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jueves, 5 de julio de 2012

Aurora Venturini – Sobre mares pintados



GALEÓN PINTADO


Sobre mares pintados van a caer gaviotas
y las ondas errantes transparentan naufragios.
En el alma del agua duerme el gris de las cosas
que lábiles fugaron del universo alto.

Alas con plumas, picos, marineras canciones
de pájaros que fueron piratas como hombres
transcurren raudamente y al fatigarse ponen
ancla en los arenales, raíces de las orbes.

En resaca de orillas grises como la pluma
duendes del fondo juntan una por una astillas,
reconstruyen galeones que flotan en las brumas
y galeones avaros de la costa fenicia.

Sidón y Tiro vuelven de la resaca azul,
las viejas factorías desenrrollan sus telas
y el ancho mar se tiñe como un
cartaginés de múrex purpúreo de acuarela.

Grande melancolía de los puertos empieza,
lampos de fuego arrojan desde proa fantástica
y los trirremes hunden a los galeones, sea
en las batallas phoenix o en las batallas áticas.

Y uno que está pensando que ha perdido la vida,
que ha perdido la luna que era suya en la infancia,
sube a la nave fiera que el mascarón deriva
en los estriberones ilusos de la página.



En: "Antología personal" (1940-1976). Ramos Americana Editora, 1981.
Aurora Venturini (La Plata, 1921). Poeta, narradora.
Foto: AV, por Jmp.

lunes, 23 de enero de 2012

Aurora Venturini – El hecho de traerla al mundo


CARBÚNCULA


Carbúncula Tartaruga sale al anochecer apoyada en sus gruesos bastones de madera durísima, acaso sea roble. De otra manera, esos soportes se hubieran doblado y hasta se hubieran quebrado, tal la enormidad seudohumana de la usuaria, porque Carbúncula es inmensa. Carbúncula es torpe en su manera de caminar, lentísimo. Tan lento…

Avanza con tal lentitud que se dijera desliza como los caracoles y las babosas. Deja tras de ella un lampo blanquecino y fofo.
Viene con su resbaloso modo susurrando algo ininteligible. Asegura que reza. No aclara a quién dirige su oración. Carbúncula nunca aclara nada a nadie; es sombra redonda, robusta, olorosa, inquietante de sí misma. Resulta horrenda, pero se acepta, ella lo hace, con aparente goce y satisfacción.
“Porque yo”, así comienza sus chácharas feas.
Digo feas porque son en contra de alguien. Ella, según ella, es perfecta y no habrá juez que se atreva a juzgarla “porque yo”; y ahí terminan la teoría, la tesis y la conclusión.

Lleva grabadores en todos los bolsillos de sus chaquetas y, en su casa, los hay hasta en los árboles del parque.
“Porque yo sé de vos más que vos misma”, repite al oído temeroso de aquellas mujeres a las que ella supone amigas.
Alguna, remisa, intentó zafarla: “Pero yo le hice escuchar una grabación”. Siempre procede de tal suerte.
Se viste con la ropa de hombre que heredó de su papá, un ser tan raro como ella. Aseguran que Carbúncula mató a su mamá.
En mis momentos de gran melancolía, pienso que tuvo una buena razón para aniquilar a su vieja: el hecho de traerla al mundo.
Vive sola en la mansión de habitaciones barrocas, muebles barrocos, cuadros y estatuas.

Tiene la casa un altillo al cual se sube por una escalerilla caracol de hierro, ya muy herrumbrado. Suele alquilarlo, pero los inquilinos duran poco.
En su cocina mugrienta, cocina potajes y sopas. A veces, compra las vituallas y entonces se sirve a sí misma en el comedor muy barroco, y tanto que en cada uno de los motivos florales o rostros hay tierra apelmazada por añares. Cuando la mugre invade, ella acude a una sirvienta a quien paga unos pesos por hora. En mis momentos de gran melancolía, me he interrogado a mí misma por qué las sirvientas que lo fueron de Carbúncula, jamás han contado aquello que les borró las ganas de ofrecerse para trabajar afuera o con cama adentro.
Y yo inquirí a más de una.
Y más de una exclamó: “No me haga hablar, por favor”.
Ninguna quiso contar.

Las paredes de la mansión Tartaruga están tapizadas de libros. Posee tantos libros, uno al lado del otro, inmóviles, con esa inmovilidad confesa de los objetos que aseguran que no han sido tocados nunca. Se ve que no lee.
Mira los cuadros con las caras y hasta la cintura, al óleo, de sus antepasados, y resuella. Ella supone suspirar…, pero no.
Las piezas, seguiditas, forman como una vía de ferrocarril interminable. No es posible contarlas. En la mansión, la monstruosidad elude cualquier logística.
Hay un baño; en él hay una bañera no instalada.
Adentro de la bañera, hay trastos inservibles: ropa, palanganas y escupideras desfondadas, zapatos antiquísimos, sombreros, etc.
Junto al inodoro, un balde.
En el pequeño mueble de toilettes, botellas y botellitas semivacías, cisnes, talqueras, rouge rojísimo, peines, peinetas, cajas y cajitas. Un baratillo cojo y enloquecido.
Diseminados por los pisos se ven comederos con yuyos, con agua, o vacíos y volcados.

Andando por los numerosos pasillos y corredores uno encuentra percheros con capas tejidas, bufandas, chales y chalinas; collares de perla, de vidrio, de madera, de metal y de otros materiales que parecen extraplanetarios. Penden desde los techos abovedados arañas de caireles y de bronce.
En la mansión Tartaruga, aunque sobran luces eléctricas, una oscuridad sofocante resulta invencible.
Algunos pasillos denotan no haber sido transitados por siglos.
La vitrina de los frascos de perfume lleva al transeúnte a exóticos interiores africanos y parisinos, a un mismo tiempo. Pachulí y Coty, se confunden en ardiente abrazo.

La puerta principal, de hosca madera tosca, agrede a quien intente oscilar la campanilla que alerte su presencia.
Esa puerta, cerrada, ahoga; abierta, muerde.
Las portezuelas, a su vez, son agresivas. Baten un no se sabe qué, peligroso y cruel al entrarsalir, al salirentrar.
Igual ocurre con las ventanas y con los balcones. Quienes construyeron esta gran casa adoraron los pisos de laja.
Por las hendiduras de lajas circulan las tortuguitas recién nacidas, los bebétortuga, los nenes y las nenas.

Cuando viene de un paseo por la ciudad, Carbúncula observa el piso de hendiduras a fin de no aplastar a un bebitotortuguitapobrecito; hijitomíoadoradorubiecito… venga con mamá.
Un esfuerzo descomunal le significa agacharse para levantar a uno de los pergenios.
Lo hace resollando aunque ella supone que suspira un bello romanticismo. En cuanto al amor a las tortugas, es bien sincero…
A veces, conversa con su hijito, el rubio, y yo he comprobado durante una visita al caserón que el rubio le contesta.
Es una respuesta amorosa de boca de víbora doméstica, aunque sin voz.
Casi olfateando las lajas con su nariz picuda, camina hacia la cocina. Agarra varias hojas de lechuga, las troza y va distribuyéndolas nido por nido, puesto que las quelonias madres ocupan nidos en las oquedades de los cimientos de los patios.

Las escenas de la casa extraña, aunque espantosas, deslíen un sopor tierno como de neblina del viejo Londres.
Ella vigila el connubio de los quelonios apareados en tremebunda y estertórea bulla de aserradero.
Carbúncula vive al mismo tiempo el tiempo de coyunda de los córneos caparazones.
“Vamos… vamos…”, aúlla cuando él la sube a ella; la dueña se ha levantado la pollera y bajado el calzón y acciona en su vulva tormentosamente: “Basta… basta…”, aúlla aún.
Carbúncula nunca tuvo relaciones sexuales con nadie; podríamos decir que ha mantenido relaciones sexuales a distancia, con las tortugas del esfuerzo y del orgasmo.
Carbúncula Tartaruga morirá virgen porque con sus deditos cortitos no ha podido romperse el himen.

En Verano12 del 15 de enero de 2012. Página/12.
CIRCUNSTANCIAS DEL CUENTO: “Los personajes de mis cuentos y relatos –inclusive los de mis novelas– aunque hagan pie en la duda y circunstancia del mundo, son fantasmas de personas, esencia de cosas tangibles.
Lo real, objetivo, visto, oído, palpado, husmeado, posee aprontes extraordinarios que penetran imaginación y razón pura del escritor. Nadie crea algo absolutamente original. Cualquier aparente subjetividad arranca de la patética e incorruptible realidad. Fija, impenetrable; todo ya ha sido puesto en el universo temible, impreciso.
Carbúncula existió en mi edad adolescente y significó alguien constante en su caminar lento de babosa, que deja huella.
Cuando falleció, no murió. Siguió por la casa grande y el barrio chico.
Delataban su errar triste y pesaroso las huellas de sus babosidades que rezumaban tanta crueldad que atemorizaba a la gente. Ella conseguía hacer un desierto del más bello y florecido paisaje.
Regresó y habitó el hogar de los quelonios, lo que demostró a la luz aquello que yo supuse en la oscuridad. Aún le temo”.

Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora. En 2007 recibió el Premio de Nueva Novela Página/12 por su libro “Las primas”. Foto: A.V., s/d
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martes, 21 de diciembre de 2010

Aurora Venturini – Una peronista que se da Corte


AURORA VENTURINI GANÓ EL PREMIO OTRAS VOCES, OTROS AMBITOS

Sin dotación económica, el premio pretende dar una segunda oportunidad a un buen libro que haya pasado inadvertido en el mercado español. La obra ganadora, la novela Las primas, será distribuida a través de la red de 83 librerías de El Corte Inglés.

Los españoles se cayeron de culo. El primero fue Enrique Vila-Matas. La responsable de tamaño acontecimiento, una irreverente muchacha peronista sin edad –como se autoproclama con ese sentido de humor tan explosivo como las molotovs que supo armar y tirar allá por mediados de los años ’50, cuando la perseguía la salvaje represión de la “Libertadora”–, se cargó a unos cuantos más. Nada menos que cien en total, mujeres y hombres por igual, incluido al editor Jorge Herralde y escritores como Eloy Tizón, María Tena y Rafael Reig, entre otros miembros del jurado, integrado también por periodistas, críticos, editores, libreros y agentes literarios. Esa escritora genial –compañera de juergas, durante su exilio en París, del grupo de Sartre y Simone de Beauvoir– que hace tres años salió del “closet” literario cuando obtuvo el premio Nueva Novela de Página/12, festejó sus inmaculados 88 años con un regalo muy especial. Aurora Venturini ganó ayer –el mismo día de su cumpleaños– el Premio de Narrativa Otras voces, otros ámbitos, concedido por el Hotel Kafka y el Ambito Cultural de El Corte Inglés, con Las primas, publicada por Caballo de Troya (España) en 2009.

Sin dotación económica, Otras voces, otros ámbitos pretende dar una segunda oportunidad a un buen libro que haya pasado desapercibido en el mercado. La obra ganadora será distribuida a través de la red de 83 librerías de El Corte Inglés y estará bien a la vista en las estanterías de estos centros comerciales. “Yo no sabía que existía ese premio”, admitió, muy campante, Venturini en el video que filmó el domingo para agradecer este galardón. “Yo sé que mi novela es espléndida. Empecé a creer en los concursos con el jurado de Página/12”, agregó la autora de Las primas, novela ambientada en los años cuarenta que explora “el mundo tortuoso de una familia disfuncional” de clase media baja de la ciudad de La Plata. “A mí me han perseguido mucho”, recordó la escritora. “Abrían las réplicas y cuando veían que era yo, decían: ‘a esta peronista no le damos el premio’. Yo fui amiga de Evita, trabajé en la Fundación, y eso lo tuve que pagar muy caro”, resumió la flamante ganadora de la segunda edición de este premio, una especie de Goncourt a la española, al menos en su espíritu, que el año pasado obtuvo el mexicano Yuri Herrera con su novela Trabajos del reino, editada por Periférica.

Vila-Matas, el primero en caerse de culo cuando leyó la novela, integrante del jurado de Otras voces, otros ámbitos, escribió que quizá, tras el manuscrito de Las primas, “pudiera ocultarse el prolífico César Aira disfrazado de loca faulkneriana”. Si los españoles aún tenían dudas respecto de las “equivalencias” entre la historia de la novela y parte de la vida de su autora, la osada escritora las despejó. “Soy una minusválida manual, para lo único que sirvo es para escribir. No sé pelar una papa, no sé barrer, no sé abrir un frasco. Soy una inútil y en mi familia hay esas minusvalías, pero no manuales, sino de otro tipo”, aseguró Venturini, que escribió la novela premiada en sólo dos meses. “Ahora me parece mentira que la haya escrito yo y que le guste tanto a la gente.”

Las primas y su autora han recorrido un largo y lindo camino desde que ambas, tan jóvenes, radicales y vanguardistas, salieron del “closet”. Venturini escribe ocho horas diarias sin fatigarse. Quizá como Yuna Riglos con la pintura, ese personaje que ha trascendido a su creadora, Venturini encuentre en la escritura un modo de redención. “Yo escribo bien, no hay duda; es lo único que hago. Tengo que escribir todos los días, si no estoy robando tiempo. ¡Si no sé hacer nada!”, explicó la escritora que tiene 46 libros publicados y arrancó escribiendo poemas. “El que viene de la poesía puede hacer cualquier cosa. La poesía es lo más puro que hay.” Para multiplicar “el boom de la Venturini” se viene otra molotov de la narradora platense. En marzo Mondadori publicará Nosotros, los Caserta, una novela sobre la familia de la abuela paterna de la escritora. “Chela, la protagonista, es una Yuna más elaborada, social –anticipó–. El escritor escribe siempre sobre lo mismo.”


Por Silvina Friera: En PÁGINA/12 Martes, 21 de diciembre de 2010
Feliz premio y felicidaddes, querida compañera.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Aurora Venturini – La Plata mon amour



ENCUENTRO CON FRANÇOIS VILLON

Si bebo el agua sufro sed intensa
ciñe mi sangre el fuego, y siento frío
y oigo crujir mis dientes rechinantes,
vivo en mi tierra y soy un desterrado.
Junto a la lumbre ardiente estoy helado,
ostento rica saya y voy desnudo;
río de acongojado y hondo llanto,
desesperado aguardo la esperanza,
el decaimiento me halla levantado
y la tristeza alegre sin motivo.

Versión de AV del poema de F. Villon.
En “La Plata mon amour”, Ediciones Pueblo Entero, 1974.


Aurora Venturini nació en La Plata 
el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora.
Foto: Jmp

domingo, 25 de abril de 2010

Aurora Venturini – Matilde Alba Swann (1912-2000)


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MATILDE ALBA SWANN (1912-2000)

Nacida Matilde Kirilovsky, eligió firmar Matilde Alba Swann su obra literaria. Hija de Emma Joffe y de Aliaquin Kirilosvky, una peona campesina y un maestro de escuela. Esta pareja emigró de Rusia zarista y se afincó en la localidad de Berisso, donde vio la luz Matilde, la mayor de los hijos del matrimonio. El, maestro, venía contratado por el barón Hirsch para desempeñar su magisterio en el pueblo de Escrinia, de la provincia de Entre Ríos. Aliaquin era cultísimo y hablaba varios idiomas, recalando especialmente en el idische para comunicarse con sus paisanos. Era afecto al idioma de los llamados alemanes del Volga, cuya presencia todavía abunda en Entre Ríos, donde aún se puede apreciar uno que otro carro de cuatro ruedas en las trojas y transportando estibas. Una vez confesó Matilde Swann: “Escribo con los sueños de mi padre, con las esperanzas de mi madre, con los recuerdos de ambos, con los motivos de sus recuerdos, con sus profecías, con sus triunfos y con sus frustraciones”.

Matilde tenía en su memoria la historia familiar de dos rusos inmigrantes huyendo de un cruel despotismo. “Con sus miedos, con sus osadías, con su intrepidez de inmigrantes; con su humildad y su rebeldía”, dijo. La escritora y madre de cinco hijos y ocho libros, que así se definía a si misma, agradece a sus padres por haber nacido. En una página muy sentida cuenta que doña Emma, a pesar de sus miedos por el futuro de sus criaturas, apenas si se los insinuaba y prefería pedirle a su marido que les llamara la atención: “... pero su recurso resultaba contraproducente; papá no sólo no nos reprendía sino que la regañaba a ella echándole en cara su temor enfermizo”. Cuando los hijos estuvieron en edad escolar, los Kirilovsky-Joffe se mudaron a La Plata, a la calle 7 y 47; esta última, la calle de los naranjos, que son los árboles de sus veredas. El perfume de esa arboleda inducía a la joven Matilde a la poesía, y luego, por ser también vía de los abogados, a la carrera de Derecho y al amor por un futuro abogado, Samuel Creimer.

“Yo le dije en más de una oportunidad: ‘Doctor Creimer, usted es el junco pensante de Pascal’”. La novia y luego esposa lo conoció mirando por una ventana de la habitación de su dormitorio, y le enseñó a capturar el perfume de los azahares del naranjal; que no había que arrancar la flor sino recoger los pétalos caídos o formar un cuenco con ambas manos y aspirar en el hueco que, con delicadeza, contenía a la intacta flor.

Mamá Emma atendía un kiosco habilitado en una de las ventanas de la casa que se transformó en librería. Matilde seguía aprisionando perfumes y sonidos musicales que llegaban de la fábrica de licores Regia, pegada a su casa. En las noches de invierno el olor de los eucaliptos inundaba el predio. La poeta rimaba: Calle de los naranjos, bajando hacia el mar grande, de idilio y aula, tibio antiguo recuerdo, borroso sobre un fondo de acacias y araucarias. Te vivo hirsuto de eucaliptos, lento el bosque, soñando a tu costado.

Matilde Swann dedicó su saber del Derecho a solucionar problemas de Minoridad. En la década del ‘70 presentó un hábeas corpus de amparo para evitar que en los institutos de menores se extrajera sangre a los internados contra su voluntad; se preocupó por la población de educandos y sus problemas de salud y escolaridad. En 1972 presentó una acción de amparo a favor de los hospitalizados en el neurosiquiátrico Melchor Romero. En un poema anuncia su despedida: Cuando se ha comenzado a escribir la edad de cinco hijos, y se ha cumplido ya la edad de ocho nietos y continúa uno escribiendo con el deleite infantil de estar haciéndolo, es porque la poesía lo quiere a uno, y ha de seguir queriéndolo... seguramente hasta el instante del ciprés y más allá...

En LAS/12, viernes 23 de abril de 2010
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Foto: Matilde Alba Swann
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Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora. En 2007 recibió el Premio de Nueva Novela Página/12 por su libro “Las primas”.
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lunes, 1 de febrero de 2010

Emily Dickinson (1830-1886) por Aurora Venturini


POESÍA PURA

Emily Elisabeth Dickinson nació en Amhert, Massachusetts, Estados Unidos, y trajo a Nueva Inglaterra sus plantas y sus duendes, siendo ella misma una planta y un duende preciosos huyendo siempre de la plena luz, entre los bosques. Sus antepasados arribaron a los Estados Unidos con la primera ola migratoria puritana que profesó la religión protestante. Su genealogía es representante de la Cámara en el Congreso de Washington, fundantes de la línea ferroviaria Massachusetts Central-Railroad, y su padre fue uno de los fundadores del Amherst-College. Por allí circulaba alguien que resultó ser amigo de Ralph Emerson, quien influyó en la fase filosófica de Emily. La madre, Emily Norcross, se dedicó a criar a los hijos, entre ellos a Emily. El mayor, Williams, y sobre todo la menor, Lavinia, que cuidó y compiló dentro de sus posibilidades la obra de la poeta, era su “querida Vinnie”.

Nace nuestra protagonista antes de la Guerra de Secesión, que significó serios choques entre clases sociales; la familia Dickinson pertenecía a la alta sociedad. Por ejemplo, toda la población de Amherst carecía de las más básicas comodidades: ni agua caliente, ni baños instalados en las casas ni lugares de cultura. Los Dickinson disponían de servicio doméstico, concretamente, una sirvienta irlandesa. La severidad puritana frenaba cualquier expresión artística, además de los juegos de naipes y las celebraciones pascuales y navideñas; se aceptaba que las señoras tomaran el té en reuniones del atardecer, y que los niños cantaran en el coro de la iglesia. Lavinia, la “querida Vinnie”, juega un papel sobresaliente en la vida de su hermana y las escasas confidencias que se conocen provienen de ella. Emily estudió literatura, religión, matemática, ecología y biología en la Academia de Amherst. Leyó la Eneida de Virgilio en su idioma. Le escribe una carta a su amiga Jane Humphrey, a los once años: “Hoy es miércoles, y ha habido clase de oratoria. Un joven leyó una composición cuyo tema era ‘Pensar dos veces antes de hablar’. Me pareció la criatura más tonta que jamás haya existido y le dije que él debiera haber pensado dos veces antes de escribir”. A los catorce años, escribe a otra compañera: “Terminaremos nuestra educación alguna vez, ¿no es verdad? Entonces tú podrás ser Platón y yo Sócrates, siempre y cuando no seas más sabia que yo. “La estudiante, desde su adolescencia, se dedicó a la botánica: la trama naturalista de su poesía fluye de los canteros y de los edenes, cuya vegetación ella conocía y ubicaba acorde con sus especies. En el término de un curso, aprobó historia inglesa y gramática, química, fisiología, astronomía y retórica. En ciencia botánica la declararon sobresaliente sin rendir examen. Después regresó a su casa y no volvió a estudiar.

En cuanto a la vida íntima de la joven científica y escritora, se conserva una carta donde alude a dos hombres y nunca nadie supo de la profundidad de sus relaciones. La carta, tímida pero definitoria, desacredita cualquier entrega.

“Cuando era pequeña tuve un amigo que me enseñó lo que era la inmortalidad, pero se aproximó demasiado a ella y nunca regresó. Poco después murió mi maestro, y durante largos años mi única compañía fue el diccionario. Luego encontré a otro, pero no quería que yo fuera su alumna y se fue de la región.” Algunos comentarios dejan entrever que experimentó pasión por un pastor que estaba casado, según el vecindario, felizmente. El pastor falleció el 1º de abril de 1882. Al cumplirse un año del fallecimiento, Emily escribió: “Toda otra sorpresa a la larga se vuelve monótona, pero la muerte del hombre amado llena todos los momentos y el ahora. El amor para mí no tiene más que una fecha: 1º de abril, ayer, hoy y siempre”.

Recién comprendo qué es la poesía pura. Frente a una librería de la ciudad de La Plata, algo me indujo a comprar el delgado tomito que aclaraba la vidriera. El tomito me obligaba a que lo leyera y cumplí el mandamiento: leí unos versos y lo cerré ubicándolo en mi escritorio junto a Keats. Al principio sentí desbarrancarme entre las rejas de los sombríos dólmenes sustantivos. Sentí ser Simbad el marino descendiendo al valle de unas formas quietas, inmóviles, que a mi solo contacto cobraban vida y atacaban. De una aparente calma de infancia surgían enormidades de una soledad nunca derrotada que convertía el paisaje en un Sésamo ciérrate, sin apertura. Un poema titulado “El ciervo herido salta mucho más”, acaso sirva de autobiografía. Dice la poeta: “Un Ciervo herido-salta mucho más-Me dijo un Cazador-Pero es tan sólo un Éxtasis de muerte-Tras eso la Maleza queda en calma”.

Los sustantivos en mayúscula mortifican al lector, y los terminales guiones son un suplicio. La obra total de esta mujer extraordinaria se publicó en 1880 en forma de tres antologías, con el material dividido en cuatro secciones: Vida, Naturaleza, Amor, Tiempo y Eternidad.

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Emily Elisabeth Dickinson por Aurora Venturini en LAS/12 Suplemento de Página /12 del viernes 29 de enero de 2010.
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Imagenes: Emily Elisabeth Dickinson y manuscrito original del poema Wild nights, wild nights!, en el que se observa el excéntrico uso de los guiones.
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Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora. En 2007 recibió el Premio de Nueva Novela Página/12 por su libro “Las primas”.
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domingo, 20 de diciembre de 2009

Aurora Venturini – La resignación



LA RESIGNACIÓN

     Ocurrió en 1976, tiempo en que no nos unía el amor, una tarde lluviosa otoñecida, me detuvo en San Telmo la vidriera de un anticuario. Mi capa pluvial ya no resistía el embate torrentoso cuando Sara (después me enteré del nombre de la dueña) me invitó a pasar al negocio mágico. Me resistía a regresar a La Plata. Un día, atrás, había desaparecido Pupi, la sobrina de Kika, mi amiga que falleció al año derrotada por la ausencia. Entonces me dominaba una extraña obsesión: coleccionar muñecas de porcelana, algunas semejaban criaturas vivientes. Dediqué una habitación de la quinta de City Bell, y ahí las reuní, cuidé con la prolijidad y cariño con que las madres protegen. Nenas y nenes sus nombres, los nombres de los chicos que iban desapareciendo. Tiempos difíciles que salvaba ofreciendo los cuerpecitos de las bambolas a las ánimas de los torturados. Así mismo, me salvaba de una claustrofobia incipiente que oscurecía más mis horas. Sara, la dueña del anticuario me ofreció una silla y desde la vidriera, ambas mirábamos el chaparrón. No nos animábamos a dialogar, dada las circunstancias, todos nos desconfiábamos. Pero Sara trajo un samovar para hacer el té y entramos en casi confianza. Sí, ella, judía temía a no sé qué, y yo peronista, sabía a qué. Finalmente nos abrimos a charlar. Llegado el caso, dije a la mujer, me suicidaré, no volveré a sufrir los golpes de 1956. Ella recogió la manga del saquito de punto, hasta el codo, y me enseñó el número que le infiltraron en el antebrazo cuando permaneció en el campo de concentración. Dije: “¿Cuando se dejarán de joder?” Ella respondió: “Nunca”. Empezamos a caminar el sendero infantil de las muñecas y le confesé que estaba falta de cuerpecitos destinados a las ánimas que sucederían a las ya contenidas en mis muñecas, el número de 179. Ella quedó pensando y de repente fue en dirección a un gran aparador de donde extrajo una bolsita de nylon. Volcó sobre la repisa los añicados restos de una muñequita, yo fui observándolos y en uno de ellos leí “CRANACH”. Mi torpeza en manualidades, me contuve, nunca recompondría tal desquicio aunque las piezas concordaban. No sé si Sara advirtió la sombra de una capa que de pronto desplegó su fantasma, envolviéndonos, supongo que sí. Aclaró: “¿Usted siente que un niño necesita abrigo?” Sara me dijo que si me animaba vendía el contenido de la bolsita por 100 pesos, y que si fracasaba en el intento, me los devolvería. Regresé a mi quinta de City Bell en colectivo. Algo latía en mi bolso de viaje: los añicos de porcelana. Alguien me protegía bajo una capa medieval, la sombra de Cranach. Entendí el mensaje durante la extraordinaria manualidad que me imponía. Trabajé toda la noche. En vela toda la noche con la sombra sentada enfrente, delicada y dramática, y así delicado y dramático mi esfuerzo, con gotitas de pega pega y lágrimas, nació la niña estirando los bracitos, ojitos felices, pies calzados con escarpas doradas, atravesando siglos, nieves, soles, ciudades, gente, y pronunció “upa”. Sonó mi teléfono. Pupi apareció. Muerta. Cranach: anticuarista. Pintor de Lutero y de Carlos V. comentarista de la Follie Parle de Holbein en 1523. Sus manos aliviaron mi torpeza.



En: LAS 12 Viernes, 30 de enero de 2009

Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora. LA MUJER QUE AÚN NO NACIÓ (me dijo hace un rato en charla telefónica). Felicidades, querida y admirada compañera.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Aurora Venturini - Génesis campera



GÉNESIS CAMPERA

La presencia de Yuna, ¿la recuerdan? la protagonista de mi novela Las primas, que ganó el premio de Página/12 el año pasado, sigue rondándome. Tanto insiste, que tendrá que aparecer en una segunda novela, estoy segura. Por ahora, aquí va lo que me ha dicho hace unos días:

“Leo los diarios a veces despacito y me fatigo y dejo. Lo mismo me ocurre con la escritura, pero la temática actual bien merece mi opinión que no es para mal de ninguno y no sé dónde leí ese párrafo que hago mío y devuelvo al autor porque nunca robé ni hurté. Y sigo. Que de una lectura me vino recordar que en Buenos Aires había un señor que ejercía derecho total del poder público, honra y vida de los habitantes y un día se fijó que la pampa estaba sola, pongo por ejemplo la pampa, pero el señor de marras miró el mapa de la Argentina en toda su extensión y longitud, y ya que estaba en palique con amigotes del club dijo tengo una idea y los amigotes arrodillados rogaron sea para bien y el señor les dijo que a cada uno de ellos entregaría alambres y que fueran con ayudante porque si no sería trabajoso para ellos y que lo vigilaran de a caballo a ver si alambraba tanto como el alambre daba, y que él sabía que el alambre podía con muchas hectáreas. Y que después permitieran a los zafios lugareños poner ranchos con china y todo y que trabajaran la abúlica tierra y que luego cosecharían pingües ganancias, y que él sabía que era así porque había procedido de tal manera a poco de asumir y declararse dueño de gente y hacienda. Y los amigos partieron cada uno con sus alambres enrollados y el siervo de la gleba al lado y ocurrió cuanto pronosticó el dueño de todos. Y tal fue que nacieron las chacras y las estancias y los chacareros y los estancieros. Hubiera resultado justicia si los hijos de la gleba tuvieran idéntico destino. Los hijos de la gleba pasaron a ser peones y algunos, peones golondrina porque carecían de una mínima parcela y los dueños ya aseñorados, que jamás pisaron la tierra vivían lejos jugando a la Bolsa como dicen, pero de esto no entiendo y por eso solo digo que los peones envejecían sobre los surcos o sobre lo que ustedes deseen hacerlos envejecer. Al final, solo sí, el derecho a un cuadradito de terruño para el sueño eterno.

Allá en las profundidades de las hectáreas empinaba el humo la chimenea de la estancia y el propietario nieto de uno de aquellos que recibió los alambres solía quedarse ahí, aunque no mucho porque Europa es mejor según dicen. Vociferaba rivalidades en pro y en contra mientras el campesino, hijos y nietos de aquéllos, tanto como él, vivía en el mismo tiempo de sus antepasados.

Más adelante criaron vacas y ovejas y cuando éstas se multiplicaron llegaron los camiones a levantarlas del campo. Mientras tanto allí estaban firmes los hijos de la gleba, esperando el cuadradito de terruño para lo que ustedes saben, el cuadradito que está esperando por todos, pacientes lectores.”





En: LAS 12 Viernes, 25 de julio de 2008
Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Aurora Venturini – Vampirismo


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VAMPIRISMO

Lulú ordenó a su mamá: “Mami, sentate en esta sillita que voy a tomar teta. Estoy hambrienta. Te hice caso, saqué diez en la lectura. Ya estudié”.
Mami, muy delgada, en actitud sufrida, se sentó en la sillita. Sacó su pálida teta y la ofreció a la vampiresa, quien empezó con suavidad pero siguió enfervorecida al punto de que la mamá desfalleció unos minutos.

Lulú Juria tomó teta diaria hasta los diez años. A lo largo de estos tiempos, mientras acomodaba la famosa sillita, vociferaba enfurecida: “Ustedes se ríen... pero Lulú toma teta igual. Mamá comentaba con tía Juli que no sabía cómo destetarla. La nena, ya de 12 años, se destetó sola cambiando el pezón materno por un chupete de goma que portaba en su cartera escolar y que de cuando en cuando extraía para chupar lujuriosa. Lulú Juria era cabezona tipo caballuna, sostenía la gran testa un cuellecito fino, a punto de quebrarse.

Pasó el tiempo, y la niña vampiresa cambió un tanto, pero no por eso varió su hábito. Chupete ya no. Ahora succionaba cualquier saliencia o promontorio. Le gustaba el cine acompañada de una amiguita, quien nunca veía cuánto ocurría a su lado entregada totalmente al espectáculo del telón mágico. De ahí que jamás notó que Lulú dirigía su pequeña manecita a la vecindad masculina de turno, y cual si fuera un flautista de orquesta succionaba y resoplaba. No puedo, no debo describir aquí en detalle aquello tan fácil de deducir sobre todo porque el avecinado casi siempre era un doncel. En conocimiento del hábito succionador de la vampiresa, los donceles y no tan donceles revendían la entrada de aquel cine por el doble de su valor asegurando tácitos al comprador que el número vivo significaba tesoro lujurioso para guardar en el cofre de la memoria. A consecuencia de aquel hábito, comprendan, pacientes lectores, se le alargó una trompa, cuyos labios superarían en la actualidad a los labios de Angelina Jolie. Si salía sola, buscaba compañías extraordinarias que, a pesar de ser fuera de lo común, le duraban una única vez, dado que los chupetones alejaban al más atrevido que salía prometiéndose que jamás volvería a acercársele. No conforme con absorber caudalosos ríos de líquido humano, resolvió licuar identidades. Y apropiárselas. Con tal caudal ganó concursos, lides sin par, fama, aplausos y felicitaciones que le excitaban la lujuria.

No sólo identidades, siguió con conductas y con bienes raíces. La trompuda, ya en la madurez, chupaba nombres, honras, famas, honores, corazones de pureza innegable y cuanto a su olfato bestial se ofreciera. Dejaba tales huellas al rozar cual dejan las babosas. Cruel, devastadora de la mamá, Lulú, no obstante, murió virgen.

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En: LAS 12, 27-03-09
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Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora.
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domingo, 22 de noviembre de 2009

Aurora Venturini – El silencio



     EL SILENCIO

     Lo que voy a contar nunca lo conté. Pasaron ya veinte años de aquel suceso, durante los cuales acontecieron verdaderos prodigios científicos. Me animo ahora a escribir, apenas algo, sobre aquel episodio que me sucedió en la localidad de City Bell, esa ciudad cercana a La Plata.

     Vivía yo entonces en una quinta. Dormía frente a un ventanal horizontal que me permitía ver un campo de vacas y caballos, bastante amplio. Pero no tanto. Las noches plenas de los campos urbanos, que eso era aquel predio vecino a la urbe, no significa campo profundo, son noches bulliciosas, con grillos chillones, perros inquietos, rumores y otros ruidos inclasificables. El silencio rural aquí no existe.

     De pronto la llana llanura se platinó intensamente. Vi que algo descendía no desde una nave ni desde una intensa luz, no, desde una vibración inmaterializada. Reinó la paz silente más impresionante. Creció el silencio rural, casi con agresividad. No me es posible acertar cuánto duró la espectral maravilla. ¿Días? ¿Un segundo? Acaso me habré dormido y desperté cuando la empleada de servicio entró a mi habitación protestando porque opinaba que los cables de alta tensión caídos en el césped significaban peligro para los niños que levantaban cualquier cosa del suelo. Luego volvió desaforada. Las piletas de todas las quintas se habían vaciado, hasta el fondo. Después llegó el encargado de cortar el pasto, también desaforado. Quería saber quién había sido el mal nacido que le había quemado una buena parcela de achiras y rosales. Callé. Actitud extraordinaria de mi parte, que soy proclive al diálogo. Callé como respondiendo a órdenes que superaban mi costumbre de proclamar novedades. Una novedad que habría agregado un oropel a mi estatus de escritora en aquella ciudad. Me quedé callada. Lo que voy a contar, nunca lo conté.


En: LAS 12 Viernes, 14 de agosto de 2009
Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora.
Foto: Sauce en City Bell. jmp

sábado, 7 de noviembre de 2009

Aurora Venturini – La nostalgia



LA NOSTALGIA


     Desde un parterre de mi casa suburbana y melancólica, como suele ser la edad adolescente, lo veía rodar en bicicleta. El era el flaco de la bicicleta. La figura fantasmal, pero de carne y hueso, que desvelaba mis primeras ensoñaciones.

     Pero yo no estaba sola. Mi mamá espiaba furiosa, porque el flaco significaba sólo un albañil. Y yo, por mi parte, significaba una estudiante de la secundaria, nacida en una familia de bien, con un futuro por delante que se merecía mucho más que ese objeto rodante.

     Yo esperaba en la puerta de calle, al atardecer, el rodar de los ciclos del amor primero. Se unían a mis esperanzas el perfume de las violetas, de los jazmines y el color de las caléndulas llamadas por los malintencionados “culo de vieja”. No entiendo por qué la llamarían de ese modo.

     Me he mirado al espejo con esfuerzo, colocando otro espejo a mis espaldas, y el susodicho está igual que hace 40 años. Alguna vez sabré el porqué de tal infundio.

     Vuelvo al flaco de quien nunca supe siquiera el nombre: mis compañeras de estudio tenían sus novios, yo nominé James al flaco mío e inventé situaciones ardorosas para no ser menos. Y no lo fui. Confieso que antes me había enamorado de Gary Cooper mientras él rodaba A la hora señalada. El ciclista del sueño se le parecía.

     Un crepúsculo abrileño, el flaco habló. Todo su parlamento consistió en una insinuación de tres palabras: “chiquita pero preciosa”. Mi mamá, que oyó, exclamó de viva voz: Qué pronto se le calentó la cola. Fue sólo eso. Pero bastó. Advertí en mi ánima la quebradura del vaso de Samain en el que muere la flor pura: “No lo toquéis, roto está ya”. Mi mamá murió sin darse cuenta de mi dolor dramático de adolescente. El flaco de la bicicleta no rodó nunca más por la callejuela sus ciclos enamorados. O yo no pude verlo.


En: LAS 12 / Viernes, 6 de noviembre de 2009.
Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta y narradora. En 2007 recibió el Premio de Nueva Novela Página/12 por su libro “Las primas”. Foto: jmp

sábado, 12 de septiembre de 2009

Aurora Venturini y Las diferencias



LAS DIFERENCIAS

La novia saltó de alegría cuando el novio, él mismo con su propia pluma, marcó en el almanaque la fecha de su casamiento. Debo aclarar que esta novia se sentía agradecida, agraciada por la actitud deferente del novio. Es que éste se había doctorado recientemente.

En realidad ambos marginaban en la clase media, sólo que él emancipábase sobre un título universitario, no, más que eso, un doctorado.
Hubo un gran alboroto en el seno de las dos familias. Sueño cumplido. La de ella por ganar brillos emparentándose con la de él. La de él, deshaciéndose en comentarios no muy positivos, dado que esperaban algo más que una chica de barrio para el graduado.

La novia pondría de manifiesto la aceptación familiera haciendo saber que sus padres le regalarían el traje blanco, la joya con un pequeño diamante y la fiesta en una confitería paqueta. Resumiendo, resultará sencillo deducir que la familia del novio contribuyó sólo poniendo al mismo en escena. La novia, en conciliábulo con su futura familia, decidió evitar la invitación a sus padres por considerarlos muy ordinarios.

Sin saberlo, o no obstante, los cuitados esperaban vestidos de gala que vinieran a buscarlos a última hora. Las copas, la alegría siempre relajan las proscripciones. Perdidas ya las esperanzas, se acostaron. La madre, antes de entrar al sueño reparador, le dijo a su marido: “Qué linda estaba la nena”.


En: LAS 12, Viernes, 11 de septiembre de 2009

Aurora Venturini nació en La Plata el 20 de diciembre de 1921. Poeta, narradora. En 2007 recibió el Premio de Nueva Novela Página/12 por su libro “Las primas”
#TallerLiterarioCityBell #TallerLiterarioLaPlata

sábado, 20 de junio de 2009

Aurora Venturini: Las olas


En la playa el pequeño enarenado semejaba estatuilla de cerámica. Antes ingresó en el río pero después, revolcándose en la costa, desapareció bajo la pátina amarillo ocre. Contemplaba ahora el silencio del agua.
El niño del verano se sentó, se acuclilló, y con una cucharita de helado abandonada comenzó el dibujo. A ratos suspendía la tarea y buscaba con ojos quietos algunos detalles importantes. Tal vez buscara inspiración. El pequeño entraba en sí mismo, y enseguida salía, creaba y reproducía. Finalizó su obra y lo vi acostarse sobre ella. No quise acercarme. Son raros los chicos que crecen solos. Se ofendería de extraña incursión en territorio recién estrenado. Este niño del verano habitaba en un Instituto de Minoridad cercano a la costa del Río de la Plata. Otros chicos, también internados, apenas los sacábamos al aire, preferían nadar, ranitas desprovistas que se secaban al sol muertos de risa. Chiquilines de seis a ocho años, inocencias raquíticas que permanecían todo el año en ese instituto y que durante el invierno temblaban. Valía la pena pagar ese tributo a los meses del estío cuando saltaban de las caminatas para hacer pozos en la arena y jugar a ver quién nada más lejos de la costa.
Acuclillado y acostado en su dibujo despertó cuando crecía el agua que venía lamiendo arenales y barriendo cosas. El chico retocaba su obra contra las olas que atentaban contra una línea, pero cuando advirtió lo inútil de su esfuerzo, lloró. Repitió igual varias veces la operación dibujo y entonces yo me acerqué. Los ojos húmedos me miraron y ahí recién reconocí al chico que había ingresado hacía dos años, la madre muerta y otras orfandades en su planilla.
¿Por qué estás triste?
Porque el agua me la quita. Yo dibujo a mi mamá en la arena y ella vuelve pero el agua me la quita.
En la plácida dulcedumbre del verano me senté con él en la arena. Fui niña de nuevo y los dos vimos una lánguida figura, pálida, que se despedía hasta el próximo verano.
Es mi mamá, me dijo él.

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En: Las 12, Página/12, 19-06-09
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Aurora Venturini nació en 1921 en La Plata, ciudad en la que vive. Un jurado integrado por Juan Ignacio Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain le otorgó en 2007 el Premio Nueva Novela de Página/12 por su novela "Las primas".
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Foto: Punta Lara, 1949. Álbum familiar jmp. Archivo de la talita dorada.
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sábado, 7 de marzo de 2009

Aurora Venturini y La vanidad



La vanidad


A Paquita del Orto se la tenía jurada pero todavía no se me había dado la oportunidad, que debía ser esplendorosa a fin de desbarrancarla del altillo que ella suponía trono. Paquita filiaba una menopausia que le aumentaba sus deficiencias vanidosas. Desde la capelina, sombrero de esos tiempos, elegante y sutil, hasta los zapatos de tacones infinitos, pasando encima de vestidos y trajecitos, aunque muy flaca y derrengada, ella misma que así lucía, declaraba alabando su personita: sos monísima. Corrieron los días torrencialmente cual los ríos bajo los puentes, y Paquita, entrada en la madurez por la vía de un raquitismo impresionante, cazó a un señorito distinguido, y se casaron. No hubo descendencia y sonaron líos de espesura importante, con intervención de madres, suegras y otras iniquidades. Interesada, mantuvo el matrimonio y decía que a pesar de todo se sentía bien. Lo sorprendente en Paquita, su sonrisa imborrable de mejilla a mejilla, donde la larga nariz, curiosa, insistía en meterse revisándole boca y garganta. Confieso que he vivido cargada contra Paquita. De ahí que tal vez sumo oscuridades a mi descripción. Si esta criatura increíble no me hubiera vituperado como lo hizo variaría mi paleta de caracteres, y daría paso a apenas un ser vulgar. Después de todo, yo disto de belleza sorprendente y no se dan vuelta para mirarme, mas la distancia entre la modalidad vanidosa de la aparentemente fotografiada, conmigo, es sideral. Nos encontrábamos en conciertos y acontecimientos sociales, al año nos chocaríamos cuatro o cinco oportunidades y en cada choque simulaba no verme o preguntarme: “¿Cuál es tu nombre?, porque no te registro”. Se formaba en torno de ella una ronda calibrada de idiotez e idéntica deformación que Paquita manejaba a capricho con fines de disminuir a las prójimas en beneficio de sí misma. Un día de otoño, cuando la lluvia es tan fina que no parece que llueve, cobré todas las deudas que me debía. La madurísima Paquita irreconocible, espantosa, cabía dentro de un largo vestido blanco. Desde un palco a otro, aprovechando un silencio en el teatro, le grité: ¡Paquita, qué bien te queda el sudario!

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En: LAS12, 06/03/09, Página / 12-