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martes, 19 de julio de 2011

Carmen Vasco – Acerca de Luis Benítez y A Heron in Buenos Aires, una antología


UNA CONSIDERACIÓN DE LUIS BENÍTEZ



Luis Benítez nació en Buenos Aires en 1956. (…) En esta selección de sus poemas, Luis Benítez nos presenta diversos temas a los que se acerca desde un lugar preciado y original: su cosmovisión. Percibir la existencia de un cosmos que contiene a los seres y las cosas es un tesoro poco común. El poeta es una parte de ese mundo, y es desde allí, a través de sus poemas, donde se encuentra con otros seres, observa su esencia, se descubre poeta, reconoce a sus congéneres, ama, se admira ante lo sublime, considera la muerte, y celebra el milagro de la vida.

El cosmos y los seres que lo habitan son, por momentos, uno y el mismo, como una gota de agua y las olas son uno con el océano. Mientras que esa fusión existe, el poeta se identifica como individuo y ve las otras existencias; no está sólo. Ser parte del cosmos implica que hay otros a los que observa y con los que se relaciona.

Luis celebra la vida en este universo, la propia y la de sus pares. El egocentrismo y la auto-referencia no lo han ganado; está en el todo y con sus prójimos, sean personas o animales. Es muy interesante reparar en la relación que entre ellos se establece. Lejos de darle lugar al poder, entre el poeta y los otros la relación es de igualdad. De esta forma, en la mayoría de sus poemas Luis Benítez no es el protagonista, no dice en primera persona; protagonistas son los que están a su alrededor. Vale la pena notar que los describe con una especial mirada: no son seres heroicos ni les da la investidura de maravillas lindantes con dioses que despiertan nuestra fascinación, sino que nos hermana con aquellos que nombra. Son bellos por estar; su mera existencia es lo que importa en el universo, y es su triunfo. Paralelamente, su relación con elementos de otras índoles, como el acto creativo, tampoco le da poder sobre los demás.

En este universo Luis Benítez expresa su noción del tiempo. El pasado y presente por momentos se fusionan, y otras líneas divisorias también se desdibujan para encontrarse en una persona, animal o cosa. Por cada ser pasan el ahora, el pasado, la humanidad.

Para abordar estos aspectos un poco más de cerca, veamos qué tienen en común los poemas sobre animales de Luis Benítez y los de otros poetas.

En “Un Insecto en Enero”, el insecto condensa el paso del tiempo, que se transforma en un presente en el que pasado y futuro pierden sus distintivos rasgos; por las delicadas membranas del insecto pasan tanto el hombre que lo mira en este momento como los dinosaurios y las copas de los árboles de eras pasadas. Todo esto sucede en torno a la victoria del insecto por existir. Estos versos manifiestan que Luis Benítez considera que ser parte del universo es el triunfo: “allí donde refleja el todo otro vasto mundo/que también le pertenece/ su victoria de un silencio seguro como todas las cosas”.

El hombre y el insecto tienen cada uno su propio ser, y el poeta sitúa ambas existencias en un mismo plano valor, considerándolas desde una perspectiva horizontal; le da al insecto el contexto del cosmos y le otorga delicadeza: “apenas diferente del aire en su elemental dibujo”. Esta imagen en que une casi por completo al insecto volador con el aire revela la devoción de Luis por acercarse cuanto le sea posible a la esencia de su prójimo.

Tal es la voz de Luis Benítez; en su decir no hay palabras para el poder, sino un camino que se recorre entre pares. A su vez, tiende con su mirada un puente hacia el otro, a quien llega muy de cerca. Es, sin duda, una voz genuinamente propia.

Ted Hughes se sitúa de forma muy diferente en su excelente poema “El Pensamiento-Zorro”. Aquí el poeta crea al zorro y al poema simultáneamente, tomando al zorro para dar vida a su creación, y privando al zorro de su existencia al terminar los versos; lo que importa es que “la página está impresa”. El zorro no tiene independencia del poeta, quien lo hace suyo para poder crear. Lejos de este zorro, los animales de Luis Benítez están más cerca de los de D. H. Lawrence; aunque en “Serpiente”, la serpiente resulta ser muerta por el poeta, finalmente retorna a su mundo; en “El Elefante se Aparea Lentamente”, los elefantes disfrutan por sí mismos del amor y de su forma de ser; el poeta los mira con admiración y respeto. En Luis Benítez la admiración no es expresada con exaltación; su mirada es más bien cercana y certera.

Raymond Carver comparte el espíritu con el que escribe Luis Benítez. En su poema “Mi Cuervo”, Carver toma partido por lo opuesto a los seres que son objetos de poesía por ser extraordinarios o heroicos; el cuervo de Carver es simplemente un bello cuervo que vio a través de su ventana, no como los cuervos de otros autores que menciona en el poema. Carver no sólo defiende la vida por sí misma, sin sus posibles glorias; en “Tu Perro Muere”, le resta valor a que el poeta se constituya en torno al efecto de su poder de creador. En Luis Benítez se lee que no busca el efecto que produzca su poesía; se manifiesta su humildad.

En “Una Garza en Buenos Aires”, Luis nos dice: “Algún pincel trazó una rápida letra S/delgada y blanca/sobre el agua castaña y allí estaba/de improviso la garza”. Estos versos presentan tres aspectos de la poesía de Luis Benítez. Por un lado, que algún pincel la haya trazado nos remite a que Luis no se arroga la creación de la garza, sino que la observa como ya existente. Por otro lado, se revela nuevamente su precisa percepción de la forma de ser del prójimo, que es aquí el ave. La forma de “S” es tal vez lo más propio y distintivo de una garza ante nuestros ojos. También su cosmovisión cobra fuerza; ¿qué es, si no, el agua del estanque donde está la garza, un ojal abierto que abrochó en un solo momento/toda la ropa vestida por el invierno, qué sino el espacio y el tiempo unidos en el espejo de agua?

En este poema aparece otro tema de la poética de Luis Benítez: la celebración de la vida: el agua, el logrado equilibrio de la garza, que en tanto es logrado, es perenne, eterno en el ahora de nuestras vidas, como el instante en que Luis ve la garza que le imprime la señal hacia el poema en el que le rinde homenaje.

Ahondando en su habilidad para describir rasgos nítidos de quienes comparten el mundo con él, es claro que Luis Benítez observa íntimamente su cotidianeidad. En el poema La Ingenua el título nos da una clave: la mujer del poema es ingenua porque algo de su propia esencia se le escapa. Ella es, para sí, la vida que ha logrado, sus elecciones, su historia; Luis percibe todo esto, que sin duda hace al ser. Sin embargo, hay algo que trasciende los hechos tangibles de la vida y es comúnmente inasible. El poeta sabe que esto sucede, pero no decide qué es lo que a ella se le escapa, porque no la crea ni es su dueño, sino que la observa y comprende con precisión y calidez. Ese observar es en sí un acto amoroso.

Con esta mirada cercana, en “Cuando no se Espera” el poeta despierta a lo que busca y entonces celebra la vida y la poesía, aquello que nos da un color propio, la siempre nuestra cancioncilla del poema. Una vez más, el tiempo cede en lo cronológico, acercando el nacimiento al inmediato ahora. El poeta nos llama la atención a que lo que creemos inhallable está ante nosotros: Cuando no se espera/Surge de los labios sola y sin ayuda esa antigua melodía. Para dejar la búsqueda racional que nos separa de lo que deseamos es necesario salir de la individualidad propia y conectarse con el todo.

De otra forma, D. H. Lawrence en su poema The Uprooted se dedicó al mismo tema, tomando el sentimiento de soledad como un síntoma que nos impide conectarnos con el universo: people who complain of loneliness must have lost something, /lost some living connection with the cosmos, out of themselves. No es este sentimiento en especial el que aqueja a Luis; para él, por momentos, tener discernimiento es una carga difícil de sobrellevar. En "César Vallejo", se hermana con su par hombre y poeta, declarando cuánto le pesa su cuerpo de hombre adulto; el adulto discierne – en contraposición con el niño, como lo dice en el poema. Ese peso, afuera de sí mismo, o de su conciencia, y en el cosmos, no existe. En línea con los malestares del poeta, en La Yegua de la Noche se cierne sobre él lo que él no fue, lo que amó y murió; sólo puede percibir el rasgo efímero de su arte y la vida. En “El Cotillón de la Tinieblas”, nos habla de lo inútil, lo amenazante, la incomunicación, y alude a la incomunicación propia de quien habita las ciudades: “alguien nos observa desde un lejano edificio, / exactamente cuando vemos sin oírlo/que nos está diciendo algo”.

Más allá de sus pesares, en la poesía de Luis Benítez la alegría de vivir ocupa un espacio mayor; es fuerte la intensidad con que le canta a la vida. Tal es el motivo de “Esta Mañana escribí Dos Poemas” y “El Observado”, poemas en los que define su rol en el cosmos; en “El Observado” nos dice: “sí, una vertiginosa sensación de mundo,/inmune al invierno o al zumbido del verano, acompañó la tarde”; con estas palabras celebra su papel: el del poeta; y luego “mío es el peso, la longitud y el ancho de las cosas”; él existe para comprender lo tangible y mensurable. A él lo ha observado el cosmos para que fuera poeta, y su labor de creador lo hace trascender su tristeza o alegría. En “Esta Mañana Escribí Dos Poemas”, ser poeta es su única forma posible de vivir. Mediante la creación, modifica en algo al mundo, y ante el acto creador se maravilla; no sabe a ciencia cierta a qué responde este fenómeno. El prójimo, una vez más, se hace presente: hay otros poetas como él en alguna parte, además de que todo ser humano crea: para Luis, cientos de personas han donado los versos. La creación es en comunión. El tiempo es un hilo que ha unido este mundo con sus seres.

“La Tómbola de los Mundos” nos acerca su júbilo por el milagro de la vida; casi se pueden sentir los ojos del niño que descubre la belleza de lo inexplicable; aquí, las semillas sobrevivientes y el poeta disfrutan a la par de haber sido elegidos por la fortuna para la vida. En "El Extravagante Viajero Río Arriba", un luciente salmón lucha por su vida, inmerso en su hábitat condenado por el ser humano. El pez desea seguir viviendo a toda costa. Este poema tiene su correlato en “Por Quitarle a la Muerte su Soberbia”, en el que el poeta batalla como el salmón; siente que únicamente un amor poderoso iguala a todos en la tarea de vivir. Su quehacer como poeta es generado por ese amor, el talismán contra la muerte. Esa fuerza amorosa que impulsa a los seres a la vida es sublime.

Lo sublime es también el tema de “Conversaciones”: el origen del universo, que desconocemos, y lo maravilla; la luz de la vida que resulta de ese origen; el último alarido que dará la luz antes de que la muerte todo lo oscurezca. Esto es para Luis lo sublime; lo inconmensurable y desconocido.

La celebración de la vida y lo sublime lo acercan a la poesía de Dylan Thomas, poeta que Luis Benítez reconoce como uno de los que influyó significativamente en su obra, y lo aleja, a mi parecer, de T. S. Elliot, otra de sus influencias. Dylan Thomas dijo sobre sus propios poemas, "con todas sus tosquedades, dudas, y confusiones, son escritos por amor al hombre y en alabanza de Dios." Para Luis, lo sublime es aquello que los seres humanos no podemos explicarnos, lo que nos excede y surge ante nosotros como un milagro. Lo celebra tanto como a la vida del hombre. Su visión de lo sublime se alinea con su poética: se trata de lo que está afuera de él y de su comprensión; se siente humilde ante ello, y se admira.

Sublime puede también ser la obra del ser humano; tal es el tema del poema “Deja que Hable Ezra Pound”, en el que el autor homenajeado realiza al acto poético de forma tan excelsa que su resultado va más allá de lo que logra la mayoría.

Además, en este poema Luis Benítez expresa que toma partido por aquello que cree incuestionable. Describe la poesía de Ezra Pound como una delgada línea de agua que no adorna sino que llega a lo visceral; la comunión entre la fina línea de agua y las vísceras vivas donde corre la sangre real, nos brinda un hallazgo poético de Luis Benítez, con el que ofrenda a quien considera artífice de la creación más plena. Para el autor, Ezra Pound entra a lo hondo, a lo real del ser y al ponerlo sobre el papel, lo hace palpitar. Se trata del verdadero artista, no el que ornamenta, sino el que da la vida. Este poema está relacionado con “De lo que Huye”; allí Luis retrata a aquél que, ingenuamente, cree saber qué es la poesía, queriendo en vano asirla y explicarla.

En el cosmos de Luis Benítez hay un lugar para hablar sobre el encuentro con sus semejantes, y también con la muerte.

En “El Forastero” expresa que en el marco de la relación entre los seres humanos, el otro, el que no es uno, es siempre un extraño. La presencia de ese extraño de algún modo nos perturba, pero eso no atenúa la riqueza que nos brinda; genera una conmoción en el camino que recorremos, y a la vez, lo pavimenta. El carácter del encuentro con el otro es ligero en tanto el tiempo es un continuum mucho más abarcativo que el momento en que ese encuentro se produce. Los seres humanos solamente tenemos el devenir; en ese devenir, las relaciones entre las personas traman una parte del cosmos. Al final del camino está la muerte, representada con estas palabras: “Cuando todo se quede Él dirá que ha llegado”. En el quedarse, dejar de moverse el ser, la muerte no adopta la característica de la tragedia; además, “quedarse” es también, en español, permanecer. Aparece, entonces, Dios, que ha llegado. Luis Benítez retrata la muerte con verbos que indican la quietud y la permanencia, por un lado y la llegada, por otro. Se trata de una concepción de la muerte que carece de la pátina de lo terrible.

En estos versos de “Los Leopardos” describe la ágil destreza de esos animales y su encuentro con los seres humanos: “los leopardos emigrados a las copas de los árboles/son unas etéreas y fatales sombras”; el encuentro entre ellos y nosotros, que nos lleva a la muerte, también está descargado de horror; alude a la muerte como “la alegre nada”. Vamos allí de la mano de los leopardos mediante los delgados corredores que la comunican con el mundo. Esos corredores que hilvanan al mundo con la nada inscriben a la muerte dentro del cosmos; lo mismo sucede en el poema “Del Útero a la Tumba un Sueño te Llevará”, en cuyo último verso, “sólo una muesca en un reloj enorme”, indica que la vida y muerte del ser humano son parte del todo.

Así, Benítez pavimenta un sendero por donde se llega al espacio de la muerte. En "Conversaciones", "La Gran Noche nos devora", es total y contundente. Por eso, como Dylan Thomas en Do Not Go Gentle Into That Good Night, Luis Benítez propone darle batalla. La batalla consiste en el hacer, iluminado por el amor absoluto que mueve a la creación toda, del que nos habla en "Por Quitarle a la Muerte su Soberbia". En su hacer como poeta le da batalla a la muerte, más que por temor, por amor a la vida.

En sus poemas de amor, Luis Benítez también se sitúa en el cosmos. En “La Cambiante” está perplejo, es conciente de que no sabe qué hacer, que no comprende, pero sí sabe que está “en el bosque del mundo”. Otro aspecto de su relación con la mujer se presenta en La Ingenua, poema que ya he mencionado en cuanto a la contemplación del otro en su esencia como ser humano. Lo que “Decía el Poeta” pinta el amor idealizado que se aparta de la lucha diaria, del paso del tiempo, de todos y del todo: “Otra guerra hay que la del pan/otra embriaguez que la del vino/otra tierra hay en esta tierra:/Eterna es nuestra primavera”.

La vida cotidiana de la pareja se refleja en “En el Cantero Arrasado por el Frío Resistía”, junto al indefectible paso del tiempo y la apretada vida de la ciudad y su dolor. El contrapeso es un grillo, que como un extranjero en ese mundo representa el incesante deseo que todo lo ilumina con su canto. Ese deseo, esa resistencia, detiene la repetición de la rutina, incluso detiene el tiempo cuando por un momento nos detenemos a escucharlo.

Además del amor entre hombre y mujer, Luis Benítez nos manifiesta el amor a sus congéneres. Tal vez “El Pescador de Perlas” sea el poema dedicado especialmente a este tema, aunque allí se combinan varios aspectos sobre los que el poeta reflexiona. Luis Benítez refleja la incertidumbre que domina la existencia del ser humano, a pesar de la que descubre, entre otras cosas, la posibilidad de dar algo valioso. Se unen el aquí y el allá, la orilla y el espeso mar donde vivimos en el presente, y en el que probablemente estaremos en la muerte. “Esta tarde y parte de la noche/volví a sumergirme en el espeso mar/ donde flotamos los seres y las cosas”. El poeta se sumerge en la aventura de la vida; sus hallazgos son sus prójimos y lo que puede ofrecerles: el tesoro de las perlas.

El decir del poeta brilla en los últimos versos, porque le da voz a su aprendizaje personal: “Pero cuando quise volver/no vi a ningún hombre en la orilla./No vi orilla. Todo era mar. /Esos que temen la orilla/no saben que caminan en el mar”. No tenemos el consuelo de la existencia de una orilla que, aunque temida, que nos protege. Es hombre y poeta, y ha comprendido su situación en el mundo.


Del libro de Luis Benítez “A Heron in Buenos Aires, Ravenna Press, EE.UU., 2011. Versiones al inglés del poeta norteamericano Cooper Renner. El volumen se cierra con un ensayo epilogal (que ahora presentamos, casi completo, en Aromito) de la traductora argentina Carmen Vasco Fernández Moreno (Buenos Aires, 1965).

lunes, 12 de octubre de 2009

El deseo de traducir poesía


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EL DESEO DE TRADUCIR POESÍA

Por Carmen Vasco – Traductora Literaria


El espíritu con el que es posible acercarse a la traducción de poesía tiene que ver con la aproximación a la lectura de poesía.

A mucha gente le gusta leer poesía y sólo algunos la traducen. El traductor ama el sentido y el sonido de las palabras y además cuenta con ciertas habilidades y técnicas.

Me atrevería a trazar una relación entre quienes dicen no saber leer poesía, o no disfrutarla, y quienes sostienen que la traducción de poesía no es posible.

Este tema ha sido ampliamente abordado. Hoy lo comentaré a partir de mi experiencia personal y como traductora y docente.

Más de una vez me encontré con alumnos, conocidos o amigos que declaraban no disfrutar de la poesía, o no entenderla. Y me pregunté: “¿por qué?” Algunos de ellos se conmovían con el arte, con la creación. Y si la creación conmueve, posiblemente sea en más de una de sus expresiones. Tal vez sucediera que estas personas no habrían tomado contacto con la poesía dentro del marco de la emoción, sino por el forzoso estudio en la escuela secundaria de la métrica y la rima, o la lectura de poemas que no tocaban su aquí y ahora, transformándose así un poema en algo críptico y obligatorio.

En mis clases de inglés, descubrí que no he tenido ningún alumno de ninguna profesión que no disfrutara de al menos algunos poemas.

Y si “comprender es traducir”, según palabras de George Steiner que leí en el libro “Sobre la Traducción”, de Paul Ricoeur, si comprender es traducir, el mero lector y el traductor están cercanamente emparentados. No hay forma de que un poema guste si no se lo comprende, y sólo se lo puede comprender a partir de lo sensible, no exclusivamente del estudio de reglas.

Paralelamente, hay profesionales del idioma, poetas y teóricos que sostienen que no se puede traducir poesía por la inexistencia de equivalencias entre una lengua y la otra. Pero traducir poesía, otra vez, no se trata de reglas y equivalencias. La búsqueda de la comprensión profunda del poema es el primer paso y esencial para su traducción.

Creo que lo imposible de la traducción poética radica en aferrarse a una equivalencia inexistente que deja de lado lo que sí es realmente posible, que es comprender el sentido, el tono del poema, la reflexión que en él expresa el autor, su circunstancia de vida, su época.

No se logra traducir poesía si uno quiere traspasar un bizcochuelo, digamos, de un molde oval a uno circular, sin perder nada de la rica torta. Es necesario sacrificar algo y hacer un bizcochuelo nuevo con otros ingredientes.

Pareciera que lo que hay que lograr es transformar, rehacer, sin dejar de lado el veraz propósito de preservar el sentido, y decirlo de otro modo. Como cuando en nuestro propio idioma hace falta explicar algo, y se busca el otro modo de decirlo. Ni aun así una palabra equivale a otra.

Por eso creo esencial sumergirse sensorialmente en un poema para traducirlo, así como para sólo disfrutar su lectura. De esa unión con el poema surge el deseo de traducirlo, que es a su vez el deseo de comprenderlo mejor. O debería serlo. Comprender el poema y a su autor.

Digo deseo porque creo que de eso se trata. En la misma dirección que la sola lectura de poesía llega a emocionar, a enamorar. Es cuando surge el deseo traducir, porque se nos hacen carne la emoción y el sentido.

Paul Ricouer habla amorosamente de la traducción. Nos dice que es alojar al otro, alojarlo en nuestro idioma. Tiene que ver con desear lo otro, con acercar al extranjero al lugar propio, aceptando las diferencias, y, creo yo, inclusive interesándose en sumo por las diferencias, que se podrían ver como el misterio difícil de develar, que tanto nos resulta inasible como nos atrae, nos mueve hacia el intento de comprender. Las diferencias son la savia de la comunicación con aquél que no es como uno, o uno mismo.

Entonces comenzamos nuestra labor. Necesitamos varios elementos además de haber estudiado traducción. Se puede no haber estudiado académicamente. Hacen falta el deseo, la duda, la consulta.

Empezamos panorámicamente, mal o bien, hacemos el primer borrador de los primeros versos para ver de qué se trata, por cuál surco iremos intentando palabras y melodías. No sólo hay que decidir sobre las palabras sino que tienen que sonar con fluidez al menos, y tener musicalidad, en el mejor de los casos.

Necesitamos tiempo. Dejar en barbecho, en remojo, dejar asentar. Para volver luego y ver con otra mirada lo que antes parecía poco acertado o definitivo. Esa mirada nueva que proviene del alejamiento y del tiempo nos permite modificar o confirmar palabras, versiones. No se puede traducir poesía contra reloj.

Tenemos que dudar, consultar diccionarios, con colegas, escuchar el habla cotidiana. Así, un día encontramos, pescamos al vuelo lo que hacía tanto que buscábamos, y si no buscábamos nada, oímos una bella palabra que habíamos olvidado y nos cambia el poema entero.

Lo que nos impulsa a esta búsqueda es desear comprender el poema a fondo. Tal vez traducir sea la mejor forma de comprender, la lectura más honda en cuanto a interpretar. Entonces, con las herramientas disponibles, se logra escribir el poema en otro idioma.

En este punto citaré algunas palabras de Jorge Bustamante García, tomadas del III Seminario Internacional de Traductores de León Tolstoi y otros Escritores Rusos, año 2008:

“Si a uno le gusta leer y escribir, entonces traducir podría convertirse en un placer. Esta idea hedonista tanto de la lectura como de la traducción, puede llegar a ser muy fructífera. Cuando mediante la lectura uno convive con un escritor que le gusta, con el tiempo lo va conociendo mejor. Esta es la razón por la que en la traducción de un poema primero habría que convivir con él, sin prisa escuchar sus reverberaciones, sus sonidos ocultos, experimentarlo incluso en las emociones que despierta, intentar percibir el “tono”, que es lo que define en últimas el verdadero espíritu del poema, lo que lo mantiene en pie.”

El hecho de que el sentido del poema se completa con lo que cada lector percibe en él no significa que el poema dice cosas diferentes en diversas direcciones. A las personas cada palabra les toca una historia de vida diferente, un sentir propio. Pero pienso que el poema dice lo que dice.

Por ejemplo, tomemos el Soneto 130 de William Shakespeare. En este soneto, Shakespeare declara que su amada no es alguien del otro mundo, y que él la ama sabiendo eso. También se percibe una crítica a cierto tipo de poesía. Hay lectores que interpretan que no la ama, hay quienes creen que la desestima, pero el poema declara amor.

No creo que esto se deba perder de vista porque el poeta escribió lo que escribió y no otra cosa. Me refiero al vocabulario que eligió, los tiempos verbales, la rítmica, lo que con todo eso expresa. El traductor, entonces, con extremo respeto por el original, decide qué prefiere sacrificar en aras de serle fiel al sentido. Existe una ética que lo guía. Se puede no traicionar, no conformarse con el famoso dicho “traduttore traditore”.

Para terminar, cito a Gesualdo Bufalino, escritor italiano del siglo pasado, quien afirmó lo siguiente acerca de la condición del que traduce. Sus palabras podrán ser polémicas, más no indiferentes:
“El traductor es evidentemente el único auténtico lector de un texto. Por cierto más que cualquier crítico, quizás más que el propio autor. Porque de un texto el crítico es solamente el cortejante ocasional, el autor, el padre y el marido, mientras que el traductor es el amante.”

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Carmen Vasco nació en Buenos Aires en 1965, en una familia de poetas. Es traductora de poesía de autores ingleses y norteamericanos.
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Foto: Paul Ricoeur (Francia, 1913-2005).
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miércoles, 15 de abril de 2009

D. H. Lawrence. Tres poemas.


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Traducción y nota: Carmen Vasco



EL DESEO HA MUERTO


El deseo puede haber muerto
pero un hombre sigue siendo
el lugar de encuentro del sol y de la lluvia,
siempre la maravilla embosca al dolor
como en un árbol de invierno.

DESIRE IS DEAD
Desire may be dead / And still a man can be / A meeting place for sun and rain, / Wonder outwaiting pain / As in a wintry tree.


A LA SALIDA DE LA ÓPERA


Por las escaleras de piedra
muchachas de grandes ojos colmados de tragedia
alzan hacia mí sus miradas de grave desconsuelo.
Y yo sonrío.

Damas
con pies lustrosos y puntiagudos
dando pasitos como pájaros
buscan con ansia algo como un bote que las salve
del naufragio,
Y yo, en la averiada multitud,
estoy de pie y sonrío.

Toman la tragedia tan naturalmente.
Eso me complace.

Pero al ver los ojos cansados
dolientes enrojecidos
del camarero de brazos flacos
me alegra volver al lugar de donde vine.


AFTER THE OPERA
Down the stone stairs / girls with their large eyes wide with tragedy / lift looks of shocked and momentous emotions up at me. / And I smile. // Ladies / stepping like birds with bright and pointed feet / peer anxiously forth, as if for a boat to carry them out of the wreckage, / and among the wreck of the theatre crowd / I stand and smile. // They take tragedy so becomingly. / Which pleases me. // But when I meet the weary eyes / the reddened aching eyes of the bar-man with thin arms, / I am glad to go back to the place where I came from.


GLORIA


La gloria es también del sol, del sol de los soles,
y por los rayos de sus espléndidas alas
fluyen diminutos ríos de paz.

Casi todo su tiempo, el tigre da pasos sinuosos y afelpados
en una paz ardiente.
Y el pequeño halcón, en las alturas, gira sobre la lenta
espiga de la paz
La paz nace detrás del sol, con el halcón peregrino
y con el búho.
Sin embargo todos ellos beben sangre.

GLORY
Glory is of the sun, too, and of the sun of suns, / and down the shafts of his splendid pinions / run tiny rivers of peace. // Most of his time, the tiger pads and slouches in a burning / peace. / And the small hawk high up turns round on the slow pivot of / peace. / Peace comes from behind the sun, with the peregrine falcon, / and the owl. / Yet all of them drink blood.


CANCIÓN DE UN HOMBRE QUE ES AMADO


Entre sus pechos está mi hogar, entre sus pechos.
Por tres lados me hostigan el miedo y el espacio, pero el cuarto respira
tibio en la fortaleza de sus pechos

Todo el día estoy alegre y atareado en mi trabajo.
No hace falta cuidar mis espaldas del terror que
acecha detrás.
Estoy fortalecido, soy feliz en mi trabajo.

No hace falta velar por mi alma, engañar el miedo con plegarias;
vuelvo a casa cada noche,
veo la querida
puerta con cerrojo, y allí me encierro, libre de miedo.

Vuelvo a casa cada noche
Y tiendo mi cara entre sus pechos;
y de lo bueno que haya dado al día,
mi paz da fe.

Y aquello en que fallé, donde me equivoqué
surge callado de su cuerpo y sin falta
silencioso me avergüenzo.

Y espero pasar la eternidad
con mi cara hundida entre sus pechos
Y mi corazón tranquilo lleno de seguridad
Y mis manos quietas llenas de sus pechos.

SONG OF A MAN WHO IS LOVED
Between her breasts is my home, between her breasts. / Three sides set on me space and fear, but the fourth side rests, / Warm in a city of strength, between her breasts. // All day long, I am busy and happy at my work / I need not glance over my shoulder in fear of the terrors that lurk / Behind. I am fortified, I am glad at my work. // I need not look after my soul; beguile my fear / With prayer, I need only come home each night to find the dear / Door on the latch, and shut myself in, shut out of fear. //
I need only come home each night and lay / My face between her breasts; / And what of good I have given the day, my peace attests. // And what I have failed in, what I have wronged / Comes up unnamed from her body and surely / Silent tongued I am ashamed. // And I hope to spend eternity /
With my face down-buried between her breasts / And my still heart full of security / And my still hands full of her breasts.


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D. H. Lawrence: “Lo honorable es pelear hasta que la lucha esté terminada”


por Carmen Vasco


David Herbert Lawrence nace en 1885 en Inglaterra, hijo de un minero y una maestra. Esta combinación deja sus huellas, además de su propia extraordinaria percepción, que le brinda una mirada del mundo verdaderamente profunda y original.

Gracias a una beca, estudia literatura en la universidad. Hasta entonces, había trabajado como maestro en su pueblo minero, declarándose en contra de que los niños no tuvieran afecto y respeto en el sistema escolar. Publica su primera novela en 1911. Luego se le diagnostica tuberculosis.
Poco después, se va de Inglaterra con Frieda Weekley, se casan en 1914, y siguen juntos hasta la muerte de Lawrence en 1930. Pasan gran parte de su vida fuera de Inglaterra.

Lawrence escribió novelas, cuentos, traducciones y poesía. Incursionó en la pintura, y en estas distintas formas de expresión, algunas de sus obras fueron censuradas, como la famosa novela “El Amante de Lady Chatterley”, que concluye antes de morir. La censura en su época se debió a la tierna y profunda forma en que se expresaba respecto del erotismo y el amor, que sentía inseparables. Uno de los poemas de esta selección no se incluyó en el libro al que correspondía; el editor no lo permitió.

Su vasta obra poética refleja su sentir sobre el mundo-cosmos, la deshumanización del hombre por la era industrial, el inicio de la destrucción del planeta, su pasión por la naturaleza, su buceo en la naturaleza humana. Cito lo que le escribe a un amigo, literato y editor, sobre su lazo con Frieda: “Frieda y yo hemos terminado, al fin, la larga lucha, y estamos unidos. Es una lucha que uno tiene que emprender. El viejo Adán debe ser matado en mí y la vieja Eva en ella, y ser luego un nuevo Adán y una nueva Eva. Lo honorable es pelear hasta que la lucha esté terminada. Pero, Dios mío, es horrible y angustioso”.

Lawrence mira las plantas y los animales con los ingenuos ojos del niño que descubre colores y formas, y con los maduros ojos del hombre que ve que la bondad y la crueldad están en todos los seres. Desde ambas miradas, se hermana con la naturaleza, tal vez más que con sus congéneres.

Parecería que los temas por los que sobrevuelo no cobran la importancia necesaria para que Lawrence llegue, ante algunos ojos, a ser considerado un poeta mayor.
Sin embargo, tuvo la admiración y amistad de Aldous Huxley; en él abrevó Dylan Thomas; nuestro Francisco Madariaga lo ha honrado en su poesía, y así muchos otros que no se aferran a los candeleros de corrientes intelectuales o poéticas.

Lawrence nos dice: “Todo lo que ha enseñado la ciencia sobre el fuego, no cambia para nada al fuego. Los procesos de la combustión no son el fuego, son formas de pensamiento. H2O no es agua, es una forma de pensamiento, no constituye nuestra vida. Nuestra vida está aún constituida por el fuego y el agua, la tierra y el aire elementales, en ellos nos movemos, vivimos y existimos.”

Descubro a Lawrence poeta en el año 2002. Lo que he leído de él iluminó, sustentó y confirmó mi propio sentir. El no resistiría - o mejor dicho, haría la mayor resistencia - a este tiempo que vivimos, aislados en ciudades voraces y violentas, aislados ante nuestras computadoras, de la comunicación real entre las personas, de nuestras raíces en la madre naturaleza.


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Carmen Vasco
nació en Buenos Aires en 1965, en una familia de poetas. Es traductora de poesía de autores ingleses y norteamericanos.
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