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sábado, 6 de abril de 2024

RAYMOND CARVER El bebé estaba en una cuna junto a la cama



EL PADRE

     El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.
       El padre estaba en la cocina y les oía jugar con el bebé.
       —¿A quién quieres tú, pequeñín? —dijo Phyllis, y le hizo cosquillas en la barbilla.
       —Nos quiere a todos —dijo Phyllis—, pero al que quiere de veras es a papá, ¡porque papá también es chico!
       La abuela se sentó en el borde de la cama y dijo:
       —¡Mirad su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Igualitos que los de su madre.
       —¿No es una preciosidad? —dijo la madre—. Tan sano, mi niñito. —Se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la colcha que le tapaba el brazo—. Nosotros también le queremos.
       —¿Pero a quién se parece, a quién se parece? —exclamó Alice, y todas ellas se acercaron a la canasta para ver a quién se parecía.
       —Tiene los ojos bonitos —dijo Carol.
       —Todos los bebés tienen los ojos bonitos —dijo Phyllis.
       —Tiene los labios del abuelo —dijo la abuela—. Fijaos en esos labios.
       —No sé… —dijo la madre—. No sabría decir.
       —¡La nariz! ¡La nariz! —gritó Alice.
       —¿Qué pasa con su nariz? —preguntó la madre.
       —En la nariz se parece a alguien —dijo la niña.
       —No, no sé… —dijo la madre—. No creo.
       —Esos labios… —dijo entre dientes la abuela—. Esos deditos… —dijo, destapando la mano del bebé y extendiéndole los menudos dedos.
       —¿A quién se parece este niño?
       —No se parece a nadie —dijo Phyllis. Y todas se acercaron aún más a la canasta.
       —¡Ya sé! ¡Ya sé! —dijo Carol—. ¡Se parece a papá! —Todas miraron al bebé de muy cerca.
       —¿Pero a quién se parece su papá? —preguntó Phyllis.
       —¿A quién se parece papá? —repitió Alice, y entonces todas ellas miraron a la vez hacia la cocina, donde el padre estaba en la mesa, de espaldas a ellas.
       —¡Vaya, a nadie! —dijo Phyllis, y se puso a lloriquear un poco.
       —Calla —dijo la abuela, apartando la mirada. Luego volvió a mirar al bebé.
       —¡Papá no se parece a nadie! —dijo Alice.
       —Pero tendrá que parecerse a alguien —dijo Phyllis, secándose los ojos con una de las cintas. Y todas salvo la abuela miraron al padre, que seguía sentado en la cocina.
       Se había dado la vuelta en su silla y tenía la cara pálida y sin expresión.




En ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (primera edición de 1976), Editorial Anagrama, Barcelona, 1997 / Traducción: Jesús Zulaika / 
Raymond Carver (EEUU, 25 de mayo de 1938 – 2 de agosto de 1988) / Foto: jmp / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 


jueves, 1 de febrero de 2018

Raymond Carver, No pido nada



QUÉ PUEDO HACER

     Lo único que quiero hoy es echar una ojeada a esos pájaros
de fuera de mi ventana. El teléfono está descolgado
de modo que los que me quieren no pueden dar conmigo
y echarme el brazo por encima del hombro.
Ya les he dicho que el grifo se ha secado.
No quisieron oírlo. Siguen tratando de que las cosas
continúen igual. En este momento no puedo soportar enterarme
de que al coche se le ha roto otro intermitente.
O que el remolque que creía haber pagado hace tiempo,
ahora lo reclaman por falta de pago. O el hijo en Italia,
que amenaza con quitarse la vida allí
a no ser que yo le siga pagando sus gastos. Mi madre quiere
hablar conmigo también. Quiere volverme a recordar todo
lo que le debo. Toda la leche que tomé,
mientras me acunaba en sus brazos
Necesita que le pague esta nueva mudanza suya.
Le gustaría ir a Sacramento por vigésima vez.
La suerte, toda, se ha ido al sur. Lo único que pido es
que se me deje estar sentado un poco más.
Cuidándome la mordedura que el perro
me dio la otra noche.
Y observando esos pájaros. No pido nada
excepto tiempo soleado. Dentro de un minuto
tendré que colgar el teléfono y tratar de separar
lo cierto de lo falso. Hasta entonces
una docena de pajaritos, no mayores que tazas de té,
están posados en las ramas del otro lado de la ventana.
De pronto dejan de cantar y vuelven la cabeza.
Está claro que notan algo.
Se echan a volar. 



 
En: Bajo una luz marina, traducción de Mariano Antolín Rato (no bilingüe), Colección Visor de Poesía, 1996.

Raymond Carver (EEUU, 25 de mayo de 1938 – 2 de agosto de 1988). Fotos: Jmp. 

domingo, 29 de octubre de 2017

Raymond Carver, Es agosto y no he leído un libro en seis meses



BEBIENDO EN EL COCHE

Es agosto y no he
leído un libro en seis meses
salvo una cosa titulada La retirada de Moscú
de Caulaincourt.
Sin embargo, soy feliz
cuando voy en coche con mi hermano
bebiendo en jarra una cerveza Old Crow.
No vamos a ningún sitio,
solo manejamos.
Si cerrara los ojos durante un minuto
no sabría dónde estoy
y me tumbaría encantado a dormir para siempre
a la orilla de la ruta.
Pero mi hermano me da un suave codazo.
Ahora, en algún momento, algo va a pasar.


 
Digamos que no soy poeta de nacimiento. He escrito poemas porque no siempre he tenido tiempo para escribir un relato, mi primera opción. Por eso muchos de mis poemas tienen una marcada tendencia narrativa. Me gustan los poemas que me dicen algo la primera vez que los leo. También me gustan algunos, o al menos reconozco su valor, que necesito leer dos, tres o cuatro veces para ver cómo y por qué funcionan. En todos mis poemas busco una atmósfera concreta. Uso constantemente el pronombre personal, aunque la mayoría son completamente inventados. Sin embargo, muchas veces los poemas tienen una base real, como es el caso de “Bebien­do en el coche”. El poema está escrito hace un par de años. Creo que posee cierta tensión y quiero creer que logra expresar el sen­tido de pérdida y leve desesperación que atenaza a quien vive peligrosamente sin ocupación alguna, como le ocurre a quien se expresa en él. Cenando lo escribí, tenía un trabajo de ocho a cinco y una posición más o menos decente como empleado de oficina. Pero, como pasa siempre con este tipo de trabajos, no tenía mucho tiempo para andar por ahí. Ade­más, tampoco estaba leyendo ni escribiendo. Es una exagera­ción decir no había leído un libro en seis meses, pero me parece que no andaba muy lejos de la verdad. El poema se me había ocurrido mientras leía Retrato de Moscú, de Caulaincourt, uno de los generales de Napoleón. Aquellos días, me fui con mi hermano una o dos veces a dar una vuelta en su coche por la noche, un poco a la deriva, allí encerrados bebiendo una botella de Old Crow. De este modo, con estos vagos recuerdos y mi propia sensación de frustración, me senté a escribir el poema. Todo se juntó ahí. Realmente no puedo decir mucho más del poema o de su proceso de escritura. No sé si será bueno, pero puede que tenga algún mérito. Te aseguro que es uno de mis favoritos.
 Nota aparecida en New Voices in American Poetry, ed. de David Alian Evans; Cambridge, Mass., 1973.


En recorte diario El Día, La Plata, Literarias, domingo 24 de septiembre de 2006. De: Todos nosotros, antología de poemas, 2006.

Raymond Carver (EEUU, 25 de mayo de 1938 – 2 de agosto de 1988). Foto: Jmp.

martes, 17 de octubre de 2017

Raymond Carver, Mientras escribe



EL RASGUÑO

Me desperté con una mancha de sangre reseca pegoteada sobre uno de mis párpados.
Un arañazo, profundo, cruza transversalmente las arrugas de mi frente.
Sin embargo, últimamente, estuve durmiendo solo.
¿Por qué un hombre, incluso en un mal sueño, alzaría la propia mano para lastimarse la cara?

Esta mañana pretendo responder esta pregunta y otras similares,
mientras observo en silencio mi rostro que se refleja en los cristales de la ventana.


NATURALMENTE

Un claro entre las nubes.
El macizo perfil de las montañas azules que recortan el horizonte.
El amarillo seco de los rastrojos.
El río negrísimo.
¿Qué estoy haciendo en este lugar, solo y cargado de culpas?

Sigo comiendo las frambuesas de la fuente.
Sin hacerme problemas. Si estuviera muerto,
pienso, no podría saborearlas.
Nada es tan simple.
Sí, todo es así de simple. Naturalmente.


UNA TARDE

Mientras escribe, sin mirar el mar, siente entre sus dedos el temblor de su lapicera.
La marea se retira arrastrando pequeñas piedras, restos de vida marina.
Todo esto no tiene nada que ver, no, con el origen de su emoción. No.
Su corazón se acelera porque ella, en ese instante, ha decidido entrar completamente desnuda en la habitación.
Somnolienta, por un momento no puede imaginar dónde está.
Se dirige al baño. Sacude su pelo.
Se sienta en el inodoro con los ojos cerrados, la cabeza inclinada;
las piernas extendidas, abiertas.
No ha cerrado la puerta del baño, él puede verla.
Quizás, ella esté recordando lo que sucedió esa madrugada.
Porque después de un rato, abre un ojo y lo mira, y sonríe con mucha dulzura.



Revisando libretas encuentro estos poemas de RC. Seguramente versiones de una antología de Visor, Bajo una luz marina, o de alguna otra que realizó Esteban Moore o... Posiblemente los textos estén intervenidos, no lo sé, no lo recuerdo. Sea lo que sea, bien o mal, los comparto.
Raymond Carver (EEUU, 25 de mayo de 1938 – 2 de agosto de 1988). Foto: Jmp.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Raymond Carver, Las cosas volvieron a ser como eran antes


LA VENTANA

Estalló una tormenta la noche pasada y nos dejó
sin electricidad. Cuando miré
por la ventana, los árboles eran transparentes.
Doblados y cubiertos de escarcha. Una gran calma
se extendía sobre el campo.
Sabía lo que hacía. Pero en aquel momento
noté que en mi vida jamás hice
falsas promesas. Mis pensamientos
eran virtuosos. Avanzada la mañana,
claro, arreglaron la electricidad.
El sol salió de detrás de las nubes
fundiendo la escarcha.
Y las cosas volvieron a ser como eran antes.



En: Bajo una luz marina, traducción de Mariano Antolín Rato (no bilingüe), Colección Visor de Poesía, 1996.
Raymond Carver (EEUU, 25 de mayo de 1938 – 2 de agosto de 1988). Foto: Jmp.

viernes, 12 de febrero de 2010

Raymond Carver – Toda su vida



TODA SU VIDA

Me tumbé a echar una siesta. Pero cada vez
que cerraba los ojos, pasaban cirros
lentamente sobre el Estrecho, camino de Canadá.
Y las olas. Rompían en la playa
y luego nuevamente. Sabes que no sueño.
Pero ayer por la noche soñé que estaba viendo
un entierro junto al mar. Al principio quedé pasmado.
Y luego lleno de pena. Pero me
tocaste el brazo y dijiste: “No, todo es perfecto.
Era muy vieja, y él la quiso toda su vida”.


En: “Bajo una luz marina”, traducción de Mariano Antolín Rato (no bilingüe), Colección Visor de Poesía, 1996.
Raymond Carver, EEUU, 1938-1988
Foto: Carver