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martes, 8 de mayo de 2018

Alfonso Sola González, Solo, lejos, en otra noche estoy



POEMA

Y yo no podría decir que aquello fuera así
o tal vez como un sueño,
como una vieja melodía junto al fuego apagado
que alguien recuerda antes de partir.
Pero vi que mi mano caía sobre el rostro de los hombres
y ya no relucía su rubí codicioso
ni era mi mano aquella, sino el miedo
de otros dedos manchados que no eran los míos
y me acercaban otras manos que tampoco
conocían las gracias de la vida.
Y todo se movía o creía estar en un camino hacia los ángeles
y con temor amoroso de las jerarquías, ascendían
todos, despacio.

Sí, ellos también. Todo, todo se movía dichosamente.
Todo quiso decir: el hermano
y el amigo con su viejo sombrero de tiempo
y la casa con el pequeño llamador de hierro,
dulce para el perdido en la noche
entre las estrellas del jardín.

Y era saber cómo se enciende el fuego,
cómo se abre la puerta para el que sólo trae
lentas arcas de olvido.
Y era decir: Tú y yo, caminando por los viejos mercados,
junto a las bestias sacrificadas y los frutos que arden
entre los pobres y los ricos
y la hermosa moneda de impiedad que los separa.

Y todo quería decir ofrecerme a esta vida
que me ha dado estos ojos con que muero y te miro,
y herirte si descanso
con la resplandeciente mordedura del hombre
perdido, repartido bajo nubes feroces.

Y sin embargo ascendía entre infiernos, cantando.


ATAÚD PARA EL CONDE ORGAZ

Ya suenan los tambores enlutados.
Saldré a la calle
para que venga el animal de hierro y terciopelo.
Yo tengo el agua,
sólo yo tengo el agua
para que beban sus enormes fauces
donde crecen los árboles y el viento
que es la noche.

Saldré a la calle con las antorchas
del advenimiento. Lameré el fuego.
Tres veces haré la señal y tres veces
redoblarán los parches de tiniebla
para que cante el pájaro de plata.

Sólo yo tengo el agua
y la flor del rey.

Ya suenan los tambores y los huesos
floridos de la luna.
Saldré a la calle con los perros,
con las guirnaldas de empapado raso
en las sienes bordadas con espejos.
Caminaré hacia atrás teniendo entre los dientes
el bello aro de alambre.
Caminaré hacia atrás
hasta que mis espaldas
se hundan en las paredes del palacio
hasta que mis cabellos penetren en la piedra
y el aro ruede, inmortal, por la calle ruinosa.
Mis ojos
quedarán engarzados en las piedras del castillo,
dos veces y abiertos
y roerán los perros el hierro de la noche
con sus dientes partidos como estrellas.
Este es mi ataúd, mi bello jardín enjoyado.


CANTOS A LA NOCHE

I

Erraba yo por la ciudad oscura,
por calles y por rostros caídos a esa sombra
desde la vida o desde las estrellas;
erraba, viejo soñador, castigado
por la belleza que el amor del hombre no alcanza a conocer
y sabiendo
que el ensueño es vano y alejado como una música
detrás de una puerta que nadie abrirá nunca;
sabiendo
que antes que yo y los sueños de mi vida
rieron las hermosas muchachas
y por entonces amaron
y cantaba el ruiseñor y yo no era el amante;
sabiendo
que cuando yo no esté
otros muchachos buscarán mi rostro en el río de los sueño,
que Eurídice volverá de otros infiernos
con los ojos cubiertos por las aguas y la sombra
para escuchar la vieja melodía de Orfeo
y yo no seré nadie en esa música;
sabiendo
que amar es estar perdido
siempre, siempre, siempre desterrado
en un lento palacio.

Y así erraba yo y alcé los ojos, ¡noche!
para mirar tu gran viento quemado,
oh noche, madre inmensa
tendida en los callados arenales de ébano,
y sentí que la tristeza de amar en este mundo
sólo una fuente,
sólo el canto de un pájaro, sólo una gota de sangre,
no descendía de tu imperio ni de tu gran piedad
sino que aquí crecía,
en el jardín terrestre
donde los hombres y la luz combaten
entre ramas de mármol y pantanos.

Y así pensé en los dioses
que tú nutriste con tus ubres consteladas,
desdichadas criaturas hermosas en su fuego de piedra,
con sus coronas de carbón celeste,
con sus cabelleras de agua dulcemente tejida
para las abejas enloquecidas de amor;
pensé en los dioses de vellosos ijares ardientes
prisioneros de una garza del aire,
de una mejilla pastoral;
los bellos dioses que resplandecieron en la vastedad
y en la arena que flota sobre el mar, y en el viento
que sopla en los cóncavos espacios;
los dioses anteriores
que crearon la alabanza y la tragedia 
y los himnos que azotan la tierra y la devastan
con sus carros de hierro.
Pensé en los dioses hijos de tu amor, oh noche,
de tus majestuosos racimos genitales.
Pensé en los dioses
y no pude llorar por su insigne desgracia.
Perdidos en tu reino
se extinguieron como leños sagrados,
como ricas cenizas en el vasto
calor de la rosa lejana.

Pero nosotros,
pálidas criaturas,
pájaros de pelo delgado y frío,
animales de fina calavera,
delicada como pétalos de nácar;
nosotros,
herederos de la gran soledad, escombros del espacio
enterrado en tu gran vientre solemne,
nosotros, soñadores, hijos de la mujer,
engendrados en su luna caída,
nutrimos nuestros sueños con infieles palabras
que el diluvio arrastró como un bosque de arpas
y quisimos poblar la antigua soledad donde arde 
la médula brillante del vacío
donde alimentas, ¡vieja loba nevada!
la vasta creación.


II

En el mes de septiembre el hemisferio austral
ve llegar la engañosa primavera
con su espejo de almendra.
(¡Ofelia, Ofelia, olvida tu canción!).
Cantando nos perdemos en la oscura ciudad
entre los hombres y las muchachas
renacidos en el brillante pavor de sus cálidos cuerpos,
y los amantes queman la rosa del amor
junto al mar que golpea sus sienes inocentes.

(En Dakar es de noche.
Caminamos por la pista del aeropuerto,
viajeros hacia París o Londres,
indiferentes, sensatos, silenciosos
junto al ángel de plata que ha cruzado el mar.
Negros insomnes tallados como ídolos
en el azúcar caliente de la noche.
Solo. Cambiando dinero en el bar de otro continente,
sin preguntar por ti. Lejos
de nuestros países agrupados
en torno de las frutas.
Solo en la noche tórrida de espumas calcinadas
solo, como el nácar celeste de una vena
quemada por el aliento de ángeles impuros.
Solo en la noche de Dakar,
perdido en el plumaje de un pájaro de llama negra,
en la voz de los viajeros desconocidos,
en el ruido del mar que se levanta resonando
como un trueno de luto.
Solo, lejos de ti,
lejos de las maderas unidas de nuestra casa,
de una pesada pluma de piedra junto al cielo en Mendoza.
Solo, lejos,
en otra noche estoy).

En el mes de septiembre en nuestras tierras del oeste
reverdecen las viñas
y vienen desde lejos apasionadas noches
en los carros espumosos del agua.

Tú cantas y te pierdes en la oscura ciudad,
sonriendo, mi amor,
sollozando, mi amor,
y buscas el jardín adorado que cuelga
de las llaves del cielo.
El racimo solar cae sobre estos montes
y te golpea el pecho con su piedra de miel.
Como desde lo hondo de un rostro
sepultado en arcones de polvo
has contemplado el sueño vano de la juventud.

Ahora ya es de noche y duermen los amantes
eternamente separados
en cada sueño,
en cada
latido que gotea una arena distinta.
El desvelado, ausente de un reino,
de una ciénaga de rosas
regresa a la ciudad cuando desciende
sobre la inmensa sombra
la lanza solitaria de la luna. 




 
Los dos primeros poemas en Antología de la poesía argentina. Selección e introducción de Raúl Gustavo Aguirre, Tomo 1, 1604 – 1918, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1979 (de Cantos a la noche, 1963). Los dos últimos poemas en Antología de la poesía argentina contemporánea, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto,  Buenos Aires, 1964 (de Cantos a la noche, 1963). Foto: Jmp
Alfonso Sola González (Entre Ríos, 1917 – Mendoza, 1975). 

domingo, 6 de mayo de 2018

Alfonso Sola González, Un pájaro duerme sobre la gran ceniza del mar



EL SOÑADOR

Errante, más allá de las fronteras
que los jardines ponen al olvido;
más allá de los mares que embellecen
las delicadas orlas de la muerte,
el soñador, el huésped del delirio
bebe su lenta luna envenenada.

Coronados los ojos por la noche
labrada como un himno;
laceradas las sienes por la música
que las piedras arrancan del amor,
el soñador contempla la batalla,
el polvo azul de las espadas
cubriendo la memoria y los palacios.

Su canto más antiguo que estas piedras
pulidas por la muerte;
más hondos que estas pálidas cisternas
donde el olvido entierra sus estatuas;
su canto circular como la noche,
como el cuervo lunar,
regresa a las terrazas donde brillan
los pórfidos del viejo paraíso.

Retorna como un río
largamente quejoso de la dicha,
murmurando en la luz apasionada
de una ribera portentosa
donde las ruinas del amor levantan
sus ónices cubiertos por la hiedra del sueño
y las batallas.

Retorna como el paso
de un gran mendigo pródigo
viajero en la carreta morada del otoño
que trae la melodía de otra fiesta.

Con los ojos quemados por el polvo nocturno,
por la celeste sal de las estrellas,
el soñador contempla el luminoso
ciervo del cielo y en sus párpados
una herrumbre de plata se endurece.

El soñador descifra el bello rostro
de la amada dormida bajo el alucinado hierro azul de la luna
y el ruiseñor del mundo
mueve una fuente oscura y un granado.

Más allá del desierto que devora
las lámparas y el rostro de los sueños;
más allá de los muros que levantan
la cal y la saliva de la muerte;
más allá de las rocas donde embisten
con sus hocicos de espumosa hiedra
los caballos del mar, donde se hunde
el trono majestuoso de la noche,
alguien sueña
y la antigua nostalgia de un granado
llena de ruiseñor le quema el pecho,
para que el ruido oscuro de una rosa
ate un río de pájaros al mundo
y una perdida música
cruzando el paraíso
que el mar arrasó con luz pesada,
descifre otro jardín, otro relámpago.

La corona desciende
como un imperio calcinado y bello
sobre la cabellera del que duerme
y la quemada piedra de la noche
vuelca sobre su río iluminado
una copa de brasas amarillas.


PARA UNA TUMBA DE FRANCISCO DE QUEVEDO

Este tambor, oh muerte, esta esmeralda oscura
quemándose en el polvo
terrenal,
insignias son de un reino.

Y si no es el gran resplandor del ángel
y si la codiciada arena
el espejo que brilla
sobre el pecho de un hombre
devastado por las rosas, por la memoria
de la tierra,
alguien sabrá decir el honor de ese día;
la palidez de tus venas en la postrera sombre.

Amor, tú que quemaste el palacio y la hiedra,
que derramaste su médula de plata en el olvido;
tú que elegiste delicadamente
la niebla matinal de los amantes,
los abanicos de la tarde, el tiempo;
amor, amor tú que dormiste
en sus sagradas sienes
como un pájaro duerme sobre la gran ceniza del mar;

amor, amor,
escucha el tambor y el arpa del día
cayendo
sobre el polvo.


POR LOS QUE EN LA NOCHE ESPERAN…

Por los que en la noche esperan en las terminales
el ómnibus que no saldrá nunca,
por los que duermen en las Salas de Espera
de las Terminales abrazados a sus muletas,
por el amante que se va en el de las 2.05,
por el amante que se queda,
por el que golpea en la puerta del bar
y el bar está cerrado,
por los que no pueden pagar un taxi
y caminan bajo las estrellas hasta el amanecer,
te pedimos, oh Sol, padre de las diligencias
que parten al alba,
que no salgas nunca más.


MÚSICA ENTRE PÉRGOLAS

¿Qué son las pérgolas esdrújulas?
¿Jardines sin señoras, avellanas
en la mano de los pobres,
o sombreros flotando en un río de aire?
¿O solamente eso, las palabras, las pérgolas?


LOS COMPLOTADOS

No hablaron por teléfono, no dejaron la urna en la ventana,
sólo un dedal calzaba el dedo al inocente.
Ahora duermen un poco más abajo.
Sobre ellos caminan
las señoras, los jueces
y el luto y la copa de flores.
Ellos abajo con tierra entre los dientes
discuten en los pasillos del motín,
la explosión grande,
la lepra clara sobre el mundo.


HIJOS DEL PUEBLO 
(Fragmento)

Tal vez nos pongamos de acuerdo
Si usted conoce algo eternamente calcinado,
Algo de Gog y Magog,
Algo del trono sepultado en el fondo del mar,
Si usted cree, como yo, que la poesía ha muerto
(rajá, turrito, rajá)
En la mierda sagrada de los citaristas.
Si usted cree que arremangándose y llorando
Puede aún rescatar en los pantanos de la belleza
Los huesos adorables de un soneto
Y con ellos levantar una casa escondida,
Un quilombo fantástico de ángeles.
Si usted cree, yo creo.
Y eso sí, compañero, hay que pisar las flores
Y sacarse la cera de Ulises, el de sucias orejas;
Porque ya las sirenas duermen en los castillos de los ojos del mar
Y el canto es, ahora, el aullido sin tregua de los hijos del pueblo.





 
Los dos primeros poemas en 40 años de poesía argentina, Tomo segundo 1930/1950, Editorial Aldaba, Buenos Aires, pie de imprenta 10 de mayo de 1963. (“El soñador” de Tres poemas, 1958; “Para una tumba de Francisco de Quevedo”, de revista Azor, Mendoza, 1961). Los cuatro poemas restantes, no fechados e inéditos, en Radar Libros, Página / 12, domingo 15 de mayo de 2016. Fotos: Jmp y Página/12. Años 40, posiblemente en casa de Oliverio Girondo. Primero de fila de arriba, poeta no identificado. Sentado en el brazo del sillón, J. R. Wilcock. Arriba de izquierda a derecha: Miguel Domingo Etchebarne, a su lado José María Castiñeira de Dios y José María Fernández Unsain. Abajo de izquierda a derecha: Alfonso Sola González, César Fernández Moreno, su pareja y Alberto Ponce de León.
Alfonso Sola González (Entre Ríos, 1917 – Mendoza, 1975).