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martes, 24 de octubre de 2017

John Berger, Cómo esperar en esta condición de olvido



CÓMO RESISTIR A UN ESTADO DE DESMEMORIA

     Hace unas semanas el cuadro Les femmes d’Alger, pintado por Picasso en 1955 (hace sesenta años), se vendió en Christie’s de Nueva York por la suma de 180 millones de dólares. Parte de la decisión de pintarlo fue inspirada por el deseo de anunciar su respaldo al pueblo argelino en su lucha y su guerra contra el colonialismo francés, que comenzara un año antes.
     Hoy es día de la Ascensión, cuarenta días después de la Pascua. Según los Evangelios, ése fue el día en que Cristo, como lo testimoniaron sus discípulos, ascendió por el aire hacia los cielos. Y en la tierra la gente quedó abandonada a su suerte.
     La semana pasada estuve dibujando, más que nada flores, motivado por una curiosidad que poco tiene que ver con la botánica o la estética. Me he estado preguntando si las formas naturales –un árbol, una nube, un río, una piedra, una flor– pueden mirarse y ser percibidas como mensajes.
Mensajes –no hace falta decir más– que nunca pueden verbalizarse, y que no están dirigidos particularmente a nosotros. ¿Es posible “leer” las apariencias naturales como textos?
     Para mí no hay nada místico en este ejercicio de dibujo. Es un ejercicio gestual cuyo propósito es responder a diferentes ritmos y formas de energía –que me gusta imaginar como textos de un lenguaje que no se nos ofreció para leer. Y no obstante, conforme trazo el texto me identifico físicamente con la cosa que estoy dibujando y con la inconmensurable lengua madre en que está escrita.
     En el orden global totalitario del capitalismo financiero especulativo en el que vivimos, los medios no dejan de bombardearnos con información, pero esta información es casi siempre una diversión planeada, que nos distrae la atención de lo que es cierto, esencial y urgente.
     Mucha de esa información tiene que ver con lo que alguna vez llamamos política, pero ahora la política fue subsumida por la dictadura global del capitalismo especulativo, con sus comerciantes y grupos bancarios de presión.
     Los políticos, tanto de derecha como de izquierda, continúan en sus debates, en sus votaciones, en la aprobación de resoluciones, como si no fuera así. El resultado es que su discurso no se refiere a nada. Es inconsecuente. Las palabras y los términos que utilizan y repiten –como terrorismo, democracia, flexibilidad– se vaciaron de cualquier significado. A lo ancho del mundo sus públicos siguen sus cabezas parlantes cual si atisbaran un interminable ejercicio escolar o una clase donde aprendieran retórica. Pura mierda.
     Otro capítulo de la información con la que nos bombardean se concentra en lo espectacular, en los eventos violentos y chocantes dondequiera que ocurran por el mundo. Asaltos, terremotos, embarcaciones capturadas, insurrecciones, masacres. Una vez mostrados cualquier espectáculo es reemplazado por otro. Casi no existen explicaciones pacientes ni seguimientos. Nos llegan como impactos, no como historias. Son el recordatorio de la impredictibilidad de lo que puede ocurrir. Demuestran los factores de riesgo en la vida.
     Añadamos a esto la práctica lingüística utilizada por los medios en su representación y descripción del mundo. Es muy cercana a la jerga y lógica de los expertos en administración y manejo. Cuantifica todo y casi no hace referencia a la sustancia o a la cualidad. Se ocupa de los porcentajes, de los virajes en las encuestas de opinión, de las cifras del desempleo, las tasas de crecimiento, las crecientes deudas, las estimaciones de dióxido de carbono, etcétera, etcétera. Es una voz que se siente a gusto con los dígitos pero nada tiene que ver con los cuerpos vivos, o con los que sufren. Y no habla ni de remordimientos ni de esperanzas.
     Entonces, lo que se dice públicamente y el modo en que se dice promueven una especie de amnesia cívica e histórica. La experiencia nos es arrebatada. Los horizontes del pasado y el futuro se borronean. Estamos siendo condicionados a vivir en un interminable e incierto presente, reducidos a ser ciudadanos en el Estado del Olvido.
     Mientras, lo que ocurre a nuestro alrededor va de mal en peor. El planeta se sobrecalienta. La riqueza del planeta está siendo concentrada en menos y menos manos, mientras la mayoría está mal alimentada, no encuentra sino comida chatarra o de plano pasa hambre. Más y más millones de personas están siendo forzadas a emigrar con ínfimas posibilidades de sobrevivir. Las condiciones laborales se tornan más y más inhumanas.
     Aquellos que están listos para protestar contra lo que ocurre hoy, o resistir ante esas fuerzas, son legión. Pero los medios políticos para hacerlo son por el momento poco claros o están ausentes. Necesitan tiempo para desarrollarse, así que hay que esperar. Pero cómo esperar en tales circunstancias. Cómo esperar en esta condición de olvido.
     Recordemos que el tiempo, como lo explicaron Einstein y otros físicos, no es lineal sino circular. Nuestras vidas no son puntos en una línea –una línea que hoy es amputada por la voracidad instantánea del orden capitalista global sin precedentes. No somos puntos en una línea, somos los centros de círculos.
     Tales círculos nos rodean con testamentos dirigidos a nosotros por nuestros predecesores desde la Edad de Piedra, y por textos que no se dirigen a nosotros pero que nosotros presenciamos. Son textos de la naturaleza, del universo, y nos recuerdan que la simetría coexiste con el caos, que el ingenio puede burlar las fatalidades, que lo que deseamos nos tranquiliza más que las promesas.
     Entonces, sostenidos por lo que heredamos del pasado y por lo que testimoniamos, tendremos el coraje para resistir y continuar resistiendo en circunstancias aún inimaginables. Aprenderemos a esperar en la solidaridad.
     Y al infinito seguiremos valorando que juremos y maldigamos en todas las lenguas que conocemos.



De: Confabulations, 2016. Traducción de Ramón Vera Herrera. Hay edición argentina: Confabulaciones, Interzona, 2017. Traducción: Marcos Mayer.

John Peter Berger (Londres, Inglaterra, 5 de noviembre de 1926 – Antony, Francia, 2 de enero de 2017). Foto: Jmp

miércoles, 2 de agosto de 2017

John Berger, El viento se levantó en la noche, y lejos llevó nuestros planes



DIEZ COMUNICADOS ACERCA DE LA ENTEREZA ANTE LOS MUROS
(octubre de 2004)

1
     Dice un proverbio chino: “El viento se levantó en la noche, y lejos llevó nuestros planes”.

2
     Los pobres no tienen residencia. Tienen hogares porque recuerdan a las madres o a los abuelos o a la tía que los crió. Una residencia es una fortaleza, no un relato; mantiene a los salvajes a raya. Una residencia requiere muros. Casi todos los pobres sueñan con una pequeña residencia. Es como soñar un descanso. No importa cuán enorme sea la congestión, los pobres viven en lo abierto donde improvisan lugares para sí mismos, no residencias. Estos lugares son tan protagonistas como sus ocupantes; tienen vidas propias que vivir y no esperan, como las residencias, la llegada de otros. Los pobres viven con el viento, con la humedad, con el volátil polvo, con el silencio y el ruido intolerable (a veces con ambos: sí, eso es posible), con hormigas, con animales grandes, con olores que vienen de la tierra, con ratas, humo, lluvia, vibraciones de otras partes, rumores; con la caída de la noche, y unos con otros. Entre los habitantes y estas presencias no hay líneas divisorias claras. Confundidos inextricablemente, juntos forman la vida del lugar.
     “Caía el crepúsculo; el cielo envuelto en una fresca niebla gris empezaba a cerrarse en lo oscuro; y el viento, después de pasar el día haciendo crujir el rastrojo y los arbustos desnudos, muertos en preparación del invierno, ahora se posaba en las partes bajas, quietas, de la tierra…”.
     Colectivamente, los pobres son inasibles. No sólo son la mayoría del planeta, están por donde quiera y el suceso más diminuto habla de ellos. Es por esto que la actividad esencial de los ricos de hoy es construir muros -paredes de concreto, vigilancia electrónica, barreras de misiles, campos minados, controles fronterizos y opacas pantallas mediáticas.

3
     En la vida de los pobres casi todo son penurias, interrumpidas por momentos de iluminación. Cada vida tiene su propia propensión a iluminarse y no hay dos iguales. (El conformismo es un hábito que cultivan los acomodados.) Los momentos de iluminación arriban por medio de la ternura y el amor -el consuelo de ser reconocidos, necesitados y abrazados por ser lo que repentinamente uno es. A otros momentos los ilumina la intuición, pese a todo, de que la especie humana sirve para algo.
     “Nazar, dime cualquier cosa -algo que sea más importante que lo demás".
     Aidym bajó el tamaño de la mecha en la lámpara para usar menos parafina. Comprendió que, ya que en la vida había algo más importante que lo demás, era esencial cuidar de todos los bienes que existieran.
     ''No conozco eso que realmente importa, Aidym", dijo Chagataev. ''No lo he pensado, nunca tengo tiempo. Pero si ambos nacimos, debe haber algo en nosotros que de verdad importa."
     Aidym coincidió: ''Es poco lo que importa... y mucho que no".
     Aidym preparó la cena. Sacó pan plano de un costal, lo embarró con manteca de cordero y lo partió a la mitad. Le dio a Chagataev la mitad más grande y se quedó con la chica. En silencio masticaron su comida a la débil luz de la lámpara. En el Ust-Yurt y en el desierto, todo estaba quieto, incierto y oscuro.”

4
     En las vidas donde casi todo son penurias penetra de tiempo en tiempo la desesperanza. Esta es la emoción que acomete tras sentir una traición: al derrumbarse la posibilidad erguida contra toda probabilidad (algo todavía lejos de ser una promesa) la desesperanza inunda el espacio del alma que antes ocupaba el confiar. La desesperanza nada tiene que ver con el nihilismo.
     En su sentido contemporáneo, el nihilismo es negarse a creer en cualquier escala de prioridades más allá de la búsqueda de ganancias; es considerar que ésta es el fin último de toda actividad social, de tal modo que, precisamente: todo tiene precio. El nihilismo es la forma más actual de la cobardía humana, la resignación ante el alegato de que el precio lo es todo. No es frecuente que los pobres sucumban ante esta cobardía.
     “Comenzó a compadecer su cuerpo y sus huesos; su madre los había juntado para él a partir de la pobreza de su propia carne -no por amor o pasión, tampoco por placer, sino a causa de las más cotidianas necesidades. Se sintió como si le perteneciera a otros, como si fuera la última posesión de aquellos que no tenían ninguna. Sintió estar a punto de ser despilfarrado sin propósito, y lo acometió la más grande y vital furia de su vida.”
     Una nota explicando estas citas. Provienen de los relatos del gran escritor ruso Andréi Platónov (1899-1951), quien escribió acerca de la pobreza durante la guerra civil y luego durante la colectivización forzada de la agricultura soviética a principios de los años 30. Lo que hizo de esta pobreza algo diferente de las anteriores, fue que su desolación traía consigo muchas esperanzas rotas. Era una pobreza que rodaba por el suelo extenuada, se levantaba, se tambaleaba, proseguía por entre los fragmentos de las promesas traicionadas y las palabras aplastadas. Platónov usó con frecuencia el término dushevny bednyak que significa, literalmente, pobres almas: aquellos a quienes les habían arrancado todo, de tal suerte que era inmenso su vacío interior. En esa inmensidad sólo quedaba su alma -es decir su capacidad de sentir y aguantar. Pero sin sumarle penurias a lo vivido, los textos de Platonov salvaban algo. ''De nuestra fealdad surgirá el corazón del mundo", escribió a principios de los años veinte. Los textos de Platónov salvaban algo sin sumarle penurias a lo vivido.
     El mundo de hoy sufre otra forma moderna de la pobreza. No es necesario citar datos. Se conocen ampliamente y repetirlos una vez más sólo levanta otro muro, de estadísticas. Más de la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares diarios. Las culturas locales, con sus remedios -físicos y espirituales- para algunas de las aflicciones de la vida, son sistemáticamente destruidas y atacadas. La nueva tecnología y los medios de comunicación, la economía de libre mercado, la abundancia productiva, la democracia parlamentaria, no están cumpliendo, por lo menos en lo concerniente a los pobres, con ninguna de sus promesas, más allá del suministro de ciertos bienes de consumo baratos, que los pobres pueden comprar cuando roban.
     Platónov entendió la pobreza moderna más profundamente que ningún narrador con quien me haya topado.

5
     El secreto del impulso narrativo de los pobres yace en la convicción de que contar historias permite que se escuchen en algún otro lugar donde alguien, o tal vez una legión de personas, entiendan mejor que el narrador o los protagonistas lo que la vida significa. Los poderosos no pueden contar historias: un alarde es lo opuesto a un relato. Cualquier historia, por afable que sea, tiene que ser valiente, y los poderosos de hoy viven con nerviosismo.
     Una narración remite la vida a un juez alternativo o más concluyente, que está lejos. Tal vez ese juez se sitúe en el futuro, o en un pasado pendiente, o quizá en otro lugar, tras de la loma, donde el sino del día cambió (los pobres tienen que referirse con frecuencia a la buena o mala suerte) y donde los últimos son ya los primeros.
     El tiempo de los relatos (el tiempo dentro de la narración) no es lineal. Los vivos y los muertos se reúnen como oyentes y jueces dentro de este tiempo: mientras más hagan sentir su presencia ahí, lo narrado se vuelve más íntimo para quien escucha. Los relatos son una manera de compartir la convicción de que la justicia es inminente. Apelando a tal convicción, los niños, las mujeres y los hombres lucharán con ferocidad sorprendente llegado el momento. Es por eso que los tiranos temen el acto de narrar: de alguna manera, todas las historias aluden a la historia de su caída.
     “Adondequiera que iba, bastaba que prometiera contar alguna historia, y la gente le permitía quedarse por la noche: un relato es más fuerte que un zar. Pero ocurría algo: si comenzaba a contar historias antes de la cena, nadie sentía hambre y no le daban de comer. Por eso, primero que nada, el viejo soldado pedía un tazón de sopa.”

6
     Las peores crueldades de la vida son sus injusticias asesinas. Casi todas las promesas están rotas. La aceptación que muestran los pobres ante la adversidad no es ni pasiva ni resignada. Es una aceptación que atisba tras la adversidad y descubre algo innombrable. No es una promesa, porque (casi todas) las promesas se rompen; es más bien una especie de corchete, de paréntesis en el flujo irremisible de la historia. La suma total de estos paréntesis es la eternidad.
     Esto puede plantearse desde otro lado: en esta tierra no existe la felicidad sin anhelo de justicia.
     La felicidad no es una búsqueda, uno se topa con ella, es un encuentro. Casi todos los encuentros, sin embargo, tienen una secuela; ésta es su promesa. El encuentro con la felicidad no tiene secuela. Todo está ahí, al instante. La felicidad perfora las penurias.
     “Pensábamos que no había nada más en este mundo, que todo había desaparecido hace mucho. Y si fuéramos los últimos, ¿para qué seguir viviendo?
     Fuimos a ver, dijo Allah. ¿Había alguna otra persona por ahí? Queríamos saber.
     Chagataev los comprendió y preguntó si esto significaba que estaban convencidos de la vida y que ya no insistirían en morir.
     Morirse no tiene caso, dijo Cherkezov. Morir una vez, bueno, puede uno pensar que es útil y necesario. Pero morir sólo una vez no te hace entender tu propia felicidad -y nadie tiene la oportunidad de morir dos veces. Así que morir no te lleva a ningún lado.”

7
     “Mientras los ricos bebían té y comían cordero, los pobres estaban a la espera de algún calorcito, y de que las plantas crecieran.
     La diferencia entre las estaciones del año, la diferencia entre el día y la noche, el sol y la lluvia, son vitales. Es turbulento el flujo del tiempo. La turbulencia hace que los tiempos de vida se acorten -de hecho y subjetivamente. La duración es breve. Nada se prolonga. Esto es una plegaria, pero también un lamento.
     La madre lamentaba haber muerto y haber forzado a sus hijos a llorar por ella; si hubiera podido, habría seguido viviendo por siempre para que nadie sufriera por su causa, para que nadie desgastara, por su culpa, el corazón y el cuerpo que ella les diera al nacer... pero la madre no había podido aguantar la vida por mucho tiempo.”
     La muerte ocurre cuando la vida no tiene ya un solo jirón que defender.

8
     “…era como si estuviera sola en el mundo, liberada de la felicidad y el sufrimiento, y quiso bailar un poco, de inmediato, y oír música, y tomarse de la mano con otras personas...”.
     Los pobres están acostumbrados a vivir en proximidad cercana unos con otros, y esto crea su propio sentido espacial; el espacio no es tanto un vacío sino un intercambio. Cuando la gente vive apiñada, cualquier acción que alguien emprenda tiene repercusiones sobre los demás. Repercusiones físicas inmediatas. Todos los niños aprenden esto.
     Hay entonces una incesante negociación espacial que puede ser cruel o considerada, conciliadora o dominante, espontánea o calculada, pero que reconoce que un intercambio no es algo abstracto sino un acomodo físico. Sus elaborados signos o gestos de lenguaje son una expresión de ese compartir físico. Fuera de los muros colaborar es tan natural como luchar; las bribonadas son frecuentes, pero la intriga, que implica tomar distancia, es algo raro.
     La palabra privado tiene una resonancia totalmente diferente de ambos lados del muro. De un lado denota propiedad; del otro, reconocer la necesidad temporal de alguien, de que lo dejen a solas por un rato. Dentro de los muros todo sitio es rentable -cada metro cuadrado cuenta. Fuera, como todo lugar corre el riesgo de volverse ruina, vale cualquier rincón de refugio.
     El espacio de las opciones es también limitado. Los pobres escogen tanto como los ricos, tal vez más porque cada decisión es más tajante. No existen catálogos de colores que ofrezcan alternativas entre 170 matices diferentes. La opción está cerrada entre esto o aquello. Con frecuencia esto se hace vehementemente, porque entraña la negación de lo que no se escogió. Cada decisión es muy cercana al sacrificio. Y la suma de decisiones es el destino de una persona.

9
     De aquel lado de los muros no se otorgan seguros, no se dan garantías, sin desarrollo (la palabra se escribe con D mayúscula, como artículo de fe, muros adentro) no hay seguridad. No existe un futuro abierto ni asegurado. El futuro no se aguarda. Y no obstante, hay continuidad; cada generación se vincula con otra. Es por eso que hay un respeto hacia la edad de las personas, pues los viejos son la prueba de esta continuidad -o incluso la demostración de que hubo un tiempo, hace mucho, en que existía el futuro. Los niños son el futuro. El futuro es la lucha incesante por ver que tengan suficiente para comer y la posibilidad azarosa de aprender, con la educación, algo que los padres nunca aprendieron.
     “Cuando terminaron de hablar, extendieron sus brazos mutuamente. Quisieron ser felices de inmediato, ahora, sin esperar a que su futuro y celoso trabajo les trajera una felicidad general o personal. El corazón no admite demoras, enferma, como si no fuera posible creer en nada.”
     Aquí, el único regalo del futuro es el deseo. El futuro induce el brote del deseo en sí mismo. Los jóvenes son más flagrantes en su juventud que dentro de los muros. Este regalo es como un don de la naturaleza en toda su urgencia y suprema reafirmación. Las leyes de la comunidad y de lo religioso siguen vigentes. De hecho, en medio del caos, más aparente que real, estas leyes se vuelven reales. Y con todo, el silencioso deseo de procreación es incontrovertible y avasallador. Es el mismo deseo que buscará comida para los niños y luego buscará, tarde o temprano (mientras más pronto, menor) el consuelo de fornicar de nuevo. Este es el regalo del futuro.

10
     Las multitudes tienen respuestas a preguntas que nadie ha formulado aún, y la capacidad de sobrevivir a los muros.
     Las preguntas aún no se han planteado porque hacerlo requiere palabras y conceptos que resuenen con la verdad, y los que se utilizan actualmente han quedado vacíos: Democracia, Libertad, Productividad, etcétera.
     Con nuevos conceptos pronto se propondrán las preguntas, porque la historia entraña precisamente un proceso de cuestionamiento. ¿Pronto? En el lapso de una generación.
     Entretanto, las respuestas abundan en los múltiples ingenios de las multitudes para ir tirando, en su rechazo a las fronteras, en su búsqueda de agujeros en los muros, en su adoración por los niños, en su premura cuando es necesario ser mártires, en su creencia de una continuidad, en su reconocimiento recurrente de que los dones de la vida son pequeños y no tienen precio.
     Esta noche, sigan con un dedo la línea de su pelo (de ella, o de él) antes de dormir.


En: Con la esperanza entre los dientes, Alfaguara, 2011. Traducción de Ramón Vera Herrera. Todo lo encomillado es de Soul, y otros textos de Andréi Platónov.
John Berger (Londres, Inglaterra,  5 de noviembre de1926 – París, Francia, 2 de enero de 2017). Foto: Jmp