jueves, 25 de junio de 2020

TERESA ARIJÓN Cierta verdad en las palabras





MIRÉ LOS OJOS DE LA LANGOSTA…

Miré los ojos de la langosta
negra, en el agua clara.
Ojos color miel y desconfiados
bajo la transparencia del cristal.
Eran cuatro las langostas, solo una
me miraba. Tenía las patas atadas
con vendas para impedir toda resistencia
a la muerte cercana.
Pensé en Queroqué, la rana ociosa
que encontró en la levedad su forma
y legó la electricidad al mundo, forzada por Galvani.
La electricidad que Nabokov temía, inexplicable
pero suficiente para matar a Queroqué, la rana del poema japonés
que sola se dio nombre porque nadie la nombraba.
Pensé en todas las cosas que no veo, “las inocentes,
las inermes, las desamparadas”, las que no pueden superar
la ley del más fuerte y a sí mismas del cuerpo se separan.


GARY SNYDER

Rastro de conejos,
rastro de ciervos, ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos en la noche helada,
         bajo los pinos,
recitando el poema de Leopardi
con memoria vaga, viendo
las estrellas limpísimas que acaso
anuncian la aurora boreal?
Rastro de osos,
rastro de linces, ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos cuando la nieve quieta cubre los vidrios
y sólo se oye el sonido del cielo,
afuera, lejos?
Rastro de alces,
rastro de nutrias, ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos cuando a la mañana siguiente, en cuclillas,
contemplando el lago donde el zorro se mojó la cola
sólo para demostrarnos que hay cierta verdad
en las palabras?


LAWRENCE FERLINGHETTI

Dice que envejece y que percibe
que la vida se muerde la cola,
ouroboros en la frágil insistencia de la luz.
Dice que envejece y ya no compite
por el limbo inmortal de las palabras
y que ahora, bajo la piel rugosa y las alas
que el viento abrió en sus ojos,
el único desafío es el cielo.
Dice que envejece y que no ignora
que las puertas se cierran y se abren con rítmico abatimiento.
Que va a leer lo que no sabe en el caparazón de una tortuga,
en la constelación salvaje que alumbra la pampa salvaje, en el sonido que el cielo se traga y devuelve en ecos.
Dice que el poeta es un pescador
para quien el cielo está despejado
aun si está cubierto.




En Poetas argentinas (1940-1960), selección y prólogo de Irene Gruss, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2006
Teresa Arijón (Buenos Aires, 9 de noviembre de 1960) Fotos: jmp

miércoles, 24 de junio de 2020

MERCEDES ROFFÉ El sobresalto del gato




Más aun. Pensemos
en la reproducción mecánica. Casi una montaña rusa. Casi
una noria. Un ensayo de
                                      poética circular. Una cascada como
una piedra, un bloque, un cuento
de nunca acabar.


*


Transparencias. Fugas. Esmalte. Brillos. La superficie agotada, estallada. Toda latitud habitada. Toda pasión… (Violette, no huyas). El sobresalto del gato: a cada rechinar de la madera, la montaña pare un ratón.


*


La realidad se ofusca
no en la revuelta
sino en la herida perturbada
—quizá más clara—
visión del flâneur.


*


Recuerdos —vagos— de esos poemas de Takahashi que empiezan —todos— “Esta mañana, Su Majestad la Reina...” y con el mismo tono impasible, casi de cuento de hadas, con una ceremoniosidad digna, contenida, pasan a referir el espectáculo de la más desmedida corrupción.
         No es la anécdota. Es ese oxímoron entre forma y contenido lo que hace de esos poemas un hecho necesario, útil, social: el poema como mito —en el sentido de síntesis y aglomeración de sentido—, como atajo para pensar y sentir en todo su estridor un fragmento, la intersección de dos ejes cualesquiera de una realidad que, de otro modo, se diluiría en los detalles de su propia indecencia.


*


“The friend of the wolf is the lazy shepherd”
Llywarch Hen, The Red Book of Hergest.

(¡No le dijeron nada! —musitado esto [sotto voce]) Todo en silencio, en secreto, en comidilla o conspiración. Secreciones. De buey, de asno, de búho o huracanado horizonte en lontananza. Rojo como el mar. El cielo. Como cazar un rayo o atrapar un rayo de sol en una red. Dánae de oro o fuego o
gestación de
iniquidades
         pequeñeces
                   destinos trocados como cartas
[u n a   n o c h e   u n   v i a j e r o]
en un castillo.
Ojival. (¿Otra vez?)
Te dije. Te lo dije. No dirían nada. Nunca.
Jamás
         confesarían
                   haber  caído
                            presa
                                      de tanta devoción
                                                                  tanta pereza


*


Hace no sé cuántos sueños se inició este viaje
ribera del sol                             ribera de la muerte
Como un velo se hunde hacia atrás en la memoria
aprendiz de destierro
oh espejo, luna de mal agüero
Desde qué monte preguntaré a las aguas el camino
ribera del sol                    ribera de la muerte
El tiempo se ha detenido
                                      y sin embargo
hay verbos que acontecen
ayer un chopo                   tal vez mañana un sauce
Cruzo la tarde como la espesura blanca de la leche
Desde las costas me alargan sus brazos un ciego
                                               un monje
                                      una muñeca


YO HABÍA PROFETIZADO LA PÉRDIDA DEL REINO

Yo había visto desfilar las barcas de la locura
Yo había visto el gesto excelso de los sacerdotes del ocio

Entrañas de los buitres, vosotras
me habíais develado la destrucción del templo

Mas
quién oyó

No hubo en Toledo ni en Alejandría lugar
la negra lengua del vate Yo había profetizado la muerte de los dioses

Mas
quién oyó



En Poetas argentinas (1940-1960), selección y prólogo de Irene Gruss, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2006.
Mercedes Roffé (Buenos Aires, 23 de junio de 1954). Fotos: JMP

lunes, 22 de junio de 2020

MARÍA DEL CARMEN COLOMBO La luz es realidad




CARTA A PAPÁ

Miserable estratagema
para tenerte parecerme
a vos

ser en espejada lejanía
lo que brilla por ausencia
una estrella

no me llames ilusa
estoy arriba
reina de la nada
ardiendo en mis heridas

soy tu pequeño espejismo
qué peor atadura
ah, si quisieras llegar hasta aquí
y entraras en esta luz

en todo caso si así fuera, querido mío
la luz hiere, la luz es realidad


ESPERGESIA

quiero el agua
del paraíso, dice, alba
blanca, pura luz mirando el
reflector dice llena
luna sin culpas
el balde de mi alma
hasta el colmo
como quien toma del gollete
celestial actriz finge
la gota terrenal cuando
enjuga con la punta
del manto una sed de rocío: ella
cree en la eficacia
del vacío y representa
la escena pensada por dios
para salvarnos.


SI FUERA SEGURA…

Si fuera segura
como una montaña
Si fuera calma, una
piedra de quietud, mi derrotero
culminaría —seguramente—
en la cima de cordura
y así colmada miraría
desde allí
un ojo de vértigo, el otro
abismo.


 
En Poetas argentinas, selección y prólogo de Irene Gruss, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2006. Foto: jmp
María del Carmen Colombo (Buenos Aires, 1950)

viernes, 5 de junio de 2020

CAROLINA DÁVILA La suerte está en lo quieto




POSTAL DE CITY BELL

Ignoran la furia del viento
los árboles se abrazan
y el sol se desangra brillante
por los agujeros

El tren no pasa
el paso del tren es una sucesión de imágenes

El niño en la bicicleta no se mueve,
pero su imagen tras su imagen
así mil veces
alcanza el umbral donde el perro aguarda

El perro o la imagen del perro
el umbral o la imagen del umbral

Cuando indagaste contesté:
“No es la felicidad, es su retrato
la suerte está en lo quieto”


SEÑALES DE PISTA

No es una virtud permanecer
         hastiar, hastiarse

Es por eso que iniciado
el viaje no termina

A los otros les llegan pistas
                  breves notas

no las manos, no el vientre
menos el cuerpo entero
y sus espasmos

El viaje consiste en descubrir
que se es triste
                  se es solo
                           y siempre se está lejos

El viaje consiste en descubrir
cuánta inutilidad esconde el movimiento



 

En revista Puesto de Combate, Bogotá, Colombia, número 78, año XXXX, 2012
Carolina Dávila (Bogotá, Colombia, 1982)
Foto: jmp

jueves, 4 de junio de 2020

WOODY GUTHRIE La más grande cosa que el hombre jamás haya hecho




LA MÁS GRANDE COSA QUE EL HOMBRE JAMÁS HAYA HECHO


   Soy sólo un viajero solitario, el gran vagabundo histórico
Altamente educado desde la historia
He venido a construir la Roca de las Edades
Esto fue en el año Uno
Y esto era acerca de la más grande cosa que el hombre jamás ha hecho.

   Trabajé en el Jardín del Edén, esto fue en el año Dos
Me uní al sindicato de recolectores de manzanas y siempre pagué lo que debía
Soy el hombre que firmó el contrato para levantar el Sol Naciente
Y esto era acerca de la más grande cosa que el hombre jamás ha hecho.

   Yo era el amo de paja en las Pirámides y la Torre de Babel
Abrí el océano y dejé pasar a los niños migrantes
Luché un millón de batallas y nunca perdí una
Y esto era acerca de la más grande cosa que el hombre jamás ha hecho.

   Golpeé a los temerarios Romanos y le gané a la atrevida Turquía
Derroté al ejército de Nerón con treinta minutos de trabajo
Luché con los más grandes líderes y les di una paliza a cada uno
Y esto era acerca de la más grande cosa que el hombre jamás ha hecho.

   Estaba en la revolución cuando liberamos al país
Yo y una pareja de indios que descargó el Té de Boston
Ganamos la batalla en el Valle Forge, la batalla de Bully Run
Y esto era acerca de la más grande cosa que el hombre jamás ha hecho.

   Había un hombre al otro lado del océano, supongo que lo conocen bien
Se nombre era Adolfo Hitler, cerrada su alma a Dios por el infierno
Lo pateamos en los “panzers” y lo pusimos en fuga
Y esto era acerca de la más grande cosa que el hombre jamás ha hecho.


   Bueno, mejor dejo de hablar porque ya dije todo lo que sé
Pero por favor recuerda, perdonador, dondequiera que vayas
La gente está construyendo un mundo pacífico
Y cuando el trabajo esté hecho
Será la más grande cosa que el hombre jamás haya hecho.

 

“Esta máquina mata fascistas”, en hoja suelta de revista de rock, tal vez Pelo, circa 1973, sin referencia de traductor (y con alguna intervención del coordinador del blog)
“The Biggest Thing That Man Has Ever Done” (algo así como “La cosa más grande que el hombre haya hecho“)  fue grabado en 1946
Woodrow Wilson Guthrie conocido como Woody Guthrie  (Okemah, Oklahoma, EEUU, 14 de julio de 1912 - Nueva York, 3 de octubre de 1967)
Foto: Jmp



miércoles, 27 de mayo de 2020

DANIEL PONCE Busco en los libros mi libro


  
QUEMAR UNA HOJA CON UNA LUPA
(Libro inédito, 2020)


         OBSERVAR

Me senté, la luz del ocaso se hacía blanda.
Voces lejanas, el ruido de un motor
entre eucaliptos con pies de gigantes.
Nada para hacer, salvo escribir el tiempo
inútil y su marcha.
Miraba al oeste entornando los ojos
mientras la dalia y el gorrión daban sus adioses.


         LA CASA

La humedad pudrió las paredes. Hace tanto que no recuerdo
cuál fue el último gesto al trasponer el umbral.
Luego, las voces huyeron de la memoria.
Cada uno supuso que sería curado por el olvido.
Las ventanas fueron removidas. Las tejas cayeron.
El olor dulce de la cocina es, hoy, la acritud
del abandono, tan ajeno a la vida.


         TRAFICANTE

En el asfalto, tirado, es un atado de ropa,
capucha, rodillas huesudas, malos dientes,
duerme su nada en el charco de sangre:
aureola del hereje.
Vivió para saltar tapias, tocar un güiro de aire,
cantar obscenas coplas de venganza.
Niño viejo. Niño caído en la mesa de disección.
La mano azul, los pies de fugitivo.


         DÍAS

Habrá que recoger las hojas que impiden el paso del agua;
sólo estar de las cosas.
Habrá que disolver la tierra que atascó los drenajes,
lavar las rejillas que el óxido va poniendo viejas.
Con un palo, habrá que enderezar esa planta que el viento
tuvo a su merced.
Vendrán días donde mirar atrás será el futuro.
Días con una clave, una llave o un mirador.
Vendrán días abiertos en estuario.
Habrá que volcar el pasado en el agua fluyente.
Nunca estuvimos pendientes de la esperanza.
Es hora de hablar con serenidad
de la alegría.


         NINGUNA HORA

Bajo la puntilla de su camiseta negra, las pecas.
Confiamos en la rosa eterna que aún no fue dibujada.
La vista fija en una oscuridad mayor, los ojos bellamente ciegos.
Confiamos en la cadencia respiratoria y en sus ahogos.
El lento trabajo del placer es aturdirse, curiosear.


         LO INMATERIAL DEL AMOR

Si sólo fuese piso de pétalos o un olor
insistente, adormecedor. Si sólo fuera
una razón que se escribe en el cuerpo.
De mí, de esos huesos reales que soy,
de los músculos saldría una niebla.
Pero, hay motivos donde lo concreto
no es el hilo del laberinto.
Donde lo concreto no cuenta.


         ÍBAMOS

Cambiábamos revistas y tabaco.
Podíamos estropear los pulmones y reír.
Los que quemaban ramas de otoño
en las esquinas
nos tenían por idiotas o zánganos.
No éramos buenos con los puños.
Apedreamos un gato.
Las luces pintadas de los clubes
ardían en nuestros pómulos.
No soñábamos. Soñar
fue después de actuar.
Íbamos rotos
antes  del  alba.


         REGRESAR

Era una cuestión de tiempo. Los árboles
callaban como suelen callar los absueltos.
Ajenos a todo estímulo, con cicatrices
y manos en vez de ramas y espacios libres
por donde la luz hace dibujos.
Era cuestión de regresar para escapar.
Así, regresé a los tiempos líquidos
cuando no era niño, ni joven, ni viejo,
aquel momento en que los motores,
los alambres, las chimeneas, los muros
estaban dentro de las palabras
como divinidades.
Regresé, tras los árboles y la luz:
la ciencia avara de las cosas
atrapadas por la disolución .
Yo que amé ocultarme
iba desnudo como los culpables
a buscar el perdón.
Iba sobre tierra convulsa.
Era una cuestión de árboles y relojes
y de tiempo esparcido, no por delante,
sino hacia adentro de los números,
cifras que hacen sus sumas y restas
con total indiferencia.


         QUEMAR UNA HOJA CON UNA LUPA

Hay tantos hombres rotos como peces en el mar.
Tantas mujeres rotas frente al espejo. Tanta silla
desvencijada por la perseverancia.
Hay tanto olvido en un mismo lugar,
tanta trasposición del odio
en piedra y tanta alegría perdida.
He trazado un cuadrado con mal pulso
sobre una hoja cuadriculada,
dentro: el ojo alerta de un ratón
o lo que creo que es el ojo de un ratón
aunque, bien visto,
parece un punto de Malevich
sobre el fondo blanco cuadriculado.
Soy pésimo en mis trazos.
Es atemporal la pasión por los cuadrados.
Todos han dibujado cuadrados
cuando, en verdad, se buscaba
trazar rostros, casas o serpientes.
Dentro del cuadrado,
aun del cuadrado mal dibujado,
hay una mujer rota
dentro de un hombre roto
que anidan en el ojo
de un ratón alerta.
Se sientan sobre una silla desvencijada
a perseverar.
También, hay un reloj enmudecido.
No es de día ni de noche.
Cada vez que el ojo del ratón
se cierra, el cuadrado
dibujado por mi mano
anula al hombre roto
y a la mujer rota
que están, a horcajadas,
en una silla desvencijada.
Poseo una lupa vieja.
Es un ojo sin memoria.
Con la lupa quemaré el papel
que contiene el ojo del ratón
metido en un cuadrado
donde hay una mujer rota
dentro de un hombre roto.


         RASTRILLAR

Para reparar la puerta, clavé un listón irregular
que tiene un nudo que semeja el ojo de un mongol;
para sujetar los papeles contra la mesa
un trozo de botella verde;
esquirlas de vidrio de la botella servirán, en el muro,
para que nadie salte hacia adentro, un mensaje:
el dueño no anhela sorpresas.
La bomba de agua posee un relieve
con nombre de ciudad británica.
Los guantes que usé para enrollar
el alambre de púas saludan, sucios,
ensartados en el mango de una pala
y en el mango de un rastrillo.
Cada día, hay muertos que llegan
para habitar el costado izquierdo
del galpón; ignoro por qué eligen
ese sitio contencioso
que las palomas reivindican
para sus deposiciones.
Llegan para colorear mi memoria,
ya gris.
La mañana será con el gato,
el petirrojo y la oruga.
Las nubes pasarán.


         MI PADRE

Mi padre está en el balcón
como se está en un púlpito
y, si bien es un individuo loco,
no deja de tener potestad.
Así lo sueño a veces:
no ríe ni ironiza
tampoco silba ni mueve las manos
ni busca en los bolsillos
esas monedas inútiles
para entretener los dedos.
Ya estoy en la edad
en que murió,
el número compartido
tiene algo de pavoroso.
No entiendo qué dice
en el sueño, su perfil
es de alguien absorto,
los pantalones
demasiado arrugados
para un hombre meticuloso.
El balcón donde está mi padre,
donde tiene su mirador
hacia los techos y las claraboyas,
posee una baranda antigua.
No está fumando
su eterna pipa
que lo obligaba
a una mueca.
El tiempo imparcial
se interpuso
entre el hombre del balcón
y el sueño.
Él permanece mirando
no se sabe qué o a quién.
Va a encomendarme algo.


         ÓRDENES

Yo obedezco porque siempre obedecí.
Obedezco en el pasado, me veo obedeciendo.
Mi presente es no saltar las consignas
que escribo y las que pienso y las otras
aquellas que caen por sí solas
y se esparcen en el piso y flotan.
Obedezco llamados y  notas,
curvas de hollín, papelerío barato.
No sé estar sin deber.


         LA PRIMAVERA

Nadie conoce al vecino en mi zona, es inusual
saber algún detalle, recordar un gesto, conversar.
Somos gente sola que cambió de nombre
al esconderse por miedo y por agobio.
Cada tanto, asomamos la nariz
para constatar que nada haya cambiado,
recelosos del olor que flota,
con la esperanza de que no nos ven.
Luego, regresamos a nuestros objetos
para contarlos y meterlos en una caja.
No somos buenos ni malos
porque obramos lateralmente.
La primavera no nos dice nada.
Nunca aporta conocimiento.


         EL DESTINO DE LAS COSAS

Detrás de la ligustrina apareció muerta una laucha.
Era pequeña, de manos rosadas, parecía joven.
Un hombre extraño que conocimos por error
dijo que las lauchas infectaban el barrio,
tapaban con sus cadáveres los caños
y se comían entre ellas por malicia.
No vimos más lauchas que la muerta.
Con una pala, se la recogió, tiesa,
victoriosa en su espanto.
La pala fue prestada y nunca regresó.
La ligustrina fue reemplazada
por herrería barata.
El hombre extraño que sabía de lauchas
emigró o se fugó.
De sus cosas, quedó una azada brillante
y una linterna
en manos ajenas.



         EL PUEBLO INÚTIL

En este pueblo se cosechan polillas.
Se las seca en un secadero y se las vende.
Pero nadie las compra. Carecen de finalidad.
En este pueblo se alimentan demonios
de rostro espeluznante y modos sutiles.
Todo está suspendido aquí,
incluso nadie consigue morir.
A alguien se le ocurrió desbarrancar
una vieja escalera de madera tosca
por el placer de ver las astillas
moviendo un poco el aire.
Otro se dedica a rumiar.


         LA INTEMPERIE

Dios ha venido a vivir conmigo
a la intemperie como uno más,
sus costumbres son atávicas
dada la dignidad que adquirió
a lo largo de los siglos
aunque no puede disimular
que es un pordiosero,
alguien que come sobras
y duerme.

Los muertos por crueldad
han venido
a multiplicar la arena.

El hombre que fui vino de lejos.


         TRABAJO

Trabajé sin descanso en una gruta
con hombres rudos.
Cada día, frunciendo el ceño y callando
para evitar las preguntas.
Por afán de desaparecer concentraba mis fuerzas
en ser meticuloso y eludir el sarcasmo de los otros:
algo de autómata descubrí en mis gestos.
Iba vestido con mi chaleco invariable,
fumaba con pasión, murmuraba una melodía
que nadie había escrito, de armonía ficticia.
Los feriados eran de espera y autoacusación.
A veces, los hombres de la gruta
tomaban mi silencio para patearlo,
escondían mi taza de lata en un hueco
o rimaban mi apellido.
Yo sonreía como el que traga una llave.
Los maldecía sin hablar.
Desdoblarme fue otro trabajo.
De mí mismo, aprendí un código rabioso
y poco más.


         INCUMPLIDO

Dije que vendrías a rezar con tu mano abierta.
Éramos gente bella que se palmeaba los hombros.
Gente con anhelo de sudar las sábanas.
Parecíamos felices, irritábamos con nuestras frases.
Dije que volverías para enseñarme tu cicatriz.
Recemos
para descubrir algún sentido:
vientre sobre vientre, dedo sobre piedra,
pie sobre brasa y sobre polvo.
Dije que vendrías a mi país de fatiga.


         MIRARME

Los ojos eran pardos con un anillo negro
en el límite del iris. Yo me miraba allí:
anillo, iris, pupila. Y me miraban los dos ojos.
Luego, el rostro, la cabeza, el cabello.
Me quedaba dormido en esos ojos.
Suelo dormir en la tormenta,
en las discusiones.
Pero dormir en esos ojos
era volver a ver.


         MUERTOS

Los muertos atrapan a los vivos en sus guaridas.
Los muertos llenan las valijas de escombros.
Los muertos insisten en tener razón.
Los muertos avanzan más rápido que las orugas.
Los muertos son piadosos con los moribundos.
Los muertos son tercos con los vivos.


         LILIUM

El tallo se sitúa en el centro de la maceta,
luego la cápsula amarilla.

Cuánto esperé para conocer, olfatear,
acurrucar el cuerpo, disolverme
para ir en ese amarillo hasta mí.

Ahora, que la flor crece violenta
y soy viejo y joven a la vez,
cansado y vigoroso, quieto,
veo aquello que quise ver
en los sueños y las tormentas:
el don del misterio remediado.


         VOLVER AL RÍO

Miro al río donde nada se puede ver.
Quiero que el río se lleve al que fui.
Son estas soledades la música.
Estos parajes: el niño pertrechado
con su reloj flamante.
Quiero que el río deje de estar.


         EL NIÑO DEL CORO

El niño tropezaba cantando para Luther King.
Debía mencionar a Santiago y el Eclesiastés.
El pastor regía el armonio y levantaba las cejas.
El rostro del hombre negro
con sus mejillas redondas y su aire de enojo,
el rostro en la pantalla de televisión.
El pastor acentuaba la palabra misericordia.
Una mujer cantaba con voz chillona
la palabra sueño.
El niño nervioso, el pastor levantaba las cejas
y el niño decía Santiago y decía Eclesiastés.


         CRIOLLOS VIEJOS

Al crepúsculo, llegaban los hombres.
Fumaban tabaco recio.
Mi madre me prohibía verlos.
Tomaban de unos vasitos. Alguno escupía.
Mi madre me preguntaba por los murciélagos,
las focas y los búhos. Yo tenía un único libro.
Tenía un tintero y una pluma gótica.
Mi abuelo era de la partida, el más duro,
el que trataba de usted al niño.
Mi madre murmuraba: “la política, la política”.


         LO MISMO

Yo busco en los libros mi libro.
Busco en tus sienes mi razón.
Busco el olvido en lo que se disipa.
Repito lo de otros repitieron:
la rueca milenaria o la voz.
Yo escribo la música ajena.


         EL TIEMPO DE LA ESTACIÓN INGLESA

La estación inglesa y sus ventanas clausuradas
sobre el arco de paso y las tejas planas.

La pampa dormía dentro de un furgón.
Cada crepúsculo, los rieles eran de mercurio.
Las zanjas se espesaban como la venganza.

Así, hubo años, ortigas creciendo, plenilunios,
llamas que agitaron sombras
sobre un piso de greda.
También, noches, ladridos.
Hubo un tiempo de amasar y otro de llorar.


         LIBRO DE LAS HORAS

En homenaje a los días en que aquí estuvo tu libro
creciendo, durante un duro invierno azul, al calor
de una estufa alargada con forma de valija,
escribiré algunos detalles para no renunciar
a la resurrección por el amor. Escribiré sin plan,
para que la lengua no vacile en lamer ese líquido
que dejaste en mis solapas, para adentrarme
en la noche muerta y mirarle los dientes
tan blancos como sílabas que contienen una “a”,
porque vine al sitio donde te sentabas
después de estirar los dedos y mecerte el cabello
vine a saber de mí, hoy, no a encontrarme
sino a deslucir la soledad mirando tu sitio.
Mientras pueda, esperaré. El olor de esta vereda
y sus azahares son parte del envés de mi frente.


 
     De Quemar una hoja con una lupa, libro inédito, 2020
     Daniel Ponce (Buenos Aires, 1956). Fotos: Jmp