jueves, 7 de enero de 2016

José Antonio Cedrón, Teníamos la tierra, la raíz de las plantas


ENTRE LOS JEROGLÍFICOS HALLADOS…

Entre los jeroglíficos hallados en tu almohada
enfrentarás la mueca de los días.
La distancia idealiza.
El sueño solamente demora esa costumbre.
Las miradas de entonces
no quieren saber nada.
La mano que aún extrañas acostumbró su piel
al paso de tu ausencia.


TENÍAMOS LA TIERRA, LA RAÍZ DE LAS PLANTAS…

Teníamos la tierra, la raíz de las plantas,
los metales, la piedra.
Yo te amaba.
Teníamos ciudades, gobiernos, sacrificios,
líderes, predicciones, guerreros, bandoleros.
Teníamos rebeldes
teníamos las clases, la explotación, la lucha
de las clases, la barbarie, las leyes.
Pero yo igual te amaba.
Sabíamos rezar, combatir, cosechar.
Sabíamos cazar, torturar y matar.
Sabíamos reír, llorar, besarnos.
Teníamos dioses, semidioses, reyes,
armas, madera.
Teníamos pirámides y chozas y enemigos,
hambrunas, desnudeces.
Pagábamos tributo.
Teníamos idiomas, dialectos, oraciones,
maíz, pueblos vecinos, rutas.
Sabías que te amaba.
Teníamos envidias, celos, muertes absurdas,
casamientos, suicidios, crueldades, sacerdotes.
Teníamos canoas, sectas, enfermedades,
pestes.
Teníamos artistas, cementerios, hijos,
mejillas, putas, ceremonias.
Teníamos calendarios, promesas, medicinas.
Teníamos hermosos nombres,
ternuras, incendios.
Solíamos tener sueños para volar,
plumas para volar.
Sabíamos danzar, embriagarnos, tallar,
darnos la mano.
Conocimos el paso de los tiempos
y de los vientos.
Teníamos pasado, presente y porvenir.
Adoramos al sol, entre otras cosas,
al escribir lo hicimos del lado del poniente
le dimos a la piedra nuestras vidas
no teníamos ruinas
sabíamos quiénes éramos.
Después del desembarco de esos hombres
que fueron descubiertos
llegaron otros, y otros, y otros.
Aquí tuvimos barro, fuego, pájaros, peces.
De esto hace mucho tiempo.
Nada ha podido hacer que no te amara.


NO HUBO LUCHA DE CLASES…

No hubo lucha de clases cuando dimos batalla
sólo daños menores en la mampostería
cuyos antecedentes no pueden atribuirnos
fallas de construcción en el armado del cielo
incontrolables nubes y neblina constante
durante el acarreo de la luz.
Rasguños en la piel también menores
cansancio en la energía de los astros
que dieron de morder.
Sí algo de lava y polvo que escaparon
por las escaleras de emergencia
que no sería honesto negar aquí.
Caricias que acabaron despertando combate.
El roce de la carne con los filos del tiempo.
Me deslicé en tu cuerpo como por esos pueblos
que después de sus calles el desierto.
No te besé la espalda ni las piernas
para que la tormenta
no entrara en tu equipaje.
Ahora, con más calma, mirando
por los ojos de huellas y testigos
¿qué margen le darías a este temblor
en la escala de Richter?


En libro “Actas”, Editorial Tierra del Fuego, México-Buenos Aires, 1986.
José Antonio Cedrón (Buenos Aires, 3 de octubre de 1946). Poeta.
Foto: José Antonio Cedrón en FB.

miércoles, 6 de enero de 2016

Billy Bond, Sólo pálidas tendrás


LA PÁLIDA CIUDAD

En esta pálida ciudad pibe
donde no te llega el sol
En esta pálida ciudad pibe
no verás amanecer
En esta pálida pibe
los pulpos te aplastarán

En esta pálida ciudad pibe
donde no te llega el sol
En esta pálida ciudad pibe
sólo pálidas tendrás
Te atrofiarán la inspiración pibe
los pulpos de esta ciudad

En esta pálida ciudad pibe

En esta pálida ciudad loco

En esta pa pa pa pálida


En contratapa del vinilo, autor del tema: Kubero Díaz.
En elepé: “Billy Bond y La Pesada del Rock and Roll, Volumen 2, Rocks + blues + rocks + rocks = Billy Bond y La Pesada,” (conocido también como “La oreja”), 1972. Al final, Pin (violín) y Pappo (piano) nos regalan “Vida y obra del Negro Julio”. La Pesada es en este disco: Billy Bond, Kubero, Medina, Pinchevsky, Javier Martínez, Poli Martínez, Pappo, Gambolini, Lar en piano. La Pesada en este tema es: Alejandro Medina (bajo), Javier Martínez (batería), Kubero Díaz (guitarra), Jorge Pinchevsky (violín), Bondo (voz).

Sergio Kisielewsky, Nada se balancea más que tu pie descalzo


PISO FLOTANTE

III

Nunca te hablé con palabras.
Me decís que vas a tomar ese avión.

Ahora tu voz es un delantal.
Vuelvo a mirarte y asusta.
El mundo se quiebra como un plato de sopa.

Damos vueltas, respirás
y dan ganas de ser el aire.

Es la caída del corazón al rocío.

En el reservado del bar te encuentro.
Es un armiño con el ruido del tren
que pasa entre nosotros como un fantasma griego.

Tenés un duende en el paladar
te subís a la taza, girás, olés al día,

vuelo en tu alcoba y deseo a tu pie
y a la terraza que se llega sin escalera.

No volveré a verte.

Comprás frambuesas en El Bucanero.
Sólo un trozo de aire en el Abasto
que gira hacia el mundo de los hoteles
que nada alumbran.
Sólo tus hombros adorados por la luz.

El tiempo se dispara como loca marquesina.
Silbás a rabiar
y no hay quien lo detenga.
No es el Parque Chacabuco.
No es Alchurrón  tocando la guitarra en las peñas del 79.
No es la tarde donde jugaban con Laura
(“Le pedí a Dios  que viniera”).
Y algo se movió de cuadro.
Creo que la tarde llegará hasta el mar.

Te veo en la calle de la Agronomía.
Veranito a las diez de la noche.
Tu corazón es un idioma con arco y flecha.

Nada se balancea más que tu pie descalzo.

Sos un deleite intratable
que ejerce su pasión por las brasas
por el calor de la carne haciéndose.

Estoy en la calle esperándote.
Es un leve motor que tengo.
Volvé te digo, la orilla es tu pie, tus manos que acarician de a cuatro.


VIII

Cuando me pasabas bronceador por la espalda no sabía que te perdía.
No hay picaporte que me lleve lejos.
Sólo cuando me hablabas de la avenida en Lomas
o cuando celebrabas mi cumpleaños te ibas por el sendero.

Traías la torta de Duna, el corazón oblicuo, la guirnalda
en el Sauce Viejo.
Mientras la yarará se muerde a sí misma y el desayuno en Varadero
no se parece a nada.

No hay poción que me lleve al cántaro y a la fuente.

“Otra vez la navidad”, me dijiste.
Tenías puesto un vestido turquesa
y ya no pude pensar.


XVI

Se reían los compañeros
mientras el cenicero se llenaba
mientras tanto papá siempre
dejaba algunos atados
por si alguien quería fumar.

En cambio con vos
caminé por última vez por Rivadavia
antes del verano en Gesell.

Buscábamos una malla
pero sólo era una excusa
porque los dos sabíamos
que ya el parque no era para nosotros.

Que ya está, fue suficiente.





En: “Nunca te hablé con palabras”, Editorial Babel, Córdoba, 2015.
Sergio Kisielewsky (Buenos Aires, 1957).
Foto: John y Yoko, la guerra ha terminado si lo queremos, 1969. Mirella Moretti Ph, 1970. 

martes, 5 de enero de 2016

Pastoral, Una visión tan hermosa como irreal


GUSTAVO, ESFUMADO TRAS LAS HOJAS

Gustavo, esfumado tras las hojas
presiento casi que respiro hoy de
tus fosas, y construyo con cada
átomo mis lágrimas cuando en el
jardín las dalias quieren ser vos.

Tiempo de mañana cerca en letras
y distante que ha de traerte envuelto
en parte de espera, siento tu fuerte
respirar agitado de viajar, por todo
el cuerpo de quién te hizo aquí llegar.

Sé que sos una visión tan hermosa
                                  como irreal.
De la mañana en que te vi, esfumado
                                  tras las hojas.


De “En el hospicio”, segundo elepé de del dúo Pastoral: Alejandro de Michele (Buenos Aires, 5 de junio de 1954 – 20 de mayo de 1983) y Miguel Ángel Erausquin (Buenos Aires, 5 de enero de 1955), 1975.
Todas las canciones del disco escritas y compuestas por Alejandro de Michele y Miguel Ángel Erausquin.
Producido por Litto Nebbia (dirección y arreglos). Músicos: Néstor Astarita (batería), Carlos Testai (bajo, contrabajo, guitarras). Juan José Mozzalini (bandoneón en un tema).

Luisa Futoransky, En mi boca todos los caminos de la vida


MESTER DE HECHICERÍA

A María del Carmen Suárez

Hay que comer un corazón de tigre joven
para tener afiladas las zarpas;
hay que llegar al centro de la estepa
y cortarle la lengua a un lobo hambriento
para poder hablar con la luna;
hay que peregrinar con los tarahumaras
para ser rico en silencio;
hay que sufrir el celo de todos los animales
para conocer los ritos del amor.

Recién entonces, mujer,
ve al encuentro de tu hombre
y camina a su lado por las estaciones;
no vuelvas la cabeza para llamar a tu inocencia
porque con ella alguien prepara
un nuevo sortilegio.


CIRCERÍA

A estos hombres
los transformé en versitos
y los confiné en libros y revistas
porque, con los tiempos
que corren, no es cosa
de andar encima procurándoles bellotas
ni margaritas, para los días
de guardar.

En cuanto a Ulises, ése, de Itaca,
díganle que de áspides, sapos
y mastodontes como él
tengo llena la sartén.
Además, el juego (circense)
de las resurrecciones
no es más una especialidad mía.
Yo ahora, tejo.
Créanme.


VENDETTA

Para darte
flor de susto
me gustaría
disfrazarme
por un rato
de Ángel Exterminador.


RAZÓN DE ANATOMÍA

me he besado con poetas, pintores, cineastas
empleadas, jew princesses, rateros, hippies
ingenieros, tenores, guerrilleros

en mi boca todos los caminos de la vida

es tiempo/ de ocuparme de mis pies


MASATSUGO

El padre cose kimonos.
La madre trabaja de peluquera.
Masatsugo toca un tambor que se llama taiko
y duerme en el suelo del negocio.
La madre ayer llorando le dijo que basta de música
que hay que ganarse la vida de otra manera.
Fuimos al cementerio budista de los samuráis del barrio
a pasear con mi cachorro Tango.
Bebimos saké y nos acostamos.

Lo mejor que tiene es que aun dormido, se sonríe.


RESTAURANTE DE EKODA

singular hallarse aquí
ante una tevé, un buda con baberito
una pagoda en construcción envuelta en una lluvia tenaz y persistente
no una pesadilla, no un sueño renacentista con persas a la veneciana
sino madera y agua, agua, tablones y alguna rana desprevenida
me han servido ya el pescado crudo que late todavía
y no es ilusión de mi delirio
lo han partido en tiras finas y le han puesto un pequeño crisantemo en el corazón
y las flores y las algas le dilatan la agonía
porque la vida, según creo, suele tardar en despedirse

pero yo no he saboreado jamás la sangre del vencido
porque no tengo pasta de vencedora

en un peringundín de la estación ekoda
no sufro por muertos ni por vivos
me levanto, capeo la desdicha
y dejo que la lluvia me destiña, con paciencia


MEMA DE MEMO

cosas para hacer en otra vida
antes de que me olvide
como en ésta

darle una patada en el culo a más de cuatro
ir a un concierto de rock tan fumada
revolear un gato por la cola
patear tachos de basura en la madrugada
bailando puro trompo
borrachita de amor


En: “De dónde son las palabras”, (antología, selección de Ana Becciu), Plaza & Janés, 1998. Selección para Aromito: Jmp.
Luisa Futoransky (Buenos Aires, 5 de enero de 1939). Foto: LF en FB.

lunes, 4 de enero de 2016

Edgar Bayley, Entonces sí


LLEGARÉ POR SIEMPRE A TU COSTADO

no somos más que dos
lo somos todo
un hombre una mujer
los dos llamados

alguna vez alguna
tendremos juntos
caolín lámpara fuego

entonces sí
habrá llegado
no un minuto
ni dos
sino por siempre
llama bordón canto guijarro
la incandescente noche
y el día prodigioso

entonces sí
vendrán horas rubí alba mañana
entonces sí
llegaré por siempre
a tu costado
al cuerpo todo
y a tu voz
y tu llamado

por siempre
los dos
un solo río
más allá de jazmín casa cultivo
segura puerta
y llanto cerrazón corral olvido
y tarde sayal viaje deseo
y la esperanza trunca

más allá del nunca nunca
muertevida esplendor
rosal manzana

no somos más que dos
un hombre una mujer
sin lumbre ni ventura

alguna vez alguna
en otro tiempo
quizás
en otro cielo
tendremos juntos
caolín lámpara fuego


En: “Alguien llama”, Editorial Argonauta, impreso el 25 de agosto de 1983.
Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990).
Foto: Cecil A. Sarandon (Alemania, 1974). 

domingo, 3 de enero de 2016

Edgar Bayley, No habrá nunca un día perfecto


UN SOL

No hay una naranja perfectamente redonda
No hay un día perfecto
Hay un sol para los que han peleado contra las sombras
sin rendirse jamás
de noche
de día
a orillas del lago
bajo el sicomoro y el sauce
entre las rocas y las anémonas
Para ellos hay —habrá— un sol
porque han peleado contra las sombras
contra su propia oscuridad
su turbia lámpara
su ignorante desgano
Para ellos

habrá un sol
pero no hay
no habrá nunca un día perfecto
una naranja perfectamente redonda




En: “Alguien llama”, Editorial Argonauta, 25 de agosto de 1983.
Edgar Bayley (Buenos Aires, 1919-1990).
Foto: Naranjas en City Bell, Jmp. 

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mario Jorge de Lellis, Los ricos mercaderes que creyeron que América no es de carne y hueso


CANTO A LOS HOMBRES DEL DÓLAR

                                                                
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
                                                                                        Hay mil cachorros sueltos del león español.
                                                                                                                                     Rubén Darío

Por suerte están muy lejos.
Por suerte se terminan poco a poco,
declinan sus abyectos cauces,
se anuncian como son —monedas—,
escupen chicles, tienen guatemalas.

Porque donde fueron posible intervención,
donde vieron la fruta sazonada
al alcance del brazo que encajona,
no dudaron de hacerlo.

Porque donde se hallaron
     con guano, con petróleo,
con estaño sudado,
con cajeras bonitas y fábricas textiles,
con sucios pescadores de lampreas,
con terrenos de caucho
o magros buscadores de oro en las riberas,
o pequeños patrones de chatas en los puertos,
o aun con simples piedras del paleolítico;
donde hallaron lo útil,
la clásica ganancia para su impavidez,
lo embarcaron en anchas bodegas trasatlánticas,
lo custodiaron mucho
y le dieron destino de usinas o de acciones.

Por suerte están muy lejos.
Por suerte ya no tienen talismanes que los salven
y hacen que otros abran sus ventanas,
sus viejas banderolas,
vean de lleno el sol que fecundó las mieses,
vean de lleno obreros, cargadores,
     muchachos sin comer,
jerárquicos pastores con la biblia al hombro,
católicos creyéndolos
y raspajes de muerte
     en mujeres queridas de turismo,
y entonces es posible que esos otros
los vean como son
y piensen libertades
y crean en el unto de amor de las familias
y busquen desprenderse.
(Se desprenden).

Porque ellos caen de pronto
—felices capataces de las tierras volcánicas,
de las islas varadas en medio del océano,
de las quintas cargadas de rocío
donde crece el tomate como un coágulo,
de la locomoción,
     de la primera plana y el teléfono—
caen sin que nadie diga qué importancia
tendrá darles, de más, metros de tierra.

Pero al caer transforman, miden, quitan.
Y con la venia dulce de la luna
se instalan mercaderes de los sueños.
Porque acabadamente,
con letreros y avisos y empresarios
se hicieron democracia en el ocaso
y en el duro maíz
y en la sal de los trópicos.

Porque rastreramente,
con la corbata chic del diplomático
intervinieron muelles, jeroglíficos,
lugares donde matan a cuadrúpedos,
tallarines cantados, ejércitos de negros.

Porque impecablemente
vinieron a llevarse bandoneones
y se fueron.

Porque tardíamente
dieron el oro a cambio del obrero
y con sus duros ganglios de bandidos
después de comprobarnos el declive
se nos fueron.

Porque pusieron pie y robaron tierra.
Porque nosotros somos
ese ejército limpio de cachorros
con un diente en la lengua y un puño en cada lance
y un amargo sudor donde acabadamente
han de caer los hombres de los dólares,
los cajeros del caucho y del petróleo,
los que nos dieron luz sin alumbrarnos,
los ricos mercaderes que creyeron
que América no es de carne y hueso.


En: “Cantos humanos”, Edición El escarabajo de oro, 1966. Colección dirigida por Liliana Hecker. Cuidado de la edición: Vicente Battista.
Mario Jorge de Lellis (Buenos Aires, 1922-1966). Imagen: Detalle tapa “Cantos humanos”. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Carlo Bordini, Es lindo no saber



POLVO

Siempre seré un poco menos de lo que soy,
mejor dicho, mucho menos. Polvo. He perdido mucho.
Lo que se pierde es irrecuperable, y si se recupera
ya está disperso, no vuelve a entrar en el orden establecido
de las cosas. Me alegro si de mí
no queda nada más que un ligero
envoltorio. He perdido
mucho. En esta levedad,
lo que más importa es la ausencia de agudos,
que todo sea redondo y recogido. Y con eso
basta. Todo lo que se ha destruido puede volverse redondo,
y más redondo. Como un jarrón. Todavía es posible.
El polvo se puede recuperar. El polvo una vez era
detritos. Y ahora no es detritos,
es lento, friable. El polvo
es algo menos, pero puede
juntarse. Las heridas
pueden volverse polvo, recogido
y concluido. Me alegro
por no entender las cosas. Sus
razones. Hay cosas que ignoro, y me
alegro. Aparecen como misterios,
tranquilas. Por ejemplo,
la chica que veo siempre, ¿me ama
o no? No lo sé. Me alegra
no saberlo. Me alegra no saber
si la quiero, o más bien, sé que no la quiero, que podría
quererla; me alegra
no saber si hubiese podido amarla. Este misterio
me tranquiliza más que su amor.
Es lindo no saber. No saber, por ejemplo,
cuanto viviré,
o cuanto vivirá la tierra.
Esta suspensión
substituye a la eternidad.


Traducción: Martha Canfield (Montevideo, Uruguay, 1949). En “Polvo”, 2015.
Carlo Bordini (Roma, 1938).
Foto: JMP. Carlo Bordini, de espalda, en una calle de Roma, mayo de 2013.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Bruno Di Benedetto, Dejar el tendal



I. LA ROPA DE MAÑANA

Es primavera.
La cuerda bien tensada.
Trapitos al sol.


La vieja ropa
retorcida por el cuello:
caen, caen las gotas.


Rastros de jabón
en esta ropa oscura:
fregar de nuevo.


Cantar y coser.
Atar el hilo de agua.
Soplar botellas.


Manchas de sangre
en la sábana usada:
o amor o crimen.


Un calzoncillo
está perdiendo color.
Mala calidad.


La toalla seca
recuerda el agua clara
de la desnudez.


Las medias cuelgan,
las vence la humedad.
Dos no son un par.


Un repasador
bien repasado de sol:
la boca seca.


El pulóver chorrea
agua negra en el jardín.
Mueren hormigas.


Gran agujero:
la polilla no deja
pecho al abrigo.


Qué buen charquito
bajo las ropas al sol:
el tiempo pasa.


Un hombre cuelga
la ropa que no sabrá
usar mañana.



Fuente: Blog personal de Bruno Di Benedetto.
Bruno Di Benedetto (Avellaneda, provincia de Buenos Aires, 1955). Desde 1979 reside en Puerto Madryn, provincia de Chubut. Foto: Cecil A. Sarandon, Alemania, 1974.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Daniel Ponce, Como la monja del poema


LA MUJER QUE REZA

Como la monja del poema de Vitier,
la mujer del subterráneo
iba rezando el rosario,
fija en su oración,
mientras la ventanilla, a su espalda,
era un fondo líquido y urgente.
Es seguro que rezaba
por todos y por mi.
El rostro era reconcentrado,
oscurecido por la profundidad
de la intención
como el de un jazzista.
El mentón contra el pecho,
las manos hilando sus cuentas,
el sabor secreto de ciertas frases.
Yo esperaba que abriese los ojos.
Su ímpetu la llevaba
lejos de todo,
lejos de mi mirada interrogativa.
Creí, durante un rato,
que sus palabras inaudibles
eran mi consuelo.


YO FUI SHAKESPEARE

Si estas temblorosas manos hablaran
como alguna vez hablaron para dar noticias
a los que susurraban desde los asientos
tan apegados a su mugre y a sus mendrugos
que el aliento ganaba el escenario, ajo, cebollas,
vahos de animales que respiran su agonía,
dirían que ya no consiguen
sostener ni una gardenia ni una mansa hormiga
delante de los ojos para estudiar su cuerpo:
escuetas partes anudadas y acción sin sosiego.
Y si sostuvieran algún peso, por módico que fuera,
no sería para levantar la pluma y firmar, de nuevo,
delante de los usureros que me incriminaban
con los ojos, uno enclenque, de cara plana,
sin gestos, como un pupitre, y otro
seboso, comido de viruela y voz de trueno,
con cincha de caballo en el abdomen,
para convertirme en el vicario de Shakespeare,
en el testaferro que distraería al enemigo
cuando arreciaran los reclamos, abandonado
a su suerte, como los reos que se envían
a morir a las Indias o tragados por el mar.
Firmé fingiendo que era Shakespeare
y vestí sus ropas que olían a hervor de coles
y lo espié cuando urdía sus intrigas
sumando pagarés y escondiendo monedas.
Fui Shakespeare para los que no pisaban el teatro,
aquellos señores golosos del infortunio ajeno,
los dueños del oro, reptiles de la codicia,
los prestamistas, y también fui Polonio,
Gertrudis, Oliver Matatextos
y, mientras Heminges estuvo enfermo,
fui Macduff y Goneril.
Durante meses usé una barba falsa,
tejida con pelo de nutria, y un aro brilloso,
similar al de Shakespeare aunque menos notorio.
Debía comparecer en sitios prohibidos,
conducirme con modales olvidados, dejar rastros
en rincones de mala reputación
y, si me importunaban acerca del estilo,
repetir que la poesía debe causar perplejidad.
Mi naturaleza sumisa me hizo pecador

de pecados impropios y recibía mi paga:
un jornal de bufón y algunas propinas
de impostor y de mensajero.
Viví de favores hasta hoy,
luego de que Shakespeare se retirara
para morir en el cottage de Will Underhill
que fue envenenado por un hijo mezquino.
Los años me amigaron con el hinojo,
las rosas y el perdón.
Condell me hizo posar para un grabador
luciendo la vieja barba postiza
con el fin de remedar a Shakespeare
en la portada del libraco
que reuniría sus libretos.
El impresor hizo suprimir la barba
por indecorosa
y sólo preservó mi bigote.


POEMA

De algún sitio
debo obtener el poema,
allí donde se esconda
estoy obligado a extraerlo,
sucio de barro o iluminado
por una palabra enigmática,
detrás de un concepto
o cautivo en una historia,
en las páginas del diccionario
u oculto en el poema de otro.
Debo deducirlo
de una escena pasajera
o de la terca obsesión
que malgasta mis días.
Debo atraparlo vivo
a riesgo de que se desvanezca
en el aire.
Debo abandonarlo, falsificado,
en esta página,
y recomenzar su búsqueda.



Poemas inéditos del libro “Tiempo y azar”. Capítulo “Transfiguraciones”. Selección de textos: Jmp.
Daniel Ponce (Buenos Aires, 1956). 
Foto: Cecil A. Sarandon, Alemania, 1974. 

martes, 15 de diciembre de 2015

Carlos Dariel, Ese árbol


ÁRBOL INCLINADO

se podría decir que ese árbol
inclinado
vulnera la tarde y el río

se podría atribuir a esa inclinación
deseo
o impulso de otredad
entonces
no ya árbol
sino su después

y por qué
me pregunto

por qué esta urgencia de imitarlo


RETRATO

esa mano
que se arruga sobre la mesa
es también
una historia de la alegría
que ya nadie lee


SEÑALES

comienza otro día
y mientras desayuno
una mancha en la pared
desvía la mirada y la captura para sí

ahora soy esa mancha que miro
para reconocerme en ella
para confirmar la sospecha
de que sólo somos
lo que resta de cada acto
la borra de lo bebido

cierto calorcito
en la memoria de alguien



Carlos Dariel (Buenos Aires, 1 de agosto de 1956). Reside en Haedo, provincia de Buenos Aires.
Foto: Liliana Varela. El Precio, Ciclo de Jorge Figueroa y Carlos Dariel. Viernes 18 Septiembre 2015.

Moris, No hay nada más importante










ESTO VA PARA ATRÁS

Yo no pretendo que pienses como yo,
y yo tampoco los quiero convencer,
pero algún día yo tenia que explotar,
y decirles que esto va para atrás.

Muchos de ustedes no pidieron nacer,
en este mundo que es frió y cruel.
Si por mí fuera los haría volver,
y esperar 1000 años para nacer.

A nuestras madres no podemos volver,
ellas dirán “hijo qué, qué puedo hacer”.
Ahora me acuerdo que este mundo
también las golpeó y tampoco pidieron nacer.

Todos nacemos y todos morimos,
y nadie sabe por qué y para qué,
de ese misterio se ocupan los años,
y yo me ocupo de poder vivir.

Si hay que nacer y vivir y morir,
las guerras, el hambre y el sufrir.
No hay nada más importante, eso yo me convencí,
Es que el que nazca viva en un mundo feliz,
que el que nazca viva en un mundo feliz.


En primer elepé solista “30 minutos de vida”, 1970.
Mauricio “Moris” Birabent (Buenos Aires, 19 de noviembre de 1942).

lunes, 14 de diciembre de 2015

Alberto Szpunberg, Yo sé que mis palabras


VIII.

Yo sé que mis palabras trazan la ausencia
y nada ni nadie ni nunca,
ni siquiera ella,
colmará el infinito asombro.

En qué mar, vaya a saber, será el reencuentro
en qué mar arrojado contra qué rocas,
en el embate de qué tiempo,
contra el trabajo sucio,
imperceptible,
del olvido.


En: “El libro de Judith”, El Suri Porfiado, 2008.
Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940). Foto: JMP. AS en Bernal, circa 2011. Archivo de la talita dorada.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Litto Nebbia, Un barco que se aleja en busca de otros mundos


REFLEXIONES DE UN HOMBRE SINGULAR

Camina por la calle
y dime si no sientes
que alguien te persigue
y te hace sentir mal,
y te hace sentir mal.

La imagen pasajera
de un sueño ya perdido,
te hace ver que es mentira,
ya todo terminó,
ya todo terminó.

Y sigue caminando,
y prendes un cigarro
que vive intensamente
mientras contigo está,
mientras contigo está.

Y cruzas por un parque,
lo miras, te detienes,
te acuerdas de tus libros
y aquel viejo reloj,
aquel viejo reloj.

La hoja que se muere,
te anuncia la llegada
del otoño que antes
a ti te vio nacer,
a ti te vio nacer.

Y así llega el verano,
disfrazado de sueños,
que algunos se realizan,
y muchos quizás no,
y muchos quizás no.

Un barco que se aleja
en busca de otros mundos,
te dice que hoy comienza
tu hora de vivir,
tu hora de vivir.


Letra y Música: Litto Nebbia. En elepé (primer disco como solista): “Litto Nebbia”, 1969.
Litto Nebbia (Rosario, 21 de julio de 1948).
Palabras de Litto Nebbia: "Iba a cumplir 20 años, y la compañía discografía me acusaba de arruinar un negocio impresionante por la separación de Los Gatos, yo había empezado a grabar un disco solista mío con cuerdas, con orquesta, quería hacer otro tipo de canciones, me pararon el disco y me dijeron ¿como le vas a poner Litto Nebbia? Nadie se va a acordar de es nombre. Tuve una discusión bizarra y asquerosa, y justo sale la oportunidad de esta película (“EL extraño del pelo largo”), que el personaje cuadraba conmigo, vivía en una pensión, pobre, que escribía canciones, me dan el guión, me dijeron tachá lo que te parezca, y de las doscientas páginas taché ciento y pico. La película hablaba de mi generación y estaba todo mal contado, no era así. Entonces arreglé correrme de mi personaje, y conseguí que el que hacía de mi representante sea el que se casara con Liliana Caldini, que era un bombón, por lo tanto me facilitó que no tenga que hablar en la película. Canto cuatro o cinco canciones en la película, que le empezó a ir muy bien en todos los cines, entonces la compañía saca a regañadientes el simple de “Rosmery” y en una semana vendí 54 mil copias, ahí nace Litto Nebbia (…) “Voy el primer día de filmación, me levanto a la mañana, me tomo 7, 8 ginebras para parecer un hombre, y llego con mi pelo largo hasta los hombros, me llevan a maquillar, pero me dicen “Te vamos a hacer un corte”, y me empiezan a cortar el pelo. Armo un quilombo total, me pongo como un gato salvaje y les digo: ¿Pero esto no se llama “El extraño de pelo largo”?, y el editor me dice “Si, pero no tan largo”.” (Fuente: de una entrevista radial, s/r).

En La Perla, 2013.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Luis Alberto Spinetta, Todo el derredor del mundo


REFLEX

por un lado, el deseo arbitrario e incomparable de poblar la oscuridad casi sin recuerdo alguno.
poblar la soledad del alma, a lo que a veces se recurre al navegar la vida, llenándola con algo que no puede ser comprendido.
en sí, el alma, para no degradarse, no aparece (en el supuesto de poder ser comprendida).
ningún alma merece el castigo de la comprensión

manera de lanzarse,
vuelta,
y otra vez
tiene que lanzarse,
tiene que interpretar la pasión,
la pasión,
invertebrada,
la pasión.


TUTO

¿qué más cielo para mi alma, el ave,
que tus labios, todo el derredor del mundo?

la realidad ante la belleza luce efímera,
los pensamientos
aquellos deseos,
surcados en la diáfana noche
por los luceros que son acaso el olvido.

(parece ridículo que la felicidad no exista, así, como tal
porque la antecede el universo mismo y luce quieta).


En: “Antología Poetas Rock”, compilador Gustavo Álvarez Núñez, La Marca, 2003.
Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 23 de enero de 1950 – 8 de febrero de 2012). 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Francisco Urondo, Casi al alcance de la mano


LA VIDA POR DELANTE

A Matilde Herrera

Por qué hoy, precisamente,
voy a sentir miedo, teniendo
la seguridad de que mamá nos cuida, como
hace tantos años, y
llora desde la puerta
porque estamos enfermos y vamos a morir.

–Mamá no lloraré nunca
desde la puerta: hace frío
cuando alguien se enferma de cuidado
y puede morir–

Por qué hoy se me ocurren
estas cosas tan consabidas; por qué
no hablo de la revolución social o del sufrimiento
anegado en una mujer
de quien su hijo está enfermo; del desarme de la ternura, de
las mareas, de los coches de plaza, de los
cereales, que más no fuera.

–Ah soledad que no puedo
romper. Ah tristeza
aquerenciada,
dueña de tanta memoria­–

Por qué hoy no puedo estar alegre. Descuido
lo que tengo, no he sabido vivir, suelo
mirar la vida del otro lado de una puerta. Tengo
frío y ganas de vomitar, te hago
cosquillas en la palma de la mano
para que sonrías un poco, para que me olvides
un poco, para que sueñes un poco, para que saltes
un poco
dormida,
asombrada, lejos, mirando
desde la puerta.

Por qué hoy me doy cuenta de que nunca he tenido
talento para el amor; por favor
una mano; por lo que más quieran,
si llegan a necesitarme, no se olviden de mí. Hoy no puedo
hacer otra cosa que esperar inútilmente
desconsolado, con rabia, con desidia, con miedo,
con vergüenza, con todo lo de siempre: la puerta un poco
entornada, cerca de allí, casi al alcance de la mano.


De: “Del otro lado” (1960-1965). En: “Poemas”, Colección La Honda, Casa de las Américas, Cuba, 1984.  
Francisco “Paco” Urondo nació el 10 de enero de 1930 en Santa Fe. Murió, combatiendo a la dictadura militar, el 17 de junio de 1976.

martes, 8 de diciembre de 2015

Gabriel Báñez, Nueve meses antes de que muriera



NUNCA ESTUVE CON BORGES

     Nueve meses antes de que muriera, le hice un reportaje a Borges. Fue en el departamento de la calle Maipú. Supongo que estaban Beppo, el gato, y Fanny, el ama de llaves. Fanny me hizo pasar y al ingresar, de reojo y por la puerta a medio entornar, vi la habitación y la cama que había sido de la madre de Borges, doña Leonor Acevedo. Pulcra y tendida, con un edredón rosado al medio, como una tumba de dos plazas. Con olor a matrimonio percudido, algo así. El viejo se asomó balbuceante y me extendió una sonrisa, los dedos de filamentos. Lo tomé del brazo. Tenía las comisuras húmedas y un bastón radiante, que extendía con ingravidez. También algo de rancia nobleza en cada uno de los gestos, en la solapa del traje oscuro, en la manera de sonreír al bies. No se manifestaba torpe, al contrario. Pero sí disfrutaba de mostrar instantes de indecisión. Pensaba y evocaba en vivo, con dilatada sabiduría, titubeando ante sus propias palabras. El fraseo: imaginé que doblaba las páginas de una ajada enciclopedia en un día de viento, avanzando y retrocediendo, leyendo por tramos. Hablamos. Le hice preguntas idiotas, respondió cosas bellas. Transmití de ese encuentro un pésimo reportaje, ostentoso, inteligente quiero decir. Se extendió en Almafuerte, en López Merino, en poetas de La Plata, mi ciudad, que yo hasta ese entonces buscaba negar. Hoy amo a Almafuerte, sigo negando a López Merino. Seguro que nunca lo querré. Borges habló luego de unos versos de Evaristo Carriego, desmintió a Kafka y también se mostró interesado por Matías Behety, otro de los poetas fundacionalmente vinculados a mi ciudad. No sé qué le dije de la poesía de Matías Behety. Algo ignorante, seguro. Luego Fanny le acercó una taza de té y el viejo la bebió lamentablemente, con sorbos como chasquidos. Me despedí, preguntó por el origen de mi apellido, y ya no recuerdo qué dedujo. Una etimología vulgar, seguro. La olvidé. Eso fue todo. Ni una miserable foto del encuentro. Ningún otro recuerdo memorable. Nada para destacar. A los cinco días reproduje en "El Día" un reportaje opaco. Desvaído y sin vuelo. Es una suerte, me repito siempre, poder seguir leyéndolo desde el balcón de los que no lo tocaron ni lo compartieron. No, jamás estuve con él.


17 de agosto, 2007. En blog “Corte y confección”.

Gabriel Báñez (La Plata, 1951 – 2009). 

lunes, 7 de diciembre de 2015

José Emilio Pacheco, Lo que antes nunca


ESPEJO

En el momento preciso
el espejo revela su más profundo secreto
y dice lo que antes nunca había dicho.





En “Tarde o temprano” (Poemas, 1958 – 2009), Fondo de Cultura Económica, 2009.
José Emilio Pacheco (México, 30 de junio de 1939 – 26 de enero de 2014). Foto: Notimex. 

martes, 1 de diciembre de 2015

Fernando Pessoa, Mi manera de estar solo


YO NUNCA CUIDÉ REBAÑOS…

Yo nunca cuidé rebaños,
Pero es como si los cuidase.
Mi alma es como un pastor,
Conoce el viento y el sol
Y anda de la mano de las estaciones
Siguiendo y mirando.
Toda la paz de la Naturaleza a solas
Vino a sentarse a mi lado.
Pero yo sigo triste como un crepúsculo
Para nuestra imaginación,
Cuando hace frío en el fondo del llano
Y se siente que la noche ha entrado
Como una mariposa por la ventana.


Pero mi tristeza es sosiego
Porque es natural y justa
Y es lo que debe haber en el alma
Cuando piensa que existe
Y las manos recogen flores sin que ella se dé cuenta.


Con un ruido de cencerros
Más allá de la curva del camino
Mis pensamientos están contentos.
Sólo tengo pena de saber que están contentos,
Porque, si no lo supiese,
En lugar de estar contentos y tristes,
Estarían alegres y contentos.


Pensar incomoda como andar bajo la lluvia
Cuando el viento crece y parece que llueve más.


No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.


Y si deseo a veces,
Por imaginar, ser un cordero
(O ser todo el rebaño
Para andar desparramado por la ladera
Siendo muchas cosas felices al mismo tiempo),
Es sólo porque siento lo que escribo en el crepúsculo
O cuando una nube pasa la mano por encima de la luz
Y corre un silencio más allá de la hierba.


Cuando me siento a escribir versos
O, paseando por los caminos o por los atajos,
Escribo versos en un papel que está en mi pensamiento,
Siento un cayado en la mano
Y veo mi silueta
En lo alto de un cerro,
Mirando mi rebaño y viendo mis ideas,
O mirando mis ideas y viendo mi rebaño,
Y sonriendo vagamente como quien no comprende lo que dice
Y quiere fingir que comprende.


Saludo a todos los que vayan a leerme
Quitándome el sombrero desde lejos
Cuando me vean a mi puerta
Mientras la diligencia se levanta en lo alto del cerro.
Los saludo y les deseo sol,
Y lluvia, cuando lluvia es precisa,
Y que sus casas tengan
Al pie de una ventana abierta
Una silla predilecta
Donde se sienten, leyendo mis versos.
Y que al leer mis versos piensen
Que soy cualquier cosa natural,
Por ejemplo, el árbol antiguo
A cuya sombra cuando niños
Se sentaban de golpe, cansados de jugar,
Y limpiaban el sudor de la cabeza ardiente
Con la manga del delantal rayado.


Alberto Caeiro, “El pastor”.
En: “Poemas”, Fabril Editora, Buenos Aires, 1978. Traducción: Rodolfo Alonso. 
Fernando Pessoa (Lisboa, 1888 – 1935).