viernes, 22 de agosto de 2008

02 AROMITO agosto de 2008

Allá a lo lejos, puedes escuchar,
a un amor de primavera,
que anda dando vueltas...
que anda dando vueltas....
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número 02, agosto de 2008

EpA!

La poesía es siempre... Ahora, con vida y siempre...
Acerca de
Versos aparecidos de Carlos Aiub

Por Alberto Szpunberg *

1
No sé por qué, aunque lo intuyo, la poesía es rebelión. Aún la poesía más estructurada y “canónica”, aunque más no sea como una demostración por el absurdo, huele a rebelión. Sí, señores, ningún poder se siente tranquilo con la poesía, simplemente porque toda poesía, como mínimo, es alteración del orden. Del orden del discurso, del orden domesticado de las palabras, del orden del sentido común, que siempre es la ideología dominante y nunca es ninguno de los cinco sentidos, que son muchos más que cinco, siempre infinitamente más. ¿Qué dirigente de turno, de izquierda o de derecha –sí, también de izquierda– puede confiar en la seriedad de alguien que, en el peor de los casos, contando torpemente las sílabas con los dedos, habla, por ejemplo, en endecasílabos? ¿Qué comandante de izquierda o de derecha –sí, compañeros, también de izquierda– puede fiarse de alguien, un tal Carlos Aiub por ejemplo, que, en un cuaderno anillado, tiene la osadía de escribir: “la nada o un silencio total / algo que te reclama sin saber de dónde”? ¿Cómo sentirse tranquilo con alguien que, en plena represión, en plena caza del hombre, en pleno degolladero, en pleno desgarramiento de la carne y el cielo, en pleno aullido, escribe: “enjambre de estrellas colgadas como pueden”, para colmo, vaya insensatez, en un cuaderno anillado marca “Éxito”? Si lo hubieran intuido los militares, habrían sabido que, aunque triunfasen, su destino era le derrota... Pero los militares no intuyen; matan. Y esa es la ventaja de la poesía, que siempre vive y da de vivir. Nada que ver con el/lo uniforme...

2
No sé por qué, aunque lo intuyo, la poesía es luz, fuego que ilumina y entibia, dador de cobijo y alimento para los nómades, como lo son los poetas, que conjugan con un mismo verbo el ser y el estar. Como brasas, las palabras se arriman unas a otras, juegan a que son sustantivos, adjetivos, hasta onomatopeyas, y se amontonan, se amontoneran, se arriman, riman, y es un querer decir o un simple suspiro el que hace saltar la chispa y después, ya lo sabemos, es todo como si ardiese, rescoldos rojizos bajo el entrecano de las cenizas, lenguas de fuego agazapadas, dispuestas a bailotear, a la espera de nuevas palabras, sustantivos, adjetivos, hasta onomatopeyas, incluso esas que son puro silencio, hasta lograr decir lo que dicen, lo que siempre ardientes logran. Claro, ahora se entiende: ¿Qué mejor escondite –“berretín”, se decía entonces, compañeros– que un cuaderno anillado marca “Éxito” para ocultar tanto incendio? Ni el más experto coronel contrainsurgente hubiese sospechado jamás que el Plan Cóndor sería incapaz de desbaratar tanto ingenio. Si lo del Conde Lucanor fuese cierto, cosa que nadie duda, Carlos Aiub sería el pastorcito: “El rey está desnudo” o, mejor dicho: “Fue por vez primera esa mañana / en que alborozado vi caer un manojo de hojas / y comprobé en la calle / y presentí en el aire / y descifré en el apretujado canto de las aves / un reclamo de otoño esa mañana / o fue un reclamo simplemente / mezclándose la naturaleza de las cosas con mis ganas”.

3
No sé por qué, aunque lo intuyo, la poesía es siempre aparición, en el sentido de que la verdad es siempre descubrimiento. Como la de los pañuelos blancos: aparición con vida. Leo: “la tristeza es una figura de humo / muy cierta por cierto / la tristeza es una niña vestida de otoño / un encuentro común aunque no la busco...”. Alguien, por primera vez en mi vida, que es toda la vida que poseo y me posee, alguien dice: “la tristeza es una figura de humo / muy cierta por cierto / la tristeza es una niña vestida de otoño / un encuentro común aunque no la busco...”. Muchas veces, yo, yo y muchos más que yo –acaso nosotros– dijeron: “la tristeza es una figura de humo / muy cierta por cierto / la tristeza es una niña vestida de otoño / un encuentro común aunque no la busco...”. Carlos Aiub, que fue quien lo dijo y aún lo dice, me/nos enseña a hablar, a desnudar/desanudar las palabras. Como si dijese que empecemos de nuevo eso de que “la tristeza es una figura de humo / muy cierta por cierto / la tristeza es una niña vestida de otoño / un encuentro común aunque no la busco...”. ¿Carlos Aiub? El 10 de junio de 1977, Carlos Aiub fue desaparecido por un grupo de tareas de la dictadura, o sea, tan borrado de la existencia como de la inexistencia. Sin embargo, ¿cómo es que Carlos Aiub dice lo que dice? Acaso no fue él, sino otro Carlos Aiub, porque es propio de poetas ser otros, otros que dicen, por ejemplo: “la tristeza es una figura de humo / muy cierta por cierto / la tristeza es una niña vestida de otoño / un encuentro común aunque no la busco...”. Río subterráneo, la poesía aflora a borbotones, de entre las grietas de la sequía, de entre las ruinas de la derrota, de entre los resquicios en que se resquebraja toda losa, todo cemento, todo poder, todo discurso. No, no creo que fue Carlos Aiub quien dijo “la tristeza es una figura de humo / muy cierta por cierto / la tristeza es una niña vestida de otoño / un encuentro común aunque no la busco...”. Sí, fue él pero él que era otro, somos nosotros que somos ineludiblemente otros, fue el interlocutor de ese diálogo que es hasta el más solitario de los monólogos, fue el intérprete de una multitud de otros, o como se diga: de una época, de un tiempo, de una generación, de una “tristeza” que es la de siempre, de “una niña vestida de otoño” que también se llama Bea, de un “encuentro común aunque no la busco”... ¿Cómo se concilia un “encuentro”, para colmo “común”, con “que no la busco”? El genocida, que no tembló al perpetrar el crimen, ahora tiembla: el 10 de junio de 1977, Carlos Aiub desapareció para reaparecer: “la tristeza es una figura de humo / muy cierta por cierto / la tristeza es una niña vestida de otoño / un encuentro común aunque no la busco...”. Nada permanece impune: tampoco la frustrada desaparición de Carlos Aiub. ¿Un poeta? ¿Un subversivo? ¿Un militante? ¿Un cualquiera de nosotros, nosotros otros, otros Carlos Aiub?

4
No sé por qué, aunque lo intuyo, la poesía es siempre “cada una de las formas aún difíciles de la libertad y la ternura”. Lo dice Carlos Aiub. Lo escribe. Y a mí me gusta leer lo que dice en la reproducción facsimilar de las páginas manuscritas de su cuaderno anillado marca “Éxito”. Quizá porque la letra de molde tiene pretensiones de eternidad. La otra letra, la bien llamada de puño y letra, en cambio, registra el temblor de una mano que dibuja, sobre las hojas en blanco de un cuaderno anillado marca “Éxito”, lo que los labios aún murmuran, a medias entre la música y el lenguaje o, más propiamente, como el eco de una voz que apenas se desprende del silencio, pero que ya no puede callar ni ser acallada. La letra manuscrita de Carlos Aiub brota del renglón como los hilos de pasto brotan de la tierra, ligeramente inclinados hacia la izquierda, como si un aire fresco y promisorio los empujara desde los Andes hacia el mar, sin llegar a enmarañarlos nunca. ¿Crece así ahora el pasto de la línea de sus huesos? ¿Algún pasto en algún lugar donde sus algunos huesos, como su poesía, alimentan la tierra y le dan a la vida de brotar? Como puñaditos de tierra arrojados sobre la página del cuaderno anillado marca “Éxito”, hay dos palabras tachadas. Luego el texto sigue: “el asombro”. En ese momento, algo le dijo a Carlos Aiub que ante el asombro, otras palabras sobraban. Y el poema termina: “para alcanzar el encuentro y el asombro / para no perderlos nunca”. De eso se trata.

5
No sé por qué, aunque lo intuyo, la poesía es siempre la palabra en su estado de mayor apertura: parafraseando al mandamiento, el poeta habla al prójimo como a sí mismo. Los poemas de Carlos Aiub no hablan, sino que nos hablan, y leerlos es escuchar a alguien que nos habla. Por ejemplo:
­
– ¿Más allá del tiempo?
– “Digo de antes de cuando recién me asomé apenas llegado de ahora”...

_ ¿Más allá del miedo?
– “Te cuento de las flores aquellas que decidimos un día cuidar juntos / y tengo miedo de no verlas”...
­
– ¿Y la muerte?
– “Cuando llegue la muerte y te tome desear estar en otra cosa / que te tome y no temer / como forma de escaparte lejos por un rato”...

– ¿Y la vida?
– “Y te aferrás a la vida con todo /porque querés vivir simplemente para ver cuando al final la vida viva”...

– ¿Y el dolor, Carlos, y el dolor?
– “El nuevo dolor lo pensás más tarde”...

– ¿Y la poesía?
– “Sentarse a escribir y pensar en algo / en muchos algos a la vez”...

– ¿Y el futuro, Carlos?
– “Una noche de verano cualquiera / lenta con los ruidos que vienen de la calle fresca”...

6
No sé por qué, aunque lo intuyo, la poesía es siempre. Como los Versos aparecidos de Carlos Aiub. ¿Carlos Aiub? Sí, ahora y siempre. ee

El Masnou, 25 de septiembre de 2007.


* Alberto Szpunberg es licenciado en letras, nació en 1940 en Buenos Aires. En 1973 se desempeñó como director de la carrera de Lenguas y Literaturas Clásicas y profesor de Literatura Argentina y Medios de comunicación y literatura en la Universidad de Buenos Aires. Fue redactor del diario La Opinión de Buenos Aires y dirigió su suplemento cultural de 1975 a 1976, cuando se exilió en Barcelona. Desde 2001 es profesor de Literatura y Política en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo.

A 36 años de la Masacre de Trelew un poema de Carlos Aiub, poeta detenido-desaparecido



Carlos Aiub: De puño y letra
(http://www.versosaparecidos.com.ar/) incluído en "Versos aparecidos", Libros de la talita dorada, 2007.


TRELEW Y UNO


16 rosas rojas
nacidas de madrugada
regresarán cada noche
de la tierra liberada
(pintada callejera)



retomo la vida de ustedes inconclusa
retomo la poesía aquella también inconclusa
retomo mi propio camino entonces
(hace tres años Trelew 22 de agosto)
y busco
mientras voy desempacando las viejas letras casi abandonadas
intentando nuevamente redondear
esta pequeña ofrenda
este canto inútil
este trágico recuerdo
este renovado lamento
y así reconstruir aquel poema
consciente de que ni las viejas letras
ni las nuevas sirven para mucho llegado el caso
como tampoco sirven para mucho las buenas intenciones y los mejores deseos
que si acaso alcanzaran para reemplazar a alguien carajo
aunque este intento no pretenda eso
aunque sólo se trate de regresar la memoria hasta aquella vida inconclusa de ustedes y seguirla hasta aquí y hasta mas allá reflexivamente
hasta el propio instante en que intentamos cuestionar nuestra ajetreada conciencia diaria
aunque sólo se trate de contabilizar si querés
Trelew bandera y grito de guerra de cuántos Trelew más
aunque sólo se trate de volcar
medio complicadamente
la bronca que viene amontonándose de lejos en tiempo y esperanzas
y que te enciende los puños y también la mirada
aunque sólo se trate de escribir buscando escupir toda esa bronca amontonada todo el odio toda esa necesidad que te invade por momentos de acabar con medio mundo y un poco más si querés de mandar todo a la mierda
aunque sólo se trate de escribir pensando (no como la forma más comprometida de pensar) en una fecha
en un lugar en 16 compañeros y
cómo y dónde te agarró todo eso
y cómo lo trasladas a otras fechas a otros lugares y a otros 16
por cuántos más compañeros y qué tiene que ver todo eso con la vida con el compromiso con la necesidad de escribir entre otras cosas que sabés mas necesarias
y entonces te surge la reflexión mezcla de ironía y sonrisa cansada y las palabras que ya son lugares comunes
morir para que la vida viva
morir buscando recorrerle su cono de sombra a la vida
morir rastreando la luz entre tanta mierda junta
morir para que el hombre viva
morir apostándole a las tan vapuleadas esperanzas y alegrías
morir a manos de los señores defensores oficiales del amor que empuñan su civilización y democracia calibre 9
morir a manos de la propia historia que vos ayudas a hacer y que escriben otros... todavía
morir... vivir... morir... vivir
tal vez se trate de pura necesidad dialéctica
que se yo
retomo la vida de ustedes inconclusa
retomo la poesía aquella también inconclusa
retomo mi propio camino entonces
(hace tres años trelew 22 de agosto) y busco
mientras la memoria sentenciada que transcurre
recompone aquella mañana fría de otra Patagonia trágica unos 50 años después
junto a la soledad fría de aquella cárcel regimentosa
junto a la trampa fría muy mal disimulada
16 vidas fusiladas
lo único caliente
16 rosas que custodian el camino de esperanzas y alegrías
16 puños que se alzan por haberse acercado a la victoria
y mas allá de toda esta metáfora repensada mil veces complicada contradictoria lo real lo cierto
una fe cada vez mayor en el triunfo
por ustedes cumpas
por ustedes.-


agosto/75

miércoles, 20 de agosto de 2008

"Poética y testimonio" por Julián Axat

EpA!

A propósito de "Canciones de Militante" de Enrique Ferrari y de "Ese sitio sin paz de la memoria" de Rafael Vásquez.


No son el poema y el canto los que pueden intervenir para salvar el imposible testimonio; es, al contrario, el testimonio lo que puede, si acaso, fundar la posibilidad del poema.[1] El testimonio poético de los que quedaron para hablar por aquellos que aún siguen desparecidos. La necesidad de urdir un testimonio para evitar (suplir) el abismo o vacío del siniestro intestimoniable de quien ya no está (ni muerto-ni vivo). El horror (dolor) de una laguna que se lo traga todo y sigue perdiéndose como desmemoria u olvido.

Canciones de Militante de Enrique Ferrari (Ediciones Al Margen) y de Ese sitio sin paz de la memoria de Rafael Vásquez (Ediciones Libros de Tierra Firme) son dos poemarios que, cada uno a su manera, brinda testimonio de ese pasado surcado por el Terrorismo de Estado. Y para hacerlo encuentran en la palabra poética el modo más íntimo de rendir cuentas con ellos mismos, con los que se fueron, con los que quedaron, con los cómplices y con los que hoy continúan el asesinato.

Dice Vásquez:

La tortura:
"Nunca me lo contaron.
Hubo amigos que no volvieron más.
Pero no me crucé nunca con alguno
que me dijeran cómo fue.
Como pudo sufrirla.
Hubo jueces
después
que lo entendieron…”

Desaparecido:
“Ellos la suprimieron del idioma de todos.
Es decir, lo intentaron.
Alguna la borraron de su propio discurso
porque el perdón no cabe, ni siquiera la duda.
Otras palabras fueron desviadas de sentido...
… Fue desaparecido la palabra maldita
la que ellos inventaron, la que nació sin eco…”


Kosovo:
“Lejos, la muerte.
Siempre lejos...”


Vásquez se encuentra aferrado a una poética (y a la estética) cercana al reclamo de los organismos de DDHH (Las Madres, ex detenidos); ello se deja traslucir en los dibujos intercalados a los textos del conocido artista plástico Carlos Terribli, los rostros sombríos, cargados de dolor, de quienes aún esperan respuestas.

A diferencia de Vásquez, el libro de Enrique Ferrari, va más atrás, prefiriendo retomar la voz poética de la militancia revolucionaria silenciada, desaparecida, esa palabra que era un canto (epopeya) de los compañeros y ahora no existe.

Dice Ferrari:
"Nos dieron las armas
y nos fuimos al fuego,
a dar la vida por la Patria.
Nos dijeron antes y luego.

Labramos consignas
poniendo el alma.
Y el cuerpo se nos perdió
desaparecido, como estaba.

Se cuenta la historia.
Se inventa la historia.
Se miente la historia.
Y de quién fue
la falta de memoria.

… Otro Sol nacerá mañana,
cuando los dioses sean terrenales,
y no haya miedo en la palabra.
Entonces, y sólo entonces,
el camino lo haremos desde abajo
todos juntos por igual.

… Me abrazo enamorado a tu memoria
y te recorro con mis sueños libertarios.
Soy un río que avanza lentamente
con un himno de brazos solidarios."

Canciones de Militante es una invitación funciona como una mesa de disección en la que un cuerpo individual (Enrique) se expone cantado, con el dolor necesario para no quedarse en la herida; porque sus vísceras están hechas de memorias en verso, por efecto mismo del despliegue de esos versos que logran conectarse con un cuerpo mayor, colectivo, cruzado de otras vísceras, las de todos: con sus heridas, abismos, restos, alegrías, miserias, pasiones, nostalgias, derrotas, triunfos.

Debe reconocerse que los textos carecen una apuesta formal, es decir, no desafían el silencio (dejado) o el propio lenguaje (derrotado) a partir de una construcción poética singular (como resistencia), tensada al extremo de un desgarro (como la poética de Paul Celan) o como voz superadora (un nuevo lenguaje); en tanto son reproductoras de ciertas posturas, decires, términos, etc. (y con esto me refiero a cierto lugar común de la memoria militante: hoy corrección político-poética de la memoria setentista).

Más allá de estos aspectos, los libros de Vásquez y Ferrari, forman parte de urgencia de decir (testimoniar), de la necesidad de salir a enseñar (especialmente a las nuevas generaciones), de la vinculación (poético-política) de pasado y presente (el Terrorismo de Estado del hoy como continuación del ayer). Seguir denunciando y exigiendo también algo de justicia poética (¿como fin de impunidad poética?).

Vásquez y Ferrari seguramente no se conocen, pero aún en sus diferencias y en sus lugares comunes, el testimonio funda la posibilidad del poema.

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Rafel Vásquez: Nació en Buenos Aires en 1930. Integró el grupo Barrilete. Entre otros, publicó los libros de poemas Apuesta diaria, La piel y la alegría, Hay sol en Buenos Aires y Cercos de la memoria. En prosa editó en el año 2003 Informe sobre Santoro.
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Enrique Ferrari: Nació en Teniente Origone, un pueblo del sur de la provincia de Buenos Aires. Con Canciones de Militante intenta rendir homenaje desde el recuerdo y el compromiso a los hechos y compañeros que forjaron su poesía.
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Julián Axat: Nació en La Plata en 1976. Publicó en poesía: Los Albañiles, Peso Formidable, Servarios y Médium (Poética belli). Vive en City Bell.
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[1] Giorgio Agambén, Lo que queda de Auschwitz, El archivo y el testigo. Homo Sacer III, Edit. Pre-Textos, Valencia, 2002, Pág.36.

viernes, 15 de agosto de 2008

¿Para qué sirve hoy la poesía? por Rodolfo Alonso

EpA!

Si la poesía tiene todavía algún sentido, en estos tiempos de miseria, es cuando continúa encarnando, a pesar de todo, aquello a lo que Wallace Stevens aludió tan cabalmente en sus Adagia: “la dicha del lenguaje”. La sociedad de consumo, la sociedad del espectáculo, nos han embebido en su atmósfera estridente y demagógicamente chata, falsa en el doble sentido de imitadora y deshonesta, que se ha convertido en el aire que respiramos, en una seudo-cultura populista y no popular producida seductoramente por los grandes medios masivos de incomunicación. Con sus efectos deletéreos sobre la espontaneidad creadora de la gente, inclusive del lenguaje, especialmente del lenguaje.
La cuestión es que si decae el lenguaje humano, decae la condición humana. Porque no usamos el lenguaje, insisto, somos lenguaje. Y cuanto menos lenguaje somos, somos menos humanos, menos hombre. Hemos vivido acaso sin percibirlo una mutación, y ahora estamos inmersos no sólo en una civilización cuyo centro ya no es el lenguaje sino que incluso ataca las fuentes del lenguaje. La crisis actual de la poesía no es entonces quizá tan sólo la de un mero género literario sino que, algo muchísimo peor, es la manifestación máxima de una carencia muy profunda en cuanto a la espontánea capacidad creadora de lenguaje por parte de los hombres.
Cada vez que hubo una gran poesía, por alquitarada y elitista que pareciera, siempre estuvo secretamente ligada, aunque fuera por oscuros meandros, con una lengua viva realmente hablada por un pueblo, por una comunidad. Ante la amenazante posibilidad de extinción de la gran literatura ¿cada uno de nosotros debería, como ya lo anticipó Ray Bradbury en su Fahrenheit 451, esconderse para preservar vivo, aprendido de memoria, el texto de un gran libro? ¿O será suficiente seguir escribiendo el poema?
Porque “la palabra no sería deliciosa si no significase una calidad”, ¿no es cierto, Gabriel Miró? Y el hombre que labra amorosamente el lenguaje que es a la vez suyo y general, íntimamente propio y al mismo tiempo de la especie, el solitario que cumple después de todo la más significativa y necesaria función social, pudo ser nítidamente percibido por Michel Butor, ya a comienzos de la década de los sesenta: “El poeta es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas las cosas humanas, está en peligro.”
Me parece sin duda evidente que la comprensible y valerosa reacción mundial de los ecologistas (a la cual hemos visto sumarse hace poco tantos partidarios de la paz) ha logrado, hoy, llamar la atención sobre las consecuencias deletéreas que la adicción suicida por el poder global y la riqueza obscena ha tenido sobre la calidad de la vida humana y de la vida sin más en nuestro planeta, poniendo el acento sobre los daños geográficos, ambientales, concretos y visibles. Pero me temo que todavía no se ha percibido la enormidad del daño psíquico, cultural, estético y esencialmente humano que hemos sufrido para adaptarnos a esta maquinaria que ha enloquecido, cuyo único y delirante objetivo es hacer más dinero del dinero, hasta el infinito. Y que, en consecuencia, sería necesaria también una lucha ecológica a favor de la condición humana, de la calidad humana de la vida humana. Sin abandonar en absoluto lo otro, por supuesto. Hay un agujero de ozono pero también un abismo (si es que no un cáncer) en el espíritu.
Como casi todas las cosas del planeta, la poesía ha sido hoy completamente desacralizada. Y si tal pudo ser acaso el objetivo de las vanguardias de comienzos del siglo XX, seguramente no lo fue en el sentido actual. No creo por ejemplo que la fuente-mingitorio de Duchamp tenga la misma longitud de onda y la misma orientación de sentido que tantas “instalaciones” en frío y tanto supuesto “arte conceptual” hoy extrañamente asumido como neo-academicismo, casi siempre de carácter oficial y con patrocinadores multinacionales que nada tienen que ver, ciertamente, por ejemplo con gente como Lorenzo de Medicis. Después de todo, ya en el siglo XVI, Francis Bacon podía decir que “La verdad surge más fácilmente del error que de la confusión”. Y sobre todo del error que es errar, errante. En lo profundo, en lo visceral, cuando nos quedamos a solas y se acallan los ruidos y se apagan las luminarias, Rimbaud sigue en cuestión, y cuestionándonos.
Y para concluir, al menos por ahora, enfrentemos nuevamente aquella misma consabida pregunta, de una inocencia demoledora, que alguna vez me planteó en público un colega venezolano: “En la época que vivimos, ¿qué misión le asigna usted al poeta?”. ¿Cómo evitarse decir que quisiéramos que el poeta fuera capaz con su trabajo a la vez de realizarse como persona y de ayudar a todos sus hermanos, de enunciar la palabra necesaria, imprescindible y única, la palabra a la vez tan íntima y secreta, húmeda todavía del silencio de los orígenes, emergiendo en una orilla virgen del universo, y a la vez general, compartida, fraterna, solidaria, no tan sólo ofrecida sino también aceptada por los otros, que entonces la harían suya y le darían destino, aunque ese destino fuera el no poco glorioso de volverse saludablemente anónima, ya sin autor ni tiempo, encarnada en el fluir mismo de la vida y de lo humano? Ni traicionarse, pues, ni traicionar a los otros; y además, no traicionar la propia lengua, el propio idioma, el sonido que uno ha venido a traer al mundo. Y siendo uno ser la especie, tan bellamente bárbara e intuitiva como trágicamente condicionada por las culturas que se ha hecho o le han impuesto. Y ser la esperanza de un mañana mejor, la luz de la utopía sin la cual no merece la pena vivir. Y ser también, al mismo tiempo, la conciencia de nuestra irrisoria pero desmedida condición. Lo que somos, lo que podríamos ser, quizá lo que seremos. Pero bien sabemos que, por ahora, la única gloria honestamente deseable ya no es siquiera ni la de vivir en el corazón de los otros, de algún otro, sino más humilde y sabiamente el honor y el placer, la angustia y la ansiedad de haber escrito, de haber sido capaz del poema, que por nosotros circuló y ahora está vivo, fragante y tibio, latente carne de lenguaje, recién amanecido, temblorosamente inclinado, tendido, hacia los otros, hipócritas o no, semejantes, hermanos.

Rodolfo Alonso. Argentino. Poeta, traductor, ensayista, ex editor. Premio Nacional de Poesía (1997). Sus últimos libros publicados son "El arte de callar" (Alción, Córdoba, 2003); "La otra vida", antología (Común Presencia, Bogotá, 2003); "Antologia pessoal", bilingüe (Thesaurus, Brasilia, 2003); "Canto hondo", antología (Universidad de Carabobo, Valencia, 2004); "A favor del viento", poesía reunida 1952-1956 (Argonauta, Buenos Aires, 2004); "Poesía junta", antología 1952-2005, con prólogo de Juan Gelman (Alforja, México, 2006). Sus traducciones más recientes: "Estrella de la vida entera", antología bilingüe de Manuel Bandeira (Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2003), "El banquero anarquista", de Fernando Pessoa (Emecé, Buenos Aires, 2003); "Poemas escogidos", de Giuseppe Ungaretti (Común Presencia, Bogotá, 2003); "Mensaje", de Fernando Pessoa (Emecé, Buenos Aires, 2004); "Cartas sobre la Poesía", de Stéphane Mallarmé (Ediciones del Copista, Córdoba, 2004); "Diálogo del Árbol", de Paul Valéry (Ediciones del Copista, Córdoba, 2004); "Aforismos y afines", de Fernando Pessoa (Emecé, Buenos Aires, 2005); "Poesía escogida", de Olavo Bilac (Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 2005); "No saciada sed", antología de Charles Baudelaire (Arquitrave, Bogotá, 2005); "Antología poética", de Fernando Pessoa (Argonauta, Buenos Aires, 2005); "Antología", de Carlos Drummond de Andrade (Arquitrave, Bogotá, 2005); "Antología esencial", de Cesare Pavese (Fijando Vértigos, Buenos Aires, 2007).

martes, 12 de agosto de 2008

"El valor de la palabra poética está en el silencio" por Héctor E. Martínez

Especial para AROMITO

“Escribir es usar la palabra como carnada,
para pescar lo que no es palabra”
Clarice Lispector


Hostigados por el imperio de la definición, no del concepto, los docentes acostumbramos a peregrinar por los textos en busca de aquella que mejor se acomode a nuestra idea general del tema.
En las disciplinas científicas, dadas sus pretensiones de objetividad, la epistemología suele ser más benevolente; pero en la medida que comenzamos a bordear las fronteras del arte, a querer esquematizar, delimitar, clasificar sus territorios, el riesgo aparece como patrón de nuestra actividad y, a menudo, caemos en simplificaciones que aportan más equívocos que soluciones.
Así, tratándose de la plástica, hallamos que es armonía de color, puntos, líneas y formas; y que la música se reduce en muchos casos al arte de combinar sonidos. Nada más parcial, incierto, insuficiente; aunque, felizmente, estas pretendidas definiciones no tengan más vida que la circunstancial en la presentación de las asignaturas, y que la música y la plástica seguirán siendo sólo experiencias estéticas más allá de las paredes del aula.
Pero si de poesía se trata, es casi herética la idea que por concepto queda de ella cuando los jóvenes dejan la Educación General Básica, momento en que, por otra parte, la mayoría se despide del género de por vida. Para ellos la poesía quedará reducida a una vaga, genérica, expresión de sentimientos. Difícilmente habrá alcanzado el rango de experiencia estética dentro del aula, ya que desde el docente se alimenta la necesidad de comprenderla, invirtiendo así el camino hacia el hecho estético, anteponiendo la reflexión a la experiencia, ignorándose el caudal sonoro para concentrarnos en el análisis morfológico y en el aspecto semántico, objetivos que por otro lado condicionan la misma selección de material cuando se buscan aquellos textos que se entiendan y respondan al paradigma clásico de la poesía.
Desafortunadamente, esta didáctica ha despojado de su identidad al género para convertirlo en un mero contenido curricular, en objeto de estudio. Y habiendo alejado a la poesía del hombre, se alejó éste de una de las más ricas, esenciales, expresiones de su cultura.

¿Se puede estudiar a la poesía? En realidad lo único que podemos hacer es indagar como pobres seres desdichados en los aspectos fonológicos que dan lugar a la melodía, en la acentuación que determina el ritmo, en el escandido de los versos que la colocan en tan buenos términos con la música. Procurar, exigirle más es como pretender asir lo inasible, porque la poesía se expresa fundamentalmente en lo que calla, no en lo que dice; la riqueza de la voz poética está en su silencio, aunque esta aserción suene a paradoja. Busquemos por ejemplo la palabra luna en un diccionario, leamos su significado: lo que no se dice, en el silencio que queda más allá del punto, ahí está la poesía, el aura mítica de la luna lorquiana; o la palabra noche en San Juan de la Cruz. Tampoco es el concepto río ni mar del diccionario el que evoca Jorge Manrique en sus Coplas, es el mismo río de Heráclito y toda una cosmovisión que el poeta silencia lo que da sentido en esos versos a esas palabras. Más acá muro, grieta, hendidura de Hugo Mujica o juncos, pajonal, islas del primer Francisco Urondo. Es esta la marca de la verdadera poesía —tal vez el adjetivo esté de más y debiéramos decir de la poesía, sencillamente—, lo que diferencia a un texto poético de una simple serie de versos rimados, lo que distingue a un poeta de un letrista, lo universal de lo terrenal, lo eterno de lo secular.
Cabría preguntarse entonces, por cómo se llega a la comunión con ese silencio; y podría responderse con una analogía que seguramente no arroje demasiada luz sobre ese misterio: de la misma manera que se llega a la comunión con la música. Porque además: ¿de dónde surge el misterioso arrobamiento que produce un pequeño hilo de agua que serpentea por una colina?, ¿qué es lo que hace bella a una forma?, ¿en dónde reside el estímulo de una textura o un color? Cierto es que se podría recurrir a un gran caudal de especulaciones metafísicas para dar respuesta a estos enigmas, entre las cuales tenemos el de la Belleza platónica;[i] pero todo no será más que un acto de fe en la Razón, con lo cual es preferible dejar a la poesía en esa “intemperie sin fin”,[ii] en donde la colocó Juan L. Ortiz, en ese gran misterio que es el mundo del arte, la única Verdad a la que el hombre puede aspirar. Porque la poesía no es ni más ni menos que una de las formas que toma el arte y surge, como todo arte, de la limitación que tiene la palabra para decirlo todo. No existiría si la lengua fuera una herramienta perfecta del pensamiento lógico que permitiera develar la Verdad del Hombre, descifrar a Dios o entender el Universo. El arte —el verdadero arte— es eso: búsqueda. Las obras son testimonios de esa búsqueda y la poesía es el acto mismo de la creación; es por eso que todo arte está iluminado por la poesía. Y será poesía en tanto sea producto de lo espontáneo y no de lo deliberado, de la sensación y no del pensamiento: “el poema no despliega una temática que le precede: va al encuentro de su propia temática y la construye a medida que la busca” dice Santiago Kovadloff.[iii]
Habría que empezar a desterrar entonces, esa idea tan (des)naturalizada dentro del aula, que considera a la poesía una mera expresión de sentimientos. Según Rilke no son simples sentimientos sino que constituyen verdaderas experiencias: el poema (la belleza) es una categorización lingüística de una experiencia extralingüística, explica Katya Mandoky;[iv] pero el misterio de la creación es indescifrable. Se puede decir por la voz de distintos poetas que la poesía es una especie de momento de gracia, que el poema simplemente sucede como dice Juan Gelman, o que se escribe sola según palabras del chileno Gonzalo Rojas, y que se es poeta mientras eso ocurre. Nunca el poeta sobrevivirá al poema sino que —cito otra vez a Kovadloff—, quedará en estado de espera, hasta que un nuevo poema se le manifieste y lo constituya nuevamente en sujeto poético: "El dios se ha ido / Se junta la hojarasca / Reina el vacío” dice un hayku de Matsuo Bashô.
Siendo entonces el poema una experiencia casi fenomenológica para el poeta, porque ningún conocimiento le precede sino que es acto puro, es lógico que el lector acceda a él como pura experiencia estética, que es por otro lado, el sentido primordial de todo texto que se precie de literario. Si la ficción necesita de la suspensión de la incredulidad que reclamaba Coleridge, o del pacto ficcional, la poesía necesitará de una actitud perceptiva, abierta, que propicie un encuentro ingenuo con la palabra; necesitará de un lector en estado de silencio, dispuesto a encontrarse con el otro silencio, el de la palabra.
Es posible que luego de esto se deba revisar qué se evalúa cuando se evalúa poesía, en el supuesto caso que la poesía pueda ser evaluada como un contenido cualquiera, porque está visto que no es así. Si la poesía está ligada principalmente al puro goce del sentido del oído, ¿cómo haremos para medir el placer que nos provoca la musicalidad de la lengua, su ritmo y sus matices, incluso la dimensión lúdica de las palabras? Frente a esto, lo único que podemos hacer es entregarnos a su encanto, dejándonos envolver de la misma manera que lo hacemos ante la ejecución de una partitura musical, porque la poesía es, en principio, una partitura: el verso es como un pentagrama en donde cada letra debe sonar como una nota cuyo timbre es la voz. Lo único que podemos hacer es dejarnos conmover como lo hacemos frente al contacto visual de una pintura, porque la poesía es una disparadora de imágenes (fue Cézanne, un pintor, precisamente, quien comenzó a despojar a la "poesía" de sus oropeles, eliminándole sus datos superficiales para hacerla esencial, quitándole la anécdota y trabajándola con sus propios materiales). Las palabras tienen color, textura, musicalidad. Por eso la poesía debe dejar de ser sólo una expresión de sentimientos del poeta para ser emoción del lector, conmoción, goce de los sentidos. Por otro lado, educar no es sinónimo de intelectualizar sino de conducir, y si de poesía se trata el docente debe ser capaz de conducir al alumno hacia el arte, adonde se llega, por paradójico que parezca, por caminos similares a los de la ciencia: a través de la experiencia. Y si la motivación del acercamiento a la materia científica está dada por la curiosidad, se cuenta en los niños —que es por donde se debe empezar— con el candor, que es el terreno propicio para acercarlos al arte. No debe ser invertido el camino porque se destruirá la condición esencial.

[i] Banquete, Fedro (diálogos)
[ii] Ortiz, Juan L. “Ah, mis queridos amigos, hablais de rimas…”, de Las raíces y el cielo, en Obra Completa, Universidad Nacional del Litoral, p. 533.
[iii] En: Di Marco, Marcelo (1999), Hacer el Verso, Buenos Aires, Sudamericana.
[iv] Mandoky, Katya (1994), Prosaica, introducción a la estética de lo cotidiano, México, Grijalbo.

* Héctor E. Martínez nació en Bahía Blanca en 1954, estudió en La Plata y actualmente es profesor regular de Lengua en el Instituto de Formación Docente Continua de Villa Regina (Río Negro), en donde realiza también tareas de capacitación, extensión e investigación.
FOTO: Héctor Martínez, José María Pallaoro y Tamara Rafaelli en City Bell. Archivo de la talita dorada.

jueves, 7 de agosto de 2008

Homenaje a Charles Bukowski: "platos de agua / copas de fuego" por Jorge Rivelli

Nuestro querido amigo Jorge Rivelli (poeta y director de la revista de poesía OMERO) nos acercó este homenaje al majestuoso Hank. Jorge nació en Buenos Aires y entre otros publicó los libros de poemas Un tiempo para matar, Movimiento en fuga, Matambre y Las calles terminan en los bares. Además es un gran tipo (Jorge: ¿por qué no escribís sobre esa caminata por la República de los Niños con un Complete Buk bajo el sobaco?). Mientras lo esperamos bebamos juntos de estas copas de fuego. ¡A la salud de todos, entonces! jmp


Especial para AROMITO

10 de marzo
cuarto piso
del departamento
de pacífico
la luna golpea la ventana
sale luz
de las gruesas hendijas
de la cortina americana
brillo de vasos y botellas
y la bestia golpea con furia
las teclas al ritmo de mahler
sólo el trabajo nocturno
para dar vida al muñeco maldito
la ciudad cambia la cara
con la lluvia de medianoche
y los fantasmas del dolor
hola hemingway hola fante
hola miller hola ezra hola hola
bárbaros en la belleza
estoy aquí ebrio con mi sombra
desnudando bolsas de basura
con la certeza que todo va a empeorar
y de alguna manera
hay que decirlo
va creciendo como un monstruo
en el pequeño cuarto de pacífico
nací para robar rosas
nací para robar rosas
de las autopistas de la muerte
una mujer degollada en la bañera
el padre mutilado quiere gritar
marina toma la teta y
dios sale del prostíbulo
la gente enferma mira
el cuarto piso
mira la muerte que baja
en caballos de cristal
fui yo el que cagó
en la puerta de la academia
fui yo el que mató
a belsunce y dalmaso
fui yo el que estuvo con mussolini
con fidel castro y
voté a macri y altamira
y ahora sin ropa
visto palabras para cantar
nací nací para robar robar
rosas rosas de las autopistas
de la muerte muerte
primero saboreas la miel
después el cuchillo
se levanta la pollera la noche
abre las piernas y devora
los murciélagos de la ciudad
hablo desde la vagina
húmeda y satisfecha
ya no te extraño
estoy en vos como un virus
recorro intestinos bilis
pancreas pulmones sangre
quebrado de alcohol
brillan el vaso y los ojos
tiemblan los papeles y
vuelo en círculos
como una mosca perdida
soy el borde de un vaso roto
soy sangre
se desploma el sistema
la viuda de tolstoi
da vueltas por los cementerios
chatterton se disuelve en veneno
mafalda bebe cerveza en el bar moe´s
ríos de nafta
multiplican autos en las calles
el folclore se tragó el futuro
un óbito aquí
un óbito allá y
en el fondo no hacemos más que llorar
lentamente todo es penumbras
casi muerto yace en el piso
entre hojas y ojos urbanos
es hora de fugarse
a la próxima tumba como un siniestro juego de seducción
**

10 de marzo de 1984
llegó a buenos aires
y no faltó
a ninguna reunión hípica
cuelga bandera verde
en cada esquina
cuelgan enemigos
en las alcantarillas
cuelga un amigo del balcón
y una mujer desangra
en una taza de loza
la bira es una bebida amarga
lo entrevistó
antonio carrizo en radio rivadavia
conocí a dos argentinos
raúl barón biza y mono villegas
uno lo leí
otro lo escuché
sé del vino box y turf
viajo con linda lee beighle
y una radio portátil
escribo como marx
camino como wells
bebo como hank
busco refugio en el hipódromo
palermo paddock palermo
suena bien
suena la sombra viperina
arde un costillar en las nubes
légamo y furia
en los brazos oxidados
y tendencia a la fuga
dolor es una cabeza vendada
una bandada se va y
me arrodillo en el fuego
¿dónde queda san isidro?
lo vi una fría tarde de domingo
en el hipódromo
vos sos charles...
no –dijo- soy un jardinero de country
con perfume a whisky
y su mujer iluminando la ruta
se perdieron en las boleterías
la llovizna está helada
y lentamente me mudo a un bar

**

10 de marzo de 1994
edificio de la calle san josé al 200
cuarto piso departamento “C”
ocho y cuarto de la noche
enciendo la radio y el televisor
el presidente habla por cadena nacional
se refiere a los beneficios
de manejar una ferrari testarosa
al privilegio de ser argentino
por montar una bestia que ruge
y devora el asfalto de la ruta 2
en un abrir y cerrar de ojos
y sigue con un detallado
road test de la máquina italiana
más información
en la revista parabrisas corsa
del 23 de Febrero
preparo la cena y descubro
que la botella de amargo obrero
que utilizo para fraccionar
el vino de damajuana nacarí
tiene restos de óxido
suena el timbre y el teléfono
al mismo tiempo
levanto el tubo es mi ex mujer
pregunta cuando el full mata color
voy a la puerta es la vecina
me pide una taza de vino nacarí
es imposible contestar al unísono
si en la misma mano se dan esas dos piezas
y el juego es abierto entonces full mata color
en estos casos te recomiendo apuesta ciega
duplicando todo lo que abra
2 a 4 / 4 a 8 / 8 a 16 / 16 a 32 / 32 a 64
tengo dudas con el vino
-no importa tengo mucha sed-
por la escasa ropa
el rojo de las mejillas y
la temperatura de sus manos
debe tener fiebre uterina
-puedo pasar y probamos juntos el estado del vino-
con dos copas de cristal
y desnudos en la bañadera
brindamos por el privilegio de ser argentinos
el problema residual
puede ser el exceso de orujo
en la fermentación de las cepas
o lavandina en la higiene de la botella
pero la culpa del indio nacarí era insostenible
huyó de la etiqueta de la damajuana
rumbo a la rioja en busca de facundo
acabamos el presidente la vecina y yo
y quedamos de luto por la muerte de bukowski
**


10 de marzo de 1999
bar bukowski en pasaje de la piedad
y bartolomé mitre
ocho y cuarto de la noche
ocupo una mesa en el centro del salón
una pizarra en el fondo dice hoy mariscos
hay mariscos
pido mariscos
como mariscos
llega el mozo con una botella de vodka
me pregunta si soy judío
le digo que tengo el aspecto físico exterior
además a simple vista no se ve
pero tengo hecha la circuncisión
y que todo esto no me molesta
pero no soy judío
una dama se sienta en mi mesa
dice que nos conocemos
del encuentro casual en el baño
de la casa de un amigo en común
cuando festejaba el bloomday
el problema con los baños
es que me confundo
o voy distraído
o en una casa entra siempre una mujer
cuando estoy yo
una vez entraron dos mientras estaba orinando
las miré y
doblé la boca
la lengua y
las palabras
es un idiota dijeron
y se fueron
en la segunda mesa del bar
del lado de la pared
se sienta una viuda bizca
que esconde el ojo malo
en la copia de kandinski
que cuelga a su lado
tiene la costumbre de describir en voz alta
todos los rincones del lugar
y las características de cada cliente
siempre sola toma bourbon y fuma puros
completan el panorama
dos jóvenes rockeros arrimados a la barra
que toman cerveza negra y hablan
con gran destreza
de música músicos drogas y fútbol
va cerrando lentamente
el quinto aniversario de la muerte del viejo
y como un judío errante
pago la consumición que compartí
con mi vecina de baño y
viajamos al fondo de la noche

**


10 de marzo de 2004
avenida federico lacroze y
avenida forest
ocho y cuarto de la noche
camino rumbo sur
el lugar de los últimos bares
donde crece la marginalidad
travestis vagabundos putas
algunos empleados del cementerio
y la muerte que revolotea
como una mariposa herida
cada uno es una bestia
con una rosa en la espalda
saben que son parte del tráfico
que transita por un tallo filoso
de un lado la difícil luz
horizonte en extinción
del otro se van recostando
lentamente hasta fundirse
en el suelo sucio que hoy pisan
y sólo queda una flor
como testigo del infierno
imagino a todos juntos en hilera
sentados al borde
de la pared del cementerio
en lo alto
contando chistes de apariciones
y tumbas flotantes
así durante todo el tiempo
de luz natural
cambio de ruta al norte
hasta el cartel del 39
subo
voy al fondo
lacroze
charlone
castillo
ravignani
santa fe
talcahuano
santiago del estero
pavón
lima
brasil
tacuarí
caseros
bolivar
y bajo
después de hora y media
paro en un kiosco
compro una lata de cerveza
camino fumo y bebo
para encontrarme con vos
se cumplen 10 años
de la muerte del viejo
la noche es nuestro homenaje

TODO ESTÁ GUARDADO EN LA MEMORIA

La memoria

Letra y música: León Gieco

Los viejos amores que no están,
la ilusión de los que perdieron,
todas las promesas que se van,
y los que en cualquier guerra se cayeron.

Todo está guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.

El engaño y la complicidad
de los genocidas que están sueltos,
el indulto y el punto final
a las bestias de aquel infierno.

Todo está guardado en la memoria,
sueño de la vida y de la historia.

La memoria despierta para herir
a los pueblos dormidos
que no la dejan vivir
libre como el viento.

Los desaparecidos que se buscan
con el color de sus nacimientos,
el hambre y la abundancia que se juntan,
el mal trato con su mal recuerdo.

Todo está clavado en la memoria,
espina de la vida y de la historia.

Dos mil comerían por un año
con lo que cuesta un minuto militar
Cuántos dejarían de ser esclavos
por el precio de una bomba al mar.

Todo está clavado en la memoria,
espina de la vida y de la historia.

La memoria pincha hasta sangrar,
a los pueblos que la amarran
y no la dejan andar
libre como el viento.

Todos los muertos de la A.M.I.A.
y los de la Embajada de Israel,
el poder secreto de las armas,
la justicia que mira y no ve.

Todo está escondido en la memoria,
refugio de la vida y de la historia.

Fue cuando se callaron las iglesias,
fue cuando el fútbol se lo comió todo,
que los padres palotinos y Angelelli
dejaron su sangre en el lodo.

Todo está escondido en la memoria,
refugio de la vida y de la historia.

La memoria estalla hasta vencer
a los pueblos que la aplastan
y que no la dejan ser
libre como el viento.

La bala a Chico Méndez en Brasil,
150.000 guatemaltecos,
los mineros que enfrentan al fusil.

Todo está cargado en la memoria,
arma de la vida y de la historia.

América con almas destruidas,
los chicos que mata el escuadrón,
suplicio de Mugica por las villas,
dignidad de Rodolfo Walsh.

Todo está cargado en la memoria,
arma de la vida y de la historia.

La memoria apunta hasta matar
a los pueblos que la callan
y no la dejan volar libre como el viento.

miércoles, 6 de agosto de 2008

LA ROSA DE HIROSHIMA

Piensa en las criaturas mudas, telepáticas
Piensa en las chiquillas ciegas e inexactas
Piensa en las mujeres rotas, alteradas
Piensa en las heridas como rosas cálidas


Pero nunca olvides la rosa, la rosa
La rosa de Hiroshima, rosa hereditaria
La rosa radiactiva, estúpida e inválida
La rosa con cirrosis, la anti-rosa atómica


Sin color, sin perfume, sin rosa, sin nada


Poema: Vinícius de Moraes
Música: Ney Matogrosso

A Pérez Celis, que murió sin morirse

por Orlando Barone

Las cenizas son una forma de volver más rápido al origen. Unos días antes de su muerte le pregunté a Pérez Celis , tratando de distraerlo con algo, si había pensado en Dios durante este tiempo. Me contestó serenamente que no: que él no tenía esas convicciones o creencias. Enseguida, como para dejar algún resquicio, me dijo con su voz cada día más débil: “No, no creo en ningún Dios, pero intuyo que algo debe de haber en alguna parte más allá que nosotros”.
El ahora sabe cuál es la respuesta.
Celebremos respetuosa y honestamente a un artista admirable, que durante décadas impregnó con su obra sanguínea la historia contemporánea de la pintura. Y esa paradoja- que él se haya ido por vaciamiento de sangre- es una prueba metafórica de que esa sangre faltante ha quedado en sus cuadros para nosotros, los sobrevivientes.
Todo aquél que se va deja algo: basta la transmisión de un recuerdo íntimo o de un testimonio aunque sea familiar o de amigos. Sea una anécdota, una imagen, un reloj o un ignorado rastro genético. Pero un artista, además de eso, ha deseado dejar algo que lo hace excepcional. Y ese algo excepcional es el esbozo de una ilusión humana casi imposible, pero quién sabe, posible: la de la inmortalidad. Porque no nos basta con la procreación sucesiva de la especie, y el arte es el intento de una perduración superior de ese nosotros ordinario y terrestre.
Como contemporáneos de Pérez Celis desearíamos que su obra ascendiera a alguna escala de esa inmortalidad, para así sentir la honrosa vanidad de haber sido testigos de un artista no perecedero.
Y de ser acompañantes de esa aventura personal que es en su origen narcisística pero que se derrama generosa sobre todos los “yo” que la comparten.
El arte, que nace como el egoísmo más intenso, acaba transformándose en un indiscriminado distribuidor de su riqueza. Por más que el mercado seleccione propietarios, el arte desparrama con las manos abiertas. Qué privilegio el de él, haber conseguido esa clase de naturalidad de lo sublime; de acercar hasta acá lo trascendente. De andar geografías, de soñar latitudes y seguirse creyendo habitante de ese barrio , La Boca, que le llenaba la boca los domingos de fútbol. Por eso haber sido un artista popular es el gran sinceramiento de un artista.
Creo que Pérez Celis se fue convencido de que yéndose estaba dejando algo que superaba su modesta estadía biológica. De modo que en este trance dramático que nos concierne a todos los vivos su destino debiera consolarnos. Porque se va sin irse. Porque amaga convertirse en polvo pero nos deja tramposamente su pintura en la que él está encarnado y renacido.
La muerte no es para tanto. Lo que es para tanto es la vida. Y él la ha merecido. Creo que este Pérez Celis que se fue, y cuyo adiós nos pesa, va a ser superado por este Pérez Celis que se queda.

domingo, 27 de julio de 2008

AROMITO 01 julio de 2008

"La Patria es un dolor
que nuestros ojos

no aprenden a llorar"
número 01, julio de 2008


HOMENAJE A LEOPOLDO MARECHAL (1900-1970)



"Creo que actualmente hay dos Argentinas: una en defunción, cuyo cadáver usufructúan los cuervos de toda índole que lo rodean, cuervos nacionales e internacionales; y una Argentina como en navidad y crecimiento, que lucha por su destino, y que padecemos orgullosamente los que la amamos como a una hija. El porvenir de esa criatura depende de nosotros, y muy particularmente de las nuevas generaciones".

En: "Los puntos fundamentales de mi vida", texto publicado en el suplemento Cultura y Nación de Clarín el 29 de marzo de 1973, tres años después de su muerte.

Descubrimiento de la Patria



LEOPOLDO MARECHAL

El poeta depuesto

1. José María, en La Nación del 17 de noviembre de 1963, H. A. Murena, objetando polémicamente al crítico uruguayo Rodríguez Monegal ciertas apreciaciones de su libro Narradores de esta América dice, refiriéndose a mí: “Marechal constituye un caso remoto por la doble razón de ser argentino y de que, a causa de su militancia peronista, se hallaba excluido de la comunidad intelectual argentina”.
Ciertamente, y como sabes, yo venía registrando en mí, desde 1948 en que apareció mi Adán Buenosayres, los efectos de tal exclusión, operada, según la triste característica de nuestros medios intelectuales, con el recurso fácil de los silencios y los olvidos prefabricados. La declaración de Murena fue un acto de valentía intelectual, como lo fueron las de Sabato repetidas en numerosas instancias. Y su confirmación de lo que yo había experimentado en carne propia me llevó a estas dos conclusiones: 1º, la “barbarie” que Sarmiento denunciara en las clases populares de su época se había trasladado paradójicamente a la clase intelectual de hoy, ya que sólo bárbaros (¡oh, muy lujosos!) podían excluir de su comunidad a un poeta que hasta entonces llamaban hermano, por el solo delito de haber seguido tres banderas que creyó y cree inalienables; y 2º, desde 1955 no sólo tuvo nuestro país un Gobernante Depuesto, sino también un Abogado depuesto, un Médico Depuesto, un Militar Depuesto, un Cura Depuesto y (tal mi caso) un Poeta Depuesto. Cierto es que las “deposiciones” de muchos contrarrevolucionarios de aquel Partido Socialista, en su brega parlamentaria, logró victorias que merecen el recuerdo y la gratitud de los que conocimos en tiempo y lugar el desamparo de los humildes. Pese a los afanes de la literatura en que se vio envuelta mi vida, lo seguí votando reiteradamente. Por aquel entonces el radicalismo, a la sombra de Hipólito Yrigoyen, se convertía en otro polo atrayente de las masas: es indudable que Yrigoyen era un conductor nato, de los que suscitan casi mágicamente la fe y la esperanza de una multitud. Los pueblos, en su íntima “substancialidad”, han encarnado siempre y encarnarán en un hombre el Poder abstracto que ha de redimirlos, ya sea un monarca, un presidente o un líder. Si bien se mira, todas las gestas de la historia se han resuelto por un caudillo “esencial” que obra sobre un pueblo “substancial”, así como la “forma” (en el sentido aristotélico) actúa sobre la “materia”. De tal modo, la democracia se hace visible y audible en un multitudinario “asentimiento”, rico en energías creadoras; y tal asentimiento es la vox pópuli y la vox Dei, origen del Poder que la democracia reconoce en el “pueblo soberano”. Ahora bien, si la democracia se despersonaliza, entra en la deshumanización de un Poder que se da como la fría respuesta de una computadora electrónica: el gobernante se convierte así en un robot humano, el gobierno se trueca en una “administración”, y los pueblos caen en la inercia o en el vacío de su “potencialidad” vacante. Retornando a Yrigoyen, obtuvo sin duda el asentimiento de una gran mayoría; pero sólo fue un asentimiento de cuño sentimental, y como “en potencia” de los “actos” que debía cumplir el líder con ella y que nunca se dieron. Desde Francia seguí yo en 1930 el epílogo de aquella historia: el derrumbe de un conductor fantasmal, inmóvil e invisible como un ídolo en su isla de la calle Brasil; y el derrumbe de un régimen que vegetaba merced a un asentimiento popular ya estéril al no recibir ninguna respuesta.



8. En aquellos días una gran crisis espiritual me llevó al reencuentro del cristianismo. Dije “reencuentro” sólo en atención a la fe cristiana de mi linaje que yo había olvidado más que perdido. En realidad, se dio en mí una toma de conciencia del Evangelio, vívida y fecunda por encima de tantas piedades maquinales. Y, naturalmente, en su aplicación al orden económico social (el único que atañe aquí al Poeta Depuesto), se me impuso la doble y complementaria lección crística del amor fraternal, y la condenación del “rico” en tanto que su pasión acumulativa trastorna “el orden en la distribución” asignado tan admirablemente a la Providencia Divina en el Sermón de la Montaña. Por aquellos años, en los Cursos de Cultura Católica y en las reuniones del Convivio que gobernaba con alegre teología el inolvidable César E. Pico, fui conociendo a los jóvenes nacionalistas que se agrupaban ya en torno de flamantes banderas. Los conocí a todos y no daré sus nombres en el temor de omitir alguno: me limitaré a sintetizarlos en Marcelo Sánchez Sorondo, que todavía hoy agita su bandera, ofreciendo la imagen de un combatiente solitario y bello en la medida de su obstinación militante. Pero el nacionalismo argentino, en razón de su intelectualidad, no llegó a construir más que un “Parnaso teórico” de ideas y soluciones que, sin embargo, contribuyó no poco a la formación de una conciencia nacional que pasaría luego al orden práctico de las realidades. A mi entender, si el nacionalismo no salió de su órbita especulativa, fue porque le faltó el conocimiento de “lo popular”. El conocimiento precede al amor, dice la vieja fórmula: nadie ama lo que no conoce previamente. Y el amor al pueblo se logra cuando se lo conoce. Un pueblo, al saberse conocido y amado, se rinde a las empresas que lo solicitan. Por lo contrario, la ignorancia engendra el temor; y el que no conoce al pueblo lo teme como a una entidad peligrosa en su misterio substancial.

9. Llegamos así al justicialismo, esbozado como doctrina revolucionaria desde 1943 a 1945 por un Líder cuyo nombre también fue silenciado por decreto. La revolución justicialista se nos presentaba como una “síntesis en acto” de las viejas aspiraciones nacionales tantas veces frustradas; y lo hacía enarbolando tres banderas igualmente caras a los argentinos: la soberanía de la Nación, su independencia económica y su justicia social.
No es extraño, pues, que el 17 de octubre de 1945 se diera la única revolución verdaderamente “popular” que registra nuestra historia, y que se diera en una expresión de masas reunidas, no por el sentimentalismo ni por el resentimiento, sino por una conciencia doctrinaria que les dio unidad y fuerza creativa. Y sostengo ahora que la gran obra del justicialismo fue la de convertir una “masa numeral” en un “pueblo esencial” o esencializado, hecho asombroso que muchos no entienden aún, y cuya intelección será indispensable a los que deseen explicar el justicialismo en sus ulterioridades inmediatas (las de los últimos diez años) y las que fatalmente se darán en el futuro argentino, ya sea por la continuación de la doctrina, ya por su muerte simple y llana y su substitución por otra de colores más temibles.

10. Volviendo a mi autobiografía política, ya sabes que los diez años de mi graciosa proscripción intelectual, a partir de 1955, constituyeron un oasis en el cual me fue dado resolver casi todos mis problemas físicos y metafísicos. Y ciertamente, no me faltaron horas para meditar en los eventos del país, en sus causas y sus efectos. Es el producto de tales meditaciones lo que voy a consignar en las páginas que siguen: lo hago con puros fines de servicio y hurtando tiempo a mi verdadera vocación que nunca fue la de la política. Mis intervenciones en ella se debieron a mi natura de “animal político” que Aristóteles hace común a todos los hombres; y obré así con la sinceridad que, según entiendo, inspira todos mis actos. Hombre soy; y el hombre, por el solo hecho de vivir, es un ser “comprometido” ya desde su nacimiento hasta su muerte. A través de las leyendas negras, las hipérboles negativas, los histerismos de unos y la guerra psicológica de otros, analizaré, pues, a) el gobierno justicialista, su naturaleza, virtudes y errores, b) el alzamiento contrarrevolucionario que dio fin a la primera encarnación de la doctrina; c) sus efectos ulteriores; y d) algunas perspectivas del futuro nacional.
11. La mayor parte de las apreciaciones negativas que se han formulado y se formulan acerca del gobierno del justicialismo se basan en un punto de vista erróneo que hace imposible la intelección del caso. El error consiste, a mi juicio, en considerar su accesis al poder, en modo simplista, como el triunfo de un “partido político” habitual, alcanzado en elecciones y circunstancias habituales, cuando lo que triunfa entonces y accede al poder es nada menos que una “revolución doctrinal” encarnada en una mayoría de pueblo que ni siquiera se había organizado aún en “partido”. Lo que tal vez induzca en error a esa crítica es el hecho “despistante” de que una revolución integral, como la justicialista, llegase al poder, no según las vías históricas del asalto y la violencia, sino por las muy amables de la democracia y en la elección más inobjetable que se haya dado en nuestro sistema representativo. Es una primera marca de “benignidad” cuyo significado me reservaré por ahora. Claro está que por ser “multitudinaria”, esa revolución asume la mayoría de los gobiernos nacionales, provinciales y municipales; y no lo está menos que, por ser “doctrinal”, esa revolución induce a sus gobernantes cierta “unanimidad” de pensamiento y de acción, que surge de la doctrina misma y no de la obsecuencia general frente a un dictador, según el esquema idiota que suele aplicar el cine yanqui a las revoluciones latinoamericanas. Pero, naturalmente, la unanimidad a que me referí, ejercitada por una mayoría en obra, confiere al conjunto el carácter de una “dictadura”. Y eso hace chillar a la “minoría” que no puede o no sabe o no quiere admitir el hecho revolucionario.

12. Ahora bien, como todo proceso vital, una revolución auténtica necesita defenderse de sus agresores; y como todo proceso ideológico, necesita los recursos expansivos del adoctrinamiento, capaces de ganar al adversario y al indiferente. Uno y otro aspectos, el de la defensa y el de la propaganda, suelen dar en abusos de color “tiránico”; y será interesante analizar cómo se desempeñó el justicialismo en ambas asignaturas. Defendiendo su realización en marcha y en el uso de un “derecho revolucionario” que no se le discute a ninguna revolución auténtica, el justicialismo se limitó a restringir algunas libertades individuales frente a las tentativas de contrarrevolución que se dieron casi desde su principio, o en menoscabo del “derecho de pataleo” que recababa una minoría de políticos fuera de uso y de intelectuales que sólo se jugaron al fin en la intimidad segura de sus casas o en “autodestierros” grises, donde alcanzaron la palma de un martirio incruento que más tarde les daría fáciles rentas. Nuevamente, y contra las prácticas históricas de los paredones de fusilamiento, la revolución justicialista presentó una “marca de benignidad” que dejó en pie a todos sus enemigos. No procedió así la contrarrevolución de 1955, ya que usó el fusilamiento en su instrumental represivo, la violencia legalizada y por último la muerte civil de una mayoría social entera. Verdad es que tales aciertos “libertadores” determinaron su vertiginoso, su increíble fracaso.

13. Veamos ahora, José María, el aspecto del justicialismo en su acción de propaganda. Inicialmente, y durante algún tiempo, se dio a la tarea de perfeccionar intelectualmente su doctrina y de divulgarla con los recursos habituales de la publicidad. A mi entender se logró en esos años, por adoctrinamiento, la consolidación de una conciencia nacional y social, o como ya dije, la transmutación de una masa numérica en un pueblo esencializado, lo cual, en adelante y hasta hoy, haría ridícula la pretensión de “educar al soberano” que siguen exhibiendo los políticos en quiebra electoral. Pero las cosas no siguieron así. Recuerdo y recordarás que una mañana de 1946, en un viejo edificio de la calle Piedras, el entonces coronel Perón, al desarrollarse sus planes de futuro, calculó hasta “el desgaste de prestigio” que le ocasionaría la ejercitación del poder. Ciertamente, cualquier plan teórico, llevado al orden contingente de la práctica, sufre limitaciones y frustraciones inevitables que provienen o de una resistencia del medio a trabajarse o de la naturaleza falible de los hombres que han de trabajarlo. No hay duda, por ejemplo, de que si la humanidad aplicase integralmente a este mundo la enseñanza crítica del Sermón del Monte, todos los problemas que nos afligen se resolverían de súbito; sin embargo, dos milenios de cristiandad no han conseguido ni parecen acercarse a esa meta dichosa. Volviendo a nuestro asunto, convendrás conmigo que una revolución en marcha tendría que defenderse más de sus “enemigos internos” que de sus enemigos exteriores.

14. Y son sus “enemigos internos”: a) los que, habiéndose negado en “las duras”, se acercan a “las maduras” y constituyen esa legión de “obsecuentes” y “usufructuarios” que acaban por desfigurar el esquema de una revolución y en destruirla por el ridículo y la voracidad; b) los militantes útiles de la primera hora, que no tardan en “aflojar las consignas”, ganados por la molicie del triunfo, y que al dar por concluida la fase revolucionaria de un movimiento que recién comienza inician ya la curva descendente de su frustración; c) los “fieles” que ante la obsecuencia y los aflojamientos ya dichos concluyen por resentirse y distanciarse de la lucha. José María, te dediqué una vez mi Didáctica de la Patria; y la continuaré ahora diciéndote que, si un día llegas a ser un Líder vencedor, te guardarás primero de los obsecuentes. Si no lo haces, ellos te envolverán con la telaraña de sus adulaciones mentirosas, para desconectarte de la realidad y de los honestos combatientes que te siguen; con inciensos no caros ellos tratarán de lanzarte a un “dividismo” excluyente y de hacer que desbordes en los arabescos de tu “individualidad”; y si les dejas arrastrarte por esa corriente, vendrá la hora en que se aburrirán hasta los tuyos de tu sonrisa o tu oratoria de líder, olvidando lo mucho bueno que ya hiciste y lo que de ti se aguarda todavía. Un poco de todo ello se vio en el justicialismo gobernante, como el exceso chillón de la propaganda individualista, el afán hiperbólico de las glorificaciones prematuras, ciertas ingenuidades de tipo folklórico y otras “exterioridades” que se debieron y pudieron evitar en favor de la esencia “íntima” del movimiento. En cuanto a otras exuberancias, no estoy de acuerdo con algunos enemigos: ciertos matices populares de aquellas jornadas no son más “carnavalescos” que las murgas, los sombreros historiados y los bailongos que nos exhiben las campañas electorales de la USA.
En cuanto a la “marchita” famosa, te recordaré que en nuestras últimas elecciones lanzaron la suya candidatos a legislador que apenas obtuvieron algunos miles de votos.

17. Ante la manifestación popular del 17 de octubre de 1945, alguien la definió torpemente como un “aluvión zoológico”. Ciertamente, lo que allí se manifestaba era un aluvión, pero un “aluvión étnico”, integrado por criollos que, a fuerza de ser pobres consuetudinarios, no habían tenido nunca ni siquiera la posibilidad de corromperse, e integrado por los hijos y nietos de aquellas migraciones europeas que afluyeron masivamente al país desde la segunda mitad del siglo pasado. Voy a referirme a esa parte “zoológica” del aluvión, ya que, si no se la entiende, nuestra historia nacional de los últimos tiempos continuará presentándose como un suceder ininteligible. Se narra que una vez el general Roca, mirando desde un ventanal de la Casa Rosada una columna de inmigrantes recién desembarcados, se preguntó qué sucedería cuando los hijos de aquellos hombres llegaran al gobierno. Esa pregunta sola define la agudeza intuitiva de aquel viejo militar, tan admirable por muchos conceptos. Roca se limitó a especular sobre la accesis de aquellos hombres futuros al poder: la consecuencia realmente fundamental de aquellas migraciones está en el hecho de que, a través de un siglo, sus descendientes fueron haciéndose notables en las ciencias, en las artes, en las letras, en la creación empresaria, en las jerarquías militares, en los hombres de iglesia, en los técnicos, en los trabajadores especializados; todo lo cual forma hoy ese “pueblo excepcional” que reconocen en nosotros hasta nuestros enemigos exteriores. Claro está que todo ese trabajo de adaptación y cruce de familias europeas tuvo un soporte generoso en la criolledad anónima, la cual ofreció puentes naturales, imprimió sus caracteres y adoptó muchos de los foráneos, con la sencilla espontaneidad de quien integra una renovación biológica, y sin más incidentes que los ofrecidos, en modo cómico, por aquel encuentro de razas que documentó en su hora el sainete nacional (¡yo fui testigo!). Pero algo desentonaba en el conjunto: fue una minoría que vio esas novedades primero con orgulloso desdén, más adelante con inquietud y al fin con un temor que linda hoy con el pánico. Es lo que se designó más tarde con el nombre de “oligarquía” y en la cual el justicialismo vio a su antagonista nato desde las primeras escaramuzas.

25. Hoy, a diez años de su proscripción, el justicialismo está ofreciendo al devenir posible de la nación un pueblo esencializado todavía en un sistema doctrinal casi perfecto. Desde su enunciación, esa doctrina se nos viene dando como una fuerza ideológica que no sólo responde a la tradición occidental y cristiana de nuestro ser argentino sino que sigue ofreciéndosenos como una “tercera posición” entre los dos frentes que se disputan la hegemonía del mundo (...). De tal modo el justicialismo aun ofrece un pueblo cuya firmeza doctrinaria resistió durante una década los embates y acechanzas de sus enemigos visibles e invisibles, y que se acrecienta con el ingreso masivo de nuevas generaciones. Es un pueblo que, todavía en su incapacidad de resentimiento y en la conciencia de su verdad, solicita la intelección de sus opositores frente a cegueras que parecerían incurables.

26. Así doy fin a estas aclaraciones de un Poeta Depuesto. Bien sabe Dios que sólo un afán de servicio en el esclarecimiento de las cosas me ha llevado a escribir estas páginas, robándoles tiempo a otras labores de mi pluma. Y me pregunto ahora, José María, si aquel Leopoldo Marechal, el comunero de París, y aquel Alberto Marechal, el trabajador uruguayo, bendecirían hoy a este Leopoldo Marechal, el poeta, que se vio excluido de la intelectualidad argentina por seguir un pendón a su entender indeclinable.

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Estos fragmentos pertenecen al texto inédito hasta ahora en versión completa, El Poeta depuesto, publicado en la nueva edición de Cuaderno de navegación (Seix Barral, 2008). La numeración discontinua pertenece al original.

MARECHAL, EL ALEGATO

Por Guillermo Saccomano

La nueva edición de Cuaderno de navegación tiene un valor adicional además de la búsqueda metafísica de su autor. Porque incluye un texto inédito, en forma de carta, que Marechal le escribe a un tal José María, presumiblemente el poeta peronista Castiñeira de Dios, refiriéndose a una polémica en La Nación en noviembre del ‘63 entre Murena y el ensayista uruguayo Emir Rodríguez Monegal, quien en Narradores de esta América alude a su proscripción. El texto es El poeta depuesto, un inédito que el escritor pensaba incluir en la primera edición del libro en 1965. Se trata de una defensa apasionada, pero no menos meditada y racional, del peronismo y sus argumentos tienen una vigencia estremecedora. (Quizás algún espíritu progre se escandalice con la mención amistosa del nacionalista Marcelo Sánchez Sorondo. Y convendrá recordar que fue en su diario Mayoría, firmada por él mismo Sánchez Sorondo, donde se publicó la primera reseña a favor de El precio, la primera novela de Andrés Rivera).
Marechal traza su autobiografía política, la simpatía por el socialismo primero, un interés contemplativo y pietista por el yrigoyenismo y, más tarde, vía el cristianismo, su adhesión al justicialismo y su doctrina, adhesión que no implica, en su caso, hacerse el distraído y formular reparos en cuanto a la restricción de libertades individuales en el marco de un gobierno popular. Dos subrayados: “el hombre, por el solo hecho de vivir, es un ser comprometido ya desde su nacimiento hasta su muerte”. El otro subrayado, que explica el porqué de su compromiso político, tiene una base religiosa: “Se me impuso la doble y complementaria lección crística del amor fraternal y la condenación del rico en tanto que su pasión acumulativa trastorna el orden en la distribución asignado tan admirablemente a la Providencia en el Sermón de la Montaña”. Desde estos argumentos Marechal explica su peronismo. Pero antes de estas reflexiones, fue el instinto: cuando la mañana del 17 de octubre de 1945 vio pasar bajo el balcón de su departamento sobre Rivadavia, entre Congreso y Once, las masas de descamisados hacia la Plaza, sin vacilar, puro reflejo, Marechal supo que ahí marchaba el pueblo, bajó a la calle y se sumó a la manifestación que, según define, fue “la única revolución verdaderamente popular que registra nuestra historia”. A partir de entonces, Marechal se ganó el desprecio de la intelectualidad tilinga. En El poeta depuesto Marechal ironiza: quienes empiezan a segregarlo, los partidarios de la “civilización”, representan la “barbarie” que luego encarnará la “contrarrevolución” –así la denomina– del ‘55 con bombardeos, fusilamientos, torturas. Si hay un líder depuesto, un gobierno democrático depuesto, un pueblo depuesto, cómo no va a haber, por lógica, también un poeta depuesto. A él le ha tocado serlo.
Fue en 1971, bajo la dictadura de Lanusse. Hacía un año que Marechal había muerto. Por entonces un grupo de estudiantes de la carrera de Letras que nos acercábamos al peronismo decidimos homenajearlo. Buscamos a Elbia Rosbaco, Elbiamor, su viuda. Eran sus noches largas del duelo. La viuda nos recibía en su casa y nos hablaba de Marechal. Fascinados, la escuchábamos. Nosotros éramos más pichis que la generación de El escarabajo de oro, que precediéndonos, había iniciado bastante antes la revaloración de Marechal y compartían juntos veladas en las que fluían la literatura, la amistad y el humor, siempre el “humor angélico”, todo un don en Marechal. Transmitía calidez, Marechal. Como su Adán Buenosayres. Nos habíamos acercado primero a su obra y después a su viuda. No éramos inocentes: pensábamos en el escritor no sólo como una gran literatura. También como una provocación, y lo era. Ese primer homenaje al año de su muerte no era una simple mesa redonda literaria: era un acto político. Me acuerdo: tiempos de la CGTA, en el Sindicato de Farmacia. Contábamos con el apoyo de las Cátedras Nacionales. Eduardo Romano y Juan Sasturain, si mal no recuerdo, enseñaban Adán Buenosayres. Invitamos a Abelardo Castillo, Liliana Heker, Haroldo Conti, Castiñeira de Dios y Antonio Carrizo. No me acuerdo si acudieron todos, pero sí que la sala desbordaba. Tal vez mi memoria se engaña: por ahí la audiencia nos parecía tan masiva porque el local era reducido. En la calle, en la puerta del sindicato, vigilaban patrulleros, un neptuno y camiones celulares. A la salida hubo un momento de tensión. De no haber sido por la popularidad y el carisma de Carrizo, el homenaje habría terminado con gases y a los bastonazos. Un año más tarde intentamos otro homenaje: esta vez en el sindicato del calzado. Entre los participantes estuvieron Arturo Jauretche y Juan Carlos Gené. Me acuerdo: leíamos a Marechal con fervor, pero también, como dije, nos entusiasmaba nombrarlo en los ámbitos académicos y de intelligentzia acartonada. Un buen escritor no podía ser peronista, pensaban sus detractores. Es más: no se podía ser peronista y escritor. Al peronismo la escritura le estuvo, le está, negada. La negrada no lee siquiera.
Hay un sinfín de anécdotas que lo retratan a Marechal, durante su colaboración con el peronismo, haciendo gauchadas, dándole una mano a quien en la mala lo requería. Pero muchos olvidarán esta generosidad suya. Ya desde 1948, cuando publicó Adán Buenosayres, Marechal venía registrando el ninguneo, una exclusión operada “según la triste característica de nuestros medios intelectuales, con el recurso fácil de los silencios prefabricados”. Son escasos quienes lo defienden: Murena, Sabato y Cortázar. A Cortázar, un artículo extenso sobre Adán Buenosayres le costará, a su vez, la repulsa del séquito de la Ocampo. Deberían pasar muchos años, casi hasta fines de los ‘60, para que se lo reivindicara. Entre las primeras señales de rehabilitación se contó Primera Plana, que coqueteaba con el peronismo, el elogio de El banquete de Severo Arcángelo, que operó como su reaparición pública. También por esa época, al igual que Martínez Estrada, viajaría a Cuba y revisaría su posición con respecto a la liberación latinoamericana que parecía tan inmediata. Son ya los tiempos de la insurgencia: el Cordobazo, la jotapé, la lucha armada prenuncian una revolución que Marechal comprende desde su cristianismo no muy alejado de la Teología de la Liberación. De esta época es Megafón o la Guerra, su novela publicada post mortem, explícitamente peronista y simpatizante de la guerrilla. No es la mejor de Marechal. La mejor, en mi opinión, sigue siendo el Adán Buenosayres, que aun cuando muchos la consideraron una versión local del Ulises joyceano, no se le parece en nada.
Volviendo a El poeta depuesto: acá hay una prosa tan precisa como delicada, que termina con el mito de que el buen gusto literario era un patrimonio exclusivo de la colonialista secta Sur. En lugar de sorna, en Marechal asoma una picardía serena que mira con lástima a sus enemigos. Si algo no es Marechal es un resentido. Y su ensayo, en forma de carta, tiene un valor enorme si se lo intercala, complementario, entre la carta que el general Juan José Valle escribe a sus fusiladores en 1955 y la carta que Rodolfo Walsh le escribe a la junta militar del ‘76. Una digresión y no tanto: algún día la crítica habrá de reparar en estos textos con valor de carta abierta, y fijarse de qué manera, por ejemplo, Valle, al escribir la suya, parece estar imprimiéndole a Walsh un tono, el mismo. Reparar, digo, como la denuncia no implica necesariamente un registro de brulote sino que puede no subestimar a su destinatario al adoptar una preocupación por el estilo, la palabra justa. El poeta depuesto pertenece a esta clase de textos ejemplares y tiene el efecto de un alegato.
Pero, al margen del ninguneo sufrido por su compromiso político, hay una hipótesis que me queda picando. Y creo que me viene desde esa época en que un grupo de estudiantes lo homenajeábamos como provocación. Ahora que lo pienso, me pregunto si la mentada antinomia entre Borges/Arlt no deviene una contradicción maniquea, un invento que le queda cómodo a la intelectualidad liberal con sus remilgos antiperonistas. Es una contradicción, la de Borges/Arlt, educada, presentable, en la que no cabe el peronismo. Me pregunto, si la verdadera contradicción, civilización/barbarie, no es en términos de “alta cultura” Borges/Marechal. A Marechal no se le perdonó no sólo su militancia. No se le perdonó tampoco –y todavía no se dice– que desde el martinfierrismo pasara al justicialismo mientras publicaba una obra monumental como el Adán Buenosayres, una gran novela cargada de personajes inolvidables, poética, urbana, iniciática, amorosa, satírica, muy jodona. Lo trágico siempre ha tenido más y mejor prensa que el humor. Entre la melancolía de la guapeza devaluada de Borges y la angustia del Arlt humillado que plantea la traición como una condición de clase media, Marechal se cruza con una novela gigante, inusual en su forma y contenido, entre poética e hilarante, que empieza con un despertar de “la Gran Capital del Sur” donde una “mazorca” (sí, leyeron bien: mazorca, escribe Marechal) de hombres se disputan a gritos la posesión del día y la tierra. Marechal sobrevuela omnisciente sobre Villa Crespo, Avellaneda y Belgrano, el puerto y los frigoríficos, los cien barrios porteños. Mientras se oye la voz de una piba de barrio cantando “El pañuelito”, el narrador observa y celebra con “una mirada gorrionesca” la vida. A pesar de la religiosidad de su autor, Adán Buenosayres es una novela profana que se cifra en “la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación”. De acuerdo: lo que no se le perdonó a Marechal fue su peronismo. Pero menos se le perdonó el genio que brilla en cada página de Adán Buenosayres. Basta ichinearla, abrirla en cualquier parte para quedar pegado. Y dan unas ganas de leerla, de recomendarla, de compartir la lectura prodigiosa de esa cruza imaginativa entre lo barrial y lo flanneur, lo canyengue y lo criollo, el tango y la música clásica, lo filosófico y lo cotidiano, lo lírico y lo bajo, y con un desafuero rabelaisiano, como si fuera poco, un descenso, “El Viaje a la oscura ciudad de Cacodelphia”. Demasiado para los estreñidos del gueto literario entre los cuales, Borges, pareciera ser, con su “sense of humour” tan british, su máximo representante, “solemne como pedo de inglés”.

sábado, 26 de julio de 2008

JUAN GELMAN

Ruiseñores de nuevo

a la payita

en el gran cielo de la poesía/mejor dicho/
en la tierra o mundo de la poesía que incluye cielos/astros
dioses/mortales
está cantando el ruiseñor de keats/siempre/
pasa rimbaud empuñando sus 17 años como la llama de amor viva de san juan/

a la teresa se le dobla el dolor y su caballo triza
el polvo enamorado francisco de quevedo y villegas/
el dulce garcilaso arde en los infiernos de john donne/
de césar vallejo caen caminos para que los pies de la poesía caminen/

pies que pisan callados como un burrito andino/
baudelaire baja un albatros de su reino celeste/
con el frac del albatros mallarmé va a la fiesta de la nada posible/
suena el violín de verlaine en la fiesta de la nada posible/recuerda

que la sangre es posible en medio de la nada/
que girondo liublimará perrinunca lamora/y
girarán los barquitos de tuñón
contra el metal de espanto que abusó a apollinaire/

oh lou que desamaste la eternidad de viaje/
el palacio del exceso donde entró la sabiduría de blake/
el paco urondo que forraba en lamé la felicidad
para evitarle fríos de la época/

roque dalton que trepaba por el palo mayor de su alma y gritaba
"Revolución"
y veía la Revolución y la Revolución era la sola tierra firme que veía/
y javier heraud que fue a parar tiernísimo a la selva/
y abrió la selva de la boca con su torrente claro/

y el padre darío que a los yanquis dijo no/
como sandino dijo no/
y el frente amplio de la poesía y de la guerra les volvió a decir no/
y nicaragua brilla en su ejercicio de amar/

martí yendo y viniendo por el aire con los muertos queridos
que vió volar como una rosa blanca/
¿no ves a mis compañeros volar por el aire ochenta años después?/
¿estás despierto para que sigamos diciendo no?/

¿los muertos se ponen pálidos como magdalena cuando amasaba
sus panes con más lágrimas que harina?/¿hasta que venga el día?/
¿día enque toda américa latina subirá lentamente?/
¿amorosamente?/¿navegando como hacen mis planetas del sur?/

ahora canta el ruiseñor del griego al fondo de los siglos/
pasa walt whitman con el ruiseñor al hombro cantando en paumanok/
pasa el comandante guevara a hombros del ruiseñor/
pasa el ruiseñor que se alejó de la vida callado como burrito andino

en representación de los que caen por la vida/
pasa la luna de rosados dedos/
pasa safo abrigando al ruiseñor
que canta/
canta/
canta/

sábado, 19 de julio de 2008

ROBERTO FONTANARROSA

El Negro Fontanarrosa en el Congreso de la Lengua

No voy a lanzar ninguna teoría. Un congreso de la lengua es un ámbito apropiado para plantear preguntas y eso voy a hacer. La pregunta es por qué son malas las malas palabras. ¿Quién las define? ¿Son malas porque les pegan a otras palabras? ¿Son malas de calidad porque se deterioran y se dejan de usar? Tienen actitudes reñidas con la moral, obviamente. No sé quién las define como malas palabras. Tal vez al marginarlas las hemos derivado en malas palabras, ¿no es cierto?

Muchas de estas palabras tienen una intensidad, una fuerza, que difícilmente las haga intrascendentes. De todas maneras, algunas de las malas palabras -no es que haga una defensa quijotesca de las malas palabras-, me gustan, igual que las palabras de uso natural.Yo me acuerdo de que en mi casa mi vieja no decía muchas malas palabras, era correcta. Mi viejo era lo que se llama un mal hablado, que es una interesante definición. Como era un tipo que venía del deporte, entonces realmente se justificaba. También se lo llamaba bocasucia, una palabra un poco antigua pero que se puede seguir usando. Era otra época indudablemente. Había unos primos míos que a veces iban a mi casa y me decían: “Vamos a jugar al tío Berto”. Entonces iban a una habitación y se encerraban a putear. Lo que era la falta de la televisión que había que caer en esos juegos ingenuos.(…) Pienso que las malas palabras brindan otros matices. Yo soy fundamentalmente dibujante, manejo mal el color pero sé que cuantos más matices tenga, uno más se puede defender para expresar o transmitir algo. Hay palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables: Por sonoridad, por fuerza y por contextura física. No es lo mismo decir que una persona es tonta, a decir que es un pelotudo. Tonto puede incluir un problema de disminución neurológica, realmente agresivo. El secreto de la palabra “pelotudo” – que no sé si esta en el diccionario de dudas- está en la letra “t”.

Analicémoslo.

Anoten las maestras.

Hay una palabra maravillosa, que en otros países está exenta de culpa, que es la palabra “carajo”. Tengo entendido que el carajo es el lugar donde se ponía el vigía en lo alto de los mástiles de los barcos. Mandar una persona al carajo era estrictamente eso. Acá apareció como mala palabra. Al punto de que se ha llegado al eufemismo de decir “caracho”, que es de una debilidad y de una hipocresía… Cuando algún periódico dice “El senador Fulano de tal envió a la m…a su par”, la triste función de esos puntos suspensivos merecería también una discusión en este congreso.Hay otra palabra que quiero apuntar, que es la palabra “mierda”, que también es irremplazable, cuyo secreto esta en la “r”, que los cubanos pronuncian mucho más débil, y en eso esta el gran problema que ha tenido el pueblo cubano, en la falta de posibilidad expresiva. Lo que yo pido es que atendamos esta condición terapéutica de las malas palabras.

Lo que pido es una amnistía para las malas palabras, vivamos una Navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje porque las vamos a necesitar.

Roberto Fontanarrosa: Fragmento de la ponencia para el Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española. Año 2004. Rosario, Santa Fe. Argentina.