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domingo, 5 de febrero de 2023

CÉSAR VALLEJO Buenos días, José! Buenos días, María!




EL MOMENTO MÁS GRAVE DE LA VIDA

     Un hombre dijo:

     —El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne cuando fui herido en el pecho.

     Otro hombre dijo:

     —El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yokohama, del cual salvé milagrosamente, refugiado bajo el alero de una tienda de lacas.

     Y otro hombre dijo:

     —El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de día.

     Y otro dijo:

     —El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad.

     Y otro dijo:

     —El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú.

     Y otro dijo:

     —El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre.

     Y el último hombre dijo:

     —El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía.


LA VIOLENCIA DE LAS HORAS

     Todos han muerto. 

     Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo. 

     Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: “Buenos días, José! Buenos días, María!” 

     Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre. 

     Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer. 

     Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina. 

     Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién. 

     Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia. 

     Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos. 

     Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese. 

     Murió mi eternidad y estoy velándola.



En Obras completas 3, Laia B, Barcelona, España, 1983 / En Poesía completa 2, Página 12 – Losada, Buenos Aires, Argentina, 2006 / 
Poemas en prosa, escritos entre 1923 y 1924, corregidos y aumentados en 1929; se publicaron luego de la muerte del poeta. 
César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 16 de marzo de 1892 – París, Francia, 15 de abril de 1938) / Selección y fotos: jmp / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

domingo, 15 de enero de 2023

BLANCA VARELA Un poema como una gran batalla

Blanca Varela x Baldomero Pestana, circa 1960



EL PASEO

Vamos, la luz cambia, 
la luz y el viento nos esperan creciendo.
Es hacia la noche donde vamos,
al frescor de la sombra continua,
a beber de los frutos vivos
que penden de ramas increíbles.

Ahora hay tal certeza
de que un pie sigue al otro
y el sol y la luna hacen el día juntos
y el reposo no es terrible.

No es éste el lazo
ni tú eres hoy la presa pequeña.

De Ese puerto existe, 1949 - 1959


NO ESTAR

No estar. No estar. No estar. 
Un reflejo a la entrada de la cueva,
la carrera en medio del día,
la manada invisible,
la nube de polvo.

Desde el fondo tirar la red.
¿Quién cae? ¿Quién vive?
Esto es la noche. Esto soy yo.
No quiero ver las estrellas,
no quiero ver lo que ha de morir,
ni imaginar tu rostro
ni moverme hacia lo que amo.

Inmóvil tras mi cuerpo soy un río que crece,
que avanza en la noche.

Tiempo, rostro de limo, espejo trizado.
Repite este aire caliente que gira,
hazlo una piedra,
un círculo en el agua que me devora.
Lánzame mil veces de espaldas, despéñame,
lléname de ojos,
devuélveme mis palabras,
mis pensamientos, más violentos que la luz.

Recuerdos donde tú eres yo
Y haces el mismo gesto de amor en la oscuridad.

Voy hacia la ventana,
me asomo al día negro y allí estoy,
al centro de la tiniebla.
Algo roto, sustancia herida,
desgarrón luminoso súbitamente borrado,
calor apartado de los labios, luz ambigua,
noche de fuego y hielo, silencio,
muro de ecos, ser de espaldas.   

De Luz de día, 1963 – 1963


EJERCICIOS

I

Un poema
como una gran batalla
me arroja en esta arena
sin más enemigo que yo

yo
y el gran aire de las palabras

II

miente la nube
la luz miente
los ojos
los engañados de siempre
no se cansan de tanta fábula

III

terco azul
ignorancia de estar en la ajena pupila
como dios en la nada

IV

pienso en alas de fuego en música
pero no
no es eso lo que temo
sino el torvo juicio de la luz


CONVERSACIÓN CON SIMONE WEIL

-los niños, el océano, la vida silvestre, Bach.
-el hombre es un extraño animal.

En la mayor parte del mundo
la mitad de los niños se van a la cama 
     hambrientos.

¿Renuncia el ángel a sus plumas, al iris,
a la gravedad y la gracia?

¿Se acabó para nosotros la esperanza de ser mejores ahora?

La vida es de otros.
Ilusiones y yerros
La palabra fatigada.
Ya ni te atreves a comerte un durazno.

Para algo cerré la puerta,
di la espalda
y entré la rabia y el sueño olvide muchas cosas.

La mitad de los niños se van a la cama hambrientos.

-los niños, el océano, la vida silvestre, Bach.
-el hombre es un extraño animal.

Los sabios en quienes depositamos nuestra confianza
nos traicionan.

-los niños se van a la cama hambrientos
-los viejos se van a la muerte hambrientos.

El verbo no alimenta. Las cifras no sacian.

Me acuerdo ¿Me acuerdo?
Me acuerdo mal, reconozco a tientas. Me equivoco.
Viene una niña de lejos. Doy la espalda.
Me olvido de la razón y el tiempo.

Y todo debe ser mentira
porque no estoy en el sitio de mi alma.
No me quejo de la buena manera.
La poesía me harta.
Cierro la puerta
Orino tristemente sobre el mezquino fuego de la gracia.

-los niños se van a la cama hambrientos.
-los viejos se van a la muerte hambrientos.

El verbo no alimenta.
Las cifras no sacian.

-el hombre es un extraño animal.

De Valses y otras confesiones, 1964 - 1971


JUSTICIA

vino el pájaro 
y devoró al gusano
vino el hombre 
y devoró al pájaro 
vino el gusano 
y devoró al hombre


FLORES PARA EL OÍDO

en todas partes hay flores
          acabo de descubrirlo escuchando
flores para el oído
lentas silenciosas apresuradas
flores
para el oído

caminando por la calle
que un hombre rompe con un taladro
sentí el honor de la primavera
de tantas flores
          abriéndose en el aire
y cerrándose
de tantos ecos
          negros rizados pétalos
arrastrándose
          hasta el borde del mar de tierra
          recién abierto

sé que un día de estos
          acabaré en la boca de alguna flor


MEDIA VOZ

la lentitud es belleza
copio estas líneas ajenas
respiro
          acepto la luz
bajo el aire ralo de noviembre
bajo la hierba
sin color
bajo el cielo cascado
y gris
          acepto el duelo 
y la fiesta

no he llegado
no llegaré jamás
en el centro de todo
está el poema 
intacto sol 
ineludible noche 

sin volver la cabeza
merodeo su luz
          su sombra 
animal de palabras
husmeo su esplendor
su huella
          sus restos
todo para decir
que alguna vez estuve 
atenta desarmada
                               sola 
casi en la muerte
casi en el fuego

De Canto Villano, 1972 - 1978


TERNERA ACOSADA POR TÁBANOS

podría describirla 
¿tenía nariz ojos boca oídos? 
¿tenía pies cabeza? 
¿tenía extremidades? 

sólo recuerdo al animal más tierno 
llevando a cuestas 
como otra piel 
aquel halo de sucia luz 

voraces aladas 
sedientas bestezuelas 
infamantes ángeles zumbadores 
la perseguían 

era la tierra ajena y la carne de nadie 

tras la legaña
me deslumbró el milagro mortecino 
la víspera el instinto la mirada 
el sol nonato 

¿era una niña un animal una idea? 

ah señor 
qué horrible dolor en los ojos 
qué agua amarga en la boca 
de aquel intolerable mediodía 
en que más rápida más lenta 
más antigua y oscura que la muerte 
a mi lado 
coronada de moscas 
pasó la vida

De Ejercicios materiales, 1978 - 1993

DOS POEMAS MÁS 

DAMA DE BLANCO 

el poema es mi cuerpo 
esto la poesía 
la carne fatigada el sueño 
el sol atravesando desiertos 

los extremos del alma se tocan 
y te recuerdo dickinson 
precioso suave fantasma 
errando tiempo y distancia 

en la boca del otro habitas 
caes al aire eres el aire 
que golpea 
con invisible sal mi frente 

los extremos del alma se tocan 
se cierran 
se oye girar la tierra 
ese ruido sin luz 
arena ciega golpeándonos 

así será 
ojos que fueron boca que decía
 manos que se abren y se cierran
vacías 

distante en tu ventana 
ves al viento pasar 
te ves pasar el rostro en llamas 
póstuma estrella de verano 
y caes hecha pájaro hecha nieve 
en la fuente en la tierra 
en el olvido 

y vuelves 
con falso nombre de mujer 
con tu ropa de invierno 
con tu blanca ropa de invierno 
enlutado 


STRIP-TEASE 

quítate el sombrero 
si lo tienes 
quítate el pelo 
que te abandona 
quítate la piel 
las tripas los ojos 
y ponte un alma 
si la encuentras

De Falso teclado, 2000


Tres frases de Blanca Varela
“A mí siempre me ha interesado la literatura de mujeres, siempre y, además, creo que la base de mi poesía es mucho más poesía feminista o literatura femenina en general de lo que se cree.” 

“Creo que la poesía es social en general, está dirigida al hombre, al otro que puedes ser tú mismo, porque la poesía es diálogo.” 

“Yo creo que el arte es otra dimensión de la vida. Creo que es una forma de vivir, también. El arte no es soñar exactamente, sino vivir en esa especie de lindero que tiene que ver con el sueño y la imaginación.”

En Canto villano, Poesía reunida 1940 - 1994,  Fondo de Cultura Económica, México, segunda edición 1996 / Selección de poemas Nieves Viviani (Concordia, Entre Ríos, 1973); integrante Grupo La Talita Dorada) / 
Blanca Leonor Varela Gonzales (Lima, Perú, 10 de agosto de 1926 - 12 de marzo de 2009) / 
Los autores y textos forman parte de estudio en ejercicios de taller, y su destino es solo para este objetivo.- 

viernes, 11 de junio de 2021

MANUEL SCORZA El rumor de un pueblo que despierta



EPÍSTOLA A LOS POETAS QUE VENDRÁN

 

Tal vez mañana los poetas pregunten
por qué no celebramos la gracia de las muchachas;
tal vez mañana los poetas pregunten
por qué nuestros poemas
eran largas avenidas por donde venía la ardiente cólera.

 

Yo respondo: por todas partes oíamos el llanto,
por todas partes nos cercaba un muro de olas negras.
¿Iba a ser la poesía
una solitaria columna de rocío?

Tenía que ser un relámpago perpetuo.

 

Yo os digo:

mientras alguien padezca,
la rosa no podrá ser bella;
mientras alguien mire al pan con envidia,
el trigo no podrá dormir;
mientras los mendigos lloren de frío en la noche,
mi corazón no sonreirá.

 

Matad a la tristeza, poetas.
Matemos a la tristeza con un palo.
Hay cosas más altas
que llorar el amor de tardes perdidas:
el rumor de un pueblo que despierta
eso es más bello que el rocío.
El metal resplandeciente de su cólera
eso es más bello que la luna.
Un hombre verdaderamente libre,
eso es más bello que el diamante.

 

Porque el hombre ha despertado,

y el fuego ha huido de su cárcel de ceniza

para quemar el mundo donde estuvo la tristeza.

 

 

 

*

 

         La desconocida siguió avanzando. La belleza de su rostro como todo lo efímero y bello, me pareció eterna y al mismo tiempo frágil, irremediable. ¿Por quién venía? ¿A quién buscaba el azul anheloso de sus miradas? Giró el rostro: la medialluvia de sus cabellos negros delató, al ocultarlo, un perfil indecible. Su rostro me encegueció. Y así como por el centro de una ciudad avanza la ira de un motín, hacía mí, sin mirarme caminó ese enigma que me desesperaba.

         Y de pronto la reconocí. Yo la conocía. No sólo la conocía: la había amado más que a ninguna otra mujer. Y ella me había amado más que a ninguno. Y luego la había olvidado hasta no reconocerla.

            Me gusta su relato dijo el Editor, pero en lo que sí coincido con el doctor Díaz es que esta historia, en un momento en que la guerrilla sigue activa en América Latina, no será recibida por la crítica, como se merece, o quizá será silenciada.

         Su voz me sonó como desde el fondo de un precipicio donde eL fastidio había ido arrojando los años usados, inútiles, definitivamente inservibles.

         Yo la había amado. Y la gloria de ese amor, como el encaje de una tela preciosa que reemplaza la ordinariez de un tejido desprestigiado por el uso, había cambiado la mediocridad de mi vida por un imperecedero fulgor. Marie Claire siguió avanzando. ¡Toda ella brillaba: su rostro, sus ojos, su cabellera, el perfil de sus caderas, el contorno de sus piernas, la terquedad de sus senos libres, los pliegues del vestido que sus muslos mordían, caminando! Sentí una quemazón inmemorial. Por entre el pasadizo de las mesas, la miré bellísima, leal, hipócrita, irremplazable. La amaba inmortalmente.

         El Editor la descubrió y las capas de aburrimiento de su rostro se fundieron en una cara tierna, desconocida, infantil. Se levantó sonriendo. Marie Claire le devolvió la sonrisa y avanzó hacia nuestra mesa. Vaca Sagrada también se levantó.

            No creo que usted conozca a Mlle. Saint Jean, nuestro ataché de presse dijo el Editor.

         Marie CIaire me reconoció desconcertada. El azul de sus ojos se salpicó de chispas de oro y luego de chispas de dolor. ¿El hombre es una metáfora provisionalmente vestida de carne o una carne que se nutre de metáforas?

            ¡Santiago!, por fin te vuelvo a ver susurró: ¡Si supieras cuánto te he buscado!

         El Editor la miró desconcertado. Vaca Sagrada, nervioso, trató de sonreír.

            Usted me confunde precisé con dureza. Yo no me llamo Santiago.

         ¡Yo había sufrido tanto por ella! No sólo los dolores, las miserias, las heridas sin cicatriz del abandono. Por ella había dejado de ser lo que era, había desertado de mi verdadera vida, había traicionado lo mejor de mi existencia, ¿podía perdonarla?

            Probablemente me confundo susurró Marie Claire, se parece usted tanto a un Santiago que yo conocí. Hasta era compatriota suyo.

            Yo también tuve un amigo que se llamaba Santiago. Quiso suicidarse en París por una mujer.

         ¡Toda ella brillaba! Y se me sublevó el deseo, los deseos, el tumulto de mis deseos, me acometió la sed de estrujarla, besarla, lamerla, acariciarla, soñarla, maltratarla, rozarla, volverla a amar...

            ¿Y qué sucedió con su amigo?

         La amaba inmortalmente. La odiaba inmortalmente.

            No se suicidó. En el instante en que iba a saltar sobre un puente del Sena, comprendió que ir a luchar por su país y morir por él era mejor que morir por una mujer que lo había traicionado.

            ¿Y usted cree que las Revoluciones no traicionan? preguntó el Editor.

            Los revolucionarios, quizás. Las Revoluciones nunca.

            ¿Y el amor no traiciona? preguntó Marie Claire.

         Miré girasoles cerca, lejos, próximos, ausentes. El destino de los girasoles es rotar alrededor del sol. El destino de los humanos girar alrededor del amor. ¡Ay del girasol o de los humanos enloquecidos que se obstinen en girar contra su sol! ¡Pobres girasoles ciegos dando vueltas y vueltas alrededor de la nada, del no-ser!

            El amor nunca traiciona; algunas mujeres, sí.

            Sólo se traiciona a quienes merecen la traición sentenció Vaca Sagrada.

            ¡Santiago! repitió Marie Claire.

         Y su sonrisa era lago de aguas tristes por donde se alejaban navegando en sus mesas los cuatrocientos comensales, los doce maîtres, Monsieur Lafon, los camareros, el Editor, Vaca Sagrada, todos. Todos menos ella.

            ¡Santiago, yo soy Marie Claire!

         Miré con rencor su belleza irremediable.

            Sin duda es usted Marie Claire. Pero yo no soy ese Santiago.

         Me levanté. Y me fui.

 

 

Lima, setiembre 1981, abril 1982

 

Selección de textos y fotos: jmp, de los libros Poesía incompleta (Universidad Nacional Autónoma de México, primera edición, 1976) y el capítulo XXXIII, “Pero también pudo ocurrir que...”, de la novela La danza inmóvil, Plaza&Janés, España, 1983

Manuel Scorza  (Lima, Perú,  9 de septiembre de 1928 - Madrid, España, 27 de noviembre de 1983)

viernes, 28 de agosto de 2020

MANUEL SCORZA Contra el viento el poeta nada puede





LA CASA VACÍA

Voy a la casa donde no viviremos
a mirar los muros que no se levantarán.

Paseo las estancias
y abro las ventanas
para que entre el Tiempo de Ayer envejecido.

¡Si vieras!
Entre las buganvillas
cansadamente juegan
los hijos que jamás tendremos.

Yo los miro. Ellos me miran.
Mi corazón humea.
Éste es el sitio
donde mi corazón humea.

Y a esta hora,
en el balcón, callada,
yo sé que tú también te mueres
y piensas en mí hasta ensangrentarte,
Yo también pienso en ti.

Óyeme donde estés:
por esta herida no sale sólo sangre:
me salgo yo.


SERENATA

Íbamos a vivir toda la vida juntos.
Íbamos a morir toda la muerte juntos.
Adiós.

No sé si sabes lo que quiere decir adiós.
Adiós quiere decir ya no mirarse nunca,
vivir entre otras gentes,
reírse de otras cosas,
morirse de otras penas.
Adiós es separarse, ¿entiendes?, separarse,
olvidando, como traje inútil, la juventud.

¡Íbamos a hacer tantas cosas juntos!
Ahora tenemos otras citas.
Estrellas diferentes nos alumbran en noches diferentes.

La lluvia que te moja me deja seco a mí.
Está bien: adiós.
Contra el viento el poeta nada puede.

A la hora en que parten los adioses,
el poeta sólo puede pedirle a las golondrinas
que vuelen sin cesar sobre tu sueño. 








Selección de jmp
En Poesía incompleta, Universidad Nacional Autónoma de México, primera edición, 1976
Manuel Scorza  (Lima, Perú,  9 de septiembre de 1928 - Madrid, España, 27 de noviembre de 1983)

lunes, 21 de mayo de 2018

César Vallejo, El primer sacudimiento creador



ESTADO DE LA LITERATURA ESPAÑOLA


          La juventud literaria de España y América carece en estos momentos de maestros. Ni Unamuno, el más fuerte de los viejos escritores, logra inspirar una dirección a los muchachos. Ningún joven le ama hasta erigirle en mentor. ¿Dónde se ha invocado siquiera una palabra de Unamuno, como pauta de generación? ¿Dónde están los dos apóstoles de Unamuno? ¿Dónde está ese Estado Mayor, que vea en él al orientador? Cuando habla, se le aplaude; cuando grita o blasfema o va a la cárcel, se le aclama y se le hecha flores, pero no suscita el hombre o los hombres que, bajo su contagio de iluminado, embracen todo el peso, toda la responsabilidad del porvenir. La propia admiración y entusiasmo que Unamuno despierta en la generalidad de las gentes, prueba su mediocridad. En cuanto a Ortega Gasset, creo no me equivoco si le niego el más mínimo adarme de maestro. Ortega Gasset, cuya mentalidad mal germanizada se arrastra constantemente por terrenos de mera literatura, es apenas un elefante blanco en docencia creatriz. En América hispana la falta de maestros es mayor.

     Ciertos hechos de feria y de guiñol, ocurridos últimamente entre Chocano, Lugones y Vasconcelos, demuestran palmariamente que nuestros mayores pretenden inspirarse ¡a estas horas! en remotos y fenecidos resortes de cultura. Unos, movidos por un neopuritanismo, con asomos de indudable tartufismo y otros, agitados de un nietzchieismo bastardo y en bruto y no primitivo, ―que es otra cosa― todos esos actores de idealismo van, cada cual por su vía, tras de métodos advenedizos, aparte de ser gastados y estériles. Además, nadie allá sabe lo que quiere, adonde va ni por donde va. Los más son unos magníficos arribistas. Los otros, unos inconscientes. En cada una de esas máscaras está pintado el egoísta, amarillo de codicia, de momia o de vesánico fanatismo.

          Los demás escritores de España y América se quedan en la novela naturalista, en el estilo castizo, en el verso rubendariano y en el teatro realista. Es curioso advertir que aún dentro de estas orientaciones de cliché, ninguno de esos escritores seduce a la juventud ni le señala un rumbo siquiera sólo fuese literario.

          En medio de esta falencia de comando espiritual, los nuevos escritores de lengua española no dejan mostrar su cólera contra un pasado vacío, al cual se vuelven en vano para orientarse. Tal cólera aparece en los más dotados, que casi nunca son los más espectaculares. Reniegan de sus mayores y otras veces los niegan de raíz.

     De la generación que nos precede no tenemos, pues, nada que esperar. Ella es un fracaso para nosotros y para todos los tiempos. Si nuestra generación logra abrirse un camino, su obra aplastará a la anterior. Entonces, la historia de la literatura española saltará sobre los últimos treinta años, como sobre un abismo. Rubén Darío elevará su gran voz inmortal desde la orilla opuesta y de esta otra, la juventud sabrá lo que ha de responder.

          Declaramos vacantes todos los rangos directores de España y de América. La juventud sin maestros, está sola ante un presente ruinoso y ante un futuro asaz incierto. Nuestra jornada será, por eso, difícil y heroica en sumo grado.

          Que esa cólera de los mozos, manifestada de hora en hora, por los más fuertes y puros vanguardistas, se convierta cuanto antes en el primer sacudimiento creador.


De revista Favorables París Poema, número 1, París, julio de 1926. Directores: César Vallejo y Juan Larrea. Facsímil en Vanguardistas en su tinta (Documentos de la Vanguardia en América Latina), Corregidor, Buenos Aires, 2008.
César Vallejo (Santiago de Chuco, Perú, 16 de marzo de 1892 – París, Francia, 15 de abril de 1938). Foto: Jmp

domingo, 25 de enero de 2015

Myra Jara, Pienso en una mujer que besa a un hombre


POEMAS

Yo soy tuya como una de las dos flores de algodón
y ella es también tuya
y tú mereces saber que tú eres toda la planta
las raíces, los pilares y las ramas
mientras ella y yo nos mecemos en el aire
y cada flor piensa y se inclina hacia el cielo

***

Yo entonces no sabía qué era exactamente la muerte
Escuchaba decir que algún tío se moría
que alguien se había muerto
que en el hospital alguien se había muerto anoche
Veía siempre carros espléndidos, mujeres suaves
cuando había alguna muerte
Veía que las muertes hacían que esos carros negros desfilasen por la autopista
como hombres jóvenes corriendo en smoking en los puentes
La muerte me gustaba
Me gustaba cuando escuchaba que alguien moría
Entonces una empleada me vestía de negro, me vestía como adulta
La gente se distancia de los niños cuando hay un muerto
En esa época no podía entrar al hospital y al velatorio
Me quedaba afuera, con alguna empleada cansada, prohibida de tocarme
La veía comerse un caramelo, engordar
Me distanciaba de ella
Y jugaba, con las manos, a la muerte
Y simultáneamente, con la mente, a la belleza.

***

Aquí sólo llegan las mujeres de limpieza dos veces al mes
son dos mujeres ancianas,
me gusta su presencia
no las conozco: vienen a mi casa y limpian
lo más importante que una persona puede hacer por mí es limpiar
cuando vienen me gusta mirarlas trabajar
ambas son bajas y delgadas, muy blancas
utilizan unas pantimedias que cubren sus viejas rodillas
cuatro rodillas secas y redondas
las rodillas de esas mujeres son mis amuletos
en la clínica me relacionaba tímidamente con los muchachos de limpieza
los miraba recoger los desechos
limpiar las gradas y los suelos,
los limpiadores estaban llenos de instinto.

***

necesito ir lento
más lento
que todos sigan avanzando
mientras yo camino delicadamente al baño
es curioso que mi vida sea todavía inicial
es curioso cuánto no he podido crecer
cuánto sexo he hecho así
cuánto así he comido

***

Mi delgadez extrema existe a cambio de la ausencia
es en este caso mejor que el hambre
el hambre se mueve en los túneles
su dueño es el hombre obsesivo
tiene dinero y mantiene sus túneles
me alquila sus túneles
llegarán las enfermeras a lavarme la boca
es brutal compartir el mundo
cuando era chica miraba a las sirvientas viejas que caminaban
mujeres que ahora seguramente están muertas
la muerte así no la voy a tener
de ellas puedo copiar solamente la masticación
no tengo de ellas nada, son mejores que yo
cuando era una chica despreciaba la soledad vulgar
de la gente que estaba en mi casa
conocía sin embargo alguna gente que me gustaba
gente pobre que no me hablaba
recuerdo al hijo de mi empleada
me besaba las piernas y se excitaba
yo lo humillaba un poco pero le daba placer
el me daba espacio y un sentido de crisis
en Alemania besé a varios hombres pobres
uno trabajaba para los árabes con los panes
era un hombre lindo con el que me gustaba acostarme, dejar de besarlo me dolía
me gusta el dolor que dejan los hombres pobres
es el dolor de los buses que viajan de una ciudad a otra, eternamente
por las noches los hombres los bañan
mi padre me bañaba de noche como hacen estos conductores con sus camiones
me dejaba brillando, y gorda
Yo lo mutilo
la muerte del hombre obsesivo será obscena
morirá como una vaca (La muerte espantosa de los animales de carga)
voy a mutilar esa muerte
voy a crear un hoyo en el sistema cerebral del hombre obsesivo
ese hoyo es la base de mi ingenua capacidad mental
y es en ese sentido, conmovedor.

***

pienso en una mujer que besa a un hombre
el hombre es un anciano alto y macizo
en su barba blanca he depositado mariposas puras
esas mariposas tienen pies de agua, piel de agua, huesos de llama
dentro de esas mariposas existen unas mentes idénticas a mi mente
la misma sensualidad con la que acaricio la piel de los peces
la misma inclinación para acariciar plantas, ancianos
las mariposas dentro de su barba son pequeños pétalos extraños
cuando no resisto el dolor de mis músculos
imploro místicamente
dale a esta bella mariposa
la fuerza de volar frente a mi
veo el vuelo frágil, frío de la pequeña criatura
doy unas gotas de agua a su pequeño pico
estas mariposas suaves
resisten el paso del tiempo sin voluntad
no han nacido para ser fuertes
están aquí, dentro de la barba de un hombre anciano
no sé dónde hacerlas vivir

***

Un animal negro y brillante
Entra en el mar,
Está rodeado de aves
que miran mi adaptación
lo miro desnuda
y pienso en él
con un sonido de hambre
las antiguas piernas de los pájaros
lo rodean pensando en mi
el animal negro evoluciona
sin crecer
sin nacer



Myra Jara (Lima, Perú, 1987). Vive en Roma.
Fuente de los textos: Carlo Bordini.
Foto:  Myra, José María Pallaoro y Carlo Bordini, Roma, mayo de 2013. 

sábado, 20 de septiembre de 2014

Jorge Eduardo Eielson, Existirá una máquina purísima


MUTATIS MUTANDIS


1

Existirá una máquina purísima
copia perfecta de sí misma
y tendrá mil ojos verdes
y mil labios escarlata
no servirá para nada
pero tendrá tu nombre
Oh eternidad


2

cifra sin fin cifra sin
fin cifra que nunca
principia
cantidad esplendente
cero encendido
dime tú por qué
dime dónde cuándo cómo
cuál es el hilo ciego
que se quema entre mis dedos
y por qué los cielos claros
y mis ojos cerrados
y por qué la arena toda
bajo mi calzado
y por qué entre rayos sólo
entre rayos me despierto
entre rayos me acuesto


3

oh laberinto
diamantes en marcha
electricidad que canta
en sus altos divinos cilindros
qué lejos ya mi corazón
mis intestinos y mi voz todo
misteriosamente dispuesto en cúpulas
iguales como las estaciones
o el manto de las horas
todo en busca
de esplendores que no llegan
de evaporados mundos
de lejanas y altas velocidades
que no perdonan


4

igual a la luz
más tus ojos
como yo o como tú
pero encendido
jardín de plumas que no existe
luz de nada
aire y tierra sin fronteras
agua y fuego confundidos
semejante a cuanto adoro
pero nada
semejante a tu mirada ciertamente
semejante a centenares
de millares de millones
de manzanas
pero en llamas


5

porque tu cuerpo es de tierra
y mi cuerpo es de tierra
de qué sirve la tierra sin tu cuerpo
de qué sirve la tierra sin mi cuerpo
de qué sirve tu cuerpo sin mi cuerpo
y mi cuerpo y tu cuerpo de qué sirven
si tu cuerpo y mi cuerpo son de tierra
tierra más tierra nuestros hijos
tierra con redondez la tierra
y todo lo que existe sobre la tierra
tierra tierra tierra tierra


6

pura astronave brilla siempre
como una simple lámpara de aceite
que ya se siente sola
y sin familia
en el terrible espacio
entre tanto cielo ciego
que no cesa
y tanto abismo centelleante
que no se abre


7

de inexplicable cristal
que respira
quisiera ser de nylon
de celophan de acero
de sonrientes materias
que no mueren
no soy en cambio
sino de carne y hueso
juguete pálido del jazz
y de las horas
miserable volumen
que padece


8

de noche
de rodillas
solo de noche
de noche sólo
de verde tú
yo de rojo
de rodillas
en la noche
de tanto verte
y no tenerte
o de tenerte
y ya no verte
ni de rodillas
ni tú de verde
ni yo de rojo


9

nada
sino una masa clara
de millones y millones de kilos
de plomo de plata de nada
vacío y peso y vacío nuevamente
nada de plomo plomo en la nada
nada de plata plata en la nada
nada de nada nada en la nada
nada
sino la luna
la nada
y la nada nuevamente


10

escribo algo
algo todavía
algo más aún
añado palabras pájaros
hojas secas viento
borro palabras nuevamente
borro pájaros hojas secas viento
escribo algo todavía
vuelvo a añadir palabras
palabras otra vez
palabras aún
además pájaros hojas secas viento
borro palabras nuevamente
borro pájaros hojas secas viento
borro todo por fin
no escribo nada


En: “Poesía escrita, 1944-1960”. Incluye: Mutatis mutandis (1954).
Jorge Eduardo Eielson (Lima, Perú, 1924 – Milán, Italia, 2006).

Foto: Jorge Eduardo Eielson, s/n.-

lunes, 25 de agosto de 2014

José Watanabe, el lenguado en el bosque de espinos


EL LENGUADO

                 Soy
lo gris contra lo gris. Mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
                  pero ese truco sutil
que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado. He perdido la simetría
de los animales bellos, mis ojos
y mis narices
han virado hacia un mismo lado del rostro. Soy
un pequeño monstruo invisible
                  tendido siempre sobre el lecho del mar
Las breves anchovetas que pasan a mi lado
creen que las devora
una agitación de arena
y los grandes depredadores me rozan sin percibir
mi miedo. El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre. Mi cuerpo no es mucho. Soy
una palada de órganos enterrados en la arena
y los bordes imperceptibles de mi carne
no están muy lejos.
A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más grande
que los más grandes. Yo soy entonces
toda la arena, todo el vasto fondo marino.



EN EL BOSQUE DE ESPINOS

A José Luis Li Ning,
mi amigo

Los espinos nacen
bifurcados y en el aire vuelven
a bifurcarse para tejer un bosque intrincado
como el mapa de los nervios.

Hay que ser cabra
para vivir
en esa maraña punzante. Hay que tener lengua
de cabra
para separar con resignación pasto
de espinas
y engordar.

Sé, por los pastores, que en ocasiones
una cabra de este tranquilo rebaño
entra en la locura.

Aquí también la cabeza quiere muy poco,
un roce leve, una vaguedad hórrida,
para extraviarse.

Tal vez fue una punción casual,
un pincho venial,
para que todas las espinas del bosque, todas,
unánimes,
apuntaran hacia ella, la cabra que ya huye
        y grita
y se deja en cada espina.



En: “Cosas del cuerpo”, Peisa, Perú, 2008.
José Watanabe (Laredo, 17 de marzo de 1945 - Lima, 25 de abril de 2007).
Foto: Paul Vallejos. José Watanabe en su casa de Lima, Perú, 2007. 

martes, 29 de julio de 2014

José Watanabe, 3 poemas de Cosas del cuerpo


ANIMAL DE INVIERNO

Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.

Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.

Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.

He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.



MI CASA

Mi vecino
estira su casa como un tejido que le ajusta.

No debería burlarme,
si yo mismo vivo inmensamente pegado a mi casa, tanto
que a veces las paredes tienen manchas
                de mi sangre o mi grasa.

Sí, mi casa es biológica. En el aire
hay un latido suave, un pulso que con los años se ha concertado
con el mío.

Mi casa es membranosa y viva, pero no es asunto
uterino. Estoy hablando del lugar de mi cuerpo
que he construido, como el pájaro aquel
con baba
y donde espacio y función intercambian
                  carne.

Afuera soy, como todos, del trabajo y la economía, aquí
de mi cuerpo desnudo
y, a veces, de una mujer
que se aviene a ser, como yo, otro órgano dentro de este
pulposo
tercer
piso.



EL OJO

La primera operación de tu insomnio
es un juego de los tiempos: te revisas
y confirmas
que ni tus manos ni tus pies
se han desprendido como colas de lagartija.
Todo tu cuerpo sigue amarrado dentro de tu piel.

La otra operación de tu insomnio
no te es accesible. Es del ojo
interior
que navega dentro de tu carne. Es del ojo
que te recorre
y observa cada uno de tus órganos
y se guarda el secreto.

El ojo ha nacido contigo
para fisgar tu lento desastre, ninguna otra cosa
sabe de ti, ignora si vives en esta ciudad
o en otra, no conoce el papel donde escribes
sobre su perversidad
y tal vez no conoce la perversidad. Él sólo sabe
de tu adentro.


Pronto se acabará esta noche con su estrella compasiva
en la ventana
y tampoco hoy sabrás
si el ojo que viaja por tus confines
es el ojo de Dios que observa maravillado
a cada órgano
haciendo incansablemente y todavía lo suyo
o si es el indiferente pero acucioso ojo de la nada.


En: “Cosas del cuerpo”, Peisa, Perú, 2008.
José Watanabe (Laredo, 17 de marzo de 1945 - Lima, 25 de abril de 2007).
Foto: Paul Vallejos. José Watanabe en su casa de Lima, Perú, 2007. 

martes, 22 de julio de 2014

José Watanabe, 4 poemas de Cosas del cuerpo


EL MAESTRO DE KUNG FU

Un cuerpo viejo pero trabajado para la pelea
madruga y danza
frente a los arenales de Barranco

Se mueve como dibujando
una rúbrica antigua, con esa gracia, y
sin embargo, está hiriendo, buscando el punto
de muerte
de su enemigo, el aire no, un invisible
de mil años.

Su enemigo ataca con movimientos de animales
agresivos
y el maestro los replica
en su carne: tigre, águila o serpiente van sucediéndose
en la infinita coreografía
de evitamientos y desplantes.

Ninguno vence nunca, ni él ni él,
y mañana volverán a enfrentarse.
–Usted ha supuesto que yo creo a mi adversario
cuando danzo –me dice el maestro–.
Y niega, muy chino, y sólo dice: él me hace danzar a mí.



LA RANITA

Duermes, mi complacida. Y veo
con qué perfección, equidistancia y malicia
se disponen en tu cuerpo tendido
tus yemas de gusto
                    concupiscente.

Ahora tus yemas están dormidas,
pero cuando estén despiertas provocan muchas ocurrencias.
La que más provoca es tu ranita lúbrica
                    llamada clítoris.

(Entre las hojas de los trópicos
he visto ranitas coloradas, miniaturas
de carne húmeda
que se contraen o se adelgazan
                   y nadie las comprende
porque son temperamentales
                   como las muchachitas humanas)
Tu ranita no late contigo, tiene vida propia
pero no puede deleitarse sola.
La desmesura de su deseo
haría estallar su minúsculo cuerpo. Necesita
extender su gozo
en un cuerpo grande como el tuyo,
                   y así sobrevive,
                                convidándote placer.

Antes de tu sueño
viene siempre un ángel plumado y casto
que peina tu piel y censura
a nuestra ranita.
                  Es que nadie la comprende.

                  Sólo yo.



REGRESANDO AL PERÚ EN BARCO

                     Supremas
inmensidades del mar y del cielo, mírenme,
yo soy el que va a su patria,
el que lame la sal que se cristaliza
en las barandas del barco, el que
apoya su peso
en una pierna y otra
para compensar el bamboleo de la nave y así mantener
la línea del horizonte y la línea del corazón.

Hace días que estoy hipnótico en el centro
del Atlántico. La única referencia
para saber que avanzo
es mi propio pasado: está ahora delante
como un tigre que me dio una tregua.

He dejado atrás varios días eternos
y una cáscara de naranja
flotando
en el Mediterráneo. La cáscara parece
gracia o ingenio
de la poesía, y en verdad es
algo aterrador cuando cae sobre esos mis días
y las aguas:
es un documento humano, lo mismo
que mi brazo o mi zapato.

Y otra vez voceo:
yo soy el que voy, y salto
para que las inmensidades
me vean. Mírenme
trayendo en mis brazos mi propio cuerpo
para entregarlo a sus dueñas, mi madre
y mi esposa
                  que me esperan
sabiendo
que nada puede cambiar: ir y volver, un giro
dentro de la misma fuente de salmuera.

                  Allá en las costas amarillas
de mi país
coma mi carne cualquiera de ellas.



PAISAJE MÓVIL

                    Más trashumantes que los hombres
o mas desalojados
son los infinitos desiertos de mi país.
Todavía no encuentran un sitio
para establecerse, y continuamente viajan
así:
se elevan a 10 centímetros del suelo
y avanzan flotando
como una suave marea
de arena.
Hacia las cuatro de la tarde, con el viento,
cruzan las carreteras, y los viajeros
escuchamos
sus susurros:
tal vez no haya ningún lugar en la tierra
donde acomodar los trastos
y los huesos.
De noche se recogen en dunas, como en pascana,
y bajo la luna de los desposeídos
parecen gigantes de gran lomo

que meditan una patria mientras defecan.


En: “Cosas del cuerpo”, Peisa, Perú, 2008.
José Watanabe (Laredo, 17 de marzo de 1945 - Lima, 25 de abril de 2007).
Foto: Paul Vallejos. José Watanabe en su casa de Lima, Perú, 2007.