martes, 15 de febrero de 2022

ALEJANDRO RUBIO Tres poemas de Música mala



LA INFORMACIÓN

Martes cuatro, la ley nueva
todavía se discute, 99 por ciento
de humedad. El depto huele a coliflor,
en cientoveinticuatro planchas la grasa
crepita, las familias se desplazan hacia la mesa
y juegan con el cuchillo, el tenedor, el vaso, la cuchara. 
Estoy liquidado. Mi hijo también, 
por otra parte; pero él
no debe saberlo, debe pensar que aún hay lugar
entre ésos que son, van, vienen,
se mueven, edifican. Para salvarlo
del tedio vecinal yo mismo edifiqué 
un búnker en el living; sentados detrás 
de la metra soviética miramos todo el día
televisión por cable. 
Jueves ocho, la ley no salió, media ciudad
respira aliviada, la otra mitad
se pincha el ojo al tratar de ensartar
otro bocado de carne. Sábado seis
o sábado siete, el nene ya gatea, resistimos
con la última tira de munición; tengo miedo
a que corten la luz, bajen el martillo
y el anuncio llegue en forma de aullido
de lechón desangrado hasta donde estoy
con la mochila a los pies, el bebé a la espalda, 
mordiendo comida fría. 


LA VIDA Y EL CANTO 

Esos, los de antes, decían que, sobre todo
en la autopista y en, de noche, las bocas tapiadas
del subte nuevo, algo parecía
moverse.
Efectivamente se movía.
La capital de Suroccidente es ahora una grande y hermosa
ruina; entre pilares
de monumentos fachosoviéticos se pasean filigranas
humosas, turistas, periodistas, carteristas,
animales de una y tres patas. Los rapsodas ciegos
se recuestan en vergeles virtuales y chuponean cigarrillos
Virtuales, es así, el viento tañe solo entre las hojas.
Está el ritmo, las letras, partes sueltas 
de melodías, arreglos mil, pero ante el público
se les traba la lengua, callan, dicen no saber,
no poder, no querer; se consuelan con eso
de que la Historia, émula del tiempo, testigo
de lo pasado, ejemplo y aviso
de lo presente, advertencia...


CONTINUANDO

A partir de ahí no quiso escuchar más nada:
se guardó, cortó las líneas, se dedicó a regar las plantas
y, en la sombra su cara de entendido, a leer la revista
del cable, aunque por las canillas seguía saliendo
el dolce licor de óxido, y continuaban afuera
con la emisión de noticias y los niños y los púberes
por el jardín y la plaza corrían
con las manitos abiertas, bailaban, cantaban canciones
pornográficas, dejaban hojas de afeitar
en el tobogán, ahora también se llevan
las cadenas de la hamaca, en fin. 




En Música mala, Vox, Bahía Blanca, 1997 / 
Alejandro Rubio (Buenos Aires, 1967) / Selección y fotos: jmp / 

domingo, 13 de febrero de 2022

ALFREDO FRESSIA En la lava endurecida del poema



EPITAFIO 

Aquí yace el despojo de un poeta. 
Nació bajo un eclipse, fue extranjero, 
nada os pidió, labró un Edén de ausencia 
y al fin reunió en la aurora a sus espectros. 


NAÏF 

A Pablo Atchugarry 

El poema vagaba sin poeta, 
por el aire giraba como un trompo 
venido de la infancia y ya sin cuerda, 
sin rigor de la física y sin logos, 

buscaba un alma que lo recogiera 
en el tiempo de los hombres, el siglo 
donde nacer, después de las fronteras, 
mecido por la historia o los molinos 

o la sal, el Sur, el viento, otros versos 
que ondean en el cielo, panaderos 
soplados en la infancia contra el miedo, 

poemas del poema sin palabras, 
los del salto nupcial de los insectos, 
babas del diablo, celo de la nada. 


FALSAS VERDADES 

Soy un poeta con piel de cordero, 
tejo con lana las falsas verdades. 
De mí doy a elegir las variedades 
y cuando miento soy hombre sincero. 

Confío en la trampa, juego al desespero, 
confundo el Paraíso con el Hades 
y hasta un libro escribí con inverdades: 
de un vago Edén fui el cantor más certero. 

Fue larga y honda mi amistad por Eva. 
Puso en mi pecho mustios agapantos 
y dejó en mis sonetos como prueba 

rancio el perfume, mordaces los llantos. 
Y la serpiente que cebo en la cueva 
solaza a cada rima mis quebrantos.


EL POETA 

En tierra árida 
habrá un tronco enterrado. 
Será el poeta. 

Poeta en ruta. 
¿Quién persigue y qué huye? 
Verso horizonte. 

Brotes hinchados. 
El poeta no crece 
en tierra fértil. 


FRACASO 

Llegó tarde el poema, la piedra 
lanzada al azar del tablero, y pujaba al nacer 
en la violencia de un volcán, el del basalto 
en bruto, hecho oscuro adoquín, 
era rosado el de granito, adoquines de mi infancia 
que no evocan nada 
y el poema emanaba sin respuestas, cubría 
el adoquinado, entre el futuro 
y la calle Marsella, rocío 
en las mañanas sobre la piedra que giraba 
entre el blanco y el negro, sibila 
de mi barrio, piedra rota que ya no lee nada 
en la lava endurecida del poema.


QUIROMANCIA 

Esta es la línea de tu vida, 
estírala, no es dura, 
recuerda la travesía, recorriste 
la cuerda floja y tú decías 
soy un funámbulo y lo repetías 
con aire profesional 
pero era un verso, un mantra 
para no caer, no resbalar 
del poema al vacío 
de tu mano.


HORIZONTE 

Más allá de los pinos está el Uruguay. 
¿Y después? 
Después vienen mis muertos.



Me acabo de enterar. Falleció Alfredo. Sabía de su enfermedad pero no esperaba este desenlace. No lo conocí personalmente, sí nos escribimos. Fue de los primeros en leer el original de mi libro El flautista de City Bell. Me hizo una hermosa devolución que luego con su permiso incorporé en el libro (un fragmento): “Un libro precioso, variado, que yo llevaría conmigo, liviano a veces, sordo y profundo otras (como temas musicales). Una joyita (de género indefinido, o no reductible a un género, hay relatos cortos, casi aforismos y poemas en prosa, memorias autobiográficas o no, o falsas, o de verdad literaria).” Gracias Alfredo, poeta. Siempre vas a estar en mí. / 
En La mar en medio, Civiles Iletrados Editores, Colección Ojo de Rueda, Montevideo, 2017 / Prefacio de Horacio Cavallo y Posfacio de Álvaro Ojeda / Selección de poemas y fotos de jmp / 
Alfredo Fressia (Montevideo, Uruguay, 2 de agosto de 1948 - São Paulo, Brasil, 7 de febrero de 2022) / Poeta, maestro / 

miércoles, 9 de febrero de 2022

PAOLA BOCCALARI cuaderno SPERONI de poesía y otras artes número 08 invierno de 2020



ANCESTROS
(tiempo de pandemia: retornos)


...has inaugurado mi nombre,/ hondo,
lejos, / en un paisaje de huesos y planetas.
Marosa di Giorgio


l

desempolvo recuerdos
objetos en desuso
olor a tiempo
a vida

a mi lado, un sonido tic tac
ritmo cardiaco sin avances 
vulgaridades de acción
corrompe cuerpos
y acciona tiempos

trasvasa mi ser
lo golpea, lo achichara, lo arruga
lo engorda
lo decae

y sigo desempolvando inutilidades
que no verán el sol
¿serán promesa para un futuro?


ll

cuando las arañas
enrollan tiempos
y la luna
arremolina tus días
cuando se entretejen 
avestruces, zorros y perdices
y danzan niños sin piel
ellas, 
goteadas
contienen cuerpos 
sin sol


lll

la casona, hoy despintada
pincela historias
guarda marcas
polvo que se respira
huellas 
que cada mañana
acarician restos de buena madera

y yo aquí, en nueva plata
donde no hay noche,
donde relampaguea mi instante, 
donde mis manos contornean aves y atrapan lunas


IV

me volví luna
y el cielo recortado por el jazmín
se volvió inmenso 
plateado 
único
mío




En Una ventana abierta, cuaderno SPERONI de poesía y otras artes, año 01, número 08, invierno de 2020 / Participaron (en cuarentena) de este número, además de PB: Verónica Rodríguez, Erica Aisa, Agustina Samoilenco, José María Pallaoro, Camila Ragazzini, Alejandra Taylor, Azucena Salpeter, Alberto Pipino, Olga Edith Romero y Julián Axat / Edita: La talita dorada, City Bell, partido de La Plata, provincia de Buenos Aires, Argentina  / 
Paola Boccalari es Licenciada en Psicología y poeta / Nació el 5 de diciembre de 1975 en Pehuajó, provincia de Buenos Aires / Integrante del grupo LA TALITA DORADA / Fotos: PB / Archivo de La talita dorada

sábado, 5 de febrero de 2022

ALEJANDRO SCHMIDT La vida milagrosa



EL PREDESTINADO 

Con los dedos en punta 
me tocó la poesía 
me sacudió con repugnancia 
y algo de curiosidad. 

No digo que llegó a pesarme, medirme 
a contarme los ojos 
tampoco me abandonó en la calle 
con un lápiz rojo y un baúl 

¿qué se creerá? 
tanta soberbia, todo el día de aquí para allá 
con la boca tapada 
si después de todo 
no la invita nadie 
ni llega a ningún lado 

me alzó sobre el pozo del mundo 
esa señora 
y me soltó. 


POETA A LOS 15 

Lejos brilla la sombra de los días mortales 
atrás, el cielo 
en círculos de música 

antes que la poesía 
llega el poeta 
a su sola niñez 
ya desprendida 

¿para quién una verdad 
fue lastimada reina? 

Provincia, casa, el viento 
estatuas parecían 
del silencio

el chico estaba ahí 
como la rosa y la paloma 
esperando. 


CADA POEMA 

Cada poema como una casita 
empujada por el alba 
y la lluvia 

cada poema como un hombrecito 
que sale de su casa 
al día inmerecido 

cada poema como un cielo 
dando piedra a los labios 

cada palabra 
al fin 

cada deseo.


PARA QUIÉN 

Una de las chicas que atiende el bar 
le dijo a su compañera 

se extraña el agua caliente 
es como la luz 
cuando no está 

y todavía hay gente 
estudiando 
preocupada 
qué escribir 
y cómo 

y para quién.


POSTERIDAD

Una grabación con el silencio de diez poetas 
en cada pista 
escuchar 
como crece 
lo que de veras fue 

razón y sufrimiento. 


AL CORAZÓN 

El único lugar al que se llega 
a golpes 
es el corazón 

para romperlo 

para saber qué hay. 



En La vida milagrosa, Ediciones Recovecos, Córdoba, agosto de 2005 / 
Alejandro Schmidt (Villa María, provincia de Córdoba, Argentina, 3 de mayo de 1955 – 3 de febrero de 2021) /  Poeta, escritor, editor, amigo, maestro / Selección de textos y fotos: jmp

jueves, 3 de febrero de 2022

SILVIA EUGENIA CASTILLERO El incalculable lapso de mi cuerpo al tuyo




LOS SAPOS 

     Antes estelas verdeando sobre agua, cada uno a su turno salía boquiabierto para luego internarse en lo profundo. Ahora sacan la cabeza, no vuelven a hundir sus alargados cuerpos. Del espesor del río ninguno zigzaguea para vencer corrientes ya cálidas o heladas. Se abandonan al movimiento quebradizo que los orilla como piedras reblandecidas. Corroídos sus miembros al contacto del sol, la lluvia los arrastra. Las charcas quedan habitadas por estos injuriosos que enturbian las aguas, estos mezquinos sacos de avaro. 


CARACOL 

     De fiebre sobre los pechos, el deseo escurre; rumor de espuma en los poros, la piel se vuelve bramar marino de caracol. Espera la tarde, las calles se alejan en la luz. Sitiados por una eternidad de arena en la escalera, nuestros cuerpos comienzan a curvarse al borde del abrazo. Somos sombras sin color, contorsión perdida en el océano: un remolino obstinado en girar sin fin. En la ciudad que rueda sus aspas de molusco, contrastan como imposibles anémonas amantes, el resplandor de piernas y brazos. 

     Porque partimos al acabar el sueño, el caracol desaparece. 


LA HIEDRA CUBRE EL RECINTO…

     La hiedra cubre el recinto, entreví tu locura en los claros. Ahí demoré toda una tarde, buscaba compañía, alguien como yo varado en el tiempo, con la impronta que el mundo nos impuso. Y hablarte de mi desmoronamiento. En la casa que habitaste la escalera platica de tus cantos, todavía escucho resonar en el agua tu risa. Agua estancada con reflejos de tu boca. Agua tibia. Vine a hacer figuras de barro mientras llegas, las dejo entre baldosas desprendidas. Son pedestales. Sabrás que estuve contándote mi historia. No puedo salir: la ciudad enfureció. Más allá de la muralla en forma de corazón no hay ciudad para mí, ni vías para el tiempo. En esta mansión los ecos y estucos son símbolos tuyos, los dejaste para cuando reclamara tu presencia. Voy recorriéndolos uno a uno, son casi mapas de tu ansiedad. Cuando te sacaron cerraste y nadie ha vuelto.


TIRAR UNA, DOS LÍNEAS…

     Tirar una, dos líneas, palpar los contornos de la ciudad desconocida. Tiendes tus dedos hacia el poniente como un litoral, sedimentos y muros son mi paisaje. Allí me deslizo, caigo, conozco piedra por piedra en las líneas de tu mano. París rasguña mi pecho, anchos los bulevares aparecen en grafito, generosos abren sus esquinas, al centro el movimiento se descubre, latente sobre tu espalda. Parecía esconderse la agitación al interior de los trazos grises, un entrecortado latir, ciego en su ritmo. Era largo el recorrido hacia la ciudad desde el incalculable lapso de mi cuerpo al tuyo. 


ALLÍ ARDEN 

     Túnicas negras. Mantos rojos encendidos. Faldas, sandalias. Telas. Allí arden. En su espalda. Es la hija de Sión, intrépida. Fugitiva del amor y su abandono. Vino a arder en esta lumbre de culpa. Viene de regreso del muelle. Fue columna y fue cetro. Fue un campo de gacelas. Torres púrpura. Cintas escarlata. Centinela. Vino a arder. Cúmulo de voces la atraviesan. Pero calla. Sólo retazos de rumores atildan —requiebran. La dama cae entre montones de tela. ¿Una cortesana? Llena la boca de tierra.


EL ALTO CEDRO 

     El alto cedro se desprende en ramas heridas, ramas desvaneciendo entre savia, ramas ardientes, madera astillada y hueca, vacía su médula por el fuego. Incisivo. El alto cedro posee entre sus ramas un águila, o tal vez un nido de águila; el recuerdo del águila y su nido, el vuelo más alto del águila. No el águila. Posee en la claridad de su brillo, de su incendio —en su propio corazón que arde en cientos de lascas— los rayos del sol, el resplandor del sol, las tribulaciones del recuerdo. El águila madura —en vuelo— alegre en su disolución. Entre el querer y el deseo arde ella, arde en el alto cedro, arde embelesada. En el alto cedro, en el abismo —entre recuerdos— como vuelo de águila. Como en un nido. Arde.




En Luz irregular, Universidad Nacional Autónoma de México Coordinación de difusión cultural dirección de literatura, México, 2016 / 
Silvia Eugenia Castillero (Ciudad de México, 13 de noviembre de 1963) / Poeta y ensayista / Licenciada en Letras, Universidad de Guadalajara, con un doctorado en Letras Hispanoamericanas en la Universidad Sorbonne Nouvelle de París / Directora de la revista literaria Luvina, Universidad de Guadalajara / Foto: jmp

miércoles, 2 de febrero de 2022

GRISELDA GARCÍA Mucho es el daño que la belleza provoca




TORSO DESNUDO DE UN MUCHACHO AL SOL

El cuerpo se tensa
en cien fibras enloquecidas.
En el abdomen plano
dos líneas se pierden
en la espesura del pubis.
Esas líneas bastarían
para adorarlo meses.

Al final del día
buscarle las axilas, olerlo
buscarlo entre las piernas
y encontrarlo duro
pesado de semen joven.

Es verano.
La tortura de no tenerlo es dulce.


DESCRIPCIÓN DE UN ESTADO FÍSICO

Por la lengua, dientes, paladar
transita el sonido.
En la garganta, tráquea, glotis
mora la angustia.

El suceso imprime su huella.
Luego asfixia y mutismo.
Al final, quizás
la palabra.
En el medio
horas o años
de silencio.

La mente es un manojo
de espejos rotos
sin ninguna luz cerca.


ÁLBUM FAMILIAR

Cuando en mitad de la noche
presentimos y tocamos
y tocando descubrimos
agua, a veces crema, sangre
por un segundo dudamos
entre limpiarnos
o seguir durmiendo.

Ahora lo sabemos:
buscábamos algo
que ya nos encontró.

Ciegos como topos
nunca supimos hacia dónde.
No por eso dejamos de cavar.


DIJO LA LOBA
 
Vos, lobito mío,
sos una de las crías
que no alcancé a devorar. 
¿Me sacaste el hambre
o llegaste cuando estaba saciada?
 
Ya sabés erizar el pelaje
más tarde te enseñaré
a orientarte en el bosque
a esperar el momento
de distracción de la presa.
 
Vos, lobito mío, 
disfrutá las caricias
aprendé a ignorar las uñas.
 
Ahora te nutro
tu avidez rodea el pezón cargado
te hartás de leche dulce.
Muerta también seré tu alimento.
 
Seremos, en el final
carne vuelta a la carne.


EL OJO DEL QUE MIRA

Es ciego el anciano del laúd.
Gira en blanco 
su ojo velado 
cuando toca. 
Herido de luz 
de una luz infinita 
en el gesto se ve 
que es pájaro. 

Una explosión 
de pimpollos en las venas 
pétalos que el sueño del mal 
ha vuelto negros. 
¿Es posible atisbar 
por el blanco del ojo 
y que lo visto 
no deje huella? 

Si no se ha buscado 
resguardo a tiempo 
un batir de alas 
ensordece. 
Mucho es el daño 
que la belleza provoca.



En El ojo del que mira, Ediciones La Carta De Oliver, Buenos Aires, 2009 /
Griselda García (Buenos Aires, 4 de mayo de 1979) / Selección y fotos: jmp

martes, 1 de febrero de 2022

EDUARDO ROMANO Por la mano que hundo y arranca el poema



DESTINO DE POETA

El poeta niño no quiso vivir por un rato, 
sino volver cuando todo hubiese pasado. 
El poeta adolescente escribió sobre la pared 
que no lo dejaran tan solo 
a esas horas. 
El poeta joven no tuvo ninguna razón entre manos, 
ni mujer favorable, ni sueño despierto. 
El poeta maduro fue condenado al silencio 
por despertar al prójimo en la justicia. 
El anciano poeta que se ahogó en el arroyo 
era un borracho analfabeto y cubierto de muecas. 



BRINDIS

Por la mano que hundo y arranca el poema
por el verbo que comunica como una llave
por el hijo pródigo que vendió su corazón al contado
por la joven madre que no abortó de perezosa
por los que de tanto en tanto se dicen algo al espejo
por los que sólo recuerdan a garrotazos
por la ventana cerrada de los muertos
y por el que desde mucho antes fue cadáver.

Por el ojo sin importancia de la risa
por los que hoy aquí y mañana no se sabe
por la noticia falseada en treinta idiomas
por el que pide permiso en todas partes
por el que usa apenas mujeres usadas
por el que brilla una noche y catequiza
por el silbido que se perdió en la boca
y por la triste escalera que solamente baja.

Por una blusa roja hasta la sangre
por la firme respuesta del seno adolescente
por la manzana madre de este mundo
por el que tira sus besos al retrete
por el que perdió la cabeza en el griterío
y por el hueso auténtico el hueso duro de roer.

Por el hueco de los que ya se resignaron
por la fiel amistad de las enfermedades incurables
por la que todavía aguarda hecho preguntas
por la felicidad del hombre amaestrado
por la palabra que nos dará el olvido
por un cielo de puentes y llegadas
y por una verdad a cada rato.

Por el marinero que no aprendió a desembarcar
por el clavo caliente de estar vivo
por la alegría exacta de los tristes
por el vino de rostros que nadie puede arrebatarnos
y por la desesperación del vaso en la garganta.
Por los que mercan cada día tu trabajo
por los que “sí, cómo no, de cualquier modo”
por los principios con que algunos terminan sus crímenes
por todas las maneras de andar al descubierto
por los que memorizan cada día de sus años
y por ti, pero más por mí, pormigo mismo,
junto a esos zapatos caminando sin dueño a medianoche
brindo, tal vez de manera vulgar,
levanto mi copa enardecida
por los que ya nombré y por los que no me acuerdo,
dejo paga mi última sonrisa,
toco fondo.



En Mishiadura, Ediciones Colihue – Librería Hachette, Buenos Aires, 1978 / El primer poema es de Entrada prohibida, 1963; el segundo de 18 poemas, 1961 / 
Eduardo Romano (Avellaneda, 8 de junio de 1938) / Fotos: jmp

lunes, 31 de enero de 2022

HORACIO REGA MOLINA Hoy, como hace mil años



CANCIÓN ETERNA 

Hoy, como hace mil años, 
en aquel bosque, lejos, 
cae un pájaro muerto. 
Hoy, como hace mil años. 

Vendrán mil años. Cierto 
que han de venir mil años, 
y el día señalado, 
con su pájaro muerto. 

Oíd, propios y extraños, 
y pájaro en la selva; 
nada nuevo os espera 
dentro de otros mil años. 



HISTORIA

¿Qué dirán, acercándose a mi lecho 
junto al yeso caliente de la almohada, 
en el preciso instante en que ya nada 
pueda oír, de mi muerte satisfecho? 

Yo mismo cruzaré sobre mi pecho 
las manos, como rosa terminada, 
y rondarán mi oreja clausurada 
voces de musgo y de medro helecho. 

Voces piadosas porque no me obligan 
a la respuesta. A nadie escucharé. 
Poco me importa, entonces, lo que digan. 

Con ese tono estéril que se advierte 
en las salas de espera. Y yo seré 
el primer convencido de mi muerte.



En Poesía de Horacio Rega Molina, Editorial Universitaria de Buenos Aires, Buenos Aires, 1965 / Selección y presentación de Manuel Alcobre / El primer poema es de Patria del campo, 1946; el segundo de Sonetos de mi sangre, 1954 / 
Horacio Rega Molina (San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires, 10 de julio de 1899 - Buenos Aires, 24 de octubre de 1957) / Fotos: jmp

viernes, 28 de enero de 2022

MARÍA DEL CARMEN SUÁREZ Dos fuerzas contra el olvido



ENTENDIMIENTO DE LOS CUERPOS 

Los cuerpos se entienden 
se abrazan 
redimen 
los cuerpos son algas flotando en la vida 
lazos del viento en el crepúsculo 

yo naufrago 
me agoto 
traduzco la noche y me calmo 
entiendo tu cuerpo y adivino tu alma 
perezco y abrazo la parte de olvido que integra la vida 

los cuerpos se entienden 
más allá del dolor y la dicha 
no mienten 
no ocultan 
arriegan temblando 
se entienden en juegos 
en la ceniza del tiempo 
ellos son nuestro dominio 
el arcano que somos aquí 
en esta frontera donde fuimos convocados 

los cuerpos se enlazan por poder de vibración 
se auscultan 
se rozan 
se pulen 
se entregan 
se aman 
demuestran al mundo que el origen fue plegarse 
fundir dos fuerzas contra el olvido. 


GENERACIÓN DEL ´60

Somos una tribu que quisieron dispersar
pero hicimos pequeñas alianzas
aun en torno de la locura y la zozobra
no pudieron sofocar el ímpetu de nuestra palabra
fraguada en la tiniebla de las habitaciones
cuando el miedo llamaba a la puerta

muchos se hundieron en vanos alcoholes
y otros dieron su espalda al amor
sin embargo la tribu persiste
busca entre las estaciones
aviva la lámpara de los deseos
atisba el vuelo de una mariposa en la tarde

quisieron contener la búsqueda de un paisaje interior
donde la creación surgía
como un antiguo universo de destellos
pero la generación de magos
poetas y trapecistas
en un circo donde el payaso llora su lenta agonía
quiebra los espejos buscando Alicias imaginadas y tenues
para desterrar la miseria y el olvido
en esta ciudad la tribu se reúne y canta
a pesar de los enemigos que tejieron una trama oscura
y sueña con una temporada que extinga el tiempo del horror.



En El ´60 poesía blindada, antología, selección de Rubén Chihade, prólogo de Ramón Plaza, Los Libros de Gente Sur, Buenos Aires, 25 de julio de 1990 / El primer poema es de Entendimiento de los cuerpos, 1982; el segundo se mantenía inédito hasta la edición de esta antología / 
María del Carmen Suárez (Barrio de La Boca, Buenos Aires, 3 de agosto de 1943) / Fotos: jmp

miércoles, 26 de enero de 2022

RAÚL BRASCA La noche en que



EL SENTIDO DE LA LIBERTAD

        La noche en que, ya viejo, se apagó definitivamente su fuego sexual, Sócrates oyó que el bello Alcibíades murmuraba: “Al fin libre”. No se ofendió. Comprendió que la realidad se había equivocado de persona, porque la frase le correspondía. Y tuvo razón: no bien sus labios se la apropiaron, la vulgar expresión de alivio se cargó de noble sentido, de agudeza, de profundidad moral y, lo más importante, de trascendencia. 




En El límite de la palabra / Antología del microrrelato argentino contemporáneo, edición de Laura Pollastri, Menoscuarto Ediciones, España, 2007 / 
Raúl Brasca (Marcos Paz, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1948) / Fotos: jmp

viernes, 21 de enero de 2022

SYLVIA IPARRAGUIRRE Lila y las luces



LILA Y LAS LUCES

A Ana María Borzone 

   Falta poco para el amanecer. En las estribaciones de los Andes patagónicos el viento corre ladera abajo y estremece los techos de las cinco o seis casitas del valle. Lila se acerca a la espalda de su hermano Ramón en busca de calor. Se vuelve a dormir con un sueño liviano, de pájaro. Un rato después, la luz fría de la mañana los despierta. La madre ya ha salido y el bebé está moviendo los bracitos en silencio. Somnolienta, lo levanta y lo cambia. En la cocina, el fogón ha guardado algo de rescoldo. Rápida y eficaz, Lila hace brotar el fuego.   Con el bebé en brazos, se asoma a la puerta. Lejos, en la ladera del cerro, las manchas blancas le señalan dónde está su mamá con las cabras. Pone los jarros sobre la mesa y sirve el mate cocido. Sus tres hermanos se sientan y empiezan a hacer ruido y a reírse. Se pegan en las manos cada vez que uno estira el brazo para alcanzar el pan. El de tres años, todavía un poco dormido, tiene el pelo parado y la ropa torcida. ¿Vendrá el maestro hoy?, piensa Lila. 
   –¿Hoy viene el maestro? –pregunta el hermano mayor. 
   –Y claro, por qué no ha de venir. Con ocho años, su hermano Ramón es siempre el que más sabe. 
   –Digo. El viento mueve la puerta, la leche se derrama en el fuego, el bebé llora. Lila le cierra los dedos sobre un trozo de pan; mientras, ella enfría la leche en el jarro. Sus hermanos salen al patio.
   –Por qué no te dormís vos, ¿eh? –le habla al bebé con el tono enérgico que usa su madre–. Si no te dormís viene el enano y te lleva. Con cuidado lo vuelve a acostar en la cama grande y sale. En el patio se pelean los más chicos y Lila los separa. Uno de ellos se ha caído y tiene un moretón en la frente y la cara llena de lágrimas y moco. 
   –Ya van a ver cuando venga la mamá –los amenaza. 
   Lila corre junto a Ramón, que juega a subirse a las piedras a un costado de la casa, donde la ramada del corral de las cabras se recuesta contra la roca viva. El sol ya está alto pero el viento es frío. Las manchitas blancas se han desplazado un poco hacia la parte baja del cerro; Lila igual alcanza a ver la pollera azul y hasta el pañuelo en la cabeza. Unas nubes cruzan veloces el cielo. Oscurecen la montaña y cuando ya pasan y todo vuelve a ser claro y brilla. Esto le gusta a Lila. Baja saltando de las piedras y entra en la casa para ver que no se apague el fuego. Recién entonces saca el cuaderno y el libro de la bolsa de nailon y los lleva a la mesa. Toma el lápiz para hacer la tarea. Lila se pregunta por centésima vez cuántas patitas debe dibujarle a la E. El maestro dijo que es como un rastrillo, pero el rastrillo tiene muchos dientes y la E no tiene tantos. Ha borrado muchas veces y tiene miedo de que el papel del cuaderno se rompa. El maestro dijo que había que aprender palabras del libro de lectura y copiarlas en el cuaderno. Las manos morenas y delgaditas lo abren con cuidado. Lila no se cansa de mirar los dibujos llenos de detalles y colores brillantes. Lo mandaron de regalo para su escuela. Esta semana le tocó a Lila llevarlo a su casa. En ese libro hay que aprender a leer, dijo el maestro, porque es el único libro que hay. Lila ya ha mirado muchas veces al chico de la lectura que sale de su casa y va a la escuela, pero por más que mira no puede acordarse de lo que dicen las palabras. 
   –Escuela... –deletrea en voz baja. 
   Ahora tiene que copiarla, pero en la lectura está con la e y Lila debe escribirla con la E. En ese momento el bebé llora, guarda todo en la bolsa y va a atender a su hermano más chico. 
   Al mediodía, su mamá ha vuelto y las cabras están en el corral. Lila y Ramón caminan entre los cerros.  Desde lejos saben que el maestro vino: la bandera se ve arriba, ondeando. En el patio, se juntan con sus compañeros hasta que toca la campana, pero Lila no juega, está inquieta. No pudo hacer la tarea y tiene miedo de que el maestro se enoje. Es el segundo año que viene a la escuela y su mamá dice que si otra vez repite, la saca. A muchos chicos no les da la cabeza, y hay que ver si a Lila la escuela no le hace perder el tiempo. Abre el libro sobre el pupitre pero las palabras siguen mudas. Por su cabeza cruza el anchimallén. Cuando oscurece, antes de que su mamá encienda la lámpara, a Lila le da miedo. El enano malo se ríe en el aire y se aparece como una luz que anda por los techos o entre las patas de los caballos. Su tío dijo que una mujer se quedó ciega porque lo miró de frente. Lila piensa en su mamá, que está en los cerros con los más chicos. En el dibujo del libro, el alumno de guardapolvo blanco va a la escuela en una ciudad muy grande, llena de casas. “Es la capital de nuestro país”, ha dicho el maestro. El chico se queda parado y mira unas luces. Ella también las mira. El maestro ya ha explicado qué es esa cosa con luces, pero Lila ha olvidado para qué sirven y la palabra escrita no le dice nada. 
   –¿Para qué era esto? –pregunta bajito a su compañera. 
   La chica mira un momento, duda, acerca la cara al libro, y después dice: 
   –Para que no te pise el auto. Si te pisa te mata. 
   Cada cinco días pasa el colectivo que va hasta Neuquén. Una vez su mamá se fue en ese colectivo, cuando Ramón estuvo enfermo, y allá había luz eléctrica, dijo. En sus siete años, Lila nunca fue a una ciudad. Piensa si las luces no servirán para que el enano no te agarre en el cerro. Se lleva los chicos a una cueva, dijo su tío, después los saca muertitos. Pero en los cerros no hay luces, salvo el relámpago y la luz mala del anchimallén cuando alguien se va a morir. Por eso Lila le dice a su mamá que a la noche tranque bien la puerta. Su papá hace mucho tiempo que no está; una vez se fue a trabajar y no volvió. Después vino hace como un año y se volvió a ir. Su papá es más alto que su mamá. Lila se acuerda bien de su cara y del pelo. 
   –Lila ¿copiaste las palabras de la lectura? 
   Asustada, Lila mira su cuaderno y no contesta. 
   –¿Aprovechaste el libro? Mañana se lo lleva Mario. ¿Copiaste las palabras que marqué? 
   Lila siente la cara ardiendo. Los ojos se le llenan de lágrimas. Sin saber qué hacer, tira de la blusa para abajo. 
   –¿Quién copió las palabras? –pregunta, en general, el maestro. Lila vuelve a sentarse. En el libro, el chico ha subido a un colectivo y habla con el conductor. El colectivo es más nuevo que el que pasa por el valle para Neuquén. El maestro habla de la ciudad y dice que la lectura se llama “El ritmo de las ciudades”. Lila mira las letras y las empieza a deletrear: El..., pero el maestro ya está explicando otra cosa: que en las ciudades se hacen embotellamientos de tránsito de tantos autos que hay. A Lila la palabra embotellamiento no le parece difícil y cree que la puede copiar porque la e chica no es como la E. El maestro está diciendo que algún día ellos van a ir a la ciudad, entonces tienen que saber cómo es. A Lila esto le gusta y a la vez no le gusta. Se siente inquieta. Mira a su compañera y le dice: 
   –¿Vos vas a ir? 
   –¿Adónde? –dice Yarita. 
   –Ahí, donde dice el maestro. 
   La chica hace que no con la cabeza. A Lila esto la tranquiliza. ¿Su mamá ya habrá vuelto del cerro con sus hermanos? Había dos cabras por parir y su mamá estaba nerviosa. 
   –Copien las palabras –repite el maestro. 
   Lila borra otra vez. La timidez la paraliza. De golpe, toma coraje. 
   –Maestro, maestro, yo no puedo hacer esta letra... –dice en voz baja. 
   En el otro extremo del aula, el maestro está distraído. Rodeado por el grupo de los más grandes, donde está su hermano Ramón, no presta atención para el lado de los más chicos y no la escucha. Lila vuelve a mirar el dibujo del libro: muchos coches en una calle, también hay colectivos y un camión. Parecen los chivos queriendo salir del corral. Arriba, las letras dicen ¡tuuu!, ¡tuuu! Eso Lila lo lee perfectamente. El maestro ahora está a su lado y Lila se sobresalta. 
   –Lila, copiá las palabras... que Yarita te ayude. 
   Pero Yarita dice: 
   –No quiero... yo estoy escribiendo, maestro. 
   –Bueno, Lila, copiá esta palabra –dice el maestro. 
   Con alivio Lila empieza a dibujar la e, la m, la b... Yarita mira por encima de su hombro. 
   –Ahora poné el cero –dice Yarita; Lila la interrumpe. 
   –No es el cero, es la o. 
   –Es el cero –porfía Yarita. 
   –Ya está –dice Lila satisfecha–: embote... –deja de escribir porque suena la campana. 
   En el patio, el maestro recomienda a Ramón que ayude a su hermana. Es el único que lo puede hacer. Dice que con ayuda Lila va a salir adelante. Ramón no mira al maestro, hace un hoyo con el talón en la tierra y dice que a lo mejor su mamá la saca, que como es mujer va a ayudar en la casa o a lo mejor va de niñera a Neuquén. El maestro insiste y le recuerda a Lila que mañana le toca a otro compañero llevarse el libro. 
Emprenden la vuelta. En el camino, Ramón junta piedras y se las tira a los tordos. Lila va pensativa. 
   –¿Qué son las luces, Ramón? 
   –¿Qué luces? 
   –Ésas, las de colores, para que no te pisen los autos. 
   –¿Dónde? –dice su hermano, probando su puntería en una piedra grande, a unos diez metros. La piedra rebota y sale disparada para arriba. 
   –En el libro del maestro... 
   –Si te pisa un auto te destripa –dice su hermano y, sin esperar contestación, sale corriendo. 
   Su hermano tampoco sabe lo de las luces, si no, le hubiera dicho. Las montañas se han puesto violetas y el viento es cada vez más frío. En las cimas todavía hay sol, pero en las laderas, el atardecer ha hecho un hueco negro. Desde una loma oscurecida, un guanaco muy erguido la mira. Lila empieza a correr. 
   –¡Ramón, Ramón...! 
   Su hermano sale de atrás de una piedra y la asusta. Se ríe a carcajadas. Se para en el medio del camino: 
   –Te agarra el anchimallén y te lleva a la cueva... –otra vez sale corriendo y gana distancia. 
   A todo lo que dan las piernas, Lila sigue a su hermano sin mirar atrás. A la vuelta del camino, bajando la cuesta, aparece su casa. Un humo delgado se levanta del techo. El perro viene a su encuentro y Lila lo abraza con fuerza. Entre ladridos, corre y cruza la puerta. La felicidad de Lila es que su mamá está adentro, de espaldas, frente al fogón. 
   –Mamá, el Ramón me dejó sola y me asusta –dice sin aliento. 
   Su hermano ni la mira porque está luchando con el perro en un rincón. Lila se da cuenta de que su mamá no está nerviosa, está contenta porque han nacido cuatro chivitos nuevos, más de lo que esperaban. Pero la leche de las cabras no alcanza, dice. Hay que preparar las botellas para darles; si no, se les mueren. Eso es lo único en el mundo que Lila sabe que no puede pasar. La madre dice que cambie al bebé que está mojado y lo ponga a dormir. Ramón ya está echando la leche en las botellas y tapándolas con la tetina de cuero. Lila tiene ganas de ver los cabritos, pero primero debe hacer lo que su mamá le ha dicho. 
   –¡Duérmase de una vez! –ordena impaciente–. Viene el enano y lo lleva –el bebé sonríe y la mira con los ojos redondos, sin asomo de sueño–. ¡Le pongo las luces! –amenaza Lila–. ¡Le pongo las luces y lo pisa el auto! 
   Al fin, el bebé se duerme y Lila corre excitada afuera. Ramón acarrea el balde con las cuatro botellas. En el corral de palo ya oscurecido, su madre da órdenes cortas y precisas que Lila y Ramón obedecen al instante.   De un lado al otro, el perro vigila que ningún chivo se escape. Lila es todo ojos. En las sombras, su madre sujeta con brazos y piernas una cabra; cuando la tiene segura, con una mano toma el chivito y lo pone a mamar. Lila entiende. Tienen que aprender a mamar los chivitos para que después tomen de la mamadera y no se mueran. Ramón ya sostiene la otra cabra. Lila se agacha y levanta uno de los recién nacidos. Los balidos son débiles y lastimeros. 
   –Tiene hambre –dice Lila. 
   Rápida, busca la ubre de la cabra y mete el dedo en la boca del cabrito. Escucha el ruido de succión. 
   –Éste ya toma –dice su hermano. 
   El corral se llena de balidos, de viento y de noche. Una racha fría alborota la pollera de la madre y el pelo de Lila que, en cuclillas, deja a un recién nacido y levanta a otro. En su palma late desenfrenado el corazón del chivito que toma con avidez. Se va a salvar, piensa Lila. No se van a morir. Se deja caer, jugando, sobre el costado de una cabra que se mueve y la empuja. Son calentitas, piensa contenta. 
   –Éste se tomó todo, ya. 
   Recortados contra la luz débil de la cocina, los más chicos miran desde la puerta. La madre le dice a Ramón que vaya a la pieza, saque el colchón y traiga el elástico de la cama. Le ordena a Lila que le ayude. El corral tiene la puerta rota y los animales pueden salirse durante la noche. Obedecen, su hermano pone el colchón en el piso y apoya el elástico de canto. Lila toma el otro extremo y, entre los dos, lo llevan afuera. Van tropezando en la oscuridad. Su madre acomoda el elástico a la entrada del corral y lo sujeta con unas sogas. Le está diciendo a Ramón que mañana debe buscar unos palos buenos y arreglar la puerta. 
   Todo terminó. Su mamá y Ramón entran a la casa, pero Lila se queda. Con la cara entre los palos, mira la oscuridad estremecida del corral, siente el olor áspero, familiar, y escucha el roce de los cuerpos. El viento sisea entre las piedras, las cabras se acomodan y las crías, al abrigo de sus madres, no balan más. La noche bajó sobre la Patagonia entera. El perfil de las montañas es apenas el trazo de las cumbres nevadas. No hay luna. Un arco portentoso de estrellas resplandece en el frío nocturno y cubre el cielo de un extremo al otro del valle con sereno esplendor. 
   –¡Lila! 
   Lila corre a la casa y su madre tranca la puerta. 
   Sentados a la mesa, los cuatro miran silenciosos la espalda de la madre frente al fogón. El olor de la tortilla llena la cocina. El más chico se ha quedado dormido con la cara sobre la mesa. A Lila se le cierran los ojos, pero el hambre la mantiene despierta. Comen en silencio. La madre quiere saber si ha venido el maestro y qué les ha dicho. El que contesta es Ramón. Lila va a preguntar de las luces, pero mastica y se le cierran los ojos. La voz de su mamá se va apagando. En el techo silba el viento y el anchimallén está lejos. Mañana va a aprender lo de las luces para que el maestro vea que ella sabe. El viento sigue su canto, monótono. Lila se queda dormida. 




En El país del viento, Alfaguara, Buenos Aires, 2003; y en Lila y las luces, Plan de lectura de 2009, Ministerio de Educación, Buenos Aires, 2009 / 
Sylvia Iparraguirre nació en Junín, provincia de Buenos Aires, el 4 de julio de 1947 / Escritora / Fotos: jmp

martes, 18 de enero de 2022

LUIS ALBERTO MURRAY Gente igualmente atendible



GENTE IGUALMENTE ATENDIBLE

El perro 

a Raúl Alonso

Debido, en cierto modo, 
a que no sabe nada, 
mirando su mirada 
lo comprendemos todo. 


El gato

Sí, desdeñoso, finge 
ser meramente un gato, 
incomodadlo un rato, 
y surgirá la Esfinge. 


El cordero 

Con su postrer balido 
alcanza a perdonarnos. 
Si logra avergonzarnos, 
no todo está perdido. 


La gacela 

Indefensa hermosura. 
De este mundo no es. 
Del próximo, tal vez, 
como la paz segura. 


El facocero

No sepa que lo viste, 
increíble, horroroso. 
Ante él, sé piadoso, 
y dile que no existe. 



LA COPA 

Qué poderoso lo que nada pesa. 
Ah, muchacha, qué Orden te asegura. 
Siento, sobrecogido de pureza 

que al ceñirte mi brazo la cintura, 
vibra como una copa mi belleza, 
una copa de fuego y de ternura. 

Y digo el brindis único que expresa 
la gracia toda de tu arquitectura: 
-A la salud de la naturaleza... 




En Antología de la Poesía Argentina, tomo II (1919 - 1930) de III, selección e introducción de Raúl Gustavo Aguirre, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1979 / De Primera colección, 1940 - 1950 (1950) /
Luis Alberto Murray (Buenos Aires, 10 de marzo de 1923 - 31 de julio de 2002) / Fotos: jmp

martes, 11 de enero de 2022

MARCEL PROUST Parten para respirar esos minutos profundos



ALBERT CUYP

Cuyp, sol en declinación disuelto en el aire límpido
Que un vuelo de pichones turba como el agua, 
Trasudor de oro, nimbo en la frente de un buey o un abedul,
Incienso azul de los días hermosos humeando en la colina,
O pantano de claridad estancada en el cielo vacío.
Unos jinetes están listos, sombrero con pluma de rosa, 
A un lado la palma; el aire vivo que enciende su piel,
Hincha levemente sus finos rizos rubios,
Y, tentados por los campos ardientes, las ondas frescas,
Sin perturbar con su trote los bueyes cuya manada
Sueña en una niebla de oro pálido y reposo,
Parten para respirar esos minutos profundos.


CHOPIN 

Chopin, mar de suspiros, de lágrimas y de sollozos
Que atraviesa sin posarse un vuelo de mariposas 
Jugando con la tristeza o bailando sobre las aguas.
Sueña, ama, sufre, grita, apacigua, encanta o arrulla,
Siempre haces correr entre cada dolor 
El olvido dulce y vertiginoso de tu capricho 
Como las mariposas que vuelan de flor en flor; 
De tu pesar entonces tu alegría es cómplice:
El ardor del torbellino aumenta la sed del llanto. 
De la luna y de las aguas, pálido y dulce camarada,
Príncipe de la desesperación o gran amor, 
Te exaltas aún, más hermoso cuanto más pálido
Del sol que inunda tu cuarto de enfermo, 
Que llora sonriéndole y sufre al verlo, 
Sonrisa del remordimiento y lágrimas de la Esperanza. 




En Retratos de pintores y músicos, Colección El Búho Encantado, Rosario, Argentina, 1978 / Director: Francisco Gandolfo / Traducción Marcelo Menasché / (Estos poemas forman parte del primer libro publicado por MP en 1896, Los placeres y los días, con prólogo de Anatole France) / 
(Valentin Louis Georges Eugène) Marcel Proust (Francia, 10 de julio de 1871 - 18 de noviembre de 1922) / Fotos: jmp

domingo, 9 de enero de 2022

MICHEL HOUELLEBECQ ¿Cómo es posible que nuestra soledad sea tan grande?



50”

H:
    Me gustaría anunciar buenas nuevas, prodigar palabras de consuelo; pero no puedo hacerlo. Sólo puedo observar cómo se abre el abismo entre nuestros pasos y nuestras actitudes. 
Surcamos el espacio, el ritmo de nuestros pasos corta el espacio con la exactitud de una navaja; surcamos el espacio y el espacio es cada vez más oscuro. 
Hubo un momento preciso en que se rompió el contacto. No consigo recordarlo, pero debió de producirse a cierta altura. 

M:
    Tuvo que haber algún momento de comunión en el que no teníamos ninguna objeción contra el mundo; entonces, ¿cómo es posible que nuestra soledad sea tan grande? 
Debió de ocurrir algo, pero el origen de la deflagración nos resulta impenetrable; 
miramos a nuestro alrededor, pero ya nada nos parece concreto, ya nada nos parece estable. 




En El mundo como supermercado, Anagrama, Página / 12, Buenos Aires, 2011 / Traducción Encarna Castejón / De Opera bianca, instalación móvil y sonora del escultor Gilles Touyard y del músico Brice Pauset con textos de MH / primera representación en Centro de Arte Contemporáneo Georges Pompidou, París, 10 de septiembre de 1997 / 
Michel Houellebecq (Michel Thomas, Saint-Pierre, isla de Saint-Pierre Reunión, 26 de febrero de 1956) / Fotos: jmp 

viernes, 7 de enero de 2022

FRANZ KAFKA La desdicha en la otra orilla



24 [de enero de 1922] 
(…)
    Mi desarrollo ha sido sencillo. Cuando todavía estaba contento, quería estar descontento, y con todos los medios de la época y de la tradición que me eran accesibles me empujaba a mí mismo al descontento, y entonces quería volverme atrás. Por lo tanto, siempre estaba descontento, también con mi descontento. Es notable el hecho de que, con una sistemática suficiente, la comedia pueda convertirse en realidad. Mi decadencia espiritual comenzó con un juego pueril, aunque puerilmente consciente. Contraía artificialmente, por ejemplo, mis músculos faciales, caminaba por el Graben con los brazos cruzados detrás de la cabeza. Un juego puerilmente repelente, pero que salió bien. (Algo parecido ocurrió con el desarrollo de mi escritura, sólo que, por desgracia, ese desarrollo se atascó más tarde.) Si es posible forzar de ese modo a la desdicha a que venga, entonces debería ser posible forzar a todo a que venga. A pesar de que mi desarrollo parece refutarme y a pesar de que pensar así contradice mi naturaleza, no puedo de ningún modo admitir que los inicios de mi desdicha fueran íntimamente necesarios, quizá respondieran a una necesidad, pero no una necesidad íntima, llegaron volando como moscas y habrían sido tan fáciles de ahuyentar como éstas. 

    La desdicha en la otra orilla habría sido igual de grande, probablemente más grande (a consecuencia de mi debilidad), todavía tengo la experiencia, todavía está temblando en cierta medida la palanca desde la época en que la invertí por última vez, pero por qué incremento luego, con mi nostalgia de la otra orilla, la desdicha de estar en ésta. 

25 [de enero de 1922] 
    Triste con motivo (…) 




En Diarios, Random House Mondadori, Buenos Aires, Argentina, 2015 / Traducción de Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual /
Franz Kafka (Praga, Imperio austrohúngaro, actual capital de República Checa; 3 de julio de 1883-Kierling, Austria; 3 de junio de 1924) / Fotos: jmp

jueves, 6 de enero de 2022

JOAN BROSSA Este verso es el presente



EL TIEMPO 

Este verso es el presente.

El verso que habéis leído es ya el pasado
-ha quedado atrás después de la lectura-.
El resto del poema es el futuro,
que existe fuera de vuestra
percepción.

Las palabras
están aquí, tanto si las leéis
como si no. Y ningún poder terrestre
lo puede modificar.


LUNA

Avanza poco 
a poco hacia mí, 
la cola le llega al suelo.
El gato me lame la mano 
y me mira como si se diera cuenta 
de que hablo de él. 


TERNERO DISFRAZADO DE TIGRE

Al tigre 
le quito la cabeza de cartón 
y me la pongo yo. 

Un hombre con cabeza de tigre. 
Un tigre con cabeza de ternero. 


POEMA

A Joaquim Belsa

Es en este mes cuando se inicia 
el florecimiento de los árboles 
y de las plantas. 

La mecedora.


VIROLAI

Y quiso que sus cenizas 
fueran esparcidas 
sobre la tumba de su 
marido.


TENTETIESO

A Lluís Solà 

Muñeco
que lleva un
peso en la base y que,
desviado de su posición
vertical, vuelve a levantarse.

El pueblo.


DESCALABRO

A Manolo Millares 

La mesa 
está puesta como tal debe quedar 
hasta el final del banquete. En el centro hay 
un ramo de flores. En los extremos, candelabros 
con pantalla, las compoteras y los platos 
delante de los cubiertos. Las copas están 
colocadas según las medidas. Brillan 
los cubiertos de plata, y la vajilla es 
de porcelana antigua. 

¡Basta! El poeta, hecho una furia, arranca 
el mantel y vuelca a la mesa gritando, 
indignado. 


VIAJE

El poema
se pone en movimiento
y os mete por la boca
de un túnel.
 
Lunes
martes
miércoles
jueves
viernes
sábado
 
Aquí
el poema se detiene
para que bajéis y salgáis
a la luz del día.


ENTONACIÓN

Son tantas las diferencias que advierto 
entre lo que oigo y lo que veo, 
que si me acuerdo de tragedias 
personales enciendo un cigarrillo 
y salgo del poema. 


HÁLITO

Saco la regla, 
la caja de compases, 
y empiezo a trazar 
y dibujar. 

Pasa un pájaro y acaba el poema. 


POEMA

Careta 

Levanto la cabeza 
y veo la inmensidad 
sembrada de soles y de planetas. 
Llega la primavera y veo 
los troncos de los árboles rebosantes 
de savia, las ramas pobladas 
de hojas y de brotes, 
los brotes cargados de flores, 
las flores colmadas de frutos, 
y los frutos de semillas 
que han de dar vida 
a otros árboles. 

Cara 


¡ADELANTE!

Si no supiéramos lo que es 
y lo que no es; si sólo 
atendiéramos a ciertos motivos 
y ciertos colores; si las raíces 
del existir se encontraran en 
otra vida; si la esperanza fuera 
poca y mal dibujada y si 
la palabra no fuera un acto, 
tampoco estas líneas 
serían un poema. 

Verano de 1963


En El tentetieso (El saltamartí), Plaza & Janés, Barcelona, España, 1998 (primera edición 1969) / Traducción: Carlos Vitale / 
Joan Brossa - Joan Brossa i Cuervo (Barcelona, 19 de enero de 1919 - 30 de diciembre de 1998) / Fotos: jmp

domingo, 2 de enero de 2022

ROSALBA CAMPRA Una rosa roja como mi corazón



PAPEL DE LA POESÍA

    Él piensa que lo único adecuado es llevarle un ramo de flores, flores que él mismo podría cortar en los campos. Pero en los campos no encuentra, y para las florerías no le alcanza el sueldo. 
    Escribe entonces un soneto con lirios en la primera estrofa, nardos y azucenas en la segunda, tímida violeta en la tercera, y en la última una rosa roja como mi corazón. 
    Ella, que siempre comprendió a sus enamorados, toma el soneto, dice es precioso, y lo pone en el florero, donde con el tiempo se marchitó. 


En La flor del día. Trofeos de la lectura, Ediciones Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2007 / Antólogos: Raúl Brasca y Luis Chitarroni / 
Rosalba Campra (Jesús María, Córdoba, Argentina, 9 de septiembre de 1940) / Reside en Roma, Italia / Foto: jmp

domingo, 26 de diciembre de 2021

NICOLÁS OLIVARI ¿Sabes compañero lo que es no tener horizonte?



¿SABES COMPAÑERO? 

¿Sabes compañero lo que es no tener horizonte?, 
-¿y a los veinte y tantos años? 
Las manos se crispan en el vacío de los ideales 
y alargan las brazadas de la fe. 

Tendido en el lecho miro el hilo de humo que consuela. 
Nuestra juventud es un hilo de humo que se agita 
sin razón. 

Algún día se oirá una detonación 
en la casa aburrida y el enorme bostezo de sus paredes inhóspitas 
te recogerá, arrugado y fláccido 
como un muñeco de comedia italiana. 

Ya pasa la caravana del tedio por el Sahara del cráneo 
hinchado de arena gris de hastío; 
los largos albornoces de la inutilidad dan al viento 
su caricatura de alas. 

Pasan por la linfa de mi cuerpo, arrugado y fláccido, 
la corte del hampa de los instintos neutralizados 
en la comicidad de la cultura. 

¿No oyes al niño que se muere al lado?, 
Su sofoco de angustia te da su martillazo en las sienes 
y complica tu hastío ciudadano 
el andar de oca de las mujeres 
el paso de los transeúntes 
y el perpetuo gotear de las canillas mal cerradas. 

¡Allá! ¡Allá!, es tu interjección eterna. 
¡Más allá! ¡Más allá! debe estar la verdadera vida. 

Fuma tirado en el lecho, fuma, 
y silba el tango sin fin 
que comenzó en la esquina del arrabal del mundo... 

Hay que justificar nuestra inutilidad de babosa 
que se arrastra pegada a los sentimientos. 

¡Adiós, poeta! Tu padre, el mío, el del otro,
ronca en la alcoba, 
en la misma alcoba donde ronca sus cincuenta años de costumbre 
y su lumbre 
agiganta tus ideas suicidas 
en el pozo negruzco de tu vacilación, 
vacilación 
que llena al corazón 
de ganas de morir 
o dormir... o dormir... 

Tu padre adelanta su agonía, 
-día a día fallece un poco- 
y sientes que el oscuro destino que te liga 
a su ronquido igual 
escarba en tus entrañas, 
y tú falleces a ratos, a puchos, a retazos,
sin la parada de tirarte a muerto
como un fardo
en la vía pública
y al pasar la gente diga:

-Era feo y mísero el pobre poeta de la urbe...
-... más feo que un caballo hinchado…
-... que una mosca verde...
-...que un perro sarnoso... 
Y pase una mujer que te dé con el pie. 
Y pase una señora y te dé un centavo para las velas. 
Y pase un fariseo y te robe la cabellera. 
Y pase un amigo y te robe las metáforas. 
Y pase al fin una figura incierta y borracha, 
pálida y claudicante, 
te mire implorante 
y acaso diga: 
-Cuán luminosa, Jesús, era su frente... 

Pero mi cuerpo interrumpirá el tráfico 
para licuar el asombro de su gesto decisivo, 
el grotesco salto del poeta
que buscó vengarse de su ciudad
incrustando sus sesos en los adoquines,
para fijar en la tradición arrabalera, 
-arrabal que es la placenta de la Pampa prometida-
el mismo gesto macho
de aquel otro “versolari”, de aquel otro payador, 
de aquel otro hermanito en el Mester de Juglaría:
...”Entiérrenme en campo verde 
donde me pise el ganao...”



En La musa de la mala pata / El gato escaldado, CEAL, Buenos Aires, 1982. De La musa de la mala pata, 1926 
Nicolás Olivari (Buenos Aires, 8 de septiembre de 1900 - 22 de septiembre de 1966) / Foto: jmp

miércoles, 22 de diciembre de 2021

LITTO NEBBIA La salida del mar


ELLOS, LOS MARES

Ellos, los mares
me contaron
que al regresar de un sueño
se enfermaron

Trágica inocencia
invade su naturaleza
indefenso, ya no vuelven

Mágica tibieza los envuelve
no se vende cálidos retornos
que no están, que ya no están
para mí 

Y volverán los juegos me dije
como esperando el porqué 
que hice

Y nacerán los ríos sucios que buscarán 
y nacerán los ríos sucios que buscarán 
la salida del mar

Ellos, los mares
me contaron
que al regresar de un sueño
se enfermaron

Trágica inocencia
invade su naturaleza
indefenso, ya no vuelven

Mágica tibieza los envuelve
no se vende cálidos retornos
que no están, que ya no están
para mí 

Y volverán los juegos me dije
como esperando el porqué 
que hice

Y nacerán los ríos sucios que buscarán 
y nacerán los ríos sucios que buscarán 
y nacerán los ríos sucios que buscarán 

La salida del mar



Del elepé en vinilo “Cosas que no quieren morir”, editado por el sello Trova, serie Melopea, principios de 1976 / “Ellos, los mares” abre el lado A del disco / Litto Nebbia Trío, con Jorge González (bajo) y Néstor Astarita (batería), grabado en julio de 1975 / 

Pintura de portada: “Ellos, los mares”, Alexandra Deluca, Acrílicos on Canvas, 1.00 x 70, 2021 / 

Letra y música: Litto Nebbia (Rosario, 21 de  julio de 1948) / Fotos: jmp