jueves, 4 de febrero de 2016

Efraín Huerta, Algo así como un poeta


SANDRA SÓLO HABLA EN LÍNEAS GENERALES

Donde habita, donde come, donde
parece un arenoso acantilado,
allí es un cordero de ámbar con ojos de anís
y algo acerca de la dicha sexual tiene escrito en la frente.
Luego viene lo intolerable y maligno
(tal vez su madre, su padre o su hermana),
porque como he dicho dicha digo
que la veo y no la reconozco bajo arcos de triunfo
cocinados a cuchillo,
hablando palabras de fuego sobre el Mediterráneo
(que para ella fue Tequesquitengo o no fue nada),
deshaciéndose en fulgores sobre la soberana idiotez de la Gioconda
(que a ella, lo sé a ciencia cierta, le pareció
una simple putita de Polanco),
bebiendo vinos rojos, besos rojos —canalla, perra—,
paseándose verdosamente, sandramente
por ciudades que no conozco y que no me importan
como no me importa ella sino porque existe
y es posible verla de lejos, de cerca,
comiendo bajo los húmedos azules de Nápoles,
viendo sin ver y hablando en líneas generales
como en un remanso de siniestra paz gastronómica.

Hace dos días con sus noches pude verla
(ella vive en las calles de Racine
y yo en Lope de Vega, lo cual es todo un drama en seis actos)
y en sus ojos había una tormenta edénica y turbadora
como antes y después del primer pecado
—lo virginal no quita lo caliente—,
Eva maldita Eva milenaria Eva evasiva Eva exúbera
Eva general Eva particularmente deseada y detestada
Eva que sabe a postre de manzana postre de mieles
Eva que huele a café con Leche-de-la-Mujer-Amada
Eva liberada Eva que viajó por Europa
y en verdad que nunca salió de estas amargas calles
¿para qué, si sus alas son dos liras rotas
y en el Foro romano sólo discurren los homosexuales
y alguna pelirroja horizontal originaria de Brooklyn?

Esos hace dos días supe que Sandra había visto piedras talladas
y visto pinturas en sórdidos museos
y visto a Sofía Loren de lejos, de tan lejos
como de aquí a ella, Sandra de los ojos
que brillan y rebrillan como santelmos a la mitad del naufragio,
Sandra anónima Sandra espigada Sandra para morirse de una buena vez
Sandra ¿por qué te llamas estúpidamente Sandra?
Sandra ojos de cordero degollado Sandra catedralicia
Sandra Santa Capilla Sandra Nuestra Señora
Sandra diabla y demonia sandrísima
que nunca me miró de frente que nunca me dijo buenas tardes
—lo que yo hubiera querido era un buenas noches—,
Sandra fugaz heroína de un poema fugaz
como el paso de una azucena por el palacio de algo así como un poeta.


En: “Poesía, 1935 – 1968”, Editorial Joaquín Mortiz, México D.F., 1968.
Efraín Huerta (México, 18 de junio de 1914 – 3 de febrero de 1982).

miércoles, 3 de febrero de 2016

Roberto Fernández Retamar, Donde estaba empezando tranquilamente el futuro


EL TIEMPO

Cuando pongo mi mano joven,
Condescendiente,
Sobre el hombro tormentoso del anciano,
Es sólo una ilusión, sólo un instante,
El tiempo
De mirar a las nubes, a los astros,
Antes de que otra mano,
Generosa,
Se pose sobre mi hombro
Llamándome ¡oh anciano!


BIOGRAFÍA

“Es demasiado profesoral”, graznaban los longobardos.
“Es demasiado antiprofesoral”, bufaban los otomanos.
“Es demasiado señorial”, hiplaban los neoetruscos.
“Es demasiado popular”, aseguraban con la nuca los dálmatas.

Naturalmente, al cabo se pusieron de acuerdo todos,
Y lo borraron encantados de la vida.


QUE

Que mientras quede un hombre muerto, nadie
Se quede vivo.
Pongámonos todos a morir,
Aunque sea despacito,
Hasta que se repare esa injusticia.


COMO A ELLOS

No tenías más que una vez para nacer
Y naciste cojo, tuerto, enano
O un poco tonto.
Desde luego que nadie se daría cuenta de que eres cojo
Si te quedaras sentado tranquilo;
Y nadie sabría, tuerto, lo que te pasa,
Poniéndote así, de perfil;
Y quién iba a averiguar que eras enano
Si te limitaras a escribir cartas o a llamar por teléfono;
Y callado, sin decir nada,
No hay forma de que sepan que eres tonto.
Ah, pero yo los conozco como si fuera ustedes mismos:
Y sé, cojo, que te levantarás y echarás a andar;
Y que tú, tuerto, de pronto vas a mirar de frente;
Y que tú, enano, dejarás esa pluma, colgarás el teléfono
Y te plantarás imprudentemente cara a cadera;
Y que tú, tonto (como quien dice) de capirote,
Vas a echarte a pensar y a hablar.
Y así todo el mundo, todo el mundo,
Va a saber lo que les ha pasado a ustedes
La única vez que tenían para nacer.

Vaya, como a ellos.


NOTA

Vivo donde quería.
Me casé con quien quise.
Tengo la descendencia que quisiera tener.
Hago lo que pensaba.

No se culpe a nadie de mi muerte.


MADRIGAL

Había la pequeña burguesía,
La burguesía compradora,
Los latifundistas,
El proletariado,
El campesinado,
Otras clases,
Y tú,
Toda temblor, toda ilusión.


A UN POETA DE ANTES

Vivió. Sufrió. Murió. ¿Monotonía?
¿Deslumbramiento? Júzguelo quien pueda.
En su tiempo amó al tiempo y al espacio.
Hoy su espacio no es casi nada, y nada
Aquel tiempo, que el nuestro ha devorado,
Y quizás a él también, bajo la forma
De aves, de caracoles o legumbres.
Tuvo una historia que se nos escapa.
Algo ha llegado, sin embargo, de él:
Lo festejaron por lo que no era,
Y lo atacaron por lo que no fue.
¡Ah, poeta de antes!
                                   ¡Ah, poeta!


ARTE POÉTICA PARA REGALAR

Rápido, denles la onda,
Díganles por dónde va la cosa:
No quieren quedarse atrasados,
Ellos, que las otras veces
Llegaron tarde a las palabras,
Y cuando lo de la mierda
Andaban todavía por los lirios;
Háblenles de la maraña,
Que seguramente tendrán listo en media hora
El poema contra la burocracia,
Contra los que discriminan a los otros
(Ahora que ellos no tienen dónde
Excluir también a los otros);
Rápido, denles la onda,
Ayúdenlos a lograr ese poema
Salvaje, audaz,
Apenas
Atrasado.


HACIENDO UNA ANTOLOGÍA

Improvisamos un simulacro de posteridad,
Y, solemnes a la manera del día,
Es decir, con la menor solemnidad aparente,
Nos ponemos a repartir premios,
Lugares, bandas azulceleste a todo lo largo del pecho
Coloquial pero bien trabajado,
Y un que otro soplamocos al niño de la linda corbata
Y la hoy inaceptable manzana lustrada.

Llegan las tazas de café. No falta el ingenioso
Que improvisa suspiros por tabacos
(Eusebio, ¡nomeolvides!).
Hojeamos luego nuevas páginas
(¡Oigan esto!).
Buscamos treintiocho veces el imprescindible poeta
De aquel país sin poetas.

A la tarde de muchas mañanas,
Cuando quién distinguiría a Garcilaso de la Vega
Del Inca Garcilaso de la Vega,
Y está a punto de desgajarse el grupo como una fruta demasiado madura,
Es entonces que pasa inadvertido el poema
Donde estaba empezando tranquilamente el futuro.


MUCHACHA

Esta ruda muchacha de Vinh,
No tuvo miedo cuando el avión a chorro norteamericano
Descendió en picada, disparando sobre su grupo;
No tuvo miedo cuando el avión llegó a setecientos metros:
No tuvo miedo cuando entró en su mirilla;
Y esta muchacha disparó y disparó;
Y vio caer envuelto en llamas al terrible aparato.
Esta muchacha sólo tuvo miedo
Cuando le pedimos que lo contara a nosotros.
-cámaras, luces, lápices, papeles-.
A nosotros, impresionados del otro lado de la mesa,
Ante esta terrestre niña de Vinh que esconde la cara entre las manos temblorosas.


En: “Poeta en La Habana”, Selección e introducción de José María Valverde., Laia Literatura, 1982.
Roberto Fernández Retamar (La Habana, Cuba, 9 de junio de 1930).
Foto: JMP. RFR en La Plata, 2 de mayo de 2012.

martes, 2 de febrero de 2016

Reynaldo Jiménez, Están fríos


EL SENTENCIADO

     alguien dice “lo mejor
y lo único
que una persona puede hacer
por otra persona
es acompañarla”. 

      (alguien dice “esta porción
del budín es para mí,
porque soy una persona
enferma”.

     alguien dice “hay que enloquecer,
ésa es la regla
para borrar la pátina”.

     alguien dice “cuando llegue,
disfrutaré los frutos”.

     alguien dice “ésta vida
me resulta ajena
porque soy alguien que pasa
inadvertido”.

     alguien dice “es necesario
obedecer; obedecer y tocarás
lo inequívoco y tendrás
razón y estarás seguro”.

     alguien dice “yo, que soy
el más débil, yo, que he nacido
vulnerado y tengo la ventaja
de las víctimas”.

     alguien dice “ensayemos,
amor mío”.

     alguien dice “la pasión
es lo más puro y lo menos
aburrido”.

     alguien dice “la verdad era
vida”.)

     alguien dice “lo mejor
y lo único
están fríos”.


De: “El té”. En: “El ruido incidental. El té”, Ediciones Último Reino, 1990.
Reynaldo Jiménez (Lima, Perú, 27 de marzo de 1959. Vive en Buenos Aires, Argentina, desde 1963).
Foto: RJ en 1981. Fuente: FB.

lunes, 1 de febrero de 2016

Ricardo H. Herrera, La mediación de los especialistas


HACE TIEMPO LEÍ…

Hace tiempo leí, no recuerdo dónde, que los malos poetas se reconocen por su inmoderado apego a los árboles de hoja caduca: una de las típicas tonterías que sólo sirven para individualizar las sensibilidades mutiladas y resentidas. Renunciar a las imágenes que nos conceden las estaciones del árbol es la prueba más palpable de que se ha emprendido un camino opuesto a la de la poesía. Si poesía es el pensamiento que nos reintegra a la materia por medio de imágenes, en ese retorno, la planta florecida y la arboleda otoñal constituyen figuras puras, irreemplazables. Negarlas significa empobrecer hasta la muerte la función poética del lenguaje. Por poética entiendo una palabra que, dirigida al corazón del hombre, prescinda por completo de la mediación de los especialistas.


En: “De un día a otro”, Grupo Editor Latinoamericano, 1997.
Ricardo H. Herrera (Buenos Aires, 1949).
Foto: Pacha y otoño en City Bell. Jmp.

domingo, 31 de enero de 2016

Juan Carlos Moisés, Un puente viejo de madera abandonado en el río


UN PAPEL EN BLANCO

Hace varios días que no te escribo.
Estamos tan cerca, en la misma casa,
comemos en la misma mesa,
con los mismos cubiertos, dormimos
bajo el mismo techo y en la misma
cama, que a veces, por la fuerza de
la costumbre, aparte de mensajes
de texto utilitarios, me resulta muy
natural, y hasta gracioso, escribirte
lo que la convención puede llamar
carta o nota que dejo sobre la mesa
con algún tema de la rutina del día,
donde las palabras se cocinan con otro
hervor. Tal vez por eso mismo lo hago,
para tentar a los hechos con la risa y a
la risa con la versatilidad de las formas.
Pero la escritura hecha para vos no tiene
obligaciones formales ni el sentimiento
explícito es su patrimonio. Se diría
que tampoco los derechos exclusivos
sobre lo que hacemos o dejamos de
hacer son hijos de la premeditación.
Hablar no es sacarse lastre de encima.
Desoír no es taparse los oídos.
A veces tomo un papel en blanco,
lo doblo en dos mitades y lo dejo
sobre tu almohada para que,
cuando llegues rendida de dar clases
a los mocosos despabilados de la escuela,
puedas leer en él todo lo que no son
capaces de decirte mis palabras.


UNA CARTA DE AMOR

Un corte de energía nos ha dejado mudos
para el mundo desde la mañana,
y las pocas cuadras que nos separan
nos han incomunicado como si estuviéramos
a cien o a mil kilómetros de distancia.
Si me viera en la necesidad de hacerte llegar
un mensaje breve o quisiera tener el gusto
sólo de escribirte no podría ni sabría hacerlo
del modo instantáneo en que lo permiten
las maravillas tecnológicas que ya son
inseparables de la intimidad de nuestras vidas.

Debería provocar el momento ahora que todo
se ha detenido y se puede sentir lo que bombea
y fluye por el pulso, algo que en otro tiempo
no era la excepción sino la regla de los días.

Lo haría sólo para repetir lo que una vez
fue desafiar a la leyes del sentido común.
Una mañana te escribí una carta con
mi letra, que reconocerías al verla.
La escribí en el sobre. Quiero decir que
escribí la carta direc­tamente en el sobre,
hasta cubrirlo de ambos lados y de cabo
a rabo con palabras que eran para vos.
En un papelito escribí tu nombre y nuestra
dirección, y lo puse dentro del sobre.
Le pasé la lengua y lo pegué, lo mismo
hice con la estampilla antes de zambullir
la carta en el buzón siguiendo el rito perdido.
Me pareció un acto de justicia poética
que los otros, los empleados del correo,
el carte­ro, y todos los vecinos del pueblo
que fueran consultados para poder llevar
la carta a destino, leyeran mis palabras
para vos, supieran de qué estaba hecho
nuestro amor, pero no les fuera posible
conocer el remitente ni la des­ti­nata­ria.


EL PUENTE DE MADERA

Vuelvo a recordarte la noche clara
sobre el puente de madera, en el río,
donde habíamos parado el auto y oíamos,
en el silencio, el chapoteo del agua sobre
la que se veía el círculo de luz de la luna llena.
Lo que también vimos fue el caño de un fusil
que un muchacho con casco camuflado
bailando en su cabeza hizo llegar temblando
por la ventanilla hasta nuestras narices,
y otro, el que estaba a cargo del retén,
nos hizo bajar, disparó unas preguntas nada
amistosas y con olfato de perro gregario
requisó el interior del auto y el baúl.

Tantos años después, ahora que estoy
viendo desde el patio de casa un círculo
nítido de luz alrededor de la luna llena,
no me quiero olvidar de pedírtelo:
mi amor, siempre que te sea esquiva la alegría
quiero que recuerdes aquel momento, aquel
lugar, en una noche clara, estrellada,
sobre un puente viejo de madera
que ahora está abandonado en el río.


En: “El jugador de fútbol”, Ediciones La Carta de Oliver, 2015.
Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954).
Foto: En revista de poesía “El espiniyo”, número 4, otoño – invierno, 2006.

sábado, 30 de enero de 2016

Juan Carlos Moisés, Una existencia merecida en nosotros


DIBUJOS PARA CLARA

Al amor que nunca sabemos dónde ni cómo,
al amor que no podemos dominar ni liberar.
W. H. Auden, La Ley se parece al Amor

1

De un papel en blanco sobre la mesa
no sólo esperes la necesidad de una
escritura que nos incluya, o que hable
a la vez de nosotros y de los otros,
del envase social que nos contiene.

A veces, unos trazos mudos y rápidos
les ganan de mano a las palabras
sin que pueda hacer algo por evitarlo,
y no porque ya no se me ocurra ninguna
o sea incapaz de volver a escribirlas.
Las dejo de lado por un momento,
por un día, varios, según, y te escribo
con dibujos. Esta vez son tres dibujos
diferentes, que salen del frasco de tinta
china en una secuencia espontánea.

En el primero, en lugar de pies, tenés
ruedi­tas, dos, con las que te deslizás
entre los sauces, desde el puente de
madera hasta el codo ancho del río,
que tiene su doblés, y vuelve como si
se arrepintiera para que te vuelva a ver
en la claridad del agua y del papel donde
mi pulso animado hizo de las suyas.
Un dibujo imperfecto pero con gracia.
En el segundo das brazadas en el agua,
en esa misma agua, donde es honda
la corriente, nadando crol hacia la orilla.
El último dibujo es un cabal­lo de pelo
overo, echado en el pasto con los ojos
cerrados. El caballo soy yo, dormitando,
a la espera de que me despierte tu llegada.


2

Hoy, una vez más, no garrapateo
las palabras desvergonzadas de
viejas cartas o escritos en un papel
ni golpeteo el teclado indiferente
con la prolijidad del oficinista,
sino que te hago llegar un dibujo.
Estamos los dos en esos trazos: una
mujer y un hombre que se miran,
se rozan la nariz, no se dicen nada.
Si fuera necesario, alguno de los dos
hablará primero, pero ¿quién?
Dudo (porque no lo sé) que sea
dentro del dibujo que te envío,
terminado con todos los detalles,
porque me dij­iste que te gustaba
cuando hice los primeros trazos
“reveladores”, que comenzaron
a tener efecto con paráfrasis incluida:
“hay dibujos que valen por mil fotos”.
Y en buena hora lo dicho dicho está.
A no agregar ningún detalle, entonces,
porque fuera de toda especulación verbal
en este papel de tamaño regular
te va a llegar el sile­ncio de esos dos
que siguen mirándose en el dibujo.


3

Lo intento en vano; hoy tampoco
me salen palabras para vos,
sólo dan vueltas inexpresivas
en el vacío de la mente sin tocarse.
Cuando no llegan las palabras,
o cuando las palabras que llegan,
y en la forma que llegan, no son
las esperadas, las opciones se reducen
a cero y lo primero que pienso es
en dibujar para que otros aspectos
de los hechos puedan revelarse.

Y así como lo digo me lo digo:
—Quiero dibujar.
—¿Dibujar qué?
—Si fuera posible dibujar cosas,
personas, animales, bajo el aspecto
que deseen presentarse. Por ahora,
sólo quiero tener ganas de dibujar.
Me estoy proponiendo tener ganas
de dibujar; me hace bien sólo pensarlo.
—¿Pensar qué?
Pensar en tener ganas de dibujar.
Pensarlo, para comenzar a tener ganas.
Hasta que sólo queden las ganas, sin pensarlo,
y tome el lápiz o el plumín y comience
a dibujar para vos, mi Clara, lo dicho:
cosas, personas, animales, que puedan tener
una existencia merecida en nosotros.


En: “El jugador de fútbol”, Ediciones La Carta de Oliver, 2015.
Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954).
Foto: En revista de poesía “El espiniyo”, número 4, otoño – invierno, 2006.

viernes, 29 de enero de 2016

Carlo Bordini, Poemas de Polvo


ÁRBOL

Para ahorrar tiempo
—dado que tengo una impresora,
imprimo la mínima variante, aunque podría evitarlo;
calculo que en todo mi trabajo
habré empleado un árbol
en tareas inútiles, o, de todos modos, evitables.
Querido árbol, no te enojes.
Tengo poco tiempo, una vida complicada,
tantos problemas y tantas dudas.
Me duele haberte matado para facilitarme la existencia.
Sé que es feo.
De todos modos te prometo que,
cuando me maten,
no me voy a quejar tanto.


HIMNO A LOS PROFESORES

Ustedes llevan encima sus estigmas:
los trastornos nerviosos
la histérica verborrea

las arrugas
de fracaso, de cansancio, de conservadurismo
el color de la piel grisáceo por la vida sedentaria
por ausencia de intereses que hace a la sangre
discurrir más escasamente y más lento

la mirada de sadismo pederasta
el frío grumo del deber
que se contrae
en sus carnes


AMIGO

he visitado a un amigo que estaba muriendo.
me perdonó por estar vivo. me di cuenta
que siempre me había avergonzado de esto. Él, en cambio, me explicó
que no debía sentirme culpable. no lo había hecho al propósito, yo.
me explicó que estar vivo no era una culpa. no hacía
mal a nadie. pero fue necesario él para explicármelo. a él le he creído.
me explicó que si yo hacía mal no era con intención. me perdonó.
me consoló. se simpático, me dijo, aunque no estés muriendo. en la 
vida tendrás tantas cosas bellas, gustarás a las mujeres. me hizo hacer las paces
con la vida, como se hace con una novia indolente


NOSOTROS, MIENTRAS LA CASA SE VIENE ABAJO

Nosotros, que estamos viviendo el comienzo del colapso de la civilización humana,
nos preocupamos por cambiar el empapelado de las paredes
y por lustrar los muebles,
Mientras la casa se viene abajo nos dedicamos a impetuosas disputas con el portero
y hacemos proyectos para mejorar (embellecer) las cerraduras de nuestras casas,
nuestras casas se derrumban y nosotros nos preocupamos de embellecerlas
porque los animales domésticos necesitan un ambiente sereno




como un cielo
tierno color
lluvia




ESPERA

No poder dormir comer poco
comenzar a hablar solo.
no atreverme a ir a ciertos lugares
donde fuimos juntos.
volver a casa esperando encontrar
una nota tuya
a cada ruido de la escalera
imaginar que eres tú.
pensar en ti todo el día
y parte de la noche
contraer las mandíbulas ya desde hace
más de un mes
sorprenderme por la noche sonriendo
hablando contigo, que
no estás



En: “Polvo”, Ediciones Lustra, 2015. Traducción de Martha Canfield. Selección de textos: Jmp.
Carlo Bordini (Roma, Italia, 1938).
Foto: Carlo Bordini, Myra Jara y José María Pallaoro, en Roma, mayo de 2013. Archivo de la talita dorada. 

jueves, 28 de enero de 2016

Alicia Genovese, Tres poemas de Anónima


FORMAS

cuentan que un sabio griego
amó el circulo
después de haber visto a un pez
saltar y sumergirse en el lago

y que un arquero náhuatl
amó sobre todo
la línea que seguía su flecha
recta al corazón del ciervo

y una mujer amó
la curva
       en la espalda de su esposo
porque lo volvía reconocible


LO NATURAL, LO ARTIFICIOSO

pensó que una bandada
                    pájaros azules
          era lo natural
que nadie del lugar
                     se asombraría

en la segunda primavera
sólo alguna mancha azul
          perturbó los árboles
                         como un artificio


LA OBTURACIÓN

A Irene Gruss

más tarde volverá
                     a escribir
lo que ahora tacha

dejará de pelear

quizá olvide lo tachado
pero no aquel movimiento
donde la memoria
             empuja ciega

sobre el silencio de lo borrado
se reanuda
hojas retoñan
           en el tallo del rosal
la poda dejó cortes al sesgo

la luz del jardín amplifica
                             no selecciona
                             no descarta


En: “Anónima”, Ediciones Último Reino, 1992.
Alicia Genovese (Buenos Aires, 1953).
Foto: AG en San Miguel de Tucumán. Enrique Solinas, 2012. 

miércoles, 27 de enero de 2016

Carlos Marcucci, En la morada de mi mano


HOMENAJE AL ACORDE DE SÉPTIMA

Una sirena canta en mi oído derecho
su canción habla de un mundo cuyas fronteras
recorren su imaginación la mía
Con mi oído izquierdo
escucho a Strawinsky
y vuelvo a otra realidad
que por ser inimaginable
es verdadera.


EN LA MORADA DE MI MANO…

En la morada de mi mano
se ha posado tu pecho
ya no siento el contacto
del oxígeno
sólo una carne que continúa a mi carne
sólo una piel que sigue a mi piel
y después la sensación de saber
que la felicidad es curva.



En: “Poemas para alterar la especie”, Ediciones Aguaviva, 1960.
Carlos Marcucci (Buenos Aires, 27 de marzo de 1932).

Imagen: Detalle de tapa de la nouvelle “Fracazo”, 1970. “Sobre la mesa un revolver reluciente”. 

lunes, 25 de enero de 2016

Roberto Fernández Retamar, El lenguaje húmedo de la torcaza


PARA LA TORCAZA

Avanza por la carretera, a la salida del campamento, y se siente en el aire
Que la lluvia va a comenzar, que en algún lugar cercano ha comenzado ya.
El olor de la tierra húmeda le llega a la nariz.
(¿O al alma?)
Ella está posada al borde del camino,
Frágil y necesaria como un verso, dibujada, aérea,
Y el auto ruidoso sólo la alebresta en el instante de llegar hasta allí.
Alza entonces el vuelo en un asustado remolino de plumas.
Él quisiera detenerse y decirle algo: por ejemplo, que la lluvia va a empezar.
Que el campo es grande y ningún árbol será mejor que su pecho.
Pero sigue manejando el auto, y la mira casi imaginaria (gris, dorada, azul) en el cielo de la inminente lluvia:
Ni él habla el lenguaje húmedo de la torcaza,
Ni a la torcaza llega su confuso lenguaje.




De: “Cuaderno paralelo”, 1970. En: “Poeta en La Habana”, Laia Literatura, 1982.
Roberto Fernández Retamar (La Habana, Cuba, 9 de junio de 1930).

Foto: JMP. RFR en La Plata, 2 de mayo de 2012. 

miércoles, 20 de enero de 2016

Joseph Brodsky, Sobre Novogódneie de Marina Tsvietáieva


JOSEPH BRODSKY: SOBRE NOVOGÓDNEIE DE MARINA TSVIETÁIEVA
(Fragmento)

El 7 de febrero de 1927, en Bellevue, en las afueras de Paris, Marina Tsvietáieva terminaba “Novogódneie” (“Felicitación por el Año Nuevo”), que por muchas razones constituye un hito no sólo en la obra de la autora, sino también en el conjunto de la poesía rusa. En cuanto al género, el poema puede considerarse como una elegía, que es el género poético más plenamente desarrollado, clasificación adecuada aun cuando sólo fuese por la concurrencia de ciertas circunstancias, una de las cuales es que se trata de una elegía con ocasión de la muerte de otro poeta.
Cualquier poema “a la muerte de” sirve, generalmente, no sólo como medio por el cual el autor expresa sus sentimientos ante una pérdida, sino también como pretexto para especulaciones más o menos generales sobre la muerte en sí misma. Al llorar su pérdida, —un ser amado, un héroe nacional, un amigo íntimo o una luz orientadora—, a veces el autor llora al mismo tiempo, ya sea directa, o indirectamente, a menudo de manera inconsciente, por sí mismo, porque la vena trágica es siempre autobiográfica. En otros términos, todo poema “a la muerte de” es, en cierto sentido, autobiográfico. Este aspecto es simplemente inevitable si el objeto del lamento es un escritor a quien el autor estaba unido por vínculos, reales o imaginarios, demasiado fuertes como para poder eludir la tentación de identificarse con el tema del poema. En esta lucha por resistir semejante tentación, el autor choca con el obstáculo que interpone su sentido de asociación profesional, cierta exaltación que es afín al tema de su propia muerte, y por último, la experiencia puramente personal y privada de la pérdida : algo importante le ha sido arrebatado, y habrá que establecer una relación con este hecho. Acaso, el único inconveniente de estos sentimientos absolutamente naturales y, por lo demás, respetables, estriba en que nos ofrecen más datos acerca del autor y de su actitud respecto de su posible muerte, que acerca lo realmente sucedido con la otra persona.
Por otro lado, aunque el poema no es un artículo periodístico, muchas veces la música trágica de un poema nos informa con mayor precisión acerca de lo que ocurre, que una descripción detallada. No obstante, es difícil y muy delicado a veces reprimir el sentimiento cuando, respecto a este tema, el autor adopta la misma actitud que un espectador ante un escenario, y cuando su propia reacción (lágrimas, no aplausos) tiene para él consecuencias mayores que el horror de lo que se representa. En el mejor de los casos él se limita a ser aquel quien observa todo desde la primera fila. (…)



Traducción de Irina Bogdaschevski (Belgrado, ex Yugoslavia, 1927 - La Plata, Argentina, 14 de enero de 2016).
Marina Tsvietáieva (Rusia, 26 de septiembre de 1892 – 31 de agosto de 1941).
Joseph Brodsky (Rusia, 24 de mayo de 1940 – EEUU, 28 de enero de 1996).
Fotos: Tsvietáieva y Brodsky. 

jueves, 14 de enero de 2016

Vladimir Maiakovski, Una sola estrella


¡ESCUCHEN!

¡Escuchen!
Si encienden a las estrellas, —
quiere decir, ¿que alguien lo necesita?
Quiere decir, ¿alguien quiere que existan?
Quiere decir, ¿que alguien llama perlas a esos escupitajos?
Y esforzándose
entre ventiscas de polvo meridional
irrumpe a lo de Dios,
teme haberse retrasado,
llora,
le besa la mano nudosa,
le pide —
¡que aparezca con seguridad la estrella!,
y jura —
¡que no podrá soportar el dolor por falta de ella!
Y luego
anda angustiado,
pero tranquilo en apariencia.
Le dice a alguien:
“¿Pues, ahora, no te sientes mal?”
“¿No tienes miedo?”
“¿No?”
¡Escuchen!
Si a las estrellas,
las encienden,
quiere decir, ¿qué alguien lo necesita?
Quiere decir, — es indispensable
que cada atardecer
por encima de los techos
¿¡se encendiera por lo menos una sola estrella!?

1914


Versión de Irina Bogdaschevski (Belgrado, ex Yugoslavia, 1927 - La Plata, Argentina, 14 de enero de 2016).
Vladimir Maiakovski (Rusia, 19 de julio de 1893 – 14 de abril de 1930).

lunes, 11 de enero de 2016

Juan Carlos Moisés, Alguien, en algún lugar


ZORZALES EN LOS ÁRBOLES

Hay zorzales en los árboles.
Están menos ocupados en buscar
lombrices para alimentarse que en llamar
la atención de los que habitamos el vecindario.
Es posible que la llovizna de Santa Rosa
los haya puesto en vena para hacer
el contrapunto. Lo justo es decir que esas
voces con procedencia pero sin nombre
propio se encuentran a unos pocos metros
de distancia y que ignoramos si sólo
cantan para ellos, por placer, o el macho
para atraer a la hembra, o si también,
por algún motivo, cantan para nosotros,
o para otros que no pueden oír porque están
lejos y no saben, nunca sabrán, que alguien,
en algún lugar, canta para ellos.

A Leopoldo “Teuco” Castilla



En: “El jugador de fútbol”, Ediciones La Carta de Oliver, 2015.
Juan Carlos Moisés (Sarmiento, Chubut, 1954).
Foto: City Bell 13 del 9 del 2012, Jmp.

jueves, 7 de enero de 2016

José Antonio Cedrón, Teníamos la tierra, la raíz de las plantas


ENTRE LOS JEROGLÍFICOS HALLADOS…

Entre los jeroglíficos hallados en tu almohada
enfrentarás la mueca de los días.
La distancia idealiza.
El sueño solamente demora esa costumbre.
Las miradas de entonces
no quieren saber nada.
La mano que aún extrañas acostumbró su piel
al paso de tu ausencia.


TENÍAMOS LA TIERRA, LA RAÍZ DE LAS PLANTAS…

Teníamos la tierra, la raíz de las plantas,
los metales, la piedra.
Yo te amaba.
Teníamos ciudades, gobiernos, sacrificios,
líderes, predicciones, guerreros, bandoleros.
Teníamos rebeldes
teníamos las clases, la explotación, la lucha
de las clases, la barbarie, las leyes.
Pero yo igual te amaba.
Sabíamos rezar, combatir, cosechar.
Sabíamos cazar, torturar y matar.
Sabíamos reír, llorar, besarnos.
Teníamos dioses, semidioses, reyes,
armas, madera.
Teníamos pirámides y chozas y enemigos,
hambrunas, desnudeces.
Pagábamos tributo.
Teníamos idiomas, dialectos, oraciones,
maíz, pueblos vecinos, rutas.
Sabías que te amaba.
Teníamos envidias, celos, muertes absurdas,
casamientos, suicidios, crueldades, sacerdotes.
Teníamos canoas, sectas, enfermedades,
pestes.
Teníamos artistas, cementerios, hijos,
mejillas, putas, ceremonias.
Teníamos calendarios, promesas, medicinas.
Teníamos hermosos nombres,
ternuras, incendios.
Solíamos tener sueños para volar,
plumas para volar.
Sabíamos danzar, embriagarnos, tallar,
darnos la mano.
Conocimos el paso de los tiempos
y de los vientos.
Teníamos pasado, presente y porvenir.
Adoramos al sol, entre otras cosas,
al escribir lo hicimos del lado del poniente
le dimos a la piedra nuestras vidas
no teníamos ruinas
sabíamos quiénes éramos.
Después del desembarco de esos hombres
que fueron descubiertos
llegaron otros, y otros, y otros.
Aquí tuvimos barro, fuego, pájaros, peces.
De esto hace mucho tiempo.
Nada ha podido hacer que no te amara.


NO HUBO LUCHA DE CLASES…

No hubo lucha de clases cuando dimos batalla
sólo daños menores en la mampostería
cuyos antecedentes no pueden atribuirnos
fallas de construcción en el armado del cielo
incontrolables nubes y neblina constante
durante el acarreo de la luz.
Rasguños en la piel también menores
cansancio en la energía de los astros
que dieron de morder.
Sí algo de lava y polvo que escaparon
por las escaleras de emergencia
que no sería honesto negar aquí.
Caricias que acabaron despertando combate.
El roce de la carne con los filos del tiempo.
Me deslicé en tu cuerpo como por esos pueblos
que después de sus calles el desierto.
No te besé la espalda ni las piernas
para que la tormenta
no entrara en tu equipaje.
Ahora, con más calma, mirando
por los ojos de huellas y testigos
¿qué margen le darías a este temblor
en la escala de Richter?


En libro “Actas”, Editorial Tierra del Fuego, México-Buenos Aires, 1986.
José Antonio Cedrón (Buenos Aires, 3 de octubre de 1946). Poeta.
Foto: José Antonio Cedrón en FB.