sábado, 13 de enero de 2018

Hugo Padeletti, Todas las mañanas



EN EL UMBRAL DEJARÉ TODO

fibra
          y alma líquida.
Desafectado,
                  veré yacer,
cumplidas,
                             todas las mañanas
que el tiempo, en su ahora continuo,
trituró:


                                              arena cristalina.


                             Pero entonces,
pretender que el futuro
                      no ha pasado
es trigo funerario.
              Está esperando
                                –en grano-


en cada grano.



Años atrás, muchos, solía encontrarlo en la calle Perú del barrio de San Telmo. Rengueaba por la vereda, y se detenía a descansar. En esos minutos charlábamos de poesía y de la naturaleza. Vivía por ahí nomás, y siempre estaba por pasar por su casa, para una entrevista, nunca realizada, que se incluiría en El espiniyo. Lamento no haber tomado notas, o mi recuerdo de ahora es de no haber tomado notas. Luego se fue del barrio, a vivir a un geriátrico, eso dicen, aunque no se adaptó, eso dicen. No lo volví a ver, tampoco frecuenté más esa calle de San Telmo, entre Carlos Calvo y Humberto Primo. Sólo el ojo que nada espera ve lo que le espera.
En La atención. Obra reunida, poemas verbales – poemas plásticos, II,  UNL, 1999.

Hugo Padeletti  (Alcorta, provincia de santa Fe, 15 de enero de 1928 – Buenos Aires, 12 de enero de 2018).

viernes, 12 de enero de 2018

Edgar Bayley, Eso es todo



VOLVER A EMPEZAR

No es para tanto. Te ayudaré. Recoge los granos
de maíz. Los cantos rodados. Las cartas, aquel pañuelo rojo, la hoja del diario atrasado donde se ofrece un empleo, un poco de arena o de tierra, la cuenta del hotel y la maleta desfondada. Te has quedado mucho tiempo de pie, sin tocar el timbre. Eso es todo.


TODO EL VIENTO DEL MUNDO

No he de volver al aire. Caminos. Caminos del libre odio, sombras,
torpezas que rescatas en la espiral. Serpiente del lanzamiento. Odio, razón de vida, vino del sueño del sueño vidente, cosecha entre las rocas. No he de volver al aire. Condena, sospechas, abolición del hermano, cuerpo renegado de un pan sin justicia, cielo negro, tronco hostil, heridas del alba, floración lenta del rechazo.

No he de volver a la playa secreta ni cosecharé en la noche
los frutos ocultos. Caminos del delirio mudo. Separación. Golpes en la muralla. Ilusión taciturna de la palabra-calle de la furia. Allí mismo, flor de la guerra, destrucción del valle, lógica del poder. Tierra de nadie, aridez del rechazo propio. Rechazo de los otros, sangre del desamor. Dominio del cuidado. Estrategia del desprecio. Libre serpiente, sembradora de la renuncia y la negación.

Nadie se consuela, nadie se compadece en las arenas del desprecio. Los días
no colman ninguna ternura. Con los ojos abiertos, con la memoria vacía, asistimos a la fiesta de la destrucción. Ni ellos ni yo. No será parea nadie la patria verdadera. No serán para nadie las linternas y la confianza. Reino de la traición, sin dudas ni dioses. Juegos del odio, milagro de la crueldad.

Pero el viento prosigue, más allá de la humillación y la alegría, cantando
la transformación de los colores, igualando el desprecio con la esperanza, el cuidado con la inocencia. El rechazo, al quedar solo, se hace habitable. Se establece, habla sin declamación ni cálculo.

Es mi propiedad en la arena. Es una voz al borde de la destrucción.
La negación que hace un hombre, todos, más allá del cuidado. Va a nacer del asco un rostro.

Los ojos abiertos mirarán por fin.

Alguien es finalmente para sí mismo, para los otros. La catedral
del desprecio abre sus ventanas. La libre serpiente llama, descubre. No hay caídas ni impaciencias en esta luna fría. No hay temor en las fronteras del bosque. El reflejo cede ante el agua de la fuente.

Un nombre. Una lucidez fraternal. Un nacimiento. El mundo llega a ser un tú.
Canto. Luz en la piedra fecundada. Nos reconocemos. Luminoso cielo oscuro. Sangre del desamor enamorada. Rostro del hermano. Admisión del sí mismo en el rechazo. Lentamente surge la compañía de los otros. Un camino. Nos volvemos viento. Todo el viento del mundo.


En El día, Ediciones del Mediodía, 1968
Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990)

Foto: Jmp

martes, 2 de enero de 2018

Ricardo Piglia, El Río de la Plata a City Bell




Lunes

     De pie junto a la cama, Lucía se sacó los aros y empezó a desnudarse. Rubia, los pechos firmes, los pezones oscuros, el vello del pubis casi afeitado, como si fuera núbil. Tenía unas manchas blancas en la piel, un leve tatuaje pálido que le cruzaba el cuerpo. Eran marcas de nacimiento, rastros de su vida pasada, que la embellecían aún más.
     —¿Querés así, pichón? —dijo, y se inclinó hacia mí.
     —No necesito nadie que me enseñe nada…
     —Me gustan los hombres que hacen lo que quieren.
     Era como si siempre se estuviera riendo de mí. Me acerqué y empecé a besarla. Una sensación de intimidad que nunca había sentido.

     Al día siguiente nos desveló la claridad de la mañana y ya no pudimos dormir. Habíamos estado despiertos toda la noche; habíamos salido del sueño para hablar, para hacerlo (como decía Lucía). Vamos a hacerlo ahora.
     —Mi hija también tiene estas marcas y no me lo perdona.
     Su cuerpo tenía un destello lunar, parecía disolverse cuando yo entraba en ella.
     —De chica yo también me había acomplejado, pero ahora estoy orgullosa. Mi madre no lo tiene, pero mi abuela sí.
     —Mujeres de piel pálida.
     —Mi abuela decía que teníamos un antepasado esquimal. Imaginate, un esquimal, en la blancura del Ártico… Se pintan la piel con aceite de ballena, rayas y rayas negras y rojas. Nunca dicen su nombre, es un secreto, sólo lo revelan cuando sienten que van a morir.
     —Porque si no sus almas, no tienen paz —improvisé…
     —Querés fumar —dijo después.
     —Estoy fumando
     —Un porrito, gil.
     Ella tenía el cigarrito ya armado en la cartera. Cerrado en una punta y con un finísimo filtro de cartón en la otra, que ella misma había hecho seguramente con mucha paciencia, para que no se mojara la hierba al fumarla.
     —Rovel es simpático. Cuando Vicky se le durmió en la cara casi se muere.
     —Aspira al oído perpetuo… ¿pero cómo sabe que estás casada?
     —Nos vimos un par de veces en Buenos Aires. 
     No dije nada. El aire movía las cortinas blancas, la luz era suave y cálida.
     Desde abajo nos llegaba una música solemne, era Bardi, el noctámbulo que estudiaba Ingeniería y se pasaba las horas escuchando música. Un estudiante crónico, muy introvertido, cada tanto mandaba un telegrama a su casa, en el Chaco, diciendo que había aprobado una materia, pero en años y años no había rendido ninguna. [Mientras se lo contaba,] Lucía terminó de vestirse. Bajamos a comer; la casa estaba tranquila, quieta. Ella salió al patio, miró la ropa tendida, las macetas, el cartel del Club Atenas.
     Me acuerdo que cocinó hígado con cebolla. No teníamos vino, así que almorzamos con ginebra. Ella le ponía soda.
     —No tendría que tomar alcohol — dijo—. Mañana paro.
     Bardi se acercó muy ceremonioso y después de alguna vacilación y varias disculpas se sentó a comer con nosotros porque ya se le había hecho tarde para ir al comedor, que cerraba a las dos. Se la pasaba en Bellas Artes colado en las clases de composición musical. Era muy sistemático y muy apasionado, fue el primero que me hizo escuchar a Olivier Messiaen y el primero que me habló de Charles Ives. Reconstruía la historia de la música siguiendo un orden y escuchaba todas las obras de los músicos que le interesaban, desde el Opus 1 hasta el final. No tocaba ningún instrumento, pero más de una vez lo sorprendí dirigiendo en el aire la orquesta de la obra que escuchaba. Ahora había vuelto a Mahler. Sacaba los discos de la sala de música de la biblioteca de la Universidad, tres discos de larga duración por semana. Quería olvidarse de todo. Odiaba a su padre, un político del Chaco, un verdadero canalla, decía Bardi con voz suave.
     Bardi nunca se recibió, y al año siguiente consiguió trabajo en Casa América, en Buenos Aires, y me acuerdo que una noche, al bajar del tren, me lo encontré en la estación Constitución en la zona de levante de los chongos cerca de los baños y se quedó muy inhibido. Dos o tres meses después se encerró en su departamento y no salió, y dicen que por la ventana tiraba a la calle unos papeles donde decía «Socorro», pero nadie le hizo caso ni leyó los pedidos de auxilio y lo encontraron muerto.
     Pero ese día estaba tranquilo y parecía contento de que estuviéramos comiendo con él. Escuchaba la quinta de Mahler, muy fuerte como era su costumbre. Me parece que ese día yo le estaba aconsejando que fuera a Mar del Plata en la temporada a trabajar en un bar, en un restaurante, en un hotel, durante los meses de verano se podía hacer una diferencia y vivir con eso todo el año. Estaba muy serio y escuchaba con mucha atención y yo me ofrecí a conseguirle algún lugar donde pudiera quedarse a vivir durante algunos meses. Lucía también le daba consejos y enseguida se pusieron de acuerdo en que se podía vivir sin plata, casi sin plata, como los monjes trapenses o los linyeras. Y estábamos ahí conversando, en la cocina, tomando café cuando sonó el teléfono. Lucía se puso lívida y se levantó.
     Salió al patio. Yo tampoco atendí. Lucía, en un costado, cerca de la escalera estaba de espaldas y fumaba. Bardi fue al teléfono y cuando vino no explicó nada… [No era nadie, aclaró, un señor, equivocado]. Era discreto y había comprendido todo sin hablar. Ella volvió a la cocina y se apoyó en la pared. ¿Cómo habían sabido que estaba ahí?, pensé yo. Ella se quedó quieta, como ausente.
     Fue un ejemplo de lo que Lucía misma llamaba el síntoma de la taza cachada. [Una de esas tacitas de porcelana a las que se le suelta el asa y se las encola y se ve la raya blanca al costado].
     —Hay que manejarme con cuidado. —Movió el codo como si fuera un ala —. Se despega.
     Estábamos en La Modelo, amplia y tranquila a esa hora de la tarde, y fue ahí donde apareció la metáfora de la vajilla quebrada.
     —Era muy chica cuando tuve a mi hija y ahora ella está más pegada al padre que a mí.
     A los cinco años, la hija ya estaba tomando clases de equitación. Al marido le parecía elegante, según Lucía.
     Me dijo que tenía la sensación de que el tiempo se le iba de las manos, las horas perdidas la abrumaban. No esto, me dijo, esto es al revés, cuánto hacía que estábamos juntos…, una noche y parecía que hiciera semanas. Ojalá pudiéramos detener el tiempo, dijo de pronto.
     Se tomaba todo en serio, menos su propia vida. Quería hacer la tesis con Agoglia sobre Simone Weil. Yo pensaba irme a vivir a Buenos Aires, trabajaba con mi abuelo, pero podía conseguir un puesto en El Mundo. Estoy escribiendo notas ahora y tengo un amigo en la redacción…
     —¿Qué estás escribiendo?
     —En el suplemento literario…
     —Pornografía de clase media —dijo ella.
     Siempre decía la verdad, decía lo que pensaba. Ya nos habíamos contado nuestras historias personales, las síntesis de la vida de cada uno, los hechos que uno cree que fueron decisivos. Yo había empezado a escribir cuentos en esa época, y estaba un poco perdido, casi a punto de terminar la carrera, sin muchas posibilidades, salvo ese trabajo en el diario. No es así la historia que me hago ahora de aquel tiempo, pero eso era lo que pensaba de mi vida en esos días.
     —Me hubiera gustado estar con un solo hombre, para no tener que volver a contar mi vida de nuevo —me había dicho Lucía. Todo lo que decía me hacía sufrir. Y se daba cuenta. Me agarró la mano.
     —Por qué no nos vamos unos días a Punta Lara…
     —Claro, sí, vamos, ahora que está empezando el verano.
     —Al lado del río. Conozco un lugar ahí.
     Otra vez sentí el ardor de los celos.
     —No, vamos a lo de Dipi, tiene una casa, me la va a prestar.

     Fuimos entonces a la casa de Dipi, cerca de la estación, un largo pasillo y dos piezas [cuartos] altísimas casi sin muebles pero con libros amontonados en todos lados. Dipi estaba en la cama, tomando mate y leyendo con su nueva novia, una japonesa que parecía tener trece años, como todas las novias de Dipi.
     —No es japonesa, es euroasiática —dijo Dipi—. La madre es del Kubán, desierto tártaro, ¿no es cierto, nena?
     La muchacha sonreía y afirmaba. Dipi de vez en cuando, entre mate y mate, tomaba ginebra pero también fumaba y acariciaba a la chica.
     —Lucía, vení, acostate con nosotros —dijo él, y le hizo lugar en la cama. Una de cada lado—. Podés irte vos, nomás… —se reía Dipi.
     Le dio un mate a Lucía.
     —Difícil tomar mate acostada — dijo ella, y se sentó conmigo en la butaca.
     —Trilce se llama, bueno, no se llama, yo le puse ese nombre porque es bella y hermética. En el desierto, escuchen esto, en el desierto los tártaros se sientan ante un ojo de agua para charlar, como los gauchos se sientan frente al fuego.
     —¿Qué gauchos? —dijo Lucía.
     —Los crotos son los únicos gauchos que quedan —dijo Dipi, que se reía como si los chistes fueran de otro.
     Me acuerdo que esa noche nos hizo escuchar el primer simple de los Beatles, con “Love Me Do” y “P. S. I Love You”. Se lo había traído la Lolita euroasiática, que había pasado el verano en Londres con el padre, como contaba entusiasmado Dipi. Todas sus novias y sus amigos eran excepcionales, según él, todos tipos de primera, que le traían las últimas novedades y las últimas noticias y lo tenían al tanto del movimiento del universo sin que él tuviera que moverse de la cama o salir de su pieza.
     De pronto Dipi se levantó desnudo, nos dio la espalda y se puso el pantalón. Ceremonioso, con un brillo astuto en los ojos, se acercó a la japonesa y después me dijo, mirando a Lucía:
     —Te la cambio.
     —Mejor yo me quedo con ella y te lo presto a Emilio —dijo Lucía.
     —Es muy feo —dijo Dipi.
     —A mí me parece muy hermoso — dijo la japonesa—. Tan hermoso que no puedo mirarlo.
     —Graziosissime donne —dijo Dipi —. Estamos siempre en el Decameron —acentuando la primera é, a la italiana —. Miren lo que tengo aquí. —Era una guía de Roma—. Acá nació mi abuelo, cerca de la tumba de Nerón.
     —Es hermosa la tumba —dijo la japonesa, y ahí me di cuenta de que hermosa era una expresión suya, como decir hola o bien.
     Lucía parecía contenta de estar ahí, divertida ante la japonesita con sus expresiones rebuscadas y el «hermoso» en medio de las frases.
     —Qué tumba, si lo enterraron en el campo, en su villa.
     —La hicieron en el siglo III —dijo Dipi—. Porque el espíritu de Nerón se le aparecía al papa Ludovico III y no lo dejaba tranquilo. ¿No es genial? Che, pero qué bien que vinieron a visitarnos, ¿quieren comer algo?
     —Vengo a pedirte un favor.
     —Plata no tengo.
     —La casa esa en Punta Lara, ¿se puede usar?
     —Pero claro, viejo, les doy la llave, está la moto ahí, la moto de Ferreyra, con sidecar y todo. Pueden rajarse a la Patagonia con esa moto. Lucía se había sentado ahora al lado de la japonesa, que seguía desnuda en la cama; le hablaba de cerca y le acariciaba el pelo y se lo acomodaba atrás de la oreja, porque la chica tenía un pelo negro muy hermoso.
     —Viste lo que es eso —dijo Dipi señalando la música que sonaba en su Winco—. Viste lo que hacen esos tipos, son working class, otra que Perry Como. Se terminó la clase media musical, queridos, estamos con el Chango Nieto, con Alberto Castillo, y con los Beatles ragtime de los barrios obreros de Liverpool.

     Eran casi las seis de la tarde, había empezado a oscurecer, yo quería que nos fuéramos directamente a Punta Lara pero Lucía insistió en que pasáramos por la pensión.
     —Me dejé unas cosas allá, unos libros.
     —Compramos todo de nuevo.
     Miró en la cartera.
     —Me deje el porro y unas pastillas.
     Así que fuimos.
     La casa estaba en silencio. Bardi parecía dormir con la puerta cerrada, no había movimiento en ningún lado. En cuanto entramos, Lucía se puso rara, parecía nerviosa, de pronto no la vi y me di cuenta de que había bajado y estaba hablando por teléfono en la cocina. [Había llamado ella y no quise escuchar]. Me pareció que discutía con alguien.
     Al rato vino a la pieza, parecía cortada, medio ausente mientras buscaba sus cosas.
     —Tengo que irme —dijo.
     —¿Cómo sabía él que estabas en casa?
     —Le avisé que iba a estar con vos —dijo ella—. Quiero que la nena sepa siempre dónde estoy…
     —La gente débil hace ver la debilidad de los demás —dije.
     Ella me contestó con una frase precisa y seca, no la voy a repetir. Tenía el infalible instinto de las mujeres inteligentes para calar la comedia masculina. Pienso eso ahora. En ese momento me quedé inmóvil. No quise preguntarle nada, no quería que se justificara.
     —Lástima —dije.
     La terminal era un playón, con los grandes ómnibus estacionados a los costados, sobre la calle. El Río de la Plata a City Bell salía en un rato. Nos sentamos en un banco de madera. Compré una botella de cerveza en un quiosco. Ella prendió un porro y lo fumó bajo la luz. Una música estridente bajaba de los altoparlantes por los que también anunciaban la salida de los ómnibus. Estuvimos ahí, quietos, casi sin hablar.
     —Nunca puedo descansar…
     ¿Dijo eso? No estoy seguro, no era su estilo. Lo único que me falta es escuchar voces, pensé, me acuerdo.
     Parecíamos dos muertos vivos. ¿Qué había pasado? Ya estaba en el pasado. El presente no había durado nada. Ella y su marido hacían destrozos y después volvían a estar juntos. Basta un gesto y el mundo entero se transforma.
     De pronto, de la nada, apareció un mendigo, alto, joven, vestido con sobretodo, sin camisa, los zapatos rotos, las canillas al aire.
     —¿No le sobra una moneda, don? — me dijo.
     Ella lo miró. Era rubio, la piel lívida, una especie de Raskólnikov buscando plata para comprar un hacha.
     —Necesito tomarme un vino.
     Lucía abrió la cartera y sacó un fajo de billetes. Pareció darle toda la plata que tenía. El mendigo se quedó quieto un rato, moviéndose en su lugar y murmurando frases inconexas en una especie de canturreo suave. Después buscó en el saco y le alcanzó una moneda a Lucía, como si quisiera darle también él una limosna.
     —La encontré en un barco hundido —dijo—. Es un dracma. Trae suerte. — La miró serio—. Ando siempre por acá, por cualquier cosa que precise…
     Se alejó, murmurando, con las dos manos en los bolsillos del abrigo y se perdió en la oscuridad de la noche.
     En ese momento llegó el ómnibus, Lucía se levantó y se acercó al conductor, que recibía los boletos parado junto a la puerta abierta. Ella esperó un momento y antes de subir me dio un beso.
     —Las cosas son así, pichón —dijo.
     Después me abrió la mano y me dio la moneda griega. El ómnibus arrancó y empezó a alejarse y yo me quede ahí.
     El mendigo volvió a entrar a la estación y dio unas vueltas antes de acercarse a otra pareja sentada en el fondo y pedirles algo.
     Todavía tengo la moneda conmigo. La moneda de la suerte según Raskólnikov. La tiro al aire, a veces, todavía, cuando tengo que tomar una decisión difícil.


En Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación, Anagrama 2015.

Ricardo Emilio Piglia Renzi (Adrogué, Buenos Aires, 24 de noviembre de 1941 – Buenos Aires, 6 de enero de 2017).

jueves, 21 de diciembre de 2017

León Gieco, Donde los ricos cantan su grandeza y su riqueza



LA NAVIDAD DE LUIS

Toma Luis, mañana es navidad
un pan dulce y un poco de vino
ya que no puedes comprar

Toma Luis, llévalo a tu casa
y podrás junto con tu padre
la navidad festejar

Mañana no vengas a trabajar
que el pueblo estará de fiesta
y no habrá tristezas

“Señora, gracias por lo que me da
pero yo no puedo esto llevar
porque mi vida no es de navidad

Señora, cree que mi pobreza
llegará al final comiendo pan
el día de navidad

Mi padre me dará algo mejor
me dirá que Jesús es como yo
y entonces así podré seguir

viviendo …”


A VECES MI PUEBLO AZUL ES GRIS

Vengo desde un pueblo azul
donde el cardo juega con la luz
donde la tarde es tranquila
y es sencilla la tierra

Donde los ricos cantan
su grandeza y su riqueza
donde los pobres escupen
su angustia y su pobreza

Vengo desde un pueblo azul
donde el viento no tiene longitud
donde también se puede ver
de naranja el amanecer

Donde los ricos cantan
su grandeza y su riqueza
donde los pobres escupen
su angustia y su pobreza



Recuerdo esa navidad de 1973. Saqué el winco al jardín de la casa de mis padres y una y otra vez puse este simple. “Donde los ricos cantan / su grandeza y su riqueza / donde los pobres escupen / su angustia y su pobreza”. Ahora el pueblo no está gris, está negro. Como una antigua tribu de soñadores, habrá que encontrarse alrededor de la fogata y mantener el fuego que siempre nos sostuvo.
En disco simple León Gieco y su Banda de Caballos Cansados (por error dice “Caballeros”), MH Music Hall, 1973.
León Gieco (Raúl Alberto Antonio Gieco) nació el 20 de noviembre de 1951 en una chacra cercana a Cañada Rosquín, provincia de Santa Fe. Músico y poeta popular. Fotos: Jmp. Disco simple, 1973.



lunes, 11 de diciembre de 2017

Wisława Szymborska, Un ejemplar de erróneas proporciones



ESQUELETO DE DINOSAURIO

Queridos Hermanos:
aquí vemos un ejemplar de erróneas proporciones:
un esqueleto de dinosaurio se yergue ante nosotros.

Queridos Amigos:
a la izquierda, la cola hacia una infinidad,
a la derecha, el cuello hacia otra.

Distinguidos Camaradas:
en el medio, cuatro patas que se atollaban en el cieno
bajo la colina de su tronco.

Gentiles conciudadanos:
la naturaleza no se equivoca, pero le gustan las bromas:
por favor, presten atención a esa ridícula cabecita.

Señoras, Señores:
una cabecita así no podía prever nada
y por ello es la cabecita de un reptil extinto.

Respetables Asambleístas:
escaso cerebro, demasiado apetito,
más sueño bobo que sabio espanto.

Dignos Huéspedes:
a este respecto estamos en una forma mucho mejor,
la vida es bella y la tierra es nuestra.

Excelentes Delegados:
un cielo estrellado sobre una caña pensante,
y en ella una ley moral.

Honorable Comisión:
se logró una vez
y quizá sólo bajo este mismo sol.

Consejo Superior,
cuán mañosas manos,
cuán elocuente boca,
cuánta cabeza sobre la nuca.

Suprema instancia,
vaya responsabilidad en el lugar de la cola.


En cuadernillo suelto. Traducción de Elżbieta Bortkiewicz.

Maria Wisława Anna Szymborska (Prowent, actual Kórnik, Polonia, 2 de julio de 1923 - Cracovia, 1 de febrero de 2012). Foto: Jmp

martes, 5 de diciembre de 2017

William Carlos Williams, Pero yo, para hablar, solo tenía mis ojos



EL DESCENSO

El descenso nos llama
          como nos llamaba el ascenso.
                    La memoria es una especie
de consumación,
          una suerte de renovación,
                   incluso
de inicio, pues los espacios que abre son lugares nuevos
          habitados por hordas
                     de especies
hasta entonces impensadas;
          y sus movimientos
                    se orientan hacia nuevos objetivos
(aun cuando antes hayan sido abandonados).


Ninguna derrota es enteramente una derrota, pues
el mundo que abre es siempre un sitio
           hasta entonces
                     insospechado. Un
mundo perdido,
           un mundo insospechado,
                      abre paso a nuevos lugares
y no hay blancura (perdida) tan blanca como el recuerdo
de la blancura   .


Con el atardecer, el amor despierta
          aunque sus sombras
                         —que dependen
de la luz del sol

           se adormecen y se apartan
                     del deseo   .


Despierta así un amor
          sin sombras
                    que ha de crecer
con la noche.


Surgido de la desesperación,
          inconcluso,
                    el descenso
despierta aun nuevo mundo
                     que es el reverso
de la desesperación.
           Para lo que no podemos lograr, lo que
se niega al amor,
          lo que perdimos por anticiparnos,
                    se abre un descenso
sin fin, e indestructible   .


LA HOSTIA

De acuerdo a sus necesidades,
          este alto predicador negro
                    (a una mesa separada del
                    resto de su grupo);
estas dos jóvenes monjas irlandesas
          (a describir más adelante)
                     y este anglicano canoso han venido,
tontamente,
           a compartir la hostia servida para ellos
                     (y para mí)
por las cansadas camareras.


Es la necesidad común
           (ya que todos debemos comer)
                      la que vuelve sagrado todo esto.
A la hora de rezar, los ayudantes
          del predicador son más abiertos
                     aunque lo hacen en voz baja,
como se espera
          en un lugar
                    público. Las monjas,
de perfil, van de negro.
           El clérigo cena solo.
                    Su cabeza inclinada revela
un mechón rebelde
           en su coronilla.


No me canso de mirar.
           Los predicadores comen bien:
                    ostras fritas, y cuanto hay
en el bar, digno de una estación ferroviaria.
          Las hermanas terminan pronto. Uno mira
                     fijamente al irse,
bajo sus cejas resueltas descubro
          unos ojos azules.
                   Yo tengo los ojos
marrones
           y una boca menos rígida.


No hay nada de comer,
         sino el cuerpo de Cristo,
                   sin importar dónde se busque.
Las benditas plantas
          y el mar lo entregan
                     intacto a la imaginación.
Y es así como se hace
          real,
                    para amargura
de las pobres bestias
          que sufren y mueren
                    para que vivamos.


Los predicadores, bien alimentados,
         las monjas de ojos brillantes y boca sin labios,
                    el alto
y canoso anglicano,
           lo proclaman con su apetito,
                     lo mismo que yo, mientras
mastico con mis dientes gastados:
           el Señor es mi pastor,
                     nada me faltará.


No importa lo bien que coman
         qué tan delicadamente
              se lleven la comida a la boca,
¡todo sucede
         de acuerdo a la imaginación!
¡Solo la imaginación
           es real! Ellos lo han imaginado,
                      y así sucede.
De los predicadores,
          piernilargos como corresponde a su raza,
                    solo las mujeres, dóciles,
me sonrieron cuando
           les hablé
                      con los ojos.
Las monjas… aunque, en realidad,
         solo vi un rostro joven
                  y tapado hasta las cejas.
Sencillamente eso.
           El clérigo, sin duda
                      formado en una buena escuela,
fue quien más me interesó:
          alguien con quien
                     se podría conversar.


Nadie estaba allí
          sino por
                   la comida. Quedo solo yo,
siendo poeta,
           hubiera podido darles.
                      Pero yo,
para hablar, solo tenía
          mis ojos.


En La música del desierto y otros poemas (1954), edición bilingüe, Lumen, 2010. Traducción: Juan Antonio Montiel.

William Carlos Williams (Rutherford, Nueva Jersey, EEUU, 17 de septiembre de 1883 – 4 de marzo de 1963). Fotos: Jmp

lunes, 4 de diciembre de 2017

León Gieco, Qué bueno es olvidarse un poco de la gente que nos roba y que nos mata


EN EL PAÍS DE LA LIBERTAD

Búsquenme donde se esconde el sol,
donde exista una canción.

Búsquenme a orillas del mar,
besando la espuma y la sal.

Búsquenme, me encontrarán
en el país de la libertad,
de la libertad.

Búsquenme donde se detiene el viento,
donde haya paz o no exista el tiempo.

Donde el sol seca las lágrimas
de las nubes en la mañana.

Búsquenme, me encontrarán
en el país de la libertad,
de la libertad.


DÉJAME QUE TE SIENTA

Déjame que descanse en tus pensamientos libres.
Déjame que recorra las flores de tu tierra virgen.
Déjame que te sienta de algodón y de sol.

Déjame que abra tu piel cerrada de hierbas frescas.
Déjame que recorra tus pechos de frutas maduras.
Déjame que te sienta de algodón y de sol.

Déjame que sienta tu licor de flores blancas.
Déjame que recorra tu vientre de abejas mansas.
Déjame que te sienta de algodón y de sol. 


CADA DÍA SOMOS MÁS

Día tras día los tiempos cambian
y son nuevas las mañanas.
Cada hombre joven con sus fuerzas
ya quieren la tierra libre pisar.

Todos canten, todos griten, todos vivan
que estos son tiempos de pensar
que cada día somos más.
Que estos son tiempos de pensar
que cada día somos más.

Día tras día se abre la esperanza
de que tenga cada uno un lugar.
Mentes calladas ya despiertan
a latidos de sus almas.

Y estos son tiempos de pensar
que cada día somos más.


SEAMOS TODOS CABALLOS

Hombre crea tu paz y entonces habrá flor.
Hombre róbate la oscuridad y también las guerras.

Que amanecer tan largo estamos viviendo
sin pensamientos, y el hombre dejó de serlo,
y el hombre dejó de serlo.

Seamos todos caballos y entonces habrá paz.
Seamos todos caballos y habrá libertad.

Porque los caballos tienen amaneceres blancos.
Porque los caballos son carceleros del campo,
y el hombre de sus hermanos.

Seamos todos caballos y entonces habrá flor.
Seamos todos caballos y abra color verde.

Porque los caballos tienen amaneceres blancos.
Porque los caballos son carceleros del campo,
y el hombre de sus hermanos


HOMBRES DE HIERRO

Larga muchacho tu voz joven
como larga la luz el sol.
Que aunque tenga que estrellarse
contra un paredón.

Que aunque tenga que estrellarse
se dividirá en dos.

Suelta muchacho tus pensamientos
como anda suelto el viento.
Sos la esperanza y la voz que vendrá
a florecer en la nueva tierra.

Hombres de hierro que no escuchan la voz.
Hombres de hierro que no escuchan el grito.
Hombres de hierro que no escuchan el dolor.

Gente que avanza se puede matar
pero los pensamientos quedarán.

Puntas agudas ensucian el cielo
como la sangre en la tierra.
Dile a esos hombres que traten de usar
a cambio de las armas sus cabezas.

Hombres de hierro que no escuchan la voz.
Hombres de hierro que no escuchan el grito.
Hombres de hierro que no escuchan el llanto.

Gente que avanza se puede matar
pero los pensamientos quedarán.


MARÍA DEL CAMPO

María nació en el campo, junto con la libertad.
Tiene la piel del viento, tiene los pies de hierba
y los ojos del cielo.

Tiene las manos duras como la tierra del corral.
Tiene las manos duras como la tierra del corral,
como la tierra del corral, como la tierra del corral.

No se necesita, no se necesita, dice María,
tener las manos blandas para ser mujer.
Tener las manos blandas para ser mujer.

Trae la miel del campo a la ciudad.
Trae la miel del campo a la ciudad
porque aquí no hay flor, porque aquí no hay flor.

Tiene las manos duras como la tierra del corral.
Tiene las manos duras como la tierra del corral,
como la tierra del corral, como la tierra del corral.
No se necesita, no se necesita, dice María.


TODOS LOS CABALLOS BLANCOS

Voy andando y siento el sol
de la tarde en mis espaldas

y en mi frente siento el sol
de la mañana.

Todos los caballos blancos
todos los caballos blancos
y el campo y el campo y el campo.

Voy bajando por caminos
que cruzan las tierras mansas.

Qué bueno es olvidarse un poco
de la gente que nos roba y que nos mata.

Todos los caballos blancos
todos los caballos blancos
y el campo y el campo y el campo.


CAMPESINOS DEL NORTE

La tierra está dormida
y el sol ya la despierta
y trae despacio el día.
Sube el carro lento tirado por bueyes mansos.

Caminos de piedra santas color blancas
flores color lila al pasar.
Sobre el carro viejo campesinos van a trabajar.

Saben que a las doce una campana sonará
y tristes vendrán donde hay poco pan
y con vino del valle se pondrán alegres a cantar.

Quema el sol muy fuerte su piel y sus fuerzas
pero pronto la noche llegará.
Y juntos vendrán lento caminar a su hogar.

Suena la campana y apuran su marcha
y tristes vendrán donde hay poco pan
y con vino del valle se pondrán alegres a cantar.


SOLES GRISES Y MARES ROJOS

La tierra es tierra
y es de algunos ¿por qué?
Igual que la vida.

El pan es pan
y es de algunos ¿por qué?
Igual que una herida.

Soles grises nos dan la luz.
Mares rojos nos dan lluvia, nos dan lluvia

En la tierra ya crecen flores sin colores.
En la tierra ya crecen flores sin colores.

Quién se está robando de la tierra
el color del sol de la tarde.
Quién se está pintando las piedras de su mente
con el color de Dios.

Soles grises nos dan la luz.
Mares rojos nos dan lluvia, nos dan lluvia.

En la tierra ya crecen flores sin colores.
En la tierra ya crecen flores sin colores.


LA COLINA SOBRE EL TERCIOPELO

Aunque venga el invierno y se robe las hojas y la flor
siempre habrá un lugar donde descansar y eso será
en la colina de sol, sobre el terciopelo marrón
te llevaré.

Aunque siga la ciudad con sus gritos y sus quejas
siempre habrá un lugar donde descansar y eso será
en la colina de sol, sobre el terciopelo marrón
te llevaré.

Aunque vendan flores de papel sin perfumes ni color
siempre habrá un lugar donde descansar y eso será
en la colina de sol, sobre el terciopelo marrón
te llevaré.


En León Gieco, primer elepé, 1973. Grabado durante 1972-1973 en el estudio de José Netto Producciones. León Gieco: letra y música de todos los temas, guitarra acústica, armónica y voz. Dirección musical y arreglos, guitarras, charango y voz: Gustavo Santaolalla. Ara Tokatlian: flauta y órgano. Guillermo Bordarampé: bajo. Horacio Gianello: batería y bombos legueros. Vicente Busso: batería. Miguel y Eugenio (Pérez): voces. Luis Cesio y Ruben Melogno (grupo uruguayo Psiglo): voces.
León Gieco (Raúl Alberto Antonio Gieco) nació el 20 de noviembre de 1951 en una chacra cercana a Cañada Rosquín, provincia de Santa Fe. Músico y poeta popular. Fotos: Jmp. Detalle de póster revista Pelo, circa 1973.