Mostrando entradas con la etiqueta Aldo Oliva. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Aldo Oliva. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de octubre de 2013

Aldo Oliva, no son sólo las manos

VIEJA LAVANDO ROPA

a mi madre, i.m.

No son sólo las manos
(la hoja, apenas perfilada,
del plátano, en la fronda,
sería lo mismo)
sino sus idas y venidas
¿a qué?
Camisas y bombachas,
trapos sanitarios, mierda:
¿y qué? Un pífano
podría
arrojar locamente todo
a una tierra elevada,
melódica, de unívoco
limo.
(Ah!, tropos de epifanía!).
"Pour moi, nerveux..." cundo
la destrucción; amo el perfil
evanescente del estruje
ceñido de las telas
miserable en las manos
poderosas oprimen,
exprimen, drenan la muerte.
No la vida, su límite.


La manzana, ya comida
¿paladeada?, muerta
en sangre final, consanguínea
tenacidad del gris.

El dolor
sometido en la obra.



En: “De fascinatione”, Universidad Iberoamercana, Artes de México, 1998,

Aldo Oliva (Rosario, 27 de enero de 1927 – 22de octubre de 2000).

viernes, 23 de octubre de 2009

Aldo Oliva (1927- 2000) – Frente al balcón y otros poemas



ALCOHOL

Pétalos que huyen en el fuego
es la más pura construcción de la noche.
Su sistema progresa en una dolorosa combustión de silencio.
Es lo que va pasando a través de mi cuerpo,
ardiendo lo que me deja solo,
la mano ávida extendida, desdeñada en la sombra,
vibrando entre máquinas consagradas y motivos solemnes.

Sin embargo, los ojos que prevén la razón
de este exilio,
la ira que pasa y retorna, pasa y retorna
vadeando el castigo y es la más pura
construcción de la noche
estallando en la mano extendida como un conocimiento,
los ojos ávidos de la ira,
su punzante síntesis vadeando el castigo,
urden la irremediable destrucción de la noche,
la absoluta extinción de las tumbas vigentes
de tierra inútil
y conciertan las sangres laterales
en la patria de leche endurecida
y el mero sol y un canto.

Los teléfonos definitivos propagan la leyenda.


CAZA MAYOR

La verdad nunca tuve entera fe en los pájaros.
Quedé niño de honda en tensión testimoniando
festivales y duras conjeturas,
asedios, pedradas e iluminaciones
en el berretín de la tiniebla.

Las palabras trocadas, fuego del juego,
su constelación bajo las constelaciones,
voces altivas que confundí con el amor.

No tuve fe en los pájaros.

Antes que la estrategia azul me desolara
gemí muy hondo esquinando en la furia de mis nervios,
bajé al río a beber
maldije la decencia,
sangré tristes criaturas de alcohol irrestañable,
construí un mundo, era de ceniza, contra el poniente lo aventé.

Cada mañana salgo de la tumba y reinicio este canto.

En: “De Facinatione”, 1997


FRENTE AL BALCÓN

¿El alba es el renacimiento o
la promesa del futuro en limo
de tinieblas eternamente en calma,
redimida?

Meramente, una madrugada clara,
me acerqué al magno vidrio del balcón del ámbito
en que se come; donde, profusamente,
se lee, fraternizando se abren las palabras
y, a veces, se escribe.

De ello, nada en mí estaba ausente,
pero ahora estaba solo con sus
cálidas sombras; atento a los regueros
que el frío matinal pudiera
irrigar los cristales.

Fuera, la alborada sutil parecía
implorar urgencia lumínica,
un apremiante prodigio de certeza;

pero no fue de fuera: breves pasos,
como rasando tierra celeste, gráciles
y postreros, acercaron a mi padre a mi lado:
tenue sonrisa, como esbozada por un pincel
matizado en el cromo de la gracia,
me veló, la velada trama sanguinolenta
de sus ojos.
Sólo dijo: “Esa plantita
(que él había hincado
y nutrido)
está oscura,
pero de un rato va a amanecer”.
Ajeno a las metáforas, sólo quiso decir:
“Esa plantita
(ese Jazmín del País)
está oscura,
pero de un rato va a amanecer”.

Yo confirmé, sin hablar, como
ratificando una profecía angélica,
y vi sus ojos plenos de un rojo de amor
y, tal vez, de plácido perdón.

Luego, cayó levemente en mis brazos,
oscilando entre vida y muerte su cuerpo,
ya consagrado por la asunción del Límite.

Así, sin lamento, sin duelo,
sin rencor, sin gritado dolor,
vi, entre las cribas del follaje
próximo al ventanal, hacia el oeste,
resplandecer el oriente de la aurora.
En mi íntimo espejo me vi:
cerniéndome en la ingénita visión,
viví.


“LES SANGLOTS DE LA LYRE”

a Aldo José Beccari

El sumo dolor
puede ser el momento
excelso
de la celebración de la verdad:
la elevación feérica
de la consumación de un canto.
El zumo de la vida
en un sorbo de altura,
que la historia
(y jamás lo sabrás)
le llamará final
de una vana
congregación de instantes.
Esto: simplemente un muerto,
materia indolora,
una subsumida anécdota de sí,
son ablaciones de férvidos
cuerpos de palabras
que, locamente se amaron
y se extinguieron.


MOVIMIENTO

La desobediencia debida

Tal vez algunos, que se decían
solidarios de la Revolución,
marcaron mi ruta, como
un plural designio de este diagrama
de corpúsculos que mi ser asumió.

Así, ¿nada sabían de sus
asechanzas de poder, que, en el vértigo
demencial de mi itinerario,
era un orden y no una orden de
las fantasías del Poder? A eso obedecí.
La Revolución que, algunos pensamos
fundaría una Patria, fue iluminándose
de la furia (a veces tácita) de
tenebrosas contraposiciones.

¿Cuál, de los polos, entonces,
obedecer?
De ahí que la desobediencia,
una vez discernido el sentido
de la lucha,
esté cerniendo la certeza
de la fuerza troncal del sector,
que en múltiple unicidad,
y aún sin saberlo, impulsan los
pueblos.

De ahí: reverdecer o asumir la muerte.
De ahí, la creación de un poema
que lo escriba y lo diga.
De ahí la historia de un poema
sin historia. De ahí la grandeza
de los que abdicaron de la Grandeza.

En: “Ese General Belgrano y otro poemas”, 1999


SIBARITA
(Bar y Restaurant)

Alguien aquí, en secreto,
sueña con la lluvia
que nos ampare en la tibieza a todos.
Quita, tal vez,
su tierno y dulce afán
que solloza en la risa y en la música.
Luis, que quizá alcanzará
un lunes de piedad, un agujero silencioso
en el estruendo de la semana
ahíta, espantosa, pegajosa, incestuosa.
Ricardo,
cuyo silencio
cae o sube o vibra
o es la piedra lanzada
que ocupa las roturas del agua
que tal vez cante.
O Alberto, cuya sangre caerá,
a corto o largo plazo,
gota de cognac en el café,
para probar contra lo que siendo
lo natural __quizás__
daña.
Y yo __y la que vive
en mí__ y todos
en los que existo,
como quien dice,
me zafo sin fin al infinito;
donde alcoholizo y festejo
la piedra y la miel
que nos ahoga
en el giro total
de la borrasca.


En: “Poemas Discontinuos”.
Aldo Oliva, Rosario 1927-2000.

Aldo Oliva - “Un chamuyo misterioso me acorrala el corazón”



¿Los poetas nacen o se hacen?
No sé de ninguno que no haya nacido, pero sí sé
de algunos que nunca morirán.

A. Monterroso


Por Concepción Bertone


Ese verso (Un chamuyo misterioso me acorrala el corazón) del tango de Podestá y Rossi que Gardel estrenó en Montevideo y grabó en París en 1931, que cantaba Rivero y tocaba Piazzolla, es el título de un poema de Aldo Oliva. El disco de pasta gira hasta que se raya en la repetición de ese verso “como aferrao al rencor” de la estría, de la marca que limita un tiempo sin virtualidad, lejano, ajeno a este presente sin ellos. De pronto se fueron yendo uno detrás de otro, con prisa, sin pausa, como apurando el trago amargo de sus ausencias. Quedó la poesía, el eco de sus voces, y el hueco de la nobleza de sus almas, de sus personas colocadas ante sus obras y ante sí mismos. Quedó ese abismo que ellos dejaron, ese vacío inmenso de ética, de vida que avala una estética, de amorosa entrega humana. Quedó esa llama, esa fuente de luz que deseo acercarles, especialmente porque Beatriz Vallejos, Aldo Oliva y Glauce Baldovín, pertenecen a una generación excelsa de la poesía argentina y que por haber nacido y vivido en otras provincias más o menos alejadas de Buenos Aires, no han recibido en vida el reconocimiento que merecían, como tantos otros poetas argentinos. Suele suceder. Pero la poesía es esa vía del medio, esa senda que se encuentra y que se atraviesa sólo por la belleza del camino. Ese camino que lleva hacia el encuentro con una destinación que es el poema. Su música. Destino cimero, si los hay. Nos vemos al final o en el claro del bosque, y si se da, lo volvemos a recorrer juntos envueltos en el perfume de Aromito. Con Rivero o con Gardel, también con Piazzolla, la Negra Sosa, La Cruz del Sur, la Osa, Arturo, el Centauro. A veces el cielo parece quedar más cerca que la tierra. Más cierto. Más pleno.


Aldo Francisco Oliva nació en la ciudad de Rosario el 27 de enero de 1927. A los 18 años, recién recibido de Maestro Normal, consigue un traslado en su trabajo en el correo y se dirige a Buenos Aires, a estudiar Filosofía y letras. Pero el título lo obtiene mucho tiempo después, casi a los 50 años, y en la Universidad Nacional de Rosario, su ciudad natal, donde dictó cátedra hasta el año 2000, año de su fallecimiento (un 22 de octubre). En los `60, ya separado de la escritora argentina Noemí Ulla, dispersa la agrupación política en que militaba después del golpe de Estado de 1966, y comienza a coordinar grupos de estudio sobre la obra de Marx y de Hegel. En 1982 viajó a España de donde regresó muy rápidamente después de probar suerte. En 1986, la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario publica finalmente su primer libro “César en Dyrrachium”, que lo convierte en uno de los grandes poetas argentinos de los años 50, junto con Edgar Bayley, Francisco Madariaga, Hugo Gola y otros, quienes junto con Juan José Saer, fueron sus amigos entrañables.

Bibliografía:
“César en Dyrrachium” (Poesía. Premio Municipal de Poesía “Manuel Musto”), 1986; “De facinatione” (Poesía. Universidad Iberoamericana de México), 1997; “Ese general Belgrano y otros poemas” (Poesía. Editorial Bajo la luna nueva, Buenos Aires), 1999; “Una batalla” (Poesía. Editorial Aldebarán, Rosario), 2000; “Aldo Oliva. Poesía Completa” (Municipalidad de Rosario, Secretaría de Cultura y Educación), 2003; “El fusilamiento de Joaquín Penina” (Investigación del asesinato de Joaquín Penina), Barcelona, 2007.

Aclaración:
Los poemas incluidos es la última sección de “Poesía Completa” de Aldo Oliva como “Poemas discontinuos” fueron editados en el libro “Una Batalla…” en una sección con poemas fechados entre 1978 y 1996, pero luego de su aparición se ajustaron las fechas de algunos y se pudo ver claramente que se trata de un pequeño conjunto de textos desagregados de las ediciones que Oliva revisó. Por ejemplo, el poema “Sibarita (bar y restaurant)”, fechado en “Una Batalla…” en 1978, según un amigo del poeta _Luis Ortolani, que se reconoce en el verso “Luis, que quizás alcanzara / un lunes de piedad”_ es de 1972.

Esta aclaración está en el comienzo de “Poemas discontinuos” de su “Poesía completa”.
_