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lunes, 12 de febrero de 2024

ROBERT WALSER Un poeta se inclina sobre sus poemas




"Lejos del mundo"

DE UN POETA 

     Un poeta se inclina sobre sus poemas: ha hecho veinte. Pasa una página tras otra y descubre que cada poema despierta en él un sentimiento muy particular. Se devana penosamente los sesos tratando de averiguar qué es lo que planea por encima o en torno a sus poesías. Presiona, mas no sale nada, golpea, mas no logra sacar nada, tira, pero todo sigue tal cual, es decir, oscuro. Se apoya sobre el libro abierto entre sus brazos cruzados y rompe a llorar. Yo, en cambio, el pícaro autor, me inclino ahora sobre su obra y descubro con infinita indeliberación en qué consiste el problema. Se trata simple y llanamente de veinte poemas, uno de los cuales es sencillo, otro pomposo, otro mágico, otro aburrido, otro conmovedor, otro delicioso, otro infantil, otro muy malo, otro bestial, otro inhibido, otro ilícito, otro incomprensible, otro repugnante, otro encantador, otro comedido, otro extraordinario, otro esmerado, otro abyecto, otro pobre, otro inefable y otro que ya no puede ser nada más, porque sólo son veinte poemas distintos que en mi boca han encontrado una valoración, si no precisamente justa, al menos rápida, lo que para mí supone siempre el mínimo esfuerzo. Una cosa es, sin embargo, segura: el poeta que los escribió aún sigue llorando, inclinado sobre el libro; el sol brilla encima de él; y mi risa es el viento que corre impetuoso y frío entre sus cabellos.


ÉRASE UNA VEZ UN POETA… 

     Érase una vez un poeta tan enamorado del espacio de su habitación que se pasaba el día entero sentado en su sillón y empollaba las paredes que tenía ante sus ojos. Retiró los cuadros de aquellas paredes para que ningún objeto lo distrajese o lo indujese a contemplar algo que no fuera una pequeña pared, manchada y poco amable. No puede decirse que estudiara adrede aquel espacio, sino que —preciso es confesarlo— yacía, con la mente en blanco, en los lazos de un insondable ensueño, en el que su estado de ánimo no era alegre ni triste, ni jovial ni melancólico, sino tan frío e indiferente como el de un loco. Pasó en aquel estado tres meses, y el día en que empezaba el cuarto, ya no pudo levantarse de su asiento. Estaba pegado a él. Esto es algo extraño y hay cierta inverosimilitud en la promesa del narrador, quien asegura que a continuación vendrá algo todavía más extraño. Pues resulta que, en aquellos días, un amigo de nuestro poeta fue a buscarlo a su habitación y, al entrar en ella, cayó en la misma ensoñación ridícula o melancólica de la que el otro era presa. Tiempo después le ocurrió la misma desventura a un tercer poeta o novelista que llegó a interesarse por su amigo, y así fueron cayendo uno tras otro seis poetas que vinieron a preguntar por su amigo. Y ahora están los siete en ese pequeño espacio oscuro, lóbrego, frío, poco amable y vacío, y fuera está nevando. Están pegados a sus asientos y nunca más harán, sin duda, un estudio de la naturaleza. Sentados, miran fijamente ante ellos, y la amable carcajada que premia esta historia no consigue liberarlos de su triste encantamiento. ¡Buenas noches!


EL LUGAR BONITO 

     Aunque dude de su verosimilitud, la historia me divirtió muchísimo cuando me la contaron, y aquí la ofrezco ahora como mejor puedo, con la única condición, eso sí, de que no me interrumpan hasta el final con ningún bostezo. 

     Había una vez dos poetas, uno de los cuales se llamaba Emanuel y era un joven muy nervioso y sensible. El otro, de naturaleza más cerril, llamábase Hans. Emanuel había descubierto, en el bosque, un rincón a salvo de todo el mundo en el que solía hacer poesías muy a gusto. Con este fin escribía versitos juiciosos y sin importancia en una libreta que heredara de su abuelo, y parecía muy contento con esta ocupación. Y, en verdad, ¿por qué no habría de estarlo? El lugar en el bosque era tan silencioso y agradable, el cielo encima de él tan azul y sereno, las nubes tan amenas, los árboles de la orilla opuesta tan variados y de tan exquisito colorido, el prado tan suave y el arroyo que regaba aquel prado solitario tan refrescante que el señor Emanuel hubiera tenido que estar loco para sentir algo que no fuera dicha. Viéndolo poetizar candorosamente desde lo alto, el cielo sonreía sobre él tan azul y bello como lo hacía sobre los árboles del bosque; y la paz de aquel idilio parecía tan indestructible que la perturbación que se producirá de aquí a un instante, como rayo caído de cielo sereno, habrá de parecer bastante increíble. Pero el asunto es el siguiente: ya os he nombrado a Hans. Impelido por el azar, este segundo poeta deambulaba una vez por el bosque, cerca de aquel lugar solitario, cuando descubrió el rincón y a su ocupante, el hermano Emanuel. Al instante, y aunque jamás se hubieran visto antes, reconoció Hans al poeta en Emanuel, tal como un pájaro reconoce a otro en seguida. Se le acercó deslizándose por detrás y, para abreviar, diré que le asestó un golpe tan fuerte en la mejilla que el otro lanzó un grito y, sin volverse a ver quién lo había tratado así, puso pies en polvorosa tan rápido que se perdió de vista en un instante. ¡Hans había triunfado! Podía esperar haber ahuyentado para siempre a su rival de aquel bello y productivo lugar, y al punto se puso a meditar sobre la forma más eficaz de recrear la amenidad de ese solitario paraje del bosque. También él llevaba una libreta repleta de versos, malos y buenos, que esperaba publicar poco después. Sacó, pues, la libreta y se puso a garrapatear en ella mil y una tonterías, como suelen hacer los poetas para colocarse en el estado anímico adecuado. Pero parecía tener grandes dificultades para comprimir en tiernas sílabas la suave y plácida belleza del paisaje recién conquistado, y hacerlo de modo que aún pudiera asomar en ellas un atisbo de vida. Y mientras estaba en ésas, torturándose de aquella forma, una nueva aflicción le surgió por delante o por detrás, y era tal que también le echó a perder el paraíso que, como un perro gruñón, él le había arrebatado al otro. Entró entonces en escena una tercera persona en la figura de una poetisa. Hans, que alzó la vista asustado por el ruido, la reconoció en seguida como tal y no perdió un solo minuto en galanterías, sino que desapareció al instante como su predecesor. 

     Aquí se interrumpe el hermoso relato, y yo comprendo y apruebo perfectamente su impotencia, pues, al igual que él, sería incapaz de proseguir ahora que cualquier prosecución conduciría necesariamente al abismo de la infructuosidad. Pues ¿no sería infructuoso seguir canturreando el comportamiento de la poetisa tras haber celebrado ya a dos poetas? Me conformo con informar que la primera no encontró nada bello en la belleza del paraje del bosque y nada singular en su singularidad, y desapareció tan silenciosamente como había aparecido. ¡Que el diablo se haga poeta! 



"Lejos del mundo"
En Historias, Edición digital Titivillus, 2020 / Primera edición: 1914 / Título original: Geschichten / Traducción: Juan José del Solar / Ph Mirella Moretti, "Lejos del mundo" / 
Escribe Hermann Hesse: “Si los poetas como Walser se contaran entre los espíritus que gobiernan, no habría guerras. Si tuviera cien mil lectores, el mundo sería mejor. Sea como fuere, el mundo está justificado por haber gente como Walser.” / 
Robert Otto Walser (Biel, Suiza, 15 de abril de 1878 - cerca de Herisau, Suiza, 25 de diciembre de 1956) / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 



viernes, 7 de abril de 2023

LEOPOLD SACHER-MASOCH Una mujer bella es lo más encantador que existe




     PD: Al ir a cerrar la carta, se me ocurrió todavía algo que debía haberte dicho. Se trata de un encuentro extraño. Cuando salía del cuartel para dirigirme a mi habitación, a mi lado pasó un trineo veloz como un rayo que parecía producto de mi fantasía. En el trineo iba sentada una mujer joven vestida con las galas más suntuosas. La vi sólo por un instante, pero sabría decir que era rubia, que poseía unos ojos hermosos y la arrogancia de alguien de alto rango, es decir, de alguien acostumbrado a mandar. Me quedé petrificado mirando ese vertiginoso pasaje, y si sus cuatro caballitos ucranianos no hubieran tenido alas en su carrera, me habría ido en pos de ella. Naturalmente, estoy dispuesto a recorrer la calle del Paseo, a asistir al teatro, inclusive a visitar las iglesias, con el propósito de descubrirla. Y si me llegara a enterar dónde vive, me pasaría horas bajo sus ventanas con tal de ver su sombra detrás de las cortinas de su casa. 
     Aclárame esto, por favor. Una mujer bella es, para mí, lo más encantador que existe. Puedo pasarme los días y las noches con ese pensamiento. Así, me cuento a mí mismo historias en las que actúo como el héroe, y ella es a su vez la heroína. Ella aparece en mis sueños, pero no se me ocurre ni por casualidad poseerla. Inclusive he hecho la experiencia de que sólo necesito cambiar con ella diez palabras para... 
     Una mujer bella es como una obra de arte, por ejemplo una pintura, que no está permitido rozar con los dedos, a la que ni siquiera es posible acercarse demasiado si no se quiere hacer desaparecer la magia. 
     Volveré a ver a mi princesa, pero seguramente no he de hablarle. Voy a proceder como haces tú con tus rosas, oler su precioso perfume, admirar su forma, pero nunca cortarlas... Ríete de mí, di que soy un muchacho tonto al que solamente se le ocurre hablar de tronchar una rosa tan arrogante. 
     Esta vez has obtenido de mí una carta bien larga, pero en compensación la próxima será más breve. Ten consideración con tu héroe un poco infantil, pero escribirte es mi único y el más bienaventurado de los placeres. 
     Buenas noches, mamá querida.



En El amor de Platón / El cuenco de plata, Buenos Aires, Argentina, 2004 / Título original: Die Liebe des Plato / Traducción del alemán de José Amícola / Fotos: jmp / 
Leopold von Sacher-Masoch (Leópolis, Ucrania, 27 de enero de 1836 - Lindheim, Fráncfort del Meno, Alemania, 9 de marzo de 1895) / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

viernes, 7 de enero de 2022

FRANZ KAFKA La desdicha en la otra orilla



24 [de enero de 1922] 
(…)
    Mi desarrollo ha sido sencillo. Cuando todavía estaba contento, quería estar descontento, y con todos los medios de la época y de la tradición que me eran accesibles me empujaba a mí mismo al descontento, y entonces quería volverme atrás. Por lo tanto, siempre estaba descontento, también con mi descontento. Es notable el hecho de que, con una sistemática suficiente, la comedia pueda convertirse en realidad. Mi decadencia espiritual comenzó con un juego pueril, aunque puerilmente consciente. Contraía artificialmente, por ejemplo, mis músculos faciales, caminaba por el Graben con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Un juego puerilmente repelente, pero que salió bien. (Algo parecido ocurrió con el desarrollo de mi escritura, sólo que, por desgracia, ese desarrollo se atascó más tarde.) Si es posible forzar de ese modo a la desdicha a que venga, entonces debería ser posible forzar a todo a que venga. A pesar de que mi desarrollo parece refutarme y a pesar de que pensar así contradice mi naturaleza, no puedo de ningún modo admitir que los inicios de mi desdicha fueran íntimamente necesarios, quizá respondieran a una necesidad, pero no una necesidad íntima, llegaron volando como moscas y habrían sido tan fáciles de ahuyentar como éstas. 

    La desdicha en la otra orilla habría sido igual de grande, probablemente más grande (a consecuencia de mi debilidad), todavía tengo la experiencia, todavía está temblando en cierta medida la palanca desde la época en que la invertí por última vez, pero por qué incremento luego, con mi nostalgia de la otra orilla, la desdicha de estar en ésta. 

25 [de enero de 1922] 
    Triste con motivo (…) 




En Diarios, Random House Mondadori, Buenos Aires, Argentina, 2015 / Traducción de Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual /
Franz Kafka (Praga, Imperio austrohúngaro, actual capital de República Checa; 3 de julio de 1883-Kierling, Austria; 3 de junio de 1924) / Fotos: jmp