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lunes, 25 de junio de 2018

WALLACE STEVENS Me acordé del grito de los pavos reales


TATUAJE

La luz como una araña.
Se arrastra por el agua.
Se arrastra sobre los bordes de la nieve.
Se arrastra debajo de tus párpados
y esparce allí sus telarañas;
sus dos telarañas.

Las telarañas de tus ojos
se pegaron
a tu carne y tus huesos
como la viga y tu hierba.
Hay hilos en tus ojos,
en la superficie del agua,
y en los bordes de la nieve.

Versión de Alberto Girri


DOMINIO DE LO NEGRO
(Domination of Black)

De noche, junto al fuego,
Los colores de los arbustos
Y de las hojas caídas,
Repitiéndose así mismas,
Giraban en el cuarto
A igual que las hojas
Girando en el viento.

Sí, pero el color de los densos abetos
Se vino a grandes pasos.
Yo me acordé del grito de los pavos reales.
Los colores de sus colas
Eran como las hojas
Girando en el viento,
En el viento del crepúsculo.
Se deslizaron por el cuarto,
Como se desprendieron de las ramas de los abetos
Hasta llegar al suelo.
Los oí gritar - los pavos reales.
¿Era un grito contra el crepúsculo
O contra las mismas hojas
Girando en el viento,
Girando como las llamas
Giraban en el fuego,
Girando como colas de pavos reales
En el crispar del fuego,
Fuerte como los abetos
Llenos del grito de los pavos reales?
¿O fue su grito contra los abetos?
Afuera, por la ventana
Vi cómo los planetas se juntaron
Como si fueran hojas
Girando en el viento.
Vi cómo llegaba la noche,
A grandes pasos como el color de los demás abetos.
Sentí miedo.
Y me acordé del grito de los pavos reales.

Versión de Alfredo Casey


DOMINGO A LA MAÑANA

I

El placer de estar en bata, y a una hora tardía
el café y naranjas en una silla al sol,
y la verde libertad de un papagayo,
sobre un tapiz fúndense para disipar
el sagrado silencio del antiguo sacrificio.
Ella sueña un poco, y siente la oscura
intromisión de esa vieja catástrofe,
como entre las luces del agua se ensombrece una calma.
Las acres naranjas y las brillantes, verdes alas,
parten de un fúnebre cortejo,
serpenteando a través del agua, sin ruido.
El día es cual anchurosa agua sin ruido,
aquietado por el paso de ella con sus pies soñadores
sobre los mares, hacia la callada Palestina,
reino de la sangre y del crepúsculo.

II

¿Por qué habría de dar su dádiva a los muertos?
¿Qué es la divinidad si solamente
puede llegar en sigilosas sombras y en sueños?
¿No encontrará en los consuelos del sol,
en la fruta acre y en las brillantes verdes alas,
o en cualquier otro bálsamo o belleza de la tierra,
cosas que amar tanto como el pensamiento del cielo?
La divinidad debe vivir dentro de ella:
pasiones de la lluvia, o estados de ánimo con el caer de la nieve,
lamentos en soledad, o insumisos
entusiasmos cuando la selva florece, borrascosas
emociones por caminos mojados en noches de otoño;
todos los goces y todas las penas, recordando
la verde rama del verano y el ramaje invernal.
Tales son las medidas consagradas a su alma

III

En las nubes tuvo Júpiter su inhumano nacimiento.
Ninguna madre lo amamantó, ninguna dulce tierra
dio majestad a su mítica mente.
Pasó entre nosotros como un gruñón
y magnífico rey pasaría entre sus siervos,
hasta que nuestra sangre, mezclándose, virginal,
con el cielo, trajo al deseo recompensa tal
que hasta los siervos lo reconocieron en una estrella.
¿Fracasará nuestra sangre? ¿O tornárase
sangre del paraíso? ¿Y la tierra
semejará al paraíso que conocemos?
El cielo será entonces más amistoso que ahora,
una parte de esfuerzo y una parte de dolor,
y cercano en la gloria al amor perdurable,
no este divisorio e indiferente azul.

IV

Ella dice: “Me gusta cuando los pájaros, al despertar,
antes de volar prueban con sus dulces preguntas
la realidad de los brumosos campos;
pero cuando los pájaros se han ido y sus tibios campos
no vuelven más, ¿dónde está, entonces, el paraíso?
No ronda ninguna profecía,
ni quimera alguna de la tumba,
ni el dorado subterráneo, ni isla
melodiosa donde los espíritus retornan a su hogar,
ni visionario sur, ni nebulosa palmera
remota sobre la colina celestial, que haya perdurado
como perdura el verde de abril, o que perdure
como el recuerdo de los pájaros despiertos,
o su ansia de junio y del atardecer, tocada
por el extenuarse de las alas de la golondrina.

V

Ella dice: “Pero en la satisfacción siento aún
la necesidad de una dicha imperecedera”.
La muerte es la madre de la belleza; por eso
sólo de ella vendrá el cumplimiento de nuestros sueños
y nuestros deseos. Aunque ella esparce por nuestros
senderos las hojas de la destrucción,
el sendero que tomó la doliente pena, los muchos senderos
por donde el triunfo hizo sonar su fanfarria descarada,
o donde el amor impulsado por la ternura algo susurró.
Ella hace que el sauce tiemble al sol
para las doncellas que solían sentarse y contemplar
los prados, abandonados a sus pies.
Ella induce a los muchachos a amontonar más ciruelas y peras
en desdeñadas bandejas. Las doncellas prueban
y se extravían apasionadamente por las desordenadas hojas.

VI

¿No habrá en el paraíso otra muerte?
¿No cae jamás el fruto maduro? ¿O las ramas
cuelgan siempre henchidas bajo ese cielo perfecto,
inmutable y sin embargo tan similar a nuestra perecedera tierra
con ríos como los nuestros, siempre en busca
de inencontrables mares, y playas que se alejan
y que nunca tocan con articulado dolor?
¿Por qué plantar el peral en las márgenes de esos ríos,
o perfumar las playas con el aroma del ciruelo?
¡Ay, que luzcan allí nuestros colores,
la sedosa trama de nuestras tardes,
y hagan vibrar las cuerdas de nuestros insípidos laúdes!
La muerte es la madre de la belleza, mística,
y en su ardiente regazo entrevemos
a nuestras madres terrestres que esperan, insomnes.

VII

Ágil y turbulento, un círculo de hombres
cantará, orgiástico, una mañana de verano,
su tumultuosa adoración del sol,
no como un dios, sino como uno que podría ser un dios,
desnudo entre ellos, como una fuente salvaje.
Su canto será un cántico del paraíso,
salido de la sangre, retornando al cielo;
y en su canto entrarán, voz tras voz,
el tempestuoso lago donde su señor se deleita,
los árboles como serafines, y las colinas con sus ecos
que prolongan el coro hasta mucho tiempo después.
Ellos conocerán bien la celestial camaradería
de los hombres que sucumben y de la estival mañana.
Y el rocío de sus pies dirá de dónde
han venido y hacia dónde irán.

VIII

Ella escucha, sobre esa agua sin ruidos,
una voz que grita: “La tumba en Palestina
no es el pórtico de los espíritus que se demoran.
Es la sepultura de Jesús, donde Él yació”.
Vivimos en un antiguo caos del sol,
o en la vieja dependencia del día y la noche,
o en la soledad insular, libre, sin tutela,
de esas anchurosas aguas, ineludibles.
Los ciervos recorren nuestros montes, y las codornices
silban en torno de nosotros sus espontáneos gritos.
Dulces bayas maduran en el páramo,
y en la soledad del cielo, al atardecer,
peregrinas bandadas de palomas describen
ambiguas ondulaciones al hundirse en la oscuridad,
sobre las abiertas alas.

Versión de Alberto Girri



En Dos siglos de poesía norteamericana. Selección, traducción y presentación de Alfredo Casey, Ediciones Antonio Zamora, primera edición, Buenos Aires, septiembre de 1969: y en Wallace Stevens, Domingo a la mañana y otros poemas, selección y prólogo de Daniel Chirom, CEAL, Buenos Aires, 1988. Varios traductores, en los poemas aquí presentados, versiones de Alberto Girri.
Wallace Stevens (Reading, Pensilvania, EE.UU, 2 de octubre de 1879 – Hartford, Connecticut, 2 de agosto de 1955).

viernes, 13 de noviembre de 2015

Arna Bontemps, Algunas de ellas son terribles, otras son sólo solitarias


EL GÓLGOTA ES UNA MONTAÑA…

El Gólgota es una montaña, una loma purpúrea
Que apenas se ve
Una noche allí colgaron a dos ladrones
Y a otro hombre.
Algunas mujeres lloraron amargamente esa noche,
Sus lágrimas aún caen. Han hecho un río;
Una vez me cubrió a mí.
Después la gente se alejó y el Gólgota
Quedó desierto.
¡Oh, he visto muchas montañas!...
Montañas de pálido púrpura borradas en las tardes de niebla
Y manchando los bordes del cielo.
He ascendido al viejo Shasta y helado mis manos en su nieve
De verano.
He descansado a la sombra del Popocatepetl y me murmuró
De audaces empresas.
Miré hacia los Pyrenées y sentí el deleite de tibias y
Exóticas noches.
Dormí a los pies del Fujiyama y soñé con leyendas y muerte.
Y he visto otras montañas elevarse desde los pantanos, igual
Que los pechos erguidos de una esbelta doncella.
¡Quién conoce el misterio de las montañas!
Algunas de ellas son terribles, otras son sólo solitarias.




En: “Dos siglos de poesía norteamericana”, Ediciones Antonio Zamora, 1969. Selección y traducción: Alfredo Casey (Chascomús, provincia de Buenos Aires, 1917 – 2008).
Arna Bontemps (Arnaud Wendell Bontemps, EEUU, 1902 – 1973). Foto: AB por Carl Van Vetchen, 1938.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Langston Hughes, Los puentes del ferrocarril


NOSTALGIA DEL HOGAR

Los puentes del ferrocarril
Dan un triste canto en el aire.
Los puentes del ferrocarril
Dan un triste canto en el aire.
Siempre que el tren pasa
Deseo ir a alguna parte.

Fui hasta la estación;
El corazón en la boca.
Fui hasta la estación;
El corazón en la boca.
A buscar un vagón
Que me llevara al Sud.

Tener nostalgia de hogar,
Es una cosa terrible.
Nostalgia de hogar
Es terrible padecer.
Para evitar el llanto
Abro mi boca y río.


NOTA SUICIDA

El apacible
Rostro fresco del río
Me pidió le diera un beso



En: “Dos siglos de poesía norteamericana”, Ediciones Antonio Zamora, 1969. Selección y traducción: Alfredo Casey (Chascomús, provincia de Buenos Aires, 1917 – 2008).
Langston Hughes (EEUU, 1902 – 1967). Foto: LH por Carl Van Vetchen, 1936.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Lewis Alexander, El brillo de los ojos de una mujer negra


MUJER NEGRA

El cielo se mantiene oscuro esta noche
Como el cabello de una mujer negra.
Los trazos de la luna son oblicuos
Como las arrugas de la frente de una mujer negra.

Las estrellas centellean esta noche
Como el brillo de los ojos de una mujer negra,
Que bebe sus lágrimas derramadas por una herida
Que corroe su corazón.

La tierra se estremece esta noche
Como el temblor de las pestañas de una mujer negra
Que retiene sus lágrimas.


En: “Dos siglos de poesía norteamericana”, Ediciones Antonio Zamora, 1969. Selección y traducción: Alfredo Casey (Chascomús, provincia de Buenos Aires, 1917 – 2008).
Lewis Alexander (Washington DC, EEUU, 1900 - 1945). Foto: LA.