Alguien te ha dicho que tengo en mente,
alguien te ha dicho que he decidido
marcharme al norte con mis hijos, mis guitarras,
y que allá lejos seré más feliz.
No creo que en el norte nadie se pregunte nada.
Creo que en el norte todos me preguntarán,
y no creo que me interese evitar las preguntas
de mis hijos que van crecer.
Deja que la música encuentre el lugar.
Deja que el lugar encuentre el invierno.
Deja que el invierno deje otros inviernos,
esos que mi música debe conocer.
En LP, grabado entre marzo y junio de 1973 y editado en 1974, “Color Humano” 3, 1974. Color Humano es en este álbum: Edelmiro Molinari, Rinaldo Rafanelli y Oscar Moro. Egle Martin participa en percusión.
Quitar la carne, toda, hasta que el verso quede con la sonora oscuridad del hueso. Y al hueso desbastarlo, pulirlo, aguzarlo hasta que se convierta en aguja tan fina, que atraviese la lengua sin dolencia aunque la sangre obstruya la garganta.
En “Dos siglos de poesía mexicana. Del XIX al fin del milenio: Una antología”. Selección y prólogo de Juan Domingo Argüelles, Océano, México, 2001.
Francisco Hernández (San Andrés Tuxtla, Veracruz, México, 1946).
Emma te equivocaste
cuando saliste de tu casa en un carruaje con grandes
ruedas que corrían hacia atrás como en las películas del Oeste
porque tu soledad era algo que debía ser solamente tuyo
y porque era fatal que
nadie te comprendiera en ese pueblo de provincias
ni siquiera tu marido
el pobre hombre gris herido de tu amor
Bueno, no me hables ahora de tus taquicardias
o de los vestidos con enaguas y encajes
déjame explicarte
que me conduelo solamente
porque te perseguían furiosamente
los vecinos ineptos en el juego
de tu corazón virgen
y tu siglo era un cambio
lentamente mirado a través de las celosías
de la villa
más bien ponte el anillo o los collares de los hippies
y piensa en Carnaby Street en cómo lograr la infidelidad
sin que tengas que recurrir a tu conciencia
de pobre muchacha provinciana
Yo pienso que buscabas saber solamente
cómo te desnudarían los otros
y estos otros cretinos te traicionaron
Emma
Dame la mano no llores más
quédate en silencio
y escuchemos juntos estos discos de los Beatles.
De “El imperio milenario”, 1973. En “La poesía del cincuenta. E. Bayley, R. G. Aguirre, C. Fernández Moreno y otros”. Selección, prólogo y notas por Daniel Freidemberg. Centro Editor de América Latina, 1981. Alfredo Veiravé (Gualeguay, Entre Ríos, 1928 - Resistencia, Chaco, 1991).
De “Sentimientos”, 1961. En “La poesía del cincuenta. E. Bayley, R. G. Aguirre, C. Fernández Moreno y otros”. Selección, prólogo y notas por Daniel Freidemberg. Centro Editor de América Latina, 1981.
Ya se sabe
empleó
gran parte del tiempo
en adquirir su odio,
y mucho más tiempo,
en gozarlo sin decirlo,
cuervo
que solitario come, ajeno a la envidia
y no para jactarse,
a la espera, quizás,
de un cielo del odio donde todos
los odios son contemplados para todos, incluso
los ignorantes del propio odio, corruptos;
y dispuesto al goce
de ser contemplado en su odio,
como aplicando una máxima:
Bueno es
odiar a solas, pero es mejor
odiar en compañía, el odio crece.
Entretanto
se sabe también.
En “Francisco Urondo. Veinte años de poesía argentina, 1940-1960”, Editorial Galerna, 1968. Alberto Girri (Buenos Aires, 1919 – 1991).
Antes te buscaba reventando caballos Subiendo las escaleras de dos en dos Ahora vienen a mí con el rumor que hacen los novios en ciertos aniversarios Para caer en la trampa por la que asoma una mujer sí y otra no Las impares siempre más jóvenes Ahora te amo a mayor densidad por kilómetro cuadrado Es el amor a precio de costo La luz se hace con el frotamiento de los cuerpos Y si te toco provocamos las situaciones extremas Pero no importa Ven nos llenaremos los bolsillos de males menores Y de algunas maneras que hemos heredado
De “El lugar común”. En “Francisco Urondo. Veinte años de poesía argentina, 1940-1960”, Editorial Galerna, 1968.
Comí los alimentos del mundo. Mi mano tocó piedras de ciudades famosas y mi cuerpo, reducido ahora, pero sano y salvaje, atravesó calles más numerosas que las arrugas de un río. ¿Qué hombres no conocí? ¿Qué libros no he leído? ¿Qué ha de haber en el almacén de lo visible y de lo invisible que se me pueda vender como novedad? En las mañanas del mes de octubre, llenas de sol y palomas, contemplo la explosión lenta de las flores del duraznero y me paseo tranquilo, gozando de buena digestión y de buena respiración, la lengua llena del gusto del café y un cigarrillo que humea entre mis dedos. Debí pasar por todo eso, es la larga noche del deseo y la posesión, para llegar hasta aquí.
En mi mente martillean versos férreos, ajenos. Resuenan en mí como la primera vez. La belleza, que para Platón era reminiscencia, para mí, indefenso y libre, no es más que actualidad. La misma música aliterada me estremece de nuevo, cada vez, con delicias flamantes. El café: una sombra en relación con su regusto, con esa pesadez perfumada que se irradia, sutil, desde la punta de mi lengua, ahora. Lo que nos salva a nosotros, los viejos, es ver arder detrás el mundo, depositado sobre un lecho de ceniza palpitante. Sobre ese colchón estoy parado contemplando mi propia sombra que encoge lentamente en la mañana.
Que otros gocen hoy de la maravilla del nacimiento y del sabor de la primera entrega perfumada del mundo, o de una muchedumbre de fiestas nocturnas. El sol de los ciegos es más negro que la noche y el nacimiento más perfecto es la muerte. Mi luz es única. No la puedo cambiar. Y el humo de mi cigarrillo es más sólido y más azul que un ramo de ciudades.
En “La mayor”, Centro Editor de América Latina, 1982. Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, 1937 – París, 2005).
El otoño, con manos diáfanas y brillantes, está abriendo un azul purísimo que moja el paisaje de una delicia trémula primaveral.
De “El agua y la noche”, 1924-1932. En “Obra Completa”, Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1996.
Juan Laurentino Ortiz nació el 11 de junio de 1896 en Puerto Ruiz, cerca de Gualeguay (Entre Ríos), ciudad donde vivirá hasta 1942 cuando se muda a Paraná. Murió el 2 de septiembre de 1978.
Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo
a pesar de esas llamas dulces contra Junio...
Estamos bien... sí...
Miro una danzarina en su martirio, es cierto,
con los locos brazos, ay, negando la ceniza
y el crepúsculo íntimo...
Estamos bien... Cummings que se va, muy pálido,
al país que nunca ha recorrido,
mientras Debussy enciende el suyo, submarino...
Estamos bien... Pero tiemblo, mi amiga, de la lluvia
que trae más agudamente aún la noche
para las preguntas que se han tendido como ramas
a lo largo de la pesadilla de la luz,
con la vara que sabes y la arpillera que sabes,
en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música...
Estamos bien, sí, mi amiga, pero tiemblo de un crimen...
Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,
cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?
De “De las raíces y del cielo”, 1958. En “Obra Completa”, Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, Argentina, 1996. Juan Laurentino Ortiz nació el 11 de junio de 1896 en Puerto Ruiz, cerca de Gualeguay (Entre Ríos), ciudad donde vivirá hasta 1942 cuando se muda a Paraná. Murió el 2 de septiembre de 1978.
si en este instante | si en este abismo de luz el tiempo se detuviese ante tus ojos podrías ver la flecha todavía en el aire y al pájaro ensangrentado cayendo desde el cielo
la herida amor es siempre una parte de abismo | la flecha una excusa de la muerte
*
digo yo | hablo de mí pero ese yo es el otro | el que me habita el que sustenta y a la vez carcome |
ese que se alimenta del niño que fui y apuñala la sombra que tal vez seré
el que lucha por sobrevivir toda vez que muero el yo que se vuelve uno | reverso implacable | pura alteridad
En “Despojos”, Tiempo Sur Ediciones, 2009.
Miguel Ángel Morelli nació en Coronel Suárez, Buenos Aires, el 16 de mayo de 1955. Licenciado en Ciencias de la Información (UNLP). Vive en Quilmes.
uno escribe para que el silencio dibuje sus palabras y cuando ya no quede mundo detrás del decir se vuelva vacío | fragmentos de la nada
uno no escribe para habitar la verdad | sino para rodearla
*
primero pensar en el muro | hasta que al muro le crezca una ventana
después pensar en la ventana | hasta que los vidrios estallen
finalmente | de cara al vacío pensar otras razones: la seducción del abismo el deseo de ser pájaro
*
toda palabra entreteje profecías: con algunas nace el amor con otras la fe | con un nombre la pena
pero hay palabras pequeñas | dolorosas con la que nacen los poemas que no nombran | esos versos que desbautizan el decir y arrojan al ser de su propia morada
En “Despojos”, Tiempo Sur Ediciones, 2009.
Miguel Ángel Morelli nació en Coronel Suárez el 16 de mayo de 1955. Licenciado en Ciencias de la Información (UNLP). Vive en Quilmes.
habrá que darle la razón a la muerte cuando se esconde detrás de yeats para decirnos | que un hombre viejo es un paisaje degradado
a dios le fascina el pavor en los espejos
*
hay silencios clavados en el centro de este poema | el que los labios aprietan y es como una daga el que dibuja aquello que no puede decirse y el silencio atroz de aquel que es todo silencio nada | vacío | un tajo en la memoria
*
la lengua de los muertos dice cosas que los otros callan | y cuando habla del ayer describe mundos que serán mañana
la lengua de los muertos es la que rinde cuentas por aquellos que no volvieron | o volvieron sin palabras
En “Despojos”, Tiempo Sur Ediciones, 2009.
Miguel Ángel Morelli nació en Coronel Suárez, Buenos Aires, el 16 de mayo de 1955. Licenciado en Ciencias de la Información (UNLP). Vive en Quilmes.
mi madre creía en dios y hablaba con él en voz alta mientras lavaba la ropa y la colgaba de la soga
sentado en un rincón del patio | después de la escuela yo la escuchaba hablar sola y pensaba que mi madre estaba loca
¿cómo no iba a pensarlo? | yo tenía apenas doce años la edad del mundo | la edad de todas las verdades de este mundo
pero un día llegué y ella no estaba y fue como volver a nacer | aunque del lado de la desesperanza
eso pasó hace mucho tiempo, es cierto, pero de tarde en tarde cuando el olvido me acorrala | me siento en el rincón de pensarla y vuelvo a ser entonces ese niño al que la muerte le mordía los labios
a beatriz piedras
En “Despojos”, Tiempo Sur Ediciones, 2009.
Miguel Ángel Morelli nació en Coronel Suárez el 16 de mayo de 1955. Licenciado en Ciencias de la Información (UNLP). Vive en Quilmes.
Pasan los que se traicionaron traicionando, carátulas sin expediente. Los nombres del sentir les tienen mucha paciencia, se quedaron sin nombre, vagan en la alma sin terminar, no vuelven a las noches con fiebre, tan abrazadas que se vencían a sí mismas. En una celda contigua se visitan de cuando en cuando.
A Alberto Szpunberg
En “El emperrado corazón amora”, Seix Barral, Planeta, 2011.
De la desesperación se hace la esperanza que viene, poeta en ataúd temprano. Supiste que en las nubes hay fuego, poemas que sirven para cartuchos de café. El no mundo penetra las arenas y arcillas de la voz, el sueño que entra pulido con su salvaje no saber. Cavaste instantes desde sábanas dolidas, calles iban al porvenir que tiene una casa vacía llamada Heine.
En “El emperrado corazón amora”, Seix Barral, Planeta, 2011.
Una palabra cualquiera no es una palabra cualquiera, no se parece al cuerpo que la dijo, no tiene manos, ni pies, ni amora como un mortal. Lo que nombra tiene mares que llevan lejos. A su casa todos pueden entrar y su tiempo no cesa en cada boca. Espera viajes por el agua oscura que lleva tu nombre.
En “El emperrado corazón amora”, Seix Barral, Planeta, 2011.
No sólo escribía, también editaba carpetas de poesía. Hugo Ditaranto esperaba ver impresa la suya cuando Santoro fue secuestrado. El autor de esta nota cuenta cómo, 30 años después, se encontró la edición que se creía perdida.
Roberto Santoro (1939) fue poeta, fue hombre de andar con ideales y escritura en su carpeta de vida, hasta que un grupo de tareas de la dictadura se lo llevó, el 1 de junio de 1977, de la escuela donde era preceptor. El poeta, desde 1971, era el hacedor de la editorial Papeles de Buenos Aires, y de su colección “La pluma y la palabra”. Su trabajo consistía en publicar, en carpetas, a distintos poetas. Carpetas simples de librería-papelería, abrochadas las solapas para que contuvieran las doce hojitas sueltas con los poemas e ilustraciones, al frente, título y nombre del autor en letra de molde. Santoro encarpetó en esa colección a poetas como: Raúl González Tuñón, Humberto Costantini, Antonio Requeni, Federico Moreyra, Antonio Aliberti, Néstor Groppa, Luis Franco, Álvaro Yunque, Elías Castelnuovo, Luis Luchi, César López Ocón. El mismo Santoro tuvo la suya. En la declaración jurada de No negociable anotó: “Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad / no sirve para nada.” Allí incluyó “El gran bonete”: “a mi país se le han perdido muchos habitantes / y dice que algún cuerpo de ejército los tiene / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la policía / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la cámara del terror / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / los organismos parapoliciales / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene?.” La primera carpeta perteneció al poeta chileno Mahfud Massis y la última, la número 38, a Hugo Ditaranto (1930), autor de libros como: Agropenario, A pesar de todo, Cal y sombra, Los procesos, La mandrágora alucinada.
La carpeta 38 tiene una historia aparte. Ditaranto insistía con sus poemas. Se encontró con Santoro en el Bar Ramos. Le encantaban las carpetas y ofrecía al editor su material: “Decime, turro, cuándo me vas a editar los poemas”, encaró el poeta; Santoro contestó: “Vos siempre con esos poemas de amor”, Ditaranto está casi seguro que respondió de esa manera, dado que siempre le decía lo mismo. El editor tomó los poemas, leyó, y le dijo a Ditaranto que se los dejara. Fue la última vez que se vieron.
Ocurrió que en un día de junio o julio de 2005, Dolores Santoro, la mujer del poeta, llegó hasta el departamento de la calle Formosa donde vivía Ditaranto. El poeta estaba con un amigo, que a partir de ese instante pasó a ser testigo asombrado.
Dolores Santoro recordó la noche en que la hermana del poeta, que trabajaba en el mismo lugar que él, la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 25 Fray Luis Beltrán, llegó tarde en la noche y se encerraron en el baño: “Se lo llevaron”, le dijo a resguardo, para que Paula, de diez años, no se enterara. Dolores recordó que le dijo a Paula que el papá había viajado a Rosario; pasaron dos semanas, hasta que un día, en un café cercano a Callao y Córdoba, la mamá contó la verdad a la hija, y fue la hija la que intentó contener el llanto de la mamá. Dolores recordó que nadie fue a patear la puerta de la casa, que ella no tuvo problemas, y que más de una vez no supo qué hacer. Quemó papeles, no recuerda qué exactamente: sí está segura de los tres cuadernos “Gloria” donde Roberto había anotado comentarios sobre noticias que escuchaba o leía mientras estuvo a resguardo. La biblioteca de Roberto estaba en la casa de la madre, el lugar al que Dolores y Roberto fueron a vivir: “En una piecita que tenían arriba, vivimos ahí hasta que nos mudamos a la vuelta.” Los papeles del poeta quedaron en la casa de la madre, y los papeles de los habeas corpus en los cajones de la casa de Dolores. Santoro había escrito: “pero si un día se llega a volar porque fallamos / si se escapa esta rabia que llamamos esperanza / si un día se va / yo crucifico al amor / y después de enterrar a mis hermanos / me voy con el tranvía de la muerte / a clausurar mi corazón en una plaza”.
Dolores explicó que llevaba un tiempo acomodando papeles, y que en un momento llegó hasta el techo del placard que estaba en la habitación donde había vivido con Roberto en casa de sus padres. Allí encontró una carpeta sin armar, la número 38. Ditaranto miraba azorado. El testigo apuntaba la mirada a la bolsita plástica que temblaba: de ella emergió Una razón suficiente, de Hugo Ditaranto. El poeta fue voz quebrada y llanto, fue memoria viva, nunca volvió a ver a Santoro, y nunca llegó a ver la carpeta. Casi 30 años después, la vida hinchaba pulmones, y quien ahora escribe, el testigo, agradece la oportunidad de contar.
A diferencia de la primera vez, me acerqué al río en el atardecer, y de nuevo tuve la sensación de estar, no en la orilla, sino en el interior de un inmenso círculo de agua. La superficie incolora de la primera vez se había transformado en una sustancia pesada y llena de accidentes, en la que la tonalidad beige amarillenta, casi dorada, combinándose con el reflejo entre rosa y violeta del cielo, le daba a la enorme masa líquida una apariencia tornasolada, inestable, donde ningún matiz predominaba mucho tiempo. Y como, también a diferencia de la primera vez, soplaba una brisa fresca bastante intensa, el espejo inmóvil de dos meses era ahora a mi alrededor un abismo turbulento.
En “El río sin orillas”, Seix Barral, 2010. Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, 1937 – París, 2005).
"¿Saben ustedes que durante una tormenta el león da la cara al viento para que su pelambre no se desordene? Yo hago lo mismo: doy la cara a todos los problemas: es la mejor manera de permanecer peinado."
Leopoldo Marechal. Buenos Aires, 11 de junio de 1900 - 26 de junio de 1970.
Entonces me vi me vi como tres pájaros ordinarios mojados por la oscuridad
quietos temiendo la rama dura y resbalosa
árbol negro mi madre al borde de la ruta
debe ser terrible me digo estar ahí.
KAPPO DE CAMPO
Me reprochabas que hablara de los campos de concentración y exterminio durante el almuerzo pero solo así describiéndolos minuciosamente podía irme en humo
cruzar
el alambre
tu absoluta presencia.
EN MI PECHO
Existe un lugar donde va la muerte con sus bolsos llenos de pan
y está en mi pecho madre
hay un espejo donde peinás tus serpientes y está en mi ardor madre
¿te mirás vacía como un trapo?
mi pecho es tu labor
tu reposo.
En “Mamá”, Ediciones Recovecos, Córdoba, 2007. Selección de textos Jmp.
Alejandro Schmidt nació en Villa María, Córdoba, en 1955.
Manchas de lejos,
mujeres que van
llegando y los viejos
perdidos del hablar.
Sombra en los filos.
“Sujeta ese animal”;
y va pintando el río
la roja luz ritual.
Manchas que los viejos
prefieren no mirar,
van las tres llegando
vestidas de ciudad.
Sólo ella no viene,
luctuosa, innominal;
cruza a buscarla,
es tiempo de olvidar.
Amanece y ya está con los ojos abiertos;
repetidamente vuelve a recordar
un chasquido de agua y un cuerpo moreno
y esa vuelta oscura desde la ciudad.
Y silencioso el Layo va clavando el remo,
de un nombre ladeado suena esa otra voz;
el tiempo se tuerce, redondo y eterno
como agolpa el árbol el fruto y la flor.
Mancha del cuchillo matando el cordero;
rojo un vino fresco para festejar
sombras repetidas para el Año Nuevo;
nueve veces cuenta para no olvidar.
Cuenta y va agregando sobre el fruto viejo
capullos perplejos de un nuevo amargor,
pura eternidad como en el limonero
su limón maduro y al lado la flor.
Amanece y ya está con los ojos abiertos;
repetidamente vuelve a recordar
un chasquido de agua y un cuerpo moreno
y el volver oscuros desde la ciudad.
Y silencioso el Layo va clavando el remo,
de un nombre ladeado suena esa otra voz,
el tiempo se tuerce, redondo y eterno
como agolpa el árbol el fruto y la flor.
Amanece y ya está con los ojos abiertos,
fija en el momento en que el hijo se fue,
vacía de nombres, mujer en silencio
por el agua adentro del Colastiné.
Y va remando el Layo cruzando el desierto
con la nada extrema de su soledad:
repetida pena circulando el tiempo
como fruto y flor del limonero real.
En CD “Navega”, 2002.
Jorge Fandermole, músico y poeta. Nació en 1956 en Pueblo Andino (provincia de Santa Fe), a 55 Km. al noroeste de la ciudad de Rosario.
Cuando despierta el mirlo es el mismo así en la tierra como en el cielo
*
Cuando despierta el mirlo logra volar por las dos mitades del cielo
*
A veces en silencio inmóvil con los ojos cerrados el mirlo parece dormir
*
Si el sueño no hiciera tan concienzudamente su trabajo de cada minuto el mirlo podría extraer un pétalo
En “El Mirlo”, Ediciones Último Reino, 2004. Selección capítulo 7, “El sueño”, por José María Pallaoro.
Gianni Siccardi nació en Banfield (Provincia de Buenos Aires) en 1933. Murió en 2002. Entre otros libros de poemas publicó: “Poesía Junta”, 1960; “Travesía”, 1967; “Ella”, 1989; “Fragmentos”, 1995 y “El Mirlo”, 2004.
descompone/sin rebote viaje/caída líquida posible hacia la piel interior del decir
*
si el fuego nace/de sí para qué reunir las cenizas esparcidas
de un cuerpo-escritura
*
llegan luego a captar cuerpo/ciego pozo final/en ojo rayo cornea vacía titila bucea dios/ciego lejano/diáspora va-cila ahogada luminancia de qué
... el silencio a la palabra, la sombra a la luz; una bisagra expande y contrae dos lados ficticios, un mismo lugar; el poeta y el monje se tragan toda la noche, todo el día… Julián Axat nació en La Plata en 1976.
Albañil yo soy,
también cantor,
me voy y vengo el jueves
si lo que canto duele.
Albañil yo soy
de profesión
desde el amanecer
hasta que cae el sol.
Albañil yo soy
y silbador
pa' rechiflar mujeres
de arriba 'e las paredes.
Yo trabajo al son
y sí señor
desde la madrugada
hasta que más no doy.
Muchos dicen que soy
bruto como un ladrillo
porque voy sencillo
al fondo 'e la cuestón.
Albañil yo soy
y puedo con
el balde y la cuchara
taparte el sol.
Albañil yo soy
de profesión,
camino al paso sabio
arriba 'e los andamios.
Mis almuerzos son
merienda de canario:
salame candelario
y un chato de carlón.
Mis quincenas son
humo al viento
llegan y ya se fueron,
roto el tiento.
Albañil yo soy
también tractor
pa' sacar del pantano
los sueños embarrados.
Albañil yo soy
de profesión;
todas las casas que hay
las hago yo.
Albañil yo soy
¿qué le parece, don?
Hasta que digan nones
un día los riñones.
Hasta que diga planto
de golpe el espinazo.
Higinio Mena, su verdadero nombre era Néstor Julio Argüelles Bruzzo (nació en 1947, en Ranchos, Argentina; murió en 1998 en Francia), fue un poeta, escritor, cantante, músico y militante popular
Versión del maestro Jorge Lazaroff (28 de febrero de 1950, Montevideo - 22 de marzo de 1989). En: Albañil (Ayuí / Tacuabé, 1979).
¿Qué pide la hoja? Músicas del cuerpo, lunes, miércoles. ¿Cuándo van a pagar los trabajos del viaje, el amor que se equivoca y no rinde en el mercado? ¿Lloverá, no lloverá? ¿Quién camina por la tierra que arrasó su pasión, el humo todavía? Venas compradas por la desolación, tanto hielo de espíritu y la esplendente vida afuera.
En “El emperrado corazón amora”, Seix Barral, Planeta, 2011.
Qué escribe lo que escribe es una pregunta sin amparo. ¿El verdor de un jardín que se arruga violado por palabras sin tapa que lo cierren? El sol no alumbra solamente, ve la mortificación de lo no dicho, afrenta de la muerte. La necesidad aguza lenguas en exclusiones del instante. Se fue, se es, astros fijos. Las cruces en la arena vienen del coraje que piensa, imágenes que el tiempo no puede borrar, el humo cubre la juventud del río.
En “El emperrado corazón amora”, Seix Barral, Planeta, 2011.
La palabra no tiene hospitales que le curen el mundo. Funciones naturales la hieren y sacarla para darle otras copias es romperla, romper su documento de identidad. La gracia que le sonríe en las ventanas dobles contra su frío dice que sus límites desordenan los movimientos de la necesidad. Suntuosa ley que arrastra decisiones sin cuerpo. En cada rostro es un piano perdido.
En “El emperrado corazón amora”, Seix Barral, Planeta, 2011.
¿Qué querés decir, palabra, al irte cuando te vas? El alma que te empapó no volverá ni cuando te quede no más que una lágrima, la intemperie, canto de los perdidos. Es mejor que entres en tu cuarto al abrigo de lo que sabés y no sabés. Las cosas gritan y ríen al amparo de tu bondad triste. La lengua es pobre, vos, izada en soledad. En “El emperrado corazón amora”, Seix Barral, Planeta, 2011. Juan Gelman, Buenos Aires, 1930.
En un depósito sucio, bastión de la Ciudad Vieja, la hermana de la Coneja perdió la virginidad. Testigo en la oscuridad, un colchón apolillado que quedó como estampado con indeleble memoria, y es origen de esta historia, que no sé bien si es verdad.
Fue como siempre sucede, se colaron con el Tito, aquel morocho flaquito que la conquistó con mimos. Y desafiando al destino, se dejó de franeleos, se alborotó el avispero, dieciséis años es mucho cuando te da como un chucho y la vida pide cuero.
Después cuentos conocidos, que "qué le vamos a hacer", que "no lo podés tener", que "ya conseguí la guita", un llanto, cuatro caricias, que "todo va a salir bien", el fondo de un almacén, el adiós al flaco Tito, y el comienzo de un periplo más hamacado que un tren.
Hoy es Señora de Tal, y en el este veranea, no imagina el que la vea que era de Playa Pascual. Su camelo viene mal, bate, "chicos" y "colegio", te la trabaja de "regio", y anda en checo bien debute con goma en lugar de yute, y sin preguntar los precios.
Ahora sí que se divierte en pavada de colchón, pelo corto a la garzón, y lentes con cadenita. Recurre al sicoanalista, a la hermana ni la nombra, pero la marca una sombra que nunca pudo esquivar: cómo la vino a quedar allá por la Ciudad Vieja.
La hermana de La Coneja...
En: "7 y 3", LP Jaime Roos, 1986.
“La hermana de La Coneja” (Letra de Raúl Castro y Música de Jaime Roos). La hermana de La Coneja es un personaje ficticio. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Jaime Roos: “Raúl Castro me mostró la letra de La hermana de la coneja en el invierno del ´85. Enseguida me imaginé una balada callejera en forma de milonga. Le pedí la letra a Raúl y así nació esta canción”. Imagen: Música del Uruguay y otras latitudes.
Mi piel es una biblioteca de emociones. Todo está allí, intacto, indestructible. Ella tiene memoria de cada segundo de mi vida y aún antes de nacer, de conocer este Mundo. Tiene anaqueles con todo tipo de obras: comedias, tragedias, aventuras, romances, cuentos, fábulas, memorias… Mi piel como las hojas de los libros fueron cambiando su tersura, se ha hecho amiga de los pliegues, ha experimentado distintos aromas. Tiene guardado los secretos para volar y llegar a las cumbres del placer. Mi piel tuvo el coraje de resistir los embates de aprender a andar en triciclo y en bici. Ella se oscurecía o sangraba y volvía a su lozanía. Mi piel escuchó y sufrió el desamor pero siempre tenía el amor de tu piel. Con vos conoció la libertad de sentir el viento y las finas gotas del mar, cuando galopábamos en la playa. Mi piel siempre tu piel cerca. Eran tan parecidas. Mi piel amaba tu piel. Nos conocimos antes de ver el Mundo en ese minúsculo espacio oscuro, húmedo y caliente. De allí salimos victoriosas, crecimos y seguimos juntas. Mi piel sintió un fuerte golpe cuando comprendió que tu piel se había ido, y tu olor, y tus caricias. Cada poro te lloró y reclamaba con desesperación. El río. Mi piel quiso salvarse, quiso regresar a este Mundo. Tal vez tu piel lo sienta una traición. Tal vez me esperes. No lo sé. Pero si sé que mi piel no pasa un día sin recordarte.
La Plata, 3 de junio de 2006
Silvia Noemí Pappalardo (La Plata, 13 de marzo de 1959 -21 de marzo de 2011). Foto: 1972.
Sobrevolaba como podía, intentaba atravesar esa atmósfera. Densa. Oscura. Más allá solo nubes. Espesas. Casi volaba a ciegas. Se exigía continuar. Era necesario. Por debajo, solo ciénagas y pantanos. Tuvo valor. Recordó antes. Otros cielos. Otros cantos. Otros colores. Y unas palabras: La mejor manera de esperar es ir al encuentro. Imaginó olvidar. Protocolos. Ayer hoy mañana. Acurrucarse en el silencio de un abrazo. En la tibieza de un beso. En un atardecer de caricias. Existía. Acurrucarse. ¿Existía?
La Plata, junio de 2006
Silvia Noemí Pappalardo (La Plata, 13 de marzo de 1959 -21 de marzo de 2011).
Entre no saber nada y saber lo que los otros quisieron que supiera debí elegir lo primero; y después de haber dado rotunda finalidad a un escupitajo hubiera aprendido con mis propias costillas, con mis intestinos personales recorridos por cólicos; hubiera andado derecho dinamitando a mis espaldas lo que debió ser dinamitado. Y no estaríamos aquí, inconclusos, manoteando, reunidos a puntapiés por nuestra propia clase, discutiendo la manera de hacer un país, de alzar los escombros después de haberlos vomitado, haciendo de la historia un embrollo jadeante, confundiendo los motivos con la hemorragia. A todo esto nos habrán enterrado sin haber tenido el coraje de convertir el enjuiciamiento en un revólver.
De “Las condiciones de la época”, 1967. En “Obra poética”, Emecé, 2000. Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924 – Salta, 2004).
Abrumado por el tabaco y la cultura y convertido en un engaño por su propia clase estaba esperando la revolución por la desnuda, terrible acción de los otros en la calle. Pero detrás de los cristales a cubierto del viento social donde toda culpa entra en crisis con sus razones podridas, resolvió que el cambio acontecía en las pequeñas mutaciones permanentes del cielo y el polvo, en el giro de la cuchara en la taza de té, en las decepciones periódicas del hígado, en la muerte de papá y de las moscas. Inventó un poema con todo eso y el resultado es una estafa a la vieja forma, una lejanía cada vez más vergonzante de un nuevo lenguaje que puede estallar en cualquier momento.
De “Las condiciones de la época”, 1967. En “Obra poética”, Emecé, 2000. Joaquín Giannuzzi (Buenos Aires, 1924 – Salta, 2004). Gracias a Carlos Enrique Cartolano.
En mi imaginación a todo volumen tú confirmas la hoguera que nos reúne desnudos. Y cuando me despejo de nervios secos y vestiduras a mi vez entro en tu imaginación para que allí me confirmes feliz y multiplicado en cada una de tus doradas hendiduras.
Sobre la dura camilla con una goma que rodea la cabeza y mantiene mi boca abierta después de haber sentido náuseas tantas veces, el médico y la enfermera bromean sobre la forma de mantener a una mujer sin emitir palabra.
El monitor en colores muestra imágenes que semejan instantes de la película “2001. Odisea del Espacio”. Nada tan absurdo si se tiene en cuenta que esos cráteres sangrantes son míos.
¿Por qué cinco? Uno por el cáñamo que se desliza como una verde serpiente. Otro por la tristeza que no pude evitarle a mi brote. El tercero porque el tiempo lleva y no devuelve esperanzas. Otro por las traiciones esperables y no esperadas. El último porque es tan duro vivir. Tan duro y tan difícil. Como morir.
En “Apenas travesía”, Cuadernos de Sudestada, 2001. Olga Edith Romero nació en La Plata en 1949. Reside en City Bell. Foto: Archivo de la talita dorada. Gracias a margarita Eva Torres.
Pero yo no soy más que la artesanía vigilante de este suelo, que florece y ostenta sólo al nivel del viento.
Así permanezco: una mitad poder, y otra, impotencia. Por floración y herida guío desde mí, y a lo mejor llegue, poco a poco. Antes fue la mala lluvia, el páramo artificial, el polvo que la historia glorifica en sus tumbos, quienes me hicieron acudir a los jugos más recónditos, al ámbito de un corazón maravilloso, a la razón, a los ejemplos.
Y ahora yo, vegetal o vuelo, soy el que mira estas pequeñas sombras distintas y blancas, que abandonara la savia, o la sangre
ya hecha flor,
persiguiendo la pureza del fruto en los días.
Fragmento de Yo soy, de “En el tiempo labrador (1959-1964), San Salvador de Jujuy, 2009. Gracias, maestro Néstor Groppa. Poeta. Argentina, 17 de junio de 1928 – 4 de mayo de 2011. Dos poemas del querido poeta Néstor Groppa en Aromito.
Mientras le preparaban la cicuta aprendía una tonada en nada intimidado por la majestad de las separaciones ni los decretos de la diferencia. Aprendía que la opresión se orienta en la nostalgia y el dominio del duelo no corrompe la realidad de las quimeras propias
ningún aire de flauta.
En “Malezas”, Ediciones Último Reino, 1985. Mirtha Defilpo, Buenos Aires, 11 de agosto de 1944. Imagen: Tapa LP de MD “Canciones para perdedores”, 1976.
¿CUÁNTOS VAN A LEER EL POEMA QUE UNO ESTÁ ESCRIBIENDO?...
¿Cuántos van a leer el poema que uno está escribiendo? ¿Qué alcance podrá tener en la sociedad, en la cultura o la historia? Quién sabe, y en todo caso no es de eso de lo que se trata. Siempre se trató de otra cosa: de que alguien alguna vez va a leerlo, de que eso que escribiste, el poema, va a estar ahí, para que alguien lo lea, y que alguien lo lea ya es mucho, si son más de uno, o muchos más de uno, mejor. A alguien, alguna vez, va a pasarle algo porque eso que pudiste conformar está ahí, a su alcance. Y de otra cosa también se trata, y tal vez sea la que más importa: hiciste un poema, algo que merece llamarse “poema”, pudiste hacerlo, y saber que pudiste nunca será poca cosa. Algo, un conjunto de palabras puesto de cierto modo, que no tenía por qué existir, ni su razón de estar en el mundo era previsible antes de que lo hicieras, fue hecho, por tu mano, está ahí. Pero, ¿para qué va a escribir uno poesía si no creyera que la experiencia que propone su poema va a alterar en algún punto el orden del mundo, va a hacer ver de otro modo, aunque sea un poco, las cosas, incluido lo que pueda cada uno ver de sí? ¿Para qué lo va a hacer si no espera que de algún modo vaya a agrietar o descolocar o poner en crisis el relato que establece los sentidos que tienen las cosas en el universo, y el de estar uno mismo en el universo, o ante sí?
Daniel Freidemberg nació en 1945 en Resistencia, provincia de Chaco. Desde 1966 reside en Buenos Aires. Poeta, crítico literario y periodista. Imagen: DF en FB.
La tarde triste y yo
unidos somos dos,
queremos esquivar la soledad.
Una mujer se fue creyendo que yo
jamás podría encontrar alguien con quien andar.
No estoy solo
estoy aquí con mi tarde triste y gris.
No estoy solo,
somos dos, con mi tarde triste estoy.
En un lugar los dos: mi tarde triste y yo...,
divagamos sin saber que existe una mujer,
que una tarde libre se marchó.
La tarde triste y yo
unidos somos dos,
queremos esquivar la soledad.
Una mujer se fue creyendo que yo
jamás podría encontrar alguien con quien andar.
No estoy solo
estoy aquí con mi tarde triste y gris.
No estoy solo,
somos dos, con mi tarde triste estoy.
Autores: Willy Gardy y Eduardo Frezza. Del segundo simple "Alguien más en quien confiar" / "Blues del atardecer", 1974. Incluido, con nueva versión, en el primer LP “El Reloj”, editado en 1975.
El Reloj: Eduardo Frezza: Bajo y Voz / Juan Espósito: Batería / Osvaldo Zabala: Guitarra / Willy Gardi: Guitarra / Luis Valenti: Teclados.