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domingo, 22 de abril de 2012

Rodolfo Alonso – Historia de Juan Antonio Vasco



HISTORIA DE VASCO


Es con profunda, tocante emoción que recibo la anhelada y bienvenida noticia de que Ediciones En Danza, de Buenos Aires, va a lanzar finalmente en 2012 la poesía completa de Juan Antonio Vasco (1924-1984). No sólo porque, como les consta a su mujer y a sus dos hijas, hace ya mucho tiempo que aquí y allá, donde y cada vez que pude, venía insistiendo en la imperiosa necesidad de hacerlo. Sino también porque, en todos los ámbitos de nuestra lengua, pero sobre todo en aquellos donde se produjo y donde se incluye: Argentina y Venezuela, la palabra vivaz y honda, vivificante y tañedora de este gran poeta latinoamericano, precisamente hoy debía volver a preñar el castellano con su timbre tan legítimo, con su tonada en que confluyen resonando el Plata y el Caribe.

Ya me había resultado particularmente alucinante tener que enfrentarme por escrito, en aquel panorama antológico de Juan Antonio Vasco que fue titulado como uno de sus mejores poemas: Déjame pasar (Último Reino, Buenos Aires, 1988), con el amigo ya muerto que sin embargo sigue viviendo, hablando, mirándome y gesticulando desde nuestra propia memoria, literalmente desde su imagen todavía activa y movediza, indeleblemente grabada en el fondo de nuestras retinas.

            Extraño fue entonces para mí toparme hecho lectura a un Juan Antonio Vasco que dentro mío conservo tan vivo y fresco como cuando lo conocí, apenas poco tiempo antes de su primera larga estadía en Venezuela, o cuando volvió de allí, unos diez años después, antes de comenzar a caer postrado en su trágico lecho de enfermo, donde lo esperaba otro largo viaje, quizás hacia sí mismo. Era unos diez años mayor que yo, pero esa distancia no existía en mi trato con él, a la vez exigente y fraternal. Al envío de mi cuarto librito, allá por 1959, respondió con unas líneas donde adoctrinaba amistosamente algo así como: “Desmelénate, chico. A ver qué barro arrastras”. Es que ya había dejado Chascomús y tomado contacto con el surrealismo porteño. Pero esas palabras suyas, a la vez toda una estética (y también toda una ética), nos testimonian y nos adelantan que su sincera adhesión a los postulados de André Breton y sus amigos no era en absoluto, de ningún modo, apenas intelectual.

            El choque de aquella imagen íntima, privada, con el redescubrimiento que supuso entonces aquella antología preparada por Ricardo Herrera, fue capaz de producirme ciertas reverberaciones que quizá superaban, intuyo, el caso particular. Porque la palabra escrita, la palabra poética (y muy especialmente esta palabra), no es por supuesto meramente el reflejo, digamos especular, de una personalidad. No es, apenas, un instrumento, y mucho menos un utensilio. Aun para quien no acepte que el lenguaje tenga una vida propia, y se niegue entonces a imaginar que podamos ser nosotros su instrumento y no sólo a la inversa, difícil será negarse a la evidencia de aquello a lo que tan bien aludió el límpido Pedro Salinas: que el lenguaje tira de uno.
 
Y ya que estamos hablando de surrealistas, recordemos que la ortodoxia de ese movimiento quiso liberarse de los imperativos de la razón e imaginó –Breton dixit un “automatismo psíquico puro” que permitiría la libre expresión del inconsciente. Pues bien, tal automatismo entonces considerado archi-revolucionario, a mi modesto entender no deja de seguir considerando al lenguaje como un instrumento, en este caso del inconsciente en lugar de la razón. Pero, a la vez, también resulta llamativo que, en una literatura como la argentina, donde prácticamente no ha tenido asidero el llamado “realismo mágico”, haya sido de los integrantes del pequeño grupo filosurrealista de donde surgieron voces tan hondamente, tan íntegramente latinoamericanas como las de Enrique Molina, Francisco Madariaga o Juan Antonio Vasco. Así como no es menos llamativo que, en todos ellos, cada cual a su modo, el esplendor de los paisajes soñados o entrevistos se haga uno, se haga carne en el esplendor de los lenguajes, orgánicamente espontáneos y, sobre todo para el caso de Vasco, sabiamente, sagazmente populares, en el mejor sentido.

            Aquella selección de 1988, que creyó conveniente dividir su contenido entre poemas, cuentos, ensayos y traducciones (coincido en que no he leído mejor traducción castellana de Gottfried Benn), además de su loable intento (que recién ahora se va a cumplir en plenitud) de poner en circulación la personalidad de un poeta absolutamente singular y a la vez también significativo como vimos de ciertas actitudes más generales, ostentó asimismo otros méritos. Que comenzaban directamente por Historia de Vasco, título homónimo de aquel drama del luminoso Georges Schehadé que tan bien le sirvió allí a Herrera, en un lúcido hallazgo, (y me sirve ahora a mí) para denominar igualmente a su atinada introducción. En la que seguía en gran medida el itinerario vital de nuestro poeta: su infancia de huérfano a quien llevan a vivir al campo, su adolescencia en Chascomús, el encuentro con los surrealistas porteños, los diez largos años en Venezuela, esa larga y lenta agonía de su maldita enfermedad (sobrellevada con tanta entereza, con tanto valor, realmente ejemplares).

            Algunas claves se acentúan cuado vuelvo a leerlo: en primer lugar, la honestidad absoluta –doy fe--, la absoluta inocencia con que Vasco vivió y nunca trató de ocultar sus contradicciones (esas contradicciones que alguna vez comparé con señales de estar vivo), principalmente entre las antónimas poesía y publicidad, sin duda como agua y aceite para quien adhiriera al ideario surrealista que, bien sabemos, no era revolucionario apenas en literatura, y el ejercicio de altos cargos directivos en una desmedida multinacional. Pero también, y de un modo cabalmente relevante, su fidelidad, su pasión, su entrega a esa dicha del lenguaje que la poesía es según Wallace Stevens (su hermano también en contradicciones similares). Si Vasco inicia su producción en forma magistral a través de las formas clásicas castellanas, y aunque después tomara caminos bien opuestos, también es verdad que nunca las despreció, especialmente en el sentido de que él sabía que no debían considerarse una finalidad, sino un medio. Uno de los instrumentos posibles para ese verdadero fin que es el lenguaje, el genio de la lengua que tanto le conmovió a él mismo descubrir vivo y contagioso en su itinerario latinoamericano, y sobre todo en su contacto tan fraternal con el pueblo venezolano.

            Si hoy puedo continuar afirmando que, especialmente su imborrable Hay que pagar, pero también su sintomático Prohibido pasar, me siguen pareciendo absolutamente  imprescindibles cuando se quiera hacer una muestra certera de la poesía latinoamericana contemporánea, bien sabemos que ello no es así tan sólo por sus evidentes, inclusive sonoros hallazgos verbales, por sus peculiares logros digamos estilísticos (que los tiene, y muchos), sino también por la forma en que, al hacerlo, allí quedan encarnados asimismo de manera inefable, indiscernible, su denuncia del hambre y la injusticia que soportaron y aún soportan tantos humildes de estas tierras, aquella otra idea de la poesía que “se hace negación de la iniquidad” que enarbolara nada menos que Baudelaire. Belleza que es verdad, y también viceversa, la palabra de Juan Antonio Vasco no seduce, enuncia; no propone, no discurre: evidencia. Como la indeleble “rosa de fuego” que él supo entrever y enaltecer también en don Antonio Machado, el fuego de su verdad y el fuego de su belleza vivirán hechos uno en el poema logrado, seguirán viviendo en otros, en quienes sean dignos de ellos.



Juan Antonio Vasco (Buenos Aires, 1924-1984).

Rodolfo Alonso (Buenos Aires, 1934). Poeta, traductor, ensayista.
Foto: JAV, archivo Carmen y Clara Vasco.

lunes, 23 de marzo de 2009

JUAN ANTONIO VASCO: El largo olvido de un poeta argentino



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Por Alberto Luis Ponzo


Maestro rural, vidrierista, integrante sobresaliente del grupo surrealista de los años 50, publicista y, en un plano de mayor trascendencia, poeta y narrador original, Juan Antonio Vasco pertenece sin duda a esa franja de la cultura del silencio que todavía no ha tenido el reconocimiento de sus contemporáneos. Pocos críticos se han ocupado de revelar la trama densa y sensible de su obra, en la que se cruzan experiencias conflictivas, adhesiones y rechazos, imágenes que “desafían la mezquindad convencional de nuestra vida”, como ha dicho Graciela Maturo, y elementos propios de sus incursiones en los campos de la crítica y el ensayo.

Pasó Vasco buena parte de su vida en Venezuela, donde representó a una de las más importantes empresas de publicidad, y allí realizó un notorio giro intelectual y estético, tomando contacto con una América que “desuella a sus hijos”, como expresó en uno de sus reveladores poemas.

Había llegado a Caracas luego de participar en uno de los movimientos de mayor gravitación en la literatura continental: el surrealismo, esa “mística de la revuelta contra la condición humana mezquina y sórdida, según una precisa definición de Aldo Pellegrini, uno de los más lúcidos teóricos de las nuevas propuestas. La trayectoria del poeta-vendedor había comenzado con “El ojo de la cerradura” (1943), libro de resonancias hispánicas, pero muy pronto tomaría otros rumbos más comprometidos y originales, tal vez favorecido por los cuestionamientos de otros poetas y la actitud de autores hoy más reconocidos, como Enrique Molina, Francisco Madariaga o Alejandra Pizarnik.

Es así como, el mismo año de su viaje a Venezuela, Vasco se orienta vigorosamente hacia una poesía conversacional, sin ecos retóricos, que dio a conocer en “Cambio de horario”. Más tarde, ya en posesión de un idioma “sin subterfugios ni elementos decorativos”, como expresó recientemente Ricardo H. Herrera, adquiere su más alta tensión en “Destino común” y “Pasen a ver”, dos obras editadas en Venezuela y Argentina.

“El poeta es más que nunca el contradictorio, el contradictor, el que contradice, el que dice-contra”, escribió Juan Antonio Vasco. Desde esta óptica tan rigurosa impugnaba “el uso publicitario del lenguaje, porque hacía sospechoso el pan cotidiano y creaba una atmósfera interior explosiva.”.

Vasco no dejó fuera de esa órbita cuestionadora el género narrativo, la crítica y la investigación literaria. Algunas revistas de Venezuela adelantaron cuentos de su libro inédito “La cama carnívora”, además de poemas, estudios críticos y traducciones.

En su libro “Proyecciones del surrealismo en la Literatura Argentina”, Graciela Maturo lo define como “hombre de América, en una actitud negadora y a la vez fáctica, destructiva y augural”. Nacido en Buenos Aires en 1924, Vasco falleció como consecuencia de una esclerosis generalizada, sesenta años después. Hasta sus últimos días siguió trabajando con un grabador y “el palito que movía con sus dientes”, como él mismo contaba.

“Nos dejó una poesía indisolublemente ligada a su vida –escribió Herrera– y es eso lo que de verdad nos interesa, esa inextricable y explosiva mezcla de su legado”.

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POEMAS DE JUAN ANTONIO VASCO (1924-1984)


ANTIGUAS COSTUMBRES

Misericordia oh mundo oh vida oh conocimiento del arte, oh ciego candor de la balada de nosotros mismos
Fuera de tono
Este siglo completo habrá que transportarlo a través de la nieve a pulso y a crédito
Allá en la gran parrilla San Sebastián gusta de los placeres de la música;
el cordial caballero sujeta los cordones de sus zapatos y no tiene tiempo para más
porque todo se le va en sufrir
¡Cómo fracasan las costumbres naturales!

(Pasen a ver)


EPITAFIO DE UN LIMPIO

Quiero dejar escrito
pintado en la pared
todo el bien que me han hecho
los ríos de agua fría
el mar caliente
el sol desnudo
las ciudades con olor a ceniza

Mis amigos
con una bengala en cada mano
para mí
carpintero de la nostalgia
mudo de padre y madre
me daban la bienvenida
y mis mujeres
la vida
en Londres bajo la lluvia
en Caracas bajo el sol

Puedo llorar a mares
me voy porque me voy
no porque quiera
la pasarela del Samborombón
ya no se pasa
y la esquina rosada de Barinas
ya no se cruza
el avión ya no toca en Grano de Oro
el ferry no fondea en Palmarejo
la chalana no amarra en Soledad

Me voy
me llevo todo

me voy limpio
hablando en español con mi boca de
tierra

(Pasen a ver)

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(De: “Antología de la Poesía Argentina”. Tomo II, de Raúl Gustavo Aguirre. Ediciones de Librería Fausto, 1979)-

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