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lunes, 22 de mayo de 2017

Enrique Lihn, Un primer verso que pone al poema en movimiento como por obra de magia


ESTACIÓN TERMINAL

Ésta será ya lo veo tu última imagen: 
nuestra despedida en el poema en la estación terminal. 
No sé por dónde empezarla para que no se me escape nada,
y las gentes las cosas apelotonadas aquí tienen algo de agobiadoramente comparable a los restos que se enfrían 
frases enteras o adjetivos de una pequeña obra maestra 
sobre la cual pesara, hasta perderla, esta impaciencia, 
nuestro cansancio mi inarticulación la ferocidad del egoísmo 
por el cual cuando me empiezan a doler los pies prefiero la cama a cualquier otra cosa incluyendo a la poesía que voy a decirlo todo esta noche eres tú, 
y, entretanto, no insistas en que un gordinflón de cuarenta años 
duerma apoyado en tu hombro, para retenerlo otro poco. 
A la estación le sobran escenas como éstas, 
la cara triste de la revolución 
que me sonría por la tuya 
con algo de una máscara de hojas de tabaco pequeña obra maestra de la noche te improvisas 
una moral una paciencia y hasta lo que llamas tu amor, nada podría de todo eso 
brotar en esta tierra caliente removida por los huracanes 
sobre la que pasa y repasa este mundo con sus pies, 
y se acumulan los restos a la espera de mis adjetivos, obscenos bultos un mar de papeles, etc., 
algo, en fin, como para renunciar a este tipo de viajes. 
Me parece llegar a la edad más ingrata, 
me parece recordar el momento presente: 
no eres tú la muchacha que conocí hace un año 
ni te marchaste en circunstancias que prefiero olvidar. 
Por el contrario, ¿no hicimos el amor? 
Una y mil veces, se diría, y para el caso es lo mismo: 
te reemplazaron hasta en eso como una sombra borrara a otra, 
y tu virginidad: el colmo del absurdo 
no te defiende ahora de parecer agotada. 
En realidad recuerdo que nos despedimos aquí, 
pero no puedo precisar, con este sueño, cómo ocurrió la despedida, 
en qué sentido tus manos me revuelven el pelo 
y yo arrastro tu equipaje una caja de latón 
o me insinúas que te regale un pullover. 
A los ojos de la gente que no distingo de mis ojos 
sino para mirarles desde una especie de ultratumba 
somos una pareja un poco desafiante 
y acostumbrada a esto en su Estación Terminal 
un blanco y una negra 
contra la que, en cualquier momento, alguien arroja una sonrisa estúpida 
el comienzo de una pedrada.
La cara triste de la revolución 
y yo la tomo entre mis manos de egoísta consumado.  
Tanto como los párpados me pesan quienes se sientan en el suelo 
a esperar una guagua hasta la hora del juicio 
en que el viejo carcamal logra ponerse en movimiento 
y los riegue lentamente por el interior de la República. 
Tu última imagen quizá con tus yollitos en el pelo, 
esta falta de sentimientos profundos en que me encuentro 
parecida a la pobreza por la que en cambio tú 
no sientes nada o bien una despreocupada afinidad, 
la risa de juntar unos medios con tus alumnos, 
el espejo que se guarda debajo de la almohada para soñar con quién se quiera 
y tus visitas a la abandonada 
que por penas de amor se llena de hijos. 
Ya no estoy en edad de soportarme en este trance 
ni los bolsillos vacíos ni la efusión sentimental son cosas de mi agrado, 
hasta leyendo mis propios versos más o menos románticos bostezo 
y se me dormiría la mano si tuviera que escribirlos. 
Cuántos años aquí, pero, en fin, tú eres joven: 
“de otro, serás de otro como antes de mis besos”. 
Yo prefiero al lirismo la observación exacta 
el problema de lengua que me planteas y que no logro resolver te escribiré. 
La Estación Terminal un libro abierto perezosamente en que las frases ondulan 
como si mis ojos fueran un paraje de turistas desacostumbrados a estos inconvenientes, 
nada que se parezca a una mancha gloriosa, 
ya lo dije, de vez en cuando, una observación estúpida: 
piedrecillas que se desprenden de este yacimiento humano, 
incongruentes, con el saludo de Ho Chi Min transmitido por los altoparlantes institutrices de esas que no dejan en paz a los niños a ninguna hora de la noche, 
y sin embargo, tú duermes con tranquilidad 
capaz de todas las consignas, pero con una reserva al buen humor 
quizá la clave de todo esto 
un primer verso que pone al poema en movimiento como por obra de magia. 

La Habana, Cuba, 1968


RECUERDOS DE MATRIMONIO

Buscábamos un subsuelo donde vivir, cualquier lugar que no fuera una casa de huéspedes. El paraíso perdido
tomaba ahora su verdadero aspecto: uno de esos pequeños departamentos
que se arriendan por un precio todavía razonable
pero a las seis de la mañana. "Ayer no más lo tomó un matrimonio joven".
Mientras íbamos y veníamos en la oscuridad en direcciones capciosas.
El hombre es un lobo para el hombre y el lobo una dueña de casa de pensión
con los dientes cariados, húmeda en las axilas, dudosamente viuda.
Y allí donde el periódico nos invitaba a vivir se alzaba un abismo de tres pisos:
Un nuevo foco de corrupción conyugal.

Mientras íbamos y veníamos en la oscuridad, más distantes el uno del otro a cada paso
ellos ya no estaban allí, estableciendo su nido sobre una base sólida,
ganándose la simpatía del conserje, tan hosco con los extraños como ansioso de inspirarles gratitud filial.
"No se les habrá escapado nada. Seguramente el nuevo ascensorista recibió una propina".
"La pareja ideal". A la hora justa. En el momento oportuno.
De ellos, los invisibles, sólo alcanzábamos a sentir su futura presencia en el cuarto vacío:
nuestras sombras tomadas de la mano entre los primeros brotes de sol en el parquet.
Un remanso de luz blanca nupcial.

"Pueden verlo, si quieren
pero han llegado tarde".
Se nos haría tarde.
Se hacía tarde en todo.
Para siempre.



En: Nueva poesía de América, CEAL, 1970.
Enrique Lihn Carrasco (Santiago, Chile, 3 de septiembre de 1929 – 10 de julio de 1988). Foto: Jmp.

lunes, 16 de enero de 2017

Enrique Lihn, El desfile de los harapos humanos en homenaje a la Libertad y a la Democracia


LA DERROTA
(Fragmento)

(…)
Pero de los bárbaros, qué se puede esperar.
Finalmente no hemos reemplazado todas nuestras
     costumbres por las suyas, una curiosa falta
     de concentración en el modelo
condena nuestras copias a la dorada medianía;
y, en cualquier caso, el resto de lo que hemos
     convenido en llamar la dignidad nacional,
     sería seriamente lesionado en caso de que
     resolvieran adoptar el aire de nuestra derrota
     para sumarse a la celebración del
     triunfo, en esta lejana factoría,
de la perpetuación del cáncer de su imperio
en las entrañas ajenas.
Hace algunas horas (esta noche y la noche pasada se
     confunden; el vocerío triunfante con el
     silencio del fracaso)
uno de ellos, con la mona ardiendo,
venía disfrutando del carnaval de la calle en el
     carnaval de la micro, el gran carajo,
parados los dedos en la V de la victoria: las trenzas
     de una poderosa niñita anglosajona que
     montara un potro furioso con una
     impasible cara de puñete.
El hombre-dogo
se arremolinaba en torno a su eje como la ropa en
     la máquina lavadora, codeando a su vecino
     de asiento en el pecho y resoplando:
“Me norteamericano. Me norteamericano.”
Yo hubiera deseado que se le hundiera el mundo.
Se dirá: “un caso individual”, y el índice acusador
     debe apuntar allí donde se incuban los
     factores impersonales que mueven a los
     individuos el río a las carpas en la época
     del desove;
“de la sociologie avant toute chose”, pero qué montón
     de obviedades en los casos extremos
cuando la claridad brota de los poros mismos del
     cuerpo del delito
arrojado apresuradamente a los baldíos que exhibe la
     luna frente a los grandes edificios colectivos.
Bastaba ver a ese sujeto para obtener una visión
     panorámica y bien articulada, las cifras
     innecesarias en los últimos planos.
La diferencia que va de un yanqui a otro sólo
     representa, para nosotros, un margen de
     imprevisible brutalidad en el trato con las
     fuerzas de una ocupación que se dice
     pacífica,
y un margen, también, para el cultivo de las
     amistades personales en la tierra de nadie.
El culto de la amistad es una afición personal, la
     atención con los huéspedes,
la moderación por parte de moros y cristianos, el
     cese de todo antagonismo a la hora del
     almuerzo.
En un pequeño país cargado de tradiciones, la
     formalidad ante todo, y el empleo de la
     violencia sicológica
sólo en los casos desacostumbrados.
El control, a una distancia flagrante, de nuestra vieja
     máquina junto con la promesa de su
     restauración
a manos de técnicos especializados sobre la base de
     excedentes de la industria pesada.
No se puede dudar:
de los sesenta mil agentes de la FBI y de la CIA,
     sólo uno que otro ha mostrado la hilacha
en su intento por trepar a los carros alegóricos y
     ocupar un lugar bamboleante
junto a esas bellezas que lo eclipsaban todo en la
     apoteosis del triunfo, menos el sentido de
     nuestra derrota.
Todo estaba claro a pesar de tanto resplandor y el
     brillo de las miradas y los fuegos artificiales.

El invisible ejército de ocupación puede batirse
     en una retirada incruenta
y reconocer sus cuarteles de primavera y verano:
     temporadas de pesca en los lagos del sur y
     de cosecha en los desiertos metalíferos.
Al Pacífico, al Atlántico los barcos de guerra: aquí
     no se precisa importar la paz
en la persona de franco tiradores e infantes de marina.
Puede aflojarse un poco el cinturón de hierro
hacia el otro lado de los Andes y estrecharlo en los
     lugares verdaderamente estratégicos
donde la sangre escuece, burbujea y grita.
La lucha entre demócratas y republicanos sólo
     parece posible solventarla lejos de casa
mediante el empleo, en pequeña escala, de la Bomba,
rasando el vivero, en los pastizales
de esos pequeños comunistas de ojos oblicuos. Un
     arañazo en profundidad,
y luego el desfile de los harapos humanos en homenaje
     a la Libertad y a la Democracia.

(…)


En: Poesía social del siglo XX: España e Hispanoamérica, Centro Editor de América Latina, 1971.
Enrique Lihn Carrasco (Santiago, Chile, 3 de septiembre de 1929 – 10 de julio de 1988). Foto: Jmp