martes, 24 de junio de 2008

HOMENAJE A MARIANO OJEA (195?-2007)

Sólo la oscuridad enciende el canto

por Gustavo Caso Rosendi

De una sola vez se va nuestra vida.
En un día nos vamos, en una noche bajamos
a la región del misterio.
Aquí hemos venido nomás a conocernos
.

(canto náhuatl)

Llueve como la puta madre. Bajo la galería del patio tomo una cerveza mientras dudo entre escribir un poema o ponerme a construir un arca. Suena el teléfono:
-¿Qué tenés pensado hacer, mon ami? - pregunta Mariano del otro lado con esa voz doctoral, de locutor de radio-.
-¿Qué puedo hacer a esta hora que no sea escribir, o leer, o mirar cómo llueve, o construir un arca, boludón? -le respondo-.

Me dice que leer o escribir o construir un arca es más o menos lo mismo (¿acaso no son acciones que nos salvan de la intemperie?). Se ríe. Dice que en un rato está en casa, le digo que lo espero. Salgo con un paraguas destartalado y encaro la tempestad hacia el kiosco más noctámbulo para comprar un par de tintos. Llego empapado. Descorcho una botella y pongo dos copas en la mesita de la galería. Le sirvo y me sirvo. Miro llover y espero.
Suena el teléfono de nuevo y es Mariano que no consigue taxi. La napa de la botella comienza a descender peligrosamente y su copa sigue ahí, intocable. Luego de un par de llamadas más, a eso de la una, dice que “abortamos la misión, no puedo llegar, no hay caso”. Así que me voy a dormir, no sin antes beber de la copa que mi amigo no bebió. Sigue lloviendo, como si Steven Spielberg quisiera hacer llover. No nos vamos a ver nunca más.
La botella de vino que quedó de esa noche de diciembre, la tomé en el momento en que Mariano nos dejaba, mientras rompía un poema recién escrito para él sin saber lo que sucedía -curiosamente también llovía torrencialmente-. Me había dicho a mí mismo: “estoy escribiendo como si Mariano se hubiera ido”. Sentí vergüenza y lo rompí. Un relámpago cabalgó la oscuridad como un domador furioso, que sabe que va a caer.
Esa misma mañana de mayo llamó nuestra amiga Rosario Tabárez (que alguna vez definió a Mariano como el “Poeta-dandy” de la ciudad) para compartir el dolor clarificándolo todo. La hermandad entre los poetas es demasiado mágica como para que las cosas no ocurran de otro modo. Lo primero que atiné fue a tomar sus libros(1) y volver a leerlos, porque, como bien decía él: “¿Cuál es la palabra / el verso, el poema? / Sólo la oscuridad / enciende el canto...”.
Nos conocimos en el taller de Ana Emilia Lahitte, corría el año 1985 y aparecía mucha gente joven con ganas de hacer “cosas distintas”. Recuerdo que intentamos llevar al teatro Diálogos con Leucó de Cesare Pavese, mediante una adaptación muy loca, pero quedó en la nada. Luego a Mariano se le ocurrió hacer Poesía volada, arrojando desde un avión poemas -propios y ajenos- mientras yo hacía Poesía embotellada (poemas tirados al mar, al Río de la Plata, al Lago del Bosque y en las alcantarillas). En los 90, ya radicado en Buenos Aires, participó en la creación de la Revista Venus y del periódico DelFin, entre otras múltiples actividades relacionadas con el arte.
Esta búsqueda de vehiculizar a la poesía de otro modo, nos definía como “neopoetas”. Se trataba de llamar la atención, es cierto, pero creo que a pesar de que con el tiempo nos volvimos más huraños, esa fue una época inolvidable.
Por otra parte, Mariano fue siempre un gran catador de la belleza. Sabía muy bien de qué poeta tenía que “beber” -y beber con él-. Léase Edgar Bayley, Rafael Oteriño, Raúl Zeleniuk, Horacio Castillo y Martín Raninqueo, entre otros. Poetas que él defendía y amaba con toda la pasión y la alegría que le provocaba compartir un mismo camino.
Hoy este atardecer de agosto parece un rostro de un cuadro de Modigliani. Estoy terminando de escribirte esta especie de homenaje, querido Mariano. Hace frío aquí afuera donde nos reuníamos, pero no llueve. Y aunque tenga la sensación de que siempre voy a estar esperándote, aunque sigo buscando tus ojos en el brindis del crepúsculo y aunque extrañe tu sonrisa bigotuda, mi copa de vino vuelve a chocar contra tu copa:

-"Chin-chin, mon ami” -seguís diciendo-, mientras el sarro de la tarde yace en el fondo del vidrio que miro desolado. ¿Qué mierda vamos a hacer sin tu alegría?

(1) Campos de Agramante , Buenos Aires, Botella al Mar, 1987.
Un diamante transpirado , La Plata, mod ediciones, 2005.

FOTO: Mariano Ojea, Analía y Gustavo Caso Rosendi. ARCHIVO DE LA TALITA DORADA (Gentileza GCR). Fotos e Imágenes: ARCHIVO DE LA TALITA DORADA.

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