jueves, 28 de mayo de 2009

Un año de Aromito



Este blog, al que llamamos Aromito (por el impedimento, ojalá momentáneo, de no poder seguir sacando El espiniyo en papel), cumple un año. Gracias a todos los que aportaron poemas, trabajos, comentarios, buenos deseos, críticas y ganas de seguir apostando a la poesía, a la literatura, a la lectura. Nuestra mejor forma de compromiso.
jmp

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Juan Gelman: La dicha de leer.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Néstor Mux: El compact que me regaló mi hija mayor



EL COMPACT QUE ME REGALÓ MI HIJA MAYOR



En la pared de un alojamiento de Mallorca
Aurore Dupin, baronesa de Dudevant,
llamada George Sand, en 1842 anotó condescendiente:
pobre Chopin.

Ahora, solo en la casa, escucho el compact
que me regaló mi hija mayor la última navidad:
un piano prodigioso recrea sonatas de sencillez esmerada.

Algo dice que esta confortabilidad provisoria
desprende cierta atmósfera anacrónica
cuya melancolía no encaja en nuestros días.

Pero la realidad, más allá de la ventana,
suena hosca, estridente, fuera de escala humana.
Y por un rato – sólo por un rato –
aquí se está bien con uno
y con el pobre Chopin, un siglo y medio después.

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De: “Papeles a consideración”, Libros de la talita dorada, 2004.
Néstor Mux nació en La Plata en 1945.

Poemas de Mux en este blog:
“Cuando vinieron la lluvia” y otros poemas.
Selección de “Nosotros en la tierra”, 1968.

Néstor Mux: Dos poemas inéditos.

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Portrait by Delacroix, 1838. Originally part of painting showing both Sand and Chopin.
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lunes, 25 de mayo de 2009

Alejandro Nicotra: “Las mañanas” y otros poemas





PLAYA DE AYER


El mar, el mar que siempre recomienza
(¡y tus pies en la espuma
como dos pájaros!)



APOSTILLA


La primavera ha venido.
Nadie sabe cómo ha sido.
Antonio Machado


Pero lo sé:
ha venido
tal como tú, anoche:

por eso temo despertar.



LAS MAÑANAS


a Esteban

Hace tiempo, te digo,
que no decía las mañanas,
pero diciéndolas así
como quien muerde una fruta:

hoy mi callar se hundió en su carne
y ha embriagado mi lengua
algo como una infancia, o un amor.



ANOTACIÓN DE ENERO


a Olga

Anoche,
furia de fin de mundo, la tormenta;
y esta mañana
el equilibrio
del colibrí
sobre la flor:

clara tu mano
en la luz, parecía
resguardar el prodigio.



POSTAL


a Lía Rosa Gálvez

No verás una abeja por el jardín;
tampoco nieve, allá en las sierras.

Puerta espectral, entre dos estaciones,
es este día:

casi un adiós,
casi una espera.



ESCENA / EPÍLOGO


Al parecer, todo ha cambiado.

(Desierto el libro, clausurada la lámpara,
en sombra el párpado del hogar
y su gato.)

Sólo que la mañana ha vuelto.
(Extiende, de cima a cima, un cielo frío
con luz rosada.)


Selección de poemas de "De una palabra a otra", Ediciones Del Copista, 2008.
Alejandro Nicotra nació en Sampacho, Córdoba, en 1931. Poeta de la naturaleza interior. Ha escrito Raúl Gustavo Aguirre: “La sabiduría de este poeta consiste en dar cuenta con palabra cuidadosa, estremecida, fiel, de sus vislumbres de este mundo: la mujer, un astro, el fuego, un anochecer. Señales que tal vez no sean otras que las encendidas por los dioses para sugerirnos, con las palabras de los que verdaderamente “hablan”, en qué dirección podemos encontrar, si no las claves, por lo menos las preguntas que importan.”
Foto: Las afinidades electivas.

martes, 19 de mayo de 2009

Horacio Preler: Hoy llegó un nuevo libro de poesía



Hoy llegó un nuevo libro de poesía



Hoy llegó un nuevo libro de poesía.
Sus palabras cayeron como un poco de hiel
sobre la noche,
pero las horas corrieron igual
en el reloj de arena.
En tanto, desde la calle
llegaba una canción de cuna,
y un perro ladraba desde su oscuridad.

Cuando mi voz no se oiga
recordaré que estamos hechos
de la misma madera.
Te dejaré la tarea de crecer
mientras la lluvia continuará cayendo
sobre los viejos techos de la ciudad desierta.

Sabía desde hace mucho
que el tiempo doblaría su apuesta,
que los hombres no serían los mismos
y los árboles morirían.
Sólo los recuerdos permanecen intactos
y roen la oscura corteza del pasado.
¿Qué ha quedado de todo?
Unas monedas viejas,
algunas fotografías desteñidas,
la letra de una triste canción.
Todo lo demás será un espejo sin habitante,
todo lo demás morirá con nosotros.




Horacio Preler (La Plata, 1929). Poema inédito en libro, publicado en el número 01 de El espiniyo, revista de poesía, otoño de 2005.-

Foto: Horacio Preler en City Bell, 4 de noviembre de 2006. Archivo de la talita dorada.

domingo, 17 de mayo de 2009

Guillermo Saccomanno: El buen dolor


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Señala con una marca roja la primera página del libro, pues la herida es invisible en su comienzo.
Edmond Jabés, El libro de las preguntas



(...)
Aún cuando tu familia no estaba todavía en la pobreza, sino que pertenecía a ese sector que se denomina hipócritamente gente humilde, un peldaño por debajo de la clase media, aun cuando la enfermedad no se había instalado en la casa, flanqueándolos, empezabas a darte cuenta de que determinados sentimientos que generan la pobreza y la enfermedad iban a perseguirte siempre, por más fugas que tramaras. Si los experimentaste una vez, esa vez es para siempre. Vayas donde fueres, estarán siempre con vos. Podés huir de la pobreza y la enfermedad, pero no de sus efectos. Terror, repulsión, vértigo se funden, a veces, en una alteración de las percepciones de tiempo y espacio, los reflejos asustados y temblorosos como después de una resaca fuerte. Podés emborracharte con el dolor. La alegría, cuando sucede, tiene entonces el gusto de un café con leche con medialunas después de haber dado sangre.
(...)


_

Guillermo Saccomanno (Buenos Aires, 1948). De: “El buen dolor” (fragmento), Emecé, 1999.:___

Dos poemas de Giusseppe Ungaretti



POESÍA


Los días y las noches
suenan
en estos nervios míos
de arpa

vivo de esta alegría
enferma de universo
y sufro
por no saberla
encender
en mis
palabras



SOY UNA CRIATURA


Como esta piedra
del S. Michële
tan fría
tan dura
tan reseca
tan refractaria
tan totalmente
inanimada

Como esta piedra
es mi llanto
que no se ve

La muerte
se paga
viviendo


Giusseppe Ungaretti (Alejandría, 8/02/1888 – 3/07/1970)
Versión de Rodolfo Alonso. En: "Antología", Fabril Editora, 1978. 

Edgar Bayley: No puedo decirlo de otro modo



NO PUEDO DECIRLO DE OTRO MODO


vendrá un día un día vendrá un día
habrá un día
una mañana
y tendremos lo que fuimos somos
hubo un día
una marsopa
no puedo decirlo de otro modo
cuando me pongo a conversar sobre estas cosas
mi intención es ser muy claro y muy resuelto
no puedo decirlo de otro modo
vendrá un día un día vendrá un día
una mañana
y todo será muy claro y muy despierto

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Edgar Bayley (1919-1990)

De: “Celebraciones”, incluido en: Edgar Bayley. Antología personal. Centro Editor de América Latina.

Alberto Girri: El poema como idea de la poesía




EL POEMA COMO IDEA DE LA POESÍA


Que la finalidad
sea provocar el sentimiento
de las palabras,
y alcanzar
el desafío de la expresión,
perseguir objetos
que se ajustan al sentimiento,
hundirse en objetos
hasta la emoción adecuada,
está probado,
y tanto, probado y probado,
como no lo está
el que en esos tránsitos
la tendencia madre sea
por dónde va la inspiración,
«si en frío o en caliente»,

y no lo está
que haya que seguir a Homero
entre las Musas, su rogar que lo asistan,
y a Platón
saludando hermosos versos
más en mediocres pero iluminados
que en sagaces y hábiles exclusivamente
al amparo de sus propias fuerzas,
y a Dante, el reclamar
la intervención de dioses
acaso sin creer en ellos:
O buono Apollo, all'ultimo lavoro
fammi del tuo valor...


Pero tampoco ninguna
terminante prueba hacia lo opuesto,
que el poema
se conduzca en la mente como un
experimento en una ciencia natural,
y que la aptitud
combinatoria de la mente sea
la solo inspiración reconocible.



Alberto Girri. De: "El motivo es el poema", 1976
Foto: “Alberto Girri” Copyright © Susana Mulé

Juan Carlos Bustriazo Ortiz: Guardo tus ramas en mi casa


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GUARDO TUS RAMAS EN MI CASA


y tan del monte o hijas del árbol entenaditas de la
noche hijas del diablo hijas de santo día me dan su
mancha de oro en madrugadas pencos largos yo me las
traje de tu ausencia son un adiós ensortijado yo me
las tengo creo y creo supersticioso las ensalzo sus
pequeñeces son un mundo terrible y fino desangrado y se
están quietas como piedra briznal piedra de pájaro
quiero decir pájaro seco crucificado en cal y clavos
rama del pájaro bebido corazón del dulcevaciado están
están pena de leña tan piedrosita en mi

costado!

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Bustriazo Ortiz (La Pampa, 1929).
De: “Elegías de la piedra que canta”, 1969.

Juan L. Ortiz: Fui al río


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FUI AL RÍO


Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.
Regresaba
-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!


JUANELE ORTIZ
(Entre Ríos, 1896-1978)
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jueves, 14 de mayo de 2009

Claudio Simiz: “El dolor de los otros” y otros poemas inéditos


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Marina I


No es oro, no,
aunque la luz lo enciende,
es un puñado de arena
que se va deslizando de tu mano
y se vuelve otra vez arena indiferente.
No es lluvia, no,
es arena regresando a la arena
antes de la próxima ola,
pero de pronto
puede ser tu corazón,
la simiente desvelada
de lo que no ha sido,
el peso de una lágrima
a merced del viento.


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Los años


“Esta segunda inocencia
que da el no creer en nada”
Antonio Machado


Este que no quería ver cómo la luz de su cuarto se apagaba/ y surcaba el océano al cruzar la avenida/ y juntaba piedritas de colores de todas las galaxias/ maravillosamente/ es el padre de este hombre raído/ trizado de metralla visceral, silenciosa/ náufrago de los mares que nunca alcanzará/
¿Seguís ahí, Papá/ tu risa estentórea debajo de la almohada/ para espantar al Cuco?


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El acróbata


El acróbata se apropia un segundo del aire/ sabe que nunca será suyo/ pero él igual lo apresa/ y el aire lo sostiene un instante/ le acaricia el esfuerzo/ lo devuelve a las grávidas cosas como madre a la cuna/
Y el aire será el mismo/ transpirado, perlado de otros sueños/ y el hombre será otro/ porque algo de sudor se ha escurrido en el éter/ y ni una brizna de brisa/ le queda entre los dedos.


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El dolor de los otros


Uno lo ve pasar/ surcar de rojo tardes anodinas/ golpear de puñetazo o de gotera/ las espaldas del sueño/ Uno oye su respirar terco/ el eco asordinado/ el esternón vibrante/ el diapasón en carne viva/ Uno siente a su lado su densa sombra verde/ ese procaz, acidulado almizcle/
Y acaso tarde/ mágicamente tarde/ se reconoce labio de la herida/ sílaba atónita de años/ y se desencandila del espejo/ apenas casi sin entornar los párpados/ uno empieza a llorar/ sin traducir las lágrimas.


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Claudio Simiz nació en Buenos Aires en 1960. Doctorando en Letras por la UBA, se desempeña como investigador (UBACYT). Es formador y capacitador docente, siendo su especialidad los talleres de escritura y la sociología de la literatura; en torno de estas temáticas ha publicado trabajos críticos en revistas y en publicaciones académicas de distintas universidades. Tiene publicados siete libros de poesías.
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Foto: Archivo de la talita dorada.
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martes, 12 de mayo de 2009

Irene Gruss: La soga y otros poemas


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QUIÉN ME QUITA LO BAILADO


Pido peras al olmo. Las saboreo:
son deliciosas.
He pedido gato por liebre;
me lo han dado.
Me han contado historias libidinosas
a medianoche;
gozaba, con cada palabra,
con cada gesto.
He amado la noche
cuando amanecía,
amé la muerte, y
soñé
con la realidad.


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LA SOGA


La soga es el vacío
de donde cuelgo, me aferro
al vacío como la soga segura
de mí. Apenas raspa
cada vez que
me abalanzo o tiemblo, el vacío
sostiene mi forma única
de andar, hay vértigo donde
sobra espacio, mi miedo
se pierde cuando cada hilacha
afloja el sentido
concreto de la perduración. La soga
no depende. He preferido atarme
a eso.


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PARAFRASEANDO A GINSBERG


Siempre quise volver al sitio donde nací: el semen amargo.


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Que te quede de mí
ese ruido de amapolas
endebles y furiosas
besándote,
y guardes la mirada
perdida, detenida
en algún punto fijo, como
si te mirara detenidamente,
perdidamente,
y te toquen la memoria
mis manos
como si te tocara,
y veles
el cuerpo vivo,
increíblemente vivo
que tuve.


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En: Solo de contralto, Galerna, 1997.
Irene Gruss, Buenos Aires, 1950.

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Foto: Daniel Grad (La Maga / 2001)
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lunes, 11 de mayo de 2009

Carlos Mugica (1930-1974): Meditación en la villa, 1972



Meditación en la villa, 1972




SEÑOR, perdóname por haberme acostumbrado a ver que los chicos que parecen tener ocho años tengan trece.


SEÑOR, perdóname por haberme acostumbrado a chapotear por el barro; yo me puedo ir, ellos no.


SEÑOR, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de las aguas servidas, de las que me puedo ir y ellos no.


SEÑOR, perdóname por encender la luz y olvidándome de que ellos no pueden hacerlo.


SEÑOR, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no: porque nadie hace huelga con su hambre.


SEÑOR, perdóname por decirles "no solo de pan vive el hombre" y no luchar con todo para que rescaten su pan.


SEÑOR, quiero quererlos por ellos y no por mi. Ayúdame.


SEÑOR, sueño con morir por ellos: ayúdame a vivir para ellos.


SEÑOR, quiero estar con ellos a la hora de la luz. Ayúdame.









viernes, 8 de mayo de 2009

“Es posible imaginar el resto de las aves”, y otros textos inéditos de Mario Arteca



EpA!

“ES POSIBLE IMAGINAR EL RESTO DE LAS AVES”
(Ch. S.)


a los antiguos compañeros


Así lo decía: lo pequeño se vuelve grande,
pero la excelencia persevera.

En medio de un silencio mayor el día se construye sereno. Después de las imprecaciones, los truenos, la salva dada por el círculo antediluvial de las aves.

Es posible pensar el silencio como una forma de ingratitud. Nadie vio la misma ciudad que yo, su crueldad a la hora de remover las cenizas.

Difícil obtener la absolución. No la acepto. La espera en fila en medio de la luz comando de una vitrina de retirados, borrando culpas por sus declaraciones.

Vi el fuego en la ciudad, y una anarquía de viruta en tilo, “encuentro solaz en el dolor punzante de la añoranza” (Zagajewski), donde caen arañas inspiradas por una trova de pájaros chillones.

No sé cuántos crímenes imagino cometer, pero no es necesario que lo sepan. Aquí no hay criaturas así.
Es peligroso recordar cosas de esa índole, salvo aquellas que no se pueden reconstruir.

La generación que iba desapareciendo en el pasado tomaba una sola clase de té.

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¿CÓMO FUNCIONA EL MUNDO?



Cierta alhambra de sonidos, oscura desde una llamarada de sitios que conversan. Mi tío, de doscientos kilos, juega a morir de gota mientras pasta cervezas por un acantilado de tormentos. ¿Litros y kilos, miden la misma vara con que se distingue el río al que abrevarán seres sencillos, criaturas tan volátiles como esas que respiramos, pero que al nombrarlas se pierden, se vuelven sólo ellas, aire? Esas personas que miran me dicen lo mismo que a vos, pero a gritos. No existe sensualidad en la palabra arrojada contra un pañuelo de secarse, creo verlas ahora, lágrimas.

Son las once de la mañana y cada nube que pasa cocina peor silencio. Una cabeza de chimango se revuelve de risa porque su cuerpo es tirado a las brasas. Una cabeza cree que basta un mundo y su monoambiente, donde habite sólo para pensarse. “Si la inteligencia fuese propiedad de una sola persona, entonces no existiría una cultura que contenga tanta materia ambulatoria”, dice el ave vestida por su manera de ofrecer, exhausta.

¿Quién golpea los nudillos contra un tronco abierto por la tempestad eléctrica? El cobrador llega minutos después, se seca la sangre y ofrece una toalla al deseoso de futuro. Suenan a coro todos los timbres de las casas.

Nadie abre la puerta; ninguno se asoma a la ventana a parlamentar con un desfibrilador cardíaco. Lo que se dice mundo, es obra de una nueva escuela de vanidades, llamada amenaza.

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DECLARACIÓN DE DERECHOS HUMANOS


Causalidad del perchero, la ineficacia del gabán calado por sopapos de aire. Puro vicio, sólo aire detrás de los objetos.

“Hotel reservations and all that rot” *, donde el promedio general del planeta acumula sensaciones encontradas.

(…)

La suma de superposiciones. Diálogos cuya vuelta atrás son la permanencia en carrera de una noche a la luz de las velas (cuando la energía reventó, y la depauperación dejó atrás la era de los ventiladores).
Nadie resuelve qué sueño se origina de la reunión de algunos objetos echados dentro de una caja de zapatos.

(…)

De noche, esos animalitos suelen visitarte, por el miedo que les provoca el amotinamiento, el hambre. Entenderlos no es firmar una solicitud, una póliza de tiempo donde la vida paga al costo otra por venir.

Hay confianza en lo que parte de un hemiciclo. Que no existe curva si no cierra lo que parece liso y llano.

(…)

Pero ellos sólo buscan reflejarse.
Lo que suponía una comodidad de origen, era sólo un perchero cuya psicología traba comercio con la gravedad.


* “Reservaciones de hotel y toda esa basura” (John Ashbery).

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CHUVACHI


¿Quién conoce Chuvachi? De allí nos viene Guennadi Aigui (родившийся 1934–).

Escribe en ruso,
funciona como ruso,
se lee en ruso,
nos viene de Chuvachi.

El hombre de Chuvachi dice que “no basta una vida para descubrir la verdad.” Tampoco basta una verdad para convencerse de la existencia de una sola vida.

Cuando un árbol se seca no afianza por necesidad la certeza de la muerte. Es sólo árbol seco fuera de sus deudos.
Algunas ocasiones sirven para valorar qué cosa es un mundo cuyas raíces desaparecen.

Eso es Chuvachi.


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EL OBJETO SE POSICIONA ANTE LA RISA


¿Qué es lo que provoca tal ruido? ¿El perchero de Charles Simic ofreciendo propina o que haya aprendido a darla? Ese dato, que puede abrir a cocazos una ventana, sin embargo afirma nuestra intriga. El hecho es que allí, en esa danza macabra de objetos, está la marca de un aprendizaje.
No se puede tolerar que una cosa indefinida reciba instrucción para nada. Cualquier desperdicio consciente pueda mutar en materia solidaria.
Y además, quién no se familiariza con la propina.

(…)

Se puede exigir un mundo con sentido del humor, a riesgo de volvernos cuña de perversidad. ¿Qué otra cosa puede ser esa recomendación de la palmera a un espejo que descree de la representación, sino la condición misma de todo destino que no puede refractar la corrosión por mímesis?
Si no se cree en la normatividad antes de publicitarse como naturaleza, entonces la resistencia a un espejo no será mera incomodidad: habrá estallado y esparcido esos cristales con que multiplicar por fin su reflejo.
Ante la posibilidad de una realidad, miles.

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POR SI OSCURECE


La noche avanza. Mantengámonos juntos, es de noche. La tormenta vuelve, creció en paz, con la maleza encima y un pañuelo como árbol. Quedémonos quietos.

El viento avanza. Y los que están en el límite saben qué se les avecina, en el interior de un silbido de colectivos, frenado a coro, en tiempo muerto.

“La señora me encargó de decirle que se queda a dormir…”.
Va tras ella. Fue él. Nadie podrá decir que no se ha defendido.

Dos policías azules se sientan en el cordón de la vereda y detienen gente. Que si no han visto a uno con la cara colorada y el pelo amarillento. Lo que ha hecho o va a hacer, aún no lo saben.

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REWIND


Es preferible que la comicidad no descanse en el absurdo (Samuel Beckett es un ejemplo directo de esto): donde funciona la autoconsciencia se construye una moral discursiva, y lo cómico no tiene moral, es el reverso de la autoconsciencia. Presta oídos a lo imitativo y lleva con eso la risa.

Reírse es rebobinar el olvido.
Los libros consiguen arribar al umbral donde los objetos conversan sobre sí mismos, en un universo de proporciones oníricas, sin escala.

Es complejo pertenecer a un mundo cuya única virtud es deslizarse fuera de la gravedad, como si los trucos no tuvieran explicación posible, y jamás pudieran ser desarmados como piezas de un solo juguete.


____:
Mario Arteca nació en La Plata en 1960. Los 7 textos que presentamos en Aromito pertenecen a “El pronóstico de oscuridad”.
Más Arteca en POESÍA LA PLATA.
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Foto: Gentileza Sketchbook.
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martes, 5 de mayo de 2009

“Thomas Alexandre de la Pailleterie, el padre de Alejandro Dumas”, por Luis Benítez



EpA!

Andanzas y desventuras de un general de Napoleón: la novela que Alejandro Dumas jamás se animó a escribir


Por Luis Benítez


Si la vida de su genial hijo, Alejandro Dumas, fue decididamente novelesca, la del padre del escritor, el marqués Thomas Alexandre de la Pailleterie, general de la Francia napoléonica, no le fue en zaga. Por las serias desavenencias que tuvo con su padre, el señor de la Pailleterie, Thomas Alexandre abandonó el uso del noble apellido familiar y tomó el de su madre, la africana Dumas. Con el estallido de la Revolución Francesa, el mulato y aristócrata Dumas se incorporó al ejército y las abundantes revueltas y conflictos del nuevo régimen con las monarquías europeas y las facciones internas fueron terreno favorable para que adelantara en su carrera militar. Con la llegada al poder de Napoleón Bonaparte, las cualidades del moreno oficial Dumas, destacado por su valor en combate y sus notables capacidades como estratega no pasaron inadvertidas para el ojo avizor del Gran Corso, que sabía apreciarlas en su justa medida. En tiempos de guerra los ascensos en el ejército son rápidos y así el mulato Dumas se convirtió prontamente en el general Thomas Alexandre Dumas, uno de los más destacados del ejército imperial. Sin embargo, como muchos otros oficiales que habían adherido a la causa revolucionaria y luego la vieron diluirse entre las garras de la insaciable ambición de Bonaparte, Dumas iba a sufrir en carne propia las consecuencias de esta contradicción. Los cañones de Francia, en nombre de la Declaración de los Derechos del Hombre, atacaba a las monarquías europeas para imponerle a todo el Viejo Mundo un solo emperador. Y aun más: se comportaba con sus colonias heredadas de la monarquía derrocada de un modo tan opresor como ésta en el pasado.
Y el bravo general Dumas tenía vínculos muy estrechos con una de esas antiguas colonias, por ser el hijo rebelde y natural de un marqués, Antoine de la Pailleterie, y una esclava dominicana, Marie Céssette Dumas. Su infancia había trascurrido en la isla americana donde entonces flameaba la bandera tricolor en la misma plaza donde se había erigido un patíbulo para emplear adecuadamente otro de los aportes de la Junta Revolucionaria encabezada por Dantón y Robespierre: la guillotina.
Lejos de libertar a los esclavos que antes servían en los campos a los aristocráticos propietarios de ingenios de caña de azúcar, cafetales y plantaciones de tabaco (el más conspicuo de los cuales era el mismo padre de Alexandre, el ardiente marqués de la Pailleterie), el gobierno revolucionario lo que había hecho era traspasar bienes, propiedades y esclavos a sus nuevos dueños, cercanos todos ellos al poder que regía en París.

Para los haitianos, la llegada de la Revolución Francesa y la proclama de los derechos del hombre habían sido meras ilusiones de sacudirse las cadenas para siempre. Si los amos habían cambiado, la condición de los sometidos no. Medio millón de esclavos había en Haití, trabajando en 2.000 haciendas. La Revolución Francesa cerró los ojos, pero los africanos y sus descendientes los mantuvieron muy abiertos. Hartos ya de esperar una libertad que no venía, en agosto de 1791, sólo tres años después de la caída de la Bastilla, acaudillados por un sacerdote del vudú llamado Boukman, los esclavos haitianos se amotinaron. Incendiaron los cultivos de añil, café, cacao, tabaco, azúcar y algodón; asaltaron las casas patronales y pasaron a degüello a sus señores; violaron a las señoras y a sus hijas. La mayoría de los blancos de la isla murieron de un modo horrible. Aunque los propietarios tenían las armas de fuego y el control del pequeño destacamento local, y los esclavos atacaban armados sólo con cuchillos, instrumentos de labranza, palos y prácticamente todo lo que encontraban a mano, la diferencia numérica era tan abrumadora que los esclavos iban imponiéndose a pesar del crecido número de bajas que debían soportar.

Ante ello, los propietarios se organizaron, mientras los rebeldes comenzaron a dividirse en facciones y a pelear entre sí. Como resultado, finalmente los antiguos señores lograron imponerse y devolvieron golpe por golpe a los sublevados. Consiguieron ayuda del exterior y organizaron una formidable armada para reconquistar el poder en la isla. Entregado o no por los suyos, como cuenta la leyenda, finalmente capturaron al brujo Boukman y lo descuartizaron, exhibiendo su cabeza clavada en una lanza. Durante semanas, se aplicaron a torturar públicamente a los insurrectos capturados, decapitándolos y enviando los cráneos a distintos sectores de la isla, como ejemplo para todos aquellos que no depusieran las armas de inmediato. Pero la chispa ya estaba encendida y, al parecer, se precisaba derramar toda la sangre africana del lugar para poder apagarla.
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En medio de la confusión y el terror que desató la brutal represión instrumentada por los propietarios blancos, se alzó un nuevo líder que reemplazó al asesinado sacerdote vudú. Se llamaba François Dominique Toussaint L'Ouverture, aunque fue conocido también, primero por los suyos y luego por la Historia, como Toussaint Bréda o Toussaint Louverture. Se supone que nació aproximadamente en 1743, lo que implica que tenía 45 años cuando asistió a los horrores de la sublevación y a los de su represión. Esa edad era muy avanzada para un esclavo haitiano, dadas las condiciones de vida que les imponían sus amos, pero Toussaint tenía a favor de su supervivencia algunas condiciones notables: era inteligente, disciplinado, había sido educado por sus amos y por sí mismo, sabía leer y escribir en francés y en latín y la confianza de sus dueños lo había elevado de su inicial condición de cochero a la de administrador del ganado, la posición más alta alcanzada por un esclavo en toda la isla y algo ciertamente insólito para la época y sus costumbres. A escondidas de su amo, el discreto Toussaint había leído a fondo los escritos de Julio César, el mayor estratega militar de la Antigüedad, y posteriormente los escritos de Rousseau, Voltaire y los edictos de la Revolución Francesa que le negaba a los suyos la libertad, pero proclamaba a los cuatro vientos que todos los hombres nacían libres. Cuando la hacienda de sus amos fue atacada, el discreto y minucioso administrador de hacienda Toussaint L'Ouverture dejó de lado la pluma con la que llevada la cuenta de las vacas preñadas y las terneras nacidas y tomó las pistolas y el cuchillo, instrumentos más adecuados para sus nuevas actividades.

Mientras la cabeza del brujo Boukam era exhibida en Le Cap, el puerto y ciudad principal de la isla, L'Ouverture observó minuciosamente cómo los cabecillas de la insurrección, tras pelearse entre sí por la conducción de la revuelta, iban cediendo ante el miedo que les provocaba la feroz represión desatada por los ricos blancos. Cuando juzgó que era el momento conveniente (L'Ouverture era un hombre que sabía esperar) se puso a la cabeza de los aterrados insurrectos, infundiéndole nueva vida a la rebelión a la que todos, particularmente los propietarios, ya creían definitivamente derrotada. Sus razones no convencieron a los cabecillas anteriores, celosos de su propuesto liderazgo, pero sí a los miles de esclavos que seguían sosteniendo las armas. La solución se imponía: Toussaint L'Ouverture mandó ejecutar a los capitanes que se oponían a su propuesta, mandó a su familia a un refugio seguro y se aplicó concienzudamente a organizar un ejército disciplinado, seguro de sí mismo y, lo que era todavía más importante para sus planes, definitivamente convencido de que la única manera de asegurarse la libertad para ellos y su posteridad era barrer definitivamente a todos los blancos de Haití y declarar la independencia de una nueva nación. La revuelta se había convertido en una revolución. Ese mismo año, en Francia, los revolucionarios blancos también estaban en problemas: los partidarios de la monarquía se habían organizado y marchaban sobre los bastiones del nuevo régimen para acabar con ellos a sangre y fuego y restaurar el antiguo orden de las cosas.

Para el astuto y organizado Toussaint L'Ouverture estaba claro que había llegado el gran momento. Los blancos no habían podido acabar con la revuelta haitiana, pero iban a hacerlo tarde o temprano si no lograban los sublevados dar un gran golpe. Por otra parte, los esclavos alzados en armas pasaban hambre y privaciones en sus escondites rurales, de los que sólo salían para dar una guerra de guerrillas, de golpes eficaces pero aislados, a sus antiguos amos. Desde Francia enviaron entonces a un nuevo gobernador, inexperto en las cuestiones coloniales, que hizo embarcar a la mayoría de las tropas que la república mantenía en la isla para proteger los intereses de los propietarios, pese a la rugiente protesta de éstos, que avizoraron pronto los acontecimientos que iban a venir.
Y efectivamente, vinieron: diez mil sublevados, apenas la última goleta dejó el puerto de Le Cap llevándole tropas de refuerzo a la necesitada Francia, invadieron la capital isleña y barrieron en sangriento combate la resistencia de los blancos. Al frente de los victoriosos combatientes, Toussaint L'Ouverture dada órdenes y contraórdenes que eran disciplinadamente obedecidas, para el asombro de los dispersos y derrotados blancos, que jamás creyeron que sus negros podrían organizarse como un ejército regular.
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Toussaint L'Ouverture tomó el poder en la capital haitiana ataviado con un deslumbrante uniforme militar, que él mismo había diseñado. De este temprano revolucionario americano nos dejó un fascinante retrato –no exacto ni exento de una malintencionada ironía- el escritor cubano Alejo Carpentier, en su memorable novela “El Siglo de las Luces”.
Las noticias llegaron a Francia en el peor momento, mientras se combatía a los monárquicos con uñas y dientes. La reconquista de las colonias se dejó para después, habida cuenta de lo apurada de la hora, pero no por eso fue dejada de lado. Haití era la colonia más valiosa del Caribe y no era un buen negocio perderla. Lamentablemente para Francia, también otras potencias pensaban lo mismo. Un año después del triunfo en Le Cap de Toussaint L'Ouverture, mientras éste seguía organizando su ejército de hombres libres pues sabía muy bien que lo iba a necesitar, una flota británica que transportaba a más de 7.000 combatientes se aproximó a la isla, para tomarla “bajo la protección” de Su Graciosa Majestad. Y efectivamente, la tomó: se apoderó del puerto con la ayuda de los antiguos propietarios blancos. Comprendiendo que debía aliarse con su antigua enemiga, la Francia revolucionaria, para derrotar al enemigo extranjero, Toussaint L'Ouverture se puso del lado de París y batió no sólo a los ingleses y sus aliados locales, sino también a una segunda expedición, enviada por los españoles que ocupaban la otra mitad de la isla (la actual Santo Domingo), también ansiosos de “proteger” a la valiosa colonia francesa.

La idea de Toussaint L'Ouverture, después de decidirse por el lado francés de la batalla por la isla, era exigir no sólo la abolición definitiva de la esclavitud en ella, sino también la independencia.
En apuros, la Francia republicana se apresuró a decretar nominalmente la primera condición pedida por L'Ouverture, cuando los antiguos esclavos en realidad gozaban prácticamente de la libertad desde 1791, y manifestó que estudiaría las condiciones y cláusulas de la solicitud de independencia… dejando el asunto para más adelante.

En Haití, mientras tanto, los enfrentamientos continuaban. En 1800, al comenzar recién el siglo, la fuerza inicial de Toussaint L'Ouverture, de sólo 4.000 hombres, se había transformado en un ejército de casi 60.000, entrenado, disciplinado y provisto de arcabuces, pistolas y algunos cañoncitos robados por igual a franceses, españoles e ingleses. Ese año el ejército de hombres de color batió a los veteranos españoles en un sangriento combate. Francia prometió una vez más estudiar la cuestión de la independencia haitiana y halagó a Toussaint L'Ouverture con la promesa de reconocerlo como general de la República y gobernador de Haití, pero las cosas habían ido otra vez demasiado lejos.

En 1801, Haití declaró unilateralmente su independencia del Viejo Mundo, presentándose como la primera república de esclavos emancipados por su propia mano. En Francia el poder también había cambiado de dueño: Napoleón Bonaparte se había presentado primero como el salvador de la República en peligro y la suerte de las armas le había resultado absolutamente favorable. No sólo recuperó para Francia el control total de su territorio, batiendo a los realistas en todos los encuentros, sino que también había engrosado su extensión anexando porciones de los países circundantes. El resto de Europa iba a aliarse contra él y su proyecto de crear un imperio, con que el ambicioso y joven general quemó las naves: se hizo con el poder y no tardó en proclamarse emperador.
Entre otros destacados oficiales que ayudaron a Napoleón a concretar el primero de sus muchos sueños, figuraba –y en primera fila- un temerario y experimentado coronel, alto, moreno, de grandes ojos azules, que había ganado todos sus ascensos en el campo de batalla. No era otro que el futuro padre de nuestro escritor, que parecía ser una anticipada creación de su hijo. No sólo era extraordinariamente inteligente en la estrategia y la organización militar, también era valiente hasta la temeridad: en uno de los encuentros contra los partidarios de la restauración realista, viendo que sus tropas vacilaban ante la superioridad numérica del enemigo, Thomas Alexandre Dumas arremetió él solo contra todo el ejército realista, obligando a sus avergonzados soldados a lanzarse a la batalla, que luego de su insólito acto duró apenas veinte minutos y finalizó con una victoria aplastante de las armas republicanas. Posteriormente, ya bajo las órdenes de Napoleón, repitió su hazaña durante la campaña de Egipto, con idénticos resultados.
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El mismo Murat le comunicó la noticia a Bonaparte. Napoleón ascendió al bravo Dumas a general y desde entonces lo tuvo en la mayor estima. Para el conjunto del estado mayor napoleónico, en pocos años más el general Dumas iba a ser el primer mariscal mulato del ejército francés.
En noviembre de 1799, alegando necesidades impostergables de la nación en peligro, Bonaparte dio un golpe de estado y se convirtió en primer cónsul, lo que equivalía a tener la suma del poder público. En esas funciones recibió de América la poco grata noticia de que Haití había decidido por las suyas hacerse independiente de Francia. El primer cónsul Napoleón, mientras tanto, había anulado numerosas leyes revolucionarias, dictado otras y restaurado la esclavitud: las colonias eran posesiones demasiado valiosas para el imperio que iba a crear para sí mismo, como para que se desligaran así como así de sus ávidas manos.

Bonaparte estudió cuidadosamente el problema. Haití estaba lejos y los informes que le llegaban de la situación en la isla caribeña eran poco alentadores. Iba a tener que enfrentarse a un ejército bien armado y organizado, que llevaba una década de victorias luchando por su propia libertad y, al parecer, el hombre que lo comandaba no sólo gozaba de gran prestigio entre sus soldados, sino que estaba verdaderamente bien dotado como estratega y político. Era un hombre excepcional, no un negro cimarrón, como desdeñosamente lo llamaba la corte del primer cónsul. Se trataba de un hombre excepcional, y, concluyó el Gran Corso, la única forma de acabar con él era que otro hombre de igual o superior categoría lo enfrentara.

Bonaparte repasó la lista y las dotes de sus oficiales de mayor confianza y jerarquía. Entre ellos había hombres de gran valor y excepcionales cualidades militares, pero había uno que se destacaba, además, por conocer al dedillo las características y particularidades de Haití y sus habitantes. Un hombre que sabría interpretar a la perfección cada acontecimiento y conocería la mejor manera de aprovecharlo. Un hombre que, además, se sabía de memoria la geografía de la isla, de su interior y sus costas. Un general que, para colmo, era mulato como el hombre al que debía derrocar y engrillar, para traerlo vivo ante el primer cónsul, de ser ello posible.

Thomas Alexandre Dumas recibió de manos directas del Gran Corso la misión especial de asfixiar la flamante independencia de Haití, la isla de su infancia. La misión que le había confiado Napoleón despertó aun más celos entre el círculo de allegados al futuro emperador que todas las otras distinciones, condecoraciones y privilegios que el moreno general había recibido. Todos sabían que, tan pronto como Dumas barriera a sangre y fuego las pretensiones independientistas de los haitianos, el primer cónsul lo nombraría gobernador de la isla más rica del Caribe. Su futuro estaría asegurado, y cuando Napoleón se convirtiera en emperador, con la restauración de la aristocracia un alto título de nobleza caería sobre su ya enriquecido nombre. De marqués que era su padre, aquel mulato Dumas llegaría seguramente a duque del imperio o quizás, decían los más envidiosos a algo todavía más alto. Las hermanas de Napoleón eran varias. Con tales augurios, la noticia de que el general Dumas había contestado con una negativa al honor que le había conferido Napoleón cayó como una bomba en la corte consular. El rumor se transformó en certeza y todos coincidieron a considerarlo un loco. Solamente un demente podría rechazar esa única oportunidad que le daba el destino de volverse rico, poderoso e influyente de una sola vez. La reacción de Napoleón ante la negativa de su más apreciado general no fue de estupor, sino de furia. Dos aspectos principales distinguían el ánimo de Napoleón al momento de evaluar la conducta de sus hombres ante una orden suya: la imponente generosidad de sus recompensas por un trabajo bien hecho y la implacable sed de venganza ante lo que consideraba una infame traición en los pocos casos en que había sido desobedecido o su orden se había cumplido a medias.

Su primer impulso fue mandar fusilar esa misma tarde al desobediente Dumas: se cuenta que firmó y destruyó dos veces el mismo edicto conteniendo la orden de ejecución. Finalmente, ordenó darle la baja deshonrosa al rebelde, despojarlo de todos y cada uno de sus privilegios y bienes, y arrojarlo a la vida civil, anónima. El ex marqués y ex general Dumas, que iba ser el primer gobernador mulato de la isla de su infancia, iba a tener que enfrentar lo que le quedara de vida despojado de todos los honores e imposibilitado de ejercer el único oficio que conocía: pelear y matar.
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A su manera, prefiguró en su carne y sus huesos a los héroes morales que su hijo podría en papel muchos años más tarde. Como el Athos de Los Tres Mosqueteros, el degradado general Thomas Alexandre Dumas padeció en sus últimos años el dolor de haber hecho lo correcto, pero sin ningún vizconde de Bragelonne que consolara su primera vejez. Como Athos, el más crispado de los personajes de Alejandro Dumas, con la sola excepción del mismo conde de Montecristo, Thomas Alexandre Dumas resumió su vida en un solo momento, cuando eligió no acabar con la independencia de la república negra de Haití. También como Athos, conde de La Fére, se surmergió en la vorágine del alcohol sin lograr por ello eliminar el recuerdo de su pasada grandeza ni la desgracia de sus días presentes.
Pobre, deshonrado y envejecido, olvidado por sus antiguos camaradas de armas, alcohólico y anónimo, el que fue la gran promesa de la joven oficialidad napolénica se refugió en un pueblito de Aisne, al norte de París, Villers-Cotterëts. La venganza de Gran Corso lo había privado hasta de su pensión militar y sobrevivía malamente de una magra dádiva que le proporcionaba un familiar. Su padre, el marqués, había muerto sin querer saber más nada de él.

En Villers-Cotterëts una buena vecina del lugar –Marie-Louise Labouret- trató inútilmente de consolar al arruinado ex general, cuya salud era minada ya por varias enfermedades. Mientras tanto, la estrella de Napoleón no dejaba de brillar: cuando nació el primogénito del desgraciado Thomas Alexandre Dumas, Bonaparte ya había sido nombrado cónsul vitalicio, obtenido nuevas y deslumbrantes victorias, tanto políticas como militares y se había convertido en el hombre más temido dentro y fuera de Francia.
Nacido Alejandro Dumas, el 24 de julio de 1802 –el mismo día que otro grande de las letras francesas del siglo XIX, Víctor Hugo- no por eso la vida del antiguo general se iluminó; por el contrario, el nacimiento de su hijo deparó todavía mayor pobreza con una nueva boca que mantener. Amargado hasta las heces, apenas Alejandro Dumas pudo comprender sus palabras, Thomas Alexandre le hizo jurar que jamás tomaría la carrera de las armas.

En 1806, cuando el hombre que lo había encumbrado para luego destruirlo llevaba ya dos años en la condición de emperador de Francia, Thomas Alexandre Dumas murió, dejando a su hijo huérfano y a su viuda sumidos en la mayor pobreza y cargados de deudas contraídas por el difunto.
Los marqueses de la Pailleterie se hicieron cargo de las discretas exequias y tuvieron a bien sepultar al mísero ex general en la cripta familiar, pero se desligaron de toda responsabilidad respecto del joven Dumas y su madre.

Respecto del hombre que nunca se convirtió en el adversario militar y político del finado Thomas Alexandre, su fin no fue mejor que el del que declinó enfrentarlo. Tras la desobediencia del general Dumas, el vengativo Napoleón envió a Haití a su cuñado, el general Leclerc, al frente de un numeroso ejército, el mismo que venía de vencer en la campaña de Italia.
Sin embargo, la astucia de Napoleón le indicó a Leclerc no enfrentar directamente a L´Oberture y su milicia de 55.000 hombres. Obediente, Lecrerc invitó a Toussaint L´Oberture –a quien la prensa inglesa llamaba ya “El Espartaco Negro”- a negociar el reconocimiento de la independencia haitiana a bordo de la nave insignia de la flota francesa. Increíblemente, el ex cochero y hombre fuerte de la isla confió fatalmente en las argucias del enviado de Napoleón y en cuanto puso un pie en cubierta fue captura, engrillado y conducido al Viejo Mundo como trofeo de guerra. La saña de Napoleón confinó al desgraciado padre de la independencia haitiana en una helada celda de una prisión militar en los Alpes franceses, donde murió de frío y de hambre el 7 de abril de 1803.
Pero la revolución que él había acaudillado y que el padre de Alejandro Dumas había respetado no había sido derrotada. Los lugartenientes del desgraciado Toussaint L´Oberture, Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe, la continuaron pese a la ocupación y el terror desatado en la isla por las tropas de Leclerc. En 1804 derrotaron a los veteranos de Napoleón en batalla campal y obligaron al Estado francés a reconocer, por la razón y las armas, la independencia de Haití.
Dos hombres que jamás se conocieron, ambos mulatos, ambos dotados de fuertes principios, que eligieron la vía de las armas para alcanzarlos y que murieron en la mayor miseria, con apenas meses de diferencia, bien podrían haber sido los personajes principales de una de las tantas novelas del hijo de uno de ellos, que jamás la escribió. Aunque el sacrificio del marqués Thomas Alexandre de la Pailleterie, general de Napoleón, y el de Toussaint L´Oberture, ex cochero y comandante de hombres libres no fue en vano, nos queda el imaginar qué páginas hubiese logrado escribir el otro Dumas narrando el proceso de la independencia de una remota isla americana.

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Poemas y noticias de Luis Benítez.
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Imágenes:Thomas Alexandre de la Pailleterie.
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