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sábado, 6 de septiembre de 2014

Jorge Isaías, selección de lluvia de marzo


2

Ante esta lluvia
que arrincona pájaros
qué puede uno hacer
sino mirar
por la ventana de vidrios
empañados
cómo el silencio
de la madrugada
pasea su orondez
sin más remilgo
que el del pinar
sobrecogido
como quieto monje
cargado de paciencia.

                                   
3

Nadie sucumbe
en un marzo
entero
como hoy.
Lo que sucumbe
es el sueño
porque la lluvia golpea
con sus mil patitas,
sobre el techo
de un cinc paciente y entregado.
Nadie se mueve hoy
porque al escampar veremos
las hojitas nuevas
verdes
estallantes
moviéndose en busca
del sol que nacerá de nuevo.
                                              

5

En la cornisa
de marzo
silencia el mar
sus arrebatos
en esa playa sucia
donde una botella rota
espera inútilmente
la visita de las algas
hasta que el sol
se filtre
por esos vidrios
que nos protegieron
de aquella madrugada
que la arena sepultó
     
                                   
6

Ya no entraremos
a las ciudades
con la paciencia
ardiente.

Ya no asaltaremos
ni la ilusión
ni el cielo.

Apenas viviremos
atados a ese recuerdo
niño
que sólo se agiganta
en la memoria.

                                  
8

Un ardiente sol
cae en la tarde
rueda
como una naranja
por las calles
captura sombras
papeles sucios
marquilla de cigarros
un ronco amor
que llora de rodillas
                            

9

Un tero salta
con un grito
en la mañana
de marzo
un hornerito
llama a su compañera
y le pide atención
una gaviota blanca
se clava en la altura
celeste
un vientito fresco
arrea
vilanos de cardos
en flor
y los va dejando
sobre el campo verde
verde
que traga mariposas
blancas.


13

En una
memoria quieta
nadie
podrá decir
que sucumbió
de paz.
Cuando alguien
siempre
por cualquier
motivo
se iba para siempre


22

Un árbol
instaura
dolores quietos
en la noche.
Un ocio
arrodillado
ínsito
como si fuera
la luz
de un dios
en la miseria
de una mujer
enceguecida
por la gracia.


38

Cuando ardían
los veranos
en los atardeceres
únicos
demenciales de entonces
como el aire
que no dejaba
de partir un día
detrás de aquellos pinos
que pararon las
                       tormentas
como un dolor
que refulgía en el aire
cuando la mañana
era un borrador
de la soledad
que desaparecía
entre hierbas
como no nacía
de mí.


41

En un amarillo
fervor
del verano
en donde nadie
encendía las lámparas
porque un esplendor
decidía por ese ardor
por esa pena
que de rodillas
caía
como un medallón
detenido en el tiempo.


42

Eran astucias
que en otro
tiempo
esgrimíamos.
Eran figuraciones
muy lentas
donde dejé mi rumor.

Como ese amigo
lejano
que nos dejó
de escribir.


51

Como esas
piedrecitas
que pulieron
las aguas
de ese río
como esa sensación
ardida
entre el rencor
y la distancia
que no nos
acercó.


56

En la enredadera
del cielo
armé
un tembladeral
ajeno
para que
olvidaras
una noticia
artera
que no llegó
a destino.


60

¿Qué pasó
en aquel rincón
perdido
donde mi amor
bebía
el agua escasa
de todos los desiertos?


66

Ese poeta
no estuvo
a la altura
de sí mismo
cuando no
cazó al vuelo
ese último crepúsculo
que caía
degollado
detrás de aquellas
casuarinas oscuras.

                                        
77

En el silencio
de la casa
en sombras
al estallar la luz
rompían
derrotas
suyas
que no puedo
narrar

                                       
85

Si no fuera
de ley la noche
quiero decir
una larga sombra
que se llenó
de brea
sino fuera
de alumbre
el sol
quien se atreviera
al desatino
en donde estamos
sin saber por qué
ni cómo


88

Me había
sentado
bajo aquella
casuarina triste
y entonces vi
cómo henchía el aire
chato
azul
lejano
esa bandada
de bandurrias negras
en formación
marcial
que nos parece inútil
pero que algún
sentido tiene,
y que a mí
al menos
se me escapa siempre
                  

90

Decididamente
el cielo
se expresa igual
pese a esa erupción
de patos
que  hacia aquella
laguna
remonta en vuelo bajo.
 Están seguros
que ese equilibrio
no habrá
de romperse
mientras el sol
pinte todo
con los colores
nuevos
de septiembre


92

Pienso
desde aquí
en qué rama
de esos fresnos
plantados con mi padre
se posarían
las patitas leves
de ese pechirojo
que por una vez
no incendió
los campos.
                  

93

Como la luna
que se trizó
en el espejo
sucio
del charco
así mi pena se rompe
contra la noche
íntima
solitaria
alejada
como si no fuera
de nadie.
                           

94

El vuelo de esa calandria
por el cielo
no tiene la perfección
de tu cintura.
El vuelo de esa calandria
no supone
la ausencia
de mi mano
en la blancura
de tu espalda
que los años
volvieron más hermosa
como es hermoso
tu amor
que atraviesa
incólume
los tiempos.


 Selección de textos: José María Pallaoro.
En “Lluvia de marzo”, Ciudad Gótica, 2012.
Jorge Isaías (Los Quirquinchos, Sante Fe, 15 de junio de 1946). Poeta.

Foto: Archivo de la talita dorada. 

miércoles, 5 de junio de 2013

Jorge Isaías, dos poemas de El pan en llamas


DEUDAS

para Rubén Sevlever


Los míos nunca entraron a tallar en las historias.
Destriparon terrones en absolutos junios con heladas,
y dieron hijos con penurias fijas a la dureza de esta tierra.
Hubo arados con gaviotas. Hubo lentas trilladoras
junto a las trenzas rubias de mis tías
y el torso desnudo de tanto cosechero.
El sol del verano hacía fintas mientras tanto en sus cabezas.
Debo el poema. Debo la sangre que no derramé y el sudor
que me he guardado y la pena de ver llegar a mi padre
en un septiembre con sangre sin batallas.
Lo vi llegar herido, con los brazos como rotas alas
pero una furia hecha brasa en las pupilas.
Debo el poema a los colonos comprando el pan en la bolsa
blanca de arpillera. El agrio tabaco en latas de té Tigre.
Las calvas cubiertas con gorras amarillas.
Antes estaba la cocina a leña, el techo de cinc bajo tormentas
del invierno, el café y el mate recibiendo a la mañana.
El cuaderno con estampas era cuadrado y grande
y encerraba al mundo en sus cuarenta páginas.
Después la lluvia de abril complicó todo:
hubo historias que recuerdo y otros amores que me olvido,
sin quererlo. Hubo un tren que me trajo de repente,
arrancándome de cuajo, como fruta verde de diciembre.
Debo aún toda la distancia que me pone cada vez más viejo,
y me entristece.

1976, primavera
(de “Crónica Gringa”)


LA POESÍA NOS SOSTIENE

En esta tierra calcinada
canto mis verdades.
Bajo la lenta ceniza
de mis horas, silencio
el roquedal de dudas viejas
me somete al ritmo
de tu sangre tempestuosa,
recibo mis ardores
-al fin de cuentas: canto-.
A veces pienso que mi corazón
sucumbe a inciertos temores,
a ciegos resplandores no buscados,
pero que están allí, acechando
como cualquier alimaña.
De alguna manera son como la muerte,
que nos completa la vida sin quererlo.
Quisiera enmadejar palabras,
silenciosas cuentas de un rosario
inacabado, apuestas de una vida
que nos lastima tanto, pero que nos es
inevitable como este aire
que todos respiramos.
La poesía está en nosotros,
tristes cantores en un mundo
que se desmorona, como si fuera de barro.
¿Puede algo tan frágil
sostenernos tanto?

1984

(de “Rosario Cinco poetas que difunden La Cultura/Antología”)

En: “El pan en llamas. Antología”, Editorial Ciudad Gótica, 2011.
Jorge Isaías (Los Quirquinchos, Santa Fe, 1946).

miércoles, 18 de abril de 2012

Jorge Isaías – Si yo tuviera que hablar de mi poesía



EL CANTO ENCENDIDO


Si yo tuviera que hablar de “mi poesía”, si tuviera que definir
a esta muchacha que circula a tientas entre la vigilia y la memoria
y el sueño, dando tumbos sobre las cornisas nocturnas,
en un venero de lámparas ciegas, creo que debería inclinarme
por el espacio que reinó mi infancia y su pájaro en alto.
Hablar de poesía, implica para mí –necesariamente– descubrir
la tierra y el horizonte levemente cambiante; cómo va jugando
a distintas horas del día el matiz de luz sobre el cielo –ora
esplendoroso, ora parco, dominante siempre–. Entonces “mi
poesía” está constantemente al acecho, para que no escape el
canto primitivo de la cigarra sobre el plátano, ni la torpeza
deambulante de las mariposas en el campo, ni el fragor de las
trilladoras o el balar cansino de las ovejas y el canto imitador
de la calandria.
Así las cosas me fueron ganando y la poesía entró en mí como
la cosa más inocente y feliz. Y tal vez era poeta cuando circulaba
entre el tedio de la siesta, bajo el ruido ensordecedor de
las abejas y el vaho que desde el suelo iba ganando la copa de
los árboles, el zumbido de las moscas sobre el acre orín de los
caballos, los duraznos heridos por nuestra avidez golosa y
hurtadora.
Esto también es la poesía –la humilde, la tierna y otra vez
humilde poesía– que mis huesos sostiene y mis años y la
soledad oscura que me acechó desde el camino.

La poesía, al menos, que mi canto busca y enciende.



1980, Otoño

En: “La memoria más antigua”, Editorial Ciudad Gótica, 
segunda edición (primera 1982), 2011.
Jorge Isaías, Los Quirquinchos, Sante fe, 1946.
Foto: detalle tapa, Jmp.

sábado, 29 de octubre de 2011

Jorge Isaías – Prefería la calma

DON RAMÓN, EL ORIENTAL


Prefería
la calma
de la tarde
al estampido
que espanta
la liebre del camino.
Quiso la libertad,
el cielo abierto,
el pájaro infinito.
Prefirió
morirse solo,
a pleno campo,
en un Otoño
de ocres que sangraban
sobre el pasto,
el río,
la ya oxidada
trampa de sus nutrias.

a Santos Isaías, mi padre
1980, Otoño



TORDOS


Lluvia breve
de carbones lentos
en torpe sarpullido
vuelan
desde el bañado
hasta el óxido
de la alambrada quieta.

Pero será en el oro
del trigo
donde habrán de caer
pesadamente
como piedras lustradas.

1982, Verano


En “La memoria más antigua”, segunda edición (primera ed. 1982), Editorial Ciudad Gótica, 2011.
Jorge Isaías, Los Quirquinchos, Santa Fe, 1946.
Foto: Tapa. Jmp

Jorge Isaías – Argucias de otoño y Paisaje

ARGUCIAS DEL OTOÑO


Albas hondas vienen
en la danza del aire.
Solas.
No ya inquietas
sino
inquietándose
como sublevadas de sí,
como si todo
concluyera pronto
y solo la “intemperie
sin fin”
reinara.


PAISAJE


Hay una nube
blanca
allá en el cielo.
Hay un cielo
más azul
que encierra
una nubecita blanca.
¿Y qué hace
esta margarita
sola
a igual distancia
de la tierra
y el cielo?

a Beatriz Vallejos


En: “La memoria más antigua”, segunda edición (primera ed. 1982), Editorial Ciudad Gótica, 2011.
Jorge Isaías, Los Quirquinchos, Santa Fe, 1946.
Foto: detalle tapa. Jmp

viernes, 28 de octubre de 2011

Jorge Isaías – En la serenidad

LA PERDIZ


En la serenidad
casi oscura
del campo
la torpeza súbita
de la perdiz
corta la tarde.

Su silbido es una flecha
disparada al horizonte.


En “La memoria más antigua”, segunda edición (primera 1982), Editorial Ciudad Gótica, 2011.
Jorge Isaías, Los Quirquinchos, Santa Fe, 1946.
Foto: detalle tapa. Jmp

Jorge Isaías – No sé si yo miré la poesía

LLANURA SANTAFESINA


No sé si yo miré la poesía
desde el fondo lento de las tardes
en que Octubre bostezaba sus jazmines
contra el crepúsculo radiado de mi pueblo.
Yo no sé si vi la poesía entrelazándose
altiva en las glicinas que aprovechan
la herrumbre del tejido.
El paisaje está en mí. El paisaje
ancho y sosegado de la pampa que fue sudada
por los míos (inmigrantes y estrelleros,
hombres de una demencia clara, enternecida).
Y si está el paisaje está la poesía
y el silencio turbado por el canto
de los pájaros y el leve viento
que las hojas de los árboles friccionan
y mi recuerdo que recupera aquel espacio
de llanuras y cielos y festoneados
crepúsculos que otros pierden para siempre.

a Gustavo Demarchi
1982, Otoño


En “La memoria más antigua”, segunda edición (primera ed. 1982), Editorial Ciudad Gótica, 2011.
Jorge Isaías, Los Quirquinchos, Santa Fe, 1946.
Foto: detalle tapa. Jmp

Jorge Isaías – Será verdad que tuve un cielo…

PREGUNTAS


¿Será verdad que tuve un cielo
alto, poblado de tordos
negros y rebeldes, y un caballo
de caña, una querida y maltratada
pelota de cuero y un perro noble,
allá en la infancia?
¿Fueron mías, ciertamente,
las oscuras, propicias arboledas
y el manchón ubicuo del crepúsculo?
¿Será verdad que el silencioso
y sufrido paso de los míos
atravesó la crueldad
de las heladas y me puso súbito,
triste, infortunado para siempre?
¿Y las mañanas de alto pájaro
y arados y escarchas sobre el pasto
amanecido y también la tarde
de Octubre con su lenta torcaza
pachorrienta, fueron míos
y hoy lo dudo?
¿Será verdad que yo fui niño
y mi pueblo que es tan chico
pudo parecerme inabarcable
como el cielo,
y la nostalgia ciega cae
sobre uno, que está lejos,
ajeno, a merced de toda la miseria
que implacable se cierne
sobre el mundo?

1982, Otoño


En “La memoria más antigua”, segunda edición (primera 1982), Editorial Ciudad Gótica, 2011.
Jorge Isaías, Los Quirquinchos, Santa Fe, 1946.
Foto: detalle tapa. Jmp

domingo, 5 de julio de 2009

Jorge Isaías: Un pez brillante en la tarde fría y otros poemas


__
III


A río revuelto
no hay ganancia
tampoco pescadores.
A río revuelto
sólo
la gaviota pesca
un pez brillante
en la tarde fría.


__
VII


Hace rato
que no miro
cómo una flor
tiembla
con sus pétalos bajo la brisa
de abril.
No sé cómo
pasó tanto tiempo
sin que sintiera en la piel
ese sol agónico
perdiéndose
detrás de aquellas
casuarinas oscuras.


__
XXVI


Estaba aquella luna
que ensangrentó
la tormenta
como un ojo
en la noche
donde yo era
el último naufrago
el último hombre
un solitario
que sobrevive
a las catástrofes.


__
XXXIII


No doy
ni pido
ni exigiré
nada a nadie
salvo
aquella moneda
dorada
que se tragó un día
todo el barro
de mi infancia.


__
XLIV


Con esa lluvia
no hay pájaros
ni abejas ni siquiera
aquella mariposa
que imitaban las naranjas.


__
XLVI


La puerta se abrió
y entró un pájaro
que aleteó un momento
hasta que pudo al fin
orientarse
y salir por esa ventana
antes que entrara
el sol
antes que tus ojos
llegaran
para adueñarse de todo.


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Selección de poemas de “El vuelo de la abeja”, Editorial Ciudad Gótica, 2008.
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Foto: Archivo de la talita dorada.
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Jorge Isaías nació en Los Quirquinchos, Santa Fe, en 1946. Desde 1964 reside en Rosario. En 1971 fundó la revista “La Cachimba” que muy pronto también se convirtió en editorial. Publicó 30 libros entre poesía y prosa de los cuales destaca: Oficios de Abdul (dos ediciones); Crónica Gringa (cinco ediciones); Poemas de amor (tres ediciones); y en prosa El país de la infancia; La mano sobre el recuerdo; Como un caballo salido del mar y Futboleras. También seleccionó y editó: Antología de los mejores cuentos del Litoral; Papeles inéditos de José Pedroni y Palabras a mi padre y a su digna herramienta.
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