sábado, 15 de junio de 2013

Romilio Ribero, éste es el lugar donde los soles rompen las hierbas en agosto


LAS ESTIRPES

(Fragmento)

Éste es el lugar donde los soles rompen las hierbas en agosto
y del libro cubierto de secretas pinturas para mi corazón.

Aquí donde alejado el tiempo de sus tristes banderas
hunde sus ramos victoriosos en demoníacas bodas de niños y animales.
Aquí están mis estirpes, la sal del nacimiento, la primera paloma
con el huevo amoroso;
los dioses que bendicen a la tierra con finas mariposas,
el agua con sus flores inmortales,
el baile del destierro por aldeas de bestias desolladas,
las frutas encendidas en piras del perfume.

¡Aquí están mis estirpes con pájaros acuáticos, caballos y barcas celebrantes!
Y la luna con fábulas altas en púlpitos de ciénagas
y las leyendas de los bosques míos.

Aquí las tejedoras viendo morir la suave fragancia del otoño entre sus patios.
Y las altas cantoras con ardientes varones en sus cópulas.
Y las que trazan rutas a los primeros astros
y las otras, ya muertas, murmurando plegarias en ávidas arenas y en colinas de rotos remolinos.
Aquí están mis estirpes en el comercio del hechizo, en los lechos del alba con cuerpos ambiciosos del sol preso en sus manos.
Oyendo aquellas fiestas de violencias, alucinadas entre jazmineros y con escapularios de demonio.

Estas son mis estirpes. El orden del reinado.
Las primeras abuelas y los primeros padres
con las primeras lunas y los primeros frutos.

Este es el orden de la descendencia de virtuosos varones,
de elogiadas mujeres entre sus comuniones y sus secretas gracias,
de hechiceras cautivas en la dulce viudez de piedras negras.
De los nobles amigos en el grave linaje de los Libros del Viento.

Y Ayocuan, o sea el Ave de Gracia
vino primero de los bosques donde engendró sus hijos de los árboles.
Trajo el fuego robado a subterránea estirpe de hombres sin nacimientos.
Aquel hijo primero le hablaba a los tres meses desde su ardiente vientre.
El segundo nació del fuego o la resina, de la arcilla amorosa o de las caracolas.
Y partió a los desiertos tras las aves del sueño.

Y del hijo primero vino después la tejedora, la amasadora del pan y de cacharros,
la hacedora de esteras de paja y la destiladora de tintas vegetales.
Y con ellas se perfumó el país de nacimientos, de júbilos, de estuches fragantísimos con ciencias del amor.
Paymal, el Otomí, Manuil el padre, Seled, Ramonit,
y el hechizado niño con su primera tumba erizada de lirios.
Y estos hijos plantaron los viñedos, adoraron los ríos,
cazaron papagayos, flagelaron los árboles en sus aniversarios,
fueron al mar a conocer los peces,
entraron en los bosques con sus danzas.
Escribieron los libros de las esponsalicias y de los animales.
Fueron los decretantes de los juegos en barrios del perfume,
y los recogedores del incienzo y el pan en dulcísimos pueblos de la alianza.
Y así pasaron años y años de empresas y adioses,
de encuentros y de astros, de hormigueros y lluvias,
de mulas y de joyas, de incendios y de tribus adorantes,
de alquimias y de herreros, de arrastradas culebras, de naufragios, de pestes, de migratorias madres con zodíacos, de ayunos, de profetas, de leyendas y de supersticiones…


En: “Libro de Bodas, Plantas y Amuletos”, Editorial Losada, 1963.
Según solapa de esta edición, éste es el segundo libro de RR, siendo el primero: “Libro de las estirpes”.

Romilio Ribero (Capilla del Monte, Córdoba, 1933 – 1974). 


Transcribimos textualmente un fragmento de la solapa, donde Enrique Molina dice que Romilio Ribero: "vivió su infancia en el corazón de la tierra, en profunda comunicación con las cosas elementales, árboles, pájaros, ríos, lenguas del viento y de las lluvias, sombras de la noche, revelaciones secretas. Niño agreste, acompañante de entierros en los campos y testigo de fogatas  remotas, de haciendas de paso, amigo de los campos y testigo de fogatas remotas, amigo de las aguas y en especial de ciertos árboles, de ciertas piedras y de ciertas luces con las que sostuvo una especial comunión y que al irse le dejaron su perenne amuleto (...) Romilio Ribero pudo penetrar en el gran círculo del misterio, conoció la teología del sueño, todas las magias de las curanderas, vio mujeres que hacían crecer las plantas mirándolas, mujeres que veían en la oscuridad el futuro y la fortuna. De este modo quedó también hechizado e irremediablemente condenado para la poesía."

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