lunes, 27 de junio de 2022

PAUL AUSTER Este idioma hecho de odios




Labios proféticos, 
Labios desprovistos de imagen. Mudo 
el que espera, asombrado, 
sabio entre urnas. 
La blasfemia desborda 
la predicción: la rosa helada 
entrega sus espinas al aliento, 
y el aliento se esfuerza,
ronda ojo y olvido. 
Sólo nos queda prepararnos. 
Desde nuestro primer paso, la voz 
Establece su alianza 
con las piedras del campo. 

*

Fragilidad del alba: en el límite 
de tu lámpara oscurecida: aire 
sin palabras: flor de ceniza, corola 
plegada. Desde el más pequeño 
de tus soles, retienes 
la escaldadura: vaina 
de luz aplacada. Tu palma 
en barbecho: su semilla 
entrando en la mudez. Más allá de esta hora, el ojo
te enseñará. El ojo aprenderá 
a desear. 

*

Los muertos 
mueren y mueren: y en ellos 
los vivos. Espacio y ojos: acosados 
por frágiles herramientas, confinados 
a sus hábitos. 
Respirar es aceptar 
esta falta de aire, el único aliento, 
rastreado en las fisuras 
de la memoria, en el lapso que divide 
este idioma hecho de odios, 
sin el cual la tierra 
hubiera otorgado un augurio 
aún más poderoso 
para nivelar los huertos 
de piedra. Ni siquiera 
el silencio me persigue. 


En Pista de despegue / Selección de poemas y ensayos, 1970-1979, Editorial Anagrama, Barcelona, 1998 / Traducción: Jordi Doce / Fotos: jmp 
Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, el 3 de febrero de 1947) / Desde 1974 reside en Nueva York / 

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

viernes, 24 de junio de 2022

OSVALDO ROSSLER A Carlos Gardel


A CARLOS GARDEL 

Señor de la canción porteña, 
de la ciudad que continúa 
considerándote tu ídolo. 
No vengo a repetir tu nombre, 
ese que se ha identificado 
con una de las devociones 
más entrañables de mi pueblo, 
no vengo, no, ni a reclamarte 
porque el estado de nostalgia 
tiene su ardor, su propia ley 
entre las cosas del olvido, 
se satisface con la ausencia, 
no con la pena de tu muerte. 
Pasan los años y es en vano, 
la imagen crece de tu voz, 
pasan y agravan tu recuerdo, 
pasan y el canto te devuelve 
perenne condición de vida. 
Cada uno de nosotros pone 
su juventud para escucharte, 
por eso es tan hermoso oírte 
y es a la vez tan desolado. 
Otros llegaron y se fueron, 
otros vendrán y serán tu eco 
¿quién te podría reemplazar 
en este extraño sentimiento 
de estar cantando desde antaño 
con una voz y una conciencia 
que siendo tuya es la de todos?



En Protagonistas del tango, Emecé Editores, Buenos Aires, 1974 / Fotos: jmp / 
Osvaldo Rossler (Buenos Aires, 1927 – 14 de noviembre de 2004) / 

“El día que me quieras” (1935) / Alfredo Le Pera – Carlos Gardel – 24 de junio de 1935 – inmortales 

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-



jueves, 23 de junio de 2022

ANAMARÍA MAYOL Dos poemas de Para no espantar a los pájaros




LAS LÍNEAS

En el silencio yacen las líneas 
que nos unen 

no hay puertos arenas 
donde encallar los sueños 

sólo un mundo con redes 
que nos acercan bordes 
donde apoyo los ojos 
abrazo tu imagen 

Sólo un mundo con líneas 
donde la sombra permanece 
adherida a la piel 

donde hallo las huellas 
que siempre te regresan 


ÉL ME MIRA 

Él me mira y yo sé que me mira/ me hago la inocente/ la que no sé/ pero él me mira/ y mis vestidos cuelgan de mis brazos/ se deshacen y me siento al desnudo/ descubierta/ y me hago la inocente/ la distraída/ la que no me importa/ pero él me mira/ me ve/ me inquieta/ sabe de mí temor/ me ama/ me ilumina/ me derrumba. 



En Para no espantar a los pájaros / Ediciones El Mono Armado, Buenos Aires, 2012 / Fotos: jmp / 
Anamaría Mayol (Victorica, La Pampa, Argentina, 7 de mayo de 1958) / Poeta / Profesora de Historia y Geografía Especialista en Planificación Urbana y regional / Consultora en temas Ambientales / Por You Tube dirige el ciclo “Leyendo poesía en casa” / Vive en San Martín de los Andes, Neuquén, Argentina / 

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-


miércoles, 22 de junio de 2022

ALBERTO PIPINO Dos poemas de Meneo fúnebre




MENEO FÚNEBRE

A Dora María Téllez 

Una vivandera con la noche de trofeo 
baila, sacude el delantal naranja 
con jactancia, silban las 
corolas desnudas 

entre las ondas de la melena, el rocío 
de caña le brota de la piel y 
bajo la saya la aurora 
se despereza. 

Han vuelto los tiburones a las aguas 
del Xolotlán y los nacatamales 
están con la carne viva, 
máscaras de ave 

carroñera golpean a la presa entre 
tambores, flautas, pitos 
y trompetas; aletea 
la pesadilla;

los dientes de la marimba rechinan 
cuando el aire cruza las 
teclas de hueso; 
un viejo 

retintín la rechaza del carnaval, agria 
la leche y la miel, la encierra 
hasta una bocacalle en 
Manhattan 

donde emblema de vivaz quimera 
cabalga en pelo por la pérdida 
y el abismo; entre aroma 
a sudor y ron al son

de monedas que dolientes dejan 
al pie del luto ante los pichones 
devorados por el zopilote 
rojinegro.


SALTA, SALTA Y SIGUE

En medio de la pista de arena y aserrín tiembla 
un frutal usurpado. En lugar de flores da 
signos que muestran a la esperanza 
como un anhelo voraz. 

Entre el follaje un gorrión salta de un lado a otro, 
ansioso sacude la cola, con el plumaje 
entrecano, espera que lo urjan 
a mostrar su juego 

mientras la lengua del látigo del domador rompe 
la barrera del sonido al encontrar silencio 
ante la añoranza de los rugidos de un 
pasado sin fin. 

Las gradas aún tibias están llenas de soledad, ya 
no se goza con el arte de arrojar palabras 
al aire sin dejar que caigan 
como ilusiones rotas. 

Llegan gritos y abucheos cuando al cruzar la línea 
floja un funámbulo choca con el piso, 
un payaso salta a la pista 
para aflojar 

los rezongos golpeándose clac clap clac las nalgas 
con palmetas de madera, muestra 
sumisión y a la vez domina 
el espectáculo. 

Además en un cruce de manos una maga 
disimula la memoria y la muestra 
cautiva del todo es según 
como se recuerde

La función sigue a pesar de que la inclemencia 
del tiempo desgarra las lonas de la carpa 
del circo y el vendaval las zarandea 
en un redoble siniestro. 

Ay, viejo gorrión salta, salta que todo sigue, 
la fiesta aún no acaba, cruza a través 
del aro de fuego que el vacío 
está impaciente. 




En Meneo fúnebre, Selección de poemas, 2022 / Fotos: jmp / 
Alberto Pipino (Buenos Aires, 4 de noviembre de 1942) / Poeta / Vive en Manhattan, EE.UU /
Leemos en la última página de este libro digital: 
“Periodista y militante político, en 1976 durante la dictadura militar tuvo que irse del país. Durante el exilio vivió en Estados Unidos, Nicaragua, México, Haití, República Dominica, y Francia donde ejerció el periodismo. En 1984 publicó en España Espeso país, en el prólogo Juan Gelman destacó que “Alberto Pipino transitó los caminos del dolor, de la derrota, de la furia. Por eso sus palabras son de piedra. Y tienen la belleza de la piedra.” Con la democracia regresó al país. En Buenos Aires entre 1990 y 1991 editó Utopías del Sur, publicación dedicada a difundir el pensamiento y creación desde una izquierda crítica donde entre otros, colaboraron León Rozitchner, Ramón Plaza, Esteban Moore y Osvaldo Bayer. Desde hace 15 años reside en Estados Unidos. Meneo fúnebre es su último libro.”

domingo, 19 de junio de 2022

JOAQUÍN GIANNUZZI Uvas rosadas


UVAS ROSADAS

Este breve racimo
de uvas rosadas pertenece
a otro reino.
Yace, sobre mi mesa,
en la fría integridad de su peso terrestre
mientras yo permanezco silencioso
imposibilitado
de oponer mi vida a su carnal exuberancia.
Casi con horror admiro allí
la dura tensión del agua
hacia la piel mortal
como una realidad insoportable.
He aquí un remoto acontecer:
todo transcurre del otro lado, fuera
del rumor insensato
de la existencia humana.
Comprendo que hay un límite
cuyo paso en el tiempo
me está vedado
de modo que el puro conocimiento
sólo cabe en la mera travesura de la mente.
Más allá está la misma tierra
a la que regresamos como extraños;
en el racimo de uvas rosadas yace
la imagen de otro regreso
y este enigmático existir
dulcemente en el rosa
tiende a cumplir el ciclo
que comenzó, radiante, en el verde lejano.

Otros días transcurren
aquí, en otro espacio
que colmó la inutilidad
de una vida ocupada. Ajeno
a la región de las uvas permanece
mi estupor desalentado;
pero nunca la esperanza
tuvo mejor imagen que esto:
la travesía del límite
que da a lo secreto vendrá
de la misma costumbre de la luz
con que las uvas rosadas
van a entrar en la muerte.



En Obra Poética, Emecé Editores, 2000 / De Nuestros días mortales (Sur, 1958) / 
Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 29 de julio de 1924 - Campo Quijano, Salta, 26 de enero de 2004) / Fotos: jmp / 





martes, 14 de junio de 2022

PASCAL QUIGNARD El que escribe busca la iluminación



*

     Todo sueño es imposible: pero los sueños que son posibles no existen. Es su sorpresa la que paraliza el rostro y lo levanta. El sueño es el que persiste en soñar bajo el lenguaje, debajo del lenguaje, desdeñando el sucedáneo. Un libro que abriese la puerta sobre la realidad nunca vista en una lengua que fuera una sorpresa, que se agarrase de pronto a la garganta hasta el punto de  hacer daño, o bien que fuese de pronto tan suave o tan suntuosa o tan digresiva que ganase por la mano al espíritu en el goce inopinado. Todo goce es aquello que agarra desprevenido. Lo que se espera de un escritor no sólo es desconocido para quien lo redacta, sino que es desconocido para quien redacta, tan es así que algo que no es nunca un objeto no podría ser nunca un proyecto. Todo aquel que escribe se zambulle en la palabra ausente para encontrar algo que el lenguaje ignora, que no es ni bueno ni bello, que aterroriza al lenguaje y apasiona a los días, que ataca por atacar, que nace, que no está en lo que está, que desova, que desova y espanta, que molesta a los muertos que están en los infiernos, que rompe con el orden que existe antes que él, que rompe con los vivos que con él coexisten, que vive por vivir.

     Rompe con lo que es; le gusta romper; le gusta odiar lo visible. Se consagra apasionadamente a lo que todos los demás ignoran de él. Se consagra a la cosa que no nunca es un objeto, al libro abierto como la boca abierta sobre la palabra que se extingue y que está a punto de recobrar, que va a resucitar más viva que si la hubiera sabido. 

     Como los marineros de Ulises, cuando el viento está en calma, rema. Todo pasa. “Linguae cessabunt. Scienti destruetur.” (¿Las lenguas? Se callarán. ¿La ciencia? Desaparecerá.) Es repatriar una y otra vez el mundo al antemundo, revivifica la vida, reiluminar el sol. El que escribe busca la iluminación.

*


En El nombre en la punta de la lengua, Editorial Debate, Madrid, España, 1994 / Versión de Fabián Chueca / Capítulo “Breve tratado sobre Medusa” / 
Pascal Quignard (Verneuil-sur-Avre, Francia, 23 de abril de 1948) / Fotos: jmp 

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

lunes, 13 de junio de 2022

LEOPOLDO LUGONES Narración de un espíritu


EL ORIGEN DEL DILUVIO

     ...La tierra acababa de experimentar su primera incrustación sólida y hallábase todavía en una oscura incandescencia. Mares de ácido carbónico batían sus continentes de litio y de aluminio, pues éstos fueron los primeros sólidos que formaron la costra terrestre. El azufre y el boro figuraban también en débiles vetas.
     Así, el globo entero brillaba como una monstruosa bola de plata. La atmósfera era de fósforo con vestigios de flúor y de cloro. Llamas de sodio, de silicio, de magnesio, constituían la luminosa progenie de los metales. Aquella atmósfera relumbraba tanto como una estrella, presentando un espesor de muchos millares de kilómetros.
     Sobre esos continentes y en semejantes mares, había ya vida organizada, bien que bajo formas inconcebibles ahora; pues no existiendo aún el fosfato de cal, dichos seres carecían de huesos. El oxígeno y el nitrógeno, que con algunos rastros de bario entraban en la composición de tales vidas, completaban los únicos catorce cuerpos constituyentes del planeta. Así, todo era en él extremadamente sencillo.
     La actividad de los seres que poseían inteligencia, no era menos intensa que ahora, sin embargo; si bien de mucho menor amplitud; y no obstante su constitución de moluscos, vivían, obraban, sentían, de un modo análogo al de la humanidad presente. Habían llegado, por ejemplo, a construir enormes viviendas con rocas de litio; y el sudor de sus cuerpos oxidaba el aluminio en copos semejantes al amianto incandescente.
     Su estructura blanda, era una consecuencia del medio poco sólido en que tomaron origen, así como de la ligereza específica de los continentes que habitaban. Poseían también la aptitud anfibia; pero como debían resistir aquellas temperaturas, y mantenerse en formas definidas bajo la presión de la profunda atmósfera, su estructura manteníase recia en su misma fluidez.
     Esbozos de hombres, más bien que hombres propiamente dicho, o especies de monos gigantescos y huecos, tenían la facilidad de reabsorberse en esferas de gelatina o la de expandirse como fantasmas hasta volverse casi una niebla. Esto último constituía su tacto, pues necesitaban incorporar los objetos a su ser, envolviéndolos enteramente para sentirlos. En cambio, poseían la doble vista de los sonámbulos actuales. Carecían de olfato, gusto y oído. Eran perversos y formidables, los peores monstruos de aquella primitiva creación. Sabían emanar de sus fluidos organismos, seres cuya vida era breve pero dañina, semejantes a las carroñas con los gusanos. Fueron los gigantes de que hablan las leyendas.
     Construían sus ciudades como los caracoles sus conchas, de modo que cada vivienda era una especie de caparazón exudado por su habitante. Así, las casas resultaban grupos de bóvedas, y las ciudades parecían cúmulos de nubes brillantes. Eran tan altas como éstas, pero no se destacaban en el cielo azul, pues el azul no existía entonces, porque faltaba el aire. La atmósfera sólo se coloreaba de anaranjado y de rojo.
     Apenas dos o tres especies de aves cuyas alas no tenían plumas, sino escamas como las de las mariposas, y cuyo tornasol preludiaba el oro inexistente, remontaban su vuelo por la atmósfera fosfórica.
     Era ella tan elevada, y el vuelo tan vasto, que las llevaba cerca de la luna. El arrebato magnético del astro solía embriagarlas; y corno éste poseía entonces una atmósfera en contacto con la terrestre, afrontábanla en ímpetu temerario yendo a caer exánimes sobre sus campos de hielo.
     Una vegetación de hongos y de líquenes gigantes arraigaba en las aún mal seguras tierras; y no lejanos todavía del animal, en la primitiva confusión de los orígenes, algunos sabían trasladarse por medio de tentáculos; tenían otros, a guisa de espinas, picos de ave, que estaban abriéndose y cerrándose; otros fosforecían a cualquier roce; otros frutaban verdaderas arañas que se iban caminando y producían huevos de los cuales brotaba otra vez el vegetal progenitor. Eran singularmente peligrosos los cactus eléctricos que sabían proyectar sus espinas.
     Los elementos terrestres se encontraban en perpetua inestabilidad. Surgían y fracasaban por momentos disparatadas alotropías. La presión enorme apenas dejaba solidificarse escasos cuerpos. Las rocas actuales dormían el sueño de la inexistencia. Las piedras preciosas no eran sino colores en las fajas del espectro.
     Así las cosas, sobrevino la catástrofe que los hombres llamaron después diluvio; pero ella no fue una inundación acuosa, si bien la causó una invasión del elemento líquido. El agua tuvo intervención de otro modo.
     Ahora bien: es sabido que los cuerpos, bajo ciertas circunstancias, pueden variar sus caracteres específicos hasta perderlos casi todos con excepción del peso; y esto es lo que recibe el nombre de alotropía. El ejemplo clásico del fósforo rojo y del fósforo blanco debe ser recordado aquí: el blanco es ávido de oxígeno, tóxico y funde a los 44°; el rojo es casi indiferente al oxígeno, inofensivo e infusible, sin contar otros caracteres que acentúan la diferencia. Sin embargo, son el mismo cuerpo, para no hablar de las diversas especies de hierro, de plata, que constituyen también estados alotrópicos.
     Nadie ignora, por otra parte, que el calor multiplica las afinidades de la materia, haciendo posibles, por ejemplo, las combinaciones del ázoe y del carbono con otros cuerpos, cosa que no sucede a la temperatura ordinaria; y conviene recordar, además, que basta la presencia en un cuerpo de partículas pertenecientes a algunos otros, para cambiar sus propiedades o comunicar las nuevas, siendo particularmente interesante a este respecto lo que sucede al aluminio puesto en contacto, por choque, con el mercurio; pues basta eso para que se oxide en seco, descomponga el agua y sea atacado por los ácidos nítrico y sulfúrico, al revés exactamente de lo que le pasa cuando no existe el contacto.
     A estas causas de variabilidad de los cuerpos, es menester añadir la presión, capaz por sí sola de disgregar los sólidos hasta licuarlos, cualquiera que sea su maleabilidad, y sin exceptuar al mismo acero; pues nada más que con la presión se ha llegado a convertirlo en una masa blanduzca, trabajándolo con entera comodidad.
     Mencionaré, por último, una extraña propiedad que los químicos llaman acción catalítica, o en términos vulgares, acción de presencia, y por medio de la cual ciertos cuerpos provocan combinaciones de otros, sin tomar parte en las mismas. Entre éstos, uno de los más activos, y el que interviene en mayor número de casos, es el vapor de agua. Los datos que anteceden, nos ponen ya en situación de explicar el fenómeno al cual están dedicadas estas líneas.
     Sucedió por entonces que la atmósfera terrestre, condensándose en torno al globo, empezó a ejercer una atracción progresiva sobre la atmósfera de la luna. Al cabo de cierto tiempo, esta atmósfera no pudo resistir aquella atracción, y empezó a incorporar con la nuestra sus elementos más ligeros. La falta de presión causada por este fenómeno, vaporizó los mares de la luna que estaban helados hacía muchos siglos; y una niebla fría, a muchos grados bajo nuestro cero termométrico, rodeó el astro muerto como un sudario.
      Cierto día el vapor acuoso se precipitó en la atmósfera terrestre, y ésta vio aumentado su peso en varios miles de millones de toneladas. A tal fenómeno, unióse la acción catalítica del vapor, y entonces fue cuando empezaron a disgregarse los sólidos terrestres.
     Un ablandamiento progresivo dio a todos la consistencia del yeso; pero cuando el fenómeno siguió, deleznándose aquéllos en una especie de lodo, empezó la catástrofe. Las montañas fueron aplastándose por su propio peso, hasta degenerar en médanos que el viento arrasaba. Las mansiones de los gigantes volviéronse polvo a su vez, y pronto hubo de observarse con horror que el elemento líquido cambiaba de estado en la forma más extraordinaria; secábase sin desaparecer, volviéndose también polvo por la disgregación de sus moléculas, y se confundía con el otro en un solo cuerpo, seco y fluido a la vez sin olor, color ni temperatura.
     Lo raro fue que el fenómeno no se efectuaba al mismo tiempo en la materia organizada. Esta resistía mejor, sin duda por su condición semilíquida; pero semejante diferencia comportaba la muerte violenta en aquella disgregación. Poco después no hubo en el globo otra existencia que la flotante sobre esa especie de arenas cósmicas; mas ya la mayor parte de los seres animados había muerto de inanición; pues aunque no comían como nosotros, absorbían del aire sus principios vitales, y el aire estaba cambiado por los elementos de la luna.
     Apenas uno que otro gran molusco se revolvía sobre la universal fluidez sin olas, bajo el horror de la atmósfera gigantesca, preñada de tósigos mortales, donde se operaba la futura organización. Tampoco pudieron ellos resistir a esas combinaciones, ni adaptarse al estado de disgregación; y, por otra parte, éste los afectaba a su vez. Ellos fueron también disolviéndose hasta desaparecer; y entonces, sobre el ámbito del planeta, fue la soledad y la negra noche.
     Millares de años después, los elementos empezaron a recomponerse.
     Formidables tempestades químicas conmovieron el estado crítico de la masa, y los catorce cuerpos primitivos revivieron, engendrando nuevas combinaciones.
     El litio se triplicó en potasio, rubidio y cesio; el fósforo en arsénico, antimonio y bismuto; el carbono engendró titano y zirconio; el azufre, selenio y teluro… 
     Los océanos fueron ya de agua, el agua de la luna periódicamente exaltada hacia su origen por la armónica dilatación de las mareas. La atmósfera se había vuelto de aire semejante al nuestro, aunque saturado de ácido carbónico.
     Ningún ser vivo quedaba de la anterior creación. Hasta sus huellas habían sido destruidas. Pero los vapores de la luna trajeron consigo gérmenes vivificantes, que el nuevo estado de la tierra fue llamando lentamente a la existencia.
     El mar se cubrió de vidas rudimentarias. La costra sólida pululó de hierbas, y el dominio de éstas duró una edad.
     Pero yo no sabría repetir el enorme proceso. Réstame decir que los primeros seres humanos fueron organismos del agua: monstruos hermosos, mitad pez, mitad mujer, llamados después sirenas en las mitologías. Ellos dominaban el secreto de la armonía original y trajeron al planeta las melodías de la luna que encerraban el secreto de la muerte.
     Fueron blancos de carne como el astro materno; y el sodio primitivo que saturaba su nuevo elemento de existencia, al engendrar de sí los metales nobles, hizo vegetar en sus cabelleras el oro hasta entonces desconocido...
     …He aquí lo que mi memoria, millonaria de años, evoca con un sentido humano, y he aquí lo que he venido a deciros descendiendo de mi región, el cono de sombra de la tierra. Os añadiré que estoy condenado a permanecer en él durante toda la edad del planeta.
     La médium calló, recostando fatigosamente su cabeza sobre el respaldo del sofá. Y Mr. Skinner, una de las ocho personas que asistían a la sesión, no pudo menos de exclamar en las tinieblas:
     –¡El cono de sombra! ¡El diluvio!... ¡Disparatada superchería!
     Nada pudimos replicarle, pues un estertor de la médium nos distrajo.
     De su costado izquierdo desprendíase rápidamente una masa tenebrosa, asaz perceptible en la penumbra.     Creció como un globo, proyectó de su seno largos tentáculos, y acabó por desprenderse a modo de una araña gigantesca. Siguió dilatándose hasta llenar el aposento,
envolviéndonos como un mucílago y jadeando con un rumor de queja. No tenía forma definida en la oscuridad espesada por su presencia; pero si el horror se objetiva de algún modo, aquello era el horror.
     Nadie intentaba moverse, ante el espantoso hormigueo de tentáculos de sombra que se sentía alrededor, y no sé cómo hubiera acabado eso, si la médium no implora con voz desfallecida:
     –¡Luz, luz, Dios mío!
     Tuve fuerzas para saltar hasta la llave de la luz eléctrica; y junto con su rayo, la masa de sombra estalló sin ruido, en una especie de suspiro enorme.
     Mirámonos en silencio.
     Algo como un lodo heladísimo nos cubría enteramente; y aquello habría bastado para prodigio, si al acudir a su lavabo, Skinner no realiza un hallazgo más asombroso.
     En el fondo de la palangana, yacía no más grande que un ratón, pero acabada de formas y de hermosura, irradiando mortalmente su blancor, una pequeña sirena muerta. 



En El cuento argentino de Ciencia Ficción, antología / Edición de Pablo Capanna / Ediciones Nuevo Siglo, Argentina, 1995 / 
Leopoldo Antonio Lugones (Villa de María del Río Seco, Córdoba, 13 de junio de 1874 - San Fernando, Buenos Aires, 18 de febrero de 1938) / Fotos: jmp / 

Los textos forman parte de estudio en ejercicios de taller.-

lunes, 6 de junio de 2022

MARIO BENEDETTI Se trataba de un muchacho corriente


EL OTRO YO

     Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando. Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
     El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
     Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo qué hacer, pero después se rehízo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
     Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
     Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le llenó de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: “Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte y saludable”.
     El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo. 




En Cuentos completos, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1972 / 
Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia (Paso de los Toros, 14 de septiembre de 1920 - Montevideo, 17 de mayo de 2009) / Fotos: jmp / 

jueves, 26 de mayo de 2022

RICARDO RUBIO El presente arde y es un tiempo de cenizas



el presente arde y es un tiempo de cenizas 


13. Los ojos en penumbra 
    se cierran a la danza o se abren al dolor 

el tala se ciñe entre arrugas y silencio, 
entra y sale del aire con una fuerza antigua, 
se lleva la última gota de las acequias 
hacia un torrente invisible 
que no alcanza su piel muda. 

Cuando el monte envuelve su sed y su tristeza 
el cielo lo ve alzar los brazos al viento. 

El ocaso es demasiado vértigo para la desnudez. 


EPÍLOGO

-Tengo una palabra que me llena la boca,
el recuerdo de un verso que estrellé en el aire 
y el encanto fugaz de un sueño 
     que me deja respirar.

-Me acompañan los pasos, la madrugada, 
y un destino confuso que me hace más cierto.

-Cuando sea necesario volveré para cuidarme.


En El color con que atardece, La Luna Que, Buenos Aires, 2002 / 
Ricardo Rubio (Buenos Aires, 11 de mayo de 1951 – 25 de mayo de 2022) / Fotos: jmp /

Ayer, miércoles 25 de mayo, murió el poeta Ricardo Rubio. Escribió el querido Alberto Luis Ponzo en la contratapa de la primera edición de El color con que atardece, uno de sus más hermosos libros: 

     “Si una breve apreciación acerca del trabajo poético puede parecer poco valorativa, al adelantarse algunas líneas expresivas o formas de mayor gravitación, en el caso de El color con que atardece sería arriesgada una tentativa de interpretación que no dejara lugar a las diversas experiencias  literarias de Ricardo Rubio (ensayo, narrativa, filosofía y teatro). Todo esto es lo que respalda, y acaso condiciona, la tónica de un libro que reafirma, no sólo una sostenida unidad poética, sino la presencia indiscutible de quien, con obstinación y  profundidad, ha dado el acento más destacable a una nueva generación.
     Puede fijarse en los comienzos de la década del ochenta una patente renovación del lenguaje, con la visión de un mundo cambiante, cruzado de conflictos, quebrado en sus ideales y en las mismas entrañas de toda representación como valor humano. Dentro de este marco “sentimos el corazón en la punta de los dedos”, escribe Ricardo Rubio;  “Inermes, nuestros brazos no retienen el alba”. O “nacemos para ir perdiendo la luz de las estrellas”. No obstante la devastación o el vaciamiento de los simples e imaginarios destinos del ser en este universo, puede haber salvación y, desde luego, un sentido mayor para todo quehacer artístico.
     Ricardo Rubio se pregunta: “¿Dónde la magia, el sitio sagrado, el encantamiento? ¿Dónde ahora la belleza?” La respuesta está quizás no lejos de cada uno de nosotros. El autor de este libro, más allá de “Historias de la flor”, “Árbol con pájaros” o “Simulación de la rosa”, algunos de sus anteriores poemarios, abre aquí distintas posibilidades. Diálogos,  interrogaciones, a manera de una despojada búsqueda de  verdades absolutas, haciendo de El color con que atardece una obra, en esencia, ética y plena de imágenes reveladoras de una época donde el hombre “puede helarse de infortunio”.”

martes, 24 de mayo de 2022

ALBERTO SZPUNBERG Clavel del aire



CLAVEL DEL AIRE 

1

Al rojo vivo, como el clavel prendido del ladrillo,
la poca pretensión de sus raíces en el viento,
brotes tiernos del cielo la tardecita de los sábados
asidos de un murmullo de luz dicho al oído:
ajenas no le son las finas hebras del aire,
esa música lejana, así de ella tan ausente,
igual que una flor tardía entre las hojas
del libro que releo en nombre de tu nombre.


2

Qué más, entonces, que a punto de ser,
sin preguntar jamás de dónde las palabras,
por qué son las que son y no las otras
que, desleídas, en silencio, murmuradas,
confirman un recuerdo, un eco, una sonrisa
contenida por qué pudor cuando los labios
ya estaban, temblorosos, a un paso del poema.


3

En el corazón del bosque, late, temblorosa,
la nunca vista, pétalo imposible, la abubilla,
escondida en su propia hondura indescifrable.
Yo también pregunto por ella, puro pálpito,
pero a mí tampoco nadie me responde:
nada más ajeno a la piedad que la poesía.


4

Qué trasluce sino frágil, quebradiza la llovizna,
chispazos del farol en el sendero de adoquines.
No sólo el llanto humedeció las fotos
del álbum hace años dejado en el trastero.
Alguien apoyó su copa sobre la sonrisa,
como si el olvido fuese casual, imprevisible:
urgencia por no saber, si es posible, nada.


5

Hemos brindado muchas veces, sigamos,
la risa señala el momento de despojarnos,
como un regalo que sostiene alta la copa:
mi mano roza tu boca, planetaria es la palabra:
solo así queda demostrado que la tierra
gira sobre sí misma hasta envolvernos.


6

Vuelvo a llevar la navaja en el bolsillo,
la mano presta para cometer lo irreparable,
porque sólo ser el otro me exige y me dirime:
alguien está servido, ellos se ensañan con su carne,
cuelgan sus pies a unos centímetros del suelo:
el poema es su grito, mías sus vísceras, su sangre.


7

La muerte, nunca tanta chance a la aventura:
riachos de oro y lila y rojo en las alturas
y el juego del ligero oleaje orlado
por el iris de una tarde iluminada:
abajo, la magia negra de las algas, los erizos,
que me van desprendiendo de las rocas
como quien cumple, sonriente, su destino:
al vaivén de los años, la vieja nutriente.


8

Como el estallido del sol entre los ojos:
acodado en la borda del barco que me lleva
y esa estela de bruma en el río infinito,
y el chasquido del barro, el lengüetazo
de la espesura del amor en retirada.


9

Ya no es lluvia sino apenas la llovizna,
el ruido de los zapatos en el barro,
como si desprenderse de la tierra les costara:
no te atreves a cubrirte la cabeza, esperas
que otra mano lo haga, pero no vendrá.


10

“La historia avanza hacia atrás”, se asombra el poeta
tras recorrer toda la calle y volver al punto de partida,
y se lleva las manos a la cabeza donde reconoce
el aleteo de una sombra que lo saludó esta madrugada.
Aún chispean en la noche las herraduras del caballo
que hace un rato pasó por el cielo rumbo a casa.


11

No en la palabra la ternura, sino en las manos,
ni la justicia en la ley sino en lo que damos y tomamos,
como el clavel del aire echa raíces en la nada:
yo me pongo al final de la cola y me desentiendo:
no desconfío de la urgencia de quien me antecede
y estoy dispuesto: empecemos de nuevo hasta lograrlo.


12

Las manos no tienen otro sentido que el aire
que se cuela definitivamente entre los dedos:
su forma sólo se debe a lo que no retienen,
incluso el vacío que el puño sostiene en alto
como si fuese el golpe final de nuestro esfuerzo,
pero es sólo un hálito de risa que entrevemos
como si todo fuese un juego que empieza de nuevo.


13

El temblor de la araña que camina sobre el agua
con la delicadeza que sólo ella sabe transitar,
como si cargase sobre sí la transparencia
de la luz que levemente la sostiene, ofreciéndola
a una tarde de infinitos y suaves, tenues tules.


CLAVEL DEL AIRE. 
Este género fue nombrado por Carlos Linneo en 1738 en honor al médico y botánico finlandés Dr. Elias Tillandz (originalmente Tillander)  (1640-1693). 

Abedini,  W.  I.,  Caldiz,  D.  e  I.  Andia,  “Una  maleza  de  especies  forestales”. Comunicación presentada en el IV Congreso Forestal  Argentino,  27  al  31  de  octubre  de  1980,  Goya,  Corrientes, Argentina. 
Baigorria, G., “Notas preliminares sobre el control del clavel del aire”, Acintacnia, nro. 2, Argentina. 
Bartoli,  C.  G.;  Beltrano,  J.; Fernández,  L.  y  D.  Caldiz,    “Control  of  the epiphytic weeds Tillandsia recurvata and T. aeranthos with different herbicides”, Forest Ecology and Management,  vol. 59, 1993. 
Benzing,  D.  H.  y  J.  Seemann,  “Nutritional  piracy  and  host  decline:  a  new perspective on the epiphyte relationship”, Selbyana, vol. 2, 1978.
———, “Germination and early establishment of Tillandsia circinnata Schlecht  (Bromeliaceae)  on  some  of  its  hosts  and  other  supports in Southern Florida”, Sebyana, vol. 5. 
Cabrera, A. L. (director), Flora de la provincia de Buenos Aires,  tomo IV, parte 1, Buenos Aires, Colección científica del INTA, 1968. 
Caldiz,  D.  y  J.,  Beltramo,  “Control  of  the  Epiphytic  weeds  Tillandsia  recurvata  and  T.  aeranthos  with  Simazine”,  Forest  Ecology  and Management, vol. 28, 1989. 
Castellanos, A., “Los géneros de las bromeliáceas de la flora argentina”, Revista  del  Centro  de  Estudiantes  del  Doctorado  en  Ciencias  Naturales, tomo II, Argentina, 1938.
Claver,  F.  K.,  Alaniz,  J.  R.  y  D.  Caldiz,  “Tillandsia  spp.:  Epiphytic  weeds of trees and bushes”, Forest Ecology and Management,  vol. 6, 1983. 
Dagnelie,  P.,  Théorie  et  méthodes  statistiques:  applications  agronomiques,  Gembloux, Presses agronomiques, 1973.
Daniel, W., Applied  Nonparametric  Statistics,  Boston,  Houghton  Mifflin  co., 1978. 
Johansson,  D.,  “Ecology  of  vascular  epiphytes  in  West  African  rain  forest”, Acta Phytogeographica Suecica, vol. 59, Uppsala, 1974.  
Smith,   L.,   Flora   del   Uruguay:   Bromeliaceae,   Monotevideo,   Museo   Nacional de Historia Natural, 1972. 
Sokal, R. y F. J. Rohlf,Introducción a la bioestadística, Barcelona, Editorial Reverté, 1986. 
Taiz,   L.   y   E.   Zeiger,      Plant   Phisiology,   California,   Benjamin-Cummings Publishing Company, California, 1991. 
Wintermans,  J.  y  A.  de  Mots,  “Spectrophotometric  Characteristics  of  Chlorophylls  A  and  B  Their  Pheophytins  in  Ethanol”,  Biochem  Biophys Acta, vol.109, 1965.



OTRA GENIALIDAD DE ALBERTO SZPUNBERG / JULIÁN AXAT

   Hace pocos días apareció de improvisto, como un alumbramiento en mi casilla de correos. Estaba repasando viejos mensajes cuando di con el mail que el poeta Alberto Szpunberg me había enviado allá por octubre de 2012, bajo el asunto “Obra en construcción...”. La poesía es así, una máquina del tiempo. Aparece de golpe, te golpea y transporta. Entonces recordé un llamado posterior de Alberto en el que me explicaba que me enviaba el mail para saber mi opinión sobre su “obra en construcción”. 
   Me contó que estaba sumergido en el estudio de la botánica en la obra de Linneo y el origen de esa enigmática planta rizomática que crece colgada de árboles y rocas  en  Brasil, Ecuador y Argentina, y que generaba acaloradas discusiones entre los naturalistas. En especial uno de ellos, el finlandés Elias Tillandz, quien la bautizó con su nombre y en latín Tillandsia aeranthos, aunque fue luego conocida vulgarmente como “clavel del aire”. 
   Es  raro que un poeta se ponga a estudiar botánica para emprender su poesía, pero en  Alberto nada de eso es raro (años después ironizaría sobre la metafísica de dios a partir del brócoli). Todo el sistema de citas que dispara el poema “Clavel del aire” se encuentra al final de los trece versos. Desconozco la obsesión de Szpunberg, pero algo conjeturo, pues el enigma del clavel está en el origen (y la discusión) de su energía vital, pero también en su uso medicinal (viene a mi memoria que por entonces a Alberto le fue detectado un tumor). Además de la reminiscencia erótica del tango, Gilles Deleuze, el maná, la vida autopoética, en fin... todo esto me llevó por estos días a escribirle al poeta Miguel Martínez Naón, quien me conminó a llamar a Alberto a la pensión de Barcelona e interrumpirlo justo en  el  momento en el que lo estaban afeitando. Después de intercambiar sobre su estado de salud y otros bemoles de la Argentina y su (nuevo) exilio, me espetó: “Ayat” (así pronuncia siempre mi apellido), “si ese poema se lo mandé a usted, haga lo que le parezca...”. 


En Guardianes de Piatock, Miradas sobre Alberto Szpunberg / Compilación: Judith Said, Lilian Garrido y Miguel Martínez Naón / Ediciones Biblioteca Nacional, 2021 / Director: Juan Sasturain /
Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 28 de setiembre de 1940 - Barcelona, 13 de noviembre de 2020) / Julián Axat (La Plata, 1976) / Fotos: jmp / 

lunes, 23 de mayo de 2022

EUGENIA STRACCALI Cuando el mar desata su tormenta más intensa


FEDRA 
(Fragmento)

(...) 
Cuando el mar desata su tormenta más intensa, 
un relámpago nos cruza y 
abre el cuelo: 
revelación en tu abrazo extendido 
que nos salva del naufragio. 
En ese momento se desplegaron 
todas las constelaciones 
y los planetas brillaron armando figuras; 
también las velas de tu barco 
flamean espectrales. 
La marea lleva un oleaje sereno 
que se instala en tus ojos, 
tristes los míos, 
miradas que alumbran. 
La estela que deja la espuma 
en la orilla, 
trae nuestro amor antiguo 
que es calma y desasosiego. 
“Suspende el tiempo para mí” –te digo. 
Entonces en el fulgor del instante 
fuimos 
tan secretamente... 
Y en el umbral de esa suspensión infinita 
nos contemplamos una y otra vez.  
Las estrellas son: 
destellos 
imágenes de mí que vuelven 
a tu memoria 
como rayos. 



En antología Interestelaria, Cosmos y Ciencia ficción, / Selección y prólogo: Julián Axat / Ilustraciones: Emiliano Bustos /, Ediciones en Danza, 2022 / 
Eugenia Straccali (La Plata, 1970) / Julián Axat (La Plata, 1976) / Foto: jmp 

domingo, 8 de mayo de 2022

JORGE AULICINO Un poema inédito



NATIONAL GEOGRAPHIC

Se pueden imaginar los antiguos animales
con garras de oso y colas de serpiente,
alas y dientes de sable,
pero los tigres siberianos y las grandes leonas
fueron los que reinaron realmente 
sobre bosques y manadas.
Anduvieron sembrando terror
entre árboles nevados y pastizales
en la vieja práctica de la sobrevivencia,
que exige arte y concentración,
nada de dejarse estar o “qué amenazantes
las sombras en la ventana”.



Poema inédito de Fuera de lo general, 2022 / 
Jorge Aulicino (Buenos Aires, 1949) / Foto: jmp

miércoles, 27 de abril de 2022

MANUEL DEL CABRAL Yo no sé escribir poesías



ZAMARA

     Estaba junto al río y nadie lo sabía; sólo yo la vi meter sus pies pequeños en el agua y destrozar el paisaje que trémulo flotaba. Luego me dijo que le dolía el día, que para su herida la noche era su venda. 
     Por un momento pensé que el río era el llanto prolongado de su manera de vivir.
     Pero ha pasado algo sorprendente, ella masticó una hoja extraña, una hoja que al ser masticada convirtió a Zamara en el agua del río.
     Yo no sé escribir poesías, yo no sé escribir cuentos, pero hay un muchacho que todos los días penetra en el bosque con una armónica, y cuando la toca, el río se detiene, y todos los pájaros del bosque se juntan y se llevan volando al muchacho hasta un lugar altísimo de la montaña, allá donde nace el río.
     Este muchacho quería mucho a Zamara.
     Yo no sé escribir poesías. Yo no sé escribir cuentos, pero el bosque era otra cosa cuando tocaba su armónica este muchacho analfabeto como las estrellas… 




En Los relámpagos lentos, Editorial Sudamericana, 1966 / 
Manuel Antonio del Cabral Tavárez (Santiago de los Caballeros, República Dominicana, 7 de marzo de 1907 – Santo Domingo, 14 de mayo de 1999) / Foto: jmp /

viernes, 22 de abril de 2022

IRENE GRUSS Yo estuve lavando ropa




MIENTRAS TANTO

Yo estuve lavando ropa
mientras mucha gente
desapareció
no porque sí
se escondió
sufrió
hubo golpes
y
ahora no están
no porque sí
y mientras pasaban
sirenas y disparos, ruido seco
yo estuve lavando ropa,
acunando,
cantaba,
y la persiana a oscuras.


VENTANA

La ventana está sucia.
Gotas secas no dejan ver, se pegotean,
el polvo se instala y
cuesta decidir cuál es
la última lluvia o
el último sol.


ERA

Yo era la que dormía
y despertaba
con un hombre no a mi lado
sino en mi cabeza.
Ellos levantaban la persiana y me
hacían renegar por los rayos
del sol, cuando era de día, o
por lo tarde de la hora,
cuando las hojas del tilo rechinan
y agrietan entonces el aire.
Yo me dormía pensando en
la cara y el gesto
del próximo hombre, y éste
no llegaba nunca ni se atrevía
a golpearme la puerta.
La mañana era siempre igual:
desinfectaba los delirios nocturnos
suavemente, y amontonaba
ecos, almohadones desamparados.


*

V

Algo, madre
no me da
respiro


VI

Puedo morir por la boca
o por la herida.
La boca es un gorgoriteo,
escupo aire.
El alma es avara, da
el aire en estertores, menuda y brusca
respiración, liviano sería
si yo lo diera
(pero morir sin alma) largamente.

No es sangre
sino alma que sale por la herida que
escupe,
despide. Puedo morir
de cosas así. Mejor
no entrego el alma


VII

El aire, la respiración.
Bueno sería
entregar el alma
como quien da
lo poco que tiene uno,
lo poco que uno tiene guardado
para dar,
el aire, el asma
(de quien)


VIII

El aire,
ahoga, madre
no da respiro
no deja al alma
respirar. No abras la puerta,
las ventanas. Es el aire que
no sale, el asma


*

EL TÉ

Está sentada frente a mí
y hace ruidos con la taza, la golpea sin querer.
Está loca pero la que desea
matarla soy yo.
Si le comento cualquier asunto, ella pregunta
con tono de loca más que dubitativa: ¿ah, sí?
Ahora está
diciéndome que hay vidrios rotos
en su barriga, la cortan, duele.
Miro la taza que golpeaba, intacta,
y el té que viene hacia mí, de a poco,
rogando algo que no entiendo. El líquido
toma una forma que me asusta, y al mismo tiempo
sé que lo que pide
es piedad, ayuda; es té tibio
sobre la mesa y
es mi hermana.


SIN FE

Esta es una confesión muy personal:
He perdido casi absolutamente
la curiosidad por el mundo.
Si no escribo la primera frase, la segunda
se pudre por exceso
de efecto.
Sé cómo el mundo se va moviendo,
los brazos de las personas
al costado del cuerpo, impotentes, impacientes,
desesperados, laxos, levantados, sabios,
ignorantes como yo.
Según se hagan las cosas, se sabe
más o menos
cómo quedará terminado;
o no: la incertidumbre
es natural, cosa sabida.
Los chicos sorprenden;
conmueve, pero
es terrible: no es ninguna novedad
en este mundo.
Las cosas, los hechos
son –qué importa que ese árbol sea un gomero o
una encina–, y aun así casi todo remite
a la memoria personal: si es un gomero,
recuerdo el jardín; si una encina,
aquella canción; si un árbol desconocido,
hoy inauguro la memoria, el mito, o
lo descarto.
Algo aparentemente curioso: un corrector de estilo
afirma que la palabra implementar no existe.
Significa instrumentar, poner en práctica,
pero en sí esa palabra no existe.
¿Elegí quedarme con el nombre
y no con la cosa?
Quién, por miserable cultura e historia,
estará pensando que en este momento
la ropa revolotea desde ayer
en la terraza, enredada
sobre sí misma, debería sacarla... Terrible,
salvar la ropa del viento
que bate en la terraza, aquí mismo, la borrasca
en el nombre, la rosa (si digo la ropa
es fácil, un recurso que podría
seducir y no me conmueve
en absoluto).
He perdido la curiosidad:
ha nacido un hijo deseado
(tiene nombre antes de nacer)
por obra de amor: conozco
la alegría, conozco la ansiedad
satisfecha,
escribo que el mundo
es incompleto, que no basta,
aunque aquí
esté todo lo que hay,
el contraste en la luz,
lo concreto, lo relativo y lo absurdo,
lo nuevo, lo acabado,
y lo cubierto,
la curiosidad.
Algo debió pasarme
para que la haya perdido de esta forma.
No es suficiente una enumeración sostenida.
Crear no basta
–qué importa si se trata de un gomero
o de una araucaria, ropa en el viento, presiones
o alivios del cuerpo–. La Historia,
la intimidad, la implementación...
Es demasiado.


FRIDA KAHLO

Pintó el autorretrato, la risa
pérfida, incólume.
Un pasamanos le atraviesa el cuerpo,
parece más cruel que una cruz;
en el pubis hay
un cartel, casi
ilegible, "la vida es hermosa".




Selección de poemas JMP de los libros: El mundo incompleto, Libros de Tierra Firme, 1987; Sobre el asma, Edición de Autor, 1995; Solo de contralto, Galerna, 1997, Colección La Rosa de Cobre dirigida por Abelardo Castillo /
Irene Gruss (Buenos Aires, 31 de agosto de 1950 - 25 de diciembre de 2018) / Fotos: JMP

jueves, 31 de marzo de 2022

LUIS PASTOR y PABLO GUERRERO Mi libertad



MI LIBERTAD

Intenté buscar tu imagen y la noche era una loba que se iba
Llueve lento en la avenida y los árboles me miran al pasar
Me sumerjo en ese río de los coches y la gente que camina
una vez más

Los relojes se han parado, pido fuego y alguien pasa, va corriendo
En los cubos de basura una sombra busca algo que comer
Llueve en los escaparates y unos jóvenes se besan en la acera
va a amanecer (va a amanecer)

Buscaré tu cabellera de lejano cometa
No estaré ni un solo día cansado de soñar
Cantaré con la alegría del que va siempre a tu lado
mi libertad (mi libertad)

Los periódicos mojados y la luna que me mira indiferente
Unos pasos se detienen y una anciana busca lenta su portal
Amanece en los tejados y te doy mis pensamientos, vuelvo a casa
por ver si estás (por ver si estás)

Buscaré tu cabellera de lejano cometa
No estaré ni un solo día cansado de soñar
Cantaré con la alegría del que va siempre a tu lado
mi libertad (mi libertad)


En elepé Aguas abril, PolyGram, 1988 / La letra es de PABLO GUERRERO, la música y versión de LUIS PASTOR / Fotos: jmp / 
Luis Pastor Rodríguez (Berzocana, Cáceres, España, 9 de junio de 1952) / 
José Pablo Guerrero Cabanillas (Esparragosa de Lares, Badajoz, España, 18 de octubre de 1946) / 







jueves, 17 de marzo de 2022

OLGA OROZCO ¿Quién ha dicho acaso que éste fuera un lugar para mí?



LAMENTO DE JONÁS 

Este cuerpo tan denso con que clausuro todas las salidas, 
este saco de sombras cosido a mis dos alas 
no me impide pasar hasta el fondo de mí: 
una noche cerrada donde vienen a dar todos los espejismos de la noche, 
unas aguas absortas donde moja sus pies la esfinge de otro mundo. 

Aquí suelo encontrar vestigios de otra edad, 
fragmentos de panteones no disueltos por la sal de mi sangre, 
oráculos y faunas aspirados por las cenizas de mi porvenir. 
A veces aparecen continentes en vuelo, plumas de otros ropajes sumergidos; 
a veces permanecen casi como el anuncio de la resurrección. 

Pero es mejor no estar. 
Porque hay trampas aquí. 
Alguien juega a no estar cuando yo estoy 
o me observa conmigo desde las madrigueras de cada soledad. 
Alguien simula un foso entre el sueño y la piel para que me deslice hasta el último abismo de los otros 
o me induce a escarbar debajo de mi sombra. 

Es difícil salir. 
Me tapian con un muro que solamente corre hacia nunca jamás; 
me eligen para morir la duración; 
me anudan a las venas de un organismo ciego que me exhala y me aspira sin cesar. 

Y el corazón, en tanto, 
¿en dónde el corazón, 
el tambor de nostalgias que convoca en tinieblas a todos los relevos? 
Por no hablar de este cuerpo, 
de este guardián opaco que me transporta y me retiene 
y me arroja consigo en una náusea desde los pies a la cabeza.

Soy mi propio rehén, 
el pausado veneno del verdugo, 
el pacto con la muerte. 

¿Y quién ha dicho acaso que éste fuera un lugar para mí? 


EL CONTINENTE SUMERGIDO 

Cabeza impar, 
sólo a medias visible desde donde se mire 
y a medias rescatada de un exilio sin fin en la cabeza de la bruma. 
Es opaca por fuera, 
impermeable al bautismo de la luz, 
porosa como esponja a las destilaciones de la noche insoluble. 
Pero por dentro brilla; 
arde en un remolino de cristales errantes, 
de chispas desprendidas de la fragua del sueño, 
de vértigos azules que atestiguan que es la tumba del cielo. 
Se supone que alguna vez fue parte desprendida de Dios, 
en forma de tiniebla, 
y que rodó hacia abajo, cercenada sin duda por la condenación de la serpiente. 
Se ignoran los milenios y las metamorfosis, 
las napas de estupor que debió atravesar hasta llegar aquí, 
girando como sombra de topo entre raíces, 
avanzando después como un planeta ciego 
que se condensa en humo, en vapor, en eclipse. 
Fue aspirada hacia arriba, 
erigida en lo alto de un tronco a la deriva que apenas la retiene, 
con dos cavernas sordas para escuchar la voz que rompe contra el muro, 
con dos estrías vanas para ver desde un claustro la caída, 
con un olor de bestia acorralada debajo de la piel, 
con un sabor de pan sepultado entre ayunos, 
y esta lengua insaciable 
que devora el idioma de la muerte en grandes llamaradas. 
Cabeza borrascosa,
cabeza indescifrable, 
cabeza ensimismada: 
se asemeja a un infierno circular 
donde el perseguidor se convierte de pronto en perseguido, 
siempre detrás de sí, o delante de mí, 
que no sé desde dónde surjo a veces, aferrada a este cuello, 
sin encontrar los nudos que me atan a esta extraña cabeza. 


PARENTESCO ANIMAL CON LO IMAGINARIO 

Brotando acusadora, como ciertos oleajes emplumados sobre la superficie de un estanque asesino o esa loca maleza que enfunda de la noche a la mañana algún recinto destinado a ser estatua y tumba del secreto cautivo, mi cabellera es la evidencia escalofriante de lo que oculto en mí. Lo denuncia, lo exalta, lo pregona. Pero ¿qué oculto en mí, como no sea mi maraña de sombras y esa legión orgánica y sin rostro que oficia en mis entrañas? ¡Contra ellas la tibia, la densa, la inocente o perversa y filiforme delación! 
     O tal vez sea apenas, simplemente, un fulgor semejante, una metamorfosis del hechizo interior, si no el manto piadoso de la estirpe animal sobre la exigua tentativa humana. O tal vez nada más que el último recurso de la fuga o esas prolongaciones insensatas que emite la nostalgia. 
     ¿Y a expensas de qué vive esta especie de ráfaga atrapada, esta indolente enviada de otro mundo arraigado en el hambre, parásita de fiebres, vampira en la profunda garganta de los sueños? Sé que extrae de mí un alimento tan letal como el vaho que exhalan los sofocantes folletines. Se empapa en una niebla malsana, alucinógena. No en vano esa apariencia de alma errante, de espeso cortinaje dispuesto para el crimen, de lujoso sudario hecho para cubrir o revelar las heridas que dejan los amores fatales en cuerpos de mujer trocados en violentos catafalcos o en proas de navíos sobre lechos de sangre. 
     A veces, siempre a solas, un crujido entre briznas soterradas, una absorción repentina hasta la médula, me anuncian que pretende arrancarme de mí, desenraizarme, como a un tubérculo antropomorfo, para implantarme en la negrura de la fábula igual que a una mandrágora. No cedo, no; me aforro a mis modestas pertenencias. Pero una bocanada casi eléctrica que me impulsa hacia arriba me indica que está a punto de suspenderme de lo alto y cubrirme de filamentos encendidos a manera de lámpara. 
     ¡Ah, las maquinaciones que paralizan las ruedas de la noche! ¡Cuando la oigo respirar a leves sacudidas y deslizarse astuta y sigilosa, destejiendo mi trama, devanando sin duda la urdimbre que me fija a duras penas en este pozo abierto en lo ilusorio!, ¡cuando siento que se escurre feroz, palpando los objetos y los muebles con oscuras llamaradas dementes, y tapiza sin tregua, como una devoradora enfermedad, el piso y las paredes, y se en rosca y palpita en esta habitación lo mismo que una insaciable y esponjosa bestia exigiendo la dádiva de todo el universo!, ¡qué visión admirable!, ¡qué fiesta en los telares del Apocalipsis! ¡Espléndido proyecto el de invadirlo todo o acosarnos cambiando de lugar, como el bosque de Birnam! La misma ambigüedad de una obra maestra. 
     Pero no. Se retrae. Se domestica como un gato. Se convierte en caricia vagabunda en busca de caricias, en reclamo entre insomnios más lentos que las letanías. 
     A lo sumo un ansioso follaje que susurra el idioma del amor, un lluvia sensual embalsamada por el asombro y el deseo, una provocación al fuego, al erotismo. 
     ¿Y por qué no las hebras que segrega la sustancia de la poesía, el delirio de la muerte?


PLUMAS PARA UNAS ALAS 

Un metro sesenta y cuatro de estatura sumergido en la piel 
lo mismo que en un saco de obediencia y pavor. 
Cautiva en esta piel, 
cosida por un hilo sin nudo a esta ignorancia, 
aferrada centímetro a centímetro a esta lisa envoltura que me protege a medias y por entero me delata, 
siento la desnudez del animal, 
el desabrido asombro del santo en el martirio, 
la inexpresiva provocación al filo de cuchillo y al látigo del fuego. 
No me sirve esta piel que apenas me contiene, 
esta cáscara errante que me controla y me recuenta, 
esta túnica avara cortada en lo invisible a la medida de mi muerte visible. 
Apenas una pálida estría en la muralla: 
la tensa cicatriz sobre la dentellada de la separación. 
No puedo tocar fondo. 
No consigo hacer pie dentro de esta membrana que me aparta de mí, 
que me divide en dos y me vuelca al revés bajo las ruedas de los carros en llamas, 
bajo espumas y labios y combates, 
siempre a orillas del mundo, siempre a orillas del vértigo del alma. 
No alcanza para lobo 
y le falta también para cordero. 
Y no obstante me escurro entre los dos bajo esta investidura del abismo, 
invulnerable al golpe de mi sangre y a mi pira de huesos. 
¿Quién apuesta su piel por esta piel ilesa e inconstante? 
Nada para ganar. 
Todo para perder en esta superficie donde sólo se inscriben los errores sobre la borra de los años. 
Y ese color de enigma que termina en pregunta, 
esa urdimbre cerrada donde cruzan sus hilos la permanencia y la mudanza, 
esa simulación de mansedumbre alrededor de un cuerpo irremediable, 
ese aspecto de falso testimonio con que encubre, bajo la misma lona, el fantasma de ayer y el de mañana, 
ese tacto como una chispa al sol, o un puñado de vidrios, o un huracán de mariposas, 
¿a imagen de quién son? 
¿A semejanza de qué dios migratorio fui arrancada y envuelta en esta piel que exhala la nostalgia? 
Una mutilación de nubes y de plumas hacia la piel del cielo. 


EL SELLO PERSONAL 

Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento, 
mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco, 
si no logran volar. 
No son bases del templo ni piedras del hogar. 
Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos, 
remotos como dos serafines mutilados por la desgarradura del camino. 
Son  mis pies para el paso, 
paso a paso sobre todos los muertos, 
remontando la muerte con punta y con talón, 
cautivos en la jaula de esta noche que debo atravesar y corre junto a mí. 
Pies sobre brasas, pies sobre cuchillos, 
marcados por el hierro de los diez mandamientos: 
dos mártires anónimos tenaces en partir, 
dispuestos a golpear en las cerradas puertas del planeta 
y a dejar su señal de polvo y obediencia como una huella más, 
apenas descifrable entre los remolinos que barren el umbral. 
Pies dueños de la tierra, 
pies de horizonte que huye, 
pulidos como joyas al aliento del sol y al roce del guijarro: 
dos pródigos radiantes royendo mi porvenir en los huesos del presente, 
dispersando al pasar los rastros de ese reino prometido 
que cambia de lugar y se escurre debajo de la hierba a medida que avanzo. 
¡Qué instrumentos ineptos para salir y para entrar! 
Y ninguna evidencia, ningún sello de predestinación bajo mis pies, 
después de tantos viajes a la misma frontera. 
Nada más que este abismo entre los dos, 
esta ausencia inminente que me arrebata siempre hacia adelante, 
y este soplo de encuentro y desencuentro sobre cada pisada. 
¡Condición prodigiosa y miserable! 
He caído en la trampa de estos pies 
como un rehén del cielo o del infierno que se interroga en vano por su especie, 
que no entiende sus huesos ni su piel, 
ni esta perseverancia de coleóptero solo, 
ni este tam-tam con que se le convoca a un eterno retorno. 
¿Y adónde va este ser inmenso, legendario, increíble, 
que despliega su vivo laberinto como una pesadilla, 
aquí, todavía de pie, 
sobre dos fugitivos delirios de la espuma, debajo del diluvio? 


ANIMAL QUE RESPIRA 

Aspirar y exhalar. Tal es la estratagema en esta mutua transfusión con todo el universo. 
     Día y noche, como dos organismos esponjosos fijados a la pared de lo visible por este doble soplo de vaivén que sostiene en el aire las cosmogonías, nos expandemos y nos contraemos, sin sentido aparente, el universo y yo. Lo absorbo hacia mi lado en el azul, lo exhalo en un depósito de brumas y lo vuelvo a aspirar. Me incorpora a su vez a la asamblea general, me expulsa luego a la intemperie ajena que es la mía, al filo del umbral, y me inhala de nuevo. Sobrevivirnos juntos a la misma distancia, cuerpo a cuerpo, uno en favor del otro, uno a expensas del otro -algo más que testigos-, igual que en el asedio, igual que en ciertas plantas, igual que en el secreto, como en Adán y Dios.      
     ¿Quién pretende vencer? Bastaría un error para trocar las suertes por el planeo de una pluma en la vacía inmensidad. Mi orgullo está tan sólo en la evidencia del apego feroz, en mi costado impar -tan ínfimo y sin duda necesario- que crece en la medida de su pequeñez. 
     Cumplo con mi papel. Conservo mi modesto lugar a manera de pólipo cautivo. Me empino a duras penas en alguna saliente para hallar un nivel de intercambio al ras del bajo vuelo, un punto donde ceda dignamente mi propia construcción. 
     Más corta que mis ojos, más veloz que mis manos, más remota que el gesto de otra cara esta errónea nariz que me arranca de pronto de la lisa paciencia de la piel y me estampa en el mundo de los otros, siempre desconocida y extranjera. 
     Y sin embargo me precede. Me encubre con aparente solidez, con intención de roca, y me expone a los vientos invasores a través de unas fosas precarias, vulnerables, apenas defendidas por la sospecha o el temblor. 
     Y así, sin más, olfateando costumbres y peligros, pegada como un perro a los talones del futuro, almaceno fantasmas como nubes, halos en vez de bienes, borras que se combinan en nostálgicos puertos, en ciudades flotantes que amenazan volver, en jardines que huelen a la loca memoria del paraíso prometido. 
     ¡Ah, perfumes letárgicos, emanaciones de lluvias y de cuerpos, vahos que se deslizan como un lazo de asfixia en torno a la garganta de mi porvenir! 
     Una alquimia volátil se hacina poco a poco en los resquicios, evapora las duras condensaciones de los años, y me excava y me sofoca y me respira en grandes transparencias que son la forma exangüe de mi última armazón. 
     Y aunque aún continúe la mutua transfusión con todo el universo, sé que “allí, en ese sitio, en el oscuro musgo soy mortal, y en mis sueños husmea interminablemente un hocico de bestia”, un hocico implacable que me extrae el aliento hasta el olor final. 




En Museo salvaje, Editorial Losada, primera edición 12 de diciembre de 1974 / Selección y fotos: jmp / 
Olga (Noemí Gugliotta) Orozco (Toay, provincia de La Pampa, 17 de marzo de 1920 – Buenos Aires, 15 de agosto de 1999) /