, mi amor,
y buscas el jardín adorado que cuelga
de las llaves del cielo.
El racimo solar cae sobre estos montes
y te golpea el pecho con su piedra de miel.
Como desde lo hondo de un rostro
sepultado en arcones de polvo
has contemplado el sueño vano de la juventud.

Ahora ya es de noche y duermen los amantes
eternamente separados
en cada sueño,
en cada
latido que gotea una arena distinta.
El desvelado, ausente de un reino,
de una ciénaga de rosas
regresa a la ciudad cuando desciende
sobre la inmensa sombra
la lanza solitaria de la luna. 




 
Los dos primeros poemas en Antología de la poesía argentina. Selección e introducción de Raúl Gustavo Aguirre, Tomo 1, 1604 – 1918, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1979 (de Cantos a la noche, 1963). Los dos últimos poemas en Antología de la poesía argentina contemporánea, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto,  Buenos Aires, 1964 (de Cantos a la noche, 1963). Foto: Jmp
Alfonso Sola González (Entre Ríos, 1917 – Mendoza, 1975). 

domingo, 6 de mayo de 2018

Alfonso Sola González, Un pájaro duerme sobre la gran ceniza del mar



EL SOÑADOR

Errante, más allá de las fronteras
que los jardines ponen al olvido;
más allá de los mares que embellecen
las delicadas orlas de la muerte,
el soñador, el huésped del delirio
bebe su lenta luna envenenada.

Coronados los ojos por la noche
labrada como un himno;
laceradas las sienes por la música
que las piedras arrancan del amor,
el soñador contempla la batalla,
el polvo azul de las espadas
cubriendo la memoria y los palacios.

Su canto más antiguo que estas piedras
pulidas por la muerte;
más hondos que estas pálidas cisternas
donde el olvido entierra sus estatuas;
su canto circular como la noche,
como el cuervo lunar,
regresa a las terrazas donde brillan
los pórfidos del viejo paraíso.

Retorna como un río
largamente quejoso de la dicha,
murmurando en la luz apasionada
de una ribera portentosa
donde las ruinas del amor levantan
sus ónices cubiertos por la hiedra del sueño
y las batallas.

Retorna como el paso
de un gran mendigo pródigo
viajero en la carreta morada del otoño
que trae la melodía de otra fiesta.

Con los ojos quemados por el polvo nocturno,
por la celeste sal de las estrellas,
el soñador contempla el luminoso
ciervo del cielo y en sus párpados
una herrumbre de plata se endurece.

El soñador descifra el bello rostro
de la amada dormida bajo el alucinado hierro azul de la luna
y el ruiseñor del mundo
mueve una fuente oscura y un granado.

Más allá del desierto que devora
las lámparas y el rostro de los sueños;
más allá de los muros que levantan
la cal y la saliva de la muerte;
más allá de las rocas donde embisten
con sus hocicos de espumosa hiedra
los caballos del mar, donde se hunde
el trono majestuoso de la noche,
alguien sueña
y la antigua nostalgia de un granado
llena de ruiseñor le quema el pecho,
para que el ruido oscuro de una rosa
ate un río de pájaros al mundo
y una perdida música
cruzando el paraíso
que el mar arrasó con luz pesada,
descifre otro jardín, otro relámpago.

La corona desciende
como un imperio calcinado y bello
sobre la cabellera del que duerme
y la quemada piedra de la noche
vuelca sobre su río iluminado
una copa de brasas amarillas.


PARA UNA TUMBA DE FRANCISCO DE QUEVEDO

Este tambor, oh muerte, esta esmeralda oscura
quemándose en el polvo
terrenal,
insignias son de un reino.

Y si no es el gran resplandor del ángel
y si la codiciada arena
el espejo que brilla
sobre el pecho de un hombre
devastado por las rosas, por la memoria
de la tierra,
alguien sabrá decir el honor de ese día;
la palidez de tus venas en la postrera sombre.

Amor, tú que quemaste el palacio y la hiedra,
que derramaste su médula de plata en el olvido;
tú que elegiste delicadamente
la niebla matinal de los amantes,
los abanicos de la tarde, el tiempo;
amor, amor tú que dormiste
en sus sagradas sienes
como un pájaro duerme sobre la gran ceniza del mar;

amor, amor,
escucha el tambor y el arpa del día
cayendo
sobre el polvo.


POR LOS QUE EN LA NOCHE ESPERAN…

Por los que en la noche esperan en las terminales
el ómnibus que no saldrá nunca,
por los que duermen en las Salas de Espera
de las Terminales abrazados a sus muletas,
por el amante que se va en el de las 2.05,
por el amante que se queda,
por el que golpea en la puerta del bar
y el bar está cerrado,
por los que no pueden pagar un taxi
y caminan bajo las estrellas hasta el amanecer,
te pedimos, oh Sol, padre de las diligencias
que parten al alba,
que no salgas nunca más.


MÚSICA ENTRE PÉRGOLAS

¿Qué son las pérgolas esdrújulas?
¿Jardines sin señoras, avellanas
en la mano de los pobres,
o sombreros flotando en un río de aire?
¿O solamente eso, las palabras, las pérgolas?


LOS COMPLOTADOS

No hablaron por teléfono, no dejaron la urna en la ventana,
sólo un dedal calzaba el dedo al inocente.
Ahora duermen un poco más abajo.
Sobre ellos caminan
las señoras, los jueces
y el luto y la copa de flores.
Ellos abajo con tierra entre los dientes
discuten en los pasillos del motín,
la explosión grande,
la lepra clara sobre el mundo.


HIJOS DEL PUEBLO 
(Fragmento)

Tal vez nos pongamos de acuerdo
Si usted conoce algo eternamente calcinado,
Algo de Gog y Magog,
Algo del trono sepultado en el fondo del mar,
Si usted cree, como yo, que la poesía ha muerto
(rajá, turrito, rajá)
En la mierda sagrada de los citaristas.
Si usted cree que arremangándose y llorando
Puede aún rescatar en los pantanos de la belleza
Los huesos adorables de un soneto
Y con ellos levantar una casa escondida,
Un quilombo fantástico de ángeles.
Si usted cree, yo creo.
Y eso sí, compañero, hay que pisar las flores
Y sacarse la cera de Ulises, el de sucias orejas;
Porque ya las sirenas duermen en los castillos de los ojos del mar
Y el canto es, ahora, el aullido sin tregua de los hijos del pueblo.





 
Los dos primeros poemas en 40 años de poesía argentina, Tomo segundo 1930/1950, Editorial Aldaba, Buenos Aires, pie de imprenta 10 de mayo de 1963. (“El soñador” de Tres poemas, 1958; “Para una tumba de Francisco de Quevedo”, de revista Azor, Mendoza, 1961). Los cuatro poemas restantes, no fechados e inéditos, en Radar Libros, Página / 12, domingo 15 de mayo de 2016. Fotos: Jmp y Página/12. Años 40, posiblemente en casa de Oliverio Girondo. Primero de fila de arriba, poeta no identificado. Sentado en el brazo del sillón, J. R. Wilcock. Arriba de izquierda a derecha: Miguel Domingo Etchebarne, a su lado José María Castiñeira de Dios y José María Fernández Unsain. Abajo de izquierda a derecha: Alfonso Sola González, César Fernández Moreno, su pareja y Alberto Ponce de León.
Alfonso Sola González (Entre Ríos, 1917 – Mendoza, 1975). 

viernes, 4 de mayo de 2018

Sandra Russo, Para volver a recostarme en tu costado hermoso



PENSAMIENTO

Cuando te pienso repentinamente, cuando tu imagen me asalta mientras estoy ocupada en otra cosa, siempre te pienso igual. Yo dándote la espalda, inclinada hacia tu mesa de luz, creo que encendiendo un cigarrillo, y en la radio una antigua canción pop, y vos cantándome al oído. Te pienso así, habrás quedado registrado en mí de esa manera, porque en ese momento fui feliz y me di cuenta.


CARÁCTER

No te entiendo. No te entiendo. Tendrías que repetirme infinidad de cosas a ver si las entiendo. No puedo entrar en tu cabeza y razonar a tu manera. No me explico tu persistencia en darme en cuotas tu abandono. Te busco, te rastreo, pero te escondiste y ya. Y sin embargo, de pronto, reaparece tu encanto, vuelve tu abrazo, el aire se llena de olor a intimidad. Estás tan cerca, tan cerca, que tampoco entiendo por qué te llevo tan en mí.


MI MIRADA

Le llamo mirada (¿caprichosamente?) al fruto de todos mis sentidos. No te miro solamente con los ojos. Mi lengua te degusta. Mi olfato te recorre. Mi oído te acaricia. Y tengo otros sentidos. Muchos otros. Sentidos que devienen de mi inteligencia y de mi percepción. Mi mirada, entonces, te recrea sobre todo cuando no estás. Y ella me devuelve un hombre de los que yo casi no conocí. Voy hacia tu lado sano a acurrucarme. Voy hacia tu instinto de supervivencia a socorrerme. Me gusta cuando nos reímos de estupideces y sabemos que son estupideces. Me gusta que no seamos exigente con la vida, cuando ya estás en la mía y yo en la tuya. Pero eso lo aprendo mirándote. Yo no sabía vivir así. Y todavía tambaleo, me enrosco, te hago escenas, protesto. Y todavía me alcanza tu sonrisa, cuando nos encontramos, para volver a recostarme en tu costado hermoso.


TU MIRADA

Y me ves. Veo cómo me ves. Excéntrica. Lo soy. Pero lo soy mucho más a tu lado, al lado del rey del eje, del rey de su propio centro. A veces creo que mientras yo me refugio en mi mirada, la tuya sobre mí te salva también. Te doy alguna certeza de vos mismo. Te divierte que te proponga cosas que te causan rechazo. Te halaga que sea tan explícita, casi brutal para decirte que te elijo. Tu curiosidad es insaciable, pero percibís que es casi imposible (imposible, completamente) llegar a conocerme, porque soy más que nada un pliegue, una tela plisada, que hay muchas mujeres posibles aquí, y que si te cansás de mí, al menos te llevará un tiempo. Y es cierto que soy más inteligente, pero también es cierto que sos más fuerte. Conmigo, mucho más fuerte. Tanta, tanta es la fragilidad que yace bajo la máscara de mi potencia. Tu mirada llega hasta ahí, que equivale a decir: muy hondo.


En este momento, en nuestro país, hay más de 3000 periodistas despedidos, censurados. Sandra Russo es uno de ellos. No seamos cómplices de esta inmundicia que día a día, no solo nos censura, también nos mata.

De Erótika. En Erótika / Perdonen nuestros placeres, La Página, Buenos Aires, 2008
Sandra Russo (Buenos Aires, 1959). Foto: Jmp