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miércoles, 29 de octubre de 2014

Glauce Baldovin, Sólo quedan dos caminos


LA PALABRA


Amar la palabra, adentrarse en ella
buscar su origen
su único o mil significados.
Su refulgencia.
Convertirla en la herramienta de un oficio;
en la columna vertebran de la vida
–nardo espejo cráter travesía
pantera candado llave cántaro navío
cifra cóndor otoño abismo.

Es entonces la magia la propia sangre tras innumerables velos
un escudo la hoz la cruz la máscara.
Jaula.
Cárcel.
Muro.
Laberinto.
Aquel viejo amor, aquel oficio
se transforma en juego en traición en trampa.

Sólo quedan dos caminos:
el veneno o retornar.
Al comienzo de la espiral.
A la palabra exacta.


En: “Promesa postergada / Huésped en el laberinto”, Argos, 2009.
Glauce Baldovin (Río Cuarto, Córdoba, 1928-1995).

Foto: GB s/r

jueves, 3 de diciembre de 2009

Glauce Baldovin (1928-1995) – La herramienta y otros poemas


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EL FUEGO

I

Soy la Señora del fuego. Regreso de los infiernos donde fui a
apagar la sed que el agua no apagara.
Señora de todos los ardimientos, las fogatas, los incendios
aquí estoy, abrasada mi piel y mi carne: sólo huesos.
Ya que clavada como pira entre las llamas ellas creyeron
devastarme
más sólo transformaron en cenizas mis ramas, mi tronco, y sus
capas protectoras. Hasta mis raíces. Hasta mi albur.
Pero les arranqué el secreto y conservo intacta mi cofia, la protejo
en mis puños para que conserve el calor hasta encontrar tierra
propicia y enterrarla otra vez. Como fue al principio
Prometeo, prendido a mi esternón, así me lo exige. Y yo soy su
sacerdotisa.


El secreto del fuego es el secreto de la humanidad, el de la tierra,
las aguas, los astros.
Es mi secreto. Y he de llevarlo conmigo como bruja que sola fuera
aprendiendo hechizo tras hechizo.
La maga, la yatiri.
Y tendré que cuidarme de las conjuras de aquellos que creen en la
pureza y tienen enmohecido el cerebro y el corazón.
Ya que soy la más pura entre todos los seres pues Él ardió mi
cuerpo pero también ardió mis pecados y mis inhibiciones.

De: “Poemas”

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LA VIDA

No es una espiral. Es un círculo.
Cerrado y perfecto.
Fundamentales problemas matemáticos
podrían resolverse con su diámetro
sus coronas
sus trapecios.
Llegaría a saberse si realmente existe vida en
Júpiter
se curaría el cáncer
se daría al zodíaco un lugar prominente.


Pero este es mi círculo.
Cerrado y sin perspectivas.
Lo cuelgo en una cadena alrededor del cuello
y me golpea acompasadamente el corazón.

De: “Poemas crueles”

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LA HERRAMIENTA

Esta hoja de lirio como un bisturí por la escarcha
esta tijera cuyos ojos miran un tiempo sin espacio
-donde todo es fin todo comienzo-
esta laminilla de bronce labrada en arabescos. Afilada. Afilada.
O esta cuchillita de cabo tachonado por un solo clavo
me caben en la mano
y pueden, con dulzura, atravesarme la garganta.

De: “El rostro en la mano”

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SATANÁS

Quién dijo Demonio que sólo hay siete infiernos?
Son setenta y nueve y después la nada. El silencio donde te meces paciente como un suave gato suave
como las cenizas como la garúa
y sueñas con ser ángel de alas celestes.
Oh, tus locos desvaríos, Diablo! Conminado a vivir en el fuego, a ser la primera imagen del terror y el miedo.
Nadie sabe tu amor por las verbenas los trenes los barcos los corderos
y un alfeñique rosa para tenerlo en la boca mientras sueñas con la lluvia.
Amador de las aguas: tempestades, ríos, rocío. Océanos que por siempre te serán negados
arroyos que la lluvia forma contra las aceras. Tú, que quisieras jugar con naos de papel de seda; mandar con ellas enigmáticos secretos.


Oh, Diablo, oh, Demonio, oh, Satanás!
Qué remanso habrá en mi sangre para que puedas apacentar dulces hierbas, para que goces el ocio y la creación devenga.
-Tanto es tu trabajo con la horquilla siempre a cuestas!-
Ven a jugar conmigo esos juegos tuyos increíblemente absurdos.
Genio de lo diferente, último romántico, transgredamos juntos esta sociedad hipócrita de indiferentes, criminales, tecnócratas.

De: “La promesa”

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IX

Ordeno los libros me detengo en cada uno lo apretujo
Homero Teócrito San Juan Manrique
Whitman Brecht Rilke Perse
El Popol Vuh Galeano Carpentier
Rulfo Poe Hesse Borges Vallejo.
Que por ósmosis me vayan penetrando.

La Soledad acaricia un sobre saca el papel.
Mientras lee solloza hunde la cabeza en las manos.
Me asomo por sobre su hombro:
es una carta de nuestro hijo secuestrado
fecha abril del setenticinco en las Cataratas
donde me dice
“aquí todo es luz verdor quisiera ser una pantera alada”.

La Magia revuelve hurga en los cajones.
Artera imperativa
pone en mis manos el documento de la Teología de la Liberación
que tanto nos lacera.
Tanta luz dice la Soledad encendiera en estas horas aciagas.

Con su dedo verde nervado la Magia señala un párrafo.
¡Oh pérfida maldita bruja amada!
Comprendo su mensaje.
Llevarlo a la poesía hacerlo de todos salvarnos.
Solidariamente salvarnos.

De: “Nuestra casa en el tercer mundo”

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Selección de textos: Concepción Bertone.
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martes, 1 de diciembre de 2009

Glauce Baldovin o “La señora del fuego”


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GLAUCE BALDOVIN O “LA SEÑORA DEL FUEGO”

Por Julio Castellanos

Glauce Baldovin (1928-1995) es una de las figuras mayores de la poesía de Córdoba. Aunque de concepción inequívocamente “sesen(seten)tista”, su primera publicación es “Poemas”, de 1987, que incluye el conmovedor “Libro de Lucía”, el que con su posterior “Libro de la soledad” (1989) señala uno de los momentos realmente ponderables de la poesía argentina.

Su estética incorpora el poema al curso de lo narrativo: son sus trabajos verdaderas historias (es decir ficciones verosímiles, un poco al estilo del Edgar Lee Master de la Antología de Spoon River). Por lo general, sus libros toman un tema que es paulatinamente desarrollado con un alto contenido de lirismo. Por otra parte, la poeta se concede el derecho a articular enunciados de carácter ideológico o político (al modo de la llamada poesía comprometida) sin permitirse que mácula alguna atente contra la belleza formal del poema.

De su obra, en gran parte aún inédita, se han publicado, desde 1987 a la actualidad, los libros “Poemas” (Libro de Lucía, El fuego, El combatiente); “Libro de la soledad”; “De los poetas”; “Libro del amor”; “Con los gatos el silencio”; “Libro de la soledad” - “Nuestra casa en el Tercer Mundo”; “Poemas crueles” (De la violencia, el terror y el despojo y El ángel aherrojado); “Libro de María” – “Libro de Isidro”; “Yo Seclaud”; “El rostro en la mano”; “Promesa postergada” y “Huésped en el laberinto”.

Alejada de artificios, su poesía recorre líneas precisas por dos carriles fundamentales: el de un discurso en el que predomina una narración de fuerte pero equilibrado tono emotivo de construcción de la subjetividad y el de un cuerpo que transparenta apelaciones de carácter social. Ambos, el campo de la “poesía pura” y el de la poesía “instrumental”, forman en su corpus una entidad sólida. Cada libro es una obra que se abre y se cierra: la voz poética los estructura con una intención (in-tensión) que desarrolla un asunto siguiendo sus ramificaciones, sus expansiones; creando una arborescencia propia.

(…) pocos, como ella, lograron con economía de recursos o el uso de recursos tan básicos como la comparación o la prosopopeya, una expresión honda, cabal, ajena tanto a la autocomplacencia como a los desbordes; alejada de las identificaciones meramente sensitivas.

Todo esto sin transitar por un camino “cerebral”; sin renunciar a lo más genuino de la emoción poética, de la manifestación de esa poesía que muestra una superficie ensamblada por articulaciones profundas; superficie muchas veces temblorosa que trasluce una voluntad comunicativa, en la que es posible el verse del lector, vuelto amable cómplice.

Acaso por aquello de que la poesía es “expresión de la interioridad”, y que es habitual la confusión de interioridad y biografía, es una fácil tentación apelar a las tribulaciones biográficas de un poeta; el hacer de ese acontecer una suerte de herramienta apta para la “explicación” del poema.

En rigor, el poema sólo debe justificarse por sí mismo. Más aún, pareciera que cuando el texto se separa de su ejecutor adquiere su propia carnadura, su verdadero sentido en el bosque simbólico de lo dicho. Y en este sentido trabaja el tiempo, erosionando el cuerpo del enunciante; facilitando, con esta erosión, la construcción de lo escrito como el único cuerpo posible, el único expuesto; puesto fuera del sí mismo, integrado en el discurso de lo otro.

De todas maneras no resulta, en algunos casos, impertinente alguna mención a ese transcurso que llamamos vida. Más, cuando la palabra escrita resulta una suerte de expulsión, de materialidad emanada en la duración de ese transcurrir: es el caso de Glauce, que supo hacer de su historia (de su vida, de su cuerpo) un texto.

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Fragmento seleccionado por Concepción Bertone de un ensayo sobre “Glauce Baldovin en la poesía de Córdoba”, del poeta Julio Castellanos.
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