Mostrando entradas con la etiqueta Alejandro Claudio Tarruella. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alejandro Claudio Tarruella. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de octubre de 2011

Alejandro C. Tarruella – Néstor Kirchner, las arenas y el relámpago

NÉSTOR, LAS ARENAS Y EL RELÁMPAGO


Un relámpago te llevó a otras arenas,
Néstor,
caminante audaz de vientos duros,
mi corazón es el que siente ahogo
y sin palabras parece quedar por un instante solo
como si quisiera estar con vos en un suspiro
donde las ausencias respiren una vez más
tu palabra, tu paso, tu mano
en cuya palma
siempre llevas un aliento de pan para el necesitado.
Llaman, Néstor, claman de dolor
los hermanos del camino y van sobre una herida
de barro, inconsolables,
buscan tu mano, tu sonrisa, tu solidario andar
por los atajos, en los pueblos de olvido.

¿Dónde está, Néstor?
un relámpago lo llevó a otras arenas y ahí anda,
presente en nuestro dolor con su voz de muchacho
y su sonrisa de pueblos;
una niña le apresa una palabra y la guarda en su bolsillo
anónima, desesperada como un dije
que desdice las ausencias;
allí hacen una casa las manos de los otros
y desnudan una lágrima, la comparten
desdeñando las míseras condenas
de los años viejos.

¿Dónde está Néstor?
un relámpago lo llevó a otras arenas y ahí anda,
entre los trabajadores de los puertos perdidos en los mapas
y las turbulencias de los ríos donde navega
su ilusión prepotente, su luciérnaga de nieve,
ese encuentro de padeceres y lluvias
que hacen de una mujer y un hombre, un semejante,
con la dignidad insolente
de un árbol de futuro enramado.

Frente a los que dividen la miseria
multiplicaba panes
frente a los que derrumban paredes
alzaba una multitud de puertas y ventanas
donde pudieran mirarse los pobres
con la altiva dignidad de un amanecer
con un mate, un pedazo de pan y un libro abierto.

¿Dónde está Néstor, mi amor?
¿Por qué me arranca un grito si me dicen que ha muerto,
si es presente todo este dolor que no alcanza un final
porque no quiere abandonar su mirada
en una voz que lo repite, una vez y otra?

¿Dónde está Néstor?
Un relámpago lo llevó a otras arenas y ahí anda,
está en Cristina, doliente, abrumada
porque partió su amor y hay que buscarlo, hallarlo
devolverlo a su lugar secreto,
de pie como las laderas de los cerros
que allá en el sur los proclaman,
rodeada de los cálidos brazos
que se arraciman en el dolor
cuando hay que partir otra vez a las arenas
donde la voluntad es nuestra,
es la flor que lleva en su huella
abruptos quehaceres de lejanías
que acercan a los pueblos
en un encuentro de silencios que claman.

¿Dónde está Néstor?
Un relámpago lo llevó a otras arenas y ahí anda.

Barracas al sur, 27 de octubre de 2010


Alejandro Claudio Tarruella (periodista, escritor), Olivos, Buenos Aires, 1948.

domingo, 23 de octubre de 2011

Alejandro C. Tarruella – En la ciudad florece el jacarandá en este lugar apropiado de octubre

¡AQUÍ VOY, SEÑORA!


Que íbamos a hacer, la puerta estaba bajo guardia
Que íbamos a hacer, estábamos encerrados
Que íbamos a hacer, la calle habían cerrado
Que íbamos a hacer, la cuidad estaba bajo custodia
Que íbamos a hacer, ella estaba hambrienta
Que íbamos a hacer, estábamos desarmados
Que íbamos a hacer, al caer la noche desierta
Que íbamos a hacer, teníamos que amarnos
.
Paul Eluard (“Toque de queda”)



En la ciudad florece el jacarandá en este lugar apropiado de octubre
cuando esperamos en un raro clima de extraña calma, un domingo.
¡Señora! ¡Compañera! ¡Quiero ser un loco sin sombra este 23, un loco
entre millones de locos aventurados, insolentes, agotados de fe!
Hace calor en este viernes 21 y fumo una pipa en breve silencio.
La gata me mira de a ratos con su sabiduría de batallas que arden
entre las ramas de la hiedra y en los techos oxidados de cinc
donde los pájaros se reparan del bochinche de las calles de Barracas;
así sucede la vida lejos de los agobiados ejércitos del hambre
que aporreaban las puertas pidiendo con voz empedrada, un pan
mientras el gerente de aguas del Estado, despedido, se derrumbaba
caminando en el kilómetro 21 de Cristiania, en La Matanza,
y llevaba a sus cincos hijos, descalzos, los pies desdentados
molidos por las piedras del camino agreste, a buscar un plato
de insulsa sopa para arropar el frío y llevárselo al rancho que quedó
en un rincón desolado donde no cabía nadie;
lejos de la sombra de los cartoneros, ¿te acordás de ese niño de Lanús
que te pidió un poco de comida, y te contó que tenía 8 años, que no sabía
casi leer, y se llevó dos libros de tu casa, dos libros para niños y
que de pronto, se te ocurrió preguntarle su nombre mientras llegaba
a Finochietto y se detenía a revolver un basurero cuando lo llamó su padre
y antes de partir, giró su cara morena y te respondió suavemente,
apretando su libro y su banana, “Me llamo Jesús, no me olvides”?
El domingo vamos a votar de racimos, de a lunas postergadas y abrazos,
nos iremos a la plaza a juntarnos otra vez, el sueño, la vida, la palabra,
y le podremos decir a la Compañera elegida, a la que brama y te hace
arder el corazón como una rama del jacarandá que no se anuncia
y te muestra sus flores porque quiere explicarte que es nuestra,
que este es otro tiempo, un tiempo que renace pétalos dichosos
y bocas que besan con la furia de los días que vendrán,
¡Señora Compañera, yo estoy loco, son uno de esos del ejército de locos
que tiene un nombre y un derrotero que se junta con el tuyo, con el de ella,
con el de él en una calle de aromos que anuncian esa locura de saber
que al loco de al lado, la loca de enfrente, le late el mismo corazón
que es uno y cientos, porque empuja a una época hacia el abismo
de las mentiras y lo deja como un trasto indolente que no tiene regreso.
¡Señora, Compañera Cristina, estoy preparado,
porque cargo mi locura a cuestas
y voy en la huella de Néstor como el pájaro nuestro de cada día!

Barracas al sur, 21 de octubre de 2011.


Alejandro C. Tarruella (periodista, escritor).

sábado, 2 de enero de 2010

Alejandro Claudio Tarruella – Una marca de barro para reiniciar el día


_
UNA MARCA DE BARRO PARA REINICIAR EL DÍA

Cuando acaba un año lo que sucede es otro año y otro día, que es lo que deslumbra por su secreta precariedad cuando las horas encabalgan horas y se revuelven, en el barro de una semejanza que jamás alcanza el grado de ser lo mismo. Nosotros, cada uno de nosotros, le ponemos un motivo y por simple que sea se vuelve un tema de conmoción interior, un episodio que va a significar a los otros, una sabia conjetura en la pondremos nuestro corazón a andar con un ritmo de muchos. Es entonces un asunto de uno con otro, de uno con otros, una polifonía que rebate cualquier empeño individual fuera del tiempo en que la palabra se amasa con un tañido de manos, las manos de ella, las de él, la de ellos, las nuestras. Ese hacer siendo hace de los augurios algo cierto en la medianoche suramericana cuando tomamos de la brisa seca de los viejos árboles que van de la nieve a la llanura, y nos encontramos en su raíz y en sus ramas, como compañeros de siempre que deciden ponerle un nombre al suceso de recomenzar lo ya andado, esa huella de lluvia que marca luego el sol, que ya es de los otros.

_
Alejandro Claudio Tarruella nació en Olivos, Buenos Aires, en 1948. Escritor y periodista. Publicó en poesía: "Amorar", 1980; "Funeral y otros poemas", 1985, y "El viento llueve en agosto", 1999.
_
Foto: Archivo de la talita dorada.
_