lunes, 11 de diciembre de 2017

Wisława Szymborska, Un ejemplar de erróneas proporciones



ESQUELETO DE DINOSAURIO

Queridos Hermanos:
aquí vemos un ejemplar de erróneas proporciones:
un esqueleto de dinosaurio se yergue ante nosotros.

Queridos Amigos:
a la izquierda, la cola hacia una infinidad,
a la derecha, el cuello hacia otra.

Distinguidos Camaradas:
en el medio, cuatro patas que se atollaban en el cieno
bajo la colina de su tronco.

Gentiles conciudadanos:
la naturaleza no se equivoca, pero le gustan las bromas:
por favor, presten atención a esa ridícula cabecita.

Señoras, Señores:
una cabecita así no podía prever nada
y por ello es la cabecita de un reptil extinto.

Respetables Asambleístas:
escaso cerebro, demasiado apetito,
más sueño bobo que sabio espanto.

Dignos Huéspedes:
a este respecto estamos en una forma mucho mejor,
la vida es bella y la tierra es nuestra.

Excelentes Delegados:
un cielo estrellado sobre una caña pensante,
y en ella una ley moral.

Honorable Comisión:
se logró una vez
y quizá sólo bajo este mismo sol.

Consejo Superior,
cuán mañosas manos,
cuán elocuente boca,
cuánta cabeza sobre la nuca.

Suprema instancia,
vaya responsabilidad en el lugar de la cola.


En cuadernillo suelto. Traducción de Elżbieta Bortkiewicz.

Maria Wisława Anna Szymborska (Prowent, actual Kórnik, Polonia, 2 de julio de 1923 - Cracovia, 1 de febrero de 2012). Foto: Jmp

martes, 5 de diciembre de 2017

William Carlos Williams, Pero yo, para hablar, solo tenía mis ojos



EL DESCENSO

El descenso nos llama
          como nos llamaba el ascenso.
                    La memoria es una especie
de consumación,
          una suerte de renovación,
                   incluso
de inicio, pues los espacios que abre son lugares nuevos
          habitados por hordas
                     de especies
hasta entonces impensadas;
          y sus movimientos
                    se orientan hacia nuevos objetivos
(aun cuando antes hayan sido abandonados).


Ninguna derrota es enteramente una derrota, pues
el mundo que abre es siempre un sitio
           hasta entonces
                     insospechado. Un
mundo perdido,
           un mundo insospechado,
                      abre paso a nuevos lugares
y no hay blancura (perdida) tan blanca como el recuerdo
de la blancura   .


Con el atardecer, el amor despierta
          aunque sus sombras
                         —que dependen
de la luz del sol

           se adormecen y se apartan
                     del deseo   .


Despierta así un amor
          sin sombras
                    que ha de crecer
con la noche.


Surgido de la desesperación,
          inconcluso,
                    el descenso
despierta aun nuevo mundo
                     que es el reverso
de la desesperación.
           Para lo que no podemos lograr, lo que
se niega al amor,
          lo que perdimos por anticiparnos,
                    se abre un descenso
sin fin, e indestructible   .


LA HOSTIA

De acuerdo a sus necesidades,
          este alto predicador negro
                    (a una mesa separada del
                    resto de su grupo);
estas dos jóvenes monjas irlandesas
          (a describir más adelante)
                     y este anglicano canoso han venido,
tontamente,
           a compartir la hostia servida para ellos
                     (y para mí)
por las cansadas camareras.


Es la necesidad común
           (ya que todos debemos comer)
                      la que vuelve sagrado todo esto.
A la hora de rezar, los ayudantes
          del predicador son más abiertos
                     aunque lo hacen en voz baja,
como se espera
          en un lugar
                    público. Las monjas,
de perfil, van de negro.
           El clérigo cena solo.
                    Su cabeza inclinada revela
un mechón rebelde
           en su coronilla.


No me canso de mirar.
           Los predicadores comen bien:
                    ostras fritas, y cuanto hay
en el bar, digno de una estación ferroviaria.
          Las hermanas terminan pronto. Uno mira
                     fijamente al irse,
bajo sus cejas resueltas descubro
          unos ojos azules.
                   Yo tengo los ojos
marrones
           y una boca menos rígida.


No hay nada de comer,
         sino el cuerpo de Cristo,
                   sin importar dónde se busque.
Las benditas plantas
          y el mar lo entregan
                     intacto a la imaginación.
Y es así como se hace
          real,
                    para amargura
de las pobres bestias
          que sufren y mueren
                    para que vivamos.


Los predicadores, bien alimentados,
         las monjas de ojos brillantes y boca sin labios,
                    el alto
y canoso anglicano,
           lo proclaman con su apetito,
                     lo mismo que yo, mientras
mastico con mis dientes gastados:
           el Señor es mi pastor,
                     nada me faltará.


No importa lo bien que coman
         qué tan delicadamente
              se lleven la comida a la boca,
¡todo sucede
         de acuerdo a la imaginación!
¡Solo la imaginación
           es real! Ellos lo han imaginado,
                      y así sucede.
De los predicadores,
          piernilargos como corresponde a su raza,
                    solo las mujeres, dóciles,
me sonrieron cuando
           les hablé
                      con los ojos.
Las monjas… aunque, en realidad,
         solo vi un rostro joven
                  y tapado hasta las cejas.
Sencillamente eso.
           El clérigo, sin duda
                      formado en una buena escuela,
fue quien más me interesó:
          alguien con quien
                     se podría conversar.


Nadie estaba allí
          sino por
                   la comida. Quedo solo yo,
siendo poeta,
           hubiera podido darles.
                      Pero yo,
para hablar, solo tenía
          mis ojos.


En La música del desierto y otros poemas (1954), edición bilingüe, Lumen, 2010. Traducción: Juan Antonio Montiel.

William Carlos Williams (Rutherford, Nueva Jersey, EEUU, 17 de septiembre de 1883 – 4 de marzo de 1963). Fotos: Jmp

lunes, 4 de diciembre de 2017

León Gieco, Qué bueno es olvidarse un poco de la gente que nos roba y que nos mata


EN EL PAÍS DE LA LIBERTAD

Búsquenme donde se esconde el sol,
donde exista una canción.

Búsquenme a orillas del mar,
besando la espuma y la sal.

Búsquenme, me encontrarán
en el país de la libertad,
de la libertad.

Búsquenme donde se detiene el viento,
donde haya paz o no exista el tiempo.

Donde el sol seca las lágrimas
de las nubes en la mañana.

Búsquenme, me encontrarán
en el país de la libertad,
de la libertad.


DÉJAME QUE TE SIENTA

Déjame que descanse en tus pensamientos libres.
Déjame que recorra las flores de tu tierra virgen.
Déjame que te sienta de algodón y de sol.

Déjame que abra tu piel cerrada de hierbas frescas.
Déjame que recorra tus pechos de frutas maduras.
Déjame que te sienta de algodón y de sol.

Déjame que sienta tu licor de flores blancas.
Déjame que recorra tu vientre de abejas mansas.
Déjame que te sienta de algodón y de sol. 


CADA DÍA SOMOS MÁS

Día tras día los tiempos cambian
y son nuevas las mañanas.
Cada hombre joven con sus fuerzas
ya quieren la tierra libre pisar.

Todos canten, todos griten, todos vivan
que estos son tiempos de pensar
que cada día somos más.
Que estos son tiempos de pensar
que cada día somos más.

Día tras día se abre la esperanza
de que tenga cada uno un lugar.
Mentes calladas ya despiertan
a latidos de sus almas.

Y estos son tiempos de pensar
que cada día somos más.


SEAMOS TODOS CABALLOS

Hombre crea tu paz y entonces habrá flor.
Hombre róbate la oscuridad y también las guerras.

Que amanecer tan largo estamos viviendo
sin pensamientos, y el hombre dejó de serlo,
y el hombre dejó de serlo.

Seamos todos caballos y entonces habrá paz.
Seamos todos caballos y habrá libertad.

Porque los caballos tienen amaneceres blancos.
Porque los caballos son carceleros del campo,
y el hombre de sus hermanos.

Seamos todos caballos y entonces habrá flor.
Seamos todos caballos y abra color verde.

Porque los caballos tienen amaneceres blancos.
Porque los caballos son carceleros del campo,
y el hombre de sus hermanos


HOMBRES DE HIERRO

Larga muchacho tu voz joven
como larga la luz el sol.
Que aunque tenga que estrellarse
contra un paredón.

Que aunque tenga que estrellarse
se dividirá en dos.

Suelta muchacho tus pensamientos
como anda suelto el viento.
Sos la esperanza y la voz que vendrá
a florecer en la nueva tierra.

Hombres de hierro que no escuchan la voz.
Hombres de hierro que no escuchan el grito.
Hombres de hierro que no escuchan el dolor.

Gente que avanza se puede matar
pero los pensamientos quedarán.

Puntas agudas ensucian el cielo
como la sangre en la tierra.
Dile a esos hombres que traten de usar
a cambio de las armas sus cabezas.

Hombres de hierro que no escuchan la voz.
Hombres de hierro que no escuchan el grito.
Hombres de hierro que no escuchan el llanto.

Gente que avanza se puede matar
pero los pensamientos quedarán.


MARÍA DEL CAMPO

María nació en el campo, junto con la libertad.
Tiene la piel del viento, tiene los pies de hierba
y los ojos del cielo.

Tiene las manos duras como la tierra del corral.
Tiene las manos duras como la tierra del corral,
como la tierra del corral, como la tierra del corral.

No se necesita, no se necesita, dice María,
tener las manos blandas para ser mujer.
Tener las manos blandas para ser mujer.

Trae la miel del campo a la ciudad.
Trae la miel del campo a la ciudad
porque aquí no hay flor, porque aquí no hay flor.

Tiene las manos duras como la tierra del corral.
Tiene las manos duras como la tierra del corral,
como la tierra del corral, como la tierra del corral.
No se necesita, no se necesita, dice María.


TODOS LOS CABALLOS BLANCOS

Voy andando y siento el sol
de la tarde en mis espaldas

y en mi frente siento el sol
de la mañana.

Todos los caballos blancos
todos los caballos blancos
y el campo y el campo y el campo.

Voy bajando por caminos
que cruzan las tierras mansas.

Qué bueno es olvidarse un poco
de la gente que nos roba y que nos mata.

Todos los caballos blancos
todos los caballos blancos
y el campo y el campo y el campo.


CAMPESINOS DEL NORTE

La tierra está dormida
y el sol ya la despierta
y trae despacio el día.
Sube el carro lento tirado por bueyes mansos.

Caminos de piedra santas color blancas
flores color lila al pasar.
Sobre el carro viejo campesinos van a trabajar.

Saben que a las doce una campana sonará
y tristes vendrán donde hay poco pan
y con vino del valle se pondrán alegres a cantar.

Quema el sol muy fuerte su piel y sus fuerzas
pero pronto la noche llegará.
Y juntos vendrán lento caminar a su hogar.

Suena la campana y apuran su marcha
y tristes vendrán donde hay poco pan
y con vino del valle se pondrán alegres a cantar.


SOLES GRISES Y MARES ROJOS

La tierra es tierra
y es de algunos ¿por qué?
Igual que la vida.

El pan es pan
y es de algunos ¿por qué?
Igual que una herida.

Soles grises nos dan la luz.
Mares rojos nos dan lluvia, nos dan lluvia

En la tierra ya crecen flores sin colores.
En la tierra ya crecen flores sin colores.

Quién se está robando de la tierra
el color del sol de la tarde.
Quién se está pintando las piedras de su mente
con el color de Dios.

Soles grises nos dan la luz.
Mares rojos nos dan lluvia, nos dan lluvia.

En la tierra ya crecen flores sin colores.
En la tierra ya crecen flores sin colores.


LA COLINA SOBRE EL TERCIOPELO

Aunque venga el invierno y se robe las hojas y la flor
siempre habrá un lugar donde descansar y eso será
en la colina de sol, sobre el terciopelo marrón
te llevaré.

Aunque siga la ciudad con sus gritos y sus quejas
siempre habrá un lugar donde descansar y eso será
en la colina de sol, sobre el terciopelo marrón
te llevaré.

Aunque vendan flores de papel sin perfumes ni color
siempre habrá un lugar donde descansar y eso será
en la colina de sol, sobre el terciopelo marrón
te llevaré.


En León Gieco, primer elepé, 1973. Grabado durante 1972-1973 en el estudio de José Netto Producciones. León Gieco: letra y música de todos los temas, guitarra acústica, armónica y voz. Dirección musical y arreglos, guitarras, charango y voz: Gustavo Santaolalla. Ara Tokatlian: flauta y órgano. Guillermo Bordarampé: bajo. Horacio Gianello: batería y bombos legueros. Vicente Busso: batería. Miguel y Eugenio (Pérez): voces. Luis Cesio y Ruben Melogno (grupo uruguayo Psiglo): voces.
León Gieco (Raúl Alberto Antonio Gieco) nació el 20 de noviembre de 1951 en una chacra cercana a Cañada Rosquín, provincia de Santa Fe. Músico y poeta popular. Fotos: Jmp. Detalle de póster revista Pelo, circa 1973.


domingo, 3 de diciembre de 2017

Leyenda, El recuerdo de ese espíritu bondadoso quedó para siempre entre los mapuches



QUIMÉ HUENÚ

     Cuenta la gente que hace muchísimos años, tantos que no es posible llevarlos en cuenta, los espíritus malignos agobiaban constantemente a la gente mapuche. Ronquenquén acechaba a las criaturas, aprovechaba cualquier circunstancia favorable para hacerle mal. Cuando algún niño se alejaba de la toldería, le provocaba algún accidente entre las rocas o lo hacía caer al río o morder por alguna víbora venenosa.

     Maipe sembraba los vientos malignos que traían dolores y malestares constantemente.

     Todos los espíritus obraban bajo la inspiración del maligno Hecufü. Las fuerzas de los espíritus benéficos no podían vencerlos.

     Entonces Chachao padre de los dioses buenos envió a la tierra a otro espíritu más poderoso que hiciera el bien. Así fue como vino Quimé Huenú, el espíritu de la bondad, a los valles patagónicos.

     Cuando una persona era acechada por algún espíritu maligno que rondaba por la comarca, el Quimé Huenú desde las profundidades de los valles, elevaba una canción triste y quejumbrosa que por sí sola era una señal de advertencia. Entonces quien la escuchaba sabía que estaba ante algún peligro o se había equivocado de camino y así podía evitar al enviado del Huekufü.

     De esa forma se salvaron muchas vidas y fue conjurada la saña implacable de los espíritus maléficos.

     Cuando llegaron los huincas, el Quimé Huenú cantaba sin cesar todas las noches y su música llegaba como triste presagio a todos los toldos.

     Después nadie la volvió a oír jamás. Pero el recuerdo de ese espíritu bondadoso quedó para siempre entre los mapuches.


     En Cuentan los mapuches, antología, Nuevo Siglo, 1995. Edición de César A. Fernández. Recopilado por Lázaro Flury en 1948 y narrado por los caciques Antonio Ñanculef, José Coliman y Juan Palma (de Chubut y Río Negro). Fotos: Jmp

Como Nota al pie de página, leemos: “L. Flury traduce Huenú (/wenu/) como ‘amigo’, vocablo que significa ‘cielo’; seguramente los relatores han dicho /wenüi/ equivalente a ‘amigo’.
Con respecto al origen y autenticidad del texto, L. Flury (1948, p. 212) señala que no tiene información bibliográfica sobre el mismo, pero, como le ha sido relatado por tres caciques diferentes, entiende que se trata ‘de una hermosa leyenda salvada del olvido, gracias al culto que ese pueblo rinde a sus antepasados’.”

lunes, 27 de noviembre de 2017

William Carlos Williams, René Char, eres un poeta que cree en el poder de la belleza



A UN PERRO HERIDO EN LA CALLE

Soy yo mismo,
         y no la pobre bestia que aúlla de dolor
                    en mitad de la calle
lo que me hace volver en mí con el
            sobresalto de la explosión de una bomba,
                      una bomba
que devastara el mundo.
          ¿Qué puedo hacer
                   sino cantar
para calmar
          mi pena?


Mis sentidos se embotan
          como si hubiera
                    bebido cicuta, y pienso
en la poesía
         de René Char
                   y en lo que debió de haber visto
y sufrido
        para hablar tan
                    solo de
ríos llenos de juncias,
          y de narcisos y tulipanes
                    regados por sus aguas,
o incluso de ese río sin encausar
          que moja las raicillas
                 de las aromáticas flores
que pueblan la
          Vía
                      Láctea     .


Y me acuerdo también de Norma
        la setter irlandés de mi infancia
                   de sus sedosas orejas
y expresivos ojos.
          Una noche dio a luz
                    a una camada cachorros
en la despensa; patee
           a uno de ellos
                      pensando,
alarmado,
           que mordisqueaban sus ubres
                       para destrozarla.


Y también recuerdo
           un conejo muerto
                   que yacía inofensivo
en la mano abierta
         de un cazador.
                  Mientras yo
miraba
           él tomó su cuchillo de caza
                    y entre risas
lo clavó
          en el sexo del pobre animal.
Por poco me desmayo.


¿Qué me hace pensar en eso ahora?
         Los aullidos de un perro que agoniza
                   han de ser acallados
lo mejor que se pueda.
           René Char, eres
                      un poeta que cree en
el poder de la belleza
          para corregir el mal.
                     Yo lo creo también.
Con imaginación y coraje
           hemos de superar
                   a las pobres estúpidas bestias:
que todos lo crean,
           como tú me has enseñado
                     a creerlo.



LA FLOR AMARILLA

Si debo hablar, ¿qué diré?
           ¿Qué he encontrado cura
                    para los enfermos?
No hallé ninguna
           cura,
                     más que esta flor torcida:
con solo
          mirarla
                    los hombres sanan.
Es a esta flor
          a la que todos cantan
                     secretamente
sus himnos. ¡Esta es aquella
           sagrada
                      flor!


Y ¿cómo es posible?
            ¿Una flor retorcida
                     y oscura? Es una
flor de mostaza,
         y aun menos:
                   apenas un ramillete
sobre el tallo deforme
          y de hojas carnosas,
                       detrás del vidrio,
en este tiempo helado.


Una flor desgarbada
              e impropia
                        del clima;
¿cómo es que ha
          conseguido tenerme
                       aquí, boquiabierto
inmóvil frente a esta ventana,
              en medio del frío,
                       sin más
voluntad, sin ojos
          para nada que no sean
                     sus torcidos
pétalos amarillos   .   ?


Que esta apariencia
         aunque extraña
                    para mí
es común está claro:
          existen flores como esta,
                      con hojas así, que crecen
en sus climas
            originarios.


Y entonces, ¿por qué la tortura
         y la fuga a través
                  de la flor? Es como si
Miguel Ángel
         hubiese tomado de ella   
                    el tema de sus Esclavos
—y quizás así fue.
          Y ¿no hizo él
                   florecer el mármol?
Estoy triste
          como lo estaba él
                     a su manera heroica.
Pero además
          tengo ojos
                   para ver  
y si bien presienten mi ruina
         y la de todo
                 lo que amo, descubren
también
           en mis ojos
                       y mis labios
y mi lengua el poder
         para liberarme
               y para hablar de ello, igual
que Miguel Ángel, en sus manos,
           notó un poder similar
                 si bien mayor.


En suma, he ahí los
         torturados cuerpos
                  de
los esclavos y
          el torturado cuerpo
                  de mi flor
que no es siquiera una flor de mostaza
           sino apenas una flor irreconocible
                  y extraña
que yo he de naturalizar
           y aclimatar
                    y hacer mía. 


EL ARTISTA

El señor T.
          sin sombrero, con una
                   camiseta sucia
y el pelo
          completamente alborotado
                    se alzó de puntillas con
los talones juntos
          y los brazos graciosa-
                     mente
curvados sobre la cabeza.
          Entonces, girando,
                dio un salto
en el aire
          y culminó el
                      movimiento
con un perfecto
           entrechat.
                     Mi madre
sentada en su sillón de inválida
           enmudeció
                     a causa de la sorpresa.
¡Bravo!, gritó por fin,
           mientras aplaudía.
                     La esposa del señor T.
salió de la cocina, diciendo:
            ¿Qué pasa aquí?
                       Pero el show había terminado.



Maravillas: En La música del desierto y otros poemas (1954), edición bilingüe, Lumen, 2010. Traducción: Juan Antonio Montiel.

William Carlos Williams (Rutherford, Nueva Jersey, EEUU, 17 de septiembre de 1883 – 4 de marzo de 1963). Fotos: Jmp

sábado, 25 de noviembre de 2017

Carlos J. Aldazábal, Hombre pensando el poema



LAPA (CONCIERTO EN MI MAIOR)
PAJONALES

La vaca añora la mano,
la ubre de la vaca añora la mano
mientras la mano prepara
placeres imprevistos.
Terneros electrónicos
succionarán las tetas
y en el desierto
los pajonales arderán
cuando la vaca sienta
¿el placer?

Placer de vaca ordeñada,
un pajonal desierto
le incendia la mano.

Mano huérfana de manos,
mano triste como vaca.


SANTA TERESA / FLAMENCO (ÁRIA DA CANTATA)
JUAN GELMAN VISITA RÍO

Y se lo vio como una aparición en los tranvías.
Su voz bajaba a esa hora exacta,
hora de sábado entreverada con la ilusión de lo eterno.

Al lado suyo una mujer custodia (ángel o dios)
le llevaba el calor de la garganta.
“Afinadito así”, le iba diciendo,
señalando un pájaro, cuyo canto sobresalía sobre micos y loros.

Entonces empezó el concierto
por los barrancos que daban al mar:
“Esa mujer se parecía a la palabra nunca”, leía,
y las garotas aplaudían desde las playas
mientras las olas arremetían con furor festivo
y no quedaba estatua de poeta en pie
ni sambódromo arreglado para los estruendos.

Era un zorzal, una calandria, un cardenal copetudo.
Era un bandoneón en el mediodía de los barcos,
en el puente de Niteroi, sobre los roquedales con pescadores.

El sol quemaba las páginas del libro.
Yo no podía parpadear, enceguecido por la música.

El Cristo del Corcovado aplaudió sobre mi cabeza justo cuando él decía:
“Y el sapo de Stanley Hook se quedó solo”.


LEBLÓN (TRIO SONATA EM DÓ MENOR)
DESCUBRIMIENTO FRENTE A UNA VIDRIERA

Tan poco amado estoy,
tan mal querido,
tan abandonado amí
que me estropeo,
tan acostumbrado a ser
lo que no he sido
que me apeno al pensar
lo que estoy siendo.


COPACABANA (CONCERTO EN MI MENOR)
MÚSICA

Quiero escuchar tu voz,
agazapada y hosca,
invocando tormentas,
alucinando el aire,
bailando en las vertientes.

Tu voz de tronador que me derrumba
                            para nacer de nuevo.



IPANEMA (CONCERTO EN SOL MAIOR)
ESTATUA DE POETA FRENTE AL MAR

Hombre pensando el poema,
masticando el poema con los sesos.
“¿Para qué sirve esta boca?”, pregunta,
                 asqueado de mascar.



En Camerata carioca, El Suri Porfiado, edición bilingüe, 2017.
Carlos J. Aldazábal (Salta, Argentina, 1974). Fotos: Jmp