miércoles, 30 de diciembre de 2015

Mario Jorge de Lellis, Los ricos mercaderes que creyeron que América no es de carne y hueso


CANTO A LOS HOMBRES DEL DÓLAR

                                                                
Tened cuidado. ¡Vive la América española!
                                                                                        Hay mil cachorros sueltos del león español.
                                                                                                                                     Rubén Darío

Por suerte están muy lejos.
Por suerte se terminan poco a poco,
declinan sus abyectos cauces,
se anuncian como son —monedas—,
escupen chicles, tienen guatemalas.

Porque donde fueron posible intervención,
donde vieron la fruta sazonada
al alcance del brazo que encajona,
no dudaron de hacerlo.

Porque donde se hallaron
     con guano, con petróleo,
con estaño sudado,
con cajeras bonitas y fábricas textiles,
con sucios pescadores de lampreas,
con terrenos de caucho
o magros buscadores de oro en las riberas,
o pequeños patrones de chatas en los puertos,
o aun con simples piedras del paleolítico;
donde hallaron lo útil,
la clásica ganancia para su impavidez,
lo embarcaron en anchas bodegas trasatlánticas,
lo custodiaron mucho
y le dieron destino de usinas o de acciones.

Por suerte están muy lejos.
Por suerte ya no tienen talismanes que los salven
y hacen que otros abran sus ventanas,
sus viejas banderolas,
vean de lleno el sol que fecundó las mieses,
vean de lleno obreros, cargadores,
     muchachos sin comer,
jerárquicos pastores con la biblia al hombro,
católicos creyéndolos
y raspajes de muerte
     en mujeres queridas de turismo,
y entonces es posible que esos otros
los vean como son
y piensen libertades
y crean en el unto de amor de las familias
y busquen desprenderse.
(Se desprenden).

Porque ellos caen de pronto
—felices capataces de las tierras volcánicas,
de las islas varadas en medio del océano,
de las quintas cargadas de rocío
donde crece el tomate como un coágulo,
de la locomoción,
     de la primera plana y el teléfono—
caen sin que nadie diga qué importancia
tendrá darles, de más, metros de tierra.

Pero al caer transforman, miden, quitan.
Y con la venia dulce de la luna
se instalan mercaderes de los sueños.
Porque acabadamente,
con letreros y avisos y empresarios
se hicieron democracia en el ocaso
y en el duro maíz
y en la sal de los trópicos.

Porque rastreramente,
con la corbata chic del diplomático
intervinieron muelles, jeroglíficos,
lugares donde matan a cuadrúpedos,
tallarines cantados, ejércitos de negros.

Porque impecablemente
vinieron a llevarse bandoneones
y se fueron.

Porque tardíamente
dieron el oro a cambio del obrero
y con sus duros ganglios de bandidos
después de comprobarnos el declive
se nos fueron.

Porque pusieron pie y robaron tierra.
Porque nosotros somos
ese ejército limpio de cachorros
con un diente en la lengua y un puño en cada lance
y un amargo sudor donde acabadamente
han de caer los hombres de los dólares,
los cajeros del caucho y del petróleo,
los que nos dieron luz sin alumbrarnos,
los ricos mercaderes que creyeron
que América no es de carne y hueso.


En: “Cantos humanos”, Edición El escarabajo de oro, 1966. Colección dirigida por Liliana Hecker. Cuidado de la edición: Vicente Battista.
Mario Jorge de Lellis (Buenos Aires, 1922-1966). Imagen: Detalle tapa “Cantos humanos”. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Carlo Bordini, Es lindo no saber



POLVO

Siempre seré un poco menos de lo que soy,
mejor dicho, mucho menos. Polvo. He perdido mucho.
Lo que se pierde es irrecuperable, y si se recupera
ya está disperso, no vuelve a entrar en el orden establecido
de las cosas. Me alegro si de mí
no queda nada más que un ligero
envoltorio. He perdido
mucho. En esta levedad,
lo que más importa es la ausencia de agudos,
que todo sea redondo y recogido. Y con eso
basta. Todo lo que se ha destruido puede volverse redondo,
y más redondo. Como un jarrón. Todavía es posible.
El polvo se puede recuperar. El polvo una vez era
detritos. Y ahora no es detritos,
es lento, friable. El polvo
es algo menos, pero puede
juntarse. Las heridas
pueden volverse polvo, recogido
y concluido. Me alegro
por no entender las cosas. Sus
razones. Hay cosas que ignoro, y me
alegro. Aparecen como misterios,
tranquilas. Por ejemplo,
la chica que veo siempre, ¿me ama
o no? No lo sé. Me alegra
no saberlo. Me alegra no saber
si la quiero, o más bien, sé que no la quiero, que podría
quererla; me alegra
no saber si hubiese podido amarla. Este misterio
me tranquiliza más que su amor.
Es lindo no saber. No saber, por ejemplo,
cuanto viviré,
o cuanto vivirá la tierra.
Esta suspensión
substituye a la eternidad.


Traducción: Martha Canfield (Montevideo, Uruguay, 1949). En “Polvo”, 2015.
Carlo Bordini (Roma, 1938).
Foto: JMP. Carlo Bordini, de espalda, en una calle de Roma, mayo de 2013.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Bruno Di Benedetto, Dejar el tendal



I. LA ROPA DE MAÑANA

Es primavera.
La cuerda bien tensada.
Trapitos al sol.


La vieja ropa
retorcida por el cuello:
caen, caen las gotas.


Rastros de jabón
en esta ropa oscura:
fregar de nuevo.


Cantar y coser.
Atar el hilo de agua.
Soplar botellas.


Manchas de sangre
en la sábana usada:
o amor o crimen.


Un calzoncillo
está perdiendo color.
Mala calidad.


La toalla seca
recuerda el agua clara
de la desnudez.


Las medias cuelgan,
las vence la humedad.
Dos no son un par.


Un repasador
bien repasado de sol:
la boca seca.


El pulóver chorrea
agua negra en el jardín.
Mueren hormigas.


Gran agujero:
la polilla no deja
pecho al abrigo.


Qué buen charquito
bajo las ropas al sol:
el tiempo pasa.


Un hombre cuelga
la ropa que no sabrá
usar mañana.



Fuente: Blog personal de Bruno Di Benedetto.
Bruno Di Benedetto (Avellaneda, provincia de Buenos Aires, 1955). Desde 1979 reside en Puerto Madryn, provincia de Chubut. Foto: Cecil A. Sarandon, Alemania, 1974.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Daniel Ponce, Como la monja del poema


LA MUJER QUE REZA

Como la monja del poema de Vitier,
la mujer del subterráneo
iba rezando el rosario,
fija en su oración,
mientras la ventanilla, a su espalda,
era un fondo líquido y urgente.
Es seguro que rezaba
por todos y por mi.
El rostro era reconcentrado,
oscurecido por la profundidad
de la intención
como el de un jazzista.
El mentón contra el pecho,
las manos hilando sus cuentas,
el sabor secreto de ciertas frases.
Yo esperaba que abriese los ojos.
Su ímpetu la llevaba
lejos de todo,
lejos de mi mirada interrogativa.
Creí, durante un rato,
que sus palabras inaudibles
eran mi consuelo.


YO FUI SHAKESPEARE

Si estas temblorosas manos hablaran
como alguna vez hablaron para dar noticias
a los que susurraban desde los asientos
tan apegados a su mugre y a sus mendrugos
que el aliento ganaba el escenario, ajo, cebollas,
vahos de animales que respiran su agonía,
dirían que ya no consiguen
sostener ni una gardenia ni una mansa hormiga
delante de los ojos para estudiar su cuerpo:
escuetas partes anudadas y acción sin sosiego.
Y si sostuvieran algún peso, por módico que fuera,
no sería para levantar la pluma y firmar, de nuevo,
delante de los usureros que me incriminaban
con los ojos, uno enclenque, de cara plana,
sin gestos, como un pupitre, y otro
seboso, comido de viruela y voz de trueno,
con cincha de caballo en el abdomen,
para convertirme en el vicario de Shakespeare,
en el testaferro que distraería al enemigo
cuando arreciaran los reclamos, abandonado
a su suerte, como los reos que se envían
a morir a las Indias o tragados por el mar.
Firmé fingiendo que era Shakespeare
y vestí sus ropas que olían a hervor de coles
y lo espié cuando urdía sus intrigas
sumando pagarés y escondiendo monedas.
Fui Shakespeare para los que no pisaban el teatro,
aquellos señores golosos del infortunio ajeno,
los dueños del oro, reptiles de la codicia,
los prestamistas, y también fui Polonio,
Gertrudis, Oliver Matatextos
y, mientras Heminges estuvo enfermo,
fui Macduff y Goneril.
Durante meses usé una barba falsa,
tejida con pelo de nutria, y un aro brilloso,
similar al de Shakespeare aunque menos notorio.
Debía comparecer en sitios prohibidos,
conducirme con modales olvidados, dejar rastros
en rincones de mala reputación
y, si me importunaban acerca del estilo,
repetir que la poesía debe causar perplejidad.
Mi naturaleza sumisa me hizo pecador

de pecados impropios y recibía mi paga:
un jornal de bufón y algunas propinas
de impostor y de mensajero.
Viví de favores hasta hoy,
luego de que Shakespeare se retirara
para morir en el cottage de Will Underhill
que fue envenenado por un hijo mezquino.
Los años me amigaron con el hinojo,
las rosas y el perdón.
Condell me hizo posar para un grabador
luciendo la vieja barba postiza
con el fin de remedar a Shakespeare
en la portada del libraco
que reuniría sus libretos.
El impresor hizo suprimir la barba
por indecorosa
y sólo preservó mi bigote.


POEMA

De algún sitio
debo obtener el poema,
allí donde se esconda
estoy obligado a extraerlo,
sucio de barro o iluminado
por una palabra enigmática,
detrás de un concepto
o cautivo en una historia,
en las páginas del diccionario
u oculto en el poema de otro.
Debo deducirlo
de una escena pasajera
o de la terca obsesión
que malgasta mis días.
Debo atraparlo vivo
a riesgo de que se desvanezca
en el aire.
Debo abandonarlo, falsificado,
en esta página,
y recomenzar su búsqueda.



Poemas inéditos del libro “Tiempo y azar”. Capítulo “Transfiguraciones”. Selección de textos: Jmp.
Daniel Ponce (Buenos Aires, 1956). 
Foto: Cecil A. Sarandon, Alemania, 1974. 

martes, 15 de diciembre de 2015

Carlos Dariel, Ese árbol


ÁRBOL INCLINADO

se podría decir que ese árbol
inclinado
vulnera la tarde y el río

se podría atribuir a esa inclinación
deseo
o impulso de otredad
entonces
no ya árbol
sino su después

y por qué
me pregunto

por qué esta urgencia de imitarlo


RETRATO

esa mano
que se arruga sobre la mesa
es también
una historia de la alegría
que ya nadie lee


SEÑALES

comienza otro día
y mientras desayuno
una mancha en la pared
desvía la mirada y la captura para sí

ahora soy esa mancha que miro
para reconocerme en ella
para confirmar la sospecha
de que sólo somos
lo que resta de cada acto
la borra de lo bebido

cierto calorcito
en la memoria de alguien



Carlos Dariel (Buenos Aires, 1 de agosto de 1956). Reside en Haedo, provincia de Buenos Aires.
Foto: Liliana Varela. El Precio, Ciclo de Jorge Figueroa y Carlos Dariel. Viernes 18 Septiembre 2015.

Moris, No hay nada más importante










ESTO VA PARA ATRÁS

Yo no pretendo que pienses como yo,
y yo tampoco los quiero convencer,
pero algún día yo tenia que explotar,
y decirles que esto va para atrás.

Muchos de ustedes no pidieron nacer,
en este mundo que es frió y cruel.
Si por mí fuera los haría volver,
y esperar 1000 años para nacer.

A nuestras madres no podemos volver,
ellas dirán “hijo qué, qué puedo hacer”.
Ahora me acuerdo que este mundo
también las golpeó y tampoco pidieron nacer.

Todos nacemos y todos morimos,
y nadie sabe por qué y para qué,
de ese misterio se ocupan los años,
y yo me ocupo de poder vivir.

Si hay que nacer y vivir y morir,
las guerras, el hambre y el sufrir.
No hay nada más importante, eso yo me convencí,
Es que el que nazca viva en un mundo feliz,
que el que nazca viva en un mundo feliz.


En primer elepé solista “30 minutos de vida”, 1970.
Mauricio “Moris” Birabent (Buenos Aires, 19 de noviembre de 1942).

lunes, 14 de diciembre de 2015

Alberto Szpunberg, Yo sé que mis palabras


VIII.

Yo sé que mis palabras trazan la ausencia
y nada ni nadie ni nunca,
ni siquiera ella,
colmará el infinito asombro.

En qué mar, vaya a saber, será el reencuentro
en qué mar arrojado contra qué rocas,
en el embate de qué tiempo,
contra el trabajo sucio,
imperceptible,
del olvido.


En: “El libro de Judith”, El Suri Porfiado, 2008.
Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940). Foto: JMP. AS en Bernal, circa 2011. Archivo de la talita dorada.

domingo, 13 de diciembre de 2015

Litto Nebbia, Un barco que se aleja en busca de otros mundos


REFLEXIONES DE UN HOMBRE SINGULAR

Camina por la calle
y dime si no sientes
que alguien te persigue
y te hace sentir mal,
y te hace sentir mal.

La imagen pasajera
de un sueño ya perdido,
te hace ver que es mentira,
ya todo terminó,
ya todo terminó.

Y sigue caminando,
y prendes un cigarro
que vive intensamente
mientras contigo está,
mientras contigo está.

Y cruzas por un parque,
lo miras, te detienes,
te acuerdas de tus libros
y aquel viejo reloj,
aquel viejo reloj.

La hoja que se muere,
te anuncia la llegada
del otoño que antes
a ti te vio nacer,
a ti te vio nacer.

Y así llega el verano,
disfrazado de sueños,
que algunos se realizan,
y muchos quizás no,
y muchos quizás no.

Un barco que se aleja
en busca de otros mundos,
te dice que hoy comienza
tu hora de vivir,
tu hora de vivir.


Letra y Música: Litto Nebbia. En elepé (primer disco como solista): “Litto Nebbia”, 1969.
Litto Nebbia (Rosario, 21 de julio de 1948).
Palabras de Litto Nebbia: "Iba a cumplir 20 años, y la compañía discografía me acusaba de arruinar un negocio impresionante por la separación de Los Gatos, yo había empezado a grabar un disco solista mío con cuerdas, con orquesta, quería hacer otro tipo de canciones, me pararon el disco y me dijeron ¿como le vas a poner Litto Nebbia? Nadie se va a acordar de es nombre. Tuve una discusión bizarra y asquerosa, y justo sale la oportunidad de esta película (“EL extraño del pelo largo”), que el personaje cuadraba conmigo, vivía en una pensión, pobre, que escribía canciones, me dan el guión, me dijeron tachá lo que te parezca, y de las doscientas páginas taché ciento y pico. La película hablaba de mi generación y estaba todo mal contado, no era así. Entonces arreglé correrme de mi personaje, y conseguí que el que hacía de mi representante sea el que se casara con Liliana Caldini, que era un bombón, por lo tanto me facilitó que no tenga que hablar en la película. Canto cuatro o cinco canciones en la película, que le empezó a ir muy bien en todos los cines, entonces la compañía saca a regañadientes el simple de “Rosmery” y en una semana vendí 54 mil copias, ahí nace Litto Nebbia (…) “Voy el primer día de filmación, me levanto a la mañana, me tomo 7, 8 ginebras para parecer un hombre, y llego con mi pelo largo hasta los hombros, me llevan a maquillar, pero me dicen “Te vamos a hacer un corte”, y me empiezan a cortar el pelo. Armo un quilombo total, me pongo como un gato salvaje y les digo: ¿Pero esto no se llama “El extraño de pelo largo”?, y el editor me dice “Si, pero no tan largo”.” (Fuente: de una entrevista radial, s/r).

En La Perla, 2013.

sábado, 12 de diciembre de 2015

Luis Alberto Spinetta, Todo el derredor del mundo


REFLEX

por un lado, el deseo arbitrario e incomparable de poblar la oscuridad casi sin recuerdo alguno.
poblar la soledad del alma, a lo que a veces se recurre al navegar la vida, llenándola con algo que no puede ser comprendido.
en sí, el alma, para no degradarse, no aparece (en el supuesto de poder ser comprendida).
ningún alma merece el castigo de la comprensión

manera de lanzarse,
vuelta,
y otra vez
tiene que lanzarse,
tiene que interpretar la pasión,
la pasión,
invertebrada,
la pasión.


TUTO

¿qué más cielo para mi alma, el ave,
que tus labios, todo el derredor del mundo?

la realidad ante la belleza luce efímera,
los pensamientos
aquellos deseos,
surcados en la diáfana noche
por los luceros que son acaso el olvido.

(parece ridículo que la felicidad no exista, así, como tal
porque la antecede el universo mismo y luce quieta).


En: “Antología Poetas Rock”, compilador Gustavo Álvarez Núñez, La Marca, 2003.
Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 23 de enero de 1950 – 8 de febrero de 2012). 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Francisco Urondo, Casi al alcance de la mano


LA VIDA POR DELANTE

A Matilde Herrera

Por qué hoy, precisamente,
voy a sentir miedo, teniendo
la seguridad de que mamá nos cuida, como
hace tantos años, y
llora desde la puerta
porque estamos enfermos y vamos a morir.

–Mamá no lloraré nunca
desde la puerta: hace frío
cuando alguien se enferma de cuidado
y puede morir–

Por qué hoy se me ocurren
estas cosas tan consabidas; por qué
no hablo de la revolución social o del sufrimiento
anegado en una mujer
de quien su hijo está enfermo; del desarme de la ternura, de
las mareas, de los coches de plaza, de los
cereales, que más no fuera.

–Ah soledad que no puedo
romper. Ah tristeza
aquerenciada,
dueña de tanta memoria­–

Por qué hoy no puedo estar alegre. Descuido
lo que tengo, no he sabido vivir, suelo
mirar la vida del otro lado de una puerta. Tengo
frío y ganas de vomitar, te hago
cosquillas en la palma de la mano
para que sonrías un poco, para que me olvides
un poco, para que sueñes un poco, para que saltes
un poco
dormida,
asombrada, lejos, mirando
desde la puerta.

Por qué hoy me doy cuenta de que nunca he tenido
talento para el amor; por favor
una mano; por lo que más quieran,
si llegan a necesitarme, no se olviden de mí. Hoy no puedo
hacer otra cosa que esperar inútilmente
desconsolado, con rabia, con desidia, con miedo,
con vergüenza, con todo lo de siempre: la puerta un poco
entornada, cerca de allí, casi al alcance de la mano.


De: “Del otro lado” (1960-1965). En: “Poemas”, Colección La Honda, Casa de las Américas, Cuba, 1984.  
Francisco “Paco” Urondo nació el 10 de enero de 1930 en Santa Fe. Murió, combatiendo a la dictadura militar, el 17 de junio de 1976.

martes, 8 de diciembre de 2015

Gabriel Báñez, Nueve meses antes de que muriera



NUNCA ESTUVE CON BORGES

     Nueve meses antes de que muriera, le hice un reportaje a Borges. Fue en el departamento de la calle Maipú. Supongo que estaban Beppo, el gato, y Fanny, el ama de llaves. Fanny me hizo pasar y al ingresar, de reojo y por la puerta a medio entornar, vi la habitación y la cama que había sido de la madre de Borges, doña Leonor Acevedo. Pulcra y tendida, con un edredón rosado al medio, como una tumba de dos plazas. Con olor a matrimonio percudido, algo así. El viejo se asomó balbuceante y me extendió una sonrisa, los dedos de filamentos. Lo tomé del brazo. Tenía las comisuras húmedas y un bastón radiante, que extendía con ingravidez. También algo de rancia nobleza en cada uno de los gestos, en la solapa del traje oscuro, en la manera de sonreír al bies. No se manifestaba torpe, al contrario. Pero sí disfrutaba de mostrar instantes de indecisión. Pensaba y evocaba en vivo, con dilatada sabiduría, titubeando ante sus propias palabras. El fraseo: imaginé que doblaba las páginas de una ajada enciclopedia en un día de viento, avanzando y retrocediendo, leyendo por tramos. Hablamos. Le hice preguntas idiotas, respondió cosas bellas. Transmití de ese encuentro un pésimo reportaje, ostentoso, inteligente quiero decir. Se extendió en Almafuerte, en López Merino, en poetas de La Plata, mi ciudad, que yo hasta ese entonces buscaba negar. Hoy amo a Almafuerte, sigo negando a López Merino. Seguro que nunca lo querré. Borges habló luego de unos versos de Evaristo Carriego, desmintió a Kafka y también se mostró interesado por Matías Behety, otro de los poetas fundacionalmente vinculados a mi ciudad. No sé qué le dije de la poesía de Matías Behety. Algo ignorante, seguro. Luego Fanny le acercó una taza de té y el viejo la bebió lamentablemente, con sorbos como chasquidos. Me despedí, preguntó por el origen de mi apellido, y ya no recuerdo qué dedujo. Una etimología vulgar, seguro. La olvidé. Eso fue todo. Ni una miserable foto del encuentro. Ningún otro recuerdo memorable. Nada para destacar. A los cinco días reproduje en "El Día" un reportaje opaco. Desvaído y sin vuelo. Es una suerte, me repito siempre, poder seguir leyéndolo desde el balcón de los que no lo tocaron ni lo compartieron. No, jamás estuve con él.


17 de agosto, 2007. En blog “Corte y confección”.

Gabriel Báñez (La Plata, 1951 – 2009). 

lunes, 7 de diciembre de 2015

José Emilio Pacheco, Lo que antes nunca


ESPEJO

En el momento preciso
el espejo revela su más profundo secreto
y dice lo que antes nunca había dicho.





En “Tarde o temprano” (Poemas, 1958 – 2009), Fondo de Cultura Económica, 2009.
José Emilio Pacheco (México, 30 de junio de 1939 – 26 de enero de 2014). Foto: Notimex. 

martes, 1 de diciembre de 2015

Fernando Pessoa, Mi manera de estar solo


YO NUNCA CUIDÉ REBAÑOS…

Yo nunca cuidé rebaños,
Pero es como si los cuidase.
Mi alma es como un pastor,
Conoce el viento y el sol
Y anda de la mano de las estaciones
Siguiendo y mirando.
Toda la paz de la Naturaleza a solas
Vino a sentarse a mi lado.
Pero yo sigo triste como un crepúsculo
Para nuestra imaginación,
Cuando hace frío en el fondo del llano
Y se siente que la noche ha entrado
Como una mariposa por la ventana.


Pero mi tristeza es sosiego
Porque es natural y justa
Y es lo que debe haber en el alma
Cuando piensa que existe
Y las manos recogen flores sin que ella se dé cuenta.


Con un ruido de cencerros
Más allá de la curva del camino
Mis pensamientos están contentos.
Sólo tengo pena de saber que están contentos,
Porque, si no lo supiese,
En lugar de estar contentos y tristes,
Estarían alegres y contentos.


Pensar incomoda como andar bajo la lluvia
Cuando el viento crece y parece que llueve más.


No tengo ambiciones ni deseos.
Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.


Y si deseo a veces,
Por imaginar, ser un cordero
(O ser todo el rebaño
Para andar desparramado por la ladera
Siendo muchas cosas felices al mismo tiempo),
Es sólo porque siento lo que escribo en el crepúsculo
O cuando una nube pasa la mano por encima de la luz
Y corre un silencio más allá de la hierba.


Cuando me siento a escribir versos
O, paseando por los caminos o por los atajos,
Escribo versos en un papel que está en mi pensamiento,
Siento un cayado en la mano
Y veo mi silueta
En lo alto de un cerro,
Mirando mi rebaño y viendo mis ideas,
O mirando mis ideas y viendo mi rebaño,
Y sonriendo vagamente como quien no comprende lo que dice
Y quiere fingir que comprende.


Saludo a todos los que vayan a leerme
Quitándome el sombrero desde lejos
Cuando me vean a mi puerta
Mientras la diligencia se levanta en lo alto del cerro.
Los saludo y les deseo sol,
Y lluvia, cuando lluvia es precisa,
Y que sus casas tengan
Al pie de una ventana abierta
Una silla predilecta
Donde se sienten, leyendo mis versos.
Y que al leer mis versos piensen
Que soy cualquier cosa natural,
Por ejemplo, el árbol antiguo
A cuya sombra cuando niños
Se sentaban de golpe, cansados de jugar,
Y limpiaban el sudor de la cabeza ardiente
Con la manga del delantal rayado.


Alberto Caeiro, “El pastor”.
En: “Poemas”, Fabril Editora, Buenos Aires, 1978. Traducción: Rodolfo Alonso. 
Fernando Pessoa (Lisboa, 1888 – 1935).