domingo, 5 de febrero de 2023
CÉSAR VALLEJO Buenos días, José! Buenos días, María!
domingo, 15 de enero de 2023
BLANCA VARELA Un poema como una gran batalla
![]() |
| Blanca Varela x Baldomero Pestana, circa 1960 |
viernes, 11 de junio de 2021
MANUEL SCORZA El rumor de un pueblo que despierta
EPÍSTOLA A LOS POETAS QUE VENDRÁN
Tal
vez mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
tal vez mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas por donde venía la ardiente cólera.
Yo
respondo: por todas partes oíamos el llanto,
por todas partes nos cercaba un muro de olas negras.
¿Iba a ser la poesía
una solitaria columna de rocío?
Tenía
que ser un relámpago perpetuo.
Yo os
digo:
mientras
alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire al pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras los mendigos lloren de frío en la noche,
mi corazón no sonreirá.
Matad
a la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
Hay cosas más altas
que llorar el amor de tardes perdidas:
el rumor de un pueblo que despierta
eso es más bello que el rocío.
El metal resplandeciente de su cólera
eso es más bello que la luna.
Un hombre verdaderamente libre,
eso es más bello que el diamante.
Porque
el hombre ha despertado,
y el
fuego ha huido de su cárcel de ceniza
para
quemar el mundo donde estuvo la tristeza.
*
La desconocida siguió avanzando. La
belleza de su rostro como todo lo efímero y bello, me pareció eterna y al mismo
tiempo frágil, irremediable. ¿Por quién venía? ¿A quién buscaba el azul
anheloso de sus miradas? Giró el rostro: la medialluvia de sus cabellos negros
delató, al ocultarlo, un perfil indecible. Su rostro me encegueció. Y así como
por el centro de una ciudad avanza la ira de un motín, hacía mí, sin mirarme
caminó ese enigma que me desesperaba.
Y de pronto la reconocí. Yo la conocía.
No sólo la conocía: la había amado más que a ninguna otra mujer. Y ella me
había amado más que a ninguno. Y luego la había olvidado hasta no reconocerla.
─Me gusta su relato ─dijo
el Editor─, pero en lo que sí coincido
con el doctor Díaz es que esta historia, en un momento en que la guerrilla
sigue activa en América Latina, no será recibida por la crítica, como se
merece, o quizá será silenciada.
Su voz me sonó como desde el fondo de
un precipicio donde eL fastidio había ido arrojando los años usados, inútiles,
definitivamente inservibles.
Yo la había amado. Y la gloria de ese
amor, como el encaje de una tela preciosa que reemplaza la ordinariez de un
tejido desprestigiado por el uso, había cambiado la mediocridad de mi vida por
un imperecedero fulgor. Marie Claire siguió avanzando. ¡Toda ella brillaba: su
rostro, sus ojos, su cabellera, el perfil de sus caderas, el contorno de sus
piernas, la terquedad de sus senos libres, los pliegues del vestido que sus
muslos mordían, caminando! Sentí una quemazón inmemorial. Por entre el pasadizo
de las mesas, la miré bellísima, leal, hipócrita, irremplazable. La amaba
inmortalmente.
El Editor la descubrió y las capas de
aburrimiento de su rostro se fundieron en una cara tierna, desconocida,
infantil. Se levantó sonriendo. Marie Claire le devolvió la sonrisa y avanzó
hacia nuestra mesa. Vaca Sagrada también se levantó.
─No creo que usted conozca a Mlle. Saint Jean,
nuestro ataché de presse ─dijo
el Editor.
Marie CIaire me reconoció
desconcertada. El azul de sus ojos se salpicó de chispas de oro y luego de
chispas de dolor. ¿El hombre es una metáfora provisionalmente vestida de carne
o una carne que se nutre de metáforas?
─¡Santiago!, por fin te vuelvo a ver ─susurró─:
¡Si supieras cuánto te he buscado!
El Editor la miró desconcertado. Vaca
Sagrada, nervioso, trató de sonreír.
─Usted me confunde ─precisé
con dureza─. Yo no me llamo Santiago.
¡Yo había sufrido tanto por ella! No
sólo los dolores, las miserias, las heridas sin cicatriz del abandono. Por ella
había dejado de ser lo que era, había desertado de mi verdadera vida, había
traicionado lo mejor de mi existencia, ¿podía perdonarla?
─Probablemente me confundo ─susurró
Marie Claire─, se parece usted tanto a un
Santiago que yo conocí. Hasta era compatriota suyo.
─Yo también tuve un amigo que se llamaba Santiago.
Quiso suicidarse en París por una mujer.
¡Toda ella brillaba! Y se me sublevó el
deseo, los deseos, el tumulto de mis deseos, me acometió la sed de estrujarla,
besarla, lamerla, acariciarla, soñarla, maltratarla, rozarla, volverla a
amar...
─¿Y qué sucedió con su amigo?
La amaba inmortalmente. La odiaba
inmortalmente.
─No se suicidó. En el instante en que iba a saltar
sobre un puente del Sena, comprendió que ir a luchar por su país y morir por él
era mejor que morir por una mujer que lo había traicionado.
─¿Y usted cree que las Revoluciones no traicionan? ─preguntó
el Editor.
─Los revolucionarios, quizás. Las Revoluciones
nunca.
─¿Y el amor no traiciona? ─preguntó
Marie Claire.
Miré girasoles cerca, lejos, próximos,
ausentes. El destino de los girasoles es rotar alrededor del sol. El destino de
los humanos girar alrededor del amor. ¡Ay del girasol o de los humanos
enloquecidos que se obstinen en girar contra su sol! ¡Pobres girasoles ciegos dando
vueltas y vueltas alrededor de la nada, del no-ser!
─El amor nunca traiciona; algunas mujeres, sí.
─Sólo se traiciona a quienes merecen la traición ─sentenció
Vaca Sagrada.
─¡Santiago! ─repitió Marie Claire.
Y su sonrisa era lago de aguas tristes
por donde se alejaban navegando en sus mesas los cuatrocientos comensales, los
doce maîtres, Monsieur Lafon, los camareros, el Editor, Vaca Sagrada, todos.
Todos menos ella.
─¡Santiago, yo soy Marie Claire!
Miré con rencor su belleza
irremediable.
─Sin duda es usted Marie Claire. Pero yo no soy ese
Santiago.
Me levanté. Y me fui.
Lima, setiembre 1981, abril 1982
Selección
de textos y fotos: jmp, de los libros Poesía
incompleta (Universidad Nacional Autónoma de México, primera edición, 1976)
y el capítulo XXXIII, “Pero también
pudo ocurrir que...”, de la novela La
danza inmóvil, Plaza&Janés, España, 1983
Manuel
Scorza (Lima, Perú, 9 de septiembre de 1928 - Madrid, España, 27
de noviembre de 1983)
viernes, 28 de agosto de 2020
MANUEL SCORZA Contra el viento el poeta nada puede
Íbamos a morir toda la muerte juntos.
Adiós.
Adiós quiere decir ya no mirarse nunca,
vivir entre otras gentes,
reírse de otras cosas,
morirse de otras penas.
Adiós es separarse, ¿entiendes?, separarse,
olvidando, como traje inútil, la juventud.
Ahora tenemos otras citas.
Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes.
Está bien: adiós.
Contra el viento el poeta nada puede.
el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas
que vuelen sin cesar sobre tu sueño.
lunes, 21 de mayo de 2018
César Vallejo, El primer sacudimiento creador
domingo, 25 de enero de 2015
Myra Jara, Pienso en una mujer que besa a un hombre
y ella es también tuya
y tú mereces saber que tú eres toda la planta
las raíces, los pilares y las ramas
mientras ella y yo nos mecemos en el aire
y cada flor piensa y se inclina hacia el cielo
Escuchaba decir que algún tío se moría
que alguien se había muerto
que en el hospital alguien se había muerto anoche
Veía siempre carros espléndidos, mujeres suaves
cuando había alguna muerte
Veía que las muertes hacían que esos carros negros desfilasen por la autopista
como hombres jóvenes corriendo en smoking en los puentes
La muerte me gustaba
Me gustaba cuando escuchaba que alguien moría
Entonces una empleada me vestía de negro, me vestía como adulta
La gente se distancia de los niños cuando hay un muerto
En esa época no podía entrar al hospital y al velatorio
Me quedaba afuera, con alguna empleada cansada, prohibida de tocarme
La veía comerse un caramelo, engordar
Y jugaba, con las manos, a la muerte
Y simultáneamente, con la mente, a la belleza.
son dos mujeres ancianas,
me gusta su presencia
no las conozco: vienen a mi casa y limpian
lo más importante que una persona puede hacer por mí es limpiar
cuando vienen me gusta mirarlas trabajar
ambas son bajas y delgadas, muy blancas
utilizan unas pantimedias que cubren sus viejas rodillas
cuatro rodillas secas y redondas
las rodillas de esas mujeres son mis amuletos
los miraba recoger los desechos
limpiar las gradas y los suelos,
los limpiadores estaban llenos de instinto.
más lento
que todos sigan avanzando
mientras yo camino delicadamente al baño
es curioso cuánto no he podido crecer
cuánto sexo he hecho así
cuánto así he comido
es en este caso mejor que el hambre
el hambre se mueve en los túneles
su dueño es el hombre obsesivo
tiene dinero y mantiene sus túneles
me alquila sus túneles
llegarán las enfermeras a lavarme la boca
es brutal compartir el mundo
mujeres que ahora seguramente están muertas
la muerte así no la voy a tener
de ellas puedo copiar solamente la masticación
no tengo de ellas nada, son mejores que yo
de la gente que estaba en mi casa
conocía sin embargo alguna gente que me gustaba
gente pobre que no me hablaba
recuerdo al hijo de mi empleada
me besaba las piernas y se excitaba
yo lo humillaba un poco pero le daba placer
el me daba espacio y un sentido de crisis
uno trabajaba para los árabes con los panes
era un hombre lindo con el que me gustaba acostarme, dejar de besarlo me dolía
me gusta el dolor que dejan los hombres pobres
es el dolor de los buses que viajan de una ciudad a otra, eternamente
por las noches los hombres los bañan
mi padre me bañaba de noche como hacen estos conductores con sus camiones
me dejaba brillando, y gorda
la muerte del hombre obsesivo será obscena
morirá como una vaca (La muerte espantosa de los animales de carga)
voy a mutilar esa muerte
voy a crear un hoyo en el sistema cerebral del hombre obsesivo
ese hoyo es la base de mi ingenua capacidad mental
y es en ese sentido, conmovedor.
el hombre es un anciano alto y macizo
en su barba blanca he depositado mariposas puras
esas mariposas tienen pies de agua, piel de agua, huesos de llama
dentro de esas mariposas existen unas mentes idénticas a mi mente
la misma sensualidad con la que acaricio la piel de los peces
la misma inclinación para acariciar plantas, ancianos
cuando no resisto el dolor de mis músculos
imploro místicamente
dale a esta bella mariposa
la fuerza de volar frente a mi
doy unas gotas de agua a su pequeño pico
resisten el paso del tiempo sin voluntad
no han nacido para ser fuertes
están aquí, dentro de la barba de un hombre anciano
no sé dónde hacerlas vivir
Entra en el mar,
Está rodeado de aves
que miran mi adaptación
y pienso en él
con un sonido de hambre
lo rodean pensando en mi
sin crecer
sin nacer
sábado, 20 de septiembre de 2014
Jorge Eduardo Eielson, Existirá una máquina purísima
copia perfecta de sí misma
y tendrá mil ojos verdes
y mil labios escarlata
no servirá para nada
pero tendrá tu nombre
Oh eternidad
fin cifra que nunca
principia
cantidad esplendente
cero encendido
dime tú por qué
dime dónde cuándo cómo
cuál es el hilo ciego
que se quema entre mis dedos
y por qué los cielos claros
y mis ojos cerrados
y por qué la arena toda
bajo mi calzado
y por qué entre rayos sólo
entre rayos me despierto
entre rayos me acuesto
diamantes en marcha
electricidad que canta
en sus altos divinos cilindros
qué lejos ya mi corazón
mis intestinos y mi voz todo
misteriosamente dispuesto en cúpulas
iguales como las estaciones
o el manto de las horas
todo en busca
de esplendores que no llegan
de evaporados mundos
de lejanas y altas velocidades
que no perdonan
más tus ojos
como yo o como tú
pero encendido
jardín de plumas que no existe
luz de nada
aire y tierra sin fronteras
agua y fuego confundidos
semejante a cuanto adoro
pero nada
semejante a tu mirada ciertamente
semejante a centenares
de millares de millones
de manzanas
pero en llamas
y mi cuerpo es de tierra
de qué sirve la tierra sin tu cuerpo
de qué sirve la tierra sin mi cuerpo
de qué sirve tu cuerpo sin mi cuerpo
y mi cuerpo y tu cuerpo de qué sirven
si tu cuerpo y mi cuerpo son de tierra
tierra más tierra nuestros hijos
tierra con redondez la tierra
y todo lo que existe sobre la tierra
tierra tierra tierra tierra
como una simple lámpara de aceite
que ya se siente sola
y sin familia
en el terrible espacio
entre tanto cielo ciego
que no cesa
y tanto abismo centelleante
que no se abre
que respira
quisiera ser de nylon
de celophan de acero
de sonrientes materias
que no mueren
no soy en cambio
sino de carne y hueso
juguete pálido del jazz
y de las horas
miserable volumen
que padece
de rodillas
solo de noche
de noche sólo
de verde tú
yo de rojo
de rodillas
en la noche
de tanto verte
y no tenerte
o de tenerte
y ya no verte
ni de rodillas
ni tú de verde
ni yo de rojo
sino una masa clara
de millones y millones de kilos
de plomo de plata de nada
vacío y peso y vacío nuevamente
nada de plomo plomo en la nada
nada de plata plata en la nada
nada de nada nada en la nada
nada
sino la luna
la nada
y la nada nuevamente
algo todavía
algo más aún
añado palabras pájaros
hojas secas viento
borro palabras nuevamente
borro pájaros hojas secas viento
escribo algo todavía
vuelvo a añadir palabras
palabras otra vez
palabras aún
además pájaros hojas secas viento
borro palabras nuevamente
borro pájaros hojas secas viento
borro todo por fin
no escribo nada
lunes, 25 de agosto de 2014
José Watanabe, el lenguado en el bosque de espinos
lo gris contra lo gris. Mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil
que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado. He perdido la simetría
de los animales bellos, mis ojos
y mis narices
han virado hacia un mismo lado del rostro. Soy
un pequeño monstruo invisible
tendido siempre sobre el lecho del mar
Las breves anchovetas que pasan a mi lado
creen que las devora
una agitación de arena
y los grandes depredadores me rozan sin percibir
mi miedo. El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre. Mi cuerpo no es mucho. Soy
una palada de órganos enterrados en la arena
y los bordes imperceptibles de mi carne
no están muy lejos.
A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces
toda la arena, todo el vasto fondo marino.
Los espinos nacen
bifurcados y en el aire vuelven
a bifurcarse para tejer un bosque intrincado
como el mapa de los nervios.
Hay que ser cabra
para vivir
en esa maraña punzante. Hay que tener lengua
de cabra
para separar con resignación pasto
de espinas
y engordar.
Sé, por los pastores, que en ocasiones
una cabra de este tranquilo rebaño
entra en la locura.
Aquí también la cabeza quiere muy poco,
un roce leve, una vaguedad hórrida,
para extraviarse.
Tal vez fue una punción casual,
un pincho venial,
para que todas las espinas del bosque, todas,
unánimes,
apuntaran hacia ella, la cabra que ya huye
y grita
y se deja en cada espina.
martes, 29 de julio de 2014
José Watanabe, 3 poemas de Cosas del cuerpo
a buscar una cueva para hibernar.
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.
estira su casa como un tejido que le ajusta.
si yo mismo vivo inmensamente pegado a mi casa, tanto
que a veces las paredes tienen manchas
de mi sangre o mi grasa.
hay un latido suave, un pulso que con los años se ha concertado
con el mío.
uterino. Estoy hablando del lugar de mi cuerpo
que he construido, como el pájaro aquel
con baba
y donde espacio y función intercambian
carne.
de mi cuerpo desnudo
y, a veces, de una mujer
que se aviene a ser, como yo, otro órgano dentro de este
pulposo
tercer
piso.
es un juego de los tiempos: te revisas
y confirmas
que ni tus manos ni tus pies
se han desprendido como colas de lagartija.
Todo tu cuerpo sigue amarrado dentro de tu piel.
no te es accesible. Es del ojo
interior
que navega dentro de tu carne. Es del ojo
que te recorre
y observa cada uno de tus órganos
y se guarda el secreto.
para fisgar tu lento desastre, ninguna otra cosa
sabe de ti, ignora si vives en esta ciudad
o en otra, no conoce el papel donde escribes
sobre su perversidad
y tal vez no conoce la perversidad. Él sólo sabe
de tu adentro.
en la ventana
y tampoco hoy sabrás
si el ojo que viaja por tus confines
es el ojo de Dios que observa maravillado
a cada órgano
haciendo incansablemente y todavía lo suyo
o si es el indiferente pero acucioso ojo de la nada.
martes, 22 de julio de 2014
José Watanabe, 4 poemas de Cosas del cuerpo
madruga y danza
frente a los arenales de Barranco
una rúbrica antigua, con esa gracia, y
sin embargo, está hiriendo, buscando el punto
de muerte
de su enemigo, el aire no, un invisible
de mil años.
agresivos
y el maestro los replica
en su carne: tigre, águila o serpiente van sucediéndose
en la infinita coreografía
de evitamientos y desplantes.
y mañana volverán a enfrentarse.
–Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario
cuando danzo –me dice el maestro–.
con qué perfección, equidistancia y malicia
se disponen en tu cuerpo tendido
tus yemas de gusto
concupiscente.
Ahora tus yemas están dormidas,
pero cuando estén despiertas provocan muchas ocurrencias.
La que más provoca es tu ranita lúbrica
llamada clítoris.
(Entre las hojas de los trópicos
he visto ranitas coloradas, miniaturas
de carne húmeda
que se contraen o se adelgazan
y nadie las comprende
porque son temperamentales
como las muchachitas humanas)
Tu ranita no late contigo, tiene vida propia
pero no puede deleitarse sola.
La desmesura de su deseo
haría estallar su minúsculo cuerpo. Necesita
extender su gozo
en un cuerpo grande como el tuyo,
y así sobrevive,
convidándote placer.
Antes de tu sueño
viene siempre un ángel plumado y casto
que peina tu piel y censura
a nuestra ranita.
Es que nadie la comprende.
Sólo yo.
inmensidades del mar y del cielo, mírenme,
yo soy el que va a su patria,
el que lame la sal que se cristaliza
en las barandas del barco, el que
apoya su peso
en una pierna y otra
para compensar el bamboleo de la nave y así mantener
la línea del horizonte y la línea del corazón.
Hace días que estoy hipnótico en el centro
del Atlántico. La única referencia
para saber que avanzo
es mi propio pasado: está ahora delante
como un tigre que me dio una tregua.
He dejado atrás varios días eternos
y una cáscara de naranja
flotando
en el Mediterráneo. La cáscara parece
gracia o ingenio
de la poesía, y en verdad es
algo aterrador cuando cae sobre esos mis días
y las aguas:
es un documento humano, lo mismo
que mi brazo o mi zapato.
Y otra vez voceo:
yo soy el que voy, y salto
para que las inmensidades
me vean. Mírenme
trayendo en mis brazos mi propio cuerpo
para entregarlo a sus dueñas, mi madre
y mi esposa
que me esperan
sabiendo
que nada puede cambiar: ir y volver, un giro
dentro de la misma fuente de salmuera.
Allá en las costas amarillas
de mi país
coma mi carne cualquiera de ellas.
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