viernes, 11 de junio de 2021

MANUEL SCORZA El rumor de un pueblo que despierta



EPÍSTOLA A LOS POETAS QUE VENDRÁN

 

Tal vez mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
tal vez mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas por donde venía la ardiente cólera.

 

Yo respondo: por todas partes oíamos el llanto,
por todas partes nos cercaba un muro de olas negras.
¿Iba a ser la poesía
una solitaria columna de rocío?

Tenía que ser un relámpago perpetuo.

 

Yo os digo:

mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire al pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras los mendigos lloren de frío en la noche,
mi corazón no sonreirá.

 

Matad a la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
Hay cosas más altas
que llorar el amor de tardes perdidas:
el rumor de un pueblo que despierta
eso es más bello que el rocío.
El metal resplandeciente de su cólera
eso es más bello que la luna.
Un hombre verdaderamente libre,
eso es más bello que el diamante.

 

Porque el hombre ha despertado,

y el fuego ha huido de su cárcel de ceniza

para quemar el mundo donde estuvo la tristeza.

 

 

 

*

 

         La desconocida siguió avanzando. La belleza de su rostro como todo lo efímero y bello, me pareció eterna y al mismo tiempo frágil, irremediable. ¿Por quién venía? ¿A quién buscaba el azul anheloso de sus miradas? Giró el rostro: la medialluvia de sus cabellos negros delató, al ocultarlo, un perfil indecible. Su rostro me encegueció. Y así como por el centro de una ciudad avanza la ira de un motín, hacía mí, sin mirarme caminó ese enigma que me desesperaba.

         Y de pronto la reconocí. Yo la conocía. No sólo la conocía: la había amado más que a ninguna otra mujer. Y ella me había amado más que a ninguno. Y luego la había olvidado hasta no reconocerla.

            Me gusta su relato dijo el Editor, pero en lo que sí coincido con el doctor Díaz es que esta historia, en un momento en que la guerrilla sigue activa en América Latina, no será recibida por la crítica, como se merece, o quizá será silenciada.

         Su voz me sonó como desde el fondo de un precipicio donde eL fastidio había ido arrojando los años usados, inútiles, definitivamente inservibles.

         Yo la había amado. Y la gloria de ese amor, como el encaje de una tela preciosa que reemplaza la ordinariez de un tejido desprestigiado por el uso, había cambiado la mediocridad de mi vida por un imperecedero fulgor. Marie Claire siguió avanzando. ¡Toda ella brillaba: su rostro, sus ojos, su cabellera, el perfil de sus caderas, el contorno de sus piernas, la terquedad de sus senos libres, los pliegues del vestido que sus muslos mordían, caminando! Sentí una quemazón inmemorial. Por entre el pasadizo de las mesas, la miré bellísima, leal, hipócrita, irremplazable. La amaba inmortalmente.

         El Editor la descubrió y las capas de aburrimiento de su rostro se fundieron en una cara tierna, desconocida, infantil. Se levantó sonriendo. Marie Claire le devolvió la sonrisa y avanzó hacia nuestra mesa. Vaca Sagrada también se levantó.

            No creo que usted conozca a Mlle. Saint Jean, nuestro ataché de presse dijo el Editor.

         Marie CIaire me reconoció desconcertada. El azul de sus ojos se salpicó de chispas de oro y luego de chispas de dolor. ¿El hombre es una metáfora provisionalmente vestida de carne o una carne que se nutre de metáforas?

            ¡Santiago!, por fin te vuelvo a ver susurró: ¡Si supieras cuánto te he buscado!

         El Editor la miró desconcertado. Vaca Sagrada, nervioso, trató de sonreír.

            Usted me confunde precisé con dureza. Yo no me llamo Santiago.

         ¡Yo había sufrido tanto por ella! No sólo los dolores, las miserias, las heridas sin cicatriz del abandono. Por ella había dejado de ser lo que era, había desertado de mi verdadera vida, había traicionado lo mejor de mi existencia, ¿podía perdonarla?

            Probablemente me confundo susurró Marie Claire, se parece usted tanto a un Santiago que yo conocí. Hasta era compatriota suyo.

            Yo también tuve un amigo que se llamaba Santiago. Quiso suicidarse en París por una mujer.

         ¡Toda ella brillaba! Y se me sublevó el deseo, los deseos, el tumulto de mis deseos, me acometió la sed de estrujarla, besarla, lamerla, acariciarla, soñarla, maltratarla, rozarla, volverla a amar...

            ¿Y qué sucedió con su amigo?

         La amaba inmortalmente. La odiaba inmortalmente.

            No se suicidó. En el instante en que iba a saltar sobre un puente del Sena, comprendió que ir a luchar por su país y morir por él era mejor que morir por una mujer que lo había traicionado.

            ¿Y usted cree que las Revoluciones no traicionan? preguntó el Editor.

            Los revolucionarios, quizás. Las Revoluciones nunca.

            ¿Y el amor no traiciona? preguntó Marie Claire.

         Miré girasoles cerca, lejos, próximos, ausentes. El destino de los girasoles es rotar alrededor del sol. El destino de los humanos girar alrededor del amor. ¡Ay del girasol o de los humanos enloquecidos que se obstinen en girar contra su sol! ¡Pobres girasoles ciegos dando vueltas y vueltas alrededor de la nada, del no-ser!

            El amor nunca traiciona; algunas mujeres, sí.

            Sólo se traiciona a quienes merecen la traición sentenció Vaca Sagrada.

            ¡Santiago! repitió Marie Claire.

         Y su sonrisa era lago de aguas tristes por donde se alejaban navegando en sus mesas los cuatrocientos comensales, los doce maîtres, Monsieur Lafon, los camareros, el Editor, Vaca Sagrada, todos. Todos menos ella.

            ¡Santiago, yo soy Marie Claire!

         Miré con rencor su belleza irremediable.

            Sin duda es usted Marie Claire. Pero yo no soy ese Santiago.

         Me levanté. Y me fui.

 

 

Lima, setiembre 1981, abril 1982

 

Selección de textos y fotos: jmp, de los libros Poesía incompleta (Universidad Nacional Autónoma de México, primera edición, 1976) y el capítulo XXXIII, “Pero también pudo ocurrir que...”, de la novela La danza inmóvil, Plaza&Janés, España, 1983

Manuel Scorza  (Lima, Perú,  9 de septiembre de 1928 - Madrid, España, 27 de noviembre de 1983)

lunes, 7 de junio de 2021

INÉS LEGARRETA Los sueños se han convertido en mi vida

 
 

Cuando leo, alguien piensa por mí.

Cuando escribo, mi mano piensa por mí.

Cuando duermo no pregunto ¿existo?

Existo y sé que no soy libre,

no puedo engañarme: estoy en un sueño.

Eeva-Lisa Manner

 

La verdad no está en un sueño, sino en muchos sueños.

Pier Paolo Pasolini

 

 

 

         Tocaban el timbre y por la camarita veía el cuerpo de un hombre con un cartel que decía Paco Urondo; le abrí. Una vez en el departamento, Paco Urondo (era él) me alcanzaba una araña para que me la pusiera como un aro. Pasé una de las patas por el agujero de la oreja (no sé si izquierda o derecha) y de inmediato otra pata se colocó debajo de mi mandíbula; me miré en un espejo, la pata negra marcaba un ángulo en mi cara, sentí vívida la aprensión firme en la piel. Después me saqué la araña de la oreja igual que cuando me saco los aros y los dejo arriba de un mueble o en la caja de madera que uso como alhajero.

 

 

         El comedor era el mismo, la mesa, las sillas, la lámpara de pie y el mueble en donde está el televisor: en la pantalla, un video de la muerte de Lou Reed, el sepelio y la ceremonia. Él y yo lo mirábamos con atención hasta que terminaba, después Lou lo volvía a poner como si fuera una canción o un poema al que se le van haciendo retoques para ajustar la sonoridad o su significado. Fue un continuo ver y revisar detalles de su propio funeral en un ambiente de camaradería y buen humor. La puerta que da al patio, abierta; el sol, hasta la mitad del comedor. Si Lou estaba conmigo (en algún momento hubo gente limpiando los vidrios de las ventanas de la casa paterna) era porque tenemos algo en común: un gran amor.

 

 

         Eran tantas las personas que entraban y salían de la casa que me pregunté si no me había equivocado de sueño; no es mío algo tan poblado y tan bullanguero; soy más silenciosa, menos estridente. Por ahí escuché la disputa por un collar, una pulsera, una joya artesanal, cualquiera de estas cosas podría ser, pero yo me la puse y la discusión arreció: “¿Por qué, si tanto te gustaba, no la tomaste?”, le dije, y hubo un ramalazo de furia en el aire.

 

 

         Teníamos que llegar a un lugar ubicado del otro lado de la ruta y era mucho más aliviado y corto atravesar el campo de unos desconocidos, así que fuimos hasta la casa para explicarles por qué nos habíamos metido en su propiedad. La señora nos escuchó a regañadientes, se le veía la desconfianza; entonces redoblé mis esfuerzos hablándole de mi historia familiar: le conté que a nosotros nos quedaba un pedacito de tierra en el bajo, pero que de todas maneras lo disfrutábamos; la mujer, ya relajada, empezó a caminar con nosotros. “Mire”, señalé, “tenemos que ir hasta allá y si no cortamos camino se hace larguísimo”. “Claro, claro”, respondió mientras se le hundían los pies en los pastizales. El potrero había sido sembrado de achicorias, remolachas y zanahoria rallada; soplaba un viento suave y los cultivos se mecían como en un cuadro de Van Gogh. “Qué hermoso”, exclamé y la mujer asintió. Ahora se reía de cuerpo entero, tan contenta estaba que nos acompañó hasta el pueblo para buscar la bicicleta. Nos quedaba de paso. Después, la invitamos a seguir caminando: era un día radiante, andaba poca gente y se sentía la felicidad.

 

 

         Soñé y después olvidé; soñé y olvidé, soñé y después olvidaba: ése era el sueño.

 

 

         Me uní a un grupo para hacer un viaje en crucero; todos estábamos equivocados en la ropa y el calzado que nos habíamos puesto: las mujeres con zapatos altos de taco fino; yo, con un vestido ajustado al que de pronto se le reventó el cierre, los hombres con trajes y nada de bermudas o equipos deportivos... Pero subíamos muy contentos por la pasarela del barco monumental esperando que la alegría nos cayera como una bendición divina. Recuerdo estas palabras:" Pueda ser que esta noche haya tango", y aparecía en la pista de baile adoptando la espera antes del abrazo. Y con claridad dije entonces: "Los españoles dicen abrázame y esa “a” separa, nosotros decimos abrazame y esa “a” es una invitación".

 

 

         El artista recién llegado al pueblo trabajaba en piedra; las esculturas y grabados reproducían la figura humana idealizada: mujeres como ángeles, hombres como dioses; no me gustaron, demasiado adorno y arrebato en las figuras, demasiado grito y bondad artificial; entonces me fijé en los animales pequeños, insectos, moscas, escarabajos, peces. En el interior de una piedra había un pez incrustado, noté el peso y la ligereza del agua que en algún momento corrió para que el pez viviera: me quedé con la piedra.

El artista y su mujer no eran personas agradables, tenían la venta como único bien, se les notaba en las sonrisas y en el andar al acecho por el atelier.

 

 

         Hojas doradas en la tierra (se podía oír el viento); en los árboles, el amarillo llegaba hasta el bronce bermejo y una luz oscura; las acequias con agua dulce que sonó fresca y un pasadizo de álamos hacían levantar la vista por el asombro. Antes había recorrido variadas formas del amor con la curiosidad de las vírgenes y una sonrisa en los ojos.

 

 

         Atrapada en su encanto: es mejor abrir los ojos.

 

 

         Me decía que de las ocho formas de clasificación de la mujer yo pertenecía al rubro "redondas"; me miré los brazos, las piernas y demás y comprobé que sí. Además estaba el tema de las curvas y asentamientos que en mí se han magnificado y, también, el tema de los versos que se han multiplicado como los peces de Jesús; entonces dijo que había ganado un certamen en la costa y que la entrega de premios era en la casa donde había vivido Federico García Lorca; pensé y pensé y no recordaba la estadía del poeta en esa ciudad, pero me dije que con tantos vestidos colgados y guardados en fundas de nylon bien podía asistir; le dije que sí y se puso muy contento. Después siguió con la clasificación de las mujeres: las que hablaban demasiado y eran flacas y blancas se parecían a un sachet de leche aguada, dijo. Era un hombre querible pero extraviado desde la juventud, todos le prestaban atención como quien oye llover.

 

 

         La casa mostraba su momento de mayor esplendor (como cuando éramos chicos y no sabíamos de todo lo que somos capaces). Olor a pintura fresca y yo, que salía al porche, envuelta en no sé qué sentimiento; encontré tres cajones de un mueble blanco y pensé en ataúdes; adentro, lamparitas listas para el uso, entonces levanté la vista y vi dos ángeles.

 

 

         Estábamos mi hermana, mamá y yo en el comedor diario sentadas a la mesa; de pronto mi hermana se convertía en la niña de pecas, pelo pelirrojo, moño color azul y boca a la que le faltan dientes; de pronto era la mujer recién casada y yo le decía: "No sabés lo que está pasando, te transformás a cada rato", y entonces me veía parada frente a un espejo, probándome ropa y zapatos; los zapatos eran de cuero beige, con taco y una tira en el medio del empeine, muy parecidos a un modelo que usó mucho mamá; el pantalón azul con patas de elefante como en los 70 y una blusa "net" de seda blanca, con escote bote y mangas cortas que combiné con faldas y otros pantalones en la primeras reuniones y encuentros literarios; yo bailaba y cantaba "Me voy a Buenos Aires, me voy a Buenos Aires", estaba tan feliz, esbelta, joven, el pelo largo y la alegría por las luces universitarias y las del espejo; la casa, la vida, nosotras tres, pero entonces, viéndonos en tal estado de ignorancia me largué a llorar, lloraba apoyada en el marco de una puerta, lloré y lloré.

 

 

         Si fuera un sueño, me dejaría contar.

 

 

         Recorría las instalaciones de una escuela privada, los salones se alineaban a un lado y otro de pasillos con pisos impecables, el lustre transformaba todo el ambiente en vidrios y espejos para mirarse; allí corrían cientos de niñas de distintas edades, una monja supervisaba los juegos y controlaba que no se escaparan por las ventanas, era amable y tenía buena intención pero las chicas se escapaban igual. O se escondían. Como una niñita atrincherada en una pieza de juguetes que se resistía a salir, por una ventana aparecía un cuidador vestido de bombero y jugaba a rescatarla, pero la nena no le hacía caso, gritaba a lo loco, no me pareció raro porque la casita era de cuento infantil: coloreada, prolija y con algún peligro inminente en la puerta. Después yo caminaba por los jardines, extensos y cuidados; a lo lejos, unos canteros con piedras y agua simulando estanques rodeados por junquillos, fresias y rosas. De verdad, la combinación de perfumes y colores quedaba muy bien, solo que al acercarme me topé con un doble alambrado que los cubría completamente; en ese momento, el jardinero-guardián me dijo con amabilidad que así no podían destrozarlos. “Claro, claro”, le contesté. Finalmente visitaba una feria de cachorros, había muchos señores sentados en bancos y, al frente, cajas con los perritos recién nacidos o de meses; al ver tantos animales amontonados para la venta sentí asco, miré el piso y estaba lleno de papeles sucios, gusanos, heces. ¿Cómo fue que había llegado hasta allí?

 

 

         Me desdoblé. Yo y yo estábamos sentadas una al lado de la otra en un pupitre de escuela, de hierro y madera, con tintero de vidrio. Escribíamos. Al mismo tiempo pusimos la palabra fin, o quizás no, pero las dos sabíamos que era el final de la historia. Habíamos escrito por separado y, sin embargo, a la hora de la verdad, no dudamos. Y yo era tal como soy, el espejo de mí.

 

 

         Llueve, estoy despierta y no sé qué hacer: los sueños se han convertido en mi vida.

 

 

 

En La imprecisa voz que me sueña, Nuevo Hacer Grupo Editor Latinoamericano, 2014

Inés Legarreta (Chivilcoy, Buenos Aires, 1951) / Selección de textos y fotos: jmp

martes, 1 de junio de 2021

RICARDO DANIEL PIÑA Amarte es lo más seguro


 

(Pensamiento mosca.)

 

Y la poesía

excederá tumbas y olvido.

¡Quién mejor que ella,

sabrá tocar la profundidad y callar!

Qué voz cantará ante lo desconocido.

Ollas de sonrisas y de almas caerán

sobre la fragilidad

del humo de las pupilas.

La herida del poema seguirá pareciéndose

a la catástrofe de un perfume.

¡Oh! Mis manos son tan lentas...

que despertarán acariciando

al silencio y a la miseria,

y mi sangre dolerá.

(Un insecto escondido

en las osamentas que deja el mar.)

En el lenguaje de los ausentes querré el

heroísmo y la gloria.

Y en los aullidos de tristeza y sombra

nos acercaremos a la cordura.

Y así nos protegerá en su telaraña fraternal.

 

¡Qué inútil comienza

a hacerse nuestra grandeza!

cuando el mundo se ríe más y más

y las búsquedas se reflejan sólo

en los espejos del abismo.

 

¡Qué grande y qué inútil

terminará siendo nuestro amor!

 

 

*

 

A la memoria de Sofía Pallares

 

I

 

Hay

muchas formas

de lograr el erotismo del poema.

Una es no decirlo.

ni suponerlo.

 

(Después hay otras.)

 

El sonido de la piel.

Acariciarte.

Tantos colores durmiendo

sobre tu cuerpo.

Después termina

incomodándome

el romanticismo de la

pantalla.

 

Los cuerpos son como gotas

de agua que caen con la tormenta.

Se comienza a calentar la

humedad.

Y el vapor es solamente una

cualidad

de la lluvia del verano.

 

Sofía nos miró con tristeza,

sabía de nuestra pena.

Se estaba muriendo.

Sentía piedad por nosotros.

 

El poema es débil como la

lluvia en el verano.

Su verdadero espesor.

Su verdadera magia,

es la delicadeza,

Sofía.

 

 

II

 

Ni

siquiera puedo pronunciar mi amor.

Ni sacar eso que es como un cansancio

de la pureza.

Eso que me hace diferente y

a la vez me trae al mundo cotidiano.

Y sé que podría esperar para

amar a esa mujer hermosa y

correr el riesgo

de perder todo por

alimentarme de verdad

y de justicia.

Pero soy un hombre en un

mundo repleto de cadáveres

de niños asesinados

por “notables causas”

políticas y étnicas.

Por eso hoy seré como un perro que ahoga

en sus manos la prolongación de su sexo.

Un perro empeñado en

conquistar la soga que lo

sujeta

a esta sociedad miserable.

 

 

III

 

Me

arrepiento y reconstruyo

cada momento

que me dice cosas de

consuelo.

 

Sé que volveré a cargar mi

cuerpo enfermo de memoria

por la hostilidad de hoy.

 

¿Qué haremos si creemos

que echamos a la soledad,

como quien echa una mancha turbia,

pegajosa, de una camisa?

 

Esto podrá ser posible,

Sofía?

 

A Laura Yasan (Bs. As. 1960)

 

 

*

 

La abeja y la torta II. (Dos)

 

Era el crepúsculo entre las acacias.

Aparecíamos debajo de las columnas de luz,

sin nombres,

sin los premios.

El bosque siguió tomando los latidos.

Nos habló.

 

Y una vez más tuve la certeza

al perseguir,

enajenado,

tus ojos atentos y más grandes,

desde el cristal anaranjado de la jalea.

 

Te llegó la porción de torta que me

conducía.

Dulce.

 

Estabas tan dulce...

 

a los 13 días del mes de enero del 2000

 

 

 

*

 

La dinámica de la moral.

y el desarrollo de la bicicleta.

 

La fuerza de la tracción a sangre se traduce

a movimiento máquina, sólo si los pedales

de la bicicleta transmiten la potencia

de las piernas al plato dentado que lleva

la cadena.

Un plato dentado, cuyo diámetro es del tamaño de un plato de cocina.

La cadena es un accesorio que le transmite

la fuerza al piñón, donde está, finalmente,

la rueda, que a su vez, deja fluir la energía

hacia el piso y origina el desplazamiento.

El piñón está fijo a la rueda de atrás

pero está libre de la cadena.

Su diámetro debe ser mucho menor al de

un platito de café. La proporción es: el piñón tiene que ser menor al plato donde van

los pedales. Cuanto mayor sea esa proporción se asegura mayor potencia.

La cadena es un accesorio independiente

y libre. Está ajustado por los extremos.

(Cuál es el extremo de una cadena...?

Si es circular...?)

 

Cuando se suelta,

provoca un desarreglo en la conducción.

Un desborde en las emociones

es un desarreglo en la conducta.

Se justifica el ejemplo de la ciclista pedaleando en falso,

sin trasnsmisión,

con solamente el control del manubrio

y de los frenos de la bicicleta.

Sería:

Los accesorios del corazón desentonan

con la transformación del ego.

El software de la percepción se fue al carajo.

 

La lluvia ya no es lluvia

y la humedad no me importa.

Dejame, no me hables, no me toques.

No me dirijas la palabra.

Odio todo.

No quiero nada de nadie.

No sé si esto va a pasar

y no me importa, por mí puedo estar toda la vida amarga como un pedo de momia.

 

Los componentes de metal, ensamblados

en la bicicleta,

se fatigan con el uso en sus funciones

y ocasionan la pérdida de la energía

que dificulta el ensamble de las partes.

La ciclista pedalea en falso y un gran colchón

de aire envuelve sus piernas, 

desequilibra su cuerpo,

nubla su comprensión,

su visual,

y ella piensa:

Uh...! Qué habrá pasado?

Dónde estoy?

O me fracturé,

o me esguincé,

o me fisuré?

No puede ser... Para qué levanto las piernas?

Es extraño. No siento nada. Solamente

los pozos de la calle.

 

...

 

¿Me pisó un colectivo y estoy desarrollando

esa especie de sueño de los moribundos?

¿En cualquier instante voy a empezar a ver

una luz, allá en el fondo?

¿Me habrá chocado un auto y me golpeé

la cabeza y estoy en el paraíso de los peatones muertos por accidentes viales?

¿Todavía no me enteré?

¿Enterarse de algo, tendrá que ver con algúna manifestación de la conciencia?

¿Qué dirá mi familia cuando sepa lo que pasó?

 

...

 

¿Dónde será el velatorio?

¿Será cerca de casa?

Pensar que hasta hace un instante soñaba

con el baño que me voy a pegar

cuando llegue a casa...

 

...

 

...Ahhh..!    ....Bueeeno...!

Ta´bien...

Se me soltó la cadena...

Con razón me sentí afuera del mapa

de Buenos Aires, de Argentina,

del planisferio.

Qué cagada, ahora.

Voy a tener que engrasarme las manos

para poder seguir y llegar lo menos tarde.

 

Es una microcentésima de segundo

en el desorden de la percepción.

Parece que se liberase el pulso del artefacto hacia una velocidad insospechada.

Un cuerpo sorprendido dirigido por la calle

llena de autos.

El bondi 25, el 46, el 86. Taxis.

Autos particulares. Los carritos de los cartoneros y los vendedores ambulantes...

 

La bicicleta se sostiene en un hilo imaginario invisible que pasa desde

el 300 de la calle Brandsen

(la avenida Almirante Brown), hasta el 1400

(la avenida Regimiento Patricios) envuelta

en una atmósfera de quietud,

llena de fragilidad y de inocencia. 

La ciclista, en ese momento,

tiene sólo la intención de llegar entera.

 

Esta cadena no es la misma cadena

de la esclavitud.

Nunca se usó una bicicleta para someter

una cultura aborigen

por una potencia extranjera.

Tampoco se usó para arrear, como ganado,

a millones de trabajadores

persas, asirios, caldeos, judíos,

egipcios y árabes,

para construir bóvedas gigantes

para los emperadores.

Con piedras transportadas desde cientos

de kilómetros, en el antiguo Egipto.

(Hubiese sido fantástico ver a millones

de trabajadores yendo en bicicleta

a trabajar a la construcción de las pirámides.)

 

Esta cadena no es la misma cadena

de juramentos, códigos, justificaciones, honorarios, prejuicios , hipocresías

que ata a la mujer

a la conducta del varón.

(¿La esclavitud de género?)

Esta cadena no aísla a nadie,

de ninguna cosa imaginable. 

No se pensó para eso.

No atrapa y no sujeta. 

Si impide algo, seguramente,

no es del orden de la dinámica de la moral.

Eso es lo más seguro.

Amarte es lo más seguro.                           

 

A Leomiau in to the Galway´s blue sky.

1 de febrero de 2007

 

 

 

Selección y fotos de jmp, de los libros Galaxia mosca, 2002; Luces y sombras para Sofía (Pallares), 2004; Poesía extendida, 2004; La bicicleta, 2007

Ricardo Daniel Piña (Buenos Aires, 22 de agosto de 1962) / Fotos: jmp

viernes, 28 de mayo de 2021

JOSÉ VILLA Al principio era



LA PELOTA

 

Llueve y lava la basura del año que comienza, 
por casualidad, justo ahí: una mancha despintada, 
con una fantasía 
del césped de auténtico verano.
La basura. Fosforescente resaca,
se moja en una bandeja de madera junto a desechos
de plástico listos para ser un rato más 
a la derecha del marco de lo inútil.

Pero más probable es que ella continúe media en el fleje
de la suprautilidad, juntando agua,
polvo y rodaje por rincones, cajones,
tachos, y que una mano buscando siempre otra cosa 
la ponga de nuevo en su lugar asestándola 
contra la pared y llevándola gratuita hacia una nueva
reservación de hechos de la naturaleza escrita 
y manufacturada.

Sobreviviente del prisma de cristal, del muñeco de pañolenci, 
de la jirafa de estopa y de cuanta cosa
que hoy descansa como jergón de hormiga.
Rastro de tarde cálida y vacía, más que las actuales, 
más cálidas y cargadas de expiación por el bien
de la hermandad.

Un paletazo helado atravesando
balcones de silenciosos e insomnes; vino. 
Pibes en remera quemándose en la herida.
Parla, rollo fotográfico, pensamiento,
una máquina de resonancia entre sombras, rejas,
arrugas, paredes altas y final de calle.

El rumor despierta entre árboles unos nombres: 
Ismael. 
¿Qué nos dicen ahora la caña que vuela o el hongo y el lobo
de las raíces volcadas sobre cruicas del piso?
Vena íntima, asalto, por un momento perfiles de trazo fijo
recogidos por una capa de desencuentro. 
Rumor.

Clara de espinazo... se irá 
y no querrá volver. Habrá sido una equis descubierta,
... En la papada risueña, tras cartón, la frente
engullida, canson negra, …y las piernas rellenas de moras, 
estropajo, y otra vez, eso que se llama
un ópalo de celestes rodeados de dinámicos entablillados blancos,
con muecas de yerba realizándose.

Hasta hoy el cuerpo no deja de ser aquella por donde pasás: 
lanudo perro que el sol es el único que no abandona.
Hasta puede ser que no sea sola, sean dos los pedazos
de piques y golpes infligidos. Es probable
que otra esté, que no aparezcan juntas en ninguna ocasión. 
Y cuando si así lo hacen, lo hagan 
de que siempre fue así y de qué más da, hasta que el rayo
se atasque en las tuberías y caigan en redondez 
de fruto póstumo.

Si ahora la buscás, nunca la encontrás.

 

SE LE CAYÓ LA MANZANA

Se agachó sobre la huella,

sangrando
por dentro, y como diciendo
chala, overa, pelo, grueso, suelo,
almidón.

Había un señor mirando hacia la tela celeste
recostado sobre cañas pasadas,
y arrodillados en el charco
los caballos de oro horroroso,
lamiendo pies, Y
de lo contrario hechos Y

Me vi cruzando mi propia
voluntad, con el cierre del sino
que había dado
aquel que va a cruzar: ni manzana
ni tiempo

 

CURVA DEL MATE

Un pedazo de caja
de pizza pegado al asfalto
con pelos de perro muerto
y manubrio;

una zapatilla colgada de un cable de
alta tensión:

esto que te llevás a la lengua
te pone con el sol de frente
sobre la vía silenciosa
y el tiempo que termina:

luego entre el pedregullo, pasás
la barrera a la casa de un amigo,
su figura se extiende sobre un brazo
de telgopor, hablás

de lo que no queda nada de nada

 

LA HELADERA

Supe de la heladera cuando
vi esos trazos azules,
esos tramos de violetas
entre paredes rojilíneas

Había entusiasmo en el patio
aunque un aburrimiento atávico
se desplazaba fosforescente
como culebra

Pero bueno,
esas cosas debí guardar para otra vez:
cuando llegué a esta silla para contarles esto:
un marco de silencio dentro de una
colina arremolinada
y dentro de ella una palma de cobre
que recorre el mapa

 

SE LA VE, COMO DE A POCO

Al principio era
una visita infiel que, rama reseca, colgada de un marco
sabía aparecer en la puerta

Algunos días me incliné
a escuchar su voz Una vez pude
recalar la imagen de una vaca a la que llamaban
La Pinta Se sumó en la costa de alambre otra
que se llamó La Niña

Su madre en la hoja que
estaba demorada vino a decir
“preparate que tenés que venir con nosotros”

 

 

 

En Atlas de la Poesía Argentina, Edulp (Editorial de la Universidad de La Plata), La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina, 2017. Coordinadores de la antología: Eugenia Straccali y Bruno Crisorio. Fotos: jmp

José Villa (Martín Coronado, provincia de Buenos Aires, 1966)