martes, 30 de diciembre de 2008

Adiós. Yo digo hola. Hola, hola.

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número 06, diciembre de 2008
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Yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola. Hola.

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Tú dices sí. Yo digo no. Tú dices para. Yo digo sigue, sigue, sigue. Oh no. Tú dices adiós. Y yo digo hola. Hola, hola.
No sé por qué dices adiós. Yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola.

Yo digo alto. Tú dices bajo. Tú dices por qué. Y yo digo no lo sé.
Oh no. Tú dices adiós. Y yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós.
Yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola.

Oh no. Tú dices adiós. Y yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola.

Tú dices sí. Yo digo no. Tú dices para. Yo digo sigue, sigue, sigue. Oh, oh no. Tú dices adiós. Y yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós

Yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola. Hola, hola. No sé por qué dices adiós. Yo digo hola. Hola.

Hela, helloa.
Hela, helloa.
Hela, helloa.

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Hello Goodbye - The Beatles
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domingo, 28 de diciembre de 2008

Néstor Mux: dos poemas inéditos


Vecino de compras


Para no contradecir
el ritmo de la naturaleza
avanza lentamente
por el vecindario
sosteniendo la bolsa exigua.

Poca es la compra
y poco parece
el aliento que lo empuja.

Lejos de la deseada
distribución de las riquezas
– empecinado en vivir –
cumplirá su compromiso
de repartir alimento diario,
noticias invariables de la aldea,
panes finales de la sombra.


Es un muchacho que ríe

a Ramón D. Tarruella

Envuelto en lanas
el verano implacable
lo tiene sin cuidado.

Es un muchacho que ríe
excluido de toda razón
y excluido del mundo,
sentado, solo,
en un cantero de la plaza.

Las alternativas
en que parece apoyarse
son igualmente amargas:
se ríe por no llorar
o se ríe de nosotros.

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sábado, 20 de diciembre de 2008

Las Malvinas Rock – Trío Lluvia (circa 1975)


CHAU, LOCO, MATÓ ESE LUGAR


     Siempre me gustó el folk o grupos de reminiscencias folkianas. Escuché por primera vez este tema en 1975. Está en el primer disco del Trío Lluvia (de los hermanos Sardou y la Nora Basile). Es un tema de Jorge Durietz (el de Pedro y Pablo ¿recuerdan?, Miguel Cantilo era Pablo y Durietz era Pedro, o al revés, igual no creo que importe demasiado). El Trío Lluvia sonaba lindo (los llegué a ver creo que en un recital de Vivencia), grabaron 3 Lps (I, II y III) entre 1975 y 1977. Las revistas especializadas (¿?) de la época (tipo Pelo) les dieron con un caño. Buenos compositores les cedieron temas: Willy Gardi (el violero líder de El Reloj) les pasó un blues, “Blues para cierta gente”, en Lluvia II), Durietz un par de temas que después incluyó en otro hermoso disco: “Melimelum”, Charly García dos hermosas canciones en Lluvia III (Pensé dos palabras y Te daré algunas cosas, esta última Charly la grabó en el CD “Sinfonías para adolescentes”, en uno de esos retornos de Sui Generis).


     A los 16 años me gustaba mucho este tema (porque de alguna manera pertenecía a la corriente nacional y popular); distinto fue a partir de abril del 82, cuando los milicos se mandaron la locura de Malvinas, último manotazo de ahogados. Recuerdo que con mi amigo Charli (pidamos peras a Olmo) fuimos al Festival de Solidaridad en Obras Sanitarias. Poco duramos. Nos volvimos por la mala onda y por otras cosas que sería largo enumerar en este espacio. Llegamos de noche a la casa de mis viejos en City Bell, estaba Spinetta en la tele haciendo su set acústico. Después todo terminó con “Algo de paz” (un deseo más que una confirmación).


Poesía y Malvinas: Poemas de Caso Rosendi, Coto, Villanueva, Raninqueo


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Gustavo Caso Rosendi

(de Soldados, inédito)


Una receta para el Gato Dumas

Primero: robarse un paquete de fideos
del cuartel “Moody Brook”
Segundo: ponerlos a hervir en el casco
con agua de una charca cercana
El secreto es el condimento
(la pintura va saltándose del acero
a medida que se recalienta)
Tercero: servir en marmita
perfectamente abollada y tiznada
Cuarto: sentado sobre una piedra
comer lentamente como si fuese
el último bocado que se vaya a saborear

...

Ese día el soldado Aguilera traía el sol
Como un ciprés harapiento
bajo la rama verde de su brazo
el soldado Aguilera traía el sol
No venía con la mirada caída de otros días no
Se recortaba triunfante en la colina
apretando al sol-rehén bajo su axila
contagiado por la luz
Se acercaba como el amanecer
agigantándose a cada paso
Ya entre nosotros lo sujetó contra el suelo
clavó su bayoneta en el ojo dorado
y rápidamente nos llenamos manos
y bocas con esa carne de cíclope
que sabía a dulce de batata

...

PASE INGLÉS

Dados tirados al sol
luego de una noche
en que la mano del destino
nos agitó por las colinas de Wireless Ridge

...

GURKAS

Mercenarios de perfil bajo
(los únicos que los vieron
ya no están)

Cuchillos fantasmales
cortando los sueños

¿Pero acaso nosotros
no veníamos del país de
las picanas sobre las panzas
embarazadas?

¿Quién le tenía que tener
miedo a quién?

...


Patricia Coto

(de Libro de Navegación, 2003)

Piloto Argentino hallado en Malvinas

Lo peor no fue el estallido
ni la pulverización de los huesos.
Lo peor fue ese segundo,
como cuando me caí de la hamaca,
cuando clavé los talones en la piedra
y luego, el pedregullo me segó las rodillas.
Siempre siento un ardor cuando hay humedad
como ahora entre la turba.
Lo peor fue tocarse el mentón
y sentirlo dormido,
como ahora que no escucho mi cuerpo.
Lo peor, el altímetro a pico
y ese ruido acompasado de la cadena de la hamaca,
que se mete entre las escotillas,
que es viento, un misil tenaz,
acaso mi pensamiento.

...

Alejandro Villanueva

(de El viento también recuerda, 1996)

Las llamas alargadas exageran sus muecas de risas de dientes
helados
juegan con las sombras
un naranja mortecino ilumina sus caras
masticamos los restos de una oveja
y los huesos son devueltos al fuego

Desconocidas muertes soplan los leños y
liberan humos en júbilo
pariendo
de sus entrañas una silueta emerge
como espuma en charcos empavonados

Rita pisa las uñas de las llamas
pisotea mi débil espíritu
lleva puesta la tanguita blanca de Villa Gesell
asoman lluvias de sus piernas doradas y un leve
ritmo a cenizas inquietas
la cabeza tirada hacia atrás tiene los ojos cerrados
con sus tetas sacude víctimas y me apunta
su pelo azul abierto
en abanico de póker de corazones estalla

Rita danza transhumeantes bandadas de amor

Las tripas de mis ojos derraman mil susurros
serenos y afligidos
todos vomitamos pedazos de oveja

Rita riega cómicas virutas rojas y la tanga cae
como moneda de plata irritada por el frío
su cuerpo de humo bulle en el delirio hecho carne
huele al carbón de un palacio en llamas

Toman a Rita de la cintura
la bajan del pedestal de fuego
llevan su figura humeante
como el trofeo de un grand-prix
escucho gritos
esa risa que ella enciende cuando está feliz

Las brasas en el fondo de las brasas dibujan cielos infieles
a la soledad le crecen mujeres
de vuelo inverso a la cigüeña

...

Martín Raninqueo

(de Poemas al Flautista, 2003)

Soldados en la trinchera

Aceitunitas del miedo tiznadas,
turbadas en una boca de tierra.
.

Partes de Guardia
Haikus (inéditos)


Percute la lluvia
el techo del pozo
(hago que leo)

.

Noche de frío
(¡que ella me sueñe
a su lado tendido!)

.

Nadie a la vista
Salvo el viento
jugando con una olla

.

Ovejas del monte
de lejos parecen
¡rebaños de nubes!

.

Dulce es el viento
si no arrastra gritos
y esparce la nieve


El estaqueado

Sobre la turba
ramita verde
muriéndose de frío

.

Sol en el monte
Cantamos el Himno
(fingimos coraje)

.

Nadie a la vista
salvo la niebla
que está borrando el Longdon

.

Luciérnagas de muerte
llegando el ocaso
Vienen del mar

.

Brusco es el viento
que empuja a un soldado
herido en el monte

.

Helada tarde
Aturde el silencio
si duda el mortero

.

Copos sobre copos
Caen gotas rojas
(una tras otra)

.

¡Brama, fusil!
Festeja con nosotros
el fin de la guerra

.

Ventisca y tristeza
Camino al Canberra
que está en alta mar

.

Tras la bruma
los niños que fuimos
nos están gritando: adiós

.

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Poesía y Malvinas: Cómo se escribe una guerra por Martín Raninqueo

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Cómo se escribe una guerra

EpA!, 2007


Las Islas Malvinas constituyen uno de los grandes mitos argentinos. Mito clavado en el “pechito argentino” como una escarapela en un guardapolvo. Crecimos con la frase: “las Malvinas son argentinas” sin preguntarnos, salvo algunas excepciones, cuánto de cierto había en esta afirmación. Durante la dictadura desaparecieron 30.000 militantes del campo popular, mientras una buena parte de la población seguía contrayendo los virus del chauvinismo, del patrioterismo y muchos argentinos se autoproclamaban “derechos y humanos” desde una calcomanía pegada en sus autos. Éramos los campeones del mundo. Muchos fueron los que sintieron estar un escalón más arriba que el resto de los países latinoamericanos, a la vez que se agotaban libros como Cuentos para leer sin rimmel de Poldy Bird y se esfumaban los pasajes a Uruguayana para ir a comprar manteles de papel y televisores a color. Éste era el escenario social, a grandes rasgos, en la época de la guerra de Malvinas.

El conflicto que me planteó la vuelta de Malvinas no era pasible de solución intelectual, de manera que comencé a escribir algunos poemas relacionados con la guerra. Poemas para saber. No fue un gran hallazgo de mi parte haber escrito un poema que muestra en estas islas casi simétricas la figura de dos manos. Distintas manos aparecen a lo largo de nuestra historia. Dos manos como las del escudo argentino, las manos del General Perón, aquéllas que saludaban al pueblo y que fueran luego arrancadas de su cuerpo, como fueron arrancadas las islas del territorio argentino, las manos que, con un pulgar hacia arriba, nos decían: “Argentinos, a vencer”, las manos que con un pulgar hacia abajo condenaban a un preso político a ser arrojado a las aguas del Río de la Plata. Las manos que aplaudían desde los cuatro costados de la Plaza de Mayo esta guerra absurda.

Carlos Gamerro, autor de la novela “Las Islas”, nos dice en un artículo de Página 12: “…las Malvinas pertenecen a nuestro inconsciente colectivo, que tiene mucho de sedimento de un incesante goteo ideológico que lleva generaciones, pero aun así, corresponden a nuestro lado oculto, inaccesible a la luz de la razón. Por algo la izquierda con sus pruritos racionalistas nunca ha sabido qué hacer con ellas; para la derecha en cambio, cuya relación con la realidad es básicamente irracional y paranoica, tienen un valor sin límites: lo ínfimo usurpa las proporciones del universo, como puede ilustrar el siguiente silogismo de Brito Lima: Los argentinos amamos a Malvinas. Eva Perón es la corporización de Malvinas. Yo defiendo a la Eva como si fueran las Malvinas. La guerra de Malvinas no fue una guerra anti-imperialista, si bien hay una parte de verdad en ello. A mi entender, ésta es la misma falacia que utilizó Thatcher para legitimar su guerra contra nosotros: Como nos enfrentamos a una dictadura, estamos a favor de la democracia.”

El Ejército de la “Argentina Potencia”, formado en la ideología de Napoleón, de Hitler, que implantó la Doctrina de Seguridad Nacional, el 2 de abril de 1982 pretendió ilusoriamente el reconocimiento de sus mayores por el trabajo de “limpieza” realizado contra el campo popular y por su colaboración con la Contra-revolución nicaragüense. Pero a partir de Malvinas, los países poderosos no se han enfrentado entre sí. Por el contrario, se han unido para ejemplificar al Tercer Mundo, así como a todos aquellos que se atrevan a intentar sacar los pies del plato. Luego de la caída de la dictadura, sobrevinieron políticas de “desmalvinización” y alineamiento a las grandes potencias, ejemplo de lo cual fue el ex presidente Carlos Menem cuando enviara dos tristes barquitos a pelear al lado de los ingleses en la Guerra del Golfo en la época de las “relaciones carnales”.

¿Cómo se cuenta una guerra desde la literatura? Mi respuesta es que se debería escribir del mismo modo en que se aborda cualquier otro tema, es decir, con los mejores recursos estilísticos, de retórica, de poética, sumados a la intuición que el autor emplea invariablemente. Como ejemplo, existen de hecho distintas formas de contar una guerra: los relatos de Ambrose Bierce, novelas como “Los Pichiciegos” de Rodolfo E. Fogwill (que el autor empezó a escribir antes de la rendición argentina y con ausencia del elemento épico), “Las Islas”, anteriormente citada, donde el autor relata la historia de Felipe Félix (un hacker ex combatiente que descubre que la guerra no ha terminado), los poemas de Thomas S. Elliot, Guillaume Apollinaire, Giuseppe Ungaretti, la poesía Palestina de combate, el sitio Poets Against War, que agrupa a poetas de todo el mundo en contra de la guerra de Irak y donde participa, entre otros, el poeta norteamericano Lawrence Ferlinghetti, y etc.

Al cumplirse el 25to. aniversario de la guerra del Atlántico Sur, varias publicaciones dedicaron un espacio a la reflexión sobre Literatura y Malvinas. En el número 9 de la revista Puentes, Martín Reyero sostiene: “El ámbito Malvinas ya está en nuestra literatura. Pero hay todo un espectro de voces posibles que no suena en él. Las voces de aquellos para quienes a la vez Malvinas es una batalla que no cesa y una metáfora de su tragedia. La inexistencia de esas voces resulta un problema de la literatura argentina, cada vez más proclive a generar un solo tipo de voces: las asignables a la clase media de las ciudades. ¿Cuántos ex soldados de la Matanza, Corrientes o Chaco acceden -como Felipe Félix- a una computadora? ¿Cuántos no tienen trabajo, vivienda, asistencia sanitaria, agua corriente y un largo etcétera?”

La poesía argentina también ha escrito sobre Malvinas. Quizás entre los poemas más recordados caben mencionar “Juan López y John Ward” y “Milonga del muerto” de Jorge L. Borges. En algunos artículos publicados sobre el tema se omite, seguramente por desconocimiento, el libro El viento también recuerda (Ediciones Último Reino, 1996), realizado por ex combatientes que residen en la ciudad de La Plata y prologado por Vicente Zito Lema. La característica de estos textos, a diferencia de otros tales como los incluidos en la antología Cómo los poetas les cantaron a las Malvinas (Editorial Plus Ultra, 1978), es la de huir de las prerrogativas nacionalistas y de reivindicación de la causa justa. Los poemas y relatos de El viento también recuerda nos conmueven desde otros lugares: la visión de Alejandro Villanueva que alucina a su novia Rita emergiendo entre las llamas de una fogata, o las líneas contundentes del poema “Abril nos traería” de Gustavo Caso Rosendi. Otros poetas platenses se han acercado al tema desde distintos ángulos. César Cantoni incluye a un ex soldado y sus secuelas post-Malvinas en el poema “Portal de San Ponciano” de su libro “Cuaderno de fin de siglo” (Ernesto Girard Editor, 1996): “...Hay un ex combatiente sin un brazo / vendiendo baratijas...” Por otra parte, Patricia Coto versifica la experiencia fatal de un piloto de avión en “Libro de Navegación” (Axis Mundi, 2003).

Probablemente las últimas publicaciones poéticas sobre el tema pertenezcan al periodista Carlos Giordano con su libro “Malvinas” (Edulp, 2005), y a “Soldados” de Gustavo Caso Rosendi, que contiene algunos poemas que ya han salido a la luz en diversas revistas nacionales y extranjeras -además de en algunos sitios de Internet como en poesía la plata- pero que aún no han sido editados.
Para finalizar, diría que escribí mi guerra con mis miedos, mis dudas, mi aversión al chauvinismo y mis contradicciones, pero sobre todo con mucho silencio. El silencio del cielo, imperturbable ante nuestra tragedia. “Porque la verdad necesita pocas palabras”, a decir de Gamerro y “…la mentira habla sin parar”, tal como lo hace cada 2 de abril, cuando escuchamos discursos vacíos en cada palco armado para la ocasión. Poemas y canciones que escribí con el silencio que nos debemos cada 14 de Junio. Y, citando nuevamente al autor de “Las Islas”: fecha de la derrota de la guerra y de la recuperación de la incómoda cordura de la realidad.”

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Martín Raninqueo es músico y poeta platense. Publicó El viento también recuerda (1996), Poemas al Flautista (2003), editó el C.D. Poemas (2000) junto a Gustavo Caso Rosendi e integra diversas antologías. Participó en el XV Festival Internacional de Poesía de Rosario (2007). Como músico, grabó Después del incendio (1998), Ffff (2001) y Gorrión Criollo (2007). Formó parte de dos producciones colectivas: Música de Mercociudades (1999) y Adentros (2005).
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"Malvinas: Postales de retaguardia" por Carlos Aprea


Malvinas: Postales de retaguardia

EpA!

Por Carlos Aprea


A los muchachos que aún osan recordar,
sobre sus propias heridas
y son fieles a la inocente valentía que cayó en Malvinas


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2 de abril de 1982

Alrededor de la mesa familiar nos encontrábamos los cuatro hermanos y mi madre, atrapando entre sus manos un gastado delantal. Todos silenciosos y aún azorados frente al televisor, que inundaba el mediodía de sones triunfales de guerra. Entonces irrumpió el viejo, con esa convicción violenta, que impedía toda sombra sobre la hondura y honradez de sus sentimientos, pero también dejaba fuera toda posibilidad de duda, de sospecha, de pensar de otra manera.
-¡Por fin estos milicos hijos de puta hicieron algo bueno!- Vociferó, casi a los gritos, como cuando un referí vendido cobra penal para el lobo, tres minutos antes del silbato final, y nos salva de una derrota. Era difícil no contagiarse de esa alegría rabiosa, de esa descarga. Aún cuando en ese mismo instante, el discurso alucinado de un general en el balcón de la Rosada, nos ensombrecía el rostro y el mismo escalofrío de terror silenciaba a mis hermanos y a mí. Desde el barrio, siempre alejado de todo, veíamos a la multitud por la pantalla; el mar de banderas argentinas, los gritos de muchos, que se parecían al viejo, y el rictus sonriente del “sublime” borracho general. Me levanté en silencio, me fui al fondo de casa, prendiendo un cigarrillo, y no pude dejar de pensar en ese preciso lugar de la huerta, donde hacía unos años atrás, mamá quemó todos mis diarios y revistas políticas, urgida por el miedo y los chismes de las vecinas.


25 de mayo de 1982

Salimos callados de la improvisada sala de ensayos. Un frío garaje con entrada imperial, una de las tantas casitas de italianos del barrio de Los Hornos. Yo estaba contento, sin embargo. El ensayo había sido bueno. Hubo “química” entre el flaco y yo, el Bufón y el Rey, los protagónicos de una obra difícil, un gran desafío para un actor inexperto pero entusiasmado. Nos conocíamos poco con el tano, el había llegado de Italia, pocos meses atrás, donde resolvió su destino de director teatral, y nos contactamos en una clase común de entrenamiento corporal. Esta era una época de pocas palabras calientes y muchas miradas, todos buscábamos algo indecible y entre nosotros circulaba aún la invisible serpiente del miedo y su peor cría: la sospecha.
Caminamos hacia el colectivo, absortos en nosotros mismos. Hice algunos comentarios sobre las reiteradas modificaciones al texto, que el tano insistía en proponer, mientras caminábamos bajo un cielo nublado y ráfagas de viento helado.
Entonces el tano gritó, con la voz cortada por una emoción largamente masticada:
- ¡Qué mierda estamos haciendo acá, mientras esos pibes están cayendo como pajaritos!.
Permanecí callado unos cuantos metros, golpeado por esas palabras inesperadas. De pronto asomaba un tipo con su historia y sus dolores, y pisaba impunemente a la maldita serpiente.
– Hacemos teatro, hacemos lo que podemos hacer, para cuando vuelvan.- Dije, en vos alta, tratando también de convencerme, con mis propias palabras, que esa vida nuestra tenía algún sentido. Apenas lo lograba en esos días, cuando cada encuentro verdadero se parecía al hallazgo de una piedra preciosa.
El tano me miró, con una mezcla de rabia y derrota que yo no conocía en él y como surcando un cuchillo destemplado, tajeó el aire con sus ojos:
- ¿Cuántos volverán?,¿y cómo?, ¿a dónde, a qué país?-
No pretendía una respuesta. Yo no podía improvisar ninguna, comprendía entonces que el arte del actor no elude la verdad pero se nutre apenas de la verdad posible.


12 de junio de 1982

¿Porqué estaba allí, en la esquina del Camino Centenario y Arana? No alcanzo a recordar ahora. Necesitaba cigarrillos. Era media mañana. Tenía una campera azul oscuro, la barba crecida y desalineada, el pelo largo, lo recuerdo. Pero no sé qué carajo estaba haciendo ahí esa mañana. No tenía auto en esa época y era media mañana, supongo que sábado, porque de lo contrario hubiese estado trabajando. No lo sé. El caso es que crucé las calles en diagonal, desde la estación de servicio, directo al pequeño quiosco y pedí Particulares. No se porqué, pero no estaba de buen humor.
Me atiende un viejo, de una edad difícil de precisar ahora, tendría 55 o 60 años pero estaba medio arruinado, demasiados años en una oficina o en ese quiosquito destartalado.
-¿Y?,¿qué le parece?- me dice, mientras me entrega el vuelto- ¡Al final estos pendejos cagones perdieron...!-
Lo miré a los ojos, entre el vidrio partido de la ventanita por donde me atendía. Miré a los ojos de esa cara grasosa y gastada, vaya a saber por qué rutina o cuántos años de renuncia y cobardía. Por adentro, algo subió de mi, abrupto como un vómito, y le grité:
-¡Viejo hijo de puta!, ¿porqué no fuiste vos allá?, ¡porqué no te anotaste como voluntario y te cagabas bien de frío, antes de hablar pelotudeces!.¡Hijo de remil putas y la puta madre que te parió!-El pobre imbécil reculó, espantado, temeroso. Yo me fui. No se para dónde iba. Me fui temblando de rabia, de asco. Con ganas de pegarle a alguien, con ganas de encontrar refugio. Llorando. El cielo seguía nublado. No se para dónde iba. No se cómo me fui.

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Carlos Aprea nació en La Plata en 1955. Tiene dos libros de poemas publicados: La intemperie, 1999 (cuya versión completa editamos en POESÍA LA PLATA) y Abrigo, 2006. Más poemas: http://www.laintemperie.wordpress.com
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viernes, 19 de diciembre de 2008

Acerca de los libros “Museo de varias artes” y “Palabras en Juego” de Juan Carlos Moisés

EpA!, 2007

Poema-vida, poema-hombre

Por Virginia Fuente

Palabras en Juego
Juan Carlos Moisés
Ediciones La Carta de Oliver, 2006

Museo de varias artes
Juan Carlos Moisés
Ediciones El Camarote, 2006


“Palabras en Juego” y “Museo de varias artes” son los dos últimos libros del escritor chubutense Juan Carlos Moisés (Sarmiento, 1954).
La mirada detenida del hombre sobre la propia escritura, sobre el poema y sobre la naturaleza los transita, desplegándose en dos propuestas singulares. Los poemas breves de “Palabras en Juego” condensan la inquietud, la reflexión, la práctica de la poesía y la vida mientras que en “Museo de varias artes” el tiempo es fundamental para el desarrollo del poema. La extensión de los tres poemas que conforman este libro refleja en la forma la maduración de los ciclos naturales y los de búsqueda y trazado de la experiencia de vida y la materia poética.

Palabras en Juego” (ver antología y entrevista a Moisés en el espiniyo /04) está dividido en dos partes: “Romper el poema” y “Escribir el poema” en las que las palabras indagan en la búsqueda de una forma, de una materia particular que diga otra cosa, o que va en la búsqueda de decir algo huidizo: en la primera parte el sentido, la esencia del poema, eso que el poema es y no puede decirse porque no está en las palabras sino en la experiencia, de la escritura y de la vida. El poema es experiencia y vida.

En la segunda parte, lo que se dice es la experiencia, que es poema. Entonces, primero se rompe el poema para lograr el encuentro (el enfrentamiento) con uno mismo, con la soledad, la búsqueda, los primeros trazos que empezarán a tomar forma: primero romper el poema para luego poder escribirlo: hablar del hombre, de la vida, la síntesis de la praxis vital que es la escritura del poema. En esta segunda parte surge la vida del hombre, la infancia, el amor, el paso del tiempo en la imagen de un invierno persistente. Ése es el encuentro al que lleva este libro, encuentro vivo entre poesía y existencia. Moisés traza ese camino en poemas breves, donde la experiencia vital de la poesía está condensada. Los poemas son pequeñas figuras certeras que abren la lectura en múltiples direcciones:

como los dados
un instante antes de detenerse
”.

“El damasco”, “El manzano”, “El ciruelo”, son los tres poemas que conforman “Museo de varias artes”. El hombre observa el árbol, la naturaleza, la vida. Mira el detalle del árbol:

esas ramas desiguales modifican
las cosas dispuestas de antemano
”,

mira la historia de esa vida, y la historia propia que el árbol le devuelve. La naturaleza en su transcurrir le devuelve al hombre una imagen de su existencia y entonces observa de manera activa, reflexiva, perceptiva, siente la vida del árbol y su vida, y esa vida se traduce en palabra, el hombre siente en la palabra, por la palabra:

mirándolo me miro a la cara
para interrogarme
…”,

dice la voz que recorre el poema en “El damasco” y en “El ciruelo”:

La nieve nos recuerda cosas
y produce asociaciones que se adelantan
a los hechos y a la esquiva
finalidad de la poesía
”.

Entonces, el árbol ya no es árbol: es poema. El poema que le devuelve al hombre la imagen de sí mismo, las ramas del poema en las que se despliega la vida. Los mundos se cruzan y queda a la vista lo que los contiene y es su sentido (significado) y fundamento: el poema-vida, el poema-hombre,

cosa viva, en continua rebelión,
inapresable
”.

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Virginia Fuente nació en La Plata en 1976, aunque vivió en Trelew hasta su adolescencia. Es profesora en Letras. Coordina Talleres literarios y da clases de lengua en escuelas secundarias. Tiene publicado un libro de poemas: Otro lugar (Edulp, 2006). Poemas de VF en
POESÍA LA PLATA.
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domingo, 7 de diciembre de 2008

Acerca de nuestra leyenda original: “La Plata, ciudad de poetas”

EpA!, 2007

Divagaciones humorísticas en torno al ejercicio legal de la poesía

Por Guillermo Pilía

Mi amigo Juan Pablo Silveiro es un caso extrañísimo dentro de la historia de la literatura platense. Llegó, como tantos otros jóvenes, del interior de la provincia a fines de los 50. Ingresó a la carrera de Letras, y apenas recibido, publicó un sobrio libro de poemas, muy bien impreso, con versos medidos y rimados. Nunca más volvió a editar, y aunque de tarde en tarde despunta el vicio componiendo alguna poesía jocosa, se sentiría muy ofendido si alguien lo llamara “poeta”. Digo que mi amigo Juan Pablo es un ejemplar rarísimo, porque la mayoría de los que pululan en el ambiente literario, con mucho menos antecedentes, no sólo no sienten vergüenza cuando se los llama “poetas”, sino que se sentirían agraviados si alguien se olvidase de hacerlo. En cualquier otro lugar del mundo, quizá la cosa no sería tan grave, pero en La Plata, que es la “ciudad de los poetas”, la cuestión es mucho más peliaguda.

Según las estadísticas, siete de cada diez habitantes de la ciudad se consideran poetas. Cualquiera que haya escrito unas rimas de amor o alguna coplita futbolera se siente en su derecho de ser llamado así. ¿Y quién tiene la autoridad suficiente para denegárselo? Acá la gente nace sabiendo que esta es la “ciudad de los poetas”; nada más natural, entonces, que casi todos nos sintamos con atribuciones para titularnos como tales. Ahora bien, como decía el maestro Domingo Ortega, una cosa es dar pases y otra muy distinta es torear. Pero si en el mundo de los toros esto está muy claro, en el de la literatura, donde las cornadas son a veces peores, la atmósfera es quizás más confusa.

Primero habría que analizar de dónde viene eso de la “ciudad de los poetas”. Sabemos que La Plata es muy joven, apenas 125 años, que en términos históricos es nada. El problema de las urbes recién fundadas es que no tiene leyenda, pero como los hombres no podemos vivir sin esa dimensión que aguije nuestra fantasía, entonces tenemos que inventarla. Un par de hechos fortuitos se conjugaron para armar nuestra leyenda original: el nombre de La Plata surgió de la cabeza de un poeta, José Hernández; después, el día de la fundación, una poetisa escribió un poema alusivo que se depositó bajo la piedra fundamental. El destino de La Plata estaba así, de alguna manera, marcado.

Por aquellos años —1882, 1883— esta era una especie de ciudad fantasma. Pero en 1885 se instaló aquí el primer poeta, Matías Behety, con su tisis, su alcoholismo y su melancolía romántica. Apenas si vivió en la ciudad unos meses. Murió y fue sepultado en el cementerio de Tolosa. El resto de la historia es bastante conocida: cuando se trasladaron los cuerpos a la actual necrópolis, apareció un cadáver momificado y fosforescente, que no era otro que nuestro primer poeta. El pueblo peregrinaba al cementerio para contemplar a la momia y hubo quienes le atribuyeron incluso poderes curativos. La leyenda ya estaba instalada, y hasta con componentes sobrenaturales.

Después de Behety, llegó a La Plata para sobrellevar sus miserias el bueno de Almafuerte; vivió —su correspondencia es bien clara al respecto— malhumorado y dependiente del alcohol, y murió lleno de deudas. Vino después la generación que Rafael Alberto Arrieta llamó “la primavera fúnebre” de La Plata: Abigail Lozano, Pedro Delheye, Héctor Ripa Alberdi, Alberto Mendióroz, Francisco López Merino... Todos murieron muy jóvenes, algunos con demasiada precipitación. El paradigma fue López Merino, quien agregó la nota trágica del suicidio. La Plata no sólo iba cumpliendo con ese destino original azaroso, no sólo era una ciudad de poetas, sino de poetas que la pasaban mal, morían jóvenes o trágicamente.

La leyenda de la “ciudad de los poetas” terminó de sellarse con la “generación del 40”. Ya habían pasado los tiempos románticos de Behety, Almafuerte o López Merino. Por razones económicas, profesionales o intelectuales, llegaron a La Plata un conjunto de escritores del interior de la provincia, que aquí se mixturaron con los bardos locales, que no eran pocos. Este fue un momento particularmente rico para nuestras letras, porque casi simultáneamente estaban escribiendo aquí Albarracín Sarmiento, Amaral, Casey, Catani, Ciocchini, de Isusi, Fiori, Ghida, Granata, Guglielmino, Lahitte, Mombrú, Núñez West, los dos Ponce de León, Pousa, Venturini, Tiberti; e iban afilando los lápices Casalla, Lerange, Alba Swann, Porro, García Saraví, Silvetti Paz, Speroni. Quizás fue este el momento en que la leyenda cobró más visos de realidad.

A los que nacimos después, ya nos contaron de chicos que esta era la “ciudad de los poetas”. Nos mostraban la casa de Almafuerte, el busto de López Merino, la tumba de Behety. De vez en cuando, incluso, llegaba hasta aquí algún poeta ilustre: Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego, Rafael Alberti. Por si fuera poco, abríamos el diario y nos encontrábamos con “Prosa y verso”. Nada más natural que muchos de nosotros —siete de cada diez, según las estadísticas— quisiéramos ser poetas.

Pero ya lo decía el maestro Ortega: una cosa es dar pases y otra muy distinta es torear. Una cosa es escribir versos y otra diferente es ser poeta. Evidentemente, no basta con haber nacido en La Plata, con saber que Panchito se suicidó en el Jockey Club y que Fernández Moreno estuvo aquí de practicante cuando la ciudad todavía era una aldea. ¿A quién hay que dar el tratamiento honorífico de “poeta” y a quién hay que negárselo?

Alguien podrá decir: “Un poeta, para merecer tal título, no sólo tiene que escribir, sino también publicar sus poesías”. Por lo tanto, será más poeta quien más publique, quien demuestre una continuidad en la gaya ciencia a lo largo del tiempo. Pero este criterio, en una ciudad de tan curiosa vida cultural como la nuestra, pronto queda desacreditado. Hubo grandes poetas que publicaron muy poco, por ejemplo Alberto Ponce de León, que editó un solo libro; y sin embargo, a nadie se le ocurriría poner en duda que fue un gran poeta. En contrapartida, hay otros casos de versificadores sumamente prolíficos, que sacan a la luz uno o dos libros por año —también habría que discutir a qué llamamos “libro”— y a los que, no obstante, sería descabellado considerar poetas.

Es evidente que un poeta no se mide por lo que publica. Es más: hubo el caso en La Plata de uno que se resistió heroicamente y durante muchos años a publicar. Su propósito era crear otra leyenda: la del poeta que fue tal y pese a que nunca publicó. Finalmente, un editor amigo se largó a publicarlo y yo mismo hablé en la presentación del libro, con lo que el legendario poeta pasó a engrosar la fila de los poetas que no tenemos leyenda. Todavía queda un caso más asombroso: el de un poeta —en el sentido original de la palabra— que nunca escribió nada, y a despecho de esta contingencia llegó a ser presidente de la Sociedad de Escritores.

Otros podrán decir: “Un poeta se mide por el reconocimiento de los demás poetas”. Si seguimos esta lógica, entonces será más poeta el que tenga más participación activa en la vida cultural, o el que haya obtenido más premios literarios, ya que es fundamentalmente en los concursos donde los escritores más experimentados valoran a los bisoños. Pero pronto nos damos cuenta de que es otra falacia. Hay personajes abonados a la sección de sociales de los diarios —suelen fotografiarse junto a los directores de cultura de turno—, mientras que otros trabajan honestamente en las sombras, al margen de los contratos oficiales. ¿Y los premios? Un poeta como Horacio Preler —poeta cabal y con mayúscula— sólo consigna en sus datos un premio literario, mientras que otros llenan páginas con la enumeración de sus lauros. ¿Es más poeta que Preler uno que obtuvo cuarenta veces la décima mención de honor en los juegos florales de El Zapato? Preler sólo menciona un premio, pero es el premio de poesía de la Academia Argentina de Letras...

Como puede verse, la cuestión no es nada fácil, y el origen del problema es el haber nacido o vivido en una ciudad a la que llaman “de los poetas”. En la práctica de la convivencia literaria, las aguas parecen separarse con mayor claridad. Por ejemplo, los verdaderos poetas tienen mucho olfato para detectar a los que no lo son, o a los que se apartan del buen camino. A una cena a la que se había invitado indiscriminadamente a cualquiera que se considerase versificador, llegó una famosa figura de nuestras letras y, mirando a la sala colmada de gente, me dijo: “Qué lástima que no haya venido ningún poeta”.

Una posible solución al problema sería la de determinar, mediante instrumentos científicos, quién está habilitado y quién no para el ejercicio legal de la poesía. También se llama a La Plata “la ciudad universitaria”, y no por eso el setenta por ciento de los platenses se hace llamar “doctor”; para ello existen las Facultades que examinan a los aspirantes y confieren los títulos de grado o de posgrado. De la misma manera, podría constituirse un Organismo, un Alto Tribunal que otorgue el título de “poeta”. Y un Colegio de Graduados en Poesía que vele por el correcto ejercicio de la profesión, imponga el silencio a quienes no son “poetas matriculados” e incluso inhabilite a los que no son solidarios con sus pares y se dediquen a hacer rosca con el diablo.
Mientras aguardamos la llegada de algún mesías literario que encuentre la solución al problema de la “ciudad de los poetas”, lo mejor es que las cosas sigan como hasta ahora, un poco mezclada la Biblia con el calefón. Cuando La Plata tenga no ya 125 años, sino 1250, quizá todos los que hoy nos consideramos con fueros de poetas estemos en el más absoluto olvido. Y acaso entonces los arqueólogos exhumen la obra inédita de algún ignoto versificador de café y lo declaren ante el mundo como el poeta emblemático de la ciudad.
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Guillermo Pilía (La Plata, 1958) es profesor en Letras, poeta y escritor. Sus últimos libros son "Herido por el agua" (poesía, 2005), "Días de ocio en el país de Niam" (cuentos, 2006) y "Vicente López y Planes y El triunfo argentino" (ensayo, 2007). Es director de la Cátedra Libre de Literatura Platense “Francisco López Merino” de la Universidad Nacional de La Plata.
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