miércoles, 16 de febrero de 2011

Cristian Vitale – Cuando el mundo es naranja



DE ESPALDAS
(Fragmento)


Me voy por entre las sombras
tal vez adonde alumbre el sol.
(Hermanos Ábalos)



Cuando el mundo es naranja, a eso de las ocho en pleno verano; a la hora exacta y prevista pero gradualmente demorada o apurada conforme se acerca o se aleja el calor, respectivamente, en que un crimen horrendo, cotidiano, ilumina la llanura; cuando la lengua increíble y desmesurada del sol se arrastra y lame o devora incluso los campos y los animales, almafuertianamente, cinco segundos antes de su muerte; en ese instante preciso, que casi no dura, único y repetido, a eso de las ocho en pleno verano, cuando el cielo ensangrentado y denso, manchado, pintado a dedo, impresionista, naranja, chorrea denso sobre los alambrados flojos y los raros árboles de eucalipto; a la hora del último grito (conmovido, expresionista, silencioso, en pleno espanto) acuchillado del sol; a eso de las ocho en pleno verano, a la hora del degüello, cuando todo se ilumina, tanto, y nada se puede ver; cuando seis mil millones de ojos se encandilan y el mundo es menos de Dios que de Edvard Munch; a esa hora milimétricamente fugaz pero intensa, indeleble, a eso de las ocho en pleno verano, cuando sucede eso que burdamente llaman el ocaso, esa explosión, ese incendio, cuando todo arde antes de apagarse, cuando todo se enciende o se incendia, rulfianamente, desmesurado, inverosímil de tan cierto, exagerado, y un gran cuchillo, largo y horizontal, desgarra su filo en el sol, increíble, en plena pampa, al sur del planeta, en la espalda del mundo, alguien, no se sabe quién, alguien, tomó la última foto, la definitiva.

El paisaje parece ser el de la llanura que llaman pampeana. Un hombre, en el centro justo del rectángulo horizontal, yace, aunque en posición de avanzar, inmóvil, desnudo, pequeño, de espaldas, anaranjado por el brillo del sol, ya lejos, contra el sol, partiéndolo, longitudinalmente, en dos mitades exactas, semicirculares, el brazo izquierdo hacia atrás, en posición oblicua a su cuerpo y al suelo, semiextendida, la mano a distancia considerable del cuerpo, a la altura de las nalgas desnudas y oscuras, la pierna derecha hacia adelante, oblicua también al eje vertical de su cuerpo y al eje horizontal del suelo, la planta del pie izquierdo algo elevado del suelo, plana, en dirección al invisible fotógrafo o al invisible lente de la cámara, el hombro derecho levemente inclinado hacia adelante, sugiriendo un brazo derecho hacia adelante y en ascenso, casi horizontal, extendido casi en su totalidad, la mano casi a la altura del hombro, despegada ya lo suficiente del cuerpo como para empezar a caer, aunque suspendido en el aire, inquietante, como resuelto a caer, incómodo, sin descanso, desafiando la gravedad, en suspenso, la cabeza erguida, rubia, la cara, que no se ve, apenas inclinada hacia la izquierda, los cabellos a punto de castigar contra el parietal derecho, pero en el aire, un poco desfasados en su movimiento respecto del resto del cuerpo, como si se hubiese llegado tarde a la novedad del último paso, el derecho, el cuello firme recién despejado por el pelo, a punto de ver pasar el cabello otra vez pero hacia el otro lado, conforme se realice el próximo paso, el izquierdo, la espalda brillante y sudorosa, en leve contorsión presidida por el hombro derecho, atravesada longitudinalmente por una línea recta desde el cuello y hasta la altura de las caderas, formada a su vez como por pequeños trazos verticales formados en fila, elementos todos que sugieren al observador, a la misma altura que el hombre en posición de avanzar pero lejos, atrás, sin lugar para la duda, la acción de correr; carrera rápida a juzgar por la considerable separación de los brazos y de las piernas respecto del punto de partida del eje de su cuerpo, y el notorio, casi violento, como desesperado, desorden de los cabellos, lo cual sugiere pasos largos y enérgicos, eufóricos incluso, deseantes, rumbo, contra o hacia, el sol, que se estaba yendo, es decir, en el momento en que más ilumina. A juzgar también por los fragmentos cúbicos, bajos, aislados, que se alcanzan a esbozar, tímidamente, a ambos costados del rectángulo, sobre la base del mismo, ya lejos del hombre en posición de correr, y que indudablemente se trata de la representación fotográfica de algunas casitas aisladas, la fotografía fue tomada, no se sabe por quién, desde un lugar urbano o semiurbano, como si el supuesto fotógrafo se hubiese instalado, no sabemos si adrede, en la imaginaria línea que divide, que separa, que distingue, lo verde de lo gris, digamos, lo blando de lo duro, el campo de la ciudad. Atrás, entonces, quedan los primeros caminos, las primeras calles, el primer gris del asfalto, las primeras casas organizadas y juntas, los primeros barrios, las rutas, las autopistas más allá, los altos edificios incluso, las grandes bibliotecas, la ciudad; la esperanza de Sarmiento en definitiva. Adelante, su derrota; el campo todo igual, los esporádicos alambrados, el verde del suelo y de las plantas, las plumas y los nidos, el sexo indecoroso de los animales, el ocaso intacto, inculto, doloroso de tan cierto, el sol. Simplificando; en el centro de la llanura, solo, desnudo, sudoroso, deseante, en posición de correr o de querer, en plena carrera, de espaldas a la foto, a la ciudad, es decir al futuro, a los hombres incluso, a la civilización, disimulando el miedo, quizá, con amor pánico, la mano derecha hacia adelante, como pidiéndole algo al sol, sin rostro, anónimo, codicioso de llegar, ilusionado, desesperado o con esperanza, un hombre, rumbo, contra o hacia, la barbarie o la barbaridad, la desnudez, el desierto, el infinito grande, la metáfora del sol.



En “De espaldas”, relatos, 2011.
Cristian Vitale nació en la ciudad de La Plata el 16 de febrero de 1980. Músico, escritor y periodista.
Foto: CV en FB.

Blog De espaldas.

2 comentarios:

Cristian dijo...

Que lindo regalo de cumpleaños, José María. Gracias.
Qué fragmento más significativo elegiste como regalo.
Cuando el mundo es naranja, sólo unas pocas veces en a vida.

José María Pallaoro dijo...

Abrazo fuerte, Cristian, y lo mejor.