sábado, 15 de diciembre de 2018

LUISA PELUFFO Soy esa orilla



DESIERTO

1
Lejos de las rompientes y las orillas
las aguas erizadas de escamas.

Ahora lo espera
el polvo rapaz de los caminos
la imposible belleza de la sed.

Ahora los espera
un mar quieto que llaman desierto.


2
Piedra, viento, coirones
centelleante
se desliza el Limay
hacia el Atlántico.

El aullido del viento
murmura la despedida.

Sus manos dejan de escapar
entre los dedos
el deseo transparente.

Dentro suyo algo se agita
como los pajonales de la orilla.

Bajo la luz vertical
los pies sumergidos
se afirman sobre la piedra.


…donde yo sólo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas…
Luis Cernuda – “Donde habite el olvido”


3
Un viento oblicuo
roe los contornos de las cosas.

En un cruce de caminos
envuelta con su collar de ortigas
espera la memoria.


ESPEJO

Soy esa orilla
que duplica
el agua
y que un leve
aliento
del aire quiebra.
Como si la tersa
superficie de la apariencia
se revelara,
como si la tensa
superficie
de la apariencia
se rebelara.


MEMORIA

Una ráfaga constante
roe los bordes de las cosas,
deja sólo una imagen
borrosa
a la caza de una sombra.



En Poesía Río Negro. Antología Consultada y Comentada Volumen 1, Fondo Editorial Rionegrino, Viedma, Río Negro, 2006. De la compilación: Raúl Artola.
Luisa Peluffo (Buenos Aires, 20 de agosto de 1941). Desde 1977 reside en San Carlos de Bariloche). Foto: Jmp

viernes, 14 de diciembre de 2018

AMELIA BIAGIONI Yo soy el otro cazador



DE UN PARPADEO

De un parpadeo
surge el incendio azul
la dorada levitación
el suave sol-torre volante
cuya profunda ley es la guitarra,
donde vivo probando para siempre
la ventana que surca cielos
el oro-té que ve lo que veré
y la almohada en su rama
del árbol de la vida.

De un parpadeo desaparece.

Otro mundo
lo negro
     que sospecho el fondo de nadie
     el revés
     la esfera que también es el cubo
me rodea.

Parpadeo.
Pero la trampa sigue.
Parpadeo cada vez con más fe.

Hasta que aprendo que lo negro dura.

Entonces
mis ojos
          quebrando sus goznes
se vuelven hacia mí
tantean con tiniebla mi tiniebla
me palpan sin memoria
me aferran fijos
me destrozan ajenos
aúllan
buscan en mis restos
comen
luz.


EL OTRO

Uno y uno es uno.
Ernest Hemingway

Yo soy el otro cazador.
Conexos y escindidos
hemos cazado
               según la alianza
siempre juntos:
él relatos y fieras
yo sueños sombras ecos.
Él rodeado de su fiesta dramática
de su glorioso ruido a recios juegos
y a batallas heroicas.
Yo rodeado de orilla suya.
Él siempre ha poseído
                   recreándolos célebres
mi selva
mi león
mi movimiento de coraje
mi hora de matar.

A veces me ha llevado a cazar
                           por reflejo en sus cuentos
y siempre a detonar sus frases
                      atravesando temas
en el duro combate
de su perfil contra el vacío.
Él ahora ha rendido su escritura.

Según el pacto
hoy salgo solo
desencadenado.
Es mi último safari
                            el único
soy el dueño
del enroscado coto y de su ley
                                ni miedo
                                ni piedad
el despojado
                                sin jauría
el que avisa
                                es la hora.
Mi gran trofeo doloroso
muy cerca está
rodeándome
                                esperándote
muy dentro
                                yo mando
                                cumple
                                adiós.
Apunto y le disparo entre mis dientes.


En Cazador en trance y otros poemas, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1989. De Las cacerías, 1976.
Amelia Biagioni (Gálvez, Santa Fe, 1916 – Buenos Aires, 2000). Foto: Jmp

martes, 11 de diciembre de 2018

PABLO DE ROKHA La vieja tonada de la gallina de los huevos azules



SOY EL HOMBRE CASADO

   Soy el hombre casado, soy el hombre casado que inventó el matrimonio;
   varón antiguo y egregio, ceñido de catástrofes, lúgubre;
   hace mil, mil años hace que no duermo cuidando los chiquillos y las estrellas desveladas;
   por eso arrastro mis carnes peludas de sueño
   encima del país gutural de las chimeneas de ópalo.

   Dromedario, polvoroso dromedario,
   gran animal andariego y amarillo de verdades crepusculares,
   voy trotando con mi montura de amores tristes…

   Alta y ancha rebota la vida tremenda
   sobre mi enorme lomo de toro;
   el pájaro con tongo de lo cuotidiano se sonríe de mis guitarras tentaculares y absortas;
   acostumbrado a criar hijos y cantos en la montaña,
   degüello los sarcasmos del ave terrible con mis cuchillos inexistentes,
   y continúo mis grandes estatuas de llanto;
   los pueblos futuros aplauden la vieja chaqueta de verdugo de mis tonadas.

   Comparo mi corazón al preceptor de la escuela del barrio,
   y papiroteo en las tumbas usadas
   la canción oscura de aquel que tiene deberes y obligaciones con lo infinito.

   Además van, a orillas mías, los difuntos precipitados de ahora y sus andróginos en aceite;
   los domino con la mirada muerta de mi corbata,
   y mi actitud continúa encendiendo las lámparas despavoridas.

   Cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida,
   y, desde la otra vida, gotean las aguas,
   yo estoy comiendo charqui asado en carbones rumorosos,
   los vinos maduros cantan en mis bodegas espirituales;
   sueña la pequeña Winétt, acurrucada en su finura triste y herida,
   y todos nos sentimos millonarios de felicidad, poderosos de felicidad,
   contentos de la buena pobreza,
   y tranquilos,
   seguros de la buena pobreza y la buena tristeza que nos torna humildes y emancipados,
   …entonces, cuando los perros mojados del invierno aúllan, desde la otra vida…
   “Bueno es que el hombre aguante”, le dijo,
   así le digo al esqueleto cuando se me anda quedando atrás, refunfuñando,
   y le pego un puntapié en las costillas.

   Frecuentemente voy a comprar avellanas o aceitunas al cementerio,
   voy con todos los mocosos, bien alegre,
   como un fabricante de enfermedades que se hiciese vendedor de rosas;
   a veces encuentro a la muerte meando detrás de la esquina,
   o a una estrella virgen con todos los pechos desnudos.
   Mis dolores acuartelados tienen un ardor tropical de orangutanes;
   poeta del Occidente,
   tengo los nervios mugrientos de fábricas y de máquinas,
   las dactilógrafas de la actividad me desparraman la cara trizada de abatimiento,
   y las ciudades enloquecieron mi tristeza
   con la figura trepidante y estridente del automóvil:
   civiles y municipales,
   mis pantalones continúan la raya quebrada del siglo;
   semejante a una inmensa oficina de notario,
   poblada de aburrimiento,
   la tinaja ciega de la voluntad llena de moscas.

   Un muerto errante llora debajo de mis canciones deshabitadas.

   Y un pájaro de pólvora
   canta en mis manos tremendas y honorables, lo mismo que el pergamanato,
   la vieja tonada de la gallina de los huevos azules.


En Poesía social del siglo XX: España e Hispanoamericana, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971. Foto: Jmp
Escribe Naín Nómez (Profesor de Filosofía, Talca, Chile, 1944) en Ómnibus, número 30, enero de 2010:
“Pablo de Rokha nació con el nombre de Carlos Díaz Loyola el 17 de octubre de 1894 en Licantén, provincia de Curicó, Chile. Sus padres fueron don José Ignacio Díaz y doña Laura Loyola. Vivió gran parte de su infancia en la zona de Llico, Hualañé y Vichuquén, pequeños pueblos de la zona del Maule. Por el año 1897, su padre es jefe de resguardo en la zona cordillerana y viaja permanentemente con su hijo. En 1901 se traslada a Talca, donde el poeta empieza a estudiar en la Escuela Pública No 3, cuyo director es don José Tomás Jara, padre del poeta Max Jara. En 1905, don José Ignacio Díaz es trasladado a Lonquimay, en la provincia de Cautín y luego administra el fundo Curillinque en Maule, razón por la cual Carlos interrumpe sus estudios. Durante ese mismo año da a conocer sus primeros poemas en medios familiares.
En 1906 vuelve a estudiar en el Seminario Conciliar de San Pelayo, donde permanece hasta 1911 cuando es expulsado por ateo, pero en verdad por leer autores prohibidos, especialmente Voltaire y Rabelais. Allí conoce a los clásicos latinos y griegos: Lucrecio, Virgilio, Heráclito, Zenón y Demócrito. Sus condiscípulos lo llamarán "El Amigo Piedra", expresión de donde tomará su seudónimo Rokha. Después de ser expulsado, viaja a Santiago y se da a conocer en los medios literarios con el seudónimo de Job Díaz. Se instala en una residencial de la calle Gálvez, termina sus estudios secundarios y da su bachillerato en 1912. Se matricula en la Universidad de Chile para estudiar Derecho o Ingeniería, pero pronto abandona los estudios y se dedica al periodismo. Publica algunos artículos en los diarios La Razón y La Mañana de Santiago y sus primeros poemas en la revista Juventud de la Federación de Estudiantes de Chile, ya con el nombre que lo hará famoso: Pablo de Rokha. Descubre la poesía de Walt Whitman y la filosofía de Friedrich Nietzsche.
En 1914 vuelve a Talca y recibe de regalo un libro titulado Lo que me dijo el silencio firmado por Juana Inés de la Cruz. Al ver el retrato de la poeta, se enamora y se vuelve a Santiago para conocerla. Ella estudiaba en el Liceo No 3 de Santiago, era hija de un coronel de ejército y se llamaba Luisa Anabalón Sanderson. El poeta le pide que se case con él y ambos se fugan, realizando el matrimonio el 25 de octubre de 1916. Luisa será conocida después como Winétt de Rokha.
En 1916, Pablo de Rokha publica su primer texto titulado "Versos de infancia" en la antología Selva Lírica. Durante esos años, ejerce diversos oficios para sobrevivir con su esposa y publicar algunos de sus textos: es corredor de propiedades, comerciante de frutos de país, pintor, director de revistas, periodista, etc. Adhiere al movimiento anarquista internacional y autoedita varios de sus libros, entre ellos Los gemidos en 1922, una de sus obras capitales. Durante los años veinte, vive en diversas ciudades, entre ellas San Felipe y Concepción, donde funda revistas como Numen, Agonal, Dínamo y publica libros como Heroísmo sin alegría, Ecuación y Escritura de Raimundo Contreras, que anuncian su incorporación a las huestes de la vanguardia latinoamericana.
A partir de 1930, multiplica sus obras, su compromiso social (es militante del Partido Comunista entre 1932 y 1938), su amor por Winétt y su crítica al sistema político y social del país. También nacen varios de sus hijos: Carlos, Lukó, Pablo, Juana Inés, José, Pablo, Laura y Flor, además de Carmen y Tomás muertos prematuramente. En la medida que sus obras se hacen más militantes (Canto de trinchera, Los 13, El canto de hoy, Jesucristo, Satanás, Oda a Máximo Gorki), sus enemigos crecen dentro y fuera del ámbito literario. El Partido Comunista lo presenta como candidato a diputado, pero pierde; posteriormente hace clases en la Escuela de Bellas Artes y es propuesto como candidato a Decano, perdiendo por un voto. Dirige la revista Principios, auspiciada por el Partido Comunista y es nombrado presidente de la Casa América, una organización cultural de izquierda. Adhiere al Frente Popular, defiende a la República Española y su poesía se vuelca en la defensa de la democracia, el socialismo y el antifascismo. En 1938 renuncia al Partido Comunista y apoya públicamente como candidato a presidente de la república a Carlos Ibáñez del Campo contra Pedro Aguirre Cerda, quien es en ese momento el candidato de todas las fuerzas de izquierda.
En 1939 inicia Multitud "revista del pueblo y la alta cultura", la que con intermitencias se editará hasta el año 1963. Al mismo tiempo, publica en forma continua en el diario La Opinión, desde cuyo bastión mantendrá constantes polémicas con los poetas Vicente Huidobro y Pablo Neruda. Con el mismo sello editorial de la revista Multitud, mantendrá la publicación de sus futuros libros.
En 1944, el presidente Juan Antonio Ríos, le extiende un nombramiento como embajador cultural de Chile para toda América y el poeta emprende un viaje por el continente acompañado de su esposa Winétt. El periplo se extiende por 19 países con un nutrido programa de charlas, conferencias, recitales y conversaciones con escritores, políticos e intelectuales de todos los países que visitan. Entre los anfitriones del poeta están el pintor Siqueiros, Lázaro Cárdenas, Jaime Torres Bodet, Lombardo Toledano, Miguel Otero Silva, Juan Marinello, Arturo Uslar Pietri, Juan Liscano y otros escritores e intelectuales. Cuando el poeta viene de vuelta y se encuentra en Argentina, en Chile es elegido presidente Gabriel González Videla quien dicta la Ley de Defensa de la Democracia contra el Partido Comunista, por lo que el poeta decide quedarse un tiempo en Argentina. Vuelve en 1949, año en que publica su obra teórica más importante: Arenga sobre el arte, que incluye la "Epopeya de las comidas y bebidas de Chile". Su esposa Winétt ha enfermado gravemente y morirá de cáncer en 1951.
La aparición de su monumental antología de 1954, cierra un ciclo completo de su obra. En 1955 publica su libro-ensayo Neruda y yo, obra que reaviva las viejas querellas con el Premio Nobel y que es uno de los ataques más furibundos de un escritor a otro. Son años difíciles para el poeta, que se encuentra muy solo y vende sus libros de puerta en puerta para sobrevivir. En 1962 muere su hijo Carlos, también poeta. En 1964 es invitado por el gobierno de Mao Tse Tung a China y posteriormente viaja por la Unión Soviética y Francia. Durante el año 1965 le es otorgado finalmente el Premio Nacional de Literatura, el que a su juicio, "le llegó casi por cumplido". Poco después, Licantén lo nombra Hijo Ilustre de la ciudad. A comienzos de 1968 se suicidaban su amigo Joaquín Edwards Bello y su hijo Pablo. Meses después, el 10 de septiembre de ese mismo año, Pablo de Rokha moría, suicidándose de un disparo en la boca en su casa de Valladolid 106 en Santiago.”
http://www.omni-bus.com/n30/index.html

jueves, 6 de diciembre de 2018

RUBÉN RECHES Nadie nos enseñó a dejar de remar




ARRABAL DE ESPERAS
(1984)

MORIBUNDO…

Moribundo: antes que vengan a coser tus párpados,
antes que el falso nudo se deshaga en el pañuelo
y que las ondas desaparezcan del agua,
querés repetirte con fuerza –como quien memoriza-
el nombre del lugar en donde estuviste y del que te vas.

Pero ya no lográs saber qué fue esa zona
que vos creías tan imperial y populosa
como el país de nada del que, aun viajando, siempre sos ciudadano.
Ante tus ojos ya más de carne que de vidrio
tu única migración se ha reducido a unas palabras empobrecidas y a una pieza.

Ahora que vienen a coser tus párpados
podés correr a gusto por toda la tierra de tu memoria,
pero no te basta eso para determinar qué fue esa luz que te parecía sola e infinita,
qué esas estrellas, ese humo, esas dos manos tuyas,
qué ese acordeón y esa madre.

Ahora te parece posible encerrar a toda aquella variedad en un frasco.
Ahora te parece que podrías ver todos los mares, todos los árboles y las fiestas 
con solo mirar una vez a través de un orificio del diámetro de un clavo 
practicado en tu tumba.

Pero igual querés gritar de una vez el nombre de la gota de la que empezás a caer,
por un desafío parecido al que hincha las venas
del hombre de nuez y de brazos desnudos,
de pie en ese arrabal de esferas,
que vocifera y vence a otros con palabras;
pero no podés, no podés, moribundo.

Incluso ahora que estés muerto, cuando vuelvas
a tu larga costumbre de no ser nada,
en el instante luego del último punto dado a tus párpados,
recordarás, sí, cada uno de tus milenios idos
y tendrás la exacta clarividencia de todo tu inagotable porvenir,
pero este episodio ínfimo de luz aun del pasado se borrará.

Y no vas a gritar el nombre de la pintada selva
que –última lágrima o fruta inmensas– todavía pende de tus párpados,
ni te erguirás para el rasguño inesperado al cielo,
en tanto que lo que no sabés nombrar se arranca pausadamente de vos,
desprende de toda tu piel un ala,
y ya no temés que la mariposa esté naciendo,
ya ni la querés nombrar,
ya no sabés, no sabés qué dejás, qué se te va, moribundo.


MIRO TORVAMENTE…

A Guillermo Boido

Miro torvamente al cielo y te cubro
como un mendigo sus fósforos y su botella,
tiempo nuestro, solamente nuestro,
bosque resplandeciente del que la luz parece ya no querer huir,
precisa suma de las manos
que sin cesar trasladan agua y fuego entre tus árboles,
de los rostros que, entre tus paredes de casa infinita,
sueltan sin tregua músicas y bruma,
-todos al fin y al cabo amables cántaros que sólo crecen fuera de la tierra,
que sólo sobre la tierra dan pupilas-,
amada caja de contables brillos y oscuridades,
jardín del instante en donde hay viejos y niños y mujeres con las que hacer sal,
luz, luz que rueda y que desnuda
o luz de las lámparas, más amiga de la voz,
tiempo nuestro, solamente nuestro,
tus costumbres son las únicas justas,
tus ciudades los supremos cofres,
tus piedras las más mudas y grises.
Jamás el universo se hallará mejor que hoy,
ni el sol pesará tan dulcemente sobre la tierra,
ni la madera estuvo así a punto de hablar,
ni duraron tanto las mariposas.
Sólo tu barro se habrá sabido negro,
sólo tus árboles habrán intentado temblar,
sólo tus flores habrán oído pisadas.
El débil país de todas tus palabras,
que no circunda de ningún rumor a la tierra,
hace como los otros que encendían fósforos contra el silencio,
pero se ilumina solo además con el viento.
Por vientos y perfumes y animales desvelados
siempre harán saber las noches más oscuras
que en su sótano frutas penden de ramas,
pero sólo de la tuya se habrá contado que bajó
ella misma junto a quien se confundía y asustaba
a avisarle: “¡Calma! ¡No somos los siglos esfumados!
¡Aquí palpo los volúmenes de oro!”

*-*

Pero nadie prepara tu defensa.
Tus vigías mendigos miran más de un instante al cielo y se duermen;
y se despiertan con la pereza de quien ha hablado con Alguien
que ya marchó sobre la hierba que cubrirá tus ciudades,
que oyó ruidos de insecto, tesoro que vas cayendo al pozo,
de cuando ya no haya pirata que te desentierre.


ENTRA AL CAFÉ…

A Eduardo Álvarez Tuñón

Entra al café iluminado y grande como el salón de fiestas de un barco. Encuentra a sus amigos alrededor de una mesa demasiado estrecha, apiñados en desorden tal como los fue reuniendo el azar de una noche de domingo. Apenas terminan los saludos, se apodera de la palabra. Habla fuerte, refuta con facilidad y lanza datos, argumentos y noticias de última hora con una vivacidad y una memoria asombrosas. Poco a poco el resto se limita a escucharlo, a reír en voz alta de sus bromas más mordaces.
De pronto, el recién llegado se descubre una mancha blanca de polvo en una rodillera del pantalón. No se la limpia, pero no quiere que nadie se la vea y la esconde hundiendo la pierna debajo de la mesa.
Esta mañana estuvo en el cementerio. Se sentó en una tumba, arañó la tierra, se le mojaron de lágrimas las manos y se pegó puñetazos en los muslos. Después, peinándose, empezó a caminar despacio hacia la parada del colectivo.
Ahora, sentado en un local del centro de una ciudad inmensa que dispersó sus cementerios por las lejanas periferias, piensa que nadie, en ese café de los vivos, imaginaría que con él entró allí un poco de tumba.
Cegado por el orgullo que al adolescente da el dolor, cree que haber traído una siembra de muerte adonde los elegantes clamorean o se acurrucan le da algo ya de la ciencia de los ancianos y los moribundos. ¡Y ni siquiera advirtió aún cuántas de las suelas que pisan cada día el centro de la ciudad luminosa tienen pegado pedregullo de cementerio!


YA SON DE LA BRUMA…

A la memoria de mi padre,
Samuel Moisés Reches

Así se sentaron con él en tierra por
siete días y siete noches y ninguno le
hablaba palabra, porque veían que
el dolor era muy grande.
Job 2:13

Ya son de la bruma tus cincuenta años de doblarte sobre las telas
sastre de cabellos blancos,
y el Hoy raspa tu alma como los frenos de un tren.

Quisiste con la aguja fundar una dinastía en el peligro del tiempo
y alzaste para protegerla una fortaleza de chalecos y gabardinas.

Sin ayuda de ángeles, ateo fuerte: con sólo tus manos de leñador que cosían.

Sus habitantes teníamos que morir por orden de aparición.
Todas las cabezas que se amparaban en tu fuerza de niño mendigo debían morir blancas.
Y por eso medías, padre, y por eso enhebrabas, seguro de que así habría de ser,
con la certeza de un sastre que sabe que, si quiere, deja la tela, sale a la calle
y atraviesa de parte a parte un planeta con la aguja.

Mientras tus hijos compraban libros y pelotas tus sufilados los hacían inmortales.
A otros padres se les morían, o se les enfermaban, o se les iban para siempre, pero entonces vos cortabas más, probabas más.
Y sentías en tus manos que, de querer irte a coser a la selva con toda tu familia detrás de tu silla
huirían los animales feroces al solo gesto tuyo de marcar con la tiza el primer casimir.

Alrededor de tu mesa no temíamos a las estrellas.
Éramos diez humanos agraciados. Éramos ricos.
Nos habíamos olvidado de la historia de Job.


A LOS VIEJOS…

A Lydia Szichman

A los viejos les gusta más que a nadie
caminar bajo el sol en el invierno,
tomar a largos sorbos té caliente
y, cuando hay viento afuera, estar adentro.
Si es que se cuece algo en la cocina,
no se quieren mover de ahí los viejos.
Poco antes de que el frio los encierre,
aun sin saber porqué buscan el fuego.
Y por eso a sus días los ocupan
en tal parte calentadores, termos,
carbón, estufas, edredones, gorros,
mañanitas, bufandas y chalecos.


LOS REMEROS

A Daniel Freidemberg

Es tarde. Ya remamos toda el agua del día
y aún golpeamos los remos contra la orilla de la noche
porque nadie nos enseñó a dejar de remar.
Nos sentamos sobre la orilla a soñar con la orilla;
a nuestros pies se agolpan los peces.

Como no sabemos pescar, nos hicieron remeros.

Tenemos ojos hermosos:
verdes como el agua de nuestros países,
rojos como el agua de nuestros países,
amarillos como el cielo de nuestros países.
La gente, maravillada, trata de no aplastarlos cuando nos camina encima.
Pero son ciegos. De todos modos, el único peligro es que se nos quiebre un remo. Entonces caemos. Al agua, a morir, a que los peces nos coman como si fuésemos un pescador. A los peces les gusta imaginar que están comiéndose un pescador.
A nosotros, considerando que un poco antes de morir uno se encuentra siempre al borde de la muerte, también.
Somos muchos. Hay noches en que la orilla se llena de miles de nosotros. Nuestros ojos alumbran en la oscuridad y atraen a los turistas. De unas monedas de ellos, de unas palabras, hacemos fuego y podemos vivir.


OTROS POEMAS

MAMÁ ME ESTÁ PEINANDO

A la memoria de mi madre,
Jane Szichman de Reches

mamá me está peinando vienen horas felices
nos íbamos de compras a tiendas Gath y Chávez
mamá está preparada corra a buscar las llaves
qué poco la recuerdo sin sus cabellos grises

no avisa el peluquero me encaja en la sillita
así lo desplumaban al pollo en la feria
en la foto aparezco rapado cara seria
ojos entrecerrados zapatos con tirita

me decían que duerma que las brujas no estaban
que todas se volaron esa noche a la luna
en la pieza la cama está cerca de la cuna
mi papá se trepaba sobre mamá luchaban

hoy es mi cumpleaños hacen ronda los tíos
el que murió demente la que murió sin pechos
el que murió en la cárcel con los dedos deshechos
dan vueltas baten palmas danzan ritmos judíos

una nena jugamos es ella la invitada
tomá los cubos blancos y prestale los rojos
se abrían y cerraban como puertas sus ojos
su boca era un pianito de madera rosada

muevo la bicicleta se me cae me hiero
empieza a salir sangre de mis rodillas frías
no hay manos que no sean más grandes que las mías
no quiero que me toquen que me curen no quiero

espacio donde hay nidos y donde hay acordeones
luz y luz y mi hermano que es el rey de los vientos
nada hará que mi padre no me cuente sus cuentos
nada hará que mi madre no me cante canciones


AVISÁ

Avisá
que la vida hizo trampa


EL TELÉFONO DE LA CASA PATERNA

                                                                                                                              a la memoria de mis padres
                                                                                                             Jane Szichman y Samuel Moisés Reches


Acabo de cambiar el aparato telefónico.

En la casa de mi infancia,
adonde he vuelto a vivir con mujer e hijos.

Desconectado, entre tornillos y pedazos de cable,
el aparato viejo parece esperar en la mesa del comedor
a que se proceda con él a un baño ritual.

Y ahí se está, como resto de un antiguo naufragio
que ha vuelto a tierra firme y se ha puesto a secar:
pierde su envoltura de cosa de humano
en el breve rato que necesita cualquier objeto depositado por el mar
para secarse de siglos de errar sumergido.

Muy pronto me parece que podría vacilar en decir para qué sirve,
qué fue, si es algo que ya estaba en la casa o si lo acaban de traer,
cuando durante cuarenta años por él llegaban y salían las voces
que tejieron la historia de un continente perdido en el que yo fui hijo,
y mis propios dedos pequeños giraban su disco para llamar a mis amigos de pantalón corto.

Muchas de las escenas centrales de la historia de mi primera familia
se constituyeron a su alrededor y al cabo de un rato se disgregaron,
¡en este caleidoscopio donde cada pedacito de papel es un ser humano!

Por él se anunciaron nacimientos de seres que muy pronto iban a decidir exponer sus pechos a las balas de la tierra.
Por él un día mi madre oyó después de cincuenta años
la voz de su hermano soviético que acababa de llegar a Israel
mientras en otra pieza esperaban su turno de hablar tías y tíos.
-Al volver a la pieza cada uno debía transmitir con la mayor fidelidad
las pocas palabras dichas por el hermano mayor que se había quedado en Moscú porque ya era un hombre y optaba por guerrear
mientras el padre rabino y la madre cuyo vientre había diez veces a luz
decidían emigrar con todos los hijos que pudieran-.
Por él nos felicitaban por casamientos,
-por el de mi hermano primero, por el mío después-.
En los días que precedieron al de mi hermano,
recuerdo las llamadas a la modista, a la confitería, a todo lo que se alquilaba.
Por él dije mis primeras palabras de amor.
Él ocultó el temblor, el enrojecimiento, el rostro demudado
y sólo dejó pasar las palabras casi puras.
Por él mi padre anunció la muerte de mi hermano
después de arrancar su tubo de las manos de mi madre
para abreviar un llamado que los sollozos de mamá rota para siempre
podían prolongar hasta la exasperación.
Por él llamé y me llamaron amigos para decirnos, sin disculpas ni preámbulos,
poemas recién terminados o un verso que acabábamos de modificar en algo,
en días en que no dudábamos, -¡y con cuánta razón entonces!- de la incondicional disponibilidad del otro,
de que al otro ese poema anunciado o ese verso imperfecto
lo habían mantenido en vilo con tanta intensidad como a uno mismo.
Por él circularon conversaciones clandestinas
con sus circunlocuciones y sus claves.
Las de mi hermano comunista primero, y luego, muchos años más tarde, las de yo mismo comunista.

Finalmente, de los cuatro, fui yo quien lo desconectó.

Aunque el balance final de sus días entre nosotros no fue bueno,
lo guardo con respeto junto a las herramientas en la oscuridad de un placard.

Al depositarlo, roza levemente un obstáculo y vuelve a sonar su campanilla.

No descubro razones para que yo quiera sacarlo alguna vez de donde está,
pero me digo que las manos que un día lo hagan
no tendrán motivo para actuar con extrema delicadeza
y la campanilla sonará de nuevo.

Porque él reserva gotas de sonido para cuando yo mismo ya no esté. 


APUNTES EN UN CUADERNO

Lee apuntes del año anterior: impresiones anotadas después de comer con un poeta anciano en un restorán del centro de la ciudad.
Recuerda bien lo que luego escribió con su mano: las dos entradas del local en el fondo de una galería, los rostros del mozo y la cajera, la familiaridad del poeta con otros habitués.
Pero un párrafo lo sorprende: “Cuando salíamos, vimos a un hombre caído junto a una vidriera de la galería. Algunos pocos lo rodeaban. Uno decía: ´Está muerto´. El gran viejo me tomó del brazo para que siguiéramos.”
Recuerda incluso el café bebido más tarde, y que el cielo era gris, y que las palabras de su acompañante le habían dado un bienestar cierto y pasajero. Pero busca y busca y del muerto y de esa gente no logra tener memoria.


En Poesía reunida, Ediciones Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012
Rubén reches (Buenos Aires, 5 de diciembre de 1949 – 6 de diciembre de 2018). Foto: Jmp

PAUL CELAN Digas la palabra que digas




SIETE ROSAS MÁS TARDE

OÍ DECIR

Oí decir que hay
en el agua una piedra y un círculo
y sobre el agua una palabra
que tiende el círculo en torno a la piedra.

Vi que mi álamo bajaba al agua,
vi cómo su brazo se aferraba a la profundidad,
vi sus raíces hacia el cielo suplicando la noche.

No corrí tras él,
sólo recogí del suelo aquella migaja,
que tiene la forma y la nobleza de tu ojo,
te quité del cuello la cadena de las sentencias
y orlé con ella la mesa donde ahora estaba la migaja.

Y no volví a ver a mi álamo.


BRILLO

Con silencioso cuerpo
yaces en la arena a mi lado;
sobre ti, las estrellas.

………………………………..

¿Refractó un rayo
hacia mí?
¿O fue la vara
rota sobre nosotros
la que así brilla?


JUGANDO CON HACHAS

Siete horas de la noche, siete años en vela:
jugando con hachas,
yaces a la sombra de erguidos cadáveres
-¡oh árboles que no talas!-,
de cabecera el lujo de lo callado,
la bagatela de las palabras a los pies,
yaces y juegas con las hachas-
y al fin refulges como ellas.


PLAYA BRETONA

Reunido está cuanto vimos
en la despedida tuya y mía:
el mar, que nos lanzó noches a tierra,
la arena, que con nosotros las cruzó,
el brezo rojo oxidado arriba,
en donde nos aconteció el mundo.


DE A DOS

De a dos nadan los muertos,
de a dos, bañados en vino.
En el vino que sobre ti vertieron
nadan los muertos de a dos.

Trenzaron sus cabellos en esteras,
cohabitan entre sí.
Tú, lanza otra vez tu dado
y sumérgete en un ojo de los dos.


EL HUÉSPED

Mucho antes de anochecer
entra en tu casa quien con lo oscuro el saludo cruzó.
Mucho antes de amanecer
despierta
y atiza, antes de irse, un sueño,
un sueño resonante de pasos:
le oyes recorrer las lejanías
y hacia allí lanzas tu alma.


CON LLAVE CAMBIANTE

EPITAFIO PARA FRANÇOIS

Las dos puertas del mundo
están abiertas:
abiertas por ti
entre dos noches.
Las oímos golpear y golpear
y llevamos lo incierto,
y llevamos lo vivo a tu siempre. 

Octubre de 1953

TAMBIÉN ESTA NOCHE

Con mayor plenitud,
pues también cayó nieve sobre este
mar en que nada el sol,
florece el hielo en las cestas
que llevas a la ciudad.

Arena
pides por él,
pues la última
rosa en casa
quiere también esta noche ser nutrida
de la hora que corre.


CON LLAVE CAMBIANTE

Con llave cambiante
abres la casa en la que se arremolina
la nieve de lo callado.
Según la sangre que te brote
de ojo, boca u oído
cambia tu llave.

Cambia tu llave, cambia la palabra
que puede arremolinarse con los copos.
Según el viento que te empuje
se aglomera la nieve en torno a la palabra.


LOS CAMPOS

Siempre el mismo, aquél álamo
al filo del pensamiento.
Siempre el dedo que se alza
en la linde.

Mucho más adelante
vacila el surco en la tarde.
Pero la nube: pasa.

Siempre el ojo.
Siempre el ojo cuyo párpado
alzas al resplandor
de su hermano bajado.
Siempre ese ojo.

Siempre ese ojo, cuya mirada
envuelve al mismo álamo, a aquel.


RECUERDO

Con higos sea nutrido el corazón
en que la hora recuerda
el almendrado ojo del muerto.
Nutrido con higos.

Escarpada, al soplo del mar,
la zozobrada
frente,
la rocosa hermana.

Y aumentado por tus canas
el vellón
de la nube estival. 


HACIA LA ISLA

OJO DEL TIEMPO

Este es el ojo del tiempo:
bizquea
bajo ceja de siete colores.
Su párpado es lavado por fuegos,
su lágrima es vapor.

La estrella ciega vuela a él
y se funde en la pestaña más ardiente:
va templándose el mundo
y los muertos rebrotan y florecen.


LEVANTES LA PIEDRA QUE LEVANTES

Levantes la piedra que levantes-
despojas
a quienes precisan el amparo de las piedras:
desnudos
renuevan ahora el enredo.

Tumbes el árbol que tumbes-
construyes
el lecho en donde
las almas una vez más se estancan
como si no vibrara
también este
eón.

Digas la palabra que digas-
agradeces
el deterioro.


 
En De umbral en umbral (segundo libro de Celan, 1955), Ediciones Hiperión, España (primera edición 1985; cuarta edición 2000). Traducción y notas de Jesús Munárriz. Edición bilingüe. Selección de textos Jmp
Paul Celan (Csernowitz, Rumanía, 23 de noviembre de 1920 - París, Francia, 20 de abril de 1970). Foto: Jmp

martes, 4 de diciembre de 2018

PABLO NERUDA El canto del hombre invisible que canta con todos los hombres



EL HOMBRE INVISIBLE


Yo me río,
me sonrío
de los viejos poetas,
yo adoro toda
la poesía escrita,
todo el rocío,
luna, diamante, gota
de plata sumergida,
que fue mi antiguo hermano,
agregando a la rosa,
pero
me sonrío
siempre dicen “yo”,
a cada paso
les sucede algo,
es siempre”“yo”,
por las calles
sólo ellos andan
o la, dulce que aman,
nadie más,
no pasan pescadores,
ni libreros,
no pasan albañiles,
nadie se cae
de un andamio,
nadie sufre,
nadie ama,
sólo mi pobre hermano,
el poeta,
a él le pasan
todas las cosas
ya su dulce querida,
nadie vive
sino él solo,
nadie llora de hambre
o de ira,
nadie sufre en sus versos
porque no puede
pagar el alquiler,
a nadie en poesía
echan a la calle
con camas y con sillas
y en las fábricas
tampoco pasa nada,
no pasa nada,
se hacen paraguas, copas,
armas, locomotoras,
se extraen minerales
rascando el infierno,
hay huelga,
vienen soldados,
disparan,
disparan contra el pueblo,
es decir,
contra la poesía,
y mi hermano
el poeta
estaba enamorado,
o sufría
porque sus sentimientos
son marinos,
ama los puertos
remotos, por sus nombres,
y escribe sobre océanos
que no conoce,
junto a la vida, repleta
como el maíz de granos,
él pasa sin saber
desgranarla,
él sube y baja
sin tocar la tierra,
o a veces
se siente profundísimo
y tenebroso,
él es tan grande
que no cabe en sí mismo,
se enreda y desenreda,
se declara maldito,
lleva con gran dificultad la cruz
de las tinieblas,
piensa que es diferente
a todo el mundo,
todos los días come pan
pero no ha visto nunca
un panadero
ni ha entrado a un sindicato
de panificadores,
y así mi pobre hermano
se hace oscuro,
se tuerce y se retuerce
y se halla
interesante,
interesante,
ésta es la palabra,
yo no soy superior
a mi hermano
pero sonrío,
porque voy por las calles
y sólo yo no existo,
la vida corre
como todos los ríos,
yo soy el único
invisible,
no hay misteriosas sombras,
no hay tinieblas,
todo el mundo me habla,
me quieren contar cosas,
me hablan de sus parientes,
de sus miserias
y de sus alegrías,
todos pasan y todos
me dicen algo,
y cuántas cosas hacen!:
cortan maderas,
suben hilos eléctricos,
amasan hasta tarde en la noche
el pan de cada día,
con una lanza de hierro
perforan las entrañas
de la tierra
y convierten el hierro
en cerraduras,
suben al cielo y llevan
cartas, sollozos, besos,
en cada puerta
hay alguien,
nace alguno,
o me espera la que amo,
y yo paso y las cosas
me piden que las cante,
yo no tengo tiempo,
debo pensar en todo,
debo volver a casa,
pasar al Partido,
qué puedo hacer,
todo me pide
que hable,
todo me pide
que cante y cante siempre,
todo está lleno
de sueños y sonidos,
la vida es una caja
llena de cantos, se abre
y vuela y viene
una bandada
de pájaros
que quieren contarme algo
descansando en mis hombros,
la vida es una lucha
como un río que avanza
y los hombres
quieren decirme,
decirte,
por qué luchan,
si mueren,
por qué mueren,
y yo paso y no tengo
tiempo para tantas vidas,
yo quiero
que todos vivan
en mi vida
y canten en mi canto,
yo no tengo importancia,
no tengo tiempo
para mis asuntos,
de noche y de día
debo anotar lo que pasa,
y no olvidar a nadie.
Es verdad que de pronto
me fatigo
y miro las estrellas,
me tiendo en el pasto, pasa
un insecto color de violín,
pongo el brazo
sobre un pequeño seno
o bajo la cintura
de la dulce que amo,
y miro el terciopelo
duro
de la noche que tiembla
con sus constelaciones congeladas,
entonces
siento subir a mi alma
la ola de los misterios,
la infancia,
el llanto en los rincones,
la adolescencia triste,
y me da sueño,
y duermo
como un manzano,
me quedo dormido
de inmediato
con las estrellas o sin las estrellas,
con mi amor o sin ella,
y cuando me levanto
se fue la noche,
la calle ha despertado antes que yo,
a su trabajo
van las muchachas pobres,
los pescadores vuelven
del océano,
los mineros
van con zapatos nuevos
entrando en la mina,
todo vive,
todos pasan,
andan apresurados,
y yo tengo apenas tiempo
para vestirme,
yo tengo que correr:
ninguno puede
pasar sin que yo sepa
adónde va, qué cosa
le ha sucedido.
No puedo
sin la vida vivir,
sin el hombre ser hombre
y corro y veo y oigo
y canto,
las estrellas no tienen
nada que ver conmigo,
la soledad no tiene
flor ni fruto.
Dadme para mi vida
todas las vidas,
dadme todo el dolor
de todo el mundo,
yo voy a transformarlo
en esperanza.
Dadme
todas las alegrías,
aun las más secretas,
porque si así no fuera,
cómo van a saberse?
Yo tengo que contarlas,
dadme
las luchas
de cada día
porque ellas son mi canto,
y así andaremos juntos,
codo a codo,
todos los hombres,
mi canto los reúne:
el canto del hombre invisible
que canta con todos los hombres.



En Odas elementales, Losada, Buenos Aires, décima edición 1992. Primera edición 1954.
Pablo Neruda (Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. Chile, 12 de julio de 1904 – 23 de septiembre de 1973). Foto: Jmp