lunes, 16 de julio de 2018

FELIPE ALDANA Poemas que el árbol va dejando




LOS POEMAS DEL GRAN RÍO

Mi niña
arena levantada
se puso a llorar en el mar

sus labios
dos pétalos de la inmensidad

la rama
cedió su línea
y el pétalo
conoció el agua

ascendió a su cielo
un racimo de perlas
que el sol
enamoraba en colores

el sauce
en largas contemplaciones
ha exprimido toda su melancolía
en el agua

la barba verde
y fresca
del renuevo
es el esplendor de su alegría

hablábamos bajo los árboles
umbrosos
donde conversan las nieblas

tan
suave
como una lágrima
descendió la noche

del azar
tomó cuatro palabras
las puso de corral
contra los vientos

y esperó una vida
que el infinito
quedara dentro

en los grandes pliegues
del aire de otoño

su voz hablaba

sobre las láminas de oro
que aleteando
descendían el sol

tenía un libro
cuyas páginas
eran flores de ciruelo

un prodigio
al que nadie
nunca
pudo entrar

su mejilla
en la tarde reclinada
crecía palabras
con el gran sosiego de los árboles

al vestir su alma
el silencio

la noche
hilaba ya el tintinear de sus cabellos

había recorrido palomas
se había quitado el vestido
delante de la luna

pasaba la mano
al gato de la piel
por dentro
en la parte acolchada
que la llevaba al amor
y al crepúsculo

llevaba en el hombro izquierdo
la noche

caída
hacia la solapa

le conversaba
y aveces
le ponía escarapelas

olvidó comerciar
esta ocupación tan asombrada

se le había caído
la luna
entre los senos

tuvo miedo
y desde entonces
su dios fue el asombro

los vendedores de frutas
rompieron la mañana
con sus gritos

el río blanco
de los azahares
fue el silencio de la calle

en el arpa lila
del puente colgante
llora la noche
al día
365 crepúsculos por año

celeste la muchacha
entretejía peces
con el cristal del agua

el aire
pesaba sobre sus pestañas

arrojando
las líneas de un cuadrante
en la arena
dpnde el sol
dibujaba las horas

el ejercicio
con materiales tristes
le habían otorgado
un orden melancólico

como si cenara estrellas
en el restaurante de la luna

murió lentamente
de amor a la vida
como los árboles

cuando la última estrella
se hundía en la sangre
del sol recién nacido

cantamos todos
a la orilla de la muerte

bebemos el vino del amor
que da la vida
a borbotones

la muerte
debe de estar preocupada

el otoño
poderoso como un mártir
avanzaba como un barco
cargado de crepúsculo

estaba tan enamorado de la vida
que cada pétalo
era para él
un aniversario

hablaba
sentada a la orilla del crepúsculo

el amor es como una oración
que levanta sus manos trémulas en la noche

y se hace rocío
en el corazón del amante 

asoma octubre
como un viejo barco
que anda entre las flores

los pájaros
construyen su cristalería
por los jardines

el aguaribay
teje y desteje con el aire
tules para la suavidad de la luna

los hijos
son campanas sonando
por las calles del alma

somos campanarios melancólicos
porque el sonido
se nos derrama por los campos

el pañuelo rojo
de la florista
se ha transformado en otra flor

le volvía verdes los ojos
un pequeño jardín
que vivía un poco atrás
en su arrabal

hablaba la gran madre

el camino se une en sus labios infinitos
los prodigios de la civilización
la naturaleza áspera y hermosa

todo esto es tuyo
y tendrá la importancia
que tú le vas a dar

su valor eres

el día
humedece su lágrima general
en el rocío

en la jubilosa tez
de la mañana
el ánimo es un niño
que apretará un sueño
contra los ojos
con el dorso de la mano

de un pájaro muerto en la madera
nació el violín

sus cuerdas
son la nostalgia
del pentagrama del telégrafo
en el azul

octubre
era una mano de azahar

el aire
rezumaba fragancias
hasta una
altura
que me recordaba tu aliento

durante toda la mañana
un pájaro
frente a mi ventana
entonaba sus llamados

la luna es un broche perfecto
ajustando al cielo
los tonos rojizos
de la tarde que cae

la luna es un barco
trayendo a popa
la noche
cargada
como una conquista

su mano
en abandonado desmayo
pulsó una sola cuerda
de la guitarra

fue una estrella
que descendió
al pozo de la noche

el sol es una sonrisa general
en las hojas estremecidas
de los árboles

mi alma
es el zorzal sucesivo
que canta en todos los árboles del camino

la vida
es un acalorado regateo
en la plaza del mercado

donde solamente los locos
tienen guitarra

el poema
era tan
delicadamente triste

que la muerte
se encogió de hombros
y se alejó
cantando


el día muere
sin responder a mis preguntas

las primeras sombras
se deshojan
en mi alma


la primavera le temblaba en la mano
como si temiera perderla

como si fuera esa tristeza
que se cuelga de los coches de plaza

como las hojas de otoño
poemas
que el árbol va dejando caer


se quita la ropa
la mañana
en la orilla del sol

mi vecina
transparenta su rostro
entre los árboles
como dueña de la luz

el alma
se siente crecer para el día


sus ojos
eran una manifestación de guitarras
el ocio
levantaba glicinas en el alma

cuando insinuó un ademán
la rodearon las estrellas


bajo la luna
el sauce
con las barbas en el agua
es un monje budista
meditando sobre la apariencia
mientras su imagen sumergida
medita sobre la verdad


me aturde la sinfonía del mundo

no grites tanto Dios

si bebo dos dedos
más de vino
te romperías en mi corazón


hay que matar al tirano
le dijeron

apareció al otro día
con el costado enrojecido

he comenzado
contestó
matándolo dentro de mí mismo


estaba tan intensamente
triste

que tuvo miedo que la tristeza
le durara

más allá de la muerte


te persiguen las mariposas
por los andenes

entonces eras toda azul profundo
como el mar en la noche

como una palabra que pudiste decir
y amanecía


todo era así
el hombre vivía rodeado
de mentiras seculares

un día se desmoronaron
como paredes
y el hombre quedó solo
como un niño


la higuera desnuda
es una invocación
el callejón
le dio la mano al infinito

la bruma nos funde a las cosas
con su ternura de humedad

el sol que trepa por las ramas
es un creador potente
mientras la niebla habla
esconde medrosa
sus lenguas azules
debajo de los árboles


vivía
el lento edificio interior
de la palabra camarada

era dueño
de las celestes
herrerías de la aurora

Roberto Juárez soldador
trabajaba con estrellas
en la Corporación


en un país donde el otoño
se daba la mano
con la primavera

tenía el lenguaje húmedo
como una caricia
y la paz del alma
como una moneda de plata
en la mano


para decir un solo poema
uno solo
hay que estar loco de belleza

vivir y respirar
el aire especial que desvanece los pinos

cuando ya rindieron su gracia
los aromos

y las hormigas de la lluvia
transportan la noche
en paracaídas transparentes


Por primera vez se presenta completa la serie de “Los poemas del gran río”. En Loco de belleza, Editorial Diario La Capital, Rosario, Argentina, 2008.
Felipe Aldana (Máximo Paz, Provincia de Santa Fe,  21 de febrero de 1922 – Rosario, 31 de diciembre de 1970). Foto: Jmp

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