miércoles, 19 de octubre de 2016

Marcel Duchamp, Un centímetro cúbico de humo de tabaco


RROSE SÉLAVY

     Rrose Sélavy encuentra que un insecticida debe acostarse con la madre antes de matarla; las chinches son de rigor.

Pregunta de higiene íntima:
¿Es necesario poner la médula de la espada en el pelo de la amada?

Entre nuestros artículos de quincallería perezosa recomendamos un grifo por el que el agua deja de correr cuando no se la escucha más.

La moda práctica, creación de Rrose Sélavy:
Vestido oblongo, dibujado exclusivamente para damas afectadas de hipo.

Cinema anémico.

Aguzar el oído (forma de tortura).

Tomar un centímetro cúbico de humo de tabaco y pintar sus superficies exteriores e interior de un color hidrófugo.

De: Rrose Sélavy (h`1920), 1939.


TEXTOS

     Por condescendencia un peso es más pesado al caer que al ascender.
Las botellas de marca (del tipo de la del Benedictine) obedecen a un principio de densidad oscilante.

De: La casada desvestida por sus mismos célibes (1915 – 1923).


**

     Física de equipaje:
     Calcular la diferencia entre los volúmenes de aire desplazados por una camisa limpia (planchada y doblada) y la misma camisa sucia.
     Transformador destinado a utilizar las pequeñas energías desperdiciadas tales como:
el exceso de presión sobre un timbre eléctrico.
la exhalación del humo de tabaco.
el crecimiento de cabellos, pelos y uñas.
la caída de la orina y de los excrementos.
los movimientos de miedo, asombro, fastidio, cólera.
la risa.
la caída de las lágrimas.
los ademanes demostrativos de manos y pies, los tics.
las miradas duras.
los brazos que se dejan caer.
el desperezarse, el bostezo, el estornudo.
el esputo ordinario y el sanguinolento.
los vómitos.
la eyaculación.
los cabellos rebeldes, la espiga.
el ruido al sonarse, el ronquido.
el desvanecimiento.
el silbido, el canto.
los suspiros, etc.

De: A. Bretón: Antología del humor negro, 1940.


En: Aldo Pellegrini: Antología de la Poesía Surrealista (primera edición 1961), Editorial Argonauta (segunda edición), Barcelona, 1981. Traducción: Aldo Pellegrini.
Marcel Duchamp (Francia, 28 de julio de 1887 – 2 de octubre de 1968). Foto: Man Ray (Rrose Sélavy, álter ego de M. Duchamp. Juego de palabras: Rrose: Eros. Sélavy: C’est la vie. “Eros es la vida”).

martes, 18 de octubre de 2016

Juan José Saer, Fumábamos tranquilos bajo la luna



LA DISPERSIÓN

     La gente de mi generación se dispersa, en exilio. Del ramo vivo de nuestra juventud no quedan más que dos o tres pétalos empalidecidos. La muerte, la política, el matrimonio, los viajes, han ido separándonos con silencio, cárceles, posesiones, océanos. Años atrás, al comienzo, nos reuníamos en patios florecidos y charlábamos hasta el amanecer. Recorríamos la ciudad a paso lento, de las calles iluminadas del centro al río oscuro, al abrigo en el silencio de los barrios adormecidos, en las veredas frescas de los cafés, bajo los paraísos de la casa natal. Fumábamos tranquilos bajo la luna.

     De esa vida pasada no nos quedan hoy más que noticias o recuerdos. Pero todo eso no es nada, si se compara con lo que le sucede a los que no se han separado. Entre ellos el exilio es más grande. Cada uno ha ido hundiéndose en su propio mar de lava endurecida: y cuando miman una conversación, nadie ignora que no se trata más que de ruidos, sin música ni significación. Todo el mundo tiene los ojos vueltos hacia adentro, pero esos ojos no miran más que un mar mineral, liso y grisáceo, refractario a toda determinación. Y si, por casualidad, uno logra contemplar sus pupilas, lo que sucede rara vez, alcanza a ver como el reflejo de un desierto desde el cual el Sahara ha de tener sin duda los atributos de la Tierra Prometida.



En La mayor, Centro Editor de América Latina, 1982.
Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, 28 de junio de 1937 - París, 11 de junio de 2005). Foto: JJS, s/d.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Oliverio Girondo, Pero, quizás, un día


LO QUE ESPERAMOS

Tardará, tardará.

Ya sé que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinudos,
se sacien de adulterios,
de hastío,
de diamantes,
de caviar,
de remedios.

Ya sé que todavía pasarán muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza,
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión,
de ceguera,
de mezquindad,
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces…
¡Ah!, ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
auténticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces,
que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.


De: Persuasión de los días, 1942. En: Persuasión de los días / En la masmédula, Losada, 1998.
Oliverio Girondo (Buenos Aires, 17 de agosto de 1891 – 24 de enero de 1967). Foto: Jmp, City Bell, octubre 2008.

martes, 11 de octubre de 2016

Oliverio Girondo, Es muy posible que no asista a mi entierro


VENECIA

     Se respira una brisa de tarjeta postal.

     ¡Terrazas! Góndolas con ritmos de cadera. Fachadas que reintegran tapices persas en el agua. Remos que no terminan nunca de llorar.

     El silencio hace gárgaras en los umbrales, arpegia un “pizzicato” en las amarras, roe el misterio de las casas cerradas.

     Al pasar debajo de los puentes, uno aprovecha para ponerse colorado.

     Bogan en la Laguna, “dandis” que usan un lacrimatorio en el bolsillo con todas las iridiscencias del canal, mujeres que han traído sus labios de Viena y de Berlín para saborear una carne de color aceituna, y mujeres que sólo se alimentan de pétalos de rosa, tienen las manos incrustadas de ojos de serpiente, y la quijada fatal de las heroínas d’Annunzianas.

     ¡Cuando el sol incendia la ciudad, es obligatorio ponerse un alma de Nerón!

     En los “piccoli canali” los gondoleros fornican con la noche anunciando su espasmo con un triste cantar, mientras la luna engorda, como en cualquier parte, su mofletudo visaje de portera.

     Yo dudo que aún en esta ciudad de sensualismo, existan falos más llamativos, y de una erección más precipitada, que la de los badajos del “campanile” de San Marcos.

Venecia, julio, 1921.


EXVOTO

A las chicas de Flores

     Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.

     Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.

     Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás -empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes, se enciendan y se apaguen como luciérnagas.

     Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo, a todos los que pasan por la vereda.

Buenos Aires, octubre de 1920.

De: Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, 1922. En: Espantapájaros y otras obras, CEAL, 1981.


CALLE DE LAS SIERPES

A D. Ramón Gómez de la Serna

Una corriente de brazos y de espaldas
nos encauza
y nos hace desembocar
bajo los abanicos,
las pipas,
los anteojos enormes
colgados en medio de la calle;
únicos testimonios de una raza
desaparecida de gigantes.

Sentados al borde de las sillas,
cual si fueran a dar un brinco
y ponerse a bailar,
los parroquianos de los cafés
aplauden la actividad del camarero,
mientras los limpiabotas les lustran los zapatos
hasta que pueda leerse
el anuncio de la corrida del domingo.

Con sus caras de mascarón de proa,
el habano hace las veces de bauprés,
los hacendados penetran
en los despachos de bebidas,
a muletear los argumentos
como si entraran a matar;
y acodados en los mostradores,
que simulan barreras,
brindan a la concurrencia
el miura disecado
que asoma la cabeza en la pared.

Ceñidos en sus capas, como toreros,
los curas entran en las peluquerías
a afeitarse en cuatrocientos espejos a la vez,
y cuando salen a la calle
ya tienen una barba de tres días.

En los invernáculos
edificados por los círculos,
la pereza se da como en ninguna parte
y los socios la ingieren
con churros o con horchata,
para encallar en los sillones
sus abulias y sus laxitudes de fantoches.

Cada doscientos cuarenta y siete hombres,
trescientos doce curas
y doscientos noventa y tres soldados,
pasa una mujer.

Sevilla, abril, 1923.

De: Calcomanías, 1925. En: Antología, Página 12 Losada, 2005.


DICOTOMÍA INCRUENTA

Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y forman una mano.

Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
adonde yo me siento.

Y en el preciso instante
de entrar en una casa,
descubro que ya estaba
antes de haber llegado.

Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
y que mientras me rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la tumba,
vestido de esqueleto,
bostezando los tópicos y los llantos fingidos.

De: Persuasión de los días, 1942. En: Antología, Página 12 Losada, 2005.


Oliverio Girondo (Buenos Aires, 17 de agosto de 1891 – 24 de enero de 1967). Foto: Pared, Jmp, Venecia, mayo 2013.

jueves, 6 de octubre de 2016

Alejandro Nicotra, Al fin del día, a las puertas de la fiel estación


ESPACIO

Cumbres que sobrenadan como islas o témpanos,
tibios cielos derivando hacia el sur,

todo es en tu mano adiós y espera,
al fin del día,
a las puertas de la fiel estación.


PRESENCIA

Aún real en la ronda de las cuatro estaciones,
vuelve y vuelve tu hora
―o flor, o fruto, u hoja seca, o escarcha―:

tu memoria, hecha mundo;
su materia, que pesa todavía en mi mano.


ESTANCIAS

     V. A un poeta, in memoriam

Tú no probaste, peldaño y peldaño,
la escala del jardín, sus declives:
                                                  la hora
blanca del sol o negra de la luna
fueron tu herida.
                          Tú no sufriste
la ambigua claridad, la mancha húmeda
que es el aire, aquí abajo.
Terraza alta, seca ―que compartimos:
allí quedaste.


VIRGO

El aliento que vuelve a través de la máscara mortal del leño,
el pie de agua y de piedra con sol,
el flanco puro, sólo aire en el aire:
―Llegas, has mi adiós.


EL MENSAJE

Aún la oyes cantar y barrer.
Cantar, ignorándolo, la luz de su jardín;
barrer las hojas secas.

Cantar y barrer.

(Vibración, allá afuera, de una única cuerda
―ella, arquero con los ojos vendados―,
que ha dado aquí en el blanco.)


CRUZ DEL SUR

Fuego de hielo en la cabeza,
en el pulso de una y otra mano,
en el hueso del pie.
Y en torno sombra, en la que flotan cumbres a la deriva,
con tu memoria, que no encuentra su sitio,
hacia el alba irreal.


MARINA

El grito de la gaviota, en la medianoche de invierno,
eriza la atención
sonámbula,

                y el ojo ve
de súbito, su hora: acantilado, espina.
(Y sombra,

en la memoria ―que te pierde, como
un mar sus islas.)


THÁNATOS
(Tormenta y duemevela)

Lo vi un instante:
el puñal en la mano del trueno,
sobre tus párpados.


ARTE POÉTICA

     1. Celda

Monstruos y mariposas
de la lámpara:
sombras por el cuarto encalado.
He ahí la poesía
de tu hado.
(Su realidad, tu inexistencia.)

Manchas anónimas, sobre el papel desierto;
sobre la noche en blanco.


     2. Noche

Digo tu cuerpo con las manos
                               ─como en voz baja,
como el que sue
ña en su noche carnal
una luna tangible:
                           y se alza,
                                        poesía del tacto,
al espacio de los ojos cerrados,
desde la informe oscuridad,
égloga, himno, epitalamio
su clara efigie.


     3. Imagen

Eres como la poesía
que nunca escribiré. Indecible,
te vestí, sin embargo, de palabras iguales a la noche,
puse en tu mano el anillo de un adiós.

Pero es desnuda como me acompañas.


AZIMUT

De mí a ti, el arco
de casi toda una existencia.
Horas en sombra,
horas en claro.
(Días, noches escritas:
pulso y letra.)
Ahora tu nombre se parece
al de mi muerte.
                         Cuerpo
celeste, contemplado
desde un cuerpo de tierra.


Selección de textos: Jmp. En: “Cuaderno abierto”, Ediciones del Copista, Córdoba, 2000. Alejandro Nicotra (Sampacho, Provincia de Córdoba, 25 de marzo de 1931). Imagen: Lino Claro Honorio Enea Spilimbergo (1896-1964). Arrabal de Buenos Aires (1929).

domingo, 2 de octubre de 2016

Ted Hughes, Celda aislada del mundo


LARVA

Bestia de carga, con ideas de cocodrilo
y cuerpo de feto.

Rastrero absurdo, vives en una barraca,
eres tu peor enemigo.

Tu paranoia es arrastrar un castillo
por ese paisaje lunar, como un tren descarrilado

bajo la tromba del río.
Deberías haber sido cangrejo. No vale la pena.

En marzo las truchas se atiborran
con los despojos de tus dudas y esperanzas.

Cara de avispa, huérfano y abandonado prematuramente.
Das gritos de guerra inaudibles e improvisas

ese apaño hercúleo que es llevar a cuestas tu casa;
puedes pellizcarme el dedo pero

todavía eres un bebé.
Tus ropas campestres de paja, estilo samurai,

tu malla nibelunga de ágatas, solo
afirman fantasías de miedo y hambre.

Date prisa. Súmate a la orgía
aquí entre las hojas, bajo la llovizna,

bajo una carpa endeble de alas oscuras.



UNA ANGUILA

I

Lo más raro es su cabeza. Esa cúpula que cubre el cerebro
madurada de forma extraña, como una carlinga hinchada
con un cargamento enorme. Como glándulas lobuladas
de enorme sensibilidad. Qué extraña es la cabeza de la anguila.
Ese fruto de la evolución, abultado y brillante como una ciruela.
El morro es como el rostro aplastado de una zapatilla,
la boca es una mueca sonriente y mecánica
de depredador frustrado. Y el iris es como oro sucio,
destilado solo lo justo para distinguirlo
del lodo oliváceo de su cuerpo,
de los grumos y granos negros. Y ese ojo prematuro,
con la órbita más grande y con una visión más difusa,
situado detrás del ojo, más pálido, más ciego,
vuelto hacia dentro. Su joroba de búfalo
antecede su avance asombroso.
La aleta pectoral en medio del hombro, concesión
a la vida de pez, se oculta
pegada a su envoltorio: la piel de debajo
muestra la pálida desnudez de las profundidades de la anguila
igual que el vientre, que es como una perla opaca.
Lo más raro es esa piel que parece una huella dactilar, ese tejido gomoso
que la mantiene aislada. Todo el cuerpo
tiene ondulaciones identificativas. Aquí está,
hace flotar los sargazos
con su deseo secreto. Su vida es una celda
aislada del mundo. Su paciencia
es universal y la favorece el amor
de las estrellas inclinadas, como si ella
fuera la única inicial de la Tierra. A solas
con sus millones de años, es el peregrino de la luna,
la monja del agua.


II

¿De dónde viene el río?
¿Y la anguila, mente nocturna del agua,
río dentro del río y al otro lado del río,
nervio nocturno del agua?

No del todo memorioso de la Tierra
ni tampoco del capricho del aire,
ni del sol desbordante. ¿Pues de dónde?

Del fondo del lago de la nada,
sargazo de Dios,
nscido de la espiral vacía de las estrellas,

persona resplandeciente.


En: “Poemas de animales”, Mondadori, 1999. Traducción: Javier Calvo.
Ted Hughes (West Yorkshire, Inglaterra, 17 de Agosto de 1930 – Londres, 28 de octubre de 1998).

viernes, 30 de septiembre de 2016

Sylvia Plath, Cada mañana es su cara lo que sucede a la oscuridad


SOY VERTICAL

Pero preferiría ser horizontal.
No soy un árbol con las raíces en la tierra
absorbiendo minerales y amor maternal
para que cada marzo florezcan las hojas,
ni soy la belleza del jardín
de llamativos colores que atrae exclamaciones de admiración
ignorando que pronto perderá sus pétalos.
Comparado conmigo, un árbol es inmortal
y una flor, aunque no tan alta, es más llamativa,
y quiero la longevidad de uno y la valentía de la otra.

Esta noche, bajo la luz infinitesimal de las estrellas,
los árboles y las flores han derramado sus olores frescos.
Camino entre ellos, pero no se dan cuenta.
A veces pienso que cuando estoy durmiendo
me debo parecer a ellos a la perfección—
oscurecidos ya los pensamientos.
Para mí es más natural estar tendida.
Es entonces cuando el cielo y yo conversamos con libertad,
y así seré útil cuando al fin me tienda:
entonces los árboles podrán tocarme por una vez, y las flores tendrán tiempo para mí.


ESPEJO

Soy de plata y exacto. No tengo prejuicios.
Todo lo que veo lo trago de inmediato
tal y como es, sin la turbiedad del amor o de la antipatía.
No soy cruel, sólo veraz—
el ojo de un diosecillo, con cuatro esquinas.
La mayor parte del tiempo medito sobre la pared de enfrente.
Es rosada, con manchas. La he mirado tanto
que creo que forma parte de mi corazón. Pero se mueve.
Caras y oscuridad nos separan una y otra vez.

Ahora soy un lago. Una mujer se asoma sobre mí,
buscando en mi extensión lo que ella es en realidad.
Luego se vuelve hacia esas embusteras, las velas o la luna.
Veo su espalda y la reflejo con fidelidad.
Me recompensa con lágrimas y gesticula con las manos.
Soy importante para ella. Viene y va.
Cada mañana es su cara lo que sucede a la oscuridad.
En mí ha ahogado a una muchacha, y desde mí una mujer mayor
se eleva hacia ella día tras día, como un pez terrible.


De: “Cruzando el agua”, 1971. En: “Soy vertical. Pero preferiría ser horizontal”, Mondadori, 1999. Traducción: Eli Tolaretxipi.
Sylvia Plath (EEUU, 27 de octubre de 1932 – Inglaterra, 11 de febrero de 1963). Foto: SP en septiembre de 1950.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Silvia Camerotto, Leo bajo el olor rancio del purificador


ENTREGA

El sábado llamaron para decir que el sable estaba listo
Voy a la cocina y sumerjo una cuchara en la taza de café
con la misma lentitud con la que suena
una sinfonía metálica de vainas sobre la pared de piedra
Como en un mapa antiguo
cavo y descavo grampas en la pared
Entrenamientos supinos de la conquista
Solo hace falta un auricular para sostener
la ingravidez preparada a conciencia
la frecuencia con que aceramos las armas.


DEVEGUT

No era cuestión de quedarse con los adminículos
con que se monta una casa:
elegimos la fuente más honda y una docena de cubiertos
El maelstrom donde se fríen los huevos y raspamos el fondo
Placebos para la iniquidad
Ellos gritan en el cuarto de arriba y el café
chorrea sobre los zapatos que dejaste al costado de la mesa
Yo leo bajo el olor rancio del purificador.


EL OTRO

Este es el reino de dos hornallas
platos que se confunden con el hule descolorido
y fermentos de sartenes mugrientas
Pan con hombre ¡alabado seas!
Que no nazca del agua y del espíritu un muerto asomando al vacío
La remoción concluye en el patio del primer piso donde
los vecinos escuchan la Grosse Fuge
Esto se llama perseverancia, decís, con la ventana abierta
mientras mirás a la que estudia medicina
Un pie de barro otro de hierro
altura y resistencia en los restos de una estatua
No temas, seguirá siendo el reino pulverizado
De la cama al trabajo y del trabajo, cada uno a su casa.


TEMPO

Entramos a casa para fugarnos de toda realidad
en la frecuencia infinita de una conexión inalámbrica
no nos damos cuenta
dónde se cuecen las excepciones a las antiguas certezas
Entonces prendés la luz
y hacés la única afirmación que te escuché decir en años:
Voy a comprar un reloj.


HAMBRE

No es cosa de mujeres, decís, mientras me arreglo la pollera
antes de que vuelvan
Busco vino en la heladera
El frasco de mermelada todavía huele a grasa
y la Grosse Fugue no termina nunca
La panera se llenó de migas de pan de ayer
Esta noche cocinás vos para reforzar el reino
Hacéme compañía, pedís
A mí se me fueron las ganas de comer


MÚSICA

                                                                                Why should calamity be full of words?
                                                                                Shakespeare, Richard III

Tocaste un subdominante en fuga
Mi pelo de mujer descansa sobre tu almohada:
el punto de reposo de la duración de las figuras
en tu espalda
en los artefactos del baño
en la pintura blanca del techo
Después de más de treinta años
la connivencia se convierte en gesto de triunfo
Vinimos de lo que somos
no del pollo que almorzamos esta tarde
no de las flores que enviaste
no de la utopía formal con que me sacás la ropa
sino de la alegoría de la rosa
de la aburrida música de Mozart
de la calamidad de los cuerpos.


ACELDAMA

Subimos por los ascensores
abrimos la puerta
ventilamos las sábanas
dejamos levar el pan mientras la ropa humea en una soga
Miramos fotos viejas
buscamos libros, ausencias
Soportamos una historia sin goce
y repasamos la bondad del destino:
procrastinar.
Guardamos la fruta que se pudre en la respiración de la casa
Cerramos la puerta.


Selección de poemas: Jmp. En: “La Grosse Fuge”, Ediciones del Dock, 2012.
Silvia Camerotto (Buenos Aires, 1959). Foto: SC en FB.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Fabián San Miguel, El gran poema ciego


MORRISON SQUARE
(Escenas para una película biológica)


Hay un crujido en la pantalla

secos matorrales se abren
para dar paso a las figuras
de un desfile perpetuo

un cielo y un infierno escenográficos

reflejan sobre el pavimento
húmedo
la salvaje simetría
de algunos cuerpos
indios
amarrados por las entrañas

–¡Ha habido un accidente!
gritan los espectadores ocasionales

mientras fuera de cuadro
el cántico de un niño crece
entre pasiones extáticas

hacia el fondo de las escena
la ruta se transforma

y con la claridad pagana
de la luna
eclosionan en ella
serpientes
como imágenes de la sangre

con las que el niño-lagarto
sobrevivirá a sus ojos
cambiando de piel
como un laberinto

¡Mírenlo vestido de ácido!

Su cuerpo se mece
en la boca dela imagen
por un camino de huesos
que la vegetación del mar
arrancó de sus pies 

y en su mente
el asesino entra a una habitación
con la máscara de un viejo guerrero

la madre-tótem
descansa sobre un espejo falso
mientras el padre desnuda
el último verso
de una canción funeraria

¡Miren al niño!

Hace fluir la marea nocturna
con la suficiente paciencia
para derrotar acantilados

saca la lengua hacia los contornos

y en un fundido a negro
viaja
hacia la imagen de su muerte

¿Vieron en la oscuridad  
a la niña de sexo que atrae?

Su cuerpo posee la voz
que se extiende
como la melancolía

un racimo de palabras
también
es un instrumento de tortura

el ritmo
el golpe o su eco

quién
a esta altura
puede atrapar
a los perros del deseo

sino el vagabundo
que existe en los ojos

Aquí

en la gran caverna de la mente
como en un útero de cenizas
las paredes están tatuadas

profundas escenas de guerras y orgías

aquí en la gran caverna del niño
siente que sus pies son de agua
y su boca dos párpados rojos
por la cacería

aquí

donde el gran poema ciego
exhibe sus rastros en 16 mm.

un plano americano
de los suburbios de París

y el negro alboroto de los bares
fundiéndose en la escena
con una bañera que respira
las canciones
de un cuerpo de celuloide

la imagen final del rito en 16 mm.

la visión de Dionisios
con moscas en los labios.

a Jim Morrison


En: “Perros de la belleza”, Ediciones Último Reino, 1996.
Fabián San Miguel (Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, 17 de noviembre de 1964 – Buenos Aires, 8 de noviembre de 2013).

martes, 27 de septiembre de 2016

Guillermo Saccomanno, El grito en el bosque


ARTE POÉTICA

Toda metáfora es ilusoria. Todo texto, pura precariedad contra el olvido, cuerpos más dóciles.


CONFESIONES

Y seguir contra la página en blanco
donde el poema es lo de más
como si la vida fuera lo de menos.


ANTONIN ARTAUD

La belleza fulgura un instante.
La razón está destrozada.
Y está bien que así sea: ese es su modo, su vieja maña de iluminar los lobos, la oscuridad.
Velo que rasga el grito en el bosque de los huérfanos del delirio.


ARTE POÉTICA

Afilar el poema, sus constancias
insuficientes, no basta.
En todo caso, la conciencia
purgará sus remordimientos
y palabras
si valieran
por acciones
                    que tampoco.


WILLIAM BLAKE

Aceptas los sacramentos
de la perversidad, su pureza.
En tus ojos brilla la inteligencia
del mal. Has entendido que toda pasión es una
y la misma, relaciones sin entrada.
Mientras tanto, palabras en suma, mariposas
nocturnas, trampas para ninguna presa.
Persigues al inalcanzable tigre
cebado en los dibujos de tu sangre,
huyendo en la noche, bautizado amor
como si no fuera serpiente.


VINCENT

No son estas dos sillas. No es una ventana entreabierta. No es una cama. Ni el cuadro sobre la pared sobre la cama, tampoco. Ni es el piso ni es la puerta. Ni son las cosas sobre la mesa. Ni esa toalla (¿toalla?) o ese repasador (¿repasador?), ese trapo (¿trapo?) junto a la puerta.
No es eso, Vincent. Es el infierno.
No el color.
No.
Es uno.


Breve selección de textos, del primer y único libro de poemas publicado por GS. En: “Partida de caza”, Editorial Rodolfo Alonso, 1979.
Guillermo Saccomanno (Barrio de Mataderos, Buenos Aires, 1948). Imagen: Vincent Van Gogh, “El dormitorio de Arlés”, primera versión, 1888. 

lunes, 26 de septiembre de 2016

María Neder, Quemarme todos los inviernos con el mismo frío


BODY AND SOUL

Construirte/montar cada palabra
sobre el falo de ti misma
hembra macho brutal espada poesía
voz/sonido en el aire
explosión quebrándome los huesos
aquí me tenés, renga, viciosa
lamiéndote y desaforada
por escribir/darte en el centro
con este lápiz
con la palabra –siempre la misma sed-
derramarme en oídos de otra lengua
seguir en la respiración alucinada
sin hallar el lugar donde el pie se apoye
exhausta
yo mujer mi hacedora
¡si pudiera!


FISURA DE BOCA

En el espejo hay una cebra.
Subir el volumen de su pelaje y ojos de luna.
Enunciarla.
Una voz en celo.
Una cebra en espejo amanece
por cada línea oscura invitadora.

Ir/yendo hacia los lugares peligrosos
subir una zona real e insegura por lo tanto.
En celo.

Humedecer los gritos
                      -no deberíamos tener tantos nombres-
y decir esta hambruna envuelta en trapos de red
es el hambre de mí.

Ponerse al revés la camisa
y las costuras de mis pieles a la intemperie.
Lamerme la cara a la cebra
en ascenso salvaje
salida del marco del espejo
y lamerme los huecos otra vez
                     -no deberíamos tener tantos nombres-.

La cebra se despega de citas furtivas.
El tren no para en todas las estaciones
las ventanillas espejan escondites de furia
muchos demorados escondites.

Es la caída de todos los templos
ante los ojos de luna de mi cebra en celo.
                       ¿Se equivocan menos las manos?

Qué abajo el suelo y las baldosas, sí
cuatro líneas era cuando las pisaba,
se han convertido en figuras geométricas ideales.

El diccionario no le sirve a nadie,

ella es tímida y difícilmente domesticable
sabe que está en peligro de extinción

hay que subir el volumen de
un bramido fuego orgasmo vuelo pequeña muerte

sentir el temblor
la otra parte
escapada por el tejido abierto.


VICIOS
(Tanti ani prima)

I
Ponerme aquel saco sastre
para oírte, padre:
“ser feliz sin un mango en el bolsillo”.

VII
Escribir y tachar y tachar escribir y tachar.

X
Tomar el mate del desayuno
como si vos, madre, lo cebaras.

XIV
Quemarme todos los inviernos con el mismo frío.

XV
No limpiar el vómito del teléfono.

XX
Volver a tu boca.


En: “Fisura de boca”, Alción Editora, 2003.
María Neder (Buenos Aires). Vive en Villa de Merlo, provincia de San Luis.