viernes, 17 de septiembre de 2021

PEDRO DONANGELO El tono impuro de lo que pienso




UNA ADVERTENCIA INNECESARIA EN MI CASO

posible retrato de mí, repantigado en el sofá
esperando que hierva el agua de la pava.
Colores fluorescentes y el blanco de pelos
hasta la punta del rabo casi nunca incólume
sobre el fondo gris algo verde del nuevo tapizado,
pantalones de azul o el azul de los pantalones,
casi imperceptible giro hiperrealista
que incluye a la jirafa de madera, manchas marrones,
bordeadas de amarillo,
entre otros matices
y el tono impuro de lo que pienso.

“No compartir el mate”, dice el espectro
de la muerte número 743.

Se anhela el borboteo de la pava
y el paso de una palabra en este cuerpo,
         tan bien acomodado.



VERSIÓN TOPOGRÁFICA DE LA ORINA DE MI PERRO

ahora, ocioso,
paseo a mi perro
en horas desacostumbradas.
Incómodo, (o algo así, no definido)
por la frecuencia de mis circunstancias
en los ojos de los demás,
bordeamos otra vez el paredón rojo
y me detengo
para crear la versión topográfica
de su orina. Una isla,
un archipiélago donde brama el mar
y azota al acantilado.
La isla se extiende
sobre un país siempre en ciernes.

Más que la lámpara del asceta o una siesta,
necesito un estruendo,
ahora ocioso y repetido
en los ojos de enfrente.



UN PASEO

al fin hiciste lo que pensabas:
correr el clavo para ubicar casi en el mismo sitio
un plato incomparable.
Ese día o el día anterior al que corriste el clavo
viajamos al centro, “pero la recluida, imprevistamente,
apresuró el regreso”
y próximos al Palacio de la Pizza abandonamos tu mirada
en el mendigo que exhibía el pie partido.




Inéditos / 
Pedro Donangelo (Buenos Aires, 1949) / Hacedor del blog El poeta ocasional / Foto: jmp, “Basho” 

viernes, 10 de septiembre de 2021

INÉS ARÁOZ El amor de dos poetas, solos, en el centro del poema




ACHE EFE 

a Hugo Foguet





I
 
 
Es un amor que no puede ser contado.
Es el amado en el centro del poema quizás, y su poder extraño, ni siquiera sol, ni siquiera Ulises.
Extranjero canto, meridiana y noche, distante y claro, convocando.
Y yo nada, mis cabos sueltos, mi fuerte mirada ya sólo en el amado, en él disuelta, yo nada.
No es un amor de pequeñas algarabías. Es una luna en llamas  –y tan sin peso yo en ella– y su cielo un serpentino mar impío que la refleja.
Es un amor que empezó oscuro como un presagio, el pico curvado del cazador en los sueños de los amantes y la voz oracular e íntima de las cosas sin nombre calcinándolos.
 
El amor de dos poetas, solos, en el centro del poema.


II
 
Por sobre todo estabas vivo cuando morías y yo te amaba.
Amé tu pecho seco y la avidez de tu boca y de tus palmas.
Recordé el coraje del volatinero al tensar la cuerda.
¿Qué es la muerte del amado?
Es el árbol
la ceniza
el gesto tierno
         de lo cotidiano.
El capullo de la rosa china entre las aspas de un molino.
Radiación traviesa del poema en la piedra azul que lo refleja.
Alternancia de la luz y de las nubes.
Es aquello
que no debe ser nombrado.
La voz
            sin pronunciarse.
                                            El tajo
            en el corazón.
                                      El mío.

Soy yo la muerte del amado.




En Los intersticiales, El Imaginero, Buenos Aires, 1986 / 
Inés Aráoz (San Miguel de Tucumán, Argentina, 9 de enero de 1945) / Foto: jmp

jueves, 9 de septiembre de 2021

FABIÁN CASAS Le escribo para decirle que he vuelto, esta mañana, a leer sus versos




Pogo

SEÑOR, LE ESCRIBO PARA DECIRLE

Señor,
le escribo para decirle
que he vuelto, esta mañana,
a leer sus versos.
Mi sed está saciada
y me siento iluminado.
No sé cómo pude
negarlo tres veces,
practicar la escritura automática
y unirme a la crueldad
de la multitud.
La esgrima tonta de los días
se había apoderado de mí.
Perdóneme, recíbame.


TODOS LOS POETAS SON MORTALES

Como un homenaje a la tautología,
Wilcock muere de un infarto
mientras lee un libro sobre el corazón,
Montale se queda dormido y Eliot,
muy débil, se colorea la cara
y negocia con Dios.
Pero, ¿cómo?
¿El viejo Wally escribía poesía?


ESPERANDO QUE LA ASPIRINA

Esperando que la aspirina empiece a trabajar,
que acomode los cuartos, que revuelva el café
y que traiga a mi madre, fresca,
a esta tarde de agosto,
hojeo revistas estúpidas, escucho discos viejos
me pregunto en qué momento
los dinosaurios sintieron
que algo andaba mal.



En Horla City y otros. Toda la poesía 1990-2010, Emecé, cruz del sur, Buenos Aires, 2010 /
Fabián Casas (Barrio de Boedo, Buenos Aires, 7 de abril de 1965) / Foto: jmp

domingo, 5 de septiembre de 2021

JOSÉ SARAMAGO El arco iris vuelve todas las noches


29

 

         Se levantó entonces un gran viento que barrió de punta a punta entre el mar y la frontera la tierra de los hombres

 

         Durante tres días sopló constante arrastrando las nubes de los incendios y el olor de la carne muerta de los invasores

 

         Durante tres días los árboles fueron sacudidos pero ninguno arrancado porque este viento era como una mano tan sólo firme

 

         Los armazones de los animales mecánicos rodaban por la llanura como arbustos desenraizados y todo era arrastrado hacia lo lejos hacia las tierras donde nacen las pesadillas y el terror

 

         Después llovió y la tierra se quedó de pronto verde con un enorme arco iris que no se desvaneció ni cuando el sol se puso

 

         Esa primera noche nadie durmió y toda la gente salió de las ciudades para ver mejor los siete colores contra el fondo negrísimo del cielo

 

         Y hubo quien lloró de rodillas sobre la tierra blanda sobre las hierbas que exhalaban el vertiginoso olor del humus

 

         Y hubo quien ininterrumpidamente cantó una extática melodía no oída hasta entonces que era el largo suspiro sollozo de la vida que naciendo se sofoca plena en la garganta

 

         Y por los campos ardieron hogueras altas que hicieron de la tierra vista desde el espacio otro cielo estrellado

 

         Y un hombre y una mujer caminaron entre la noche y las hierbas naturales y fueron a tumbarse en el hermoso lugar donde nacía el arco iris

 

         Allí se desvistieron y desnudos bajo los siete colores fueron toda la noche un ovillo de vida susurrante sobre la hierba pisada y olorosa de las savias derramadas

 

         Mientras lejos en el mar el otro extremo del arco iris se sumergía hasta el fondo de las aguas y los peces deslumbrados giraban alrededor de la luminosa columna

 

         El día amaneció en una tierra libre por donde corrían sueltos y claros los ríos y donde las montañas azules apenas reposaban sobre la llanura

 

         La mujer y el hombre volvieron a la ciudad dejando por el suelo un rastro de siete colores lentamente diluidos hasta fundirse con el verde absoluto de los prados

 

         Aquí los animales verdaderos pastaban alzando sus hocicos húmedos de rocío y los árboles se cargaban de frutos pesados y ácidos mientras en su interior se preparaban las dulces combinaciones químicas del otoño

 

         Entretanto el arco iris vuelve todas las noches y eso es una buena señal

 

 

 

En Poesía, Alfaguara, Madrid, 2003 / Versión de Ángel Campos Pámpano / De El año de 1993, 1987

José de Sousa Saramago (Azinhaga, Portugal, 12 de noviembre de 1922 – Tías, España, 18 de junio de 2010) / Foto: jmp

 

sábado, 4 de septiembre de 2021

HORACIO ZABALJÁUREGUI Tres poemas


NUNCA VOLVERÉ A ENAMORARME ASÍ


Nunca volveré a enamorarme así, dice
como en una canción
en la luna del espejo, dice,
como un caracol en el filo de la navaja,
nunca volveré,
al páramo del mundo, al ritual,
al lugar común, a invocar
al encantamiento, a la divina ceguera
dice, choose me,
nunca volveré
al uroboro cazabobos sin fin
a la pura pasión
a ser el vértice, el vórtice, dice,
en la luna del espejo
en la imagen muda, otra
nunca descuartizado y disperso
cuando me miras, dice,
tu mirada perdida en la copa del paraíso
a donde van las miradas perdidas
a la copa del árbol que se enciende
dice en negrita
de lo que están hechos los sueños
y polvo será
la memoria, el sueño de otro
instantes que hacen foto allí
en el sentido viciado
en el desierto tentacular
en cinta sin fin, dice,
al cabo, lo que no dejan vivir
ramalazos que no cesan, dice,
la voz de lo que no fue una foto
dice, choose me,
nunca para siempre
cazabobos sin fin, el destino

 

 

 

DONDE SOPLA LA SED


Donde sopla la sed
enciende y apaga
la víscera cordial
la bóveda de la noche
el desierto del corazón
enciende y apaga
el faro del mundo
el ídolo de los náufragos
enciende y apaga
escande como las sirenas
la memoria del desastre
donde sopla la sed

 

 

 

LA CAMPANA, EL PÁJARO QUE ABRE LAS ALAS

 

La campana, el pájaro que abre las alas

lo que llena el ojo y encandila

la estampida de la lluvia

el resplandor de la voz

la pasión

el molde del alma

que encadena a las entrañas

la exhalación, el claro

el bosque alta marea

todo eso

como si fuera el horla en tu respiración

en el temporal de los jadeos

el recomenzar de la lluvia

como se amartilla el deseo

así vuelve a llenar

lo que impostado se vacía

                                    y ahueca el ala.

 

 

 

 

 

En revista de poesía Último Reino, número doble 24/25, Buenos Aires, 1998 / Director: Víctor Redondo /

Horacio Zabaljáuregui (América, provincia de Buenos Aires, 11 de mayo de 1955) / Selección y fotos: jmp

miércoles, 1 de septiembre de 2021

GUSTAVO BORGA Me levanté y comencé a escribir



         Caí

de rodillas

el día

que el sol

me atravesó

 

me levanté

 

y comencé

a escribir

 

 

 

         con una mano

escribe

con la otra

asfixia

 

a un niño.

 

 

 

         en una habitación oscura

fue asesinado un hombre

que huele a mierda

 

siete niños

lo miran en silencio

 

en sus manos rojas

pedazos rojos de vidrios.

 

 

 

         el caballo que viste
fugazmente
desde la ventana
del colectivo

(el animal estaba solo
parado en cuatro patas
en medio del campo)

era yo

yo me llamo Gustavo
Gustavo Borga me llamo

Soy tu espejo.

 

 

*

 

         antes de morir

mi padre

me regaló
su reloj

yo lo vendí

compré libros.

 

 

 

         mi madre
no me bañaba nunca
sin embargo
yo tenía los ojos limpitos

 

acostado en el suelo
miraba ángeles en el cielo.

 

 

 

         ¿Solo yo vi

la mariposa azul

que entró al velorio?

 

No

Vos también la viste

 

No lo digas nunca

 

La mariposa azul

Se posó en los labios

De la niña muerta

 

Yo tampoco

Lo diré nunca.

 

Se fue

La mariposa azul

 

Nadie la vio.

 

 

 

En revista de poesía La Guacha, número 27, julio de 2007, Buenos Aires, Argentina. Editores: Claudio Lo Menzo y Javier magistris / Selección y fotos: jmp /

Gustavo Borga (Villa Nueva, provincia de Córdoba, 7 de diciembre de 1960) /

lunes, 30 de agosto de 2021

ESTELA FIGUEROA Donde no hay sexo no hay problemas


 

Tracé un paréntesis en mi vida

En ese paréntesis puse mis emociones.

Como un chico que en una tarde de domingo
pasea con un globo
yo paseo con mi paréntesis.
Si el hilo es fuerte
lo conservaré.
Si es débil
no claro que no.

Mis emociones
me inundarán
como un río.

 

 

Principios de febrero

 

No.
El hermoso verano
no ha terminado aún.
Nos queda un mes para estarse en los patios
y descalzarnos
mientras charlamos
de esto y aquello
sin ton ni son.
Todavía habrá hombres de brazos tostados
en las calles
de la ciudad envuelta por la noche
brotada toda
como un lazo de amor.

 

No.
No me sostengas que no voy a caerme.
Sólo se caen las estrellas fugaces
y yo -te dije-
quiero permanecer.

 

Un hombre es bueno para una noche.
Cuando amanece es un reflejo dorado
sobre la cama donde se toma café.
Y es agradable el olor que deja.
Dura todo un día.
Pero no toda la vida.

 

Luego hay que descansar.
El libro de Kavafis y el de Pavese
sobre la mesa de luz.
Hay que aminorar la marcha.
Sentarse un rato a solas
en el sillón del patio.
Mujeres: tendríamos
que aprender de los gatos.
¡Cómo agradecen el tazón
que rebosa de leche!

 

Falta para el otoño.
Que nos encuentre intactas.
Sin habernos negado
a estas pasiones
que cada tanto
asaltan.

 

 

Un atardecer de abril después de una separación

Ya no tengo a quién esperar.
De modo que para qué preocuparse
por cambiar las sábanas
o barrer el patio.

Se hace lo imprescindible
regar las plantas
dar de comer a los gatos
¿qué culpa tienen?
Al crepúsculo salgo a la calle
en busca de cerveza.
Mi vecino homosexual me invita
a cenar este sábado en su casa.
Acepto.
Donde no hay sexo no hay problemas.

Estos encuentros
han llegado a ser mi único sentimiento.

 

 

Naturaleza muerta

 

Tomates rojos

con una hendidura negra.

Limones amarillos

con pezones verdes.

Zanahorias erectas

papas ovales

bananas que yacen arqueadas.

 

Sexo sobre la mesa

donde amaso el pan.

 

 

Mi cuerpo

 

Hay momentos en que mi cuerpo me parece
como una casa abandonada.

 

Y no sé si soy yo
o es mi fantasma
que ha entrado en él
por error.

 

 

Suspiro

 

Suspiro dentro de un vaso
que era para flores.
Un suspiro lo limpia.
Otro lo empaña.

 

 

Momento ante una cama

 

Con una mano

la sostuve.

Bajo la sábana blanca

el colchón azul era

como todos los colchones.

 

Manchas de semen

manchas de sangre

formaban islas ocres

rojas

en el océano inmóvil.

 

Frágil pareció mi mano

y liviana la sábana

con la que volví

a cubrirlo.

 

Las islas

el océano

fueron entonces un campo nevado

donde mi mano

-extraño pájaro-

graznó torpemente

y se fue.

 

 

Un muerto no es un muerto es la muerte

Es una visita que ya no vendrá
como no sea en sueños.
Es una casa a la que nunca más iremos
como no sea con la imaginación.

De aquel domingo del invierno pasado
en que tres amigos comimos torta “con sabor a infancia”
-como dijimos-
y tomamos té con canela
soy la única sobreviviente.

Hace unos días
después de una lluvia
-pensando en estas cosas-
planté un gajo de enredadera
que había echado raíces
dentro de una botella.

Parece que prendió.
Quisiera que
-trepando por la pared-
cubriera el patio
donde da tanto el sol.
Es probable que así sea.
Pero hoy me pregunto
si llegaré a verlo.

 

 

A Manuel Inchauspe, en el hospicio

Las nuestras, mi amigo,
son obras pequeñas.
Escritas en la intimidad
y como con vergüenza.
Nada de tonos altos.
Nos parecemos a la ciudad
donde vivimos.

Perdiste tus últimos poemas
y yo casi no escribo.

De allí
esos largos silencios
en nuestras conversaciones.

 

 

Dimensión del tiempo

(o a mi casa se entra por el patio)

 

Dos días fuera de casa

pueden ser una eternidad.

 

La tormenta asustó al gato

que quiso entrar a la casa.

 

Rompió la tela metálica

y se lastimó.

Las planteras rodaron por el piso ensangrentado.

Parte del árbol de mora se chamuscó.

La ropa se cayó de la soga.

 

Al entrar

desconocí todo

como si fuera una ladrona.

 

 

“Árbol eres, musgo eres, eres violetas arrasadas”

Ezra Pound

 

En el hueco que hay entre mis pechos

puse un puñado de tierra.

 

En la tierra hundí

la raíz de una enredadera.

La enredadera empezó a crecer.

 

Yo

desnuda en el patio de mi casa

me apoyé en un árbol.

 

En poco tiempo estuve cubierta

por hojas frescas y verdes.

 

En poco tiempo la enredadera

pasó a envolver el árbol.

 

Yo pasé a ser árbol.

Cuando llueve tomo agua

cuando hay viento tomo aire.

 

Como nadie me ve

nadie más me hará daño.

 

 

 


En Poetas argentinas (1940-1960), selección y prólogo de Irene Gruss, Ediciones del Dock, Buenos Aires, 2006; revista Diario de Poesía, número 20, primavera de 1991, director Daniel Samoilovich; Atlas de la Poesía Argentina, coordinadores Eugenia Straccali y Bruno Crisorio, Edulp, La Plata, 2017 / Selección y fotos: jmp /

Estela Figueroa (Santa Fe, 12 de agosto de 1946) /

miércoles, 25 de agosto de 2021

GRACIELA MATURO Llega la lluvia con sus pies diminutos



A Eduardo Antonio Ascuy, 1926 - 1992

 

I

 

Te llamo

te llamo en la niebla de la ciudad

entre las máquinas que giran

y papeles que vuelan en la blancas madrugadas.

Te llamo en el laberinto en la violencia

en el desierto de las voces mecánicas

en el páramo del simulacro cotidiano.

No conozco el idioma del paisaje celeste

ni la llave que alcance tu morada de aire.

Sólo puedo ofrecerte esta palabra

un alimento triste y el vino solitario

que arrastra recuerdos de parques bienamados

de calles que te pertenecen

de libros donde juntos morábamos.

Todo me dice mi orfandad

cuando llega la lluvia con sus pies diminutos

sobre mi corazón sin abrigo.

Te llamo y te llamaré con el latido

último de mi cuerpo

cuando Ella venga a mí

como una madre compasiva y pálida.

 

 

V

 

Hablabas de aquel lugar,

el prado sin otoño donde la brisa se detiene

y el agua es un cristal murmurante.

Hablabas de la rosa que resplandece intacta,

de bellos y enternecedores suicidas

que merodean junto al misterio.

Tuviste ojos de fuego para mirar el abismo

y dos palomas guiaron tus pasos

hacia el arbusto incandescente.

         Sola en el arenal

         me alimento de tus palabras

         rocío fiel en la sequedad del mundo.

 

 

XI

 

Tu partida me abrió un sendero oculto

entre pinares solitarios,

un camino que empieza en el crujir de mis huesos,

en la alquimia secreta de las lágrimas.

Pude erguirme dichosa

entre tulipanes recién abiertos.

Anduve por atajos pedregosos

mordida por las espinas

y hallé pámpanos nuevos,

uvas de nieve y de cristal.

Las hojas de la hiedra coronaron mi frente

para una danza gozosa en la penumbra lunar.

 

 

XVII

 

Somos uno, dijiste, no lo olvides.

Trato de descubrir un rosario invisible

que enlaza las cosas mudas y despojadas.

Acecho los pálidos ramajes que el viento mueve

         en el amanecer,

el vuelo de un pájaro oscuro

que cruza el cielo como un signo.

         Tal vez te haces presente

         en las letras que ahora dibujo.

         Tu presencia levísima

         mueve mi mano.

 

 

XXII

 

Miro la eternidad desde el tiempo caído.

¿Miras también los días desde la eternidad?

Heme aquí, dedicada a la trasmutación de las horas

opacas de mi vida

en aberturas celestes.

Maga, reina del éter y la penumbra

avanzo con mi vara de jacintos

buscando entre las piedras un guijarro de plata.

Mi tarea es la ordenación del caos

la edificación de un territorio solar.

 

 

XXVI

 

Miro la eternidad desde el tiempo caído.

¿Miras también los días desde la eternidad?

Heme aquí, dedicada a la trasmutación de las horas

         opacas de mi vida

en aberturas celestes.

Maga, reina del éter y la penumbra

avanzo con mi vara de jacintos

buscando entre las piedras un guijarro de plata.

Mi tarea es la ordenación del caos

la edificación de un territorio solar.

 

 

XXVI

 

Vuelo sobre el mar

dejando atrás las cenizas

de los que amo.

Vuelo sobre los tiempos del dolor

sobre los cementerios

donde enterré mis lágrimas.

Voy hacia días desconocidos

hacia las Islas Afortunadas

donde crece

el árbol mágico del pan.

Dueña de mí y del aire

sé que todo está vivo para siempre.

La distancia es sólo una ficción

inventada por los condenados.

 

 

XXIX

 

Yo dibujaba tu nombre en grandes láminas amarillas.

Disponía los signos, las palabras,

y tú venías sonriente de algún lugar

trayendo una noticia favorable,

una noticia que olvidé.

         Tuve la gracia de vivir

         ese encuentro

         en un territorio que es

         propiedad del Amor.

         Lo llaman Sueño.

 

 

XXXIII

 

He vuelto de las pálidas orillas

con el canto del pájaro en mi oído.

Atravesé las puertas de marfil

que dan acceso a mundos invisibles.

Puedo morir ahora

cantando un salmo de alegría.

Estoy viva entre ruinas que relumbran.

Mi memoria ha guardado

el follaje verdeazul de álamos amados.

Mi frente ha sido coronada de perlas

mis manos guardan biznas de los frutos de oro

que recogí en mis noches de vigilia.

En la penumbra de la noche danzo

mientras caen los pétalos de fuego

sobre mis pies desnudos.

 

Las puertas se entreabren.

La luz desciende.

 

 

 

En Memoria del trasmundo, Ediciones Último Reino, Buenos Aires, Argentina, 1999 / Selección y fotos: jmp

Graciela Maturo (Santa Fe, 15 de agosto de 1928), poeta, escritora y ensayista

lunes, 9 de agosto de 2021

CIRCE MAIA La pregunta de siempre



         IN MEMORIAM

 

Un anillo, una silla

pero sobre todo los lentes, que aparecen, de pronto

como si ya estuviera por ponérselos.

 

“¿Dónde dejé los lentes?” La pregunta de siempre

es ahora inaudible pero casi se oye

mejor dicho, está ahora en la zona intermedia

entre la realidad y el recuerdo. Más fuerte

que la sola memoria, la pregunta se pega

a los lentes y los hace oscilar

entre lo que está aquí ahora -el silencio-

y lo que estuvo el día en que los lentes

eran siempre olvidados: ¡Ah, los lentes!

¿Dónde los puse?

 

 

         BREVE SOL

 

A la última hora del sol los rayos atraviesan

por el aire, eligiendo : “éste sí, éste no”

Quedan en sombra

la mayoría; los elegidos brillan

con cortezas doradas. Ascendiendo

la luz alcanza otros follajes, deja éstos

y alumbra uno lejano. Ya no hay tiempo

de llegar hasta allí.

¿Quién sabe? Vamos.

 

 

         ERA OTRA COSA

 

Ya se resbala.

Se ve muy poco,

ya casi nada.

 

Mientras, la flecha

del pensamiento

en nada acierta.

 

No acierta en nada.

Cae herida, la víctima

menos pensada.

 

 

         DIFERENCIA

 

Lo que fue,

todavía se asoma

de a ratos.

 

Lo que no fue

grita un grito

horroroso

 

con su boca

sin labios.

 

 

         LA SILLA

 

Ella quería tener una silla en el cuarto

-un cuarto muy pequeño-

por si venían visitantes.

También quería tener algunos caramelos

para invitar, por si venían niños.

Siempre debía haber flores

también, para alegrar el cuarto.

Después de alisar el doblez de la sábana

todo quedaba pronto.

 

A los que se sentaron en la silla

se los puede contar con dedos de una mano

y sobran dedos.

Sin embargo ella hablaba de variados amigos

que vendrían tal vez a visitarla

aunque vivían lejos.

También guardaba un postre o un refresco

por si alguien, de improviso, llegaba.

 

Ah, pero la silla

la silla aquella no quiere ahora emparejarse

con las otras.

Espera -y no al vacío que borró todo el cuarto-

sino algunas palabras, un saludo,

una conversación trivial,

casi la misma siempre

sobre aquellas amigas

que vendrían.

 

 

         CRUZANDO A PIE UNA ZANJA

 

Descalzándose

se puede atravesar paso a paso

muy despacio

por piedras, por arena

por el medio del agua que te ignora

y pasa velozmente.

 

¡Tanta prisa por nada!

pero allá va por arriba de aquellas

piedras chatas, saltando

por encima de otras

que resisten.

 

No va así, tan veloz, el pensamiento.

Como esos pequeños remolinos

que se veían en la superficie

gira sobre sí mismo.

 

 

         IMAGEN

 

Salió un momento al corredor

-el corredor sin nadie-

vio que el sol entraba oblicuamente

-polvo en el aire-.

 

Dio unos pasos que avanzan

y atraviesan

lo dorado, lo oblicuo

lo solitario.

 

Y todo queda atrás

una imagen

que no será de nadie.

 

 

         EL GOLPE NEGRO

 

¿Otra vez vas a hablarme de plantas?

-Pero ésta

merece que la mires.

 

Una flor tan enorme

blanca, estirada, abierta,

y en su interior -ya ves-

llena de insectos negros.

 

Y todo alrededor, también esconde

-rodeado de verdores-

el golpe negro, que se da en los bordes

o por adentro mismo

 

muy adentro.

 

 

 

En Breve sol, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2001/ Selección y fotos: jmp

Circe Maia (Montevideo, Uruguay, 29 de junio de 1932). Vive en Tacuarembó